Voces

viernes 25 jun 2021 | Actualizado a 03:14

Napoleón: 200 años después

/ 15 de mayo de 2021 / 01:16

El 5 de mayo pasado se conmemoró el bicentenario de la muerte del genial militar y estadista Napoleón Bonaparte, cuya figura continúa siendo controversial. El debate se reavivó cuando en su discurso central el presidente Emmanuel Macron manifestó: “Napoleón es una parte de todos nosotros”, encendiendo la chispa para objeciones que provienen de historiadores revisionistas, cuyas poses humanistas observan el estilo autocrático del general y sus victorias bélicas que sojuzgaron gran parte de Europa, encima de millones de muertos. También las colectividades de afrodescendientes protestan que se rinda pleitesía a quien, por ley de 20 de mayo de 1802, restableció la esclavitud en las colonias francesas. Paralelamente, feministas exaltadas evocan ciertas posiciones misóginas del emperador que en el Código Civil de 1804 confinaba a la mujer a someterse a la tutela del marido o del padre, inferioridad legal que persistió hasta 1970, cuando se reformó la medida. Después del desastre en Waterloo, Napoleón murió, a sus 51 años, desterrado en la isla británica de Santa Helena, presumiblemente víctima de un cáncer estomacal, aunque la autopsia detectó restos de arsénico en sus cabellos, lo cual podría ser indicio de envenenamiento. En el informe, su médico personal, Dr. Francesco Antommarchi, certifica que del cadáver se extrajeron el corazón, el hígado, el estómago y el miembro viril, confiado este último a la custodia del abate Anges Paul Vignali. Así comienza el curioso periplo de aquella reliquia subastada, vendida y revendida hasta que llegó a manos del famoso urólogocoleccionista Dr. Latimmer, quien la legó a su hija Evan, que rechazó venderla, por $us 100.000 ofrecidos en 2007 por una casa de remates de New Jersey. Irónicamente, asombra que desde 1821, cuando la descripción forense estableció que ese falo medía solo 3 centímetros, los morbosos enemigos de Napoleón usaron esa desventaja fisiológica para asociarla a las revelaciones de su mayordomo que delató que el emperador, abrumado de trabajo, disponía de poco tiempo (3 minutos) para aliviar sus urgencias sexuales, al extremo de cumplir — a veces— aquel reconfortante ritual con las botas puestas, para volver súbitamente a su despacho, contiguo a la recámara nupcial. Se calcula que a través de los años Bonaparte dispuso de un batallón de 60 amantes ocasionales que aguantaron —en el lecho— su veloz potencia de fuego. No obstante, la disimilitud de aquellas facciones protestatarias, el legado bonapartista rige hasta hoy en las instituciones francesas como base del ordenamiento legal, la cartografía territorial, el organigrama del Estado, la instauración de la Legión de Honor, entre otras.

Testimonios de la gloria imperial subsisten en los soberbios salones de Versalles o del Museo del Louvre cuyos muros están adornados con los monumentales cuadros de David celebrando las grandes victorias del legendario guerrero. Y, en París, se levanta el Arco del Triunfo, ombligo de la Plaza de L’Etoile (estrella) donde en sus pilares de soporte están grabados los nombres de las batallas notables y la nómina de los más fogueados generales que escoltaron al magnífico corso.

Hace algunos años dediqué una semana completa para visitar la Isla de Elba, primer destino del exilio donde Napoleón vivió varios meses. Recorrí su capital Portoferraio, imaginando cómo desde allí planificó su atrevido retorno a tierra continental para ejercer los famosos 100 días de su efímero gobierno, última hazaña hasta su derrota en Waterloo.

Se estima que se han escrito 110.000 libros sobre su vida y obra y existen bien logrados retratos del emperador popularizando su perfil ventrudo, la mano derecha escondida en la casaca, su bicornio negro, sus botas altas y su rostro enérgico, de pie en sus 168 centímetros de estatura, o bien galopando en su caballo blanco.

Mientras tanto, año preeleccionario en Francia, se dice que Macron rima con Napoleón.

  Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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‘Obama’ por Obama

/ 12 de junio de 2021 / 01:20

La versión al francés tiene 844 páginas, además de 36 folios a todo color de mementos fotográficos de la primera gestión de su presidencia (2009-2013), cuyo sugestivo titulo Una tierra prometida encierra sus recuerdos en 3 kilos de papel, con al menos 200 páginas superfluas si el autor hubiese omitido los párrafos de amor y admiración por su esposa Michelle, el relato de las travesuras de sus hijas Malia y Sasha y las enseñanzas recibidas de su madre y hasta de su abuela. Por añadidura, es recurrente esa tendencia americana de reseñar el origen étnicogeográfico y la bio-data de cuanto personaje aparece en escena, incluyendo al jardinero y al cocinero de la Casa Blanca. Francamente, si no hubiera sido por el confinamiento impuesto por la pandemia me hubiese privado de conocer al detalle los trajines domésticos del recinto presidencial en Washington, las tareas furtivas del Servicio Secreto, las comodidades del Air Force One, la fabricación de los discursos oficiales, las técnicas manifiestas y encubiertas del cabildeo senatorial, los diálogos con su círculo íntimo transcritos verbatim, y la debilidad por el tabaco y por el basketball de aquel joven negro que desde los tugurios de Chicago trabajó infatigablemente por hacer realidad el sueño de conquistar el cetro del país más poderoso del planeta.

En la parte sustantiva del libro se puede detectar las descarnadas batallas que libra Obama para abrirse campo en su ascenso al escaño senatorial, el arduo camino para ganarse el respeto de sus colegas blancos apoltronados por décadas en sus sillones parlamentarios, su postulación a las primarias del Partido Demócrata, las escaramuzas en los debates con sus rivales Hillary Clinton y Joe Biden, a quienes arroparía luego de su victoria que lo lleva hasta la Oficina Oval, donde se resiste a creer que “Dios lo convocó a ser presidente” para enfrentar en el plano interno la tremenda crisis financiera de 2008 como herencia de la administración anterior y en política extranjera, las acciones militares en Afganistán y en Irak, la hostilidad del régimen norcoreano y el desafío nuclear que persiste en Irán. Gran parte de su tiempo consume su obstinación por la reforma del sistema de salud en los Estados Unidos, en el cual cerca de 50 millones de americanos no están cubiertos por la seguridad social. Su batalla por lo que se apoda como el Obamacare es planificada militarmente y defendida con ardor. En cuanto a política exterior, la temprana asignación del Premio Nobel de la Paz (2009) lo obliga a privilegiar la diplomacia sobre la guerra y a contener las pulsiones de sus generales belicosos. Creyente en el multilateralismo busca el apoyo de Naciones Unidas y se esfuerza por coordinar iniciativas con sus aliados de la Unión Europea en puntos vitales como el calentamiento climático o la lucha contra el terrorismo.

Ingredientes sabrosos son los picantes retratos de sus interlocutores. Mientras le impresiona el azul de los ojos de Angela Merkel, ironiza la pequeña estatura de Nicolás Sarkozy (1,66 metros) elevada por altos tacones que dice lo hacen parecer “un personaje escapado de un cuadro de Toulouse-Lautrec”, y en otros viajes encuentra a Vladimir Putin “pequeño y rechoncho. Cuerpo de luchador…con ojos claros y vigilantes”. En cambio, su pupila capta, el bigote recortado del checo Vaclav Havel y le sorprende que el octogenario rey saudí… tenga 30 mujeres oficiales que sumarían 50 con las amantes. Pero halla “soporífica” la charla con el mandatario chino Hu Jintau. Sorprende que Obama describa con suprema meticulosidad los palacios y lugares visitados, lo que hace presumir que llevaba un diario personal, aunque la minucia de sus diálogos con colaboradores y homólogos son registrados cotidianamente por medios electrónicos. En América Latina solo se detuvo en Brasil y en Chile, con tenues referencias a Dilma Rousseff y a Sebastián Piñera, por estar esos días orientando el bombardeo aéreo a Libia. En el epílogo hace un relato cinematográfico de la ejecución de Osama Bin Laden en Abbottabad (Pakistán) ordenada por él mismo, en uso de su prerrogativa presidencial. Luego se aboca a la campaña por su reelección que culminó exitosamente y cuyo siguiente periodo (2009-2017) será objeto del segundo volumen de esas copiosas memorias.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Gaza: martirio y resistencia

/ 29 de mayo de 2021 / 02:03

En la primavera de 1961, llegué — mochila al hombro— al kibbutz Givat Haim, la innovadora forma organizativa para aglutinar en comunidades agrícolas a los judíos de la diáspora que acudían entusiasmados a vivir y trabajar en el nuevo Estado de Israel, instaurado años antes, en 1948. Durante seis meses recorrí el primigenio territorio israelí que, en guerras sucesivas dobló su tamaño, a expensas de tierras palestinas usurpadas sin escrúpulo alguno, ocasionando miles de refugiados, causa básica de los actuales conflictos. En aquella época, recién construía esa sociedad, una generación que abominaba los horrores de la guerra, privilegiando la paz y la democracia, contraria a todo tipo de discriminación. Los nativos acogían a los inmigrantes con sincero candor y tanto en Jerusalén como en el resto del país cohabitaban en cautelosa armonía judíos, cristianos y musulmanes, todos ellos píos de la Tierra Santa. Lamentablemente estallaron las contiendas de los seis días (1967) y de Yom Kippur (1973) que envenenaron para siempre el ambiente. Los subsiguientes acuerdos de paz no fructificaron y los israelíes presas de nefaria paranoia defensiva fortalecieron progresivamente al Tsahal, un aparato militar omnipotente que condenó a la sumisión a la población palestina de Cisjordania y de la franja de Gaza, dirigida por la Autoridad Palestina desde Ramallah y por el Hamas, respectivamente. Gaza, en 365 km2, contiene hacinados a 2 millones de habitantes, entre ellos 750.000 refugiados, rebalse de una operación de limpieza étnica. Víctima de los repetidos bombardeos, esos pobladores al presente soportan agua contaminada, servicios de salud deplorables, cortes de electricidad repentinos, pobreza extrema y desempleo abismal.

Como precedente importante del actual conflicto, recordemos que el anterior pleito se remonta a 2014, cuando el ataque israelí a Gaza duró 51 días, dejando 2.200 palestinos muertos, de los cuales 551 fueron niños. Es, pues, una pugna asimétrica, en la que Israel goza de la ayuda anual americana en material militar ultramoderno avaluado en más de $us 3.000 millones, aparte del apoyo logístico y diplomático en el Consejo de Seguridad, donde el veto de los Estados Unidos impide la aprobación de cualquier decisión contraria a los intereses sionistas.

Ante un enemigo tan poderoso, Gaza solamente recibe el auxilio de Irán en transferencia tecnológica militar centrada en la capacitación de ingenieros habilitados para la fabricación de misiles caseros, los mismos que en el enfrentamiento de mayo, posibilitaron el lanzamiento de más de 3.000 cohetes contra objetivos israelíes. Fue obra de las brigadas Ezzedine al Qassam, el ala militar de Hamas que se desplaza a través de una red de túneles apodada el “metro”.

Al alto el fuego fue acordado el 21 de mayo bajo presión del presidente Biden sobre el intransigente primer ministro Bibi Netanyahu, el balance de 11 días de bombardeos en Gaza fue de 248 civiles muertos, de los cuales 66 eran niños y 38 mujeres, además de 1.300 heridos. Israel sufrió 12 víctimas fatales, entre ellas un niño.

Entre los efectos colaterales, este último choque en el Medio Oriente ha roto el tradicional apoyo bipartidista en el Congreso americano a la causa de Israel. También la pax americana laboriosamente lograda por Trump, al estimular las alianzas pactadas entre Tel Aviv y Arabia Saudita, pasando por los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán, quedarán resquebrajadas. También, a la luz de una opinión pública mundial mayoritariamente adversa a la incursión israelí, Egipto, que bloquea a Gaza, en tándem con Israel, podría revisar su posición.

Al interior de Israel, Benjamín Netanyahu que, con la lluvia de bombas sobre Gaza creía salir triunfante para asegurar la formación de un gobierno de coalición, resultó estropeado por la tenaz resistencia de Hamas que, pese a las bajas sufridas, aumentó su popularidad tanto en Gaza como entre los palestinos de la Cisjordania y al interior de Israel.

Finalmente, Estados Unidos revertirá posiblemente su tolerancia hacia Israel, para insistir en la única solución factible al sempiterno problema: volver a la tesis de dos Estados vecinos dentro del territorio en disputa con Jerusalén como capital judía y el este de la ciudad como capital de una nueva Palestina, negociando la unidad territorial de la Cisjordania con Gaza.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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MNR: el poder de los inquilinos del Palacio

/ 1 de mayo de 2021 / 03:10

Monumental investigación histórica la de Valentín Abecia López para acopiar datos sobre la vida y obra de “siete caudillos del MNR” que, en realidad son cinco, más dos cooptados accesoriamente. Como riesgosa selección en las 580 páginas de Inquilinos del poder (Ed. 3600), no están todos los que son ni son todos los que están. Ignorar a Lydia Gueiler es grave omisión no solo por tratarse de la primera mujer presidenta, sino que fue aguerrida dirigente movimientista desde los tiempos recios de lucha contra la oligarquía minero-feudal que imperaba en Bolivia. Pasar revista de las gestiones de Víctor Paz Estenssoro, Hernán Siles Zuazo, Walter Guevara Arze, Gonzalo Sánchez de Lozada y de la presencia de Juan Lechín Oquendo, Ñuflo Chávez Ortiz y Guillermo Bedregal Gutiérrez no es tarea fácil por enmarcarse en espaciostiempos- históricos disímiles de la Revolución Nacional que, obviando el interregno de las dictaduras militares, termina con la captura del gobierno por Evo Morales en 2006. Admira la paciencia del autor para recopilar un mar de detalles sobre las escaramuzas, zancadillas y diatribas fruto de la rivalidad sorda entre los caudillos, que adornan reflexiones más serias acerca de sus respectivas ejecutorias gubernativas. Redacción fluida de agradable lectura salpicada de anécdotas, unas conocidas y otras ignotas que Abecia ha recogido en múltiples entrevistas. Ese relato me preocupa por la fabricación académica que hacen los historiadores de personajes sobresalientes a los que han conocido de lejos o a través de narrativas parcializadas. En el caso que nos ocupa, ocurre que yo trabajé y cohabité de cerca con casi todos ellos. Compartí, por ejemplo, el exilio dorado de VPE en Londres, aquel como embajador y éste, siendo su secretario prolongando —luego— mis funciones a su diestra en el Palacio Quemado, durante su segunda presidencia, habiéndolo seguido, más tarde, al destierro en Lima. Años que respaldan mi juicio sobre las luces y sombras de ese singular estadista. Parejas coincidencias legitiman mi opinión sobre Siles Zuazo, Guevara y Bedregal, con quienes compartimos el agua y la sal en los años de exilio caraqueño. Con esas credenciales me animo a apoyar las analogías y contrastes que señala Abecia, en su epílogo (la más lúcida parte del libro), recordando con mi pluma lo que me decía el presidente tico Pepe Figueres: Guevara es el cerebro, Siles Zuazo, el corazón y Paz Estenssoro el brazo ejecutor de la Revolución Nacional. Por mi lado, creo que Lechín fue el contrapeso indispensable del “poder dual” y Sánchez de Lozada el visionario que adelantó el reloj de la Historia, hacia la modernidad (basta citar la participación popular como fuente de genuina distribución democrática de los ingresos fiscales del país). Luego advino en 2006 lo que comenzó con la sana intención de descolonizar Bolivia, completando la invocación de Carlos Montenegro en Nacionalismo y Coloniaje. Sin embargo, el denominado “proceso de cambio” extravió su ruta por la improvisación y la corrupción. Por ello —quizá— premonitoriamente, termino mi libro De la Revolución a la Descolonización (2006) pronosticando la situación con un vocablo en alemán: unsicherheit (incertidumbre).

Inquilinos del poder, que atribuye las derrotas a la inveterada manía de tratar de perpetuarse en el mando, será la insustituible referencia para comprender al MNR y su sólida contribución al avance de la bolivianidad. En alguna segunda edición, Abecia debería reordenar ciertas citas y datos que inevitablemente se repiten en la porción de cada dramatis personae; además, añadir un índice onomástico de los nombres citados y, quizá, un cuadro calendario de las medidas trascendentales emprendidas por aquellos caudillos.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Vargas Llosa en el laberinto caribeño

/ 17 de abril de 2021 / 00:31

Cuando en 1962 nos recibió en visita oficial en Caracas el entonces presidente Rómulo Betancourt, aún tenía las manos vendadas por las quemaduras que sufrió en el atentado contra su vida, sucedido poco tiempo antes. “Te tenés que cuidar Víctor”, le dijo a Paz Estenssoro. “Trujillo nos lleva en su mira”, añadió. Eran, efectivamente, tiempos recios, como titula la última novela de Mario Vargas Llosa, quien en 351 páginas (editorial Debolsillo, 2020) retrata los vericuetos de aquella época en que, como efecto colateral de la guerra fría, los dictadores patriarcales del Caribe recibían la bendición de los Estados Unidos para sostenerse en el poder, a cambio de aplastar cualquier brote de rebelión popular que pueda aparentar connivencia con aquel enemigo principal: el comunismo soviético. Sobre esa línea difusa Vargas Llosa reivindica la pasantía del coronel Jacobo Árbenz por la presidencia de Guatemala (1951-1954), a quien lo retrata como víctima de una intriga externa. Con esa excelsa maestría que es la suya, Vargas Llosa nos lleva de la mano por las alcobas, los lenocinios, los palacios y los sórdidos callejones donde espías, sicofantas, sicarios, generales, politicastros, proxenetas y casquivanas señoras recorren por turno la pequeña historia de los países ribereños del Caribe. Detrás de bambalinas los intereses mercantiles de empresas multinacionales como la United Fruit nutren con su angurria la caricatura más elocuente del americano feo. Tampoco está ausente la inefable red de agentes de la CIA, derramando dólares para obtener informaciones relevantes o invenciones verosímiles. Ovaciones al autor, por su meticulosa investigación histórica de aquella región, por condimentar sus diálogos con los modismos usados en cada país aludido y por la descripción somatológica de personajes reales o imaginarios. Empero cuando al final el lector asume que se ha embebido en una agradable ficción, se sorprenderá que como epílogo, Vargas Llosa recopila un reportaje a la otrora bella pizpereta Martha Borrero Porras, heroína de la novela, que en verdad es Gloria Bolaños Pons, ahora octogenaria, quien ratifica, en parte, sus aventuras. Entonces queda la duda si la realidad contada era pura ficción o si la enervante ficción fue, más bien, la pura realidad.

Habiendo trabajado y vivido, durante tres años próximos a aquella época en esos lugares como colaborador estrecho del presidente costarricense José Pepe Figueres en la Escuela Interamericana de Educación Democrática, que fue semillero de dirigentes políticos contrarios a las dictaduras tropicales, tuve oportunidad de frecuentar a varios de los dramatis personae de la novela, estudiar sus estrategias conspirativas e incluso ser testigo del incesante tráfico de armas entre las capitales centroamericanas y las naciones insulares de la cuenca caribeña, por ello, me cautivó el relato de Mario, particularmente en los pasajes cuando la mano peluda del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo llegaba a los rincones más inesperados. Y, ciertamente, se extendió también hasta Bolivia, financiando —según testimonios fehacientes— (con un maletín repleto de dólares) el alzamiento falangista donde el 19 de abril de 1959 perdió la vida su místico jefe Óscar Únzaga de la Vega.

  Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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La rebelión de los viejos

/ 3 de abril de 2021 / 01:08

La pandemia que azota al mundo, aparte de los estragos causados por el COVID-19, ha precipitado el reflote de la discriminación latente contra la gente de la tercera edad que fue la primera víctima de ese flagelo, apenas detectado primero en Italia y en España, donde los hospitales, rebasados en su capacidad, algunas veces se veían forzados a seleccionar a los pacientes que acudían a sus servicios de emergencia. La prioridad era, obviamente para los más jóvenes, por cuanto se sostenía que el pronóstico de remisión era improbable en los septuagenarios, y con mayor razón en los octogenarios. Esa lógica prevaleció en los asilos y residencias para ancianos que morían diariamente por centenas, solitarios, debido a las restricciones impuestas por los confinamientos, que les privaban, además, de recibir a sus familiares más cercanos. Esos episodios fueron la chispa que provocó el incendio por los derechos de la ancianidad, objetando el concepto sociológico del edadismo que podría definirse como la segregación en detrimento de las personas viejas. El edadismo es la tendencia de juzgar a un individuo por su edad (sea por viejo o por joven) evitando considerarlo apto para una actividad, un servicio, la función pública o la prestación social, desechando a priori siquiera considerar sus aptitudes o sus aspiraciones. La socióloga francesa Juliette Rennes se ha ocupado de estudiar en profundidad este fenómeno de la sociedad moderna que percibe a la ancianidad como una carga pesada sobre las nuevas generaciones, particularmente en los países desarrollados, donde miles de abuelos y abuelas son depositados por sus descendientes en asilos, cual trastos en desuso. El advenimiento de las vacunas contra el COVID-19 y la prioridad debido a su vulnerabilidad para los ancianos compensa en algún grado el desprecio que significa aislarlos durante el confinamiento.

Como muchas expresiones de protesta identitaria, de reclamos para un trato igualitario para minorías marginadas como los LGBTQ, las feministas, las #MeToo o Black Lives Matter (las vidas negras también cuentan) tienen origen en los Estados Unidos y se expanden a Europa y otras partes del mundo. Allí también surgió en la década de los 70 el grupo Grey Panters (panteras grises) que representaban a las mujeres viejas, primordialmente negras como víctimas propiciatorias del maltrato social.

Esa iniciativa de protesta colectiva de los viejos se está difundiendo velozmente bajo el principio de que la vida tiene igual valor en todas las edades y que, además no solo se trata de sobrevivencia sino del goce pleno de la vida, especialmente ahora que como efecto de la crisis los despidos laborales y/o las jubilaciones forzosas suman y siguen para los mayores de 50 años.

En efecto, sostiene la experta Juliette Rennes, el envejecimiento no se trata solo de la degradación corporal sino también del relegamiento social que asocia a esa etapa vital, la inactividad, la improductividad, la inutilidad y la obsolescencia, lo cual no es enteramente cierto, por citar solo dos ejemplos en Francia, tanto el filósofo Edgar Morin como el exdirector gde la Unesco Amadou Mahtar M’Bow hoy ostentan 100 años de edad, y siguen siendo tan fecundos intelectualmente como en sus épocas mozas, publicando libros y contribuyendo con sus ideas y sabias críticas al avance cultural universal.

Las circunstancias arriba anotadas son la base de la aparición de colectivos de la senectud segregada que se abren paso en el laberinto del tejido social para hacer valer sus derechos en aquella etapa terminal de la vida donde su sola esperanza es la celestial eternidad.

 Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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