Voces

domingo 9 may 2021 | Actualizado a 10:22

¿Y la conspiración?

/ 12 de abril de 2021 / 01:50

A los pies del Cristo Redentor, el 4 de octubre de 2019, en medio de un atiborrado de gentío asistente al cabildo, el líder cívico cruceño Luis Fernando Camacho lanzaba una profecía: “Hemos definido rebeldía y desobediencia, ante un posible fraude. Es nuestro derecho y no es sedición, es soberanía”. Acto seguido, a las dos semanas, el 20 de octubre, noche de los escrutinios, gracias a la suspensión de los datos electorales preliminares no vinculantes, Carlos Mesa, candidato presidencial, llamaba a una movilización arguyendo un “descomunal fraude”. Entonces, para el bloque opositor al Movimiento Al Socialismo (MAS), la profecía se autocumplía.

Pero, no fue profecía —o plegaria divina obispal. Fue parte de una confabulación conspirativa que desembocó en un golpe de Estado. Esta tramoya política se ajusta a un delito penal: la sedición. El Código Penal establece que los culpables de esta transgresión “serán sancionados con reclusión de uno a tres años los que, sin desconocer la autoridad del Gobierno legalmente constituido, se alzaren públicamente y en abierta hostilidad, para deponer a algún funcionario o empleado público, (…) ejercer algún acto de odio o de venganza en la persona o bienes de alguna autoridad o de los particulares o trastornar o turbar de cualquier otro modo el orden público”. En concordancia a los hechos, hay indicios inequívocos que hubo una sedición para el derrocamiento del expresidente Evo Morales.

Hace mucho tiempo, la tramoya golpista se fue gestando. Su clímax fue en octubre/ noviembre 2019. El politólogo Gene Sharp, con relación a los novedosos golpes de Estado del siglo XXI, señala que son resultado de estrategias conspirativas para derrocar gobiernos democráticos. Las fases conspirativas delineadas por Sharp se ajustaron a la maquinación golpista contra la democracia boliviana. La primera de ablandamiento, se remonta al referéndum constitucional del 21 de febrero de 2016, donde se estableció las matrices discursivas; luego, en la segunda fase se orientó a deslegitimar el liderazgo político de Morales posicionando la idea del “tirano”. La tercera fue del “calentamiento en las calles” con movilizaciones promovidas desde las plataformas ciudadanas con la consigna “Bolivia dijo NO”. La cuarta etapa fue un pastiche de diversas estrategias desplegadas (guerra psicológica, racismo, violencia física, etc.) en el curso de la movilización “ciudadana”, poselecciones de 2019. Finalmente, la etapa de la fractura institucional, o sea, el golpe de Estado.

Hoy el debate sobre el golpe de Estado esquiva la etapa conspirativa previa. Se hace imprescindible investigar este periodo sedicioso para esclarecer las fuentes de financiamiento, descifrar el modus operandi; esclarecer la participación directa e indirecta de políticos, dirigentes cívicos, militares, policías, diplomáticos extranjeros, religiosos, periodistas e inclusive intelectuales. Al parecer, las movilizaciones urbanas poselecciones de 2019 no fueron el inicio para la renuncia presidencial forzada de Morales, como se esfuerza en señalar la inteligentsia golpista, sino, todo lo contrario, el corolario de una cruzada conspirativa que desembocó en la ruptura constitucional.

Entonces, las pesquisas deberían empezar con una pregunta del entrañable Sherlock Holmes: ¿A quién benefició el crimen? O sea, ¿a quiénes benefició el golpe de Estado? Quizás, por esta ruta holmesiana se identifique a los responsables de la conspiración, ¿quiénes pactaron con policías y militares?, y, finalmente, en el periodo posgolpe, ¿quiénes se beneficiaron con la liberación de impuestos?

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Soberanía nacional

/ 9 de mayo de 2021 / 01:02

La prensa consigna que la transnacional Glencore busca vender las operaciones de sus minas del “cinturón de plata” en cuatro países de Sudamérica, entre ellos Bolivia. Esta actividad propia del mundo de los negocios, la oportunidad para maximizar la ganancia, no siempre concuerda con los intereses de los países que les acogieron para hacer negocios. En nuestro caso, donde vivimos un proceso de transición del régimen neoliberal a uno de economía de mayor planificación estatal, los cambios no han sido del agrado de muchos, buscando resistir sin abandonar el barco.

Glencore heredó el imperio minero de Gonzalo Sánchez de Lozada, poco después de su huida en octubre de 2003. Compró sus empresas, la interrogante es a cuánto, porque al estar la empresa Comsur Ltda. registrada en el paraíso fiscal de Panamá, la transacción fue un secreto: no fue registrada en Bolivia, ni mucho menos se pagó un centavo por esta transferencia al país. En base a una cláusula del contrato, la Comibol autorizó el cambio del titular del contrato en 2004.

La actual situación de los contratos mineros es diferente. Éstos no se conciben como una transferencia de la propiedad nacional —los recursos naturales— a un privado, ni siquiera a un ente estatal. El contrato es una autorización para la explotación de los minerales en función de un plan de operaciones que incluye la inversión de capital, un cronograma de ejecución y la información periódica para demostrar el cumplimento del mismo. Es de suponer que para una transferencia de derechos, los contratos de las áreas de Caballo Blanco: Colquechaquita, Reserva y Tres Amigos, y de Soracaya tienen que estar vigentes, es decir, que el plan se cumpla, lo cual solo lo puede certificar la Autoridad Jurisdiccional Minera (AJAM). ¿Se tiene esta certificación y de cuándo data?

Glencore/Sociedad Minera Illapa S.A. además tiene un contrato de asociación con la Comibol, titular de las minas de Bolívar y Porco. Éste nunca se ejecutó debido a una modificación del contrato original aprobado por el Directorio de la empresa estatal minera y modificado en su trámite en 2013, situación advertida por el exvicepresidente Álvaro García Linera, y denunciada a la Fiscalía por dos miembros del Directorio de la Comibol. El daño provocado por esa modificación y calculado por técnicos de la Comibol alcanzaba a $us 20 millones.

Esta modificación inviabilizó su ejecución, porque no había acuerdo de las partes sobre la fecha inicial del contrato, por tanto no se pudo hacer el cierre de los contratos anteriores de riesgo compartido y alquiler, ni las auditorías que exigía el contrato. Los contratos de asociación, en la perspectiva de la Constitución del Estado Plurinacional, pretenden una alianza público-privada con la inyección de capital para dar valor comerciable a un recurso natural, con una participación mayoritaria para el pueblo boliviano. En el caso que nos ocupa, la participación de la Comibol era del 55%, con una inyección de $us 104 millones en cinco años para aumentar la producción en 50% más que los niveles de producción de 2011, con la generación de reservas, modernización de las instalaciones y la construcción de un ingenio nuevo.

Se buscó resolver el entuerto con una adenda suscrita el 5 de octubre de 2018, que volvía a los términos del contrato original. Esta adenda que modificaba un contrato aprobado por una ley tenía que tener la misma fuerza para su ejecución, por lo que fue remitida al Ejecutivo en 2019 para su trámite. Sin embargo, nunca se promulgó la ley.

De la información disponible, la situación en cuanto al contrato de asociación seguiría en las mismas condiciones, y la empresa sigue explotando sin que haya contrato perfeccionado. Por otra parte, el contrato establece que “Las partes no podrán ceder, transmitir o delegar sus derechos y obligaciones a terceros originados por este contrato, salvo acuerdo expreso suscrito por las mismas”. Como la decisión hecha pública por Glencore sobre la intención de la transferencia de derechos tiene fecha de noviembre 2020, la autorización de la Comibol habrá sido anterior a esta fecha. ¿Cuándo y por quiénes?

Esta situación debe aclararse por los órganos llamados por ley: Fiscalía, Procuraduría, Contraloría y Asamblea Legislativa, más allá del Control Social del pueblo boliviano.

 José Pimentel Castillo fue dirigente sindical minero.

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Inseguridad pandémica

/ 9 de mayo de 2021 / 00:57

Según los últimos diagnósticos económicos de la región, la pobreza extrema se ha incrementado en 18%. Las causas más importantes son la pandemia y, en el caso boliviano, el golpe que paralizó las inversiones públicas, la corrupción que se sigue develando, entre otros factores como los mercados para la exportación y el contrabando.

Al mismo ritmo ha crecido la delincuencia y los trastornos psicológicos en las poblaciones del mundo. Hace una semana sufrí el robo de mi viejo automotor que me acompañó tres lustros, su valor monetario no es expectable por su modelo, pero su valor afectivo es mucho mayor: en ellos conduje a mucha gente y allí fueron creciendo mis hijos. Como no quería perderlo, hice lo que cualquier ciudadano haría, recurrí inmediatamente a la Diprove (Dirección de Prevención e Investigación de Robo de Vehículos) en Tembladerani, donde están registrados los automotores con el RUAT (Registro Único de Automotores) y cuya obtención es un laberinto de cuchillos afilados y látigos burocráticos.

Allí me atendió el suboficial J. Choque K., quien me dijo que antes de hacer la denuncia y obtener mi reporte de robo para alertar a las trancas de la ciudad, debía llevar mi testimonio de compra del primer dueño, de la casa importadora, pagos de impuestos, certificado de autenticidad, etc., etc. Regresé desconsolado a mi casa y en cinco horas logré reunir una carpeta de casi 50 hojas; mientras tanto los ladrones, con tanto tiempo a su disposición, ya podían pasar las trancas de Senkata o tal vez ya estaban en Oruro o Chile. Algunos días después, otra víctima me insinuó que dicho funcionario es cómplice de los auteros o ladrones de autos que pululan por la zona.

Cada vez que íbamos a buscar cámaras de seguridad, llegaban a ese cubículo semisubterráneo y con luces mortecinas a plantear nuevas denuncias de automotores lujosos y casi nuevos que desaparecían. Todas las víctimas sabemos que debemos “ayudar“ a nuestros agentes designados para que compren “material de escritorio” y hacer personalmente nuestra solicitud a los vecinos para grabar de sus cámaras de seguridad. Obtuvimos dos filmaciones (siempre nos pareció que esa labor corresponde a la Policía y no a las víctimas) y destacamos la solidaridad y buena voluntad de la gente que nos permitió ver a tres delincuentes que disponían de sus “campanas” o gente que vigila y al experto que destrabó el seguro y la puerta en menos de 10 minutos.

Si bien no hemos perdido la esperanza de rescatar nuestro viejo automotor, antes que lo descuarticen y lo vendan por partes en Puente Vela o la 16 de Julio, somos realistas y sabemos que no será fácil y tal vez, como en otros casos, aparezca de aquí a 10 años abandonado como chatarra en una ciudad minera, por su condición de carro khullu o duro para el trabajo. Ando buscando a mi viejo amigo “chacho plantado” o choro jubilado para que me otorgue un taxi o mensajero en el panóptico de San Pedro y pueda averiguar que “chacho firme” o ladrón activo me puede dar información fidedigna sobre mi automotor que puede estar oculto en un garaje, ya no podrán venderlo porque está “marcado” y solo pueden descuartizarlo.

Estas indagaciones me permitieron informarme de algo macabro, cuando una vecina nos relató sobre los nuevos “cementerios de elefantes” o los tugurios donde los alcohólicos beben hasta morir: Su hijo fue a beber con personas desconocidas, lo narcotizaron; despertó en un local donde pululaban alcohólicos jóvenes a los que no se permitía salir. Su hijo vio cómo uno de ellos murió y fue sacado por tres personas. Una hermosa chola les daba bebidas y los animaba cada vez que deseaban abandonar el local, en tanto los alimentaba precariamente. El joven novato logró escabullirse, luego de 10 días, de la espeluznante aventura. Fueron a buscar con la Policía el lugar y no encontraron nada. Es la nueva manera de reinstalar el tráfico de órganos humanos que está vinculado al narcotráfico: las víctimas nunca aparecen.

Los crímenes, asaltos y robos están a la orden del día. Cada semana se reportan feminicidios y los infanticidios ahora forman parte de las crueles estadísticas. Tenemos un Viceministerio de Seguridad Ciudadana. Estamos esperando su trabajo.

 Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Consideraciones sobre el camino del censo

/ 9 de mayo de 2021 / 00:50

Hace pocos días el vocero gubernamental ha dado señales favorables para la realización del Censo de Población y Vivienda el próximo año. Se trata ciertamente de una buena noticia, que debería motivar a círculos cada vez más extensos de opinión pública, en pos de lograr un respaldo suficiente respecto de una ley del censo, que establezca las competencias del Instituto Nacional de Estadística (INE) en la preparación, ejecución y divulgación de los resultados del censo. Dicha ley debería contener también una convocatoria para la participación en todo el proceso de la sociedad civil organizada, las universidades, los gremios empresariales, las organizaciones sindicales y los medios de comunicación. Además, sería sumamente conveniente que se establezca una comisión nacional del censo, que contribuya a recopilar de manera ordenada las diferentes necesidades de información cuantitativa de parte de los mencionados actores y otros que se juzgue pertinentes.

Es preciso, asimismo, fortalecer significativamente las capacidades institucionales del INE, a fin de que esté asegurada la confiabilidad de las estadísticas demográficas, de vivienda, de empleo e ingresos, así como de aspectos ambientales y de resiliencia ante desastres naturales. Forma parte de ese requisito la capacitación de los encuestadores y sus supervisores, encargados de llevar a cabo las entrevistas domiciliarias y así también de los que construyan las cartografías necesarias. Valdría la pena tomar en cuenta que, a diferencia de otros años, quizás todavía sea necesario proteger a todo el personal involucrado con los requisitos sanitarios imprescindibles, si acaso todavía exista el riesgo de contagio COVID-19 u otros virus.

El INE debería adquirir la categoría de organismo independiente, con autonomía de gestión, selección meritocrática de su personal, encabezado por un directorio plural de personalidades representativas y competentes. Tales atributos, competencias, facultades y responsabilidades convendría que se encuentren claramente plasmadas en una ley especial del INE.

Es necesario llevar a cabo un amplio proceso de deliberación y consulta para diseñar el contenido detallado de las boletas censales, que son la pieza central para recopilar una vez cada 10 años la información necesaria que caracteriza a toda la sociedad boliviana en un momento preciso del tiempo, con precisión suficiente para el trabajo de todo tipo de usuarios estatales, gubernamentales, regionales, académicos, públicos y privados, entre otros.

Con miras a corregir los sesgos que se presentaron en el pasado, sería conveniente llegar a un acuerdo científicamente validado sobre el diseño de dicha boleta, que satisfaga las diversas demandas de información expresadas por los distintos tipos de usuarios, optimizando el equilibrio de los diversos intereses, dentro de la extensión recomendable que debe tener la boleta. Es conveniente señalar que la solidez de dicha información es el requisito primordial para las proyecciones modelísticas de los próximos 10 años, así como también para permitir las comparaciones internacionales correspondientes.

Como ya señalé en mi columna anterior, la información recopilada le pertenece a la propia sociedad en la medida en que son sus datos los que constituyen el fundamento básico de los agregados censales que se presentan luego en forma de indicadores, coeficientes y series temporales, armados en una gran variedad de cuadros y matrices para los diferentes usos de entidades públicas, organizaciones de todo tipo y especialistas.

Los resultados estructurados del censo también le pertenecen a lax sociedad, aunque estén bajo la administración de una entidad pública. Por eso deben ser del más amplio acceso, en modalidades comprensibles para los diferentes usuarios.

 Horst Grebe es economista.

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La danza del periodismo

/ 9 de mayo de 2021 / 00:44

Que no les engañe el título de esta columna. Cuando digo danza del periodismo no hablo de periodistas que salen de las redacciones al final de la tarde para unirse a los bloqueos en las calles o para apoyar desde sus cuentas personales consignas partidarias y vuelven al día siguiente a sus escritorios para escribir las noticias; menos de periodistas que abrigan sus frustraciones personales o sus dolores íntimos con un falso afán por ser crítico al poder de turno; todavía menos de estructuras periodísticas que danzan al ritmo de sus intereses propietarios torciendo titulares o encuestas según antojos del dueño; todavía menos de asociaciones de periodistas que felicitan solo a los periodistas para ellos “independientes” en el Día Internacional de la Libertad de Prensa.

Cuando digo “danza del periodismo” pienso primero en la vieja radio a pilas de mi abuelo protegida en su forro de cuero marrón. Pienso en la autoridad de ese locutor que le puso banda sonora a mi infancia, en las radionovelas con actuaciones en directo. Pienso en el aparatoso televisor que solo servía desde las seis de la tarde; ese que mostraba la realidad colorida en blanco y negro; ese que solo tenía un canal en el abanico de opciones. Pienso en el periódico gran formato, registro por excelencia de la información relevante, en las lecturas largas y casi obligatorias que se corregían en artesanales talleres hasta la madrugada. Y son impresionantes los giros hasta llegar a este tiempo vestido de pandemia.

Pese a los saltos tecnológicos en los tres soportes mediáticos, nada fue tan revolucionario como la llegada del universo digital. Qué baile. Difícil de comprender su omnipresencia en los años iniciales. Llegó para quedarse, para atravesarlo todo e inaugurar una dimensión que puso a la radio, televisión y prensa entre sus silenciosos dedos. Con esta revolución inédita, nuestros cotidianos se vieron obligados a pensarlo todo diferente. Hoy, contar con señal en el teléfono es tan urgente como tener agua o electricidad. Así las cosas, inevitable fue el sacudón rockero del esqueleto periodístico. Periódicos, canales de Tv y estaciones de radio a la piscina digital aprendiendo a concebir la vida en constante metamorfosis. Los pasos son agigantados: se entrevista desde el escritorio; se sabe de las fuentes por sus trinos en Twitter; las calles comparten espacios de lucha con las anónimas e impunes voces de las redes sociales; no hay historia sin imagen; no hay noticia sin video; no hay fiesta sin música. La policía digital llegó a contar las palabras e imponer el Padre Nuestro de lo corto, lo impactante, lo que jale audiencias y tráfico en los infinitos pasillos digitales. Son los hilos que hacen mover la publicidad, por lo tanto los ingresos de los medios, por lo tanto las clásicas formas de medir audiencias también deben seguir al mono mayor, el mono digital, el mono con navaja. El movimiento es tan continuo que no se ve con claridad la forma de los periodismos a los que la sociedad está dando vida. Los periodistas tienen más herramientas en sus manos pero más pistas simultáneas del espectáculo mediático en las que deben ensayar sus acrobacias. Si hasta aquí no sienten mareo, vamos por ciertos actores que van, como canta Fito Páez, al lado del camino: las empresas que viven de la promesa de la gestión comunicacional eficiente y una buena relación con los medios. Para los periodistas esto significa relacionarse pacientemente con los experiodistas o comunicadores que median entre las fuentes y los medios: visitas van, explicaciones de las crisis vienen, pedidos de notas van, contenidos enlatados por estos mediadores vienen, búsquedas de información periodística van, intentos de controlar la buena imagen del cliente vienen… Sin darnos cuenta hay un encargado de prensa en casa, una empresa de comunicación estratégica al frente, un relacionista público al lado, un consejero que sabe de medios a mano y un ratoncito que toca el tambor.

¿Que no se sienten del todo mareados? Vamos a darle un vistazo a las otras piezas del rompepaciencias: los diseños “amigables” que amputan el metraje de una buena nota, los tips de los expertos para que el producto/mercancía periodística navegue bien en el mar digital, el recorte del papel por la crisis económica, el recorte de los títulos, el recorte presupuestario de las salas de redacción, el recorte de los horarios de cierre de edición, los pedidos de las empresas que no quieren publicidades explícitas sino contenidos publicitarios con careta informativa, influencers, Twitter, streamings, Facebook, likes, hashtags, Tom y Jerry, my name is Claudia…

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Chakana

/ 9 de mayo de 2021 / 00:38

Esta semana se inició el tiempo de la Chakana: tiempo de reconstituir, de enderezar y de recomponer nuestro camino. El tiempo de la Chakana es el tiempo de la madurez, mayo, cuando la cruz del sur se alinea en el cielo y los frutos están listos para la cosecha. Se termina el ciclo anual, es tiempo de mirar hacia atrás para reconducirnos en lo venidero. Madurez en la naturaleza y en los seres humanos: ya sabemos lo suficiente para entender en lo que erramos, pero todavía hay tiempo por delante para corregir y re-encaminarnos.

En el centro de la Chakana está el Taypi, el centro ritual, el ombligo donde se cruzan todas las divisiones. Es el espacio de la mediación y del equilibrio, donde por fuerza se encuentran todos los opuestos. Ahí es donde se realiza el 3 de mayo el Tinku: rito sexual, simbólico y violento, donde las mitades se encuentran para derramar sangre un día, evitando así que se derrame sangre el resto del año. Dice Fernando Montes que el Tinku es una cópula simbólica que exacerba hasta la violencia las contradicciones entre las dos partes enfrentadas, para así poder integrarlas plenamente. Solo después de la máxima intensidad del conflicto, es que se logra la verdadera unidad.

Hay mucha sabiduría en esa concepción de mundo, simbolizada por la Chakana o la cruz escalonada andina. No es necesariamente malo que haya parcialidades, contradicciones, divisiones, siempre que exista un Taypi donde encontrarnos para restablecer los equilibrios perdidos. El mundo no puede ser unívoco, sólido, terminado: debe haber espacio siempre para ver con los dos ojos, para tocar con las dos manos. Un pie avanza mientras el otro sostiene el peso del cuerpo. El mundo debe ser fluido, negociado, no puede solo sostenerse en los extremos dicotómicos de un “sí” o un “no”. Tiene que haber espacio para el “cómo será pues”: un sí que tiene algo de no, una negación que a la vez afirma un poco.

Es en la violencia de las afirmaciones tajantes donde se imposibilita el diálogo y se pierde el Taypi. La guerra empieza cuando vemos el universo como una dialéctica irreconciliable, con opuestos maniqueos que deben destruirse uno al otro para sobrevivir como verdades. La paz se hace imposible cuando mi verdad no acepta otras verdades posibles, y asume que todo lo que no comprende es falso, necesariamente. El diálogo es inalcanzable cuando no me basta con argumentar mis verdades: debo descalificar, degradar y hasta exterminar a quien no las comparte.

Para poder convivir entre distintos es importante que exista un Taypi que equilibre nuestras diferencias y enfatice nuestras complementariedades. Dice Montes que la representación perfecta de esta filosofía está en la relación sexual: “momentánea comunión en que macho y hembra disuelven sus límites individuales, armonizan sus antagonismos y conjuncionan sus disparidades para fusionarse en una estrecha unidad contradictoria”.

Resulta significativo que la raíz lingüística de la palabra Tinku no solo se aplica al encuentro físico, la confrontación, la competencia; sino también al encuentro sexual, al descubrimiento o conocimiento del otro en toda su diferencia —que es, en la mayoría de los casos, lo que nos atrae de una potencial pareja.

Sexo, equilibrio, madurez, violencia, frutos, noche, verdad, encuentro, diálogo, Chakana. ¡Cuánto nos pueden enseñar cuatro estrellas alineadas en el cielo de mayo!

Verónica Córdova es cineasta.

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