Voces

viernes 25 jun 2021 | Actualizado a 02:06

Murillo: de héroe a chivo

/ 7 de junio de 2021 / 00:24

El número 02358-506 no es cualquier número. Es el número del registro del ingreso del exministro de Gobierno Arturo Murillo, acusado de lavado de dinero y soborno, al Centro de Detención Federal (FDC, por su sigla en inglés) en Florida. En las redes sociales circula la imagen de la exautoridad con una remera anaranjada de preso. Esta fotografía está articulada simbólicamente a otra donde el hombre fuerte del gobierno de Jeanine Áñez aparece exhibiendo unos grilletes, señal inequívoca de su accionar torpe y autoritario que le servía para proferir amenazas a los cuatro vientos.

Muchos calificaron de “insurrección popular” a las movilizaciones poselecciones de octubre de 2019, aunque éstas fueron orquestadas por una cruzada conspirativa que desembocó en una ruptura constitucional de la democracia. Esas movilizaciones “ciudadanas” caracterizadas por su violencia y racismo, paradójicamente buscaban “democracia”.

El perfil de Murillo cuajaba sociológicamente con estas movilizaciones. Por eso los sectores más reaccionarios le elogiaron por haber puesto “orden”, escarmentando, vía masacres, a campesinos y pobres. Él mismo fue parte de otra movilización agresiva, el 11 de enero de 2007, cuando la clase media cochabambina salió de la comodidad de sus casas/departamentos con bates de béisbol y armas cortopunzantes para golpear y expulsar a los “campestres cocaleros” de la ciudad.

El desemboque de las movilizaciones poselecciones fue la fractura constitucional. Como ocurre con todos los golpes de Estado, el perpetrado en noviembre de 2019 estuvo envuelto en un aura autoritaria. Sin ser designado aún como ministro, Murillo amenazó con cazar a los “masistas”. Esas declaraciones eran parte de la campaña de miedo que se había instalado en el imaginario de los sectores urbanos por la supuesta “invasión de los indios” a las ciudades con sed de venganza.

En funciones gubernamentales, Murillo fue uno de los principales protagonistas de la matanza a cocaleros y luego, de vecinos pobres en Senkata. Esas masacres, consideradas extrajudiciales por los organismos internacionales, mostraban el cariz autoritario del gobierno transitorio.

Murillo se erigió en un referente de esos sectores movilizados. Los miembros de la Resistencia Juvenil Cochala (RJC) — agrupación parapolicial y violenta—, convertidos en una especie de “héroes” por defender a la ciudad de los “indios cocaleros” y alabados por los sectores más reaccionarios —y sus intelectuales— cochabambinos, establecieron una alianza execrable, vía prebendas, con Murillo. La RJC fue parte de ese engranaje de terror que se armó desde el Ministerio de Gobierno para generar zozobra y miedo.

Toda esa parafernalia autoritaria fue una cortina de humo, le servía al exministro para hacer negocios turbios con dineros estatales. Al igual que muchos de sus colegas en el gabinete, Murillo montó un clan mafioso para saquear al país. Esa típica actitud patrimonialista de las élites conservadoras que siempre confundieron el país con sus haciendas o sus empresas. Ese proceder corrupto históricamente condenó a Bolivia a la pobreza.

Cuando la detención de Murillo en Estados Unidos explotó públicamente, develando (o confirmando) la naturaleza corrupta del gobierno de Áñez, la narrativa de la persecución política del gobierno del MAS se cayó en pedazos. Hoy en bloque, la oposición niega a Murillo, además, es su chivo expiatorio de los yerros del régimen transitorio y el fracaso de la movilización “democrática”. Quizás, el número 02358-506 es la metáfora de la decadencia de esa derecha anacrónica.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Las universidades del siglo XXI

/ 25 de junio de 2021 / 01:24

En el marco de la conferencia inaugural de la III Conferencia Regional de Educación Superior realizada en Argentina, en 2018, con la participación de representantes de los países de América Latina y el Caribe, Boaventura de Sousa Santos, reconocido por su pensamiento crítico en el área de ciencias sociales, manifestaba que “La universidad tiene que saber refundarse en otras formas a través de la innovación y el experimentalismo.” En los tiempos actuales de la pandemia que trastocó el diario vivir de la humanidad en todas sus expresiones, la consigna queda latente. Las universidades, al igual que todos los centros de educación superior, luego de “leer el mundo”, como dice Paulo Freire, tienen que saber refundarse.

En principio, las universidades tienen que repensar su rol que se ha concentrado en formar nuevos profesionales en la mayor cantidad posible, como principal indicador de sus logros. No es que se abandone este rol sino que se hagan evidentes sus capacidades de generación de ciencia y tecnología, de pensamiento y metodologías. Los procesos formativos acompañados de investigación, otra función fundamental de las universidades, deben producir respuestas a la problemática que se presenta en el contexto.

Otro aspecto a analizar en la perspectiva de refundar las universidades está relacionado con la generación y aplicación de conocimientos. En el siglo XXI no es suficiente acumular conocimientos, aun cuando éstos sean cada vez más de mayor complejidad. El conocimiento no es un fin en sí mismo, no se trata de saber por saber, sino fundamentalmente de volver a la práctica desde donde se construyó el conocimiento para transformarlo. Retomando además lo señalado en el anterior párrafo, ¿de qué sirve saber que cierto “modelo de economía” no contribuye a mejorar la calidad de vida del conjunto de la población, principalmente de la población con altos niveles de exclusión, si no contribuye a construir en corrientes alternativas de transformación? En esta línea cabe preguntarse, ¿de qué sirve tener centros de educación superior si éstos no generan, en la teoría y práctica, formas de desarrollo alternativas? Las universidades tienen la oportunidad de proponer pensamientos y acciones que transformen las formas de producción —material e inteligencia— de consumo y lo que es prioritario, de vida.

Para la refundación de las universidades es prioritario el sentido crítico de cómo se analizan y generan conocimientos. Repetir teorías, modelos de análisis o corrientes de pensamiento e inclusive hacer gala de manejar cierta nomenclatura o terminología solo para darse aires de “moderno y sabido”, es ajeno a la naturaleza de los centros de educación superior. El conocimiento debe confrontarse con la práctica social, entendida como las acciones y pensamientos que realizamos como individuos, grupos sociales, clases sociales, naciones, etc., para crear, modificar y transformar constantemente la realidad a partir de un posicionamiento ante la realidad. Los conocimientos y la práctica social para ser liberadores necesariamente deben buscar la transformación de toda forma de opresión. En estos tiempos, por ejemplo, no es suficiente conocer la concepción de cambio climático, sino generar concepciones alternativas que priorizan la existencia de todos los seres vivientes de manera estructural y desde nuestras cosmovisiones, como el Vivir Bien.

Supone además dejar de pensar que el único conocimiento válido es el llamado “científico” o “universal”. Las universidades tienen que dialogar con los conocimientos de los movimientos populares y/o sociales, los pueblos indígenas y originarios, afrodescendientes, poblaciones urbana, marginales, etc., para revertir toda forma de colonialismo que clasifica y jerarquiza los conocimientos, antes que los hace complementarios. Este cambio trae consigo una ruptura de las epistemologías y de los procesos de investigación tradicionales; como dice Boaventura de Sousa, “tenemos que pasar de ‘conocer sobre’ a ‘conocer con’,… tenemos que luchar contra las metodologías extractivistas” del que considera y quiere mostrar que sabe más.

También se requiere repensar la función social de las universidades en relación a la sociedad y las comunidades, de reponer alianzas entre el movimiento universitario, principalmente estudiantil, con el movimiento social, entre ellos, de trabajadores, pueblos indígenas y originarios.

El reto está planteado, toca discutir alternativas.

Noel Aguirre Ledezma es educador popular y pedagogo. Fue ministro de Planificación del Desarrollo y viceministro de Educación Alternativa y Especial.

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George Sand, la escritora del ayer

/ 25 de junio de 2021 / 01:19

El año 1804 fue un periodo en el que confluían y se entrecruzaban diversas problemáticas en la vida de la mujer. Tanto es así que fueron muy pocas o casi ninguna las que se revelaron y lucharon para darle “un sentido a su existencia” a partir de su realización personal. Sin embargo, para ello fue necesario que se enfrenten a una sociedad que imponía a la mujer una vida “sin razón”. Tiempos conservadores en los que la mirada clásica del momento era la gran limitante y fue justamente George Sand, seudónimo literario de Amantine Lucile Aurore Dupin, la mujer francesa que quebró esa tradición y dejó en el pasado su vida tradicional para ir tras sus sueños y recorrer un nuevo camino, el de la escritura.

Admiradora de Rousseau y de Voltaire, comenzó a dar sus primeros pasos en las letras otorgándoles un nuevo significado por demás desafiante. Algo ansiado por ella.

Obviamente, sus primeros escritos tuvieron poco éxito, pero aun así siguió con sus producciones críticas. A pesar de los desencantos, la baronesa Dudevant continuó en la lucha y publicó su primera novela, Indiana, en la que firmó como George Sand y dejó en el olvido a Amantine Dupin.

Indiana fue una obra que logró ser aceptada por los lectores, pero no estuvo libre de una fuerte crítica por ser considerada una especie de proclama incendiaria contra la vida en reposo de la sociedad. Un sentido que si bien tuvo que ver con el inicio de su labor de escritora, no dejó de ser explosivo en su contenido, por lo que la respuesta estuvo teñida de grandes críticas debido a que fue considerada una especie de proclama detractora.

Tampoco dejó de tener impacto porque mostró el Spirit Forte de aquel nuevo escritor poco conocido hasta entonces, George Sand. Pero lo determinante fue el duro cuestionamiento por la falta de presencia de la Filosofía como significado de su obra. Y como era de esperarse, Sand inmediatamente ingresó a la Filosofía, adoptando ideas de Lamendia, de los socialistas, de Pierre Leroux y Étienne Cabet. De ese modo, su pensamiento adquirió una nueva visión más sólida, aunque polémica. Lo importante fue que el sentido que comenzó a adquirir su reflexión la obligó a abandonar el camino de la simple cuentista, para adoptar en sus escritos “un tono filosófico” con gran visibilidad de contenidos y expresiones.

Así, las ambiciones de la escritora crecieron y adquirió su “propio estilo”, libre de influencias. Buscó un nuevo género y fuente de inspiración apoyado por la Filosofía. Y fue por 1847 cuando saltó a la fama con la obra La charca del diablo.

Con ello palpó cómo los nuevos momentos abrían otras sendas apoyadas por la poesía, la cual se convirtió en un ensamble de significados en sus escritos. Gracias a esa acción logró que George Sand encabezara la lista de los novelistas franceses.

Sencilla y atrevida, maravillosamente hábil para crear imágenes expresivas, esa mujer vestida de varón produjo obras singulares y de estilo indefinido, que no dejaron de tener una sobriedad admirable. Esto, comprensiblemente, desde la mirada de la época.

George Sand fue uno de los primeros blancos de la crítica implacable, pero eso no fue impedimento para estar considerada entre los mejores escritores de su tiempo.

Lo notable fue que esa mujer que adoptó el nombre y vestuario de un varón para que la sociedad aceptase sus obras, no dejó que los prejuicios de la época la derrumbasen y prosiguió con escritos que relataban intensas pasiones, odios sin límite y venganza. Urdimbres de sentires que vivió previos a su éxito.

Tampoco faltaron los amores en su vida, uno de ellos con el más sensible de los compositores: Federico Chopin, cuyos bellos Nocturnos siguen extrayendo hasta hoy emociones profundas.

En definitiva, George Sand logró romper los tabús de su época y, lo mejor, convencer de la existencia de talento en la mujer en general, que en ese entonces era considerada una simple decoración del hogar.

Patricia Vargas es arquitecta.

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La complejidad de don Huáscar Cajías

/ 25 de junio de 2021 / 01:15

Conocí a don Huáscar Cajías cuando ingresé a la Sociedad Boliviana de Ciencias Penales como miembro académico, con mi trabajo Granja de Espejos: ¿aberración jurídica o lucha de clases? en 1985. Él (y dos miembros más) me posibilitó ser el primer cruceño y el benjamín de la Sociedad.

Mi segundo encuentro fue con su obra de criminología que devoré en la maestría en ciencias criminológicas y penales. En 1991 fui invitado por el Parlamento para conformar la Comisión para la Reforma del Estado que él presidía. De nuevo sería el benjamín y único cruceño de esa comisión que viabilizó la más profunda reforma a la Constitución de 1967, incorporando el Tribunal Constitucional, la Defensoría del Pueblo, defensa pública para los procesados pobres, el pluralismo cultural, el proceso penal oral, entre otras instituciones jurídicas. Conocí otras dimensiones de Don Huáscar.

En la criminología latinoamericana, sostengo que existe una primera generación de criminólogos integrada por quienes adoptaron al positivismo y la llamada criminología crítica (materialista o marxista).

El positivismo criminológico que se generó a finales del siglo XIX tomó los principales centros académicos y políticos, y se constituía en la traducción de Augusto Comte, la cúspide del racionalismo cartesiano, que configura el “método” —obviamente positivista— como “el” instrumento de investigación científico. A finales del siglo XIX, pero principalmente a inicios de la segunda mitad del XX, emerge la criminología crítica transpolando el materialismo histórico y la dialéctica para explicar la criminalidad desde la lucha de clases y criticar al positivismo.

¿Cuál es el gran mérito de esta primera generación de criminólogos latinoamericanos? Haber abierto un espacio importante para la criminología.

Claro que hay diferencias sociopolíticas que han favorecido a una, logrando su penetración a tal punto que transversaliza todas las esferas y dimensiones de nuestras sociedades. El positivismo llegó con etiqueta de cientificidad, racionalidad, valores morales y/o religiosidad, etc.

Y la criminología crítica toma impulso finalizando la década de los 70, desde Venezuela, y languidece finalizando los 90. En el último lustro es reimpulsada desde Argentina.

Rafael Garófalo sostiene que existen “sentimientos medios” en la sociedad en cada época. Relanzo y redimensiono esta categoría como los valores medios, y que son aceptados —consciente o inconscientemente— por la mayoría, y obviamente reproducidos. También es conocida la categoría de “imaginario colectivo”. La pregunta que surge es: ¿Escapar de ellos es posible? No lo sabemos. Lo que sí es que no debemos abordar a los autores desde nuestra época, con valores, imaginarios y visiones diferentes para retrotraerlos a contextos históricos, culturales y/o geográficos diferentes.

En 1955, Don Huáscar publica Criminología. El ejemplar que hoy manejo es de la quinta edición con doceavas reimpresiones hasta 1977. Fundador de la Sociedad Boliviana de Ciencias Penales en 1977, que presidió, además de criminología impartió la cátedra de filosofía jurídica y fue director del extinto periódico Presencia. Tras presidir la Comisión para la Reforma del Estado, asumió la presidencia de la Corte Nacional Electoral, instancia estatal de lujo que hasta ahora no ha tenido cuestionamientos, como el resto.

Asumiendo una visión de vida, fue un ejemplo de valoración a la justicia, la dignidad y al Derecho; y, en la dimensión privada, en su vida familiar se vieron sus frutos.

Alejandro Colanzi es criminólogo. Correo: acolanzi@gmail.com

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La Bolivia de César Farías suma cero

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo H.

/ 24 de junio de 2021 / 19:24

Introducción: Bolivia es la única selección en toda la Copa América que no ha sumado puntos. Si no quiere quedar última y eliminada, debe ganar a Uruguay. La “celeste” también necesita la victoria, tiene poco gol y atraviesa un bajón futbolístico. Farías mete variantes (esto no es noticia): Saavedra es el lateral derecho (ante las amarillas de Bejarano); Moisés Villarroel va al medio, escorado a la izquierda; y arriba en solitario está Ramallo (es su tercera demarcación en lo que va de Copa). Por afuera, en ese dibujo de 4-1-4-1 van, a pie cambiado, Chura y Arce. El único triunfo que obtuvo Bolivia frente a Uruguay en el exterior fue hace… 72 años en la Copa América de 1949.

Nudo: la “verde” trata de jugar de tú a tú. La primera chance clara es boliviana: tras un paso filtrado de Ramiro Vaca (su especialidad), Ramallo cruza la pelota. En un corner, Saavedra marca a Cavani. Los rebotes/segundas jugadas son regalos; las salidas cortas/largas, también. En la enésima pelota dividida de Lampe, llega el gol en propia puerta del mismo arquero. ¿No ha trabajado Farías un plan B para sacar la pelota desde atrás ante la presión alta? ¿Pierde llegada la “verde” con Saavedra de lateral? ¿Por qué insiste Farías con Ramiro Vaca de doble cinco? ¿Por qué pega a Arce a la banda donde el “Conejo” –sin libertad de movimientos- no se siente a gusto?

Desenlace: Farías hace cambios para empatar y mete a Henry Vaca y Danny Bejarano (por Chura y un desaparecido Villarroel). Más tarde debuta en la Copa Martins (por Ramallo). Entonces aparece el eterno problema físico de la selección/fútbol boliviano. Cuando hay que imprimir ritmo/velocidad, la “verde”, parafraseando la última estrofa del himno uruguayo, no “sabe cumplir”. O jugamos a más y mejor ritmo -en mejores canchas- o no competiremos nunca (no digo ganar). El 2-0 final de Cavani –resultado corto gracias a la suerte de siempre- cae como fruta madura.

Post-scriptum: Bolivia terminará última en esta Copa, con suma cero. ¿Aprovechó Farías el torneo? “Never in the life”. No sabemos quien es el lateral por izquierda ni la zaga central, ni el mixto en el medio. No sabemos quien debe acompañar a Martins arriba. No tenemos una idea de juego: cuando nos atrincheramos, no pasamos la media cancha; y cuando salimos, quedamos pagando. ¿Debe seguir Farías o se queda porque no hay plata en la Federación para pagar su rescisión?

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Pinceladas de una Colombia descontenta

/ 23 de junio de 2021 / 01:48

No es un dato menor escuchar, en cualquier calle común de Colombia, que la gente se siente enterada de haber cruzado el umbral de lo inédito al decir que esto no sucedía sino hace décadas, que los repetidos acuerdos por un país en paz no hicieron más que disfrazar de buena intención la violencia de Estado sobre el pueblo, especialmente sobre los territorios indígenas. A esta novedad se suma comprender que quien se suponía ser el protector, resultó ser, de hecho, el verdadero agresor, y que la mala costumbre histórica del Gobierno colombiano de resolver militarmente sus conflictos sociales empató con la vieja tradición colonial de hacerse de las tierras de otros por la fuerza.

Será justo reconocer, asimismo, que la crisis económica es la que permitió interrumpir el estado de somnolencia política en el que vivía una parte importante de la clase media en Colombia, llegándose a corroer la ilusión del neoliberalismo por años empoderada con el miedo a no tentar la “suerte” de los países de izquierda de la región. Pero dio el caso que la huida al mal ejemplo se quebró el momento en el que uno empezó a serlo, cuando el Gobierno no tuvo la capacidad de suplir las necesidades básicas, de dar empleo y seguridad a la población. En ese orden, no sería preciso reducir el descontento colectivo al desubicado intento por imponer una reforma tributaria en plena pandemia, sino más bien ajustarlo al cúmulo de desaciertos, desigualdades y violencias de larga data gestadas desde el Estado.

En un escenario donde el individuo se siente tan pequeño ante una injusticia que se ha vuelto tan grande, pareciera que solo la movilización colectiva ha sido capaz de ponerlo a la altura del conflicto. Es más, el grado de provocación es aún mayor cuando el pueblo afronta la desazón colectiva sin armas de fuego y se siente en la condición de acomodarse en la mesa de negociación con una corpulencia moral distinta a la del Gobierno, en quien, por el contrario, recaería la imposición armada de las verdades del último tiempo. El pueblo, en ese gesto, toma en sus manos la guardia del sentido de paz social mediante la afrenta más significativa: el propio cuerpo, en movimiento y desarmado.

Esa misma corrosión ideológica se hace evidente cuando una madre llora la muerte de cualquier hijo, sea éste un campesino, una estudiante o un policía. Ahí vemos disiparse el límite de la idea pequeña del individuo liberal, al resurgir una especie de vuelta al útero universal, cuando la colectividad permite que cada granito de arena esté pensado para el mar, cuando la frontera del cuerpo no basta para sentirse cómodo frente a los sucesos de la vida, y se da curso a un nuevo principio de sociedad en el que la persona entiende que no se construye sola.

Sin embargo, este movimiento debe estar siempre muy atento a nunca separarse de quienes poco tienen que perder con apostarlo todo, porque en ellos reside el espíritu del verdadero cambio. Para quienes una mera reforma no es suficiente a la hora de resolver su estado de exclusión. Hablamos, pues, de los verdaderos líderes de cualquier revolución: los marginados.

Así y todo, es razonable que para ninguno el cambio sea algo cómodo, ni para quien lo promueve y menos para quien lo resiste. Aunque para estos últimos, la incomodidad les valdrá para percatarse que su prosperidad depende del suelo nutricional que la comunidad nacional les provee, muchas veces, a razón de injusticias. Y eso es algo que el pueblo colombiano lo sabe, hace tiempo.

Si bien es cierto que el silencio del oprimido en la voz escrita de la historia dice mucho sobre su lugar en los hechos, también lo será este tiempo en que los asesinados y desaparecidos custodian lo que ha de hablarse de ellos, a través de la voz de los que ya no están dispuestos a callar. Por eso, el conteo y el nombre de los muertos a manos del Estado se ha vuelto retroactivo y los desaparecidos vuelven a aparecer sin fecha de expiración.

Finalmente, sabremos que la intensidad del deseo por lo que se viene debe ser tan grande que resulte sencillo soltar lo que se tiene. Por eso, una revolución es, también, una revolución de los deseos, de esos que se cultivan en las ollas comunes, en las asambleas barriales, en los plantones, en la comidilla de fin de marcha, en la complicidad silenciosa de los que se miran juntos y tan distintos a la vez. Habrá que discernir, en tal modo, hasta qué punto quedarse en casa es sinónimo de resguardo y cuidado y hasta qué otro es complacencia con el estado de las cosas.

Sergio Velasco García es antropólogo.

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