Voces

viernes 25 jun 2021 | Actualizado a 02:55

Inseguridad pandémica

/ 9 de mayo de 2021 / 00:57

Según los últimos diagnósticos económicos de la región, la pobreza extrema se ha incrementado en 18%. Las causas más importantes son la pandemia y, en el caso boliviano, el golpe que paralizó las inversiones públicas, la corrupción que se sigue develando, entre otros factores como los mercados para la exportación y el contrabando.

Al mismo ritmo ha crecido la delincuencia y los trastornos psicológicos en las poblaciones del mundo. Hace una semana sufrí el robo de mi viejo automotor que me acompañó tres lustros, su valor monetario no es expectable por su modelo, pero su valor afectivo es mucho mayor: en ellos conduje a mucha gente y allí fueron creciendo mis hijos. Como no quería perderlo, hice lo que cualquier ciudadano haría, recurrí inmediatamente a la Diprove (Dirección de Prevención e Investigación de Robo de Vehículos) en Tembladerani, donde están registrados los automotores con el RUAT (Registro Único de Automotores) y cuya obtención es un laberinto de cuchillos afilados y látigos burocráticos.

Allí me atendió el suboficial J. Choque K., quien me dijo que antes de hacer la denuncia y obtener mi reporte de robo para alertar a las trancas de la ciudad, debía llevar mi testimonio de compra del primer dueño, de la casa importadora, pagos de impuestos, certificado de autenticidad, etc., etc. Regresé desconsolado a mi casa y en cinco horas logré reunir una carpeta de casi 50 hojas; mientras tanto los ladrones, con tanto tiempo a su disposición, ya podían pasar las trancas de Senkata o tal vez ya estaban en Oruro o Chile. Algunos días después, otra víctima me insinuó que dicho funcionario es cómplice de los auteros o ladrones de autos que pululan por la zona.

Cada vez que íbamos a buscar cámaras de seguridad, llegaban a ese cubículo semisubterráneo y con luces mortecinas a plantear nuevas denuncias de automotores lujosos y casi nuevos que desaparecían. Todas las víctimas sabemos que debemos “ayudar“ a nuestros agentes designados para que compren “material de escritorio” y hacer personalmente nuestra solicitud a los vecinos para grabar de sus cámaras de seguridad. Obtuvimos dos filmaciones (siempre nos pareció que esa labor corresponde a la Policía y no a las víctimas) y destacamos la solidaridad y buena voluntad de la gente que nos permitió ver a tres delincuentes que disponían de sus “campanas” o gente que vigila y al experto que destrabó el seguro y la puerta en menos de 10 minutos.

Si bien no hemos perdido la esperanza de rescatar nuestro viejo automotor, antes que lo descuarticen y lo vendan por partes en Puente Vela o la 16 de Julio, somos realistas y sabemos que no será fácil y tal vez, como en otros casos, aparezca de aquí a 10 años abandonado como chatarra en una ciudad minera, por su condición de carro khullu o duro para el trabajo. Ando buscando a mi viejo amigo “chacho plantado” o choro jubilado para que me otorgue un taxi o mensajero en el panóptico de San Pedro y pueda averiguar que “chacho firme” o ladrón activo me puede dar información fidedigna sobre mi automotor que puede estar oculto en un garaje, ya no podrán venderlo porque está “marcado” y solo pueden descuartizarlo.

Estas indagaciones me permitieron informarme de algo macabro, cuando una vecina nos relató sobre los nuevos “cementerios de elefantes” o los tugurios donde los alcohólicos beben hasta morir: Su hijo fue a beber con personas desconocidas, lo narcotizaron; despertó en un local donde pululaban alcohólicos jóvenes a los que no se permitía salir. Su hijo vio cómo uno de ellos murió y fue sacado por tres personas. Una hermosa chola les daba bebidas y los animaba cada vez que deseaban abandonar el local, en tanto los alimentaba precariamente. El joven novato logró escabullirse, luego de 10 días, de la espeluznante aventura. Fueron a buscar con la Policía el lugar y no encontraron nada. Es la nueva manera de reinstalar el tráfico de órganos humanos que está vinculado al narcotráfico: las víctimas nunca aparecen.

Los crímenes, asaltos y robos están a la orden del día. Cada semana se reportan feminicidios y los infanticidios ahora forman parte de las crueles estadísticas. Tenemos un Viceministerio de Seguridad Ciudadana. Estamos esperando su trabajo.

 Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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No tienen nada que ofrecer…

/ 20 de junio de 2021 / 00:50

La derecha democrática y las fuerzas conservadoras atrincheradas en las instituciones cívicas de Santa Cruz, así como los grupos de la ultraderecha fascistoide, están atravesando un periodo de reacomodo que puede durar una década o más.

El destape que ha provocado lo que todos sabíamos, pero que la prensa servil a los intereses de los grupos hegemónicos ocultaba, finalmente fue ratificado por la Justicia norteamericana al detener a un aventurero político que tuvo el siniestro talento de encaramarse en el poder, apoyado por sus colegas que ahora lo abandonan. Murillo, ahora convertido en soplón de la CIA y la DEA para conseguir su libertad, develó la debilidad ideológica y moral de la asociación política conservadora que asaltó el Estado, echando por la borda el apoyo de la clase media o “media clase”. Esos jóvenes airados y las señoras pechoñas que, luego del triunfo electoral del gobierno que fuera derrocado pedían arrodilladas y con velas encendidas ante los cuarteles que salgan los militares a matar masistas e indios para consolidar el golpe de Estado, no caben en su desilusión. El miedo a la indiada y al comunismo fueron los argumentos psicológicos que los medios de la clase hegemónica instalaron, día y noche, en sus débiles discernimientos sobre la realidad boliviana. La Iglesia, aliada desde que el gobierno de Morales declaró al Estado como laico, juró venganza en varias reuniones en el Arzobispado de Cochabamba. Ponían de ejemplo a la Iglesia argentina que derrocó a Perón junto a militares, ganaderos y agroindustriales; ese hecho histórico pudo servirles de modelo. Lo preocupante es el informe del Arzobispado que devela un profundo desprecio por la vida, al minimizar los actos de atropello por parte de las Fuerzas Armadas cuyos grupos de élite asentados en Sanandita, agredieron brutalmente a civiles indefensos, dejando huérfanos, viudas y minusválidos, como prueba irrefutable de que hubo masacres en Senkata, Huayllani, El Pedregal, Sacaba y otros actos de abuso en varias regiones del agro boliviano que no fueron registrados. Para este grupo de representantes de la Iglesia, no tiene importancia, más importante era deshacerse del indio que tuvo el atrevimiento de cuestionar sus privilegios mantenidos durante 500 años, a sangre y fuego. Este grupo, coludido con los grupos conservadores, tampoco tiene nada que ofrecer; detrás de ellos, pisándoles la sotana están otros sacerdotes que privilegian la vida, conocen el martirio de Luis Espinal y son la sombra antagónica de la Iglesia oficial que tomó partido en esta peligrosa polarización.

Se avizoran nuevos escenarios políticos y sociales en Abya Yala. Las recientes elecciones en el Perú, nuestro vecino con el que tenemos vínculos históricos profundos, devela las abismales cicatrices que dejó sedimentada durante la colonia el Virreinato de Lima (1542), al igual que en Bolivia la Real Audiencia y Cancillería de Charcas (1559). Desde esa condición de fuerza administrativa, promovieron a sus grupos familiares que manejaron siglos territorios ricos en recursos naturales, excluyendo a las mayorías de origen indígena y mestizo. Cuando se cansaron de expoliar, pasaron la posta a otros grupos de inversionistas que replicaron la fórmula, así los indios serranos peruanos seguían siendo la raza inferior y los costeños, superiores y de raza blanca.

Este orden simbólico ahora está a punto de desplomarse y hacen los últimos esfuerzos para que el profesor rural Pedro Castillo no asuma el poder y, si lo hace, la Iglesia y la oligarquía extranjerizante se ocuparán de roer su prestigio para castigar al “cholito” que se atrevió a desmontar el orden simbólico. Sin embargo, el precio puede ser muy alto, este viejo orden fosilizado fue la causa del nacimiento del grupo extremista Sendero Luminoso.

También en Chile están removiéndose las arenas. Piñera, reputado por su conservadurismo, vive su etapa de decadencia en la que arrastra a todo su grupo social; para contrarrestar algo de su fama de “momio” (así llaman en Chile a los ultraderechistas), en un acto espectacular aprobó una ley que permite el matrimonio civil entre parejas del mismo sexo, para desconcierto de la Iglesia y su grupo político.

Otros vientos soplan desde Colombia y Brasil, el desafío para las nuevas generaciones de la derecha consistirá en cambiar su viejo discurso anclado en el siglo XVIII, Piñera dio el ejemplo.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Cuerpos invencibles

/ 5 de junio de 2021 / 22:45

En una de las incursiones del Control Político en busca de mi padre, durante el gobierno del MNR, los agentes hicieron caer la pequeña biblioteca que teníamos y un libro con el rostro de Eva Duarte Perón (1919-1952) fue a dar debajo de la gran mesa donde estábamos escondidos con mis dos hermanas. Mi madre, con el sable que teníamos como adorno, hizo retroceder a los civiles de rostros furibundos. En la tapa del libro vi una sonrisa dulce y unos ojos negros, más bien pequeños que me miraban, ante el griterío y el miedo. El libro de fondo azul titulaba La Razón de mi vida. Entonces, alguien gritó y los agentes, alertados ante la noticia que un hombre fugaba por el techo, salieron afanosos tras él. Cuando salimos de nuestro escondite, mi madre estaba con el cabello revuelto, respiraba agitadamente, nos abrazó y su rostro se dulcificó inmediatamente. No solté el libro, fascinado por la foto de la mujer de la mirada dulce.

Después vi su foto, cuando ella, muy delgada, se dirige a los “descamisados “, a sus “cabecitas negras”, los excluidos de Argentina, era el 1 de mayo de 1952, junto al presidente Juan Perón que la sostiene ante su manifiesta fragilidad. El rostro de Perón lo dice todo: sabe que Evita morirá por un cáncer que la devora y que la oligarquía, alegre por el previsible desenlace, celebra su enfermedad con grafitis en las zonas pudientes que escupen: “Viva el cáncer”. Evita parte a los 33 años.

En los barrios populares la congoja contrastaba ante el júbilo de la oligarquía. Éstos pensaban que la muerte se llevaría toda la obra social y la memoria que Evita había acumulado a través de medidas favorables a las clases populares, consolidando un poderoso movimiento popular que, con sus diversas corrientes, permanece después de medio siglo. El júbilo de la oligarquía duró poco.

En 1955, un golpe militar conservador, encabezado por Pedro Aramburu, liquida el proceso político y proscribe el peronismo, y Perón sale al exilio; el cuerpo de Evita, embalsamado, es escondido en la Central General de Trabajadores (CGT), luego descubierto por la Marina. Su cuerpo simboliza la rebelión, es un detonante; los militares discuten para deshacerse de él, quemarlo, lanzarlo al mar, finalmente deciden por una sepultura clandestina. Aramburu resuelve que un subordinado se haga cargo y éste lo esconde en su casa; una noche, al creer que alguien intenta robarlo, dispara y mata a su esposa. Sin dilación, el cuerpo es llevado al Servicio de Inteligencia del Estado, pero se filtra la noticia y aparecen velas y flores; entonces deciden sepultarlo en Italia con nombre falso, el 13 de mayo de 1957. En 1970, Los Montoneros secuestran y ejecutan al general Aramburu y luego de varias negociaciones turbulentas, la propia dictadura militar acude a Perón, exiliado en España, y éste acepta con la condición que fueran devueltos los restos de su esposa Evita y promover estabilidad social. Perón gana las elecciones en 1973, muere al año y su nueva esposa Isabel que lo sustituye, debe repatriar el cuerpo de Evita a cambio del cadáver de Aramburu que fuera secuestrado.

En 1974, el cuerpo de Evita, embalsamado, llega a Buenos Aires, sus adeptos proyectan un mausoleo para la pareja, pero el general Videla pone fin al retorno del peronismo (1976) instalando una dictadura brutal de exterminio del llamado “zurdaje”; así Perón es enterrado en la Chacarita y Evita en la Recoleta, en un cementerio de aristócratas, militares y hacendados que tanto la despreciaron y odiaron.

El terror y el miedo de las clases hegemónicas ante los líderes populares desaparecidos conforma una variedad del síndrome paranoico fantasmal, su alacridad a la hora de hacer desaparecer sus cuerpos y su odio hacen inútil su esperanza de matar por segunda vez la memoria y el legado ideológico de sus adversarios, y produce lo contrario: la mitificación y la presencia constante. El cuerpo desaparecido de Marcelo Quiroga sigue siendo una sombra que oprime a sus asesinos, los cientos de desaparecidos cuya memoria siguen rondando los cuarteles y mansiones de sus ejecutores, no se disolverán nunca porque existe un valor ético que la humanidad demanda: justicia.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Los ‘malos’ ejemplos

/ 23 de mayo de 2021 / 00:47

Las descoloridas levitas de principios del siglo XIX, descoloridas y apolilladas, sucumben ante los nuevos vientos que azotan y abren sus ventanales señoriales herméticamente cerrados durante siglos.

Jeanne Kirkpatrick ya nos advirtió sobre esta posibilidad: “Cuando olvidamos u optamos deliberadamente por ignorar lo inextricable que es el comportamiento humano, la complejidad de las instituciones humanas y la probabilidad de que obtengamos consecuencias imprevistas, nos sometemos a un enorme riesgo y, en muchos casos, a un inmenso coste en vidas humanas”.

Lo últimos sucesos históricos en Colombia, Chile y lo que se puede venir en Perú, han removido las aguas estancadas de los viejos políticos que siempre vivieron de espaldas al movimiento indígena, a las minorías y a las fracturas tectónicas entre las clases sociales. Los grupos hegemónicos nunca fueron capaces de tender puentes de convivencia, porque se aferraron a su orden simbólico establecido desde la colonia.

Así, aunque parezca insólito, el papa Pío IX, en 1870, intentó canonizar a Cristóbal Colón en el Concilio Vaticano con un postulatum para su beatificación con muchas firmas de cardenales, obispos, prelados y religiosos de todos los países. Esta historia está relatada en un pequeño opúsculo publicado en Génova en 1880 por Giuseppe Baldi, según el exateo y luego monaguillo ilustrado Giovanni Papini. Esta beatificación no fue posible porque apareció un hijo natural del navegante que imposibilitó tal afrenta a los millones de seres humanos que fueron pasto de la codicia, a nombre de “la cristianización de los salvajes sin alma”.

Muchos religiosos todavía tienen simpatía por esta visión del “descubrimiento” como de una misión profética por el nombre de Cristóbal y consideran que su misión de llevar solo especias a Europa no tiene sustento histórico, sino más bien que su tarea principal era llevar a Cristo a otros hemisferios para otorgar nuevas almas a Dios y nuevos reinos a la Iglesia.

Esta visión del mundo conquistado estableció un orden que en cada crisis se rearticula a través de la sedimentación de un discurso logocéntrico que desconoció y excluyó otras visiones de proyectos de Estado, por eso que Estado e Iglesia, formalmente, nunca se separaron. Ante el inevitable torrente de las clases populares e indígenas, surgieron voces discordantes con la Teología de la Liberación (1968) duramente atacada por el papa Juan Pablo II (1985) para obligar a los disidentes volver al viejo camino iniciado por los conquistadores y, desde entonces, las iglesias de Sudamérica y África han vuelto a posiciones conservadoras coaligadas en torno a las clases hegemónicas y a sus aparatos represivos. Basados en el miedo y el dogma depositados durante cuatro siglos en estos territorios devastados por la injusticia, la pobreza y la exclusión, continúan gozando de espacios importantes de influencia en las decisiones políticas.

Su silencio cómplice por los sucesos en Colombia, Chile, Bolivia y Perú no sorprende, así la sociedad chilena, a costa de decenas de muertos y centenares de heridos, puso fin a la Constitución del dictador Pinochet (1980) que reguló la vida de sus habitantes generando abismales diferencias entre las clases sociales y con un nuevo componente humano antes excluido, los siete grupos indígenas sobrevivientes de la conquista: mapuches, aymaras, diaguitas, quechuas, atacameños, collas, yagánes, kawéscar changos y rapanui, y ellos consideran que su incorporación efectiva será a través de un Estado plurinacional.

En Cali, Colombia, un grupo indígena del Consejo Regional del Cauca fue agredido por un sector de las clases altas, con un saldo de 10 indígenas heridos, asimismo la Central Unitaria de Trabajadores de Colombia confirma que más de 500 municipios han mantenido marchas de protesta y el conflicto hasta ahora ha producido al menos 42 muertes, más de 1.700 heridos y miles de detenciones arbitrarias.

A estos estallidos sociales, los gobiernos conservadores los califican como desobediencia civil, sedición, terrorismo y no aceptan que son conflictos sociales producto de sus propias políticas que arrastran las viejas recetas neocoloniales inspiradas en la discriminación, la acumulación de capital en manos de pocas familias y por ignorar deliberadamente la caducidad de instituciones anquilosadas en el pasado. Escuché comentar a un político conservador su preocupación por lo que ocurre en Chile, Colombia y Perú y es, ¡cuándo no!, culpa de Evo Morales y el MAS, por el mal ejemplo.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Casco de realidad virtual

/ 10 de abril de 2021 / 22:59

Mi generación solo vio en películas de ciencia ficción los cascos de realidad virtual, esos artilugios que se colocan en la cabeza, montados con lentes que pasan imágenes y te separan de la realidad objetiva. Puedes escoger aventuras mil, vivir sensaciones de terror y felicidad el tiempo que te dure la batería, luego despertar y seguir viviendo con esos mensajes en tu cerebro. Te cuesta admitir que la vida no había sido así.

Eso nos pasaba en las clases de literatura en los colegios, cuando nos obligaban a leer las novelas que estaban canonizadas académicamente como el reflejo de la sociedad boliviana, más o menos ideal y que los constructores de ese orden simbólico consideraban que las generaciones debían internalizar ese producto.

Entre ellas estaba Raza de bronce, de Alcides Arguedas (1879-1946), autor vinculado a la aristocracia paceña, dueño de enormes latifundios con indígenas que trabajaban para él y que le permitiera obtener una vida de holganza y bohemia en París, espacio considerado como Ciudad Luz, desde donde se exportaba el positivismo, la idea de progreso ilimitado y la supremacía de la raza blanca y la cultura occidental.

Este casco con el que escribió su novela contenía toda esa idea mundo del que procedía, desconocía el universo simbólico indígena y, secretamente, lo abominaba; es así que en tono desdeñoso relata un ritual lacustre de fecundidad, donde los trataba como “los pobrecitos hombres”; en otro párrafo, asegura sobre el personaje Choquehuanca: “Su rostro cobrizo y lleno de arrugas acusaba una gravedad venerable, rasgo nada común en la raza”.

Cuando hablaba de los patrones, argumentaba con éstos sobre la imposibilidad de la redención indígena: “Por otra parte, ellos nunca habían visto descollar a un indio, distinguirse, imponerse, dominar, hacerse obedecer de los blancos. Puede sin duda cambiar de situación, mejorar y aún enriquecerse, pero sin salir nunca de su escala, ni trocar de inmediato, el poncho y el calzón partido, patentes signos de inferioridad, por el sombrero y la levita de los señores.” Para el indígena, esto se trocó en una danza que ridiculizaba a los doctorcitos republicanos y pendolistas de la colonia que abusaban de los comunarios inventándose normas y engañando a sus líderes para avasallar sus tierras.

Arguedas, en su novela supuestamente “indigenista”, re-fosiliza su orden simbólico cada vez que la emoción literaria le hace perder su guion preestablecido por su casco virtual obtenido en París y consolidado en la república criolla con su estructura de jerarquización pigmentaria. Otro tanto ocurre con la novela Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre (1843-1888), nacido antes que Arguedas y en cuya memoria estaban frescas las republiquetas y las organizaciones de resistencia contra la colonia, durante la Guerra de la “independencia”. Devela su irrefrenable desprecio por el quechua, lengua que seguramente hablaba y que para el medio en que se vivía, era signo de barbarie; así en un párrafo de su novela, se espanta: “Me volví con un esfuerzo a un lado, y vi en cuclillas y arrimado a la pared de piedras toscas sin cimiento, a un indio viejo con montera abollada y poncho negro que le cubría todo su cuerpo hasta los pies. —¿Dónde está Alejo? Le pregunte en quichua, o más bien en ese feísimo dialecto de que se sirven los embrutecidos descendientes de los hijos del sol.” Javier Sanjinés, en su texto El espejismo del mestizaje concluye que Aguirre trataba de apartar al indígena, “de negarle la posibilidad alguna en la construcción nacional”.

Se hace ocioso mencionar a Gabriel René Moreno, cuya virulencia contra los indígenas de las tierras altas y bajas era constante. En Bolivia, una importante universidad lleva su nombre como homenaje, no solo a su erudición como un notable bibliógrafo, sino también como vigilante del orden simbólico criollo republicano que sirve para reproducir la falacia de la supuesta superioridad blanca y garantizar su universo social, tarea delirante y engañosa de las clases hegemónicas, por el rumbo imparable que toma la historia.

Estos discursos narrativos fueron pasados por los cascos virtuales de las clases de literatura a generaciones de jóvenes que renegaron de su pasado y cuyo modelo original fue la Historia de la Villa Imperial de Potosí de Arzáns Orsúa y Vela.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Las marchitas levitas y las ojotas

/ 14 de marzo de 2021 / 01:08

En 1942 se promulgó la Ley Orgánica de Municipalidades, instrumento jurídico que permitió establecer la autoridad de un alcalde rentado y cuya designación dependía del gusto y talante del Presidente o dictador de turno. Si hacemos un ejercicio simple, al ver el almanaque Argote y su mosaico de presidentes, veremos que casi la totalidad de éstos pertenecían al criollaje hispanófilo y reproducían su imaginario con resistencias y sublevaciones constantes.

Un caso emblemático es el de nuestra ciudad escindida entre la ciudad chola e indígena y la otra, citadina occidentalizada y cuyas fisuras culturales se develan claramente desde 1985, cuando se promulga la nueva Ley Orgánica de Municipalidades y es la ocasión para celebrar las primeras elecciones municipales y la evidencia de las pugnas entre dos visiones.

El origen se remonta a 1549, cuando las autoridades coloniales españolas se reparten las tierras del margen izquierdo del río Choqueyapu, encajonando a la población aymara dentro de cuatro barrios situados en el otro margen, separados de los conquistadores, por el río. Nacía la criatura bicéfala: Chukiyawu Marka y La Paz, en “barrios de indios y de españoles”.

La orden llegaba desde Madrid, emitida por el rey Carlos V, consolidaba un imaginario entramado por prejuicios raciales y una supuesta superioridad cultural, además reforzada por la imposición de un universo religioso, aprovechada perversamente por los conquistadores aludiendo al mito aymara quechua de la llegada por el mar de un dios rubio y blanco, llamado Wiracocha (wira: grasa, espuma; qocha: lago) que se asociaría armoniosamente con la cultura y la religión autóctona: “(…) para producir de este modo, un empuje civilizatorio significativo”(Estermann.2013). Hasta el día de hoy, en algunas comunidades todavía llaman a los extranjeros y a los bolivianos de tez clara wiracochas, “(…) seguidores del dios blanco, alto y barbudo que coincidía por supuesto en muchos aspectos con la imagen vigente, en ese entonces, de Jesús” (Ib. 2013).

Mientras en Europa los romanos llamaban bárbaros a los germanos, normandos, celtas, etc. por sus aspectos fieros de rostros barbados y su resistencia al dominio imperial; en Aby Ayala sucedió al contrario, los conquistadores llamaron bárbaros y salvajes a los indígenas sin barba.

Esta sedimentación cultural, en una parte de la población occidentalizada, fue promovida por los gobernantes que, por la acumulación histórica de exclusión y racismo, engendraron un descontento y un inevitable camino a la reestructuración del poder; así después de la Guerra del Chaco estalló la revolución del 52. La migración que produjo este suceso cambió aceleradamente la conformación étnica y cultural de la ciudad aprisionada por los wiracochas liberales de levita que vieron, acongojados, la invasión de las ojotas y no pudieron impedirlo.

El puente llamado C’uscuchaca, que lleva al Cuzco, separaba y a la vez unía a las dos poblaciones, generando un mestizaje biológico y cultural que se diseminó en múltiples opciones y formas de asumir la interculturalidad. Evoluciones parecidas acontecieron en casi todas las ciudades del Estado boliviano que afloran en momentos constitutivos para concertar treguas —si releemos la historia— que duran entre 10 y 15 años. El poeta paceño Jaime Saenz resume este evento humano apostrofando: ”El boliviano se oculta de sí mismo”, nos llama la atención sobre el desconocimiento de nuestro pasado, nos devela que todavía tenemos incorporados en nuestro ethos la narrativa instalada por los conservadores del racismo contra nosotros mismos y los complejos de conquistador decadente.

Casi todos los políticos tienen la ilusión que les sigue “el pueblo” y manejan este concepto solo para mentirse cada vez que hay elecciones, y lo preocupante es que los seguidores, ingenuos e inocentes, les creen y generan pulsiones virulentas, reflotando las decrépitas visiones del colonialismo y su correlato republicano liberal.

Para San Agustín el pueblo es “(…) un conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados, (razón por la cual) para saber qué es cada pueblo, es preciso examinar los objetos de su amor. Hay pueblo cuando los individuos aman las mismas cosas, cuando existe comunidad de objetos amados.”

En el escudo de la ciudad de La Paz, se habla de discordes en concordia y ese símbolo fallido nunca representó la casa, la urbe y el orbe.

  Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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