Voces

miércoles 28 jul 2021 | Actualizado a 13:35

No basta pedir perdón

/ 16 de junio de 2021 / 01:31

Perdón parece ser la palabra más difícil es el título de una hermosa canción de Elton John y ciertamente no es fácil pedir perdón de verdad, pero además no es suficiente si al pedido no le sigue la acción para corregir el daño. Sin reparación, el perdón se convierte en la forma más fácil de sepultar hechos que han afectado gravemente a una persona, un grupo o un pueblo y mandar al olvido cientos de vidas, de sueños, de grandes y pequeñas esperanzas.

El 4 de junio, el Primer Ministro de Canadá dijo que estaba decepcionado porque la Iglesia Católica no se disculpó por los abusos y muertes de cientos de niños indígenas en el sistema de internados cristianos, que existían en ese país desde el siglo XIX hasta la década de 1970, creados y solventados por el Gobierno con el fin de que olviden su cultura. Más de 150.000 niños indígenas fueron obligados a dejar sus hogares para vivir sin amor, soportando frío, hambre, abusos sexuales y maltrato físico, en esos recintos construidos especialmente para que abandonen su forma de vida, no hablen ni les hablen en su lengua materna. En 2017 el primer ministro Justin Trudeau pidió disculpas, pero no fue suficiente, porque en una sociedad tan desarrollada como la canadiense, los indígenas de ese país aún viven en condiciones de desigualdad, los originarios de esas tierras tienen las tasas más altas de desempleo y las más bajas de cobertura en el seguro de salud, por eso no basta con pedir disculpas.

El 11 de junio, el expresidente de Colombia Juan Manuel Santos pidió perdón a los familiares de los llamados falsos positivos, es decir los civiles asesinados por militares para hacer pasar esas muertes como bajas guerrilleras en combate. “Me queda el remordimiento y el hondo pesar de que durante mi ministerio muchas, muchísimas madres, incluidas las de Soacha, perdieron a sus hijos por esta práctica tan despiadada, unos jóvenes inocentes que hoy deberían estar vivos. Eso nunca ha debido pasar. Lo reconozco y les pido perdón a todas las madres y a todas sus familias, víctimas de este horror”. Ahora se sabe que esos muertos eran parte de las cuotas que los soldados debían cumplir. ¿Qué piden los familiares de las víctimas? Quieren que el Alto Mando de los militares dé la cara, que declare qué pasó con sus hijos, hermanos, esposos, que revelen quién dio la orden, mientras tanto el pedido de perdón no es suficiente.

Indudablemente no es fácil pedir perdón, pero cuando se lo hace de poco o nada sirve si no se busca la reparación, eso sí es más difícil porque para hacerlo se tocarán intereses, se involucrará a personas o grupos de poder que aún están vigentes, pero el verdadero pedido de perdón pasa por actuar en serio, por esclarecer la verdad, por mejorar la vida de los que quedan.

Lucía Sauma es periodista.

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En vivo y directo

/ 14 de julio de 2021 / 01:55

Hace unos días una psicóloga daba cuenta de las secuelas poscuarentena que logró registrar en la conducta de niños y adolescentes, que a pedido de sus padres atendió esta temporada. Entre los niños pequeñitos menores de siete años se repetía un comportamiento muy evidente de terror a salir a la calle ni para realizar paseos o visitas a parientes cercanos, que antes de la cuarentena eran habituales. Ante el anuncio de que sus padres saldrían a la calle, los chiquitos reaccionaron llorando, gritando, mostrando pánico, intentando a toda costa impedir que salgan. La psicóloga explicó que estas reacciones se debían a que los padres, para mantener a los niños encerrados durante la cuarentena, les habían dicho que si salían de la casa podrían morir. Finalizado el encierro, los niños prefieren no salir porque temen morir.

En el caso de los adolescentes que están recibiendo tratamiento, sus padres observaron que los chicos habían perdido interés por tener contacto con el mundo externo. Durante la cuarentena aprendieron a convivir a través de la computadora o el teléfono móvil, les resultó cómodo no exponerse al rechazo o la crítica tanto física como psicológica de sus pares. Además que podían quedarse en sus dormitorios, encerrados, vistiendo como querían, comiendo cuando les apetecía, conectándose o desconectándose con un simple click, sin dar grandes explicaciones. Con ponerse unos auriculares podían alejarse de la clase por Zoom y en realidad escuchar la música que querían. Así que ahora esos adolescentes perdieron el interés o el gusto por relacionarse directamente con sus amigos y prefieren vivir aislados.

Después de escuchar a la psicóloga de la entrevista, hice recuento del síndrome que viven muchas personas mayores que se encerraron en sus casas y, a pesar de haber terminado la cuarentena, ellas están convencidas de que no salir las salva no solo del COVID-19, sino de compromisos profesionales incumplidos, de promesas innecesariamente postergadas, de incómodos horarios, y se dedicaron a cavar profundo en el pozo de la más pura rutina envolvente como tela de araña, de la que ya no saben cómo zafar y de la que tampoco nadie les quiere sacar porque, a esta altura, se cansaron de insistir.

Definitivamente estos síndromes no pueden ser parte de la “nueva normalidad”. El barbijo, el lavado de manos y el uso de alcohol no disminuirán nuestra esencia, pero el perder sensibilidad por el relacionamiento social, sí nos daña. En el aire flota la enorme necesidad de volver a los días despreocupados de antes del COVID-19. Disfrutar una charla, ir en transporte público sin temor, festejar un cumpleaños, una boda, un bautizo con todos reunidos en un solo lugar. Hay una enorme necesidad de humanizarnos en vivo y directo.

Lucía Sauma es periodista.

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Desamparados

/ 30 de junio de 2021 / 01:03

Ha crecido el desamparo, podríamos decir que se ha institucionalizado a fuerza de ejercerlo a diario, las 24 horas del día y los siete días de la semana. Las aceras de cualquier calle o avenida de nuestras ciudades tienen enjambres de familias que extienden sus manos, piden para dar de comer a sus hijos; los niños que aprenden la vida imitando, también estiran las manos, se ponen delante, te siguen, te cuestionan si no les entregas unas monedas. Lado a lado están extranjeros y bolivianos mendigando. No es como en el pasado, ahora hay algo distinto, es como si todos estaríamos en un gran escenario donde la escena se repite una y otra vez sin tregua, sin descanso.

Hay quienes con trapo y goma en mano pasan algo de agua en los parabrisas de los autos, generalmente su acción es una forma disimulada de pedir limosna. Grupos enteros se apropiaron de determinadas esquinas y recorren las hileras de autos mientras se detienen frente a la luz roja del semáforo. Desde hace un tiempo han extremado sus medidas y caminan en medio de los autos mientras están en movimiento, algunos casi se abalanzan. A los niños más pequeños los llevan en brazos, a los que saben caminar los dejan sueltos, sin importar su edad. Viven en peligro constante, exponen y se exponen. No hay autoridad que controle. ¿Quién sabe cuál es la institución que debería intervenir ante tanto desamparo?

En esta época de pandemia, puestos a mirar la calle, irremediablemente vemos crecer el agobio, la dejadez, el abandono, el desorden de una sociedad que entre sus planes solo cuenta la sobrevivencia.

A pesar de lo sombrío de estos pensamientos, aún permanece la inmensa necesidad de que todo se transforme. Que despertemos dispuestos a limpiar la casa, a que el desamparo sea pasajero. Que el que hoy estira la mano, consiga y tenga un trabajo de verdad. Que las calles se llenen de gente que camina con rumbo. Que los niños jueguen en lugares seguros, que estudien con libros y profesores de verdad.

La pandemia ha transformado las boutiques de ropa en tienditas de barrio, donde se vende desde una bolsa de leche hasta jengibre y limón. Las joyerías y perfumerías de antes, ahora son casas de cambio y sin que importe la competencia conviven hasta cinco en una misma cuadra cambiando su pizarra de precios, como se cambia el menú diario de una pensión popular. Las agencias de viaje mutaron en locales donde se vende material de bioseguridad con una impresionante gama de colores, modelos y tamaños de barbijos, dispensadores de todos los precios y tamaños, para niños, adolescentes o personas más prácticas que no buscan nada especial.

Esa capacidad de transformación es deseable para nuestras ciudades, pero en el sentido de cambiar el desamparo que las envuelve por vidas más dignas con una generosa dosis de esperanza.

Lucía Sauma es periodista.

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Por los jóvenes

/ 2 de junio de 2021 / 02:01

El coronavirus, a diferencia de mayo de 2020, ahora amenaza a los jóvenes, quienes se contagian en un número alarmante, con graves consecuencias sobre su salud y su vida. El año pasado los mayores de 60 debían quedarse en casa temerosos, custodiados por sus hijos, nietos o cualquier miembro de la familia que no lleve inscrito el dato de “indefinido” en su carnet de identidad. En el mundo entero los adultos mayores padecieron de soledad, abandono, encierro y en algunos casos dejaron de ser candidatos a una cama de hospital si delante había alguien más joven que necesitaba atención.

A esta altura de 2021 un gran número de personas mayores de 60 e incluso de 50 años están vacunadas con ambas dosis. En su momento acudieron como pudieron para conseguir la vacuna. Se inmunizaron a insistencia de sus hijos o por decisión propia, a pesar de tener que ir en la madrugada a realizar la fila frente a sus seguros, muchos de ellos vencieron con ayuda o sin ella, su registro vía internet en un teléfono inteligente que no siempre era de su propiedad o la laptop del nieto, que manejada diestramente por el menor sirvió para que los abuelos tengan una cita en la fila de la vacuna.

A esta altura del año, la tortilla se dio la vuelta, ahora son abundantes los mensajes, las llamadas telefónicas para pedir medicinas, plasma, lugares en los hospitales con terapia intermedia o intensiva, para jóvenes menores de 50 años. Son los hijos o hijas de los adultos mayores que se están contagiando. Son las personas económicamente activas con las que el virus se ensaña de forma agresiva.

A principios de marzo, autoridades de salud advirtieron que la variante brasileña del coronavirus ya estaba en el país, entonces hicieron notar que atacaba a las personas más jóvenes, incluso menores de 15 años. A esta altura se conoce que esas advertencias son ciertas. Los hospitales están colapsados, no hay unidades de terapia intermedia, tampoco intensiva, la tercera ola está arrasando.

Ante esta realidad fue acertada la medida de vacunar a los mayores de 40 años. Para junio, sin precisar la fecha, se anunció la llegada de un millón de vacunas de Sinopharm, esas dosis deberían aplicarse a los mayores de 30 años. También se debería vacunar en los centros de trabajo donde su personal es más joven aún, como bancos, entidades públicas y educativas, o aquellas que están abiertas a la atención de público.

Es momento de cuidar a los más jóvenes, de pedirles que tomen todas las medidas de bioseguridad, como ellos lo hicieron con los adultos mayores. Es momento de persuadirles para que desistan de acontecimientos sociales, fiestas clandestinas y cualquier otro evento donde no exista distanciamiento social. Es momento de velar por toda nuestra juventud, de batallar contra el virus tomando medidas a nivel nacional que rebajen el nivel de contagio.

Lucía Sauma es periodista.

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Imágenes sensibles

/ 19 de mayo de 2021 / 00:59

Se ha hecho una constante que a la mitad de un noticiero televisivo adviertan sobre las imágenes perturbadoras que están a punto de difundir, arguyendo que pueden herir la sensibilidad del televidente. Sin duda, muchísimas personas realmente creen que les están haciendo un favor porque no quieren que el horror que viene a continuación les dañe. Los más avispados se dan cuenta de que las advertencias lanzadas de esa manera más bien son una invitación a satisfacer su morbo, un regodeo entre la sangre, las lágrimas, los gritos, el dolor ajeno. La fórmula nunca falla, es una manera de apresar a la audiencia, de engrillarla para someterla, acostumbrarla a ver sin sentir y finalmente tenerla insensible, dócil, indiferente, incapaz de rebelarse.

Tener una audiencia que acepta todo es tener un grupo de gente acrítica, preparada para aplaudir la mediocridad, inerte al momento de actuar, sin posibilidad de exigir calidad, se contenta con lo que hay, fácil de engañar cuando empalagosamente le dicen que es un público exigente, inteligente, que solo elige lo mejor. Tengo la sensación de que esa es la calidad de público que están formando los medios de comunicación del país, principalmente televisivos, para finalmente justificar su pobreza anunciando victoriosamente que cada pueblo tiene los medios que se merecen.

Por esa forma de hacer comunicación es que los feminicidios se han convertido en un ranking estadístico, que cada día exige dar mayores datos de la víctima, el feminicida y los detalles de la saña, la sangre, el olor, el último gesto o la marca del arma. Por el mismo río de sensacionalismo corren los infanticidios, las violaciones a niñas y niños, causando escalofrío por un momento e insensibilizando el minuto siguiente.

La violencia se ha convertido en un espectáculo que no puede faltar. Es como el ingrediente que hace más apetitosa la merienda que ofrece el anfitrión. Un noticiero que se precie de exitoso no puede prescindir de un hecho violento, sin importar de dónde provenga, ni a quién dañe, o qué consecuencias tenga. Lo macabro cuenta y multiplica en los ingresos de los medios porque vende y como la noticia es mercancía, no importa de dónde proviene ni a quién afecte, solo interesa que se venda.

Para mal de esos medios de comunicación y sus comunicadores, todavía quedan lúcidos que reclaman si no inteligencia, al menos humanidad, decoro, un poquito de vergüenza en el momento de elaborar la noticia, de pasarse el trabajo de hacer más periodismo y menos amplificación de los chismes de las redes sociales. No son pocas las personas que, cansadas de tanta frivolidad y sensacionalismo, exigen medios más serios, más críticos, más conscientes de su papel en la formación de opinión y su poder de movilizar a la sociedad cuando así lo requiere. Esas voces de reclamo aumentan día a día, levantan olas cada vez más altas, la tolerancia a la estupidez tiene un límite.

Lucía Sauma es periodista.

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Llegó el momento de cumplir

/ 5 de mayo de 2021 / 02:44

Quedaron posesionados los nuevos gobernadores y alcaldes. Todos coincidieron en exponer su preocupación por las deudas que heredan, la reducción y el cambio de personal a los que dicen estar obligados y, por supuesto, la queja por las arcas vacías que recibieron. Sin embargo, no podrán negar que, a pesar de estos problemas, ninguno se frenó en la carrera electoral, ni se limitó en el tamaño o la cantidad de promesas que hicieron durante la campaña a cambio del voto ciudadano. La gente cumplió emitiendo su voto, ahora toca a los elegidos cumplir su compromiso sin que medie ningún pretexto porque, los entonces candidatos, conocían la situación a la que se enfrentaban.

Suscribiéndonos a observar las tareas pendientes en la ciudad de La Paz como sede de gobierno, podemos ver que no hay una sola calle sin baches, sobran las baldosas levantadas, son incontables las veredas con superficie irregular donde las piedras del relleno están a la vista como una permanente invitación al tropezón. Las calles no están adecuadas para que circule una silla de ruedas o un coche de bebé. Las aceras están ocupadas por quioscos precariamente construidos, o comerciantes improvisados a quienes les basta colocar una tela o un plástico en el suelo y exponer su escasa mercadería. También están los comerciantes ambulantes, que carretilla en mano venden fruta, productos de bioseguridad o cualquier artículo para el hogar. Para que no digan que no nos adecuamos a las nuevas tecnologías están los cibercomerciantes, que se sientan en las jardineras, en las gradas de ingreso a edificios públicos o en plazas, para entregar la mercadería que fue adquirida vía celular y pagada mediante una transferencia por la banca móvil.

Parados en cualquier esquina de la sede de gobierno podemos preguntarnos ¿dónde están los pasos de cebra? ¿Alguien encuentra las líneas que separan los carriles? Muchas veces vimos pintar estas señales, incluso en horarios inadecuados, con todo lo que significa ocasionar un embotellamiento en pleno centro paceño, pero las marcas nunca duraron. Apenas pintadas, los primeros automóviles que las pisaron se las llevaron, seguramente porque no se utilizó el material adecuado. ¿Quién está a cargo de la compra de pintura para señalizar las calles en la Alcaldía? ¿Se elige la pintura más barata? Lo barato cuesta caro.

¿Cuál es la solución para terminar con la contaminación que producen los PumaKatari? Es un excelente servicio de transporte público, sin embargo, sus buses deben dejar de contaminar con dióxido de carbono. Este servicio ha sido capaz de reeducar a los usuarios, razón por demás para que sean consecuentes en su buen ejemplo y prioricen el aire limpio. Si las autoridades recién posesionadas piensan que se les exige demasiado, refresquen su memoria y recuerden sus promesas.

Lucía Sauma es periodista.

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