Voces

miércoles 8 dic 2021 | Actualizado a 06:04

La danza del periodismo

/ 9 de mayo de 2021 / 00:44

Que no les engañe el título de esta columna. Cuando digo danza del periodismo no hablo de periodistas que salen de las redacciones al final de la tarde para unirse a los bloqueos en las calles o para apoyar desde sus cuentas personales consignas partidarias y vuelven al día siguiente a sus escritorios para escribir las noticias; menos de periodistas que abrigan sus frustraciones personales o sus dolores íntimos con un falso afán por ser crítico al poder de turno; todavía menos de estructuras periodísticas que danzan al ritmo de sus intereses propietarios torciendo titulares o encuestas según antojos del dueño; todavía menos de asociaciones de periodistas que felicitan solo a los periodistas para ellos “independientes” en el Día Internacional de la Libertad de Prensa.

Cuando digo “danza del periodismo” pienso primero en la vieja radio a pilas de mi abuelo protegida en su forro de cuero marrón. Pienso en la autoridad de ese locutor que le puso banda sonora a mi infancia, en las radionovelas con actuaciones en directo. Pienso en el aparatoso televisor que solo servía desde las seis de la tarde; ese que mostraba la realidad colorida en blanco y negro; ese que solo tenía un canal en el abanico de opciones. Pienso en el periódico gran formato, registro por excelencia de la información relevante, en las lecturas largas y casi obligatorias que se corregían en artesanales talleres hasta la madrugada. Y son impresionantes los giros hasta llegar a este tiempo vestido de pandemia.

Pese a los saltos tecnológicos en los tres soportes mediáticos, nada fue tan revolucionario como la llegada del universo digital. Qué baile. Difícil de comprender su omnipresencia en los años iniciales. Llegó para quedarse, para atravesarlo todo e inaugurar una dimensión que puso a la radio, televisión y prensa entre sus silenciosos dedos. Con esta revolución inédita, nuestros cotidianos se vieron obligados a pensarlo todo diferente. Hoy, contar con señal en el teléfono es tan urgente como tener agua o electricidad. Así las cosas, inevitable fue el sacudón rockero del esqueleto periodístico. Periódicos, canales de Tv y estaciones de radio a la piscina digital aprendiendo a concebir la vida en constante metamorfosis. Los pasos son agigantados: se entrevista desde el escritorio; se sabe de las fuentes por sus trinos en Twitter; las calles comparten espacios de lucha con las anónimas e impunes voces de las redes sociales; no hay historia sin imagen; no hay noticia sin video; no hay fiesta sin música. La policía digital llegó a contar las palabras e imponer el Padre Nuestro de lo corto, lo impactante, lo que jale audiencias y tráfico en los infinitos pasillos digitales. Son los hilos que hacen mover la publicidad, por lo tanto los ingresos de los medios, por lo tanto las clásicas formas de medir audiencias también deben seguir al mono mayor, el mono digital, el mono con navaja. El movimiento es tan continuo que no se ve con claridad la forma de los periodismos a los que la sociedad está dando vida. Los periodistas tienen más herramientas en sus manos pero más pistas simultáneas del espectáculo mediático en las que deben ensayar sus acrobacias. Si hasta aquí no sienten mareo, vamos por ciertos actores que van, como canta Fito Páez, al lado del camino: las empresas que viven de la promesa de la gestión comunicacional eficiente y una buena relación con los medios. Para los periodistas esto significa relacionarse pacientemente con los experiodistas o comunicadores que median entre las fuentes y los medios: visitas van, explicaciones de las crisis vienen, pedidos de notas van, contenidos enlatados por estos mediadores vienen, búsquedas de información periodística van, intentos de controlar la buena imagen del cliente vienen… Sin darnos cuenta hay un encargado de prensa en casa, una empresa de comunicación estratégica al frente, un relacionista público al lado, un consejero que sabe de medios a mano y un ratoncito que toca el tambor.

¿Que no se sienten del todo mareados? Vamos a darle un vistazo a las otras piezas del rompepaciencias: los diseños “amigables” que amputan el metraje de una buena nota, los tips de los expertos para que el producto/mercancía periodística navegue bien en el mar digital, el recorte del papel por la crisis económica, el recorte de los títulos, el recorte presupuestario de las salas de redacción, el recorte de los horarios de cierre de edición, los pedidos de las empresas que no quieren publicidades explícitas sino contenidos publicitarios con careta informativa, influencers, Twitter, streamings, Facebook, likes, hashtags, Tom y Jerry, my name is Claudia…

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Dos verdades periodísticas

/ 5 de diciembre de 2021 / 01:35

Quienes estábamos en La Paz fuimos, hace casi una semana, testigos directos de la enorme marcha que llegó hasta el centro de la sede de gobierno. Abordaron la ciudad desde distintas extremidades y se unieron a los bloques de manifestantes que se iban yuxtaponiendo alrededor de la iglesia San Francisco. Veíamos en las calles o por el canal estatal el rompecabezas de la gran multitud que, como la votación de 2020, sorprendió hasta a los propios masistas. La lluvia y el intenso frío fueron la vestimenta de un pedazo de país que se dio cita para hacerse una sola boca. Era evidente que se buscaba responder a anteriores concentraciones o paros cívicos contra el poder del MAS que en semanas pasadas habían encontrado su sede en Santa Cruz, así como era evidente que se mandaba también un mensaje al gobierno de Arce. Esta A amante no contará millones, ni medirá fuerza oficialista versus fuerzas opositoras, ni especulará sobre el pago a marchistas, a bloqueadores, menos irá a la caza de funcionarios. Todo indica que sigue siendo un esfuerzo inútil el declarar ganadores o perdedores en una cancha donde quieren dinamitar a los árbitros, donde nadie registra las posiciones adelantadas, donde antes que el gol se busca romper la cabeza de cualquiera de los adversarios, donde las tribunas dejaron de prestar la debida atención al juego en el césped, pues se están dando de botellazos con el hincha que está al frente. Nos conformaremos con contar lo que se vio en dos pantallas de televisión a la misma hora de aquel lunes: el canal del Estado y un canal privado de gran audiencia.

En el canal estatal se dedicó a esta marcha una cobertura que no se prestó a las concentraciones en Santa Cruz (chocolate por la noticia, dirá usted con toda razón). Se la presentó como la marcha en defensa de la democracia. Se describía con detalle la movilización masiva. Los periodistas la calificaban como un hecho histórico. Hasta un nacimiento en plena concentración regaló ese lunes lluvioso. Más de una fuente del oficialismo negó cualquier tipo de pago a los marchistas. Los televidentes veíamos minutos enteros las escenas del centro de la concentración y en pantalla dividida cómo fueron llegando distintos sectores, todo con música para la ocasión. Las cámaras buscaban la alegría del anciano que marchó desde Oruro, de la vendedora que bailaba sin quitarse el mandil, del albañil que gritaba “Lucho no estás solo, carajo”. Testimonios de marchistas emocionados alternaban con imágenes de multitudes gracias a 10 unidades móviles, según contaron los propios presentadores. Momento inédito para el masismo post 2019 que Bolivia TV no iba a desaprovechar. ¿Y qué pasó en el canal vecino?

Al lado se mencionó el tema, sin duda. El presentador, sin musicalización, con cara de palo y rapidito, informó de un “mitín” en el centro paceño. Acto seguido y sin transmitir ni un segundo del discurso de Luis Arce, David Choquehuanca o Evo Morales, se pasó a focalizar sobre la declaración más incendiaria de la jornada: el dirigente de la Central Obrera Boliviana, Juan Carlos Huarachi, amenazando con ir a tomar las fábricas y las industrias en Santa Cruz. Y ahí se concentró la noticia sobre el tema. Siguiente paso: reacciones de opositores sobre las declaraciones de Huarachi. Roberto de la Cruz respondía al periodista que lo buscó que Evo había iniciado la campaña de su candidatura. Se insistió en que mucha gente no llevaba barbijo pese que el Ministerio de Salud les distribuyó gratuitamente tapabocas, en que obligaron a funcionarios a asistir al lugar (según testimonios de opositores al MAS) y que las oficinas públicas quedaron vacías, según las mismas fuentes. En los titulares se repitieron las declaraciones de Huarachi. Esto fue todo lo que se mostró y se dijo de esa La Paz bañada de gente. En esa misma hora y pico, similar tiempo de cobertura se dio a la noticia de la salida de prisión de la “exnovia de Evo Morales”. Unidad móvil con el abogado de la famosa Gabriela Zapata. Dos analistas afirmaron que este acto del MAS se había montado justo este día para cubrir la salida de prisión de la “exnovia”. Ahora ya está todo claro, dijo el experto politólogo. Las noticias en la tele toman un ritmo tan dinámico que termina en tiempo atropellado. Cuidado, no hay que olvidar que hay otros sucesos que tienen que entrar en esta “hora estelar”: el accidente de un motociclista en plena autopista, las hipótesis de las autoridades de Tránsito y la otra gran noticia de ese lunes: “Se quemó un kiosko de salchipapas”, con hipótesis sobre el origen del fuego, imágenes del kiosko ya sin salchichas ni papas porque se habían quemado, supusimos los atentos y confundidos televidentes.

Ninguno de los canales mintió. Ambos hacen periodismo independiente. Y así nos va.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Retrato de familia

/ 21 de noviembre de 2021 / 00:40

La A amante puso hace varias semanas sobre este mantel de papel una parte del debate sobre las redes sociales y la asfixia que pueden provocarnos cuando están de mal humor. Este domingo propongo volver a las redes para intentar pescar algo positivo o simplemente para tomar el pulso a nuestra Bolivia partida, ciega, sorda, nunca muda.

Partamos de un ejemplo. En esta semana que concluye el empresario boliviano Marcelo Claure envió un mensaje en redes sociales al presidente Luis Arce solicitando una reunión para hablar de sus inversiones en la región. LA RAZÓN Digital lo informó. Acto seguido, aparecieron comentarios fuera de lugar con el sello de nuestra cuenta a los que no daré parlante en este texto. Se trató de una persona absolutamente ajena a nuestro equipo de trabajo, lo comunicamos a nuestros lectores y nos disculpamos por escrito con Marcelo Claure. El punto no es tanto el accidente en nuestra labor de información como los comentarios que provocó la situación: una persona tomó en cuenta el comunicado que difundió LA RAZÓN y lo puso en la zona de los comentarios; las otras que decidieron pronunciarse al respecto (que no es lo mismo que el total de lectores que supieron del caso) se subieron al barco de la confusión desatada por un lamentable error para expresar sus sentimientos de rechazo o de indisimulable odio contra el gobierno del MAS, o contra Marcelo Claure, o contra el periódico LA RAZÓN o contra periodistas con nombre y apellido que trabajan en el diario. Si buscaban lastimar, bingo. Duele ver cómo algunos usuarios de redes entusiastas que tienen el tiempo de especular sobre la base de prejuicios y la energía negativa de insultar y de agredir se dan cuerda entre ellos o chocan en sus percepciones y generan nuevos focos de agresión. Duele ver cómo alguna exautoridad apuntó a nuestro jefe de Redacción de LARAZÓN Digital, Rubén Atahuichi, que no tuvo ninguna responsabilidad en el hecho en cuestión y que solo madruga y amanece haciendo periodismo responsable. Duele que una exsenadora lance un comentario salido del estómago: “pasquín comunista”. Pero duele el triple saber que lo narrado aquí no es el lunar sino la norma. Sucede todos los días con tantos medios de comunicación, con tantos empresarios, con tantos actores políticos, con tantas autoridades, con tantos gobiernos, con tantos artistas, con tantos estudiantes de colegio, con tantas personas en el país y en el mundo. Las estructuras de estas plataformas digitales están diseñadas para eso: para poner posiciones confrontadas y subir las acciones de la empresa en el mercado. Es el espectáculo de una pecera gigante donde entran pirañas al ataque. Sálvese quien pueda.

¿Se afecta la vida real, fuera de la pantalla del teléfono? Las redes, las estrategias comerciales o las pirañas en las que nos convertimos trascienden sin la menor duda el universo digital para inflar todavía más las tensiones de un país dividido como la Bolivia posoctubre 2019. Envenenados todavía más por las redes sociales, salimos a enfrentarnos en las calles de carne y hueso. En efecto, no vamos a poner sobre las espaldas de Facebook o de Twitter el descalabro institucional y político atravesado hasta las entrañas por la pandemia. Pero tampoco vamos a dar un besito en la frente a estas plataformas que nos han cambiado las vidas. Sí bien nos han llevado al país de las maravillas de las llamadas gratis, de las comunicaciones instantáneas, de las caritas y los dibujitos para todo, del gran salvavidas “mándame por Whatsapp”, de los grandes encuentros y un largo etcétera, también nos han llevado a la tierra del “nunca jamás”. Los viajes adictivos a las redes, con sus dinámicas atrapantes, con el “siembra vientos y cosecharás tormentas”, nos han pegado también el virus de la intolerancia, de la agresión, del odio. Con esos virus salimos a las manifestaciones y nos miramos con desconfianza, nos gritamos, nos insultamos, nos empujamos, nos pateamos. Los barbijos que nos cubren la sonrisa no nos cubren de las antipatías con las que subimos a un bus, de la susceptibilidad que nos acompaña al mercado y que condiciona nuestros cruces de miradas con esos otros que también tienen la piel crispada. Así cohabitamos a diario. En este clima (des) informan los medios. Entre estos mundos los políticos se enfrentan. Con este ambiente enrarecido amanece y anochece en nuestros mundos. Estos mundos pititas, masistas, collas, cambas, awiphalados, tricoloreados, indígenas, menos indígenas, cholos, teñidos, acorbatados, son todos piezas de un mismo rompecabezas que está a punto de romperse. Nuestro retrato de familia. El único que tenemos. Lo único que somos.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Niña camba

/ 7 de noviembre de 2021 / 00:38

Esta niña podría llamarse Soledad porque está sola hace mucho. Según cuentan los medios, en la ausencia de su madre, el padre sesentón de su padrastro (¡madre mía!) abusó sexualmente de esta niña solo sabe Dios desde cuándo y en las últimas semanas se supo de su embarazo. Este infierno se ha gestado en un rincón seguramente humilde de Yapacaní, entre los brazos santos de Santa Cruz. El padre del padrastro no es un santo padre, es un pobre individuo que hoy mira el mundo detrás de las rejas de una prisión que ni siquiera tiene las mínimas condiciones de hacerle comprender la dimensión del horror al que ha condenado a la pequeña Soledad. ¿Vivirá su propio infierno entre los otros privados de libertad? ¿Lo condenarán cada día? ¿Tendrá acceso a medios de información? ¿Tendrá consciencia de todo lo que destrozó? ¿Creerá en Dios? ¿Creerá en los derechos de esa “otra vida” que desencadenó su lado más despreciable? ¿Saldrá pronto de la cárcel?

Las instancias de la soledad de Soledad. Primero la dejó sola con el victimario su madre, empujada por sus propias circunstancias. La dejó sola hace días también, cuando dijo que no la dejaban ver a su hija, “protegida” en un centro al que la trasladaron representantes de la Iglesia Católica. Antes la había dejado sola la Defensoría de la Niñez y la Adolescencia de Santa Cruz cuando defendió la idea de continuar con el embarazo dando la espalda a una sentencia constitucional después de que la víctima había acudido a un centro médico bajo el amparo de la ley boliviana. La dejó sola el hospital Percy Boland cuando abrió sus puertas a representantes de la Iglesia Católica y grupos fundamentalistas para hablar y seguramente presionar a la pequeña y su familia. La dejó sola el Sedes también al callar ante este cruel escenario. Por si fuera poco, la dejaron sola varios periodistas al hacer público el caso ventilando la vida y difundiendo declaraciones de la menor afectando otra vez su dignidad.

Todos podríamos ser capaces de comprender que una niñita violada no puede ser obligada a parir por lo que psicológica y físicamente esta experiencia representa para ella, pero solo las mujeres podemos ponernos en sus zapatos. Mujer adulta, hoy busco volver al recuerdo de mis 11 años. Lectoras mujeres, intentemos viajar a nuestra niñez de 11 años. Desde ese tiempo vivido, desde esa vulnerabilidad, desde esa fragilidad e inocencia conectemos con Soledad de Yapacaní. Desde ahí nos hablará.

El amor por la vida y la solidaridad con ella hacen desear que los fundamentalismos no la obliguen a parir en su niñez. Lo apuntó también la ministra María Nela Prada y lo dijo repetidas veces la defensora del Pueblo, Nadia Cruz. Lo dijo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos cuando pidió al Estado boliviano la protección de esta víctima. Tenemos frente a nuestros ojos la tortura de una criatura de once años con el peso de una de ocho. Sin embargo los brazos del famoso Estado Plurinacional (laico y de derecho) no logran abrazarla. Su cuerpo pequeño e inocente es hoy un campo de batalla religiosa y política. Portadas de LA RAZÓN en estos últimos días han informado que la pequeña es nuevamente atendida en un centro médico y es observada por un equipo de especialistas. Queda todavía abierto el final del episodio más doloroso de Soledad. Ana, María, Eugenia, Fabiola… más de 2.600 niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual solo en este año. Más de 1.600 menores de 15 años embarazadas en el primer semestre de este 2021. Son miles y están solas como Soledad, de Yapacaní.

Niña, al recordar hoy tus ojos tan fijos en mí, veo el mar, la playa y el sol, horizontes que no conocí. Esta noche tibia de lejos te siento venir. Soy un ave libre que busca tu felicidad. Camba, yo siempre te llevo dentro, porque mi canto y mis versos, siempre te quieren nombrar. Niña, te dejo todos mis sueños. Mi canto reclama tu voz. Mis palabras reclaman tu voz. Niña camba.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Cuatro historias, dos preguntas

/ 24 de octubre de 2021 / 01:04

Antonio Costas, exvicepresidente del Tribunal Supremo Electoral, contó hace días, en esta casa periodística, su irregular detención después de las elecciones de 2019: primero le dieron la bienvenida con un «callejón obscuro» en el Comando General de la Policía después de detenerlo en su casa a las 20.30 de aquel domingo. Patadas y puñetes estando él ya enmanillado. Les dicen, a él y a la entonces Presidenta del Tribunal Supremo Electoral, que los llevarían a la Fiscalía, pero en realidad los conducen al Comando de la Policía para exponerlos como vulgares delincuentes a los medios. Lo que sigue es tres meses en la cárcel de San Pedro. Suficiente tiempo para dar un curso de computación a los presos. Sigue un año y cuatro meses con detención domiciliaria. “En mi casa miraba el sol, no tomaba el sol; lo tomé cuando me fui a vacunar”, cuenta. «Acusados con un informe apócrifo de la OEA; nos acusaron de nueve delitos», recuerda Antonio. «11 delitos», corrige Idelfonso.

Idelfonso Mamani, vocal del TSE en 2019, vivió hostigamiento los días previos. Un viernes a las 17h00 se presentó a la Fiscalía. El Fiscal le dice que está ocupado y que vuelva el lunes. Así lo hace y el lunes lo detienen antes de tomarle su declaración informativa. No quisieron darle ni un vaso de agua. «No me permitían ni hablar», insiste. Misma receta: celdas policiales, celdas judiciales y a la cárcel. Fiscales y policías abusaron, a todas luces y en plena obscuridad mediática. A diferencia de Antonio, a Idelfonso le tocó un año en la cárcel de San Pedro. Hubo etapas en las que no permitían la visita de sus familiares, no le permitían el contacto con su abogado, tampoco salir a un centro de salud, repasa el abogado. Plena pandemia, se contagia de COVID. Es junio de 2020: sale a un centro médico custodiado pero no lo querían recibir. Por la amistad con un médico es internado y en algunos días se restablece. Como no había espacio allí, es trasladado a un centro de recuperación con una lista larga de medicamentos. En cuanto llega, las patrullas lo devuelven al penal; una vez que pasa la puerta de la prisión, le quitan los medicamentos, lo ingresan solo, a una celda, en el fondo de un callejón donde están estas carceletas de castigo. “No hay cama, puro cemento”, nos comparte Idelfonso. No hay nada. Sin tomar agua, sin alimentación, sin ropa. Prohibido ver a su familia durante días, otra vez. “No se podía ver ni al policía”. Se apiada un interno que intercede por él y lo sacan otra vez a un centro médico. Ni una palabra en los medios.

Esta semana la Embajada de Estados Unidos pidió en una carta al Gobierno boliviano el «desmantelamiento de grupos de seguridad paraestatales violentos». Solicitó que se apliquen las recomendaciones del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) y que se cumpla el anuncio de Luis Arce. Hay que saber que Kathryn Ledebur, activista de derechos humanos y directora de la Red Andina de Información, recibe hace dos años amenazas a su seguridad física. El documento enviado al Viceministro de Seguridad Ciudadana hace referencia a otras personas estadounidenses amenazadas por su trabajo en derechos humanos. La carta enfatiza la urgencia de la situación de Ledebur y solicita por tanto una acción inmediata. Imposible no pensar en Thomas Becker, abogado de las víctimas de la masacre de octubre 2003. Este norteamericano hoy está apoyando a las víctimas de las masacres de Senkata y Sacaba del gobierno de Jeanine Áñez. Thomas denunció en este mismo medio que en los últimos días recibió «ataques». El lunes del último paro cívico en el país, «grupos cívicos» lo rodearon en La Paz: que lo detendrían, que lo expulsarían o matarían. «Una posición irónica para quienes supuestamente protestan contra la persecución», escribió Thomas en su cuenta de Twitter. Kathryn, por su lado, apunta a la Resistencia Juvenil Cochala (UJC) cuando describe las amenazas recurrentes y el hostigamiento en su contra hace dos años. Circulan videos señalando dónde vive, la tildan de terrorista. Los abogados de los líderes de la UJC la acusaron de ser partidaria del MAS. En el actual contexto, no es un dato menor que la Embajada norteamericana haya reconocido el peligro de estos grupos paraestatales. Paulo Abrao, exsecretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, aplaudió el gesto. Mientras tanto, el actual Gobierno haría mal en olvidar por un minuto que el informe del GIEI confirmó la complicidad de miembros de fuerzas policiales con los grupos de choque de las resistencias civiles que operaron en su momento como fuerzas policiales y los bolivianos haríamos mal en pretender que aquí nada pasó.

Antonio Costas, Idelfonso Mamani, Kathryn Ledebur, Thomas Becker. ¿Qué une estas historias? ¿Y qué las diferencia?

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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El infierno católico

/ 10 de octubre de 2021 / 00:19

Más de 216.000 menores fueron sexualmente abusados en el vientre de la Iglesia Católica en Francia desde 1950. La cifra ascendería a 330.000 si se toma en cuenta abusos cometidos por laicos que trabajaron en instituciones religiosas, afirma la Comisión Independiente sobre los Abusos Sexuales en la Iglesia.

El silencio de la cúpula católica fue cruel con la sociedad. Esta semana, el papa Francisco expresó su inmenso dolor tras la publicación del esperado informe; agradeció a las víctimas haber tenido la valentía de denunciar esta terrible realidad. No es para menos, los abusos tuvieron un carácter sistémico. Son más de 2.000 páginas que documentan las historias del sufrimiento que sacerdotes y religiosos provocaron sobre todo en niños (chicos de entre 10 y 13 años representan un 80% de las víctimas). La mala noticia de verdad es que Francia no es la isla del horror: resulta que más de 3.670 niñas y niños fueron víctimas de abusos de religiosos en Alemania solo entre 1946 y 2014. Cambiemos de continente: en Estados Unidos se presentaron más de 11.000 denuncias. Vamos al norte y constataremos los escándalos en Canadá recientemente revelados. Vamos al sur del continente y se abrirán las escondidas cajas de sistemáticos abusos a menores en Chile o en vecinos países bajo el paraguas católico. Miremos las cifras con otro lente: de 115.000 sacerdotes censados en Francia en los últimos 70 años, se descubrió alrededor de 3.200 pederastas como estimación mínima. Francisco tiene razón cuando afirma que “es el momento de la vergüenza” y cuando constata que hoy la Iglesia Católica no es una casa segura. Sin embargo, el jefe de los obispos en Francia dijo, al día siguiente del demoledor informe, que el secreto de la confesión era más fuerte que las leyes. “No hay nada más fuerte que las leyes de la República en nuestro país” le soltó el portavoz del gobierno de Macron.

Mientras este último capítulo se despliega en medios europeos, solo en Bolivia se informó en esta última semana sobre un pastor sentenciado por violar a una decena de niñas. Le cuento, si no lo sabía: después de tres años de lucha por parte de las víctimas, la Justicia sentenció a 17 años de prisión a Bernardo Aramayo, un pastor evangélico que en 2009 violó y abusó sexualmente en Santa Cruz a más de diez niñas de 8, 9, 10 y 11 años. Se lo denunció en 2018. Pasaron años para poder saber que el pastor aprovechaba las clases de discipulado para intimidar a estas niñas y cometer sus abusos. Sus víctimas eran en su mayoría hijas de madres solteras. Las pruebas acumuladas no dejaron lugar a la duda: 17 años de cárcel y a rezar tras las rejas.

En las filas del dolor también encontramos personajes famosos. El escritor Vargas Llosa contó en una de las últimas entrevistas cómo fue víctima de un “hermano” del colegio en el que estudiaba. “Yo era muy católico (…) y lo fui hasta los 12 o 13 años cuando tuve un incidente con un hermano del colegio La Salle donde estuve primero en Bolivia y luego tres años en Lima. Fue un incidente de origen sexual”. Contó que este “hermano” era su profesor y que cuando el niño Vargas Llosa fue un día después de la distribución de las libretas al colegio prácticamente vacío, el citado hermano lo condujo a un quinto piso (donde tenían sus cuartos y no subían los estudiantes) y ya en su habitación sacó unas revistas mexicanas de desnudos, de bailarinas y las entregó a Marito. Este último las hojeó asustado hasta que, de pronto, descubrió que este hermano/profesor le estaba tocando la bragueta, como si quisiera masturbarlo. “Fue para mí un escándalo y yo me eché a llorar y a gritar”. El religioso se asustó y lo dejó salir pidiéndole que se calme. Lo que Varguitas no dijo porque de repente no lo asumió, es que la palabra “incidente” le queda corta a una experiencia que hirió seguramente su niñez y su vida como fueron heridas miles y miles de niñas y niños confiados al cuidado de sacerdotes y religiosos portadores de sus propios dolores, traumas, enfermedades, deformaciones bajo patrones comunes y que la Iglesia Católica y otras tienen que hacerse cargo mirándose con valentía en el espejo del infierno que habita en sus entrañas.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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