Voces

sábado 24 jul 2021 | Actualizado a 14:07

Una vez más sobre el Che y los libros

/ 13 de junio de 2021 / 02:01

Se han escrito y se siguen escribiendo libros sobre el personaje que este 14 de junio hubiera cumplido 93 años: Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como el Che.

Solo de autores bolivianos hemos registrado alrededor de un centenar; y no se crea que todos son encomios y alabanzas, baste mencionar que por lo menos 15 de ellos son de autores militares que, como es previsible, respiran por la herida; los hay también ensayos históricos de gran factura como los realizados por Gustavo Rodríguez Ostria (el último de los cuales tendrá una pronta edición póstuma); otros de matiz interpretativo y a la vez testimonial como los publicados en serie por Humberto Vázquez Viaña antes de fallecer; y también recopilaciones documentales como la serie El Che en Bolivia en cinco volúmenes (con dos ediciones impresas y una última digital descargable sin costo en www.chebolivia.org).

A ojo de buen cubero, podríamos afirmar que solamente la cruenta Guerra del Chaco y la irrenunciable reivindicación marítima produjeron en Bolivia un mayor número de libros que el Che.

He aquí algunos trabajos de bolivianos y extranjeros que nos parecen relevantes: los 10 Quaderni della Fundazione Ernesto Che Guevara (1998-2016), publicados en Italia por Roberto Massari, en los inicios solo en italiano y después en ediciones multilingües; más de una quincena de libros de la pareja cubana Froilán González-Adys Cupull producidos con similar persistencia; el rico aporte explicativo y reflexivo de En la selva (Los estudios desconocidos del Che Guevara… con el que el argentino Néstor Cohan rodea la publicación primicial de lo que él llama Cuadernos de lectura de Bolivia (apuntes y fichas bibliográficas de puño y letra del Che, confeccionados en Bolivia); Ramiro Barrenechea publicó en Santa Cruz Che: Revolución absoluta (2018), comprende: 1) La máscara invisible (destinada a demoler la argumentación de los dirigentes del PCB, principalmente Jorge Kolle), 2) La otra cara del espejo (sostiene la existencia de un “cerco interno” de los dirigentes comunistas bolivianos contra el Che), 3) Frente al capitalismo absoluto: revolución absoluta (ingresa al debate ideológico actual sobre el capitalismo y contra las posverdades que descartan cualquier cambio revolucionario), 4) Hacia una sociedad comunitaria postestatal (interesante parte propositiva).

Una escena imaginaria extravagante: sentados en torno a una mesa dialogan sobre la pertinencia de la obra y el pensamiento del Che, Humberto con Dogmas y herejías de la guerrilla del Che, Gustavo con su inmenso bagaje de información acumulada como historiador, Ramiro con Frente al capitalismo absoluto: revolución absoluta, Néstor con lo mejor de En la selva …, Roberto con Guevara y Marx: ´remaque´ crítico de una antigua película y la pareja Froilán-Adys con La CIA contra el Che. De seguro se desatarían interesantes controversias, enfoques diversos y dejarían temarios abiertos, tanto a la investigación histórica como a la reflexión teórica. Lástima que ya no se pueda realizar “en vivo” dicho debate. Humberto, Gustavo y Ramiro fallecieron en los últimos tiempos, solo quedan sus textos que, de uno u otro modo, recuperan al Che histórico, amenazado de ser convertido en un mito.

¿Puede y debe ser abordada por el mundo académico boliviano la temática aquí planteada? Creemos firmemente que sí, a la sola condición de hacer a un lado la maraña de prejuicios y nada más abrir los ojos ante la realidad que, dicho sea de paso, está mostrando sus más crueles y dramáticas aristas en virtud de la pandemia que actualmente padecemos.

El coloquio Che Guevara (1967-2017): imágenes, símbolos y legados, organizado en 2017 por la Université de Versailles Saint Quentin (Francia), hubiera sido imposible sin esos dos elementales requisitos. Se anuncia ahora que, con las presentaciones, también se hace un libro impreso. Uno más.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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La Razón: de nuevo un diario completo

/ 11 de julio de 2021 / 01:08

¡Alegra el retorno de este periódico a sus ediciones los siete días de la semana! En primer lugar, porque significa eliminar los “saltos” de los martes y jueves que podrían dar lugar a cabos sueltos o vacíos, quizá solo perceptibles en la perspectiva del tiempo. No hay que olvidar que una característica esencial de la actividad periodística es precisamente su “periodicidad”, que es de donde toma su nombre, aunque ésta puede ser diaria, interdiaria, semanal u otra. El medio impreso, la “prensa”, a lo largo de varios siglos es el que ha marcado con mayor fuerza las ediciones cotidianas, al punto que es frecuente usar la palabra “diario” como sinónimo de “periódico”. Y esto seguirá siendo así por muchísimo tiempo pues los espacios por internet, creaciones novedosas y complementos ineludibles como los creados por LA RAZÓN en este tiempo (streaming), no sustituirán las emisiones cotidianas de información estructurada según formatos cambiantes, pero en lo fundamental, heredados de la prensa escrita.

¡Bienvenido entonces el retorno de LA RAZÓN a su cabal condición de diario!

Sin embargo, hay más. Si este retorno ha podido realizarse estimamos que se debe al hecho de haber alcanzado, a partir de una dura crisis en 2020, un nivel de estabilidad empresarial que lo hizo posible. Y esto podría significar una recuperación de mayor autonomía propiamente periodística, frente a los poderes tanto políticos como económicos, entre los que se cuenta el propietario de LARAZÓN y Extra, empresario venezolano-paraguayo también vinculado en Bolivia al negocio ferrocarrilero y otros rubros. Ese no es un secreto para nadie. Junto al reconocimiento público de esa relación se ha dicho reiteradamente que la línea editorial de ambos medios era, es y será definida por los respectivos equipos periodísticos y su personal responsable, sin injerencia del propietario; aspiración legítima pero no siempre fácil de aplicar, más aún en situaciones críticas, como las del pasado año, en las que la mano administrativa penetró a fondo para hacer una reestructuración completa, en muchos casos dolorosa y dura, que no puede haber dejado de influir en la línea editorial.

El tema nos remite a la recordada y muy querida colega Ana María Romero de Campero, quien a tiempo de recibir el Premio Nacional del Periodismo, en 1998, alertó sobre esa anómala tendencia a que los empresarios y sus burócratas a título de marketing, de la competencia o de las conveniencias del sometimiento político, se entrometían en terrenos propios del quehacer periodístico. Se hablaba mucho en esos tiempos de establecer normativas que eviten que las empresas periodísticas sean parte de corporaciones de distintos rubros, el negocio periodístico debía ser autosostenido para realmente manejarse por lo menos con cierta independencia. Quizá el avance ha sido muy pequeño en esta materia y la llegada del internet alteró aún más ese complejo panorama.

Rafael Archondo Jr. con unos novedosos y entretenidos modelos de investigación y a partir de las experiencias que vivió en carne propia cuando fue censurado en LA RAZÓN, entonces en manos del grupo Garafulic, publicó el libro Incestos y Blindajes: Radiografía del campo político-periodístico (Plural, 2003). Critica un extremo determinismo que sería predominante y asumiendo, eso sí, un extremo relativismo, eslabona al sistema político con el sistema periodístico en el mar inestable de las gelatinosas y cambiantes correlaciones de fuerzas. Tal vez era una visión anticipada de su alejamiento del proceso de cambio, su agresiva ruptura con LA RAZÓN y su amigable reencuentro con la nueva generación de los Garafulic que, sospecho, defiende los mismos intereses que la anterior.

Colofón: ¿Qué es mejor, nadar contra la corriente o dejarse llevar por ella?

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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La educación es un tema de todos

/ 26 de junio de 2021 / 23:34

Entrampados como estamos los bolivianos con los temas políticos, económicos y sanitarios, no quedan espacio ni tiempo disponibles para examinar a fondo el tema educativo. Vueltos algún día a la “nueva normalidad”, quizá solo entonces terminemos por darnos cuenta de la gravísima situación de la educación.

Hay que admitir que ya la pandemia nos agarró sumamente atrasados en la utilización de las nuevas tecnologías de información y comunicación, las famosas TIC, con su potencial de auxiliar para los procesos educativos. Si bien hubo avances discretos en la distribución de dispositivos a maestros y estudiantes del sector público, no marchó en paralelo la capacitación para su óptimo manejo, y lo más grave, no se estableció la debida conectividad con la red de redes (la internet), especialmente en las unidades educativas alejadas de los centros urbanos. La escasa producción de material digital por parte de las autoridades educativas en todos los niveles, y es de lamentar, coincide con la falta de creatividad e iniciativa del grueso del magisterio, empeñado como está en continuar en la inercia reivindicativa, como si nada estuviera pasando en Bolivia y en el mundo.

Pero la gravedad deriva no solo del desaprovechamiento de capacidades instaladas, sino del inexorable ahondamiento de las brechas sociales. En efecto, los establecimientos educativos privados mal que bien, con sus respectivas tensiones, logran compensar en buena medida la falta de clases presenciales con clases virtuales. Muchos medios de difusión cuando abordan el tema educativo se refieren únicamente a esos “tiras y aflojas” entre padres de familia y propietarios de colegios.

¿Quién se ocupa con seriedad de lo que está pasando en las aulas del sistema público? ¿A quiénes llegan las clases virtuales? ¿Cuál el balance que se tiene al respecto? ¿Cuánto fue el daño real de la descabellada clausura de la gestión del año anterior? ¿Se justifica el inflexible y prolongado “descanso pedagógico” actual? ¿No será un descanso sobre otros descansos? (a estas alturas ni maestros ni alumnos deben estar muy cansados de hacer tan poco o casi nada). En resumen, la población estudiantil mayoritaria tanto de las ciudades como especialmente de las áreas rurales, que antes ya estaba siendo mal preparada, con la pandemia recibe el mayor peso de los golpes y la disminución sustancial de sus oportunidades. De no hacer nada para rectificar esta cruda realidad, los problemas se agudizarán con el resultado directo de incrementarse la desigualdad social en el país.

Pero, ¿se puede hacer algo? Lo que no tiene que hacerse es contemplar la situación con los brazos cruzados.

El Gobierno debiera adelantarse y atender los reclamos atendibles de los maestros. Priorizar la vacunación de todo el sector. Producir masivamente textos educativos en la Editorial del Estado. Descongestionar la toma de decisiones a nivel departamental y municipal.

Gobernadores y alcaldes deben olvidarse por el momento del cemento y el ladrillo. Proponerse más bien ayudar a recuperar y mejorar la calidad de la educación.

Maestros y maestras no debieran esperar instructivos escritos sobre lo que hay que hacer. Debieran desplegar sus iniciativas recordando a Elizardo Pérez y Avelino Siñani que, por encima de enormes dificultades, aplicaron el principio de que la pedagogía es creación.

Empresas del Estado como Entel y ABE (administradora del satélite), en coordinación con los municipios, debieran poner en marcha lo que dicen haber construido (por lo menos 2.000 telecentros satelitales), en un tiempo breve ninguna comunidad boliviana, por pequeña o alejada que sea, debiera quejarse de no tener conexión a internet y otras telecomunicaciones, un servicio público esencial consagrado como un derecho constitucional.

Por supuesto, comunidades campesinas, juntas vecinales y toda la gama de asociaciones culturales y deportivas tendrían que hacer lo suyo, por todas las vías a su alcance en la formación de bibliotecas-telecentros y la promoción de la lectura.

¿Estamos predicando en el desierto? Tal vez sí… tal vez no.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Lo que deben y no deben hacer los periodistas

/ 30 de mayo de 2021 / 00:33

Varias personas amigas y algunos colegas saludaron el recordatorio que hicimos sobre el Código Nacional de Ética Periodística y el reglamento vigente para el funcionamiento de su tribunal (TNÉP).

Dado que vivimos una temporada saturada de corruptelas, completamos la tarea resumiendo los puntos esenciales del código que, dicho sea de paso, soportó la prueba del tiempo: más de un decenio de vigencia. El TNÉP funcionó, a pesar del alejamiento del sector empresarial que estableció por separado su propio mecanismo exclusivo y excluyente. Remarcamos esto pues cuando el código se aprobó incluía a “los propietarios de los medios públicos y privados”. ¿Será que lo asumen por lo menos en parte, al haber participado en su elaboración?

Pues bien, luego de los propietarios el código abarca a directores, editores, periodistas, trabajadores que tengan que ver con las tareas informativas… así como quienes expresen opiniones a través de los medios. Todos ellos deben:

1) Informar con exactitud, equilibrio, veracidad, oportunidad, pluralismo y contextualizando los contenidos; 2) Presentar las distintas facetas de la información, tomando en cuenta las diversas fuentes…; 3) Presentar la información claramente diferencia de los comentarios. En ningún caso la información debe ser mezclada con opinión o condicionada por publicidad comercial, publicidad y o propaganda o por cualquier otro tipo de presión; 4) Usar siempre fuentes reconocidas, idóneas, apropiadas, confiables y verificadas para obtener noticias, grabaciones, fotografías, imágenes y documentos; 5) Proteger la identidad de las fuentes confidenciales…; 6) Citar obligatoria y correctamente las fuentes cuando éstas no sean confidenciales; 7) Respetar el embargo informativo y el “fuera de registro” (off the record); 8) Acatar y promover el respeto a la legislación referida a proteger los derechos de las personas sin discriminación alguna en el marco de la diversidad humana cultural y social; 9) Defender la naturaleza como un bien colectivo, contribuir a educar para su cuidado y promover la denuncia de hechos que generen contaminación y destrucción ambiental; 10) Salvaguardar la presunción de inocencia promoviendo un tratamiento informativo respetuoso para las personas involucradas; 11) Respetar la dignidad, el honor, la intimidad y la vida privada de todas las personas públicas y privadas (grupos humanos específicos…), deben referirse a sucesos o circunstancias de carácter privado cuando éstos involucren un interés público justificado y demostrable; 12) Proteger la identidad e integridad de todas las personas… sin discriminación alguna.

Asimismo, no deben:

1) Difundir informaciones falsas ni tendenciosas ni guardar silencio, parcial o total sobre hechos noticiosos; 2) Acudir al sensacionalismo ni exhibir… imágenes de cadáveres, de heridos graves o de personas en situaciones extremas, de manera morbosa y reiterativa; 3) Engañar, sobornar, intimidar, presionar… a sus fuentes, ni recurrir a dispositivos no autorizados para obtener información; 4) Invadir la privacidad de las personas fotografiando, grabando o filmando, cuando se le haya solicitado no hacerlo; 5) Hacer apología del delito ni emitir juicio anticipado sobre personas acusadas; 6) Utilizar su influencia como periodistas para obtener ventajas personales de cualquier índole…; 7) Utilizar información reservada… para su beneficio, en detrimento de terceros; 8) Recibir remuneración, obsequio o prebenda alguna de instituciones… que frecuenten en el ejercicio del periodismo.

Dejamos pendientes la cláusula de conciencia y el derecho a réplica y rectificación. Lo dicho hasta aquí basta y sobra para el comentario. ¿No les parece?

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Más de un decenio del Código Nacional de Ética Periodística

/ 16 de mayo de 2021 / 00:04

Tiempos hubo en que los trabadores de la prensa jugaban un importantísimo papel en el conjunto del movimiento popular boliviano, sobre todo en las tareas de esclarecimiento y la formación de conciencia en torno a los grandes temas nacionales. Dos de esos grandes temas estuvieron preponderantemente en la agenda periodística: la defensa de los recursos naturales, principal afluente para la formación de una conciencia patriótica y la lucha contra las dictaduras y sus resabios, así como contra nuevos brotes autoritarios surgidos en democracia. ¿Que esto significaba y significa asumir una posición política? ¡Claro que sí! En los mejores términos, lejos de la politiquería barata y los espectáculos circenses que, como en el caso de la Gobernación de La Paz, ofrecen estos días los políticos.

Asombra y duele que algunos colegas de las nuevas generaciones, cargados de títulos académicos y de pronto convertidos en “analistas”, arrojen por la borda esa loable tradición de luchas y, a título de apolíticos, escondan sus verdaderas posiciones no precisamente muy democráticas y menos patrióticas. Y este fenómeno se acrecienta por el extremo debilitamiento, casi dispersión, de las organizaciones sindicales y profesionales de la prensa en todos los niveles. ¿Están desapareciendo los espacios de reflexión y debate que, además, canalizan demandas y preocupaciones laborales? ¿Es dable imaginar a muchos jóvenes, varones y mujeres, trabajando aislados, atenazados por la inseguridad, la soledad y el miedo?

No es la hora de lamentaciones. Al contrario, con el optimismo que resta destacamos una importante creación del gremio: el Código Nacional de Ética Periodística, en torno del cual funciona un mecanismo de autorregulación que incluye un Tribunal y un Consejo Nacional que lo sustentan. Todo esto arrancó en 2009, pero después de un largo proceso de maduración, de intensos debates y construcción de consensos que involucraron a trabajadores de la prensa (sindicatos, federaciones y Confederación), asociaciones profesionales de periodistas (departamentales y la nacional ANPB), asociación de radioemisoras (Asbora), entidades de investigación académica y también agrupaciones empresariales (dueños de medios), aunque estos últimos muy pronto abandonaron la iniciativa y formaron su propio tribunal de honor exclusivo a cargo de la Asociación Nacional de la Prensa (ANP), situación que por similitud de siglas suele ocasionar confusiones. Para evitarlas, he aquí el Preámbulo:

“Este Código —que será aplicado por el Tribunal Nacional de Ética— recoge principios universalmente reconocidos para la autorregulación y el ejercicio ético del periodismo y buscará garantizar el derecho a la información y a la comunicación, …reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Art. 19), en la Convención Americana de Derechos Humanos (Art. 13) y en la Constitución Política del Estado de Bolivia (Art. 21 numerales 3, 5, 6; Art. 106 y Art. 107)”.

Luego vienen los cuatro Fundamentos y en una docena de incisos se establece lo que DEBEN HACER quienes tengan responsabilidades en el trabajo informativo y en otros ocho se apunta lo que ellos NO DEBEN HACER.

En sus respectivos acápites están el derecho a réplica y a rectificación, la cláusula de conciencia y el referido al funcionamiento del Tribunal Nacional de Ética Periodística (TNÉP), organismo constituido por personalidades representativas de la sociedad civil y connotados periodistas. El TNÉP funciona hace más de 10 años y emitió numerosos e importantes fallos. Al igual que muchas instituciones tiene actualmente dificultades, no solo por la pandemia, sino también por el inesperado fallecimiento, poco antes, de su última presidenta, la periodista Sandra Aliaga. Sin embargo, todos aguardamos que la pronta reactivación del TNÉP contribuya nuevamente a darle un norte al quehacer periodístico.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Hablar con propiedad mejora la comunicación

/ 1 de mayo de 2021 / 23:52

Jamás olvidaré una muy saludable charla ofrecida hace muchos años por Isaac Sandoval Rodríguez en el viejo Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz (todavía me cuesta llamarlo “Federación”), acerca de la utilización apropiada de conceptos, especialmente en el trabajo periodístico. El prominente abogado, catedrático e investigador del desarrollo histórico social boliviano, se refirió a semejanzas y diferencias entre términos como “Estado”, “nación”, “nacionalidad”, “patria”, “territorio”, “país” y otros afines a veces utilizados desaprensivamente como sinónimos. Nos remarcó también, según creo recordar, que no es lo mismo decir “casa superior de estudios” que “casa de estudios superiores”, o “sesión por tiempo y materia” que “sesión permanente por tiempo y materia”, o peor aún, “ciudad del pagador” en vez de “ciudad de (Sebastián) Pagador”. Por supuesto, Sandoval hizo mención además a la carga histórica que frecuentemente expresan los conceptos y los enconados debates que se producen en torno a ellos.

El tema viene a cuento estos días no precisamente de la irresuelta polémica entre “golpe de Estado” y “fraude” que tiene visos de nunca acabar. Haremos énfasis más bien en los conceptos que encierran “1 de mayo” y “genocidio” con sus correspondientes baños de actualidad. Vayamos por partes. El primer día del quinto mes del año, ayer en el calendario vigente, está dedicado al mundo del trabajo y tiene su raíz histórica en Chicago, cuando en 1886 se desató la lucha por la jornada laboral de 8 horas y culminó con el ahorcamiento de un grupo de dirigentes, los Mártires de Chicago, condenados injusta e ilegalmente. Fueron las organizaciones socialistas que años después propusieron y extendieron a casi todo el mundo la celebración de esta fecha como Día Internacional de los Trabajadores (y de las Trabajadoras, le añaden ahora los movimientos feministas). Se la considera como una jornada de lucha y de reafirmación de las propuestas políticas de igualdad social y fin de la explotación. Pese a la pandemia, esas voces han sido las predominantes en esta ocasión. Claro que también están los que desde siempre buscan limitar la fecha a un inocente “Día del Trabajo”. En su libro El poder minero, Juan Albarracín relata cómo el periódico El Diario elevó el grito al cielo porque los trabajadores paceños decidieron dar el “temerario paso” de conmemorar el 1 de mayo de 1907 y calificó de “criminal” la “igualdad soñada”.

Pasemos al otro tema. Hace pocos días el presidente Biden, por primera vez como política oficial de los Estados Unidos, admitió que Turquía había practicado un genocidio contra el pueblo armenio. Los hechos ocurrieron nada menos que hace ¡106 años! en momentos en que se desmoronaba el Imperio Otomano, pero mantienen una sorprendente actualidad, no otra cosa significa que el presidente turco Erdogan se haya enfurecido y le exige a Biden una urgente retractación, atenido a su rol de potencia intermedia en la región y su posición prominente en el seno de la OTAN, razones que hacen que otros países se abstengan de seguir los pasos de Estados Unidos. Apelamos a una “Guía para Estudiantes” del Museo Memoria y Tolerancia de México para recordar que el caso de Armenia es el más mencionado después del Holocausto, provocado contra el pueblo judío por la Alemania nazi. Pero están también los casos más o menos recientes de Camboya, Guatemala, Antigua Yugoslavia, Ruanda, Sudan, que ingresan a la definición de la “Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio” adoptada en 1948 y se reconocen como genocidio o están en vías de serlo por tribunales o comisiones de la verdad. Cuando hablamos de genocidio, entonces, no nos estamos refiriendo a cualquier acto de violencia criminal o masacres tan frecuentes en el mundo de hoy, sino a la aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos.

   Esito sería.

 Carlos Soria Galvarro es periodista.

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