Voces

sábado 25 sep 2021 | Actualizado a 14:36

Cuando llora mi guitarra

/ 4 de junio de 2021 / 01:41

Una excedida comparación me permite recordar los cambios en los paradigmas artísticos que, hace décadas, perturban la historiografía occidental del arte y la historia de la cultura en general. Como es un tema de múltiples aristas, trataré de no hundirme en un fango epistémico.

En los años 60 del siglo pasado dos genios de la música compusieron unas canciones, como joyas universales, que llevan por título Cuando llora mi guitarra. Un autor vivía en las islas británicas, Georges Harrison, y el otro aquí cerca, el peruano Augusto Polo Campos. Ambos con su genio y desde sus raíces cantaron a ese instrumento que les dio fama eterna. Pero, entre ellos existen diferencias. Harrison se acopló a la vigencia universal (muy colonial por cierto) del rock, y Polo Campos, en el encapsulado género del vals peruano. Los rockeros de todo el mundo estamos de acuerdo, por nuestra aculturación, que lo de Harrison es una obra del arte universal. Un acuerdo que los innumerables fanáticos de Polo Campos, que pululan en las fiestas populares de la América morena, no lo pueden manifestar siendo también otra obra maestra.

Por razones atribuibles al orden mundial, una canción es de la alta cultura y la otra de la baja. Y así, por la historia del arte occidental, “sabemos” que hay lágrimas de primera y de segunda. Una catalogación descalificadora que todavía se sigue enseñando. Pero, a mediados del siglo XX, en la academia del norte comenzaron a desarrollarse líneas transgresoras a ese pensamiento, los llamados “estudios culturales” o “estudios poscoloniales”, que ensancharon la base de aceptación y ampliaron la óptica de los registros de las producciones artísticas y culturales recuperando las experiencias creativas del mundo olvidado del sur. Son estudios que alimentan el acervo e interpelan la discriminación artística establecida por una visión clasista de la historia. Desde entonces, se construyen nuevos paradigmas del arte y la cultura universales donde no caben las visiones binarias de esto sobre aquello, o si esto es arte y aquello es artesanía.

Mi excedida comparación no es un tema menor. Permite recordar que, en este nuevo milenio, la democratización y la aceptación de todas las expresiones del planeta se están consolidando. Y, lo siento por los seres binarios de la rancia cultura: esta apertura es irreversible; solo falta alterar las leyes del mercado que por el momento dictan la cotización y la diferencia. Algo difícil de entender por qué experimentamos momentos de intenso goce estético tanto con Harrison o con Polo Campos, pues todo depende del momento y de la respuesta pasional ante los desengaños.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia otra ideología de lo urbano II

/ 24 de septiembre de 2021 / 01:57

Insistiré en el tema identitario con dos interrogantes: ¿Por qué nuestra identidad social/urbana está fragmentada?, ¿por qué es imprescindible reconstruir nuestro sentido urbano de pertenencia?

A principios del siglo XX, nuestra estrenada condición como sede de gobierno significó importantes inversiones en servicios e infraestructura urbana, y a partir de esos años fuimos creciendo aceleradamente en la hoyada hasta generar otra ciudad: El Alto. Nuestra ciudad vecina se gestó en el fracaso de la Reforma Agraria y por el Decreto 21060 que empujó a poblaciones rurales y obreras hacia la altiplanicie. Pero el curso sinuoso de nuestra historia política pervirtió la condición de sede y ahora soportamos en nuestro espacio urbano las centenarias diferencias de la política nacional en detrimento de nuestra calidad de vida. Además, al ser una ciudad de economía terciaria abocada a los servicios, no solo perdimos un desarrollo sostenible sino que nos volvimos monotemáticos: todo es política.

A esos efectos nocivos propios de nuestra formación social, debemos sumar la ruptura de nuestro sentido de pertenencia. La pugna política infectó nuestros imaginarios y en las últimas décadas ensombreció nuestro futuro urbano. Es por esta situación, de perversidad cíclica, que debemos trabajar para reconquistar el sentido de pertenencia o, también llamada, identidad social/espacial. Recuperar la paceñidad es una tarea ideológica, entendiendo la ideología como la construcción cultural de una sociedad. Y ese sentido de pertenencia, que es identidad espacio/temporal, debe entronizarse por encima de las categorías binarias ( facho/rojo, golpe/fraude, pitita/azul, indio/k’ara, campo/ciudad, etc.) que forman parte del ideario político de hoy en día; un ideario cuyo objetivo mayor es la fragmentación de la sociedad. (Dicho sea de paso: no existen referencias históricas de planificación urbana, sostenible y sustentable, con la mirada mezquina de los partidos políticos).

Este nuevo tiempo reclama reconstruir nuestra identidad urbana. Debemos fundar una ideología de pertenencia sobre nuestras prácticas sociales urbanas en relación al territorio. De las tres dimensiones (socio-cultural, histórica y natural) que presentan algunos autores como estrategias para la construcción de la identidad urbana, es en la dimensión natural donde tenemos, las paceñas y paceños, la impronta mayor. Estamos rodeados de imponentes montañas que cobijaron a varias generaciones bajo el cielo azul más diáfano del planeta. Esa es una marca identitaria imborrable e inalterable por siempre en nuestras vidas y en nuestra historia urbana.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia otra ideología de lo urbano

/ 10 de septiembre de 2021 / 01:45

La Paz es la ciudad que soporta hace un siglo el ejercicio nacional de la política criolla. Nuestra condición de sede nos ha obligado a una relación tóxica con la clase política que día a día merma nuestra calidad de vida. Con esa condición urbana cualquier gestión municipal debe pensar sus acciones con otra mentalidad. Para ello, el gobierno municipal debe reconfigurar y promocionar una categoría ideológica que las prácticas políticas han desplazado: el sentido colectivo de la paceñidad. Aquí la civitas romana fue superada y la praxis política, con el objetivo de tomar el poder, ejercita la pugna políticopartidaria peleando todos los días el destino de una nación que no encuentra estabilidad y paz social hace 200 años.

La paceñidad no es una entelequia amorfa sin sentido social. Todo lo contrario. Es la genética base por la cual cada ciudadano y ciudadana se identifica con su contexto físico y social. Vivimos una realidad urbana en un soberbio entorno natural, rodeado de montañas con la presencia excepcional de nuestro Illimani. Esa es nuestra marca tangible y es más profunda que cualquier manifiesto político. Ser un habitante de la montaña es un atributo de identidad único en el planeta (solo se asemeja la ciudad de Lassa), ser de la montaña es una afiliación superior a pertenecer a cualquier partido político. Y construir en semejante territorio fue una hazaña cultural extraordinaria plagada de riesgos y logros; por todo ello, cualquier paisaje urbano de esta ciudad nos otorga un sentido de pertenencia único e indivisible.

No existe ideología política que supere esta ideología de la pertenencia. Porque el sentido social que emana de la ecuación natural-cultural se ha formado en siglos y ha modelado este paisaje cultural por encima de los alegatos políticos de cada periodo histórico. Tanto Castells como Lefevre o Harvey (reconocidos estudiosos marxistas de la ciudad) no son suficientes para entender nuestra dimensión cultural urbana; y el manoseo de esas ideologías ha deformado la praxis política que no siente el espíritu de la paceñidad y no percibe nuestro ajayu cultural y milenario.

Las gestiones municipales deben reconstruir y promocionar nuestro sentido de pertenencia para cohesionar esta sociedad urbana dividida por los intereses mezquinos de la clase política. Y con ello, hacer gestión de temas cruciales y contemporáneos como el pluri- culturalismo o la sostenibilidad ambiental. Urge promover la paceñidad como un instrumento idóneo para ideologizar lo urbano, revolucionando el actual valor de cambio hacia un valor de uso mucho más humano.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Paradojas del arte

/ 27 de agosto de 2021 / 02:14

La Asamblea Legislativa Plurinacional decidió premiar a una joven artista alteña, Rosemary Mamani, y negarle esa distinción al consagrado creador paceño Roberto Valcárcel. Llevados por consignas entraron en paradojas (que explicaré en el lenguaje más sencillo posible) propias del arte, el espacio ecuménico de los contrasentidos.

Rosemary (le expreso mis respetos) es cultora de un estilo llamado hiperrealismo. Sobre la base de fotografías desarrolla una técnica depurada y minuciosa para copiar fielmente la realidad en cualquier medio; es decir, la artista busca una fidelidad híper acentuada del mundo circundante. Para ello, toma la foto de un humilde rostro arrugado y lo detalla magistralmente. Esa escuela preciosista (llamada también realismo) es muy querida por cientos de artistas bolivianos que sostienen, equivocadamente, que es arte boliviano porque retrata el lamento y la pobreza; y, por ende, es de protesta y revolucionario.

Por su lado, Roberto fue un cultor del arte de la transgresión y la inconformidad en múltiples soportes: pintura, dibujo, fotografía, arquitectura, performance, instalaciones, arte conceptual, y dibujo realista. Fue el más importante pedagogo del arte contemporáneo y promotor de varias generaciones de nuevos artistas; es decir, una carrera que apabulla a la de la novel artista. Pero, el currículo de cada artista no es tema de esta nota, y a ambos les reconozco sus méritos y talento.

Entonces, ¿cuál es la paradoja artística en el reconocimiento de la Asamblea Legislativa? El realismo es consecuencia de la obsesión occidental por copiar el mundo exterior. Siglos de perfección técnica hasta la invención de la fotografía. Por nuestra parte, las culturas del sur hicimos, mayoritariamente, lo opuesto: concebimos arte de la abstracción, “geometrizamos” la realidad como se aprecia en el arte prehispánico o el arte tribal africano. Para agrandar aún más esta paradoja comentaré que Picasso, después de una visita a una exposición de arte africano a principios del siglo XX, “creó” el cubismo copiando esas máscaras africanas en un célebre cuadro. A partir de ahí (descontando las excepciones del este), occidente volvió a cultivar el arte de la abstracción.

La Asamblea Legislativa premió un arte realista (diría con malicia: complaciente y occidentalizado) y negó la distinción a un creador transgresor. Si las parlamentarias indígenas vieran sus tejidos comprenderían que ellas visten abstracción y no realismo socialista, ni otras pajas del mal entendido estético de la clase política. Por ello, siempre es bueno recordar el parecido entre el arte nazi y el arte chino de la Revolución Cultural: son la misma bazofia realista.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Los símbolos

/ 13 de agosto de 2021 / 01:18

En esta ciudad, el ring político nacional, se ha instalado una simbólica que, en consonancia con ideologías de cada creencia política, dejó de ser inofensiva y se inflama con extrema intensidad. Está a un pelín de ser una simbólica del odio, una representación alegórica del desprecio al otro. Es una estrategia, oculta y perversa, que nos dirige a un conflicto fratricida. En pocos años esta aberrante acumulación simbólica ha logrado insertar en la sociedad, urbana y rural, una manera de ver a los símbolos cargados de narrativas opuestas y enfrentadas. Es un camino retorcido que, históricamente, sangró a pueblos so pretexto de un gran porvenir. Menuda idiotez política.

Personalmente no considero al tema de la nariz de Colón, los murales de los nuevos hemiciclos, la wiphala, la tricolor, la chakana, la cruz latina, la esvástica, los ponchos rojos, o las pititas, como simples alegorías, o inocentes simbólicas acumuladas en el imaginario colectivo. Esos símbolos dejaron de ser ingenuos; las estatuas conmemorativas o las demostraciones políticas (que reclamaban reivindicaciones sociales) pasaron el límite de lo razonable y dejaron de ser una acumulación cultural, un simple constructo social. Ahora, la simbología se ha hinchado como un frágil globo de violencia contenida. Y ese delicado globo se acerca al colapso sin retorno empujado por los intereses partidistas y por los medios de comunicación (sobre todo la televisión que no comprende todavía su grado de responsabilidad en el embrutecimiento colectivo y en el cultivo irracional de la violencia); intereses que confluyen siempre en lo monetario.

La responsabilidad histórica de esta inflación de la violencia simbólica la tiene la clase política; un estamento convencido de la frase de Carl von Clausewitz: la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios, o por la idea marxista de una lucha de clases “con sangre” como el motor de la historia.

Si la clase política, de izquierda o derecha, colla o camba, estuviera obligada a mandar al frente a sus propios hijos con dinamitas en el cuerpo, te aseguro que buscarían otro camino para saldar sus diferencias y otra sería la historia. Si la balcanización de los símbolos se consolida (como en muchos países) estaremos ante un futuro espantoso. Lo que no pudo terminar el COVID o el cambio climático lo terminaremos nosotros porque el curso de la historia todavía lo define una especie sanguinaria. Yo sigo siendo optimista: es posible otra historia, otro paradigma para la “reconfiguración de la bolivianidad” en este nuevo milenio. Otro paradigma donde el rector simbólico sea la naturaleza como un conjunto armónico y totalizador.

Carlos Villagómez es arquitecto

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Espacio público

/ 30 de julio de 2021 / 01:17

El 16 de julio se inauguraron dos importantes espacios públicos en nuestra ciudad. Por un lado, el Gobierno inauguró el Parque de las Culturas en la Estación Central, y por otro, el gobierno municipal presentó la plaza Tejada Sorzano en Miraflores (cada cual por su lado, como perro y gato). A raíz de ello, el público expresó pros y contras en las redes sociales (el Feisbuk se llenó de mensajes obvios y majaderos) y los especialistas también comentaron sobre el tema.

En el argot urbanístico estas plazas —con o sin equipamientos contiguos— se denominan espacios públicos, que son los lugares de encuentro ciudadano. El espacio público es un tema que cobra relevancia al influjo de personalidades internacionales (como Jan Gehl o Jaime Lerner) que trabajan en esas áreas como una salida al inextricable problema urbano. No puedo evitar pensar que es una salida de destripador urbano: ya que no puedo cargar con todo, lo cortaré en pedazos.

El espacio urbano es motivo de estudios, proyectos y análisis en todos los centros urbanos del planeta. Se volvió el tema mimado por excelencia. Pero, a mi entender, pocos estudian y evalúan lo más importante del asunto que es la práctica social que se da en esos lugares. Lo fundamental no es el diseño o la funcionalidad planificada, sino el uso cotidiano de esas áreas urbanas y que debe ser promovido con absoluta libertad de ocupación. El destino final de todo proyecto urbano es el uso y usufructo que la población defina y realice en la vida útil de esos espacios públicos; como en el último clásico de fútbol que llenó la plaza de hinchas. Pero, vanitas vanitatis, el profesional se regodea en las estadísticas sociales o en la “genialidad” de su diseño. Por ello, pienso que el debate entre especialistas, para ensalzar o denigrar obras en el espacio público, es nomás muestra de una soberbia académica de un grupo profesional que no pudo resolver, en décadas, el problema urbano.

Por otro lado, la práctica social nos remite a temas culturales. ¿Cuál es nuestra manera de ocupar y vivir la ciudad? ¿Es la de los nórdicos como Jan Gehl o de cariocas como Lerner? ¿Debemos seguir el orden urbano occidental? La Paz es una ciudad pluricultural y de intensa movilidad social en términos de la apropiación de su territorio. Es una urbe que, poco a poco, es tomada por una clase urbana, andina y popular, con un peculiar mestizaje, que trae prácticas culturales que horrorizan a grupos civiles y académicos que luchan contra corriente en un mundo que anuncia el reino de la distopía urbana en todas sus latitudes. Ahora, pintorescas chusmas toman los espacios públicos aquí y también en el Capitolio del imperio.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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