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viernes 25 jun 2021 | Actualizado a 03:01

El reto de restaurar

/ 9 de junio de 2021 / 02:58

De acuerdo con la Global Forest Watch (https://www.globalforestwatch.org/map/), entre 2000 y 2020, Bolivia perdió aproximadamente 6,2 millones de ha de cobertura vegetal natural (áreas con algún tipo de aprovechamiento que no modifica drásticamente su estructura, y áreas sin ningún tipo de aprovechamiento registrado), de las que el 49,6% correspondían a bosques primarios (áreas sin ningún tipo de aprovechamiento previamente registrado).

Históricamente, en este periodo, 2019 se constituye en el año con mayor pérdida de cobertura natural (860.000 ha) y primaria (290.000 ha), pues, para tener una idea del impacto, estos datos son equivalentes a la pérdida de 2.358 ha de cobertura natural por día, de las cuales 796 ha fueron bosques primarios.

Si bien en 2020, debido a las limitaciones causadas por la pandemia del COVID-19 y el contexto sociopolítico del país, la pérdida de la cobertura natural disminuyó en un 50% con relación a 2019 (432.000 ha), no deja de ser altamente impactante y preocupante, ya que este año fue cuando se registró la segunda pérdida de cobertura primaria más grande en los últimos 20 años (277.000 ha); pero además, al ingresar a zonas antes no exploradas, existe la posibilidad de abrir la caja de Pandora, tal como ya lo ha demostrado el coronavirus y previamente el arenavirus.

La reducción de la cobertura vegetal no solo implica la pérdida de nuestra biodiversidad, sino también la pérdida de los sumideros de carbono (principal mitigante de los efectos del calentamiento global) y la liberación masiva de Gases de Efecto Invernadero (GEI), lo cual en Bolivia durante los últimos 21 años superó los 2.685 millones de toneladas de CO2, por lo que, como país, solo para la gestión 2019, cada boliviano habría sido responsable por la liberación de 25 toneladas de CO2. La creciente pérdida de la biodiversidad y la reducción de los sumideros de carbono parecen ir contrarruta con relación a los compromisos de Bolivia ante la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC), así como con el cumplimiento de los objetivos y principios del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB).

Como ciudadanos sabemos y entendemos que la producción de alimentos es altamente relevante para alcanzar y mantener una buena calidad de vida, siendo un derecho de todos (artículo 16 de la Constitución Política del Estado). Sin embargo, ¿será que el actual modelo de desarrollo productivo de Bolivia coincide con el modelo del “Vivir Bien en equilibrio y armonía con la Madre Tierra”? El 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, se dio inicio al Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de Ecosistemas (2021-2030), teniendo como objetivo prevenir, detener y revertir la degradación de los ecosistemas en todos los continentes y océanos, de esta forma ayudar a erradicar la pobreza, combatir el cambio climático y prevenir una extinción masiva. Por tanto, esta es una oportunidad para que, como país podamos curar el daño que hemos causado a la Madre Tierra: #Reimagina #Recrea #Restaura #GeneraciónRestauración.

Daniel Villarroel es subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la FAN

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Guardianes de la naturaleza

/ 11 de noviembre de 2020 / 02:23

Orgullosos de su trabajo, aun cuando casi siempre pasan desapercibidos y su labor termina siendo el mérito de unos cuantos. Los guardaparques son y serán los verdaderos defensores de nuestra biodiversidad, los recursos naturales y los servicios ambientales que los ecosistemas generan para todos los habitantes del país.

Generalmente, la sociedad desconoce el trabajo que día a día realizan los guardaparques, o piensan que es una actividad laboral poco compleja de realizar. Sin embargo, su trabajo implica un gran esfuerzo y compromiso, pues, además de cuidar, fiscalizar y proteger la naturaleza las 24 horas del día y durante los 365 días del año, actúan como educadores ambientales, guías de turismo, veterinarios (fauna doméstica y silvestre), médicos, relacionadores comunitarios, manejadores de conflictos y como bomberos forestales, transformándose en figuras de alta importancia para las comunidades locales. Estos guardianes de la naturaleza se constituyen en verdaderos maestros, de los que muchos hemos tenido el privilegio de aprender a partir de sus experiencias de vida. Pese a que la mayoría no posee un título universitario, son elementos clave para el desarrollo de investigaciones científicas.

Por otro lado, en Bolivia o cualquier parte del mundo, ser guardaparque representa una de las actividades laborales más peligrosas, pues, armados con tan solo argumentos legales, pero con mucho valor, compromiso y convicción, frecuentemente se enfrentan cara a cara con cazadores furtivos, piratas de la madera y avasalladores de tierras, los que pese a portar armas de fuego no consiguen intimidar a los guardianes de la naturaleza. Así también, durante el trabajo de patrullaje, los guardaparques constantemente se arriesgan a contraer enfermedades como malaria, fiebre amarilla, hantavirus y leishmaniasis, entre otras.

Si consideramos la inversión pública del Estado a favor del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (Sernap) durante 2019, ésta fue presupuestada en torno a Bs 12 millones (Resolución Ministerial 370), que representa el 0,004% del Presupuesto General de la Nación para ese año, el cual superó los Bs 286.000 millones (Ley 1135). Asimismo, el Sernap solo recibe el 14% del valor destinado, por ejemplo, a cubrir los costos de Servicios Personales de la Cámara de Senadores, más de Bs 61 millones (https://web.senado.gob.bo/administrativa/presupuesto-institucional).

Es claro y notorio la importancia de dotar de mayor inversión a quienes promueven la conservación de la naturaleza, sin ellos, nuestros parques nacionales se encuentran totalmente desprotegidos y vulnerables a las amenazas constantes. En estos momentos, cuando nuevas autoridades llevarán adelante las riendas de nuestro país, es importante priorizar los recursos hacia la conservación del Patrimonio Natural, que brinden mejores condiciones a quienes se encuentran bosque adentro, muchos de ellos lejos de sus familias, cumpliendo una gran labor. Por tanto, merecidamente, y en conmemoración a una guardaparque que dio su vida por proteger nuestra fauna, cada 8 de noviembre se celebra el Día Nacional del Guardaparque Boliviano, al cual como sociedad civil debemos manifestar nuestro respeto y admiración por ser los guardianes y protectores de nuestra biodiversidad y recursos naturales.

Daniel Villarroel es subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la FAN.

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Transgénicos

/ 22 de julio de 2020 / 00:11

El Decreto Supremo 4232, promulgado en mayo de 2020 por el gobierno de turno, autorizó de manera excepcional al Comité Nacional de Bioseguridad el establecer procedimientos abreviados para la evaluación del maíz, caña de azúcar, algodón, trigo y soya genéticamente modificados en sus diferentes eventos, cuya producción sería destinada al abastecimiento del consumo interno y la exportación.

Esta posible introducción de los cinco nuevos eventos de organismos genéticamente modificados (OGM) en Bolivia, ha causado una serie de ásperos debates y discusiones entre los conservacionistas y los productores agrícolas, los cuales han manifestado diferentes argumentos a favor y/o en contra de los OGM.

Desde el punto de vista del sector agrícola, los transgénicos representan una oportunidad para incrementar la producción (usar menos agroquímicos y aumentar el rendimiento de la producción en las mismas áreas), con lo cual se podrá satisfacer la demanda de la población y además se conseguirá alcanzar precios que le permitan competir con el mercado internacional. Por otro lado, los conservacionistas indican que la introducción de los OGM impulsará la expansión de la frontera agrícola, y también advierten una serie de daños a la salud humana como consecuencia del consumo de dichos productos y la aplicación de agroquímicos.

Esta situación ha llevado a que la población en general comience a desarrollar un cierto rechazo por los OGM, tanto para la producción como para su consumo. Sin embargo, hoy resulta difícil no llegar a consumir al menos un producto transgénico como parte de nuestra alimentación diaria.

Debido a que todos los países que colindan con Bolivia ya se han embarcado desde hace años en la producción de transgénicos, esta situación tarde o temprano también ocurrirá en nuestro país. Por lo que, actualmente, más que solo batallar por impedir la introducción de OGM, se debe comenzar a generar estrategias que establezcan el uso adecuado de estos eventos, pudiendo inclusive sacarle partida en favor del medio ambiente. Por ejemplo, si los productores argumentan que los transgénicos les permitirán obtener un mayor rendimiento agrícola en una menor superficie de terreno, entonces, ¿cuánto más debemos de incrementar la frontera agrícola para lograr abastecer al consumo interno del país?

Daniel Villarroel es subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la FAN

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¿Qué hacemos ahora?

/ 14 de octubre de 2019 / 23:40

Sin lugar a dudas, agosto y septiembre de 2019 han marcado un hito importante en la conciencia ciudadana sobre los impactos y la problemática ambiental producto de los incendios forestales. En Bolivia, hasta finales de septiembre se contabilizaron aproximadamente 5,3 millones de hectáreas de bosques y pastizales quemadas, las cuales representan el 4,8% del territorio nacional. Para la mayoría de los bolivianos, la magnitud que representa esta cifra es impactante, por lo que, de forma positiva, gradualmente se ha ido despertando un sentimiento colectivo de empatía sobre la naturaleza, el medio ambiente y los habitantes de las zonas afectadas.

Esta empatía colectiva se ha evidenciado de diversas formas, desde la donación de insumos y equipamiento para el combate de los incendios, hasta la movilización de voluntarios que valientemente arriesgaron su integridad física para aplacar las llamas. Estas iniciativas, lideradas por entidades públicas, privadas, organizaciones no gubernamentales y agrupaciones ciudadanas, entre otras, se han hecho públicas mediante los términos de “reforestación”, “arborización” y/o “restauración” de la Chiquitanía. Y para tal efecto se han impulsado campañas de donación y plantación de plantines, y recolección de semillas y su posterior dispersión mediante sobrevuelos, entre otras.

Si bien dichas campañas están relacionadas en cierta medida, los términos empleados tienen una conceptualización y una finalidad completamente diferente. Reforestar significa volver a introducir especies, en su mayoría arbóreas y nativas, dentro de las áreas sin cobertura vegetal. La arborización se refiere a la plantación de árboles nativos en zonas desprovistas de este tipo de vegetación. Entretanto, restauración es el proceso a través del cual se recupera gradualmente la vegetación, para que las áreas afectadas puedan recobrar sus atributos ecológicos y funcionales. Este último proceso puede ser natural (recuperación del mismo ecosistema) o asistido (con la ayuda del hombre).

Considerando que la Chiquitanía es un ecosistema ecológicamente frágil, la introducción de especies exóticas o la modificación drástica de sus estructuras poblacionales con la llegada de nuevas comunidades podrían degradar su biodiversidad natural a largo plazo en lugar de contribuir a su recuperación. Por ello, se debe garantizar que el remedio no resulte más trágico que la enfermedad. En este sentido, antes de encarar cualquiera de los procesos antes mencionados, se deberían evaluar los posibles impactos por tipo de vegetación. Esto permitirá establecer pautas para determinar cómo, cuándo y con qué especies podemos afrontar el gran desafío de mitigar los impactos de los incendios.

* Subgerente de Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

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Hombre y naturaleza

/ 19 de marzo de 2019 / 03:56

Para los bolivianos, la importancia de las áreas naturales, incluyendo a las unidades de conservación, es caracterizada y valorada bajo diferentes perspectivas. Esto depende generalmente del grado y la frecuencia con la que entramos en contacto con la naturaleza, o del conocimiento que tenemos de los ecosistemas.

Para muchos que viven en las ciudades capitales, las unidades de conservación son solo áreas que protegen y resguardan la biodiversidad (plantas y animales), y donde se practican actividades turísticas y recreativas. Para los inmigrantes que colonizan estas áreas naturales y/o empresarios agrícolas y ganaderos, constituyen una oportunidad para el desarrollo de actividades productivas.

En cambio para los habitantes de las comunidades originarias y/o poblaciones rurales, son una fuente importante de recursos naturales, así como parte de su esencia histórica y cultural. Por lo que, de forma general, los impactos generados por la disminución exponencial de las áreas naturales en Bolivia cobran una mayor relevancia para algunos sectores y en menor medida para otros, en especial para aquellos que consideran que dichos impactos no llegan a afectarles.

Sin embargo, ¿realmente existen sectores que no se ven afectados por los impactos que devienen de la pérdida de la naturaleza? Para responder esta interrogante, debemos comprender que con la disminución de las áreas naturales no solo se pierde biodiversidad, sino que también perdemos los servicios ecológicos que éstas nos brindan de forma directa o indirecta.

Por ejemplo, la pérdida de cobertura natural en el Parque Nacional Amboró pareciera tener poca relevancia para los habitantes de la ciudad de Santa Cruz y los productores agrícolas. Sin embargo, los ecosistemas naturales del Amboró generan nada menos que el 30% del agua potable que se consume en dicha ciudad, así como la totalidad del agua que se extrae de los ríos para el riego de los sistemas agrícolas en el norte Integrado.

Además, con la disminución de áreas naturales se están perdiendo los popularmente denominamos pulmones verdes y, por ende, la disponibilidad de los recursos naturales. Existen muchos más argumentos como los que hemos manifestado, por lo que urge comenzar a tener una visión más integral de la importancia de las áreas naturales del país, máxime considerando que, de una u otra forma, somos organismos completamente dependientes de la naturaleza.

* Director de la Unidad de Investigación de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

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Agua, plantas y oxígeno

/ 30 de octubre de 2018 / 04:17

En los últimos años el desarrollo agropecuario y la expansión urbana, producto del incremento y la migración poblacional de una región a otra, se han incrementado de forma exponencial en el país. Este fenómeno, además de impulsar la ocupación de nuevos territorios y con ello la sustitución de áreas naturales, está promoviendo la utilización y el consumo de una mayor cantidad de recursos naturales esenciales para la vida como el agua.

Según estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el 70% del agua que se extrae de los acuíferos, ríos y lagos se destina para el uso agrícola y ganadero; el 20%, para la industria, y solamente un 10% es utilizado por las poblaciones urbanas y rurales. La FAO también indica que se requieren cerca de 3.000 litros de agua por día para satisfacer y garantizar las necesidades alimenticias de una persona.

Considerando esta situación, algunos analistas señalan que el incremento del uso del agua que demandarán las iniciativas de expansión agrícola y ganadera a fin de garantizar la seguridad alimentaria, y/o dar inicio a la producción de nuevas alternativas de energía (biocombustibles), no debería significar un problema, puesto que, según la “ley de la conservación de la materia”, nada se crea, nada se destruye, sino que todo se transforma; por lo cual, el agua no se perdería como tal.

Sin embargo, esta afirmación no considera que el agua es un recurso natural renovable, por tanto, es finito. Y es que luego de que este vital elemento ha sido utilizado y transformado, para renovar su disponibilidad en el medio (acuíferos subterráneos, ríos y lagos) hace falta que ocurran una serie de procesos físicos y químicos, elaborados principalmente por las plantas de los ecosistemas naturales. Además, como resultado de dichos procesos, las plantas también generan el oxígeno que respiramos y adsorben el dióxido de carbono (CO2) producido por las actividades antrópicas (ganadería, agricultura, industria, etc.).

A pesar de su importancia, según datos de la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT), se estima que hasta 2017 se han deforestado a nivel nacional poco más de 7 millones de hectáreas de bosques. Lo que también se traduce en una pérdida de agua y del oxígeno que consumimos. En este sentido, urge cambiar los lineamientos de desarrollo apegados a la frase de garantizar la “seguridad alimentaria”, tomando en cuenta también la importancia de garantizar la provisión de agua y el oxígeno que consumimos diariamente.

* Subgerente en Investigación y Monitoreo de Ecosistemas de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

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