Voces

domingo 9 may 2021 | Actualizado a 09:56

Tres dolores para un Oscar

/ 21 de abril de 2021 / 01:13

Los cines lucen desiertos. Los dueños de las multisalas pierden plata cada semana pero mantienen las funciones como una luz de esperanza. Tres grandes películas han llegado a nuestras pantallas oscuras en medio de la clandestinidad y el miedo. Los y las trabajadoras de los cines están más amables que nunca con los pocos que nos animamos. El aire se renueva cada función pero en la sala estamos los de siempre. He visto tres grandes películas con el dolor de leit motiv. En cada función de noche, no había más de cuatro espectadores, todos en una punta diferente, tratando de no estornudar.

Uno, Nomadland (Tierra de nómadas): dicen que Frances Louise McDormand repite personajes y modales. ¿A quién le importa? Yo estoy enamorado de ella desde que la vi en la brillante/primera película de los hermanos Coen, Blood simple (1984). Los personajes en aquella joyita del cine negro —perdedores por naturaleza— no pueden huir. En Nomadland, MacDormand no para de escapar y sabe que todos nos encontraremos (a nosotros mismos) en el camino. La carretera es la verdadera protagonista. Fuera del mundo consumista, también hay vida y redención. El tono documental mezclado con la ficción (el neorrealismo italiano siempre vuelve en época de crisis) nos trae el modus vivendi de miles de personas mayores en Estados Unidos, abandonados a su suerte tras la crisis estructural capitalista de 2008: son los nómadas, es la otra cara del sueño norteamericano. Frances compone su papel más hermético, más asceta, más esperanzador, bajo la dirección de otra mujer, ChloeìZhao que mete la cámara en su furgoneta. En una cartelera repleta de películas para adolescentes, Nomadland nos regala una obra crepuscular sobre la dignidad, sobre los abrazos compartidos en los momentos más difíciles, sobre lo efímero, sobre la belleza de las pequeñas cosas. Caminar o morir es el lema de las autoproclamadas Badland bitches. La redención está en la ruta. El tiempo no duerme el dolor —ante la pérdida de personas y lugares— pero sí lo adormece.

Dos, The father (El padre): dicen que Anthony Hopkins es el más grande actor vivo. Y es cierto. Con sus 83 años, el galés nos ofrece una película dura, desconcertante y compleja sobre el olvido que seremos. Jamás la demencia senil había sido retratada desde la primera persona, desde la vejez del Alzheimer y sus dolorosas consecuencias para el círculo familiar (la actriz Olivia Colman merece también el Oscar a mejor actriz secundaria). Con un envoltorio teatral de salidas y entradas en escena, el director francés Florian Zeller mete su cámara dentro de la cabeza del personaje principal y traslada la confusión a la platea. La vida, caída ya todas las hojas, solo tiene sentido en una vieja manía, en un chiste repetido hasta la saciedad. Vivir y aprovechar el hoy es el lema. El dolor no existe más allá de la muerte.

Tres, Promising Young woman: dicen que la venganza —producto del dolor infinito— es un plato que se sirve frío. Y es verdad. La película dirigida por la inglesa Emerald Fennell nos habla de forma inquietante sobre sexo, consentimiento expreso, violación, trauma y valentía. Y sobre el papel de las víctimas, la culpa y la justificación del agresor. En la tradición de las rape and revenge movies, la protagonista (interpretada genialmente por una inexpresiva/herida Carey Mulligan, en un rol alejado de las típicas “mujeres fatales”) exhibe una fortaleza sin igual que rima siempre con crudeza. Con guiños a Nastassja Kinski en Paris, Texas de Wim Wenders o al Tarantino de Kill Bill, a esta Caperucita Roja no se la va a comer más el lobo. Promising Young woman es una película que refleja/marca una época y Hollywood —al calor del movimiento Me too— la elegirá este domingo como el filme del año. La pregunta inicial de la “peli” sigue dando vueltas en el espectador abandonada la sala oscura: ¿cuántos de nosotros nos aprovecharíamos de una mujer borracha para violarla si nos garantizan impunidad?

Son tres dolores para un Oscar. Un dolor convertido en gran maestro para una mujer libre, en un medio para despertarse ante un mundo en crisis; un dolor —el más cruel— sufrido en silencio por un padre en su ocaso; y un dolor que no puede soportar otra mujer ante el asesinato/violación de su amiga. Decía Dante Alighieri que “quien sabe de dolor, todo lo sabe”. 

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique.Twitter: @RicardoBajo

Comparte y opina:

Puedes asesinar

/ 5 de mayo de 2021 / 03:04

¿Se puede hacer una película política entretenida sin caer en lo planfletario? Se puede. ¿Se puede retratar una historia de traición sin caer en el maniqueísmo del bueno y el malo? Se puede. ¿Es contradictoria la maternidad y el compromiso social? ¿Dónde quedan las familias de los revolucionarios mientras éstos y éstas intentan cambiar el mundo? ¿Se puede hablar en un filme del pasado para charlar del presente sin resbalar en lo caricaturesco? ¿Puede Estados Unidos autoproclamarse como la mayor democracia del mundo y asesinar/encarcelar sistemáticamente a sus líderes políticos negros/indios/molestosos? Perdón por la pregunta retórica. El-Hajj Malik El-Shabazz, nacido como Malcolm Little y conocido como Malcolm X fue asesinado en 1965 a la edad de 40 años; a Martin Luther King lo balearon en 1968 con 39 años; y a Fred Hampton, vicepresidente del Partido de las Panteras Negras (BPP), lo masacraron con apenas 21 añitos. La sombra del director del FBI,J. Edgar Hoover siempre fue alargada.

A finales del siglo pasado, la Embajada de Estados Unidos en La Paz auspiciaba estrenos de grandes películas. Una de ellas fue Amistad (1997) de Steven Spielberg. La premiere en el cine 16 de Julio llenó las 900 butacas de la sala. La embajadora Donna Hrinak, que fue después vicepresidenta de Boeing y actualmente trabaja para una gran compañía de cruceros, aplaudía aquella feliz historia de esclavos/tíos Tom. ¿Se pueden organizar en los grandes barcos de la Royal Caribbean fiestas de disfraces con ridículos “cowboys” sobre cubiertas? Se puede.

Lo que no pueden hacer ahora los sucesores de doña Donna es montar premieres de películas como Judas y el mesías negro. El filme de Shaba King, alumno aventajado en la Universidad de Nueva York del profesor Spike Lee, retrata el aniquilamiento por parte del FBI de los militantes más significativos de las Panteras Negras, consideradas por el mismísimo Hoover como «la mayor amenaza interna para la seguridad de Estados Unidos».

En una de las secuencias de la “peli”, el director del FBI, interpretado como un personaje siniestro por Martin Sheen, pregunta a su agente Mitchell, encargado de infiltrar a las “panteras”, qué opinaría si su hija pequeña llevase un negro a casa en un futuro. La respuesta nos traslada del pasado al presente: estaría en juego/amenazada la supervivencia de la raza blanca.

En otra escena memorable, el chairman de las Panteras Negras en Chicago, el marxista leninista Fred Hampton, irrumpe en una reunión de racistas blancos con la bandera sudista/ secesionista de fondo, la misma que enarbolaron los asaltantes del Congreso de Estados Unidos, azuzados por Trump. Charla con ellos y comprende la opresión/explotación de los white trash. El Partido de las Panteras Negras —como la Unión Patriótica en Colombia— no fue masacrado porque el FBI temía matrimonios mixtos sino por el mensaje político/interracial que irradiaban en los barrios pobres; por lo peligroso que era en los años 60 y 70 (como ahora) el nacionalismo antiimperialista, los discursos de liberación personal, el feminismo y el antiautoritarismo. Y por las citas frecuentes al Che Guevara y los puños en alto enguantados en cuero negro (como su poder) de los atletas John Carlos y Tommie Smith en el gesto más revolucionario de la historia de los Juegos Olímpicos.

Judas y el mesías negro —una feroz crítica al terrorismo de Estado alejada de un biopic complaciente— ha pasado sin pena ni gloria por los cines bolivianos a pesar del Oscar ganado por Daniel Kaluuya y su potente interpretación del asesinado líder del “Black Power”. Por cierto, ¿por qué la Academia de Hollywood lo postuló a mejor actor secundario cuando su rol era de protagonista? Debe ser otra movida sucia de Hoover desde los infiernos.

Judas y el mesías negro es un intenso thriller a lo Scorsese con montaje electrizante; es un drama histórico para recordar a los faltos de memoria las formas de actuar de las cloacas y el “Estado Profundo” gringo contra los que sueñan/luchan por un mundo mejor, sin tanto odio, sin tanto racismo, sin tanto miedo.

Puedes asesinar a un libertador, pero no puedes matar una liberación. Puedes asesinar a un revolucionario, pero no puedes matar a la revolución. Y puedes asesinar a un luchador por la libertad, pero no puedes asesinar la libertad, Fred Hampton.    

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo

Comparte y opina:

Hugo Blym sabe dónde vive

/ 7 de abril de 2021 / 01:00

“Quizá en ninguna parte del mundo la vida del literato sea tan incierta, amarga y desoladora como la que se vive en Bolivia”. Es domingo 26 de marzo de 1950 y han pasado 10 meses de la muerte del escritor Carlos Medinaceli Quintana, con apenas 51 años. Hugo Vilela del Villar, más conocido como Hugo Blym, escribe en el suplemento literario de La Razón y recuerda su amistad con el autor de La chaskañawi. Y cita al escritor sucrense: “Pero qué ingenuo es usted, don Hugo, hasta ahora no sabe dónde vive. Es hora de que se dé cuenta de que los escritores en este ‘ayllu’ no valemos un pito, especialmente para los huayra-levas que están en el poder”.

La palabra “huayra-leva” era el “invento” favorito de Medinaceli y su metáfora de ruptura con la Bolivia racista de señoritos/ doctorcitos. La venganza es terrible: Medinaceli acaba de ser despedido de la Cancillería donde se ganaba el “puchero” como auxiliar y deambula con sus manuscritos por los cafetines. Su luenga barba imita a la de Ramón María del Valle Inclán, otro genio peculiar. Las editoriales le exigen pago adelantado y él tan solo sueña con escapar a Cotagaita —su refugio— para dedicarse “a sembrar papas, labor más noble y productiva que escribir”.

Hugo Blym era otro “inconforme” y así lo retrató el crítico literario chuquisaqueño Carlos Castañón Barrientos en su libro Pasión literaria: ocho escritores paceños (1999, Librería-Editorial Juventud). Nacido el 9 de octubre de 1910 en la “Hoyada” y fallecido en la misma ciudad el 4 de agosto de 1979, Vilela del Villar estudia en el San Calixto y adopta su apellido pseudónimo para diferenciarse de sus hermanos también escritores: Luis Felipe y Arturo. Casado con doña Luisa Zelada Vidal, tiene dos hijas, Sonia y María del Rosario, a quienes dedica una de sus tres novelas, Títeres de la meseta (Fundación Patiño, La Paz, 1953).

Blym, escritor insumiso olvidado hoy en día, se dedica al negocio de los libros y la papelería. De formación autodidacta, abre tres librerías en la Comercio, Ingavi y en El Prado. De carácter extrovertido, funda peñas como La Trinchera y es amigo de los más grandes: de Tristán Marof (otro gigante con pseudónimo), de Marina Núñez del Prado, de Yolanda Bedregal, de Oscar Cerruto, de Juan Capriles, al que llama “poeta del dolor perdido en medio de la bohemia sentimental”. La tarea de crear personajes le fascina, “era su vida, bohemio como tantos de sus contemporáneos, poseía un gran sentido del humor, le gustaba bromear. Tenía el corazón alegre y liberado de traumas; en este sentido, era un hombre feliz”, recuerda su hija Sonia de Johnston en el citado libro.

Lo único que borra su sonrisa es la ausencia nostálgica del mar. En uno de sus mejores viajes, dicta conferencias en Dallas, Columbus, San Antonio y Houston sobre la invasión chilena. Admirador del indigenismo de Raza de Bronce de Arguedas y de la crítica anti-cacique de La candidatura de Rojas de Chirveches, don Hugo escribe tres novelas (la mejor es Puna de 1940, editorial Ercilla, Chile); dos libros de relatos (La rebelión y otros cuentos del Kollao de 1937, editorial chilena Zigzag y En la ruta de los cóndores de 1964, editorial El Progreso, La Paz); un poemario inédito (Honda); un ensayo (Alcides Arguedas y otros nombres en la literatura de Bolivia de 1945, editorial Kier, Buenos Aires) y una curiosa comedia en tres actos llamada Campeonas de Rummy-Canasta (1963) donde una mujer enviciada por el juego desciende a los infiernos con tal de mantener su condición de tahúr invicta.

“Le cae muy mal el espíritu explotador del terrateniente, la terrible pobreza del indígena y la forma lamentable en que discurre la existencia de la clase media. Reprocha con tono áspero las torpezas de la política criolla sobre todo en época de elecciones. Le desagrada el egoísmo y las miras estrechas de los dirigentes de la nación, políticos o no”, trazaba así su perfil don Carlos Castañón Barrientos, quien falleció hace ya tres abriles.

En la tapa de su libro, ocho fotos de carnet en blanco y negro me miran. Ahí está don Hugo Blym —quizás el menos conocido del grupo—. Detrás de sus lentes de carey y su mirada dura veo a un inconforme que conociendo cuán incierta, amarga y desoladora es la vida del escritor en Bolivia, optó por ese camino. Don Carlos, su amigo Blyn sí sabía dónde vivía.

  Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

Comparte y opina:

Los genios son pocos

/ 24 de marzo de 2021 / 01:22

Entro al Baúl del Libro, la librería de mi cuate René (hoy supe que verdaderamente se llama Constantino) y me topo con Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020) de Mario Vargas Llosa. Ni el argentino ni el peruano me simpatizan. Leo en la contratapa: “no es cierta la idea según la cual uno admira sobre todo a los autores afines, a quienes dan voz y forma a los fantasmas y anhelos que a uno mismo lo habitan. También puede ser uno seducido por estilos, por hechizos literarios, por personalidades alejadas”. Esta vez el peruano me intriga. Caigo en la tentación del hechizo, pago y me voy.

Medio siglo con Borges es una charla/compendio de ensayos y entrevistas. Y se lo lee como se escuchan con curiosidad morbosa las conversaciones ajenas en un café o en un minibús. Eres consciente de que los tertulianos no te caen pero no puedes dejar de escuchar o de leer en este caso. Vargas Llosa confiesa de sí mismo que es un escritor contagiado/ intoxicado de realidad, de historia reciente y pasada y de política. Borges es todo lo contrario: un autor seducido por la poesía y los tigres, por los laberintos eruditos de lo fantástico. Su desinterés/desprecio por la política fue una toma de decisión política. Su apuesta por la erudición —primer aviso para navegantes académicos— no era densa sino insólita, sarcástica, entretenida y por ello —o a pesar de ello— brillante.

Sostiene Vargas Llosa que Borges fue demasiado inteligente para escribir novelas, que inventó una prosa en la que había tantas palabras como ideas, que lo asustaba el sexo y el peronismo, que fue el escritor más sutil y elegante de su tiempo. El peruano cree que los autores famosos envejecen mal, llenos de achaques y soberbias. Leer es “una forma de vivir también” aunque muchas veces —segundo aviso para navegantes— el argentino creyó haber leído demasiadas cosas y vivido pocas. Borges se autodefine como “anarquista spenceriano” y Vargas Llosa apostilla: “eso no quiere decir gran cosa”. El humor no se negocia en esta charla.

El único boliviano que aparece en el libro es Tamayo; no Franz sino Marcial, el sobrino del poeta y coautor —junto a Adolfo Ruiz Díaz— de Borges, enigma y clave. En una jugosa entrevista, el argentino comenta que leyó el libro de nuestro compatriota para “ver si encontraba la clave de su obra pues el enigma ya lo conocía”. Sobre la supuesta soledad de don Jorge Luis, el peruano cree que “era el hombre más agasajado del mundo”. En respuesta, Borges cita a Spinoza: “cada cosa requiere la soledad de su ser y yo insisto en ser Borges”.

Hasta aquí llegan las luces de esta conversación particular, ahora vamos con las sombras. En el caso de Borges, sostiene don Mario, la primera sombra rima con etnocentrismo: el negro, el indio, el “primitivo” (salvaje dirían por estos lares) aparecen a menudo en sus cuentos “como seres ontológicamente inferiores, sumidos en una barbarie que no se diría histórica o socialmente circunstancial sino connatural a una raza o una condición; ellos representan una infrahumanidad, cerrada a lo que para Borges es lo humano por excelencia: el intelecto y la cultura literaria”.

La segunda sombra es el apoyo franco/ adhesión pública que Borges prestó a dos de las dictaduras militares argentinas más manchadas de sangre, la que derrocó a Perón y la que puso fin al gobierno de Isabelita. “Es un apoyo que no congenia para nada con su identificación con la causa contra los nazis, no resulta fácil de explicar. Todavía es más difícil de comprender el entusiasmo inicial con Videla o su simpatía por esos regímenes militares de los cuales aceptó nombramientos sin la menor reticencia. Su toma de distancia con Videla fue tardía y no lo bastante diáfana como para borrar la desazón tremenda que causó no solo en sus enemigos sino en sus más entusiastas admiradores como el que esto escribe”, Vargas Llosa dixit.

¿Te puede gustar alguien que representa todo lo que odias? ¿Puedes abstraer la obra de un escritor/cineasta de sus ideas políticas, de sus fobias/filias, de sus comportamientos? ¿Te puede de verdad gustar alguien que desprecia la vida de los otros? Creo que no; pero ya hace algún tiempo he comprendido que la vida es breve; el arte escaso y los genios, pocos. Entonces me permito hoy hacer dos excepciones: la primera es Woody Allen y la segunda, mister Jorge Luis Borges. ¡Salud, don Mario!

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

Comparte y opina:

Veinte años sin Gunter Holzmann

/ 10 de marzo de 2021 / 02:12

Un día habló con el cineasta francés Jean Luc Godard mientras buscaba oro cerca de Chulumani en los Yungas paceños. Un año trabajó en las minas de Huarón de Perú a 4.800 metros de altura. Una tarde conoció a Mauricio Hochschild y se hizo amigo del embajador gringo Kennneth Wasson con quien rodó documentales. Fue compañero de expedición del inolvidable Noel Kempff Mercado e impulsó la creación de la Casa de la Cultura de Santa Cruz. Donó un millón de dólares al periódico Le Monde Diplomatique, del cual era un lector asiduo y comprometido. Lo hizo para que la publicación no cerrara, lo hizo en nombre de la justicia y la igualdad. Su nombre era Gunter y su apellido Holzmann. Nos dejó hace 20 años pero su memoria sigue viva hoy.

De ideas socialistas, acabó sus días como un millonario que odiaba el lujo, la ostentación y la riqueza. “Me siento mal cuando tengo más de seis camisas”, le contaba a su amigo Jean Claude Guillebaud. Ingeniero de minas, representante comercial, buscador de metales preciosos, gerente de una empresa de helicópteros, arquitecto de caminos, médico, investigador y descubridor de la vacuna inyectable EPT, un bloqueador inmunológico que ha curado a miles de personas del veneno de insectos y reptiles, Holzmann —nacido en Breslavia, actual Polonia, como su amigo librero Werner Guttentag— fue sobre todo un querendón de Bolivia en general y de Santa Cruz en particular.

Su rica vida —hasta que un paro cardiaco dijo basta el 7 de enero de 2001— fue recogida en el libro Más allá de los mares: memoria de un sobreviviente del siglo XX, traducido al alemán, francés y portugués y publicado en castellano por la editorial catalana Icaria. Es una autobiografía de 300 páginas entretenida y plagada de anécdotas, aventuras y sinsabores, escrita a través de una pluma ágil y mordaz.

Don Gunter vivió en carne propia el ascenso de Hitler y huyó a Inglaterra en 1935 tras promulgarse las leyes antijudías de Nuremberg. Más tarde se embarcó hacia Sudamérica y un año después arribó a Lima aunque la capital peruana nunca le agradó. “Cuentan que cuando Pizarro buscaba dónde ubicar su residencia, los indios maliciosamente le recomendaron el peor lugar y allí fundó Lima”. Para Holzmann, “la clase alta peruana es engreída, fatua, ridícula, arrogante e ignorante; la clase media, huachafa; y los cholos, la gran masa, arrastra sus complejos de inferioridad y odio contra todos los demás en su afán vengador”. El judío errante respiraba por la herida: en 1938 el gobierno del hermano país había impedido el desembarco de un buque cargado de compatriotas semitas. La excusa: los visados eran truchos y habían sido autorizados por un cónsul boliviano que cobró mil dólares por cabeza en París.

Después de nueve años en el Perú, don Gunter llegó a Bolivia por primera vez invitado por el embajador de Estados Unidos en La Paz, Kenneth Wasson y su esposa, Anita. La primera impresión de la “hoyada” no fue buena: “al descender desde El Alto, la ciudad me pareció un vasto hacinamiento de paupérrimas chozas indígenas, entreverada con construcciones pretenciosas estilo fin de siglo, cuyo centro habían usurpado algunos rascacielos truncados. La Paz se encontraba desparramada, como buscando refugio en el fondo de una inmensa cantera de óxidos color ocre, rojo y gris, desprovista de toda vegetación, erosionada por los vientos, calcinada por el sol, agrietada por los aguaceros y el hielo. En aquella heterogénea mezcla solamente advertí una implacable voluntad de sobrevivir y proliferar. Únicamente las lejanas moles del Illimani y el Illampu conferían al panorama una majestuosidad impresionante”. El embrujo de Chuquiago Marka a veces también falla.

En 1954 Holzmann (“hombre de madera” en alemán) se estableció para siempre en Santa Cruz, “la bella durmiente” (como la llamaba), llegando a ser toda una institución en la vida cultural y social cruceña. De sus gentes dijo al inicio: “viven sin prisa, ni tensiones, alegres, francos, hospitalarios, olvidados del mundo moderno, en una orgullosa pobreza”. Los sembradíos de yuca en su quinta de Los Totaíses extrañan todavía a don Gunter. Cumplió todos su sueños excepto uno: colocar un gran letrero a la entrada de su casa a orillas del río Piraí que dijera: “Amor mater ómnium rerum” (El amor, la madre de todas las cosas”).

   Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo

Comparte y opina:

Amta Café Cultural, en lo más alto del corazón

El Alto tendrá en una semana una nueva oferta cultural. Gastronomía creativa, talleres, comunidad fotográfica y viajes, y una Biblioteca Popular que lleva el nombre del escritor Crispín Portugal Chávez

Amta Café Cultural

Por Ricardo Bajo

/ 17 de febrero de 2021 / 09:59

En la ciudad de El Alto no hay muchas opciones para tomar un café en un lugar rodeado de cultura, buenos libros y mejor onda, especialmente más allá de Ciudad Satélite. En apenas siete días, el lunes 22, se inaugurará Amta Café Cultural, un espacio donde se podrá aprender el arte del té, degustar gastronomía/pastelería creativa con insumos bolivianos y apuntarse a talleres y escapadas fotográficas/turísticas. ¿Y la yapa? La Biblioteca Popular “Crispín Portugal” abrirá sus puertas con un servicio gratuito de libros, donados en las últimas semanas por lectores particulares y por editoriales como Sobras Selectas, Yerba Mala Cartonera y 3.600.

Detrás de la idea están las hermanas Chuquimia Ramírez, Rosmery y Lizeth, dos jóvenes que llevan el emprendimiento y la cultura corriendo por sus venas. Provenientes de una familia de ocho hermanos, la jovial Lizeth es egresada de Hostelería y especialista en gastronomía/pastelería creativa e integra el poderoso equipo de los fogones (“team Amta”) junto con Carolina Grundy, Liz Ramírez, Jimena Alarcón Catari e Ivannita Alcázar. Rosmery, dedicada hasta hace poco a la venta de ropa americana en Villa Exaltación, es la fotógrafa, diseñadora gráfica (de la carrera de la UMSA) y “alma máter” del espacio. “Empezar de nuevo es un derecho que nadie debe negarse”, dice parafraseando a la escritora Maritere Lee.

La barista y catadora de café/té es Yésica Huanca. “Es increíble que en todas las capitales de departamento y ciudades grandes de Bolivia, todas las franquicias de cafetería tengan sucursales, excepto en El Alto. Recién una marca conocida de café colombiano ha abierto su primera tienda frente a Derechos Reales y en la calle 2 hay también un restaurante de nueva cocina pero luego nada más, ¿acaso los alteños y alteñas no sabemos consumir?”, reclama Rosmery, “Rous” para las amistades.

EMPRENDEDORES. El equipo humano que conforma Amta Café Cultural afina los detalles para este nuevo espacio de interacción en la ciudad de El Alto. Foto: Ricardo Bajo

Amta, que significa recuerdo en aymara, llega para aunar sinergias colectivas, para tejer juntos, para ofrecer alternativas culturales y creativas a toda la juventud alteña. El primer fin de semana de febrero una salida fotográfica a Isla Tortuga/Comunidad Sisasani en el lago Titicaca sobrepasó todas las expectativas y reunió a 38 personas que comenzaron a zambullirse en el mundo de la fotografía de paisaje, de retrato y de gastronomía con la ayuda de tres profesores, la propia Rosmery, Nery Mayta y Silvana Quenta.

La Biblioteca Popular “Crispín Portugal” es el “cherry” sobre la torta. El espacio ya ha recogido y recibido la donación de más de 1.500 libros y espera pronto llegar a los 5.000. La iniciativa —y el propio nombre en homenaje al escritor alteño, fallecido en 2007 y fundador de la editorial Yerba Mala Cartonera— está a cargo del literato Daniel Averanga Montiel, cuyo hermano Hugo también da una mano en la parte artística pintando murales en el interior y exterior del propio café, sito en la Avenida Juan Pablo II, muy cerca de la Fuerza Aérea Boliviana, zona Ferropetrol.

La Biblioteca Popular, que trabajará con escuelas fiscales alteñas (especialmente con los colegios periurbanos), estará abierta a todo público, prestará y también venderá libros, así como ofrecerá la chance del trueque de títulos. Actualmente está a la búsqueda de un(a) bibliotecario(a) que pueda hacerse cargo y sumarse a este colectivo de una docena de hombres y mujeres entusiastas. La invitación de la Biblioteca “Crispín Portugal Chávez” también se extiende a todos los escritores y escritoras de El Alto y La Paz junto con editoriales comerciales y sellos independientes que quieran presentar sus novedades o impartir talleres de escritura/lectura. La próxima apertura de clases de cocina creativa, un taller de audiovisuales y otro de papel artesanal vislumbran también la posibilidad de elaboración de libros cartoneros con un taller de encuadernación, ahora que la Yerba Mala Cartonera se mudó —hace años— de su cuna alteña a la ciudad de Cochabamba.

Foto: Ricardo Bajo

El editor y librero alteño Alexis Argüello, al frente de Sobras Selectas, recuerda la corta y triste vida de las bibliotecas alteñas: “Recuerdo que por los años 2001 o 2002 se trató de equipar una primera biblioteca municipal sobre la avenida 6 de Marzo, entre calles 1 y 2, por iniciativa del Consejo de la Juventud. Cosa que al final quedó en nada porque a las autoridades municipales nunca les importó tal cosa. A casi nadie, en realidad. El par de bibliotecas barriales que conozco en El Alto están dentro de las juntas de vecinos. La del barrio al que llamo mío, Santiago II, funciona muy a medias. La del barrio en que ahora viven mis padres, Villa Bolívar D, está siendo remodelada mientras los libros están no sé dónde. La biblioteca privada más importante de El Alto, la de Jhonny Fernández, ahora está en Quillacollo. Queda mucho por hacer sobre las bibliotecas privadas y barriales en El Alto, incluso sobre los lugares de venta de libros, la llamada Riel en la feria 16 de Julio o las asociaciones de libreros Tupac Katari, Rincón Cultural, Chasquis”.

Antes de que las puertas del Amta Café Cultural se abran, el espacio autogestionado ha estado funcionando para recaudar fondos con gastronomía “delivery” con todo tipo de delicias, especialmente las mermeladas caseras, especialidad de la casa. “En nuestro hogar familiar, mi mamá y todos los hermanos siempre están haciendo cosas, arrancado negocios e iniciativas, prestándose del banco para levantar proyectos. Está prohibido quedarse parada viendo tele, el café cultural y la biblioteca es algo pequeño de momento, pero confiamos en unos años tejer relaciones con otros espacios como la Wayna Tambo, el Teatro Trono y montar una telaraña de culturas vivas y comunidad para colaborarnos entre todos y todas y presentar libros, actividades, charlas, talleres… Nos falta en El Alto movernos más, innovar más”, dice Rosmery mientras acaricia al guardián y amo de todo, Don Camilo, un perro negro, celoso y peludo.

Por supuesto que el camino de la autogestión se demuestra andando y así, en modo “ayni”, las que arman los banquitos dejan unas plantitas/macetas que cuelgan de la pared; los que barnizan y pintan comen delicioso y beben chela artesanal (todo en trueque); todos y todas van detrás de una utopía: reproducir más “amta cafés culturales” por otros barrios y trabajar de cerca con la niñez de la urbe alteña.

Mientras charlamos, frente a Rosmery y Lizeth, cuatro compañeros y compañeras —Fernando Alanoca, Andrea Molina, Hugo Averanga y el joven muralista venezolano Miranda— charlan sobre arte mientras hacen un descanso en el mural que adorna la entrada del café-biblioteca. En un rato más, van a estar todos almorzando una deliciosa y humeante sopa de verduras con quinua. El Amta Café Cultural late en lo más alto de sus corazones.

Para más información, donación de libros y coordinación de actividades, busca la etiqueta #AmtaCaféCultural en las redes sociales, escribe al Facebook de Rosmery Chuquimia o contacta al celular 77207104.

Comparte y opina: