Voces

domingo 9 may 2021 | Actualizado a 09:54

El abril de los niños

/ 21 de abril de 2021 / 01:03

Una vez más escribo sobre los niños, la indiferencia, el sin dolor, la ineptitud con la que en varias ocasiones aceptamos la violencia que sufren los más pequeños en la calle, la escuela y sobre todo la casa, el hogar, el nido donde son maltratados, humillados, explotados, abandonados por sus padres, parientes cercanos o simplemente adultos con los que, sin posibilidad de elegir, les ha tocado malvivir. Escribo esta columna con el ánimo de la gota que en su constancia por chocar contra la piedra termina por horadarla.

En el lapso de una semana, todavía con los encantos del 12 de abril, Día del Niño Boliviano, retumbando en el ambiente, nos intranquiliza la noticia del tormento que sufría un niño de 11 años, quien era víctima de castigos y humillaciones en manos de su padrastro, que no es un hombre sin recursos o sin instrucción, sino todo lo contrario, médico de profesión y económicamente con un buen pasar. En ese caso los vecinos hicieron la denuncia y actuaron para que el niño ya no reciba las palizas constantes del violento que tenía como ley castigar sin escatimar crueldad.

Y para demostrar con ejemplos concretos que la violencia no es patrimonio de una clase social, de un grado de instrucción, o determinada situación económica, el jueves 15 de abril en Achacachi, un trabajador del campo, padre de una bebé de siete meses, mató a su hijita asfixiándola. Unos minutos antes la había arrebatado de su madre, corrió con la niña en brazos apretándole el cuello, y cuando la madre logró alcanzarlo, la pequeñita ya estaba muerta.

La violencia extrema contra los niños tampoco tiene como único agresor al padre, las mujeres también golpean, humillan y victiman a sus hijos. Comenzamos esta semana conociendo que una mujer en Tirata, departamento de La Paz, hacía que su hijo, un niño de tan solo cinco años, trabajara en pesadas labores agrícolas a cambio de un pago que ella recibía. Es angustiante imaginar a un pequeñito obligado a trabajar desde la mañana hasta la noche sembrando y cosechando hortalizas, siendo maltratado y castigado por su madre y por la dueña del predio.

Por último el domingo, en la localidad de Apolo, un chiquito de cuatro años fue asesinado en su vivienda, mientras su madre cumplía con el trabajo de guardia municipal. El sospechoso es la expareja de la mamá. Qué fácil es vengarse de otro adulto agrediendo, matando a un niño que nada puede hacer para defenderse, ni pedir auxilio, ni hacerse escuchar.

La violencia es una pandemia que ataca a los niños, sin importar la edad, la extracción social, el grado de instrucción o la posición económica de los agresores. No hay cura ni vacuna. Los niños están expuestos a ser víctimas de este mal que se ensaña con ellos hasta quitarles la vida en manos de sus propios padres y dentro de sus propios hogares. Tampoco hay ley que valga o norma que se cumpla. Los niños se están convirtiendo en mártires de un tiempo de indolencia y con absoluta falta de conciencia. 

Lucía Sauma es periodista.

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Llegó el momento de cumplir

/ 5 de mayo de 2021 / 02:44

Quedaron posesionados los nuevos gobernadores y alcaldes. Todos coincidieron en exponer su preocupación por las deudas que heredan, la reducción y el cambio de personal a los que dicen estar obligados y, por supuesto, la queja por las arcas vacías que recibieron. Sin embargo, no podrán negar que, a pesar de estos problemas, ninguno se frenó en la carrera electoral, ni se limitó en el tamaño o la cantidad de promesas que hicieron durante la campaña a cambio del voto ciudadano. La gente cumplió emitiendo su voto, ahora toca a los elegidos cumplir su compromiso sin que medie ningún pretexto porque, los entonces candidatos, conocían la situación a la que se enfrentaban.

Suscribiéndonos a observar las tareas pendientes en la ciudad de La Paz como sede de gobierno, podemos ver que no hay una sola calle sin baches, sobran las baldosas levantadas, son incontables las veredas con superficie irregular donde las piedras del relleno están a la vista como una permanente invitación al tropezón. Las calles no están adecuadas para que circule una silla de ruedas o un coche de bebé. Las aceras están ocupadas por quioscos precariamente construidos, o comerciantes improvisados a quienes les basta colocar una tela o un plástico en el suelo y exponer su escasa mercadería. También están los comerciantes ambulantes, que carretilla en mano venden fruta, productos de bioseguridad o cualquier artículo para el hogar. Para que no digan que no nos adecuamos a las nuevas tecnologías están los cibercomerciantes, que se sientan en las jardineras, en las gradas de ingreso a edificios públicos o en plazas, para entregar la mercadería que fue adquirida vía celular y pagada mediante una transferencia por la banca móvil.

Parados en cualquier esquina de la sede de gobierno podemos preguntarnos ¿dónde están los pasos de cebra? ¿Alguien encuentra las líneas que separan los carriles? Muchas veces vimos pintar estas señales, incluso en horarios inadecuados, con todo lo que significa ocasionar un embotellamiento en pleno centro paceño, pero las marcas nunca duraron. Apenas pintadas, los primeros automóviles que las pisaron se las llevaron, seguramente porque no se utilizó el material adecuado. ¿Quién está a cargo de la compra de pintura para señalizar las calles en la Alcaldía? ¿Se elige la pintura más barata? Lo barato cuesta caro.

¿Cuál es la solución para terminar con la contaminación que producen los PumaKatari? Es un excelente servicio de transporte público, sin embargo, sus buses deben dejar de contaminar con dióxido de carbono. Este servicio ha sido capaz de reeducar a los usuarios, razón por demás para que sean consecuentes en su buen ejemplo y prioricen el aire limpio. Si las autoridades recién posesionadas piensan que se les exige demasiado, refresquen su memoria y recuerden sus promesas.

Lucía Sauma es periodista.

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¿Qué es de esos niños?

/ 7 de abril de 2021 / 00:42

Incontinencia urinaria, problemas para dormir, pesadillas, ataques de ira, llanto, risa incontrolada, disociación, ansiedad, desórdenes psicosomáticos y comportamientos pasivos y agresivos. Estos son los trastornos que suelen sufrir los niños hijos de víctimas de feminicidio. Son los huérfanos de los que se sabe muy poco. Sus madres se convierten en estadística y sus padres, si están vivos, en presos carcelarios, pero los hijos son los desconocidos, los que irán a parar en la casa de los abuelos en el mejor de los casos, donde los tíos, vecinos, o finalmente en un hogar de acogida para mal de sus pesares. Finalmente terminan siendo los ignorados, los que padecerán en vida todas las consecuencias del feminicidio.

A la mayoría de estas pequeñas víctimas se les cambia la vida en minutos, quedan desprotegidas, expuestas a quienes deciden por ellas sin preguntarles, con quién vivirán, dónde lo harán, sin saber si mediará el amor que tanta falta les hace, en una palabra quedan a la deriva, obligadas a dar un salto al vacío.

Inmediatamente después del asesinato de su madre a manos del padre, se habla mucho de los huérfanos, se menciona cuántos quedaron, se dan sus edades, se publican fotografías familiares donde los rostros de los niños son cubiertos o como una premonición son borrados; luego de una semana o máximo dos todo desaparece y si alguna institución o persona quiere seguir el rastro de estos niños debe recorrer un camino sin final en el que el tiempo y muchas veces el cansancio borran toda huella.

En Bolivia, los huérfanos de los feminicidios anualmente pasan del centenar. ¿Dónde quedan esos niños? O mejor, la pregunta debería ser ¿cómo quedan esos niños? La respuesta la dan psicólogos, trabajadores sociales, médicos, paramédicos, policías, vecinos, familiares que cuentan las historias de estos niños, adolescentes o jóvenes, que en muchos casos presenciaron el momento en el que su padre mató a su madre. Los niños más pequeños quedan traumatizados, debiendo ser medicados para conseguir salir adelante en su vida. Los adolescentes se quedan con una tremenda carga de culpa e impotencia por no haber evitado la muerte de su madre, por no haber detenido a su padre o finalmente por no haberse puesto entre ambos. De cualquier manera y a cualquier edad sus vidas cambiaron de rumbo, sus recuerdos se oscurecieron, su infancia o adolescencia se quedó detenida en el día y la hora en que presenciaron o recibieron la noticia de tan nefasto hecho.

¿Qué obligación tiene el Estado con esos niños? ¿Qué obligación tiene la sociedad con ellos? ¿Qué es de esos niños?

Lucía Sauma es periodista.

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Felicidad Interior Bruta

/ 24 de marzo de 2021 / 01:14

Tenía 18 años cuando fue coronado como rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, ese día proclamó que “la Felicidad Interior Bruta es mucho más importante que el Producto Interior Bruto”, era el 2 de junio de 1974. Bután mide la felicidad de sus habitantes con una encuesta en la que pregunta cómo mediría su vida: muy estresante, poco estresante, no sabe. La encuesta sirve para saber si la persona ha perdido mucho sueño por sus preocupaciones, o el último mes, con qué frecuencia socializó con sus vecinos y si cuenta cuentos tradicionales a sus hijos. Con esta encuesta se mide el estado psicológico o el uso del tiempo y se determina la Felicidad Interior Bruta.

El 20 de marzo de este año, la Organización de Naciones Unidas hizo conocer el ranking de los países más felices encabezados por Finlandia, Dinamarca y Suiza; se mide según la calidad y acceso a los servicios de salud, de educación, bienestar psicológico, uso del tiempo, entre otros. Con estos indicadores Bolivia ocupa el puesto 69 de felicidad de un total de 156 países. No sé qué puesto ocuparíamos si los indicadores medirían el grado de soledad de los habitantes, su cercanía o calidad de relaciones familiares, la frecuencia y espontaneidad de los almuerzos preparados caseramente, el goce de escuchar los cuentos narrados por las abuelas, la fortuna del tiempo compartido con amigos sin el apremio del reloj, el baile improvisado, el conocimiento del vecino, el cuidado de los nietos en casa de los abuelos en lugar de la guardería, las reuniones con parientes sin aviso previo.

La felicidad tiene un parentesco muy cercano con la alegría pero no es lo mismo, la felicidad es una forma de vida más duradera producto del bienestar, la tranquilidad, la buena salud, el confort, por eso se la puede medir. La alegría es más esquiva, menos duradera, por lo tanto menos mensurable, que como cualquier poción mágica consumida en pequeñas proporciones y sin restricciones, entre dosis y dosis suelen mantenernos en estado de gracia. Es un pequeño consuelo para quienes en el ranking de la felicidad ocupamos el puesto número 69. No sé si en algún momento se contabilizarán las alegrías a las que anualmente podemos llegar, mientras tanto disfrutemos de las que llegan, sean grandes o chiquitas, porque siendo un bien aún renovable, cuando llegan deben ser siempre bien recibidas. 

Lucía Sauma es periodista.

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¿Harán la tarea?

/ 10 de marzo de 2021 / 02:07

Domingo 7 de marzo de 2021, son las 19.30, sorprenden las noticias que emite la radio sobre el recuento de votos de la elección de alcaldes y gobernadores informando que los jurados realizan el conteo con la luz de sus celulares porque el recinto no cuenta con electricidad. La memoria inmediatamente se traslada a las elecciones nacionales de 2005, porque entonces el problema era el mismo. Ese año, indagando, se supo que en las escuelas, convertidas en recintos electorales, no faltaba energía eléctrica, sino que no tenían focos. La explicación que dieron los encargados municipales de ese año era que las escuelas no trabajaban en horario nocturno, por lo que no necesitaban bombillas o tubos de neón. ¿En esas escuelas nunca se reúnen los padres de familia o los maestros fuera de los horarios de clases? ¿No hay días lluviosos y oscuros? ¿Todas las aulas tienen ventanas? Diecisiete años después surgen las mismas preguntas y no hay respuestas. Tarea inmediata para las autoridades municipales recientemente electas.

Una conversación entre amigos pone sobre el tapete qué ciudad tiene más baches en sus calles, el paceño decía que ninguna otra en el país podría ganarle, pero la cochabambina salió al paso y dijo que no había calle por donde pudiera llevar a su bebé en cochecito, el tarijeño les retó a empujar la silla de ruedas de su padre por su chura Tarija. Parece que en la batalla por saber cuál es la ciudad más bombardeada por los baches, piedras, zanjas que tienen sus calles hay un empate. Otro problema que deben solucionar las nuevas autoridades.

Este no es el mejor momento para el turismo, pero sí para implementar y preparar los lugares tanto tradicionales como nuevos que tienen potencial turístico en el país. Es el tiempo de construir carreteras donde no hay, mejorarlas donde hay, implementar todo el aparato de servicios como alojamiento, alimentación, traslado, adecuación de los sitios de interés, guías, señalización. Cuando termine la pandemia seguramente el mundo se lanzará a viajar, a indagar nuevos lugares por conocer. Las gobernaciones recientemente elegidas tienen una gran oportunidad para generar recursos propios con el turismo.

Los desafíos para alcaldes, gobernadores, concejales y asambleístas son enormes. ¿Cómo acompañar las obras visibles con aquellas que no se ven pero que son fundamentales para bolivianas y bolivianos de todas las edades, del campo y las ciudades? A tiempo de construir una escuela o un hospital, se tiene que trabajar en valores, lazos que construyan sociedades no violentas, capaces de relacionarse dentro del buen trato, solidarias, también audaces para encarar nuevas formas de vivir en urbes o comunidades amigables, donde todos sean y se sientan responsables del bienestar del otro.

  Lucía Sauma es periodista.

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Candidatos desubicados

/ 24 de febrero de 2021 / 00:46

A 13 días de las elecciones subnacionales escuchamos a las y los candidatos ofrecer de todo. En pos de gobernaciones ofertan vacunas contra el COVID-19 para todos los bolivianos, en plazos imposibles. Candidatos a las alcaldías que sin pizca de análisis piensan en levantar aeropuertos construidos por encima de los edificios. Otros ofrecen hospitales de tercer nivel sin tener ni uno de primer nivel. La mayoría habla de terminar con el congestionamiento de tráfico en las urbes. Por supuesto que no falta quien dice que si es elegido terminará con la violencia intrafamiliar y los feminicidios. En fin, ofrecen de todo y están convencidos de que la ciudadanía les cree.

Mientras tanto, quienes deberían ser un ejemplo desde el momento en que candidatean se presentan en público sin barbijo, levantan las manos, sonríen, saludan a nadie. Recorren en caravanas por calles que inundan de ruido, bocinazos, petardos, palabrería y van dejando por detrás la soledad del discurso vacío e inútil. Hacen una triste parodia de líder aclamado por multitudes cuando la realidad les grita que no hay seguidores.

Tanto las gobernaciones como las alcaldías no necesitan de políticos, ni politiquería. Esos puestos están sedientos de técnicos lúcidos, ávidos por probar en la realidad de ciudades y provincias las soluciones a los problemas estructurales que proyectaron desde su experiencia y conocimiento. Los ciudadanos de las gobernaciones bolivianas no necesitan de quien grita más fuerte, ni siquiera de quien hable mejor. Necesitan de quienes sepan cómo y con qué presupuesto llegarán con servicios básicos hasta el último rincón. Necesitan que carreteras y caminos sean construidos por quienes garanticen un trabajo profesional y no por quien pague una mejor comisión para adjudicarse una obra, siempre entregada más allá del plazo estipulado y mal terminada. Se necesitan calles bien señalizadas con pintura asfáltica para que los pasos de cebra y los separadores de carril duren un tiempo razonable.

Entre los ofrecimientos que los candidatos realizan estos días se perciben claramente los acuerdos que hacen con diferentes sectores, por ejemplo con transportistas que si ahora los apoyan mañana se convertirán en un dolor de cabeza no solo para ellos sino, y sobre todo, para los usuarios. Los gremialistas, que a cambio de apoyar a determinado candidato, terminarán inundando las calles con sus casetas improvisadas, o simples puestos en el piso donde venderán desde un peine hasta choripanes. Estamos malviviendo en ciudades, en pueblos asfixiados por el caos, la improvisación, la falta de visión de lo que significa dar calidad de vida a los moradores que vanamente se ufanan del lugar en que por azar les ha tocado vivir.  

Lucía Sauma es periodista.

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