Voces

domingo 13 jun 2021 | Actualizado a 11:06

Elecciones (per)judiciales

/ 15 de mayo de 2021 / 23:25

Elegir o no elegir. ¿Fue una buena decisión incluir en la nueva Constitución Política la elección popular de altas autoridades judiciales? Eso depende. Como principio y derecho está muy bien. Es parte del cauce de ampliación de la democracia representativa. Lo que falla es el mecanismo en dos tiempos. El proceso se contamina (y politiza) en la fase de preselección de postulantes. Y llega desportillado a las urnas. El resultado es que, en lugar de elegir, se plebiscita.

Está visto. Las elecciones (per)judiciales son no solo complejas, sino feas. Un ejercicio difícil para la ciudadanía, pero también para las candidaturas. Si ya la participación informada en una elección de gobernantes y representantes es un ideal esquivo y distante, ¿qué puede esperarse de una votación con personas que casi nadie conoce, impedidas de hacer campaña, marcadas por la mala fama? El esfuerzo de “difusión de méritos” puede ser inmenso, pero no alcanza.

Votar o no votar. Las dos experiencias (2011 y 2017) hasta ahora en el país, en el marco del proceso posconstituyente, cumplieron su propósito. Primer tiempo: la Asamblea Legislativa seleccionó postulantes por dos tercios de votos. Segundo tiempo: la ciudadanía eligió (o validó) autoridades judiciales con mayoría simple de votos. Claro que en ambos casos prevaleció la consigna del voto nulo que, junto con el blanco, fueron mayoría absoluta. Serio problema de legitimidad de origen.

¿Qué hacer? En el (no)debate sobre el tema predominan tres posiciones. La primera, con la premisa de que “la gente quiere votar”, es no tocar el mecanismo y volver a probar suerte en 2023. La segunda es preservar la votación popular (o referendaria), modificando la preselección de postulantes (a cargo de una comisión especial, por ejemplo). La tercera, con fervor republicano, es dar marcha atrás: que la decisión vuelva a la Asamblea, como en los tiempos de la democracia (im)pactada.

A reserva del camino que se logre concertar (o imponer) en los próximos dos años, que puede o no requerir reforma parcial de la Constitución, es evidente que, por sí solo, no resuelve la cuestión estructural: todo el sistema está dispuesto para administrar injusticia. Siendo fundamental garantizar la calidad y probidad de la cabeza, no basta cuando el cuerpo está deforme. Así ocurre con las altas autoridades electas por sufragio universal, así fue con los “notables” cuoteados por la partidocracia.

Reformar la justicia ordinaria, reformar el Ministerio Público, la Policía, las universidades. Magistrados, jueces, fiscales, motines, abogados. El aparato es enorme, tiene raíces, se reproduce. No hay voto útil contra una endemia sin vacunas.

FadoCracia fraterna

1. En enero de 2020, al amparo de la Alasita, una colérica mano arrojó un choclo a la cabeza del señor de gorra negra. Agredía, sin saberlo, a un futuro gobernador electo. 2. Choclos, latas, sillazos, escupitajos, tomates. La variopinta farándula da para todo. 3. Como sea, ponerse la gorra de activismo es diferente a que te pongan la banda de la gestión pública. El Cristo sigue siendo redentor, pero no provee recursos. Tu papá ya no puede cerrar con militares y policías para que no salgan. 4. Menos mal que, por ahora, las preocupaciones y prioridades están claras. Y son serias. 5. “¿Pronto habrá primera dama en el departamento?”, pregunta un acucioso periodista verde. 6. Pero el hombre ha crecido: la prioridad será hacer gestión, no su vida privada ni el “jueves de frater”. Es un decir. 7. “Las fraternidades son parientes de las comparsas, las logias y otras agrupaciones exclusivamente masculinas que a su vez controlan las instituciones privadas y públicas más poderosas” (grande Liliana). 8. Horacio lo sabía hace tiempo: “La gente me silba, pero dentro de mi casa yo me aplaudo”. 9. Desperdiciar choclos no es bien.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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‘Fraude sistemático’

/ 13 de junio de 2021 / 01:46

La tres veces derrotada candidata presidencial en Perú, Keiko Fujimori, acuñó una nueva expresión en la ya larga lista de denuncias (no probadas) en procesos electorales en la región: “fraude sistemático”. Y con esa bandera pretende anular 200.000 votos para revertir la estrecha victoria de Pedro Castillo (poco más de 60.000 votos, con el 100% de actas procesadas). De manera conveniente, Fujimori habló de “fraude” recién cuando Castillo la superó en el cómputo oficial.

A reserva de cómo la autoridad electoral resuelva las impugnaciones del supuesto “fraude en mesa”, así como de las actas observadas, con errores o incompletas, preocupa que los actores políticos agiten la narrativa del “fraude” en lugar de asumir el resultado de la votación, esto es, la voluntad ciudadana expresada en las urnas. En 2016, cuando Kuczynski le ganó en segunda vuelta con apenas 41.000 votos de diferencia, Keiko reconoció su derrota sin alegar fraude.

Para no ir más atrás ni quedarnos en la región, recordemos que otro candidato perdedor, Donald Trump, insistió hasta el final, sin ninguna evidencia por supuesto, en que le habían robado las elecciones. El republicano habló de “fraude a gran escala”, asegurando que era “estadísticamente imposible” que haya perdido. Y declaró que había “votos ilegales” en su contra. En su fallido intento por revertir el resultado, degradó incluso el sistema electoral estadounidense.

En Bolivia también conocemos estas historias. Menciono solo dos. Tras salir tercero en las elecciones de 2002, el candidato presidencial Manfred Reyes Villa denunció “fraude informático” (sic). Obviamente no pudo probarlo. Ocurrió también hace poco, en los comicios 2019, cuando un día después de la votación, sin resultados del cómputo oficial, se cantó “fraude monumental”. La misma fórmula la replicó el candidato de CC a la Alcaldía cruceña: “fraude descomunal”.

Fraude sistemático, en mesa, a gran escala, informático, monumental, escandaloso… Tanto, tanto fraude. ¿Y las pruebas, señorías? En general, la normativa electoral en la región establece mecanismos, procedimientos y plazos legales para interponer recursos ante posibles anomalías e irregularidades en todas las fases del proceso, en especial en la votación, escrutinio y cómputo. Claro que es más cómodo y rentable para los derrotados gritar “fraude” ante la platea y los reflectores mediáticos.

Cualquier indicio de fraude electoral debe denunciarse, investigarse, comprobarse y, en su caso, recibir máxima pena. Habría que pensar también en sanciones para quienes proclaman “fraude” sin evidencia, dañando la legitimidad del resultado y de la democracia.

FadoCracia curiosa

La reciente declaración de Jeanine Áñez ante la Fiscalía suscita valiosas interrogantes sobre los hechos de 2019. Veamos: 1. ¿Quién la llamó por teléfono el 10 de noviembre, en altavoz, desde la Universidad Católica, para ofrecerle la presidencia? ¿Ricardo Paz, según asegura la propia Áñez, o Tuto Quiroga, como jura el padre Fuentes? Alguien miente. 2. ¿Por qué el 11 de noviembre, cuando la senadora llega a La Paz, la esperaba en el aeropuerto ¡un helicóptero de la Fuerza Aérea!? ¿Quién lo mandó? 3. ¿Por qué el uniformado que la recibió “tenía instrucciones” de llevarla al Colegio Militar? Sí, al Colegio Militar. 4. ¿Por qué ahí le “mandaron a decir” que vaya al Hotel Casa Grande para verse con Luis Fernando Camacho (y otros nueve hombres) y hablar de “asumir el cargo”? 5. ¿Por qué esa tarde, después de reunirse con los suyos en la Asamblea, fue llevada ¡a la Academia de Policías!, donde la esperaban Camacho, Murillo, Ortiz? 6. ¿Quién organizó el operativo, en fin, el 12 de noviembre, para “instrumentalizar las normas” (incluido el inaudito comunicado del TCP) y forzar la autoproclamación presidencial ipso facto? 7. ¿Así operó el Plan B?

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Apocalipsis 19-O

/ 30 de mayo de 2021 / 00:08

Cuatro días antes de las elecciones del 18 de octu ajayubre (2020), un periodista de peso reveló en su programa televisivo, con música tétrica de fondo, “qué es lo que nos espera” si el MAS/Luis Arce ganaba las elecciones. El mensaje estaba dirigido al candidato Camacho y a Santa Cruz en la desesperada campaña por el “voto útil”.

Entre otros presagios, el señor proclamó cosas terribles que iban a ocurrir al día siguiente de los comicios. Recordemos.

Para empezar, tras el arribo de Evo en vuelo directo a la ciudad de El Alto, “se disuelven las Fuerzas Armadas y la Policía (y) empiezan a actuar fuerzas populares”. Enseguida “se crea el décimo departamento en Bolivia, el departamento de Chapare, que va desde San Julián hasta la mitad de Cochabamba”. ¿A quién se coloca como gobernador? Andrónico Rodríguez, por supuesto.

Siguen decretos feroces: para regular la propiedad privada, que “se la va aboliendo”; para “meter presas a las personas que hayan evadido impuestos” con cuentas bancarias en el exterior; en fin, para convertir en estatales a las “empresas privadas demasiado importantes”. ¿Algo más? Claro, el TIPNIS se convierte en “un santuario donde nadie podría entrar”.

Como guion anunciado, la Asamblea Legislativa Plurinacional, con mayoría del MAS, “resuelve y vota convertirse en una Asamblea Constituyente para elaborar una nueva Constitución para la elaboración (sic) de un Estado Socialista”. Con carácter previo, “declina el candidato (presidente) Arce Catacora y devuelve el poder a quien habría sido víctima del golpe, Evo Morales”. Naturalmente, “los grupos opositores se extinguen”.

Por si fuera poco, “conculcan las libertades ciudadanas” y los “periodistas independientes obviamente son encarcelados, o perseguidos, o asesinados”. Como epílogo, “se hace una gran expectativa para que todos reciban la vacuna rusa, que todavía no está aprobada”. Terrorífico, ¿no? Siete meses después, el inminente apocalipsis está demorado. Busquen la palabra “arana” en el diccionario.

El periodista con Posdata no fue encarcelado, ni perseguido, ni menos asesinado. Le ocurrió algo peor: cruzó el charco y, con sigla prestada, lanzó su candidatura a la Alcaldía paceña. La ciudadanía lo puso en su lugar con el 1,69% de votos.

Hoy el señor independiente está de regreso. Dice que el MAS es el “único partido” en el país (“los otros son juntes, como de parrillada, sin estructura ni mística”). Asegura también que Evo Morales es “un líder histórico indiscutible”. Y nos amenaza con un nuevo proyecto periodístico: “subir la televisión a la nube”. Su primera entrevista pactada será con la amiga Áñez y su perrito Vicente, “el más mimado del país”.

FadoCracia chacotera

1. En plena pandemia, el Gobierno de ipso facto gastó casi medio millón de bolivianos en talco para pies. Los uniformados de la Unidad Antidrogas olían mal. 2. La noticia más leída I del Diario Mayor (¿cómo sería si fuese Menor?): “Evo se sonó la nariz 19 veces y estornudó en tres ocasiones mientras daba una entrevista”. Típico pandillero de Occidente. 3. “En el tema laboral, el señor Reyes Villa no es mi padre, no es nadie(s)”, confiesa el hijo del Alcalde. Extraño caso de parricidio edil. 4. La más leída II: “Una paceña conquista el corazón del activista francés Alexis”. En redes preguntan quién limpiará su casa 5. “Tenemos una Unión Juvenil (Cruceñista) renovada, con buenos jóvenes. Ya no son maleantes, ya no son chicos del mal vivir” (Camacho dixit). Que se retracte y pida disculpas. 6. La noticia más celebrada: “Arrestan a Murillo en EEUU y enfrenta una pena de 20 años de prisión”. Andaba de cacería. 7. “Todos los integrantes de esa pandilla deberán cumplir condenas” (Tuto). Donde dice “esa” léase “mi”.

Remate: Si Mr. Bolas y Cía. están “del lado correcto de la historia”, ¡cámbiate de lado!

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Encuestas ‘interruptus’

/ 1 de mayo de 2021 / 23:39

Su intención parece buena. Y hasta auténtica. Pero el proyecto resulta deplorable. No se puede forzar por ley, y menos certificar, la “aproximación de resultados” (sic) de una encuesta de intención de voto. Es como pedirle a una fotografía que nos cuente el final de una película. Siempre hay personajes convencidos de que, rompiendo el termómetro, o estrangulándolo, les bajará la fiebre.

Varios lugares comunes habitan las encuestas electorales. El más repetido es que son imágenes fijas, en un momento dado, de las preferencias de votación de las personas consultadas. Admiten, por tanto, variaciones. Se insiste también en su uso instrumental para fines de campaña. Y están quienes aseguran, sin evidencia, que las encuestas condicionan y hasta determinan el voto.

¿Se pueden manipular estudios de opinión para fines electorales? Claro. Es posible no solo manipular datos, sino hasta imaginarlos. Bastará recordar que en los comicios generales de 2009 un canal de televisión difundió “datos” de una encuesta ficticia elaborada por una empresa fantasma. Fue el extremo. De ahí a creer, con inocencia, que tal operativo mediático influyó en el resultado, hay mucho trecho.

Hasta aquella elección, la normativa boliviana solo establecía una prohibición: la difusión de encuestas y bocas de urna “desde 72 horas antes del día de las elecciones y hasta las 18:00 horas del mismo día”. La Ley del Régimen Electoral (2010), como legislación de desarrollo de la nueva Constitución Política del Estado, dio un salto regulatorio con una robusta Sección (11 artículos) en la materia.

En el (no)debate actual sobre el tema hay una falsedad y una falacia. La falsedad es que, como novedosa amenaza, dos proyectos de ley “buscan regular las encuestas”. Las encuestas en materia electoral están reguladas desde hace más de una década, incluidos sucesivos reglamentos del TSE. La falacia es sostener que, por mandato legal, ese fetichismo, las encuestadoras “no le mentirán al pueblo”.

Vayamos a la fallida invención normativa: el requisito habilitante de una “certificación de aproximación de resultados”. Se aproxima, abre la muralla; no se aproxima, cierra la muralla. Algunas empresas/operadores mediáticos, está visto, hacen bien su trabajo y se aproximan. Otras ejercitan papelones: venden empate a 37% apenas una semana antes del 55 a 29% en las urnas. Malditos indecisos.

La legislación sobre estudios de opinión en materia electoral, que era una necesidad y constituye un avance, no requiere parches, sino reforma. En lugar de añadir restricciones y sanciones, hay que quitarlas. El mínimo es garantizar la calidad técnica de las encuestas. Y que la ciudadanía decida.

FadoCracia pasajera

 1. ¿Qué encuentras —cuál es tu inventario— cuando vuelves la vista atrás? ¿Cómo recuerdas, y (re)habitas, tus fantasmas/ espejo? 2. En su reciente, grandísima novela Volver la vista atrás, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez cuenta, con hechos reales, un pedazo de historia de la familia Cabrera y, a través de ella, narra el itinerario-desencanto de una generación. 3. Jóvenes cuyo objetivo era único e inequívoco: hacer la Revolución. La lucha armada, entrar a la guerrilla, era el camino. “Combatiendo venceremos”. 4. Pero la victoria no llega. Hay desviaciones. La ilusión de victoria, cada vez más lejana, se convierte en desilusión. 5. ¿Y si resulta que tu destino, ese, no está en la revolución, en el hombre nuevo, en cambiar el mundo? Salir de la guerrilla, sobrevivir. ¿Y después? ¿Cómo seguir, sin traicionar(se), desde la izquierda, en la gran causa? 6. También están/estamos los que llegamos tarde a la Revolución. No hubo Sierra Maestra, sino transición a la democracia. Votando, en paz, ¿venceremos? 7. Volver la vista atrás para no olvidar y, desde allí, mirar el horizonte. Vivir es necesario. Aún queda tiempo, y buen viento, para la navegación. ¿Queda?

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Autonomía, mía, mía

/ 17 de abril de 2021 / 23:53

El 20 de septiembre de 2015, comprobando el postulado hegeliano de la historia que se repite a sí misma (“la primera vez como tragedia, la segunda como farsa”, apostilla Marx), cinco departamentos rechazaron en referéndum la aprobación de sus estatutos autonómicos. Retrocedieron así a 2006, cuando los mismos cinco negaron mandato a la Asamblea Constituyente para establecer un régimen de autonomía departamental.

Tragedia 1. En medio del debate sobre el proceso constituyente, asumido en la agenda de octubre, se planteó desde Oriente la bandera de la autonomía departamental, hija de la agenda de enero. La solución transaccional del “empate catastrófico” fue ir a las urnas, el 2 de julio de 2006, para elegir 255 constituyentes y, al mismo tiempo, consultar sobre la aplicación vinculante de la autonomía en la nueva Constitución Política.

Farsa 1. Bajo consigna del MAS-IPSP para bloquear la autonomía departamental, asociada al separatismo, cinco departamentos dijeron No. Los otros cuatro optaron por el Sí (la media luna: Santa Cruz, Beni, Tarija y Pando) y apostaron por el “proceso estatuyente”. Así, de manera paralela a la Asamblea Constituyente, que pretendían abortar, elaboraron estatutos inconstitucionales y los aprobaron en consultas ilegales.

Farsa 2. En su obsesión antiMAS, los abanderados del No izaron la consigna de votar en contra del estatuto. Creían que así castigaban en las urnas al gobierno de Evo. ¿Y las autonomías? Rápidamente se haría en consenso un nuevo documento para su aprobación en la asamblea departamental y el control de constitucionalidad. En máximo un año, aseguró para La Paz el entonces gobernador Patzi, tendremos estatuto en vigencia.

Tragedia 2. Pronto habrán transcurrido seis años desde el fallido referéndum de 2015 y los departamentos de La Paz, Oruro, Potosí Chuquisaca y Cochabamba siguen estancados en el proceso autonómico. Ninguno de ellos elaboró un nuevo estatuto y su aprobación en referéndum es una lejanía. En lugar de escarmentar al Gobierno central, le regalaron más centralismo. El tema, hoy, ni siquiera está en agenda.

Antes de fin de año está previsto un nuevo referéndum aprobatorio de documentos autonómicos. Se espera que unos 30 municipios pongan en consulta sus cartas orgánicas. Así, el proceso de construcción del Estado con autonomías (en plural) ya lleva 12 años al amparo de la Constitución Política. El diseño es complejo, con heterogeneidad institucional. Sabíamos que sería lento. Pero hay tropiezos, retrocesos, abundan los escollos.

La tensión irresuelta de la historia larga se repite: ora como tragedia, ora como farsa. Autonomía, mía, mía.

 FadoCracia carcelaria

En un avanzado ejercicio de periodismo de investigación, el diario verde (¿cómo sería si fuese maduro?) difundió sustantivas revelaciones sobre la situación carcelaria de la expresidenta Áñez. Es de no creer.

“Un reloj de pared, dos libros y su tejido acompañan a Jeanine en prisión”, titula el medio. Según el periodista, introducir el reloj fue “un calvario”, pero la ayudó a recuperar la noción del tiempo. Su hija asegura que es para tomar sus pastillas.

¿Qué lee Áñez? El ejemplar de cabecera es la Biblia (30 veces más pequeña que el armatoste que metió a Palacio). No hay datos sobre el otro libro. Menos mal que sabemos algo del tejido: la lana se convirtió velozmente en dos posavasos y un portaplatos.

El diario in-de-pendiente va más lejos. Con dos médicos anónimos como fuente, alerta que Jeanine “presenta descompensación que puede llevarla a la muerte”. Según la noticia, el cuadro es muy delicado: infección urinaria + lentitud mental. Terrible falta de respeto.

“Resistiré”, asegura la expresidenta autoproclamándose “presa política”. Esta vez no la acompaña la banda de la Policía. Tampoco hay párroco rociando agua bendita desde un helicóptero.

 José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Después del 11A

/ 4 de abril de 2021 / 00:19

Con la segunda vuelta en cuatro departamentos para la elección de gobernadores, el próximo domingo, concluye formalmente el largo y complejo ciclo electoral en el país. A reserva del balance de “ganadores/perdedores”, que expresa un paisaje más diverso que la sola polarización MAS-antiMAS, será necesario un drástico examen de las organizaciones políticas, en especial de los partidos y alianzas de alcance nacional.

¿Cómo queda el campo político? ¿Y el sistema de partidos? ¿Dijimos adiós al sistema de partido predominante para dar paso a un todavía esquivo y difuso esquema de pluralismo (más o menos moderado o polarizado)? O mejor: ¿podemos hablar de “sistema” cuando solamente uno de los nueve partidos tiene presencia en la Asamblea Legislativa Plurinacional? ¿O cuando la principal fuerza de oposición es inexistente en departamentos y municipios?

Más allá del estado de la representación política y sus señales de mutación, está en agenda una tarea democrática fundamental: hasta el 31 de diciembre de este año todos los partidos y agrupaciones ciudadanas (más de un centenar) deben adecuarse a las disposiciones de la Ley de Organizaciones Políticas. No es un acto voluntario, sino un mandato legal. E implica, entre otras tareas, el ajuste de sus documentos constitutivos (incluyendo la adopción de un novedoso régimen de despatriarcalización).

Los recientes comicios demostraron que las organizaciones políticas no tienen (o en su caso incumplen) procedimientos democráticos y paritarios para la elección de dirigencias y la nominación de candidaturas. Así, operan el dedazo, la decisión cupular, el faccionalismo, la imposición o hábitos peores como alquilar siglas o comprar curules. La democracia interna es todavía una buena idea (ese horizonte inalcanzable).

Procesos extraordinarios para la toma de decisiones o poderes de excepción están prohibidos por la norma e implican nulidad. Pero su ejercicio es recurrente. Son usuales también las purgas para sancionar la disidencia: Creemos expulsa a cuatro diputados “funcionales al MAS”, Comunidad Ciudadana abre proceso disciplinario contra representante por no apoyar a candidato opositor, el MAS-IPSP amenaza con castigar a diputado que quiere nueva jefatura partidaria.

Con la renovación de autoridades y representantes electos, el fin del ciclo electoral contribuye ciertamente a reponer la legitimidad democrática luego del opaco régimen provisorio y la prórroga de mandatos. Pero no implica clausura. En este caso, importa el después: nueve meses para adecuar la estructura de representación política a la Ley y/o reformar la normativa. Veamos quiénes, si acaso, quedan en pie.

 FadoCracia pacificadora

1. Falacia del “Diario Mayor”: ¿Quiere usted vivir en guerra o vivir en paz? Tan bien que íbamos, señorías. ¿A quién se le ocurre “hacer justicia”? 2. Dulce bellum inexpertis: la guerra atrae a quienes no la han vivido (gracias, buen Erasmo). O mejor: quien alaba la guerra, no le ha visto la cara. 3. “Pudimos pacificar el país sin violencia” (gentileza de Dañine). Primera pacificación: “fuego cruzado” en Huayllani. Segunda pacificación: “actos terroristas” en Senkata. 4. ¿Y los pacificadores? “El personal de las Fuerzas Armadas que participe en los operativos para el restablecimiento del orden interno y estabilidad pública estará exento de responsabilidad penal” (Decreto Supremo N° 4078, 14 de noviembre: anoten número y fecha, registren a los 12 abajo firmantes). 5. Variaciones: ¿Quiere usted pacificar y reconciliar el país? Claro, con justicia. 6. En tanto, la Iglesia pide reconocer el rostro de Jesús en las víctimas. ¿Víctimas de las masacres? No, de los amigos detenidos. La verdad os hará liebres. Y rencorosos. 7. Ah, “Conferencia Piscopal” (Coco Manto dixit).

 José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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