Voces

viernes 25 jun 2021 | Actualizado a 02:08

La protesta no tiene rostro de mujer

/ 15 de mayo de 2021 / 01:11

Svetlana Alexievich, ganadora del premio Nobel de Literatura de 2015, escribió La guerra no tiene rostro de mujer, una de sus obras más importantes. En este libro, trabajado a la luz de la memoria histórica, la autora escudriña en los recuerdos de cientos de mujeres que vivieron la guerra del comunismo contra el nazismo de Hitler. Uno de los aportes más valiosos de esta investigación es haber evidenciado el contraste existente entre el relato oficial y la realidad respecto del rol de las mujeres en la guerra. El primero, pues, es un relato constructor de monumentos de mujeres heroínas; la realidad, en cambio, podría representarse con una fotografía de una mujer llena de cicatrices, un rostro de guerra.

En el siglo XXI, donde teóricamente no hay más guerras, al menos en Latinoamérica, los rostros de las mujeres en resistencia siguen siendo negados. Pero no se podría continuar este texto sin hacer énfasis en que, si bien las guerras de corte moderno, aquellas que enfrentaban a dos o más ejércitos nacionales, han sido erradicadas de la región, hoy en día el espacio público en tanto campo de lucha es también un verdadero campo de guerra. Y es que, aunque los Estados se declaren —inclusive formalmente— pacifistas, las instituciones coercitivas hoy tienen como franco de sus balas a la población organizada. No se han terminado las guerras, únicamente han cambiado su forma de presentarse; y habrá qué ver qué dice la historiografía dentro de un par de décadas de esta ola de violencia, instruida por los poderes fácticos y ejecutada por las denominadas “instituciones del orden”.

Sin embargo, aunque haya cambiado la forma de la guerra, se sostienen muchas de las formas que se apoderan de las versiones oficiales, tanto del análisis político como de la Historia. Uno de esos elementos es la hegemónica masculinización de la protesta, en tanto guerra. Alexievich, en La guerra no tiene rostro de mujer, recopila el relato de una mujer que manifiesta haber vivido dos vidas, una durante la guerra, donde compartía responsabilidades con sus camaradas hombres en aparente igualdad; y otra, acabada la guerra, donde toda esa eventual igualdad se esfumaba para dar paso a los roles tradicionales de género, en la que, por supuesto, las mujeres siempre quedaban en desventaja.

¿Estará sucediendo lo mismo en los distintos espacios actuales de resistencia? Pareciera que es conveniente plantearlo como preguntas. ¿Las mujeres que perdieron los ojos por disparos policiales o militares en Chile o Colombia, terminadas —o pausadas— las olas de protestas, volverán a sus rutinas en igualdad de condiciones que los hombres que también perdieron un ojo? Temo que las relaciones humanas actualmente ordenadas por roles de género construidos, no están siendo trastocadas por los efectos de las violencias estatales. La ebullición de los levantamientos y la fuerza de las protestas generan espacios de mayor igualdad y hermandad entre hombres y mujeres, pero en los desenlaces, lamentablemente, no se sostienen esas formas de relacionamiento.

En Latinoamérica, el siglo XXI ha visto cuajar nuevos “contratos sociales” emergidos de levantamientos populares, levantamientos en los que las mujeres han asumido tareas fundamentales, aunque son todavía escasos los cambios en clave de género. En la protesta, hombres y mujeres se dejan el cuerpo por igual; en la cosecha, los réditos casi siempre son privilegios masculinos. Esta era, valorada comúnmente como “el tiempo de las mujeres” debería poder resguardar las voces de las mujeres rebeldes, pues no sería justo que la presente ola de levantamientos populares quede en la historia, contada solo por hombres, triunfantes o derrotados.

Las protestas en Colombia hoy dibujan un contexto para las mujeres tan extremo como el de una guerra de trincheras. Las represiones fascistas siempre encuentran en los cuerpos de las mujeres al botín mejor fetichizado, es Colombia una fehaciente prueba de esto. Las violaciones sexuales perpetradas por policías contra las manifestantes, por ejemplo, aún no despiertan importantes alertas ni en los medios de comunicación ni en la comunidad internacional. Colombia es tendencia hoy en las redes sociales y es uno de los temas preferidos en los medios de comunicación; no obstante, parafraseando a Svetlana Alexiévich, la protesta no tiene rostro de mujer.

Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter: @ValeQinaya

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Keiko, la combinación entre Áñez y Mesa

/ 12 de junio de 2021 / 01:16

Se ha dicho reiteradas veces que el feminismo no es una guarida de proyectos conservadores, racistas o de derecha así éstos vengan de mujeres. Ciertamente, algunos malos intérpretes de la posmodernidad han intentado consolidar el feminismo como un sinónimo de la condición biológica “femenina”. Las comillas refieren a la variabilidad y relatividad de lo femenino, mismo concepto que varía entre épocas, lugares y relaciones de poder. El mantra feminista es, pues, una verdad: el género es una construcción social. Keiko Fujimori, la perdedora en la reciente segunda vuelta electoral en Perú, es la representación perfecta de cómo una mujer persigue un proyecto nacional en defensa del statu quo y, por tanto, del patriarcado.

Hay quienes sostienen que lo políticamente correcto para el siglo XXI es apostar por los liderazgos femeninos, lo cual es correcto en tanto ese liderazgo represente la instalación de un paradigma revolucionario para las sociedades. Es incorrecto, en cambio, si la apuesta no incluye una propuesta de desmoronamiento del sistema imperante, sistema explotador, injusto y en contra de la vida. La sola posibilidad de que Keiko Fujimori, heredera del fujimorato —que es la forma de política más sangrienta de la historia republicana peruana— acceda a la silla presidencial del vecino país era una amenaza para cualquier propuesta revolucionaria y feminista.

Lo anterior, como planteamiento teórico, se comprobó hace poco en Bolivia, durante el gobierno de facto de Jeanine Áñez, una mujer con más de 10 años en la vereda conservadora de la política, exactamente igual que Keiko Fujimori. La segunda mujer en ejercer la presidencia en la historia del país —llegada tras un golpe de Estado— representó un pleno retroceso para los avances cualitativos que habían alcanzado las mujeres políticas en el territorio nacional. Pero, dejando de lado esto que no es poca cosa, no puede dejar de mencionarse que el gobierno de Áñez dejó en su haber decenas de muertes, de heridos, perseguidos y procesados injustamente. Basta mencionar aquello para anular cualquier reclamo de quienes a nombre de feminismo pretendan defender esa gestión de gobierno, solo porque los decretos los firmaba una mujer.

Los proyectos políticos no están determinados por el sexo biológico de las o los líderes. Que valga la redundancia. De hecho, es por demás interesante ver la similitud de la reacción de Keiko Fujimori y la de Carlos Mesa ante una elección perdida. Se vio arguyendo una un “sistemático” y otro un “monumental” fraude electoral, ambos persiguiendo el mismo objetivo: patear el tablero democrático y hacerse del poder a toda costa. Un hombre y una mujer contemporáneos, con tradiciones políticas similares, aunque no idénticas, demuestran de esta forma que comparten patrones de operación política y que ella, aún siendo mujer, está exactamente alineada con la política conservadora, misma que es en esencia patriarcal y, bajo la teoría feminista, machista.

Por otro lado, es importante mencionar que la opción partidaria feminista peruana ha militado la campaña del hoy presidente electo del Perú, Pedro Castillo. En efecto, Juntos por el Perú, liderado por la sureña Verónica Mendoza —reconocida política progresista y feminista— puso a disposición de Castillo a su bancada electa, a sus bases y a su estructura en general. De igual manera, plurales colectivos y organizaciones feministas decidieron enfrentar la campaña de Fujimori, aunque no compartieran con Castillo ciertos debates, por quien terminaron votando en busca de un futuro mejor para su país. La avanzada y la claridad feministas fueron autoras de la campaña “de Warmi a Warmi”, justamente en respuesta al “mujer a mujer” que el fujimorismo lanzó para sumar mujeres a su electorado.

“Te conocemos Keiko. Tu ‘mujer a mujer’ es otra artimaña para engañarnos a elegirte presidenta. Pero nosotras sabemos qué hicieron, como fujimoristas, tu padre, tu bancada y tú contra las mujeres: Sabemos de las esterilizaciones forzadas a miles de mujeres campesinas quechua-hablantes, que llamas ahora ‘planificación familiar’”.

El balotaje peruano significa hoy un importante avance progresista para la región. Asimismo, la derrota de Fujimori significa una bocanada de oxígeno para la irradiación feminista en la política partidaria. Queda claro que cada vez que una mujer declarada y deliberadamente machista se hace del poder, los derechos conquistados entran en amenaza, tal y como sucedería en el caso de un hombre. Pero queda también claro que cada vez que una o un político conservador adquiere fuerza electoral, la unidad del campo popular mejora significativamente sus condiciones.

Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter: @ValeQinaya

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La maternidad es un camino de incertidumbres

/ 29 de mayo de 2021 / 01:57

Hace pocos meses la editorial El Cuervo imprimió la edición boliviana de uno de los libros más disruptivos respecto a la maternidad: Mamá Desobediente de la española Ester Vivas. En este ensayo, la autora revisa una serie de fuentes históricas con las que constata, por ejemplo, que el parto en tanto reproducción de la vida e instancia de poder, ha sido asaltada por el poder de los hombres. Vestigios incluso ya prehistóricos evidencian que la ciencia del nacimiento estuvo bajo el comando de las mujeres, tanto de las mujeres gestantes como de las sabias parteras que trabajaban conjuntamente para dar lugar a la llegada de una nueva persona.

Pero con la cacería de brujas que inicia el siglo XV y se extiende hasta el XVII, las comadronas empiezan a ser perseguidas y acusadas de brujería, llegando a ser muchas de ellas, quemadas vivas. Justamente en este periodo es cuando el nacimiento se mercantiliza y la ciencia médica relega definitivamente a las mujeres especialistas en el tema, quitándoles su campo de acción o dejándoles roles secundarios de asistencia al médico varón. Este quiebre, finalmente, desnaturaliza el nacimiento y la crianza de la primera infancia, dejándola organizada bajo patrones antinaturales, dictados por el médico.

La modernidad y la instalación del modo de producción capitalista constituyen el tiempo en el que la maternidad deja de ocupar el lugar protagónico que otrora tenía en las sociedades. Pero no solo eso, sino que ser madre se convierte en uno de los caminos más pedregosos para recorrer. Las jornadas laborales, la problemática de la propiedad de la tierra y el rigor civil que empieza a determinar la interacción social son sencillamente incompatibles con las necesidades naturales que demanda la maternidad, sobre todo en los primeros años de vida de las niñas y los niños. Lamentablemente, esta incompatibilidad hoy está perfeccionada.

En efecto, las sociedades actuales, patriarcales y capitalistas son incompatibles con el desarrollo de la maternidad. A lo anterior se adhiere perfectamente la instalación de fechas conmemorativas como el muy celebrado “día de la madre”, mismo que en Bolivia tiene como origen un importante levantamiento de mujeres, sin que esto diluya el carácter comercial y de marketing que hoy impera en la celebración. En resumen, es válido menospreciar el trabajo de las madres todo el año si es que en el día conmemorativo se entregan regalos o tarjetas.

El acto de maternar que naturalmente es un acto social y que demanda comunidad hoy es prisionero del individualismo y de la falta de empatía. Por un lado, la legislación nacional aún es insuficiente a la hora de proteger a las madres. Por ejemplo, la escasa seguridad social o las dificultades para acceder a un empleo que atraviesan las madres campean, sobre todo en el ámbito privado. Por otro lado, el imaginario colectivo, determinado por las condiciones capitalistas, organiza los hogares de manera tal que todo el trabajo doméstico recae, generalmente, en las madres.

Cuando una mujer, que ya vive conflictuada por su género, se convierte en madre, se convierte también en una persona que atraviesa muchas más dificultades. Y por si fuera poco, el ser madre está planteado como el destino obligatorio de las mujeres después de cierta edad; eludir este destino aún hoy es un acto que muchos perciben como antinatural. En suma, la sociedad exige que las mujeres devengan en madres pero es absolutamente perversa y dañina con las mujeres cuando esto sucede.

Dice Vivas, en su libro, que “la maternidad no es sino un camino lleno de incertidumbres”. En ese camino, por lo general, se pierden sueños, planes e historias, por efecto de las estructuras patriarcales que con mucha rebeldía y fuerza hoy cada vez más mujeres están decididas a romper o, mínimamente, combatir. Ciertamente el mundo será un lugar mucho más justo y feliz si es que las mujeres madres llegan a conciliar sus proyectos de vida, los propios y los que están propiciando para sus hijas e hijos.

Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter: @ValeQinaya

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¿Trabajador es igual a trabajadora?

/ 1 de mayo de 2021 / 03:03

Cada 1 de mayo se debaten las reivindicaciones laborales. Los días previos a esta fecha en Bolivia, el pliego petitorio de los trabajadores organizados copa la agenda pública. El incremento salarial, la actualización de la legislación en materia laboral y las obligaciones del empresariado privado para con la clase trabajadora, entre otros temas, se vuelven prioridad en el debate político. Pero también existen lugares, de esta materia, no habitados por la discusión formal, por ejemplo, la pregunta ¿trabajador es igual a trabajadora?

A pesar de que ya es una batalla conseguir que el 1 de mayo sea denominado “día del trabajador” y no “día del trabajo”, aludiendo a la cualidad humana y el contenido de clase de esta fecha, la pregunta anterior no ingresa en ese campo. La pregunta, pues, no refiere a la nomenclatura ni tampoco pretende divagar en términos de lenguaje inclusivo. La pregunta busca poner en evidencia el estado de desigualdad que persiste en las sociedades actuales, incluida la boliviana, donde ser una “trabajadora” sigue siendo una cuestión mucho más difícil que ser un “trabajador”.

Por si todavía no se entiende la necesidad de perseguir la igualdad, puede ser de mucha ayuda recordar que la doble jornada laboral que cargan sobre su espalda las mujeres trabajadoras aún está encubierta.

En tiempos actuales, en los cuales las mujeres ocupan en importante porción el espacio laboral por fuera de los hogares todavía se desconoce, en términos oficiales, la carga que implica llegar a casa y continuar trabajando en sostener la vida cotidiana de un hogar. Las cifras oficiales todavía no reflejan con exactitud el aporte del trabajo doméstico al Producto Interno Bruto del país. Aún se desconoce empíricamente el uso del tiempo en los quehaceres del hogar. No está demás que la mayoría de los cuidados familiares, en una sociedad patriarcal, son responsabilidades que asumen las mujeres, mujeres trabajadoras.

Por otro lado, el debate de la brecha salarial que existe entre hombres y mujeres sigue siendo un gran pendiente en Bolivia. De hecho, según ONU Mujeres, en el país los hombres ganan 47% más que las mujeres, por realizar el mismo trabajo y poseyendo la misma formación técnica o profesional. Esta institución maneja datos que hacen que la preocupación por la brecha en Bolivia sea aún más intensa, pues el país estaría 23 puntos porcentuales por encima de la media global en esta materia. Cabe mencionar que el problema puntual habita por excelencia en las empresas privadas y en la economía informal.

Pero la administración pública, que es un importante lugar de trabajo, tampoco está libre de ser un espacio desigual para las mujeres trabajadoras, respecto de los hombres. Aquí, si bien no se registra brecha salarial, se evidencian importantes diferencias en la ocupación de cargos de responsabilidad y de decisión en manos de mujeres. Aunque la participación política de las mujeres en Bolivia, sobre todo en el ámbito legislativo, hoy sea paradigmática para el mundo, todavía no se ha logrado el reflejo de este fenómeno en las entrañas del aparato público.

Los esfuerzos normativos para combatir las desigualdades de las cuales son víctimas las mujeres trabajadoras han sido muy importantes; sin embargo, aún la realidad no alcanza a ser modificada en la magnitud que debiera. Hoy en día siguen registrándose cientos de casos de violencia y discriminación contra mujeres trabajadoras, por ejemplo por embarazo, maternidad o lactancia. Especialmente en el ámbito privado, muchos de los derechos de las mujeres trabajadoras, consignados en la Constitución Política del Estado, en los tratados internacionales y en la normativa nacional vigente, siguen siendo vulnerados.

En pleno 2021, cuando la humanidad habita un mundo intensamente globalizado, es evidente que no es igual ser trabajador que ser trabajadora. Las mujeres reciben salarios menores, acceden a menor cantidad de puestos de decisiones o gerenciales, son discriminadas y acosadas sexualmente en una proporción estratosféricamente superior a la que lo son los hombres. Y por si fuera poco, aquel cuento que decía que el obrero explotado llega a casa a explotar a la obrera con la que convive, tristemente, no es solo un cuento.

Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter: @ValeQinaya.

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¿Lactancia materna y COVID-19?

/ 17 de abril de 2021 / 00:43

Apesar de los importantes avances, aún la ciencia no tiene todas las respuestas respecto al coronavirus. Pero está claro que la incertidumbre absoluta que generó el virus hoy está mínimamente relativizada. Diferentes elementos han contribuido a que esto vaya sucediendo paulatinamente, sobre todo el desarrollo de las vacunas. A pesar de los mitos de ciencia ficción que se han creado en torno a las vacunas, claramente en ellas no se almacena solo una fórmula científica, sino una dosis de esperanza. En medio de todo esto, uno de los grupos poblacionales con más preguntas y en una ignorada situación de vulnerabilidad es el de las mujeres lactantes.

Es una constatación científica que las mujeres embarazadas que reciben vacunas como la de la influenza o la tosferina transfieren los anticuerpos a los fetos a través de la placenta. De hecho, hoy en día la mayoría de los profesionales de la salud recomiendan la aplicación de estas vacunas a las gestantes. Así, bajo esta premisa y otras valoraciones importantes, países como Israel han incluido a las mujeres embarazadas en la lista de las personas prioritarias para recibir la vacuna contra el COVID-19.

Por otro lado, ya pueden mencionarse una serie de estudios científicos y rigurosos en torno a la presencia de anticuerpos en la leche materna. Países como España, Chile y Estados Unidos han avanzado significativamente en la materia, sobre todo desde instancias académicas. Así como está comprobado que el COVID-19 no se contagia a través de la leche materna, está también evidenciado que no existe razón alguna para suspender la lactancia en caso de que una madre haya adquirido el virus.

Unicef, de hecho, recomienda que las mujeres madres contagiadas sostengan la lactancia y el contacto piel con piel con sus bebés para incrementar el sistema inmunológico de éstos. Por supuesto lo anterior debe estar siempre acompañado de las medidas de bioseguridad. La OMS, por su parte, recomienda que las madres lactantes que forman parte de un grupo prioritario como los trabajadores en salud, sean vacunadas.

Desde una perspectiva diferente pero complementaria, colectivos y redes feministas que trabajan y estudian temas vinculados a la maternidad en países como México y Chile también han logrado poner en discusión la relación de la maternidad con la pandemia. Con mucha lógica se sostiene, por ejemplo, que las mujeres embarazadas y lactantes son un grupo poblacional altamente expuesto ya que requieren visitar un centro médico público o consultorio privado al menos una vez al mes para los controles rutinarios. Además, estos controles en países como Bolivia son obligatorios para concretar los beneficios sociales, tales como el bono Juana Azurduy.

Los nacimientos, por su parte, sean por parto natural o inducido son acontecimientos de exposición para el binomio madrehijo, sobre todo si éstos se realizan en recintos de salud que también atienden a pacientes COVID. De ahí que un estudio en México haya constatado el incremento de partos en casa con resultados exitosos para la salud del binomio en tiempos de pandemia.

Es importante insistir en que los estudios sobre la relación entre la gestación y la lactancia con la vacuna contra el COVID aún son muy escasos y la evidencia sigue siendo limitada. A priori pareciera que este grupo poblacional debiera ser prioritario para recibir la vacuna. Lo ideal sería que las mujeres en periodo de gestación y lactancia reciban al menos información estandarizada, actualizada y avalada por el Ministerio de Salud. La autora de esta columna ha buscado sin éxito alguna cartilla informativa a la que puedan acceder las mujeres en los centros de salud.

Ojalá las instancias nacionales, departamentales y municipales con competencias en salud faciliten lo antes posible el acceso a la información pertinente. Es menester recordar que la génesis para la protección social del binomio madre-hijo está vinculada con la proyección de un futuro más sano para las próximas generaciones. Todavía no se ha desarrollado una vacuna para personas menores de 16 años, pero sí se ha comprobado que la leche materna de una madre vacunada o contagiada transmite anticuerpos al lactante. Ahí precisamente reside la enorme y esperanzadora oportunidad de inmunizar a una nueva generación. Así, se apunta uno más de los maravillosos beneficios reconocidos científicamente de la lactancia materna, la que debiera ser alentada y apoyada por el conjunto de la sociedad.

  Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter @ValeQinaya.

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¿Y los permisos de paternidad?

/ 20 de marzo de 2021 / 01:00

Se ha celebrado otro Día del Padre en Bolivia, ocasión en la que muchas personas homenajean a sus progenitores, otras aprovechan para reconocer el rol de las “madres solteras” y no faltan quienes pasan el día como jornada de denuncia por los padres irresponsables.

A propósito, la crianza de los hijos es una responsabilidad de hombres y mujeres en tanto padres y madres, pero idealmente esta responsabilidad debería ser mucho más amplia. Las sociedades y los Estados debieran generar las condiciones adecuadas y propicias para el desarrollo de crianzas exitosas. De hecho, fue el modo de producción capitalista el que enjauló la crianza, aisló a las niñas y niños y recargó en las espaldas de mujeres madres la denominada doble jornada. En síntesis, la paternidad distante e irresponsable no es producto del ordenamiento natural de la especie.

Sin embargo, el impulso feminista contemporáneo ha planteado una serie de elementos para resolver este desorden histórico. Uno de éstos es el avance en los permisos de paternidad. En un mundo en el que es prácticamente obligatorio que la normativa otorgue permisos laborales a las mujeres cuando devienen en madres, siguen siendo aguas desconocidas los permisos paternales. Algunos países, especialmente europeos, justo por el impulso feminista han avanzado en la materia.

Por un lado están los países, como Bulgaria, que han conseguido normar permisos parentales compartidos para madres y padres. Esto es que tienen establecido un tiempo de permiso determinado, mismo que puede ser repartido entre ambos progenitores de acuerdo a la voluntad de éstos. Ya en la práctica, lamentablemente, la generalidad de los casos muestra que los padres no toman dicho tiempo de permiso, lo que deriva en un retiro de las mujeres madres del mundo laboral, entre otras cosas.

Otros países, como Islandia, poseen permisos de paternidad igualados e intransferibles. La evidencia ha demostrado que bajo este modelo los resultados son muy positivos. Padre y madre, idealmente, comparten responsabilidades de la crianza de los hijos en su llegada al mundo. Y particularmente se resalta la creación del vínculo padre/hijo a través de las experiencias de los cuidados durante los primeros días, lo cual se traduce en familias por fuera de los estereotipos machistas, al menos parcialmente.

Bolivia pertenece al conjunto de países en los cuales el permiso de paternidad es insuficiente. Son solo tres días de permiso de los que dispone un hombre devenido en padre. Esto equivale a madres que se acoplan a la vida de la maternidad solas y sin apoyo de sus compañeros de vida. Tristemente esta limitación laboral dificulta bastante el vínculo de los padres con sus hijos y reproduce el modelo capitalista en el cual la crianza es una tarea netamente femenina.

Finalmente, y en honor a la verdad, la autora de esta columna intentó sin éxito reformar la normativa en esta materia durante la anterior gestión legislativa. La respuesta negativa esgrimió sus argumentos en función de supuestos económicos, es decir que pesó más el supuesto “rédito” para la economía que brindaban los hombres/ padres que la necesidad de reformular el esquema de crianza machista que impera en el país.

Es un hecho que los permisos de paternidad ampliados no resuelven el problema de fondo, pero también es menester de los Estados diseñar políticas públicas que garanticen crianzas no machistas. Lo anterior producirá un efecto directo e indiscutible en el combate a las violencias hacia las mujeres, a corto, mediano y largo plazo. El mundo necesita más padres comprometidos con la crianza responsable y amorosa.

Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter: @valeqinaya

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