Voces

viernes 23 abr 2021 | Actualizado a 00:45

Oraciones a quemarropa

/ 28 de marzo de 2021 / 00:46

Hace ya muchos años, no importa contar cuántos, durante una dictadura mataron a Luis Espinal. Había ido al cine, a ver una película llamada Los desalmados para escribir sobre ella su crítica cinematográfica semanal. Cuando volvía a su casa, a eso de las 10 de la noche, otros desalmados lo secuestraron y lo torturaron antes de matarlo con 17 balazos.

Los compañeros del Semanario Aquí —con quienes tuve el privilegio de colaborar, hace tantos años que no vale la pena contarlos— comentaban que a todos les dolió mucho la pérdida de Lucho Espinal, pero a nadie le sorprendió demasiado. La dictadura lo tenía fichado. Habían atentado contra el Semanario. Había recibido amenazas, algunas veladas y otras no tanto. Pesar de todo, él no se callaba.

Hay un límite imperceptible entre la prudencia y la cobardía, escribió en sus Oraciones a quemarropa.

La dictadura mató a Lucho Espinal porque denunciaba los abusos, porque no justificaba las masacres, porque se ponía del lado de las víctimas. Resulta paradójico que él haya sido, justamente, fundador de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos —cuya Presidenta actual defiende a militares, policías y políticos que cometieron abusos, dispararon contra pobladores desarmados y justificaron la masacre culpando a las víctimas.

Resulta paradójico también que Luis Espinal haya sido docente de la misma Universidad que está en el centro de la polémica, por unas reuniones que se llevaron a cabo en sus instalaciones en noviembre de 2019. Y que haya sido sacerdote, miembro de esa misma Iglesia que salió esta semana a defender esas reuniones.

A veces no poseemos el espíritu de Cristo, sino solo las costumbres externas; y en nombre del cristianismo, somos intolerantes e injustos…

En nombre del retorno de la Biblia al Palacio de Gobierno, se interrumpió el proceso democrático a costa de violencia. A golpes, quemando sus casas, secuestrando y amenazando a sus familiares se obligó a renunciar a quienes les correspondía asumir el mando. Grupos paramilitares, apoyados por la Policía amotinada, generaron adrede un vacío de poder que luego se “resolvió” pasando por encima de la Constitución y las leyes.

La presencia de dos asambleístas del MAS no legitima las reuniones en que se decidió a quién darle la Presidencia. Cuando los familiares de una víctima de secuestro negocian el rescate con los captores, eso no los hace cómplices del crimen.

Se dice que esas fueron reuniones de pacificación. Y sin embargo, una vez obtenida la “pacificación” y posesionada la señora Añez, el ejército recibió una licencia para matar que usó a cabalidad en los días siguientes. El resultado son 39 muertos.

Señor de la vida, enséñanos a trabajar para la paz y no para la discordia. Una paz, por supuesto, basada en la justicia.

¿Acaso es justo anunciar, como hizo Murillo, que los opositores serán cazados como animales? ¿Es justo detener a personas por el simple hecho de organizar un evento de solidaridad con las víctimas, como pasó con unos jóvenes de El Alto? ¿Es justo encarcelar a una mujer embarazada y dejar que pierda a su bebé tras las rejas, sin auxiliarla? ¿Es justo acusar a las víctimas de sus propias heridas o justificar una masacre, alegando que los que murieron pretendían volar la mitad de la ciudad y por eso era correcto acribillarlos sin misericordia? ¿Es justo callar esas terribles situaciones, avalarlas, santificarlas y defender a los culpables?

Líbranos del silencio del ahíto ante la injusticia social. Líbranos del silencio “prudente” para no comprometernos… Danos sinceridad, para no llamar prudencia a la cobardía, al conformismo, a la comodidad.

Lucho Espinal, como Jesucristo, no fue prudente ni diplomático.

Ellos clamaron: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Amén, les responde el pueblo boliviano.

 Verónica Córdova es cineasta.

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Crimen y castigo

/ 10 de abril de 2021 / 22:26

Cada día veo la cárcel de mujeres de Miraflores prácticamente desde mi ventana. Algunas tardes se escucha a las presas jugar a la pelota. Durante los días aciagos de la cuarentena, hubo veces en que las mujeres presas gritaron y pidieron que las tomen en cuenta, que les hagan pruebas, que les proporcionen medios para cuidarse de la pandemia. Alguna vez entrevisté allí a una persona que había caído presa y pude sentir en mi propia piel la incertidumbre y la desolación que trashuman esas paredes, pero a la vez atestiguar una solidaridad y resiliencia que no deja de estremecer a quien recorre sus estrechos vericuetos y mira sus ropas multicolores colgadas a secar entre los barrotes.

La cárcel es, siempre, una forma de tortura. Como decía Foucault, toda prisión es una forma de ejercer un poder disciplinario sobre la sociedad, pues se trata de controlar las conductas sociales fuera de la cárcel, a través del miedo a caer en ella. Por eso, es importante que la prisión sea terrible. Que lo digan los miles de presos que están ahí sin sentencia y sin esperanza, sin dinero y sin justicia.

Cada semana veo desde mi ventana a Doña Julia: una anciana que deambula por Miraflores vendiendo matico, manzanilla y eucalipto. Su hijo menor, un joven de 20 años, estuvo preso en la cárcel de San Pedro. No le pregunté qué crimen cometió (si acaso alguno), porque al final no importaba. Lo que importaban eran las lágrimas de Doña Julia, tratando de vender cada día lo suficiente para comprar un mínimo de seguridad para su hijo preso. Importaba que cada viernes debía pagar para que él tenga un rincón en el piso para extender el cartón sobre el que duerme. Importaba la angustia de Doña Julia cuando miraba las nubes negras en el cielo y sabía que su hijo no tenía un plástico ni un techo para protegerse de la lluvia. Importaba que un día enfermó y languideció durante días, sin que su madre pudiera concebir siquiera la posibilidad de sacarlo de allí para que lo vea un médico. Se lo entregaron muerto. Y doña Julia siguió mendigando en las calles de Miraflores por unos centavos para poder enterrarlo. Cuántas veces habrá pasado Doña Julia por la puerta de la cárcel de mujeres, donde la señora Jeanine Áñez dice ser torturada porque no le dejan internarse en una clínica privada para curar su presión alta.

Creo firmemente que toda cárcel es una forma de tortura, y ojalá existiera otra forma menos violenta de hacer justicia. Pero la tortura no es igual para quienes deben comer el magro prediario que se les reparte en horarios fijos, que para quienes reciben cada día comida especial que les traen sus hijos, no importa si es una hamburguesa Burger King o unas lechuguitas. No es igual estar presa con abogados, medios de comunicación y homilías a tu disposición, defendiéndote y justificando tus crímenes, que ser una presa olvidada y sin recursos, inventando apenas una forma nueva de alimentar a tus hijos, presos junto contigo.

Dice Doña Jeanine que ella es inocente. Que se lo diga a los centenares de hombres, mujeres e incluso niños que fueron apresados en su nombre y bajo sus órdenes, por “crímenes” tan terribles como escribir en una red social, como salir a protestar, como estar en la calle durante la cuarentena. Dice la señora Áñez que está siendo maltratada, cuando se la está tratando con una consideración y cuidado que ya quisiera tener cualquier persona que cae presa. Lo pueden atestiguar Doña Julia, su hijo muerto y cada una de las presas de Miraflores —con quienes Doña Jeanine no ha intercambiado una sola mirada, ni ha compartido una sola comida o un solo juego de pelota.

 Verónica Córdova es cineasta.

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INJERENCIAS

Es absurdo que siendo un sistema de naciones iguales y soberanas, aún haya gobiernos entrometidos

/ 7 de abril de 2021 / 13:41

SALA DE PRENSA

Comunicado: “El Estado Plurinacional de Bolivia se encuentra profundamente preocupado por los crecientes signos de comportamiento antidemocrático en Estados Unidos, cuya expresión más descarnada pudo verse en vivo en pantallas de todo el mundo el 6 de enero pasado, cuando una turba de manifestantes armados irrumpieron violentamente en el edificio del Capitolio con la intención de detener el proceso legal de certificación de votos de las elecciones nacionales. Fue especialmente preocupante constatar, en ese terrible suceso, que los manifestantes erigieron una horca donde pretendían colgar al Sr. Mike Pence, vicepresidente en funciones en ese momento; que la mayoría de ellos declararon actuar bajo las instrucciones del Sr. Donald Trump, quien no aceptaba los resultados de las elecciones y pretendía evitar que el proceso democrático siga en curso; y que, además, las fuerzas del orden llamadas a proteger la infraestructura del Congreso y la vida de los congresistas allí reunidos, actuaron con sorprendente moderación y permitieron desmanes tan graves como el robo de objetos personales de las oficinas e incluso que algunos se atrevieran a defecar en los pasillos y paredes, en llamativo contraste con la forma en que se comportan las fuerzas de seguridad cuando se trata de ciudadanos de raza negra o de origen latino que reclaman sus derechos o simplemente se desplazan por las calles.

Los bolivianos celebramos junto al pueblo norteamericano el triunfo democrático de las elecciones de noviembre, a la vez que expresamos nuestras felicitaciones al gobierno del presidente Joe Biden, con quien deseamos una relación robusta y de respeto mutuo. Por ello, nos preocupan profundamente las 253 leyes que se están discutiendo en 43 estados de su país con el objetivo de limitar el derecho al voto de los ciudadanos norteamericanos afrodescendientes. Añadimos nuestra voz a las muchas declaraciones de organizaciones de defensa de los derechos civiles y humanos, que han hecho público su cuestionamiento a medidas que consideran un retorno al periodo oscuro de la historia norteamericana, cuando los ciudadanos negros se contaban como 60% de una persona blanca y estaban impedidos de votar. Estas iniciativas legislativas injustas y discriminatorias no están en consonancia con los ideales democráticos de Estados Unidos y le quitan mérito a los extraordinarios esfuerzos de votantes, candidatos y servidores públicos que hicieron que la Elección de 2020 en Estados Unidos haya sido la de mayor participación de las últimas décadas.

Asimismo, seguimos con atención el juicio que esta semana se ventila contra Derek Chauvin, oficial de Policía acusado de asesinar al ciudadano negro George Floyd arrodillándose en su cuello durante nueve minutos, mientras él gritaba que no podía respirar y un grupo grande de testigos filmaban y miraban. Nos permitimos dudar de la imparcialidad del sistema de justicia norteamericano, dados numerosos casos anteriores en que policías blancos, haciendo un uso excesivo de la fuerza, asesinaron a ciudadanos negros desarmados y fueron consecuentemente hallados inocentes y liberados.

Hacemos, por tanto, un llamado al Gobierno de Estados Unidos para que deje en claro su apoyo por la paz, la democracia y la reconciliación nacional, hallando culpable a Derek Chauvin en el juicio que se ventila en cortes de Mineápolis. Llamamos también a todos los estadounidenses —tanto autoridades como manifestantes— a actuar con respeto y pacíficamente, para que no se repitan escenas de violencia y dolor como las que el mundo presenció durante el ataque al Capitolio el 6 de enero pasado. El Estado Plurinacional de Bolivia está al lado de sus amigos y vecinos estadounidenses en nuestra común búsqueda de sociedades más pacíficas, prósperas y democráticas”.

Absurdo ¿no? Si la Cancillería de un país cualquiera se atrevería a redactar un comunicado tan paternalista y entrometido, dándose ínfulas de juez y señor, atreviéndose a opinar y dictar sentencia en un caso de la justicia ordinaria interna de otro país, sería un escándalo.

Llama a la risa pensar que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Bolivia redactara y publicara un comunicado de esta naturaleza. Y, sin embargo, esta es una traducción casi exacta del Comunicado que emitió el canciller de Estados Unidos, Antony Blinken, el 27 de marzo pasado en relación a la democracia y la justicia bolivianas. Solo se cambiaron los asuntos internos que se tomó la atribución de comentar: el tono hipócrita, las críticas veladas y la actitud soberbia están todas en el original.

Parece absurdo que casi cien años después de la firma de tratados y convenios que sostienen un sistema de naciones iguales y soberanas, incluida la Carta de las Naciones Unidas, sigan habiendo gobiernos que se atrevan a inmiscuirse de una manera tan descarada en asuntos que no les incumben. Y no son solo gobiernos: el secretario general de la OEA, Luis Almagro, ha ido incluso más lejos. No solamente intervino de forma nefasta en los eventos que precedieron al golpe de Estado de 2019, utilizando de manera oscura la Auditoría Electoral que el Gobierno boliviano ingenuamente le confió. No solamente calló ante las masacres y los abusos a los derechos humanos que llevó a cabo el gobierno de facto, instaurado en mucho gracias a su manipulado Informe Preliminar. No solamente le dio apoyo incondicional a personajes como Luis Fernando Camacho y Arturo Murillo, con quienes se reunió a puertas cerradas y se fotografió sonriente. Encima de todo ello, tiene ahora el cinismo de proponer aún mayor injerencia: quiere crear una “comisión internacional” para investigar la corrupción en Bolivia, quiere ser parte de la reforma a nuestro sistema de justicia y quiere llevar al Estado boliviano ante la Corte Penal Internacional. En otras palabras: quiere erigirse como Virrey de unas nuevas colonias.

Bolivia es un Estado soberano, libre y autodeterminado. Puede que las acciones del gobierno de facto hayan dado una idea equivocada durante algunos meses, pero ya es tiempo de que se rectifiquen las cosas. La respuesta de nuestra Cancillería al despropósito de Blinken ha sido un buen comienzo.

(*) Verónica Córdova S. es cineasta

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Una buena noticia

/ 14 de marzo de 2021 / 00:33

El fin de semana pasado recibimos, después de mucho tiempo, una buena noticia: la boliviana Daniela Cajías ganó el premio Goya a la mejor Cinematografía por la película Las Niñas. Para quienes se lo preguntan, el Goya es el equivalente al Oscar otorgado por la Academia de Cine de España.

El cine boliviano ha ganado muchos premios en festivales y certámenes en todo el mundo, desde hace muchas décadas. De hecho, la película Yawar Mallku de Jorge Sanjinés es considerada una de las 100 mejores películas de la historia del cine. Lo que hace el premio a Daniela Cajías especial, es que ella es la primera mujer que es nominada y gana un premio en la especialidad de Dirección de Fotografía, no solo en la historia de los Goya sino en la historia de prácticamente todas las Academias Cinematográficas. De hecho, en los más de 90 años que se entregan los Premios Oscar solo una vez se nominó a una mujer en la categoría de Dirección de Fotografía y finalmente el premio, como todos los años, lo ganó un hombre.

Alguien posteó en Internet una maravillosa foto en la que se ve a Daniela operando una cámara de cine, en pleno rodaje, con el vientre abultado por varios meses de embarazo. Todas hemos vivido esa situación, quizás en campos menos espectaculares que el cine: las mujeres seguimos cultivando los campos, gerentando empresas, manejando camiones, vendiendo verduras o curando enfermos mientras gestamos una vida dentro de nuestros cuerpos. Nada ilustra mejor el desafío de la mujer contemporánea: podemos serlo todo, podemos aspirar a todo, siempre que seamos capaces de balancearlo con el imperativo de perpetuar la especie. No se trata ya de elegir entre ser madre o ser fotógrafa: hay que ser ambas. Hay que cargar la cámara, el embarazo y la guagua, aunque se nos vaya en eso la salud, la alegría o la excelencia. A ningún hombre se le pregunta cómo hizo para ser a la vez un gran profesional y un padre admirable. Ningún hombre se lo cuestiona. Nadie se pregunta por qué hay tan pocas mujeres directoras de cine o mujeres fotógrafas. Solo cuando se da la excepción, cuando se reconoce de manera explícita la capacidad, la voluntad, el talento y la técnica de una mujer en un campo en el que no siempre es bienvenida, se abre la conciencia de cuánto todavía nos falta. Y de cuánto sacrificamos las mujeres para materializar nuestras esperanzas.

En su discurso de aceptación Daniela mencionó a los artistas bolivianos, y quienes hacemos cine nos conmovimos profundamente. Porque esas palabras nos llegaron en un momento especialmente duro. Después de casi 10 años de esfuerzos, debates, negociaciones y acuerdos, en 2018 finalmente se aprobó una nueva Ley de Cine que ampara nuestro trabajo. En 2019 se instaló una Agencia de Desarrollo del Cine, se creó el Programa de Intervenciones Urbanas y muchos creímos que se iniciaba una nueva etapa prometedora para nuestra cinematografía. Pero el golpe de Estado echó por tierra todo lo avanzado. El PIU desapareció, el Ministerio de Culturas fue eliminado, el Fondo de Fomento al Audiovisual fue cancelado y los trabajadores audiovisuales llevamos 16 meses a la deriva. La cuarentena ha cerrado los cines y muchas películas se han quedado sin estreno. La pandemia ha paralizado los proyectos y cientos de técnicos y realizadores están sin trabajo. La crisis ha cortado los presupuestos y ni siquiera tenemos la publicidad o los contratos institucionales para generar ingresos. Si bien se ha creado un nuevo Ministerio de Culturas y se han designado nuevas autoridades en ADECINE, seguimos a la espera de señales esperanzadoras.

Gracias, Daniela, por darnos una buena noticia. Nosotras, las mujeres, nos encargaremos de convertirla en esperanza.

  Verónica Córdova es cineasta.

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Noticias de un secuestro

/ 28 de febrero de 2021 / 01:31

Primero circuló en redes sociales, luego intervino la Defensoría del Pueblo y después fue titular en todos los noticieros. Una clínica privada en La Paz, al estar prohibido y ser peligroso retener el cuerpo de un paciente fallecido, optó por secuestrar al hijo del paciente y retenerlo sin alimento ni cobijo hasta que la familia pague sus servicios.

Este secuestro no es tan inusual como parece a primera vista. Quizá es solamente más descarado. En el contexto de la pandemia se han dado decenas de casos parecidos: familias que han tenido que empeñar los títulos de propiedad o rematar sus bienes, que han visto a sus parientes maltratados o negados de auxilio por tener deudas con el establecimiento, familias que han sentido su duelo redoblado por la crueldad de las cuentas, que han tenido que elegir entre la vida del padre o la vivienda para los hijos.

Incluso antes de la pandemia, el sistema de salud privado ha sido despiadado con las familias de los enfermos. Hay tantos casos de ancianos a quienes se alarga inútilmente el sufrimiento mientras se acumulan las facturas por internación, servicios y medicamentos. Hay tantos médicos que se niegan a ser claros y honestos, y siguen proponiendo opciones descabelladas ante familiares dispuestos a cualquier cosa con tal de no asumir la dolorosa realidad: todos morimos en algún momento. Y cuando un hijo o hermana encuentra el valor necesario para decidir suspender la atención o trasladar al paciente, no faltan doctores, enfermeras y administrativos que, para deslindar responsabilidad, veladamente lo acusan de provocar la muerte de su ser querido.

Ante la enfermedad y el dolor, nuestra reacción inmediata es buscar ayuda médica. Por eso es tan doloroso que condicionen la ayuda al tamaño de la billetera, que nos cierren las puertas de los hospitales en la cara, que dejen a los enfermos morir en la calle o en los pasillos, esperando una atención que no llega. Durante las primeras semanas del COVID muchos murieron así: víctimas de la improvisación, de la carencia de espacio, del miedo o de la indolencia. Luego muchos aprendimos que es mejor no ir al hospital, que es mejor curarse o morir en casa, rodeado de quienes nos aman. En el momento más crítico, en su prueba de fuego, el sector de salud no estuvo a la altura. Puede haber sido por la legendaria falta de recursos, por la precaria infraestructura, por la escasez de personal, por el humano temor y espíritu de autopreservación de quienes trabajan en hospitales y clínicas. Pueden haber razones atendibles y lógicas. Pueden haber también (que las hay) heroicas excepciones. Pero el hecho sigue ahí: la gente no confía en los médicos ni en los hospitales públicos. Asume que no tienen espacio para recibirlos y que, de encontrar una cama o una unidad de terapia intensiva, ir a parar allí es morir irremediablemente, con el agravante de la soledad y el maltrato.

Y ahora, con el inhumano paro que han propiciado con el único fin de preservar sus intereses más mezquinos, el sector de salud no ha hecho más que terminar de romper el importante vínculo con aquellos a quienes se deben: los pacientes. Todo sector tiene derecho a defender sus intereses sectoriales, pero no durante una emergencia. Hacer huelga durante una pandemia equivale a tomar de rehén a los más vulnerables, para lograr unas prebendas miserables: que no me toquen mi derecho a lucrar con el dolor ajeno, que no contraten a otros profesionales que me hagan competencia, que no me impidan secuestrar enfermos para preservar mis privilegios. Esas tres son, en esencia, las demandas que justifican el paro. Y serán tres manchas indelebles en las batas blancas del sector médico.

  Verónica Córdova es cineasta.

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Días de Fiesta

/ 13 de febrero de 2021 / 23:34

Este año el Ekeko no vino. Y si lo hizo fue de forma clandestina: pequeños puestos dispersos por la ciudad, sin ruido ni nueces. Por mi zona no se instalaron yatiris; eran las propias vendedoras las que bendecían las miniaturas sin mucho rito pero con la mejor de las intenciones. Claro, se entiende: había que evitar las aglomeraciones. Y con ese fin la ciudad sacrificó su fiesta más significativa e interesante.

La Alasita es la fiesta de las Illas: espíritu de las semillas de plantas, animales y personas. La semilla que se celebra, se multiplica. Y al multiplicarse las semillas se propician los frutos, se reproducen los animales y florecen las esperanzas de los humanos: Que este año pueda terminar mi casita. Que nadie se enferme en mi familia. Que finalmente pueda casarme. Que mi hija se gradúe. Que mi negocio prospere. Que se resuelva el juicio que tengo pendiente. Que me contraten. Que se concrete el viaje que anhelo. Que no me falte el pan, la salud ni la risa.

¡Cuánta falta nos hace el Ekeko este 2021! Fue un despropósito postergar la fiesta, porque la esperanza siempre se dará modos para mantenernos vivos. La fiesta de la Alasita, que se celebra el 24 de enero al mediodía, se mantuvo a pesar de las ordenanzas. La Feria de Alasitas, que es solo un mercado de artesanías, se postergó hasta cuando la pandemia lo permita.

Algo similar sucederá con el Carnaval, la fiesta de la precosecha, del agua, de las despedidas. Estando el virus al acecho, no podemos celebrar como si no existiera. Pero hay que darnos modos para celebrarlo, porque este es el tiempo en que se agradece a los muertos por haber traído lluvias y se los despacha para que se regresen por donde han venido. Este es el tiempo en que se celebran las sementeras y se advierte a las papas que están todavía bajo tierra: debes crecer grande, fuerte, como un membrillo. Es tiempo de adornar a los animales con cintas de colores, de llenar los techos de flores, de globos y de serpentinas. Tiempo de rociar con azúcar y con semillas doradas las esquinas de las tiendas, de festejar al minibús, al camión y a los bueyes. Son, otra vez, las Illas las que se celebran en febrero: crezcan, florezcan, fructifiquen, reprodúzcanse. Celebramos aquello que nos alimenta y nos sostiene, no importa si es una chacra o una peluquería, una yunta o una computadora. Reafirmamos así la vida que le atribuimos a todo lo que nos rodea. Celebrar el Carnaval es celebrar la vida y su potencial de reproducción y de abundancia. ¡Qué falta nos hace celebrar la vida en este tiempo de muerte y de incertidumbre!

El COVID-19 nos ha quitado los abrazos y los apretones de manos. Nos ha quitado el trabajo, los clientes, los cumpleaños, los teatros, las películas, los conciertos. Nos ha quitado la abundancia, nos ha quitado los planes y, desgraciadamente, nos ha quitado a muchos amigos y parientes. No dejemos que nos quite también la fe en días mejores. No hace falta aglomerarnos para celebrar la vida, para ch’allar nuestras herramientas y nuestras esperanzas. Solo hace falta unas cuantas semillas, unos granos de arroz, unos pétalos de flores en las esquinas de nuestras casas y nuestros negocios. Solo hace falta que el mismo alcohol con el que obsesivamente nos frotamos las manos, lo rociemos a la tierra mientras agradecemos por las lluvias de diciembre y enero, y recomendamos a la muerte que se vaya por donde vino: que deje de llover, que las papas crezcan como membrillos, que vuelvan los clientes y el trabajo, que sanen nuestros enfermos, que se multipliquen las semillas, se propicien los frutos, se reproduzcan los animales y florezcan las esperanzas de los humanos.

    Verónica Córdova es cineasta.

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