Voces

jueves 15 abr 2021 | Actualizado a 12:40

¿Qué es de esos niños?

/ 7 de abril de 2021 / 00:42

Incontinencia urinaria, problemas para dormir, pesadillas, ataques de ira, llanto, risa incontrolada, disociación, ansiedad, desórdenes psicosomáticos y comportamientos pasivos y agresivos. Estos son los trastornos que suelen sufrir los niños hijos de víctimas de feminicidio. Son los huérfanos de los que se sabe muy poco. Sus madres se convierten en estadística y sus padres, si están vivos, en presos carcelarios, pero los hijos son los desconocidos, los que irán a parar en la casa de los abuelos en el mejor de los casos, donde los tíos, vecinos, o finalmente en un hogar de acogida para mal de sus pesares. Finalmente terminan siendo los ignorados, los que padecerán en vida todas las consecuencias del feminicidio.

A la mayoría de estas pequeñas víctimas se les cambia la vida en minutos, quedan desprotegidas, expuestas a quienes deciden por ellas sin preguntarles, con quién vivirán, dónde lo harán, sin saber si mediará el amor que tanta falta les hace, en una palabra quedan a la deriva, obligadas a dar un salto al vacío.

Inmediatamente después del asesinato de su madre a manos del padre, se habla mucho de los huérfanos, se menciona cuántos quedaron, se dan sus edades, se publican fotografías familiares donde los rostros de los niños son cubiertos o como una premonición son borrados; luego de una semana o máximo dos todo desaparece y si alguna institución o persona quiere seguir el rastro de estos niños debe recorrer un camino sin final en el que el tiempo y muchas veces el cansancio borran toda huella.

En Bolivia, los huérfanos de los feminicidios anualmente pasan del centenar. ¿Dónde quedan esos niños? O mejor, la pregunta debería ser ¿cómo quedan esos niños? La respuesta la dan psicólogos, trabajadores sociales, médicos, paramédicos, policías, vecinos, familiares que cuentan las historias de estos niños, adolescentes o jóvenes, que en muchos casos presenciaron el momento en el que su padre mató a su madre. Los niños más pequeños quedan traumatizados, debiendo ser medicados para conseguir salir adelante en su vida. Los adolescentes se quedan con una tremenda carga de culpa e impotencia por no haber evitado la muerte de su madre, por no haber detenido a su padre o finalmente por no haberse puesto entre ambos. De cualquier manera y a cualquier edad sus vidas cambiaron de rumbo, sus recuerdos se oscurecieron, su infancia o adolescencia se quedó detenida en el día y la hora en que presenciaron o recibieron la noticia de tan nefasto hecho.

¿Qué obligación tiene el Estado con esos niños? ¿Qué obligación tiene la sociedad con ellos? ¿Qué es de esos niños?

Lucía Sauma es periodista.

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Felicidad Interior Bruta

/ 24 de marzo de 2021 / 01:14

Tenía 18 años cuando fue coronado como rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, ese día proclamó que “la Felicidad Interior Bruta es mucho más importante que el Producto Interior Bruto”, era el 2 de junio de 1974. Bután mide la felicidad de sus habitantes con una encuesta en la que pregunta cómo mediría su vida: muy estresante, poco estresante, no sabe. La encuesta sirve para saber si la persona ha perdido mucho sueño por sus preocupaciones, o el último mes, con qué frecuencia socializó con sus vecinos y si cuenta cuentos tradicionales a sus hijos. Con esta encuesta se mide el estado psicológico o el uso del tiempo y se determina la Felicidad Interior Bruta.

El 20 de marzo de este año, la Organización de Naciones Unidas hizo conocer el ranking de los países más felices encabezados por Finlandia, Dinamarca y Suiza; se mide según la calidad y acceso a los servicios de salud, de educación, bienestar psicológico, uso del tiempo, entre otros. Con estos indicadores Bolivia ocupa el puesto 69 de felicidad de un total de 156 países. No sé qué puesto ocuparíamos si los indicadores medirían el grado de soledad de los habitantes, su cercanía o calidad de relaciones familiares, la frecuencia y espontaneidad de los almuerzos preparados caseramente, el goce de escuchar los cuentos narrados por las abuelas, la fortuna del tiempo compartido con amigos sin el apremio del reloj, el baile improvisado, el conocimiento del vecino, el cuidado de los nietos en casa de los abuelos en lugar de la guardería, las reuniones con parientes sin aviso previo.

La felicidad tiene un parentesco muy cercano con la alegría pero no es lo mismo, la felicidad es una forma de vida más duradera producto del bienestar, la tranquilidad, la buena salud, el confort, por eso se la puede medir. La alegría es más esquiva, menos duradera, por lo tanto menos mensurable, que como cualquier poción mágica consumida en pequeñas proporciones y sin restricciones, entre dosis y dosis suelen mantenernos en estado de gracia. Es un pequeño consuelo para quienes en el ranking de la felicidad ocupamos el puesto número 69. No sé si en algún momento se contabilizarán las alegrías a las que anualmente podemos llegar, mientras tanto disfrutemos de las que llegan, sean grandes o chiquitas, porque siendo un bien aún renovable, cuando llegan deben ser siempre bien recibidas. 

Lucía Sauma es periodista.

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¿Harán la tarea?

/ 10 de marzo de 2021 / 02:07

Domingo 7 de marzo de 2021, son las 19.30, sorprenden las noticias que emite la radio sobre el recuento de votos de la elección de alcaldes y gobernadores informando que los jurados realizan el conteo con la luz de sus celulares porque el recinto no cuenta con electricidad. La memoria inmediatamente se traslada a las elecciones nacionales de 2005, porque entonces el problema era el mismo. Ese año, indagando, se supo que en las escuelas, convertidas en recintos electorales, no faltaba energía eléctrica, sino que no tenían focos. La explicación que dieron los encargados municipales de ese año era que las escuelas no trabajaban en horario nocturno, por lo que no necesitaban bombillas o tubos de neón. ¿En esas escuelas nunca se reúnen los padres de familia o los maestros fuera de los horarios de clases? ¿No hay días lluviosos y oscuros? ¿Todas las aulas tienen ventanas? Diecisiete años después surgen las mismas preguntas y no hay respuestas. Tarea inmediata para las autoridades municipales recientemente electas.

Una conversación entre amigos pone sobre el tapete qué ciudad tiene más baches en sus calles, el paceño decía que ninguna otra en el país podría ganarle, pero la cochabambina salió al paso y dijo que no había calle por donde pudiera llevar a su bebé en cochecito, el tarijeño les retó a empujar la silla de ruedas de su padre por su chura Tarija. Parece que en la batalla por saber cuál es la ciudad más bombardeada por los baches, piedras, zanjas que tienen sus calles hay un empate. Otro problema que deben solucionar las nuevas autoridades.

Este no es el mejor momento para el turismo, pero sí para implementar y preparar los lugares tanto tradicionales como nuevos que tienen potencial turístico en el país. Es el tiempo de construir carreteras donde no hay, mejorarlas donde hay, implementar todo el aparato de servicios como alojamiento, alimentación, traslado, adecuación de los sitios de interés, guías, señalización. Cuando termine la pandemia seguramente el mundo se lanzará a viajar, a indagar nuevos lugares por conocer. Las gobernaciones recientemente elegidas tienen una gran oportunidad para generar recursos propios con el turismo.

Los desafíos para alcaldes, gobernadores, concejales y asambleístas son enormes. ¿Cómo acompañar las obras visibles con aquellas que no se ven pero que son fundamentales para bolivianas y bolivianos de todas las edades, del campo y las ciudades? A tiempo de construir una escuela o un hospital, se tiene que trabajar en valores, lazos que construyan sociedades no violentas, capaces de relacionarse dentro del buen trato, solidarias, también audaces para encarar nuevas formas de vivir en urbes o comunidades amigables, donde todos sean y se sientan responsables del bienestar del otro.

  Lucía Sauma es periodista.

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Candidatos desubicados

/ 24 de febrero de 2021 / 00:46

A 13 días de las elecciones subnacionales escuchamos a las y los candidatos ofrecer de todo. En pos de gobernaciones ofertan vacunas contra el COVID-19 para todos los bolivianos, en plazos imposibles. Candidatos a las alcaldías que sin pizca de análisis piensan en levantar aeropuertos construidos por encima de los edificios. Otros ofrecen hospitales de tercer nivel sin tener ni uno de primer nivel. La mayoría habla de terminar con el congestionamiento de tráfico en las urbes. Por supuesto que no falta quien dice que si es elegido terminará con la violencia intrafamiliar y los feminicidios. En fin, ofrecen de todo y están convencidos de que la ciudadanía les cree.

Mientras tanto, quienes deberían ser un ejemplo desde el momento en que candidatean se presentan en público sin barbijo, levantan las manos, sonríen, saludan a nadie. Recorren en caravanas por calles que inundan de ruido, bocinazos, petardos, palabrería y van dejando por detrás la soledad del discurso vacío e inútil. Hacen una triste parodia de líder aclamado por multitudes cuando la realidad les grita que no hay seguidores.

Tanto las gobernaciones como las alcaldías no necesitan de políticos, ni politiquería. Esos puestos están sedientos de técnicos lúcidos, ávidos por probar en la realidad de ciudades y provincias las soluciones a los problemas estructurales que proyectaron desde su experiencia y conocimiento. Los ciudadanos de las gobernaciones bolivianas no necesitan de quien grita más fuerte, ni siquiera de quien hable mejor. Necesitan de quienes sepan cómo y con qué presupuesto llegarán con servicios básicos hasta el último rincón. Necesitan que carreteras y caminos sean construidos por quienes garanticen un trabajo profesional y no por quien pague una mejor comisión para adjudicarse una obra, siempre entregada más allá del plazo estipulado y mal terminada. Se necesitan calles bien señalizadas con pintura asfáltica para que los pasos de cebra y los separadores de carril duren un tiempo razonable.

Entre los ofrecimientos que los candidatos realizan estos días se perciben claramente los acuerdos que hacen con diferentes sectores, por ejemplo con transportistas que si ahora los apoyan mañana se convertirán en un dolor de cabeza no solo para ellos sino, y sobre todo, para los usuarios. Los gremialistas, que a cambio de apoyar a determinado candidato, terminarán inundando las calles con sus casetas improvisadas, o simples puestos en el piso donde venderán desde un peine hasta choripanes. Estamos malviviendo en ciudades, en pueblos asfixiados por el caos, la improvisación, la falta de visión de lo que significa dar calidad de vida a los moradores que vanamente se ufanan del lugar en que por azar les ha tocado vivir.  

Lucía Sauma es periodista.

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Desiguales

/ 10 de febrero de 2021 / 00:11

Corren tiempos en los que todos los días parecen iguales. Pasan cumpleaños, nacimientos, vida y muertes casi como si no existiesen. La neblina de la rutina lo envuelve todo, tiñe de gris el afán de otras épocas en las que los días marcados de rojo en los calendarios tenían mayor exigencia en la cocina, las mesas debían vestirse de largo, días esperados con ansias, tenían aire de fiesta, venían con una gran cesta de ilusión, estaban hechos para regalar abrazos, largas charlas, para esos días se habían inventado bailes, fuegos de artificio. Esos días son cosa del ayer, lo que en los cuentos de ciencia ficción representan el hermoso pasado de un planeta destrozado. Aquí es donde la realidad nos golpea porque nada tiene de cuento y es lo que estamos viviendo a nivel global.

En este mundo encerrado, atemorizado, donde vivimos distanciados unos de otros, escuchamos y sentimos lo que no se puede ocultar, este mundo es desigual. Hay mucho para unos pocos y muy poco para una gran mayoría. En enero de este año los organismos internacionales advertían sobre la desigualdad en la distribución de vacunas contra el COVID- 19, según la OMS se habían inoculado 39 millones de dosis en 49 países ricos, únicamente 25 se habían administrado en uno de los países más pobres. “No 25 millones. No 25.000. Solo 25 vacunas”. Esta desigualdad no es culpa de quienes la sufren sino de quienes acumularon más dinero y ahora pagan aunque durante toda la pandemia pregonaron que científicos, laboratorios, productores estaban trabajando para el bien de toda la humanidad.

Al parecer hay normas que existen pero no están escritas, según las cuales cuanto más pagas, más humano eres y más derechos tienes. No nos mintamos, esas son las reglas y los relegados no tienen más que aceptarlas y acatarlas porque para eso se hicieron.

A pesar de tanto adelanto tecnológico, de tanto invento para dar confort, estamos viviendo en un mundo que sabiendo bien dónde está la solución para que millones de personas dejen de morir de hambre, para que otros tantos millones vivan decentemente, simplemente ignora esas posibilidades porque en equidad desaparecen los privilegiados de quienes hacen las reglas y pagan por ellas.

Mientras tanto, el mundo sigue marchando a su ritmo desigual, cansado, caduco, injusto. A ese paso quienes vivimos en él, claramente y sin temor a equivocarnos, sabemos de qué lado nos ha tocado nacer, del lado de quienes pueden pagar o de los que por no tener dinero, barbijo en boca, terminan encerrados, aislados y atemorizados.

Esta pandemia ha puesto en evidencia lo inmensamente injustos que podemos ser, lo fácil que nos pueden domesticar y someter. Aunque felizmente no es todo, porque también ha desenmascarado a quien pregona por una equidad en la que no termina de creer.      

Lucía Sauma es periodista.

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Educación de Alasita

/ 27 de enero de 2021 / 01:52

Sabemos que la educación nos puede salvar de la desigualdad en la que vivimos. Sabemos que la educación es un derecho humano. Sabemos que quien se educa puede pensar en un futuro mejor. ¿Realmente creemos en estas afirmaciones? ¿O quizás son solo enunciados, frases hechas que repetimos y escuchamos en los discursos de campaña? Parecería que esto último es más cierto que cualquiera de las declaraciones sobre educación que constantemente leemos en informes de Naciones Unidas, o cualquier otro organismo internacional.

Lo cierto es que si la educación es un derecho, en Bolivia no está al alcance de todos, más aún desde que la pandemia del COVID- 19 se ufana de su poder por cuanta calle, casa, pasillo o escuela se le apetezca. La clausura del año escolar en 2020 significó justamente una negación de ese derecho que va más allá de pasar de curso por decreto.

¿Qué implica el derecho a la educación? Acceder a la enseñanza de “manera universal, productiva, gratuita, integral e intercultural, sin discriminación”, como señala la Ley Avelino Siñani. Pero más allá de la letra muerta, quiere decir que el derecho a la educación tiene que ver con gozar adquiriendo conocimientos, el camino para llegar a ser personas pensantes, la vía para aprender determinadas destrezas que en definitiva conduzcan a quien accede a la educación, a beneficiarse con la mejora de su vida en forma permanente, de sentirse útil, de acceder a oportunidades para trascender como un ser productivo en favor de su entorno y de los demás seres humanos.

La realidad es que el derecho a la educación se ha visto confundido en el engaño de pasar de curso aunque no se hayan adquirido los conocimientos suficientes. En entregar trabajos a los que se dedica el tiempo que lleva hacer un click en copiar y pegar desde cualquier sitio donde exista internet. Se debe declarar una guerra al conformismo tan arraigado, tan apreciado (aunque esto nunca sea reconocido públicamente) como parte del paquete en la oferta de mentiras que se compra a diario en nuestra sociedad, acostumbrada a coleccionar leyes y normas para archivarlas mientras se encuentra la mejor manera de quebrantarlas.

A nuestra sociedad le falta franqueza para afrontar todos los problemas que se presentan. No se toma al toro por las astas, se da vueltas, se miente sobre las verdaderas intenciones, se toma acciones o se recurre a la violencia y el enfrentamiento llevados, generalmente, por quienes tienen la intención de sacar partido del conflicto. Visto de este modo, la educación no es ningún derecho. Es un juego de engaño al que nos prestamos esperando que el azar resuelva la partida. El 24 de enero fue el Día Internacional de la Educación, triste coincidencia con la educación de Alasita que nos ha tocado.

       Lucía Sauma es periodista.

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