Voces

lunes 26 jul 2021 | Actualizado a 00:51

La prosperidad urbana

/ 18 de junio de 2021 / 01:28

Dentro de la política nacional para el desarrollo integral de las ciudades, la ONU Habitat presentó el Primer reporte del estado de la prosperidad de las ciudades de Bolivia. Es un documento muy importante, ejecutado con solvencia profesional, e impecablemente presentado, que desarrolla las líneas establecidas por ese organismo para evaluar la prosperidad de las ciudades en todo el orbe. Como se trata de un documento de suma importancia, éste debe ser conocido por los profesionales del rubro y la ciudadanía en general. Por ello, haré sucesivos comentarios a tan significativo documento para conjugar aportes constructivos (aportes que, además, se promueven en el texto para construir nuevos índices extendidos o contextuales de la Ciudad Próspera).

En esta nota reflexionaré sobre el concepto base que se aplica universalmente para medir la Prosperidad de las Ciudades (el llamado índice CPI), porque es un tema de múltiples interpretaciones. Es una inquietud que no impugna el objetivo principal del estudio que es: lograr “una herramienta estratégica dirigida a los niveles de gobierno y la sociedad para que las administraciones puedan tomar decisiones y definir políticas públicas basadas en evidencia”. Pienso que el término prosperidad es complejo de estandarizar. ¿Cómo podemos igualar la prosperidad urbana de una ciudad colla, con una de Noruega, o con una ciudad argentina llena de blanquiñosos llegados en barcos? Según la ONU, la prosperidad se puede englobar en seis variables: Productividad, Infraestructura para el desarrollo, Calidad de vida, Equidad e inclusión social, Sostenibilidad ambiental, Gobernanza y Legislación urbana. Todos temas capitales y muy preciados en la mentalidad del planificador urbano o regional. Pero, ¿por qué no se incluyen componentes claves de este tiempo como la dimensión cultural? Dicho en términos coloquiales: ¿cómo entiendo mi prosperidad urbana? ¿cómo la entiende el vecino que se farrea en pandemia en la fiesta patronal?, o ¿cómo entiende la prosperidad urbana el contrabandista y acaudalado dueño de un cholet? Comprendo, pero no comparto, la línea conceptual de estos estudios que nacen de esa visión estadística, planificadora y reductora de los aspectos multidimensionales de lo urbano.

Conocer nuestra casa mayor es vital. Los gobiernos no pueden legislar ni ordenar el caos vital que todos construimos más allá de las voluntades planificadoras porque, hasta el día de hoy, las cifras ocultan al ser humano, los planos y los esquemas ocultan las dimensiones culturales que, pienso, son la llave de nuestro futuro.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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La ciudad desde la cultura II

/ 16 de julio de 2021 / 02:10

Ahora bien, y siguiendo la anterior entrega, ¿cómo planificar el futuro de La Paz? El abigarramiento que es la marca de nuestra obra cultural por excelencia, la pluralidad de sentidos sociales que coexisten en el territorio, se enfrentan ahora a una revolución estructural que hace décadas modela y pervierte rizomáticamente nuestro panorama cultural: la revolución tecnológica. Esta transformación nos está llevando a estadios socioculturales, simbólicos y míticos, nunca antes experimentados. La llamada cibercultura de este nuevo tiempo es una mezcla de invenciones técnicas (dispositivos y metalenguajes) que están configurando un futuro impredecible, aleatorio, que se impone generando, en habitantes urbanos y rulares, inéditos comportamientos sociales y culturales. Aquí, en esta Bolivia, que es el reservorio indígena de América, se está gestando una mezcla entre la pluriculturalidad mas extrema de la región con la creciente cibercultura global; ergo: estamos en un menjunje que no llegamos a comprender ni analizar.

Caben muchas preguntas: ¿Cómo afecta la ecuación pluriculturalidad/cibercultura a nuestras ciudades? ¿En ese sentido, qué planes urbano territoriales (de espacios físicos y espacios virtuales) nos devolverán el equilibrio hombre/naturaleza?

Para ejemplificar los síntomas de este menjunje cultural veamos el fenómeno de los cholets. Esa arquitectura, que dizque “nace de nuestras entrañas andinas” es resultado de las trampas de la cibercultura y del despelote cultural de nuestros grupos urbanos marginales. Ese estilo arquitectónico no tendría éxito sin las plataformas y RRSS que promueven la ideología del vivir en la red sobre los tiernos alegatos del vivir bien. ¿Cómo planificar la ciudad para las próximas generaciones que viven en espacios virtuales y bajo una superestructura ideológica-virtual? ¿Acaso crees que la juventud ve al pachamamismo con la pasión con la que escucha un grupo de k-pop, esos andróginos coreanos que enloquecen a nuestros aymaras urbanos? Ahora manda Tim Berners- Lee y no Antonio Gramsci, y menos Mao.

La ecuación pluriculturalidad/cibercultura es un enorme desafío para una sociedad que aún no supera pensamientos y acciones ancestrales- coloniales, como el ejercicio banal y extemporáneo de la política criolla. Con el gremio profesional (los que diseñan planes) y la clase política (los que deben implementarlos) actuales, no podremos concebir ni ejecutar un desarrollo urbano territorial acorde al nuevo milenio. Precisamos de un cambio de mentalidad de la clase dirigente y de la sociedad en general, un desafío de décadas para la educación en Bolivia.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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La ciudad desde la cultura

/ 2 de julio de 2021 / 01:54

La ciudad es la obra cultural más importante de la humanidad; en ella se condensan los múltiples acuerdos y desacuerdos del ingenio humano. En Bolivia más del 75% de la población vive ahora en ciudades y con proyecciones que ensombrecen la relación campo-ciudad y el equilibrio medioambiental. Sin embargo, y paradójicamente, en esa concentración creciente florecen expresiones culturales de todo tipo fusionando influencias del campo con las del planeta. Así construimos un tejido cultural que evoluciona según las pulsiones sociales y el signo de los tiempos.

Si consideramos cultura en su sentido amplio (sin segregar alta y baja cultura del siglo pasado), todo es cultura en esta ciudad: desde la vendedora en las calles hasta el show político en la tele y los memes, desde la música de las Flaviadas hasta el imponente Gran Poder, desde el cholet del norte hasta el edificio wannabe Dubai de la zona Sur, incluso tu forma de vestir y expresarte. Las paceñas y los paceños, nativos o migrantes, indios o k’aras, hemos construido en más de cinco siglos este tejido cultural con una movilidad social intensa y enrevesada como pocas. Resultado: una ciudad bizarra.

Contra la opinión generalizada del gremio urbanístico pienso que, en ciudades como la nuestra, el factor cultural es más importante que el económico o el físico. Material y económicamente nuestros logros son pueblerinos, pero, culturalmente hablando, tenemos un laboratorio de expresiones colectivas extravagantes en un maremágnum exacerbado. Según la escolástica urbanística eso está mal; pero, ¿por qué no aprovechar esos “atributos” para formular planes apropiados para nuestro desarrollo urbano? ¿Por qué no superar el espíritu dependiente del urbanismo local que copia modelos de Chicago o del suizo Le Corbusier? ¿Por qué no pensar en un desarrollo urbano adecuado con, por ejemplo, industrias culturales y creativas? (Sobre el tema analizaremos en otra entrega las nuevas ideas de personas e instituciones).

El urbanismo actual se basa en datos, supuestamente fiables, para proyectar una planificación “seria y sesuda”. Para desconfiar de la planificación que no considera la dimensión cultural va un dato histórico. La Paz contrató en 1978 a consultoras francesas para el “Plan de desarrollo urbano integral”. Costó un dineral. Y lo que planificaron los urbanistas franceses no sirvió ni para el día siguiente. Solo queda el estudio geotécnico que nos recuerda siempre que 70% del suelo no sirve para construir. A pesar de ello, en suelos altamente inestables, construimos tozudamente nuestra más grande obra cultural.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Cuando llora mi guitarra

/ 4 de junio de 2021 / 01:41

Una excedida comparación me permite recordar los cambios en los paradigmas artísticos que, hace décadas, perturban la historiografía occidental del arte y la historia de la cultura en general. Como es un tema de múltiples aristas, trataré de no hundirme en un fango epistémico.

En los años 60 del siglo pasado dos genios de la música compusieron unas canciones, como joyas universales, que llevan por título Cuando llora mi guitarra. Un autor vivía en las islas británicas, Georges Harrison, y el otro aquí cerca, el peruano Augusto Polo Campos. Ambos con su genio y desde sus raíces cantaron a ese instrumento que les dio fama eterna. Pero, entre ellos existen diferencias. Harrison se acopló a la vigencia universal (muy colonial por cierto) del rock, y Polo Campos, en el encapsulado género del vals peruano. Los rockeros de todo el mundo estamos de acuerdo, por nuestra aculturación, que lo de Harrison es una obra del arte universal. Un acuerdo que los innumerables fanáticos de Polo Campos, que pululan en las fiestas populares de la América morena, no lo pueden manifestar siendo también otra obra maestra.

Por razones atribuibles al orden mundial, una canción es de la alta cultura y la otra de la baja. Y así, por la historia del arte occidental, “sabemos” que hay lágrimas de primera y de segunda. Una catalogación descalificadora que todavía se sigue enseñando. Pero, a mediados del siglo XX, en la academia del norte comenzaron a desarrollarse líneas transgresoras a ese pensamiento, los llamados “estudios culturales” o “estudios poscoloniales”, que ensancharon la base de aceptación y ampliaron la óptica de los registros de las producciones artísticas y culturales recuperando las experiencias creativas del mundo olvidado del sur. Son estudios que alimentan el acervo e interpelan la discriminación artística establecida por una visión clasista de la historia. Desde entonces, se construyen nuevos paradigmas del arte y la cultura universales donde no caben las visiones binarias de esto sobre aquello, o si esto es arte y aquello es artesanía.

Mi excedida comparación no es un tema menor. Permite recordar que, en este nuevo milenio, la democratización y la aceptación de todas las expresiones del planeta se están consolidando. Y, lo siento por los seres binarios de la rancia cultura: esta apertura es irreversible; solo falta alterar las leyes del mercado que por el momento dictan la cotización y la diferencia. Algo difícil de entender por qué experimentamos momentos de intenso goce estético tanto con Harrison o con Polo Campos, pues todo depende del momento y de la respuesta pasional ante los desengaños.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sopocachi y la economía naranja

/ 21 de mayo de 2021 / 01:24

En alguna oportunidad me referí al barrio de Sopocachi que, creo, es particularmente importante y que deben tomar en cuenta los responsables de la nueva gestión municipal. Y preguntará usted por qué. Pues, porque es un lugar idóneo para impulsar la llamada economía naranja, aquella que se funda en la creatividad y las ideas relacionadas al diseño, el arte y la cultura, que de manera encadenada se transforman en bienes y servicios culturales. Formado hace más de un siglo, el barrio de Sopocachi nació aristócrata, como hogar de liberales y republicanos, y hoy en día es pluri y multi, como casi toda nuestra ciudad.

Sopocachi ha reunido en sus calles y casonas una fuerza a ser explotada: la mayor concentración de centros culturales, gastronómicos, y galerías de arte. Por ejemplo: la Fundación y el Espacio Patiño, la galería El Salar, la Fundación Solón, el Centro Arte y Culturas Bolivianas, el Museo Elsa Paredes, la Ajicería la Ahijada, la Academia de Bellas Artes; la galería de la Alianza Francesa, la del Círculo de la Unión, las Flaviadas, el Cine Teatro Municipal 6 de Agosto, la Cinemateca Boliviana, el Centro Cultural del Brasil, el restaurante Manqa, la galería de la CAF, el Instituto Goethe, la Casa Virgen de los Deseos, el Archivo de La Paz, la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, entre muchos otros.

En Sopocachi también se rinde culto al arte del comer y beber con múltiples ofertas en restaurantes, cafés y bares de todo tipo con cocina nacional o internacional, rubro muy naranja por decirlo así. Ello genera un movimiento de economía cultural e industrias creativas que están enfiladas en las características mencionadas más arriba. Es un barrio que puede desarrollarse sobre el turismo local e internacional; propios y extraños destacan ese aire tan particular de Sopocachi que uno experimenta en sus recorridos. Es un particular equilibrio de culturas que no existe en otros barrios donde colisionan otros imaginarios. Sin ánimo de debatir ni menospreciar, con orgullo paceño pregunto: ¿qué otro barrio de La Paz u otra ciudad boliviana tiene esa densidad de espacios dedicados al arte y la cultura?

Ayudando a los emprendimientos privados sin ahogarlos con normas y procedimientos municipales interminables y engorrosos; recuperando el patrimonio arquitectónico y urbano (por ejemplo: la piedra comanche de sus calles); mejorando la seguridad ciudadana, Sopocachi será un motor de reactivación de esta ciudad que está perdiendo la carrera del desarrollo urbano frente a otras ciudades bolivianas y ante la pandemia.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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La gran metáfora de Mondaca

/ 7 de mayo de 2021 / 03:05

Se dice que el cine es la metáfora de las metáforas y es el soporte estrella de lo simbólico. Ninguna otra expresión artística connota tanto. Por eso, el cine es el arte predilecto de la contemporaneidad.

Pero no todas las películas expresan multisignos, ni tienen la capacidad metafórica de múltiples lecturas o de capas de construcción de sentido. El primer largometraje de Diego Mondaca, Chaco (2020), lo logra con soltura y honestidad; y la mayoría de las críticas locales giraron en torno a una metáfora evidente: la construcción de la nación boliviana o, si se quiere trazar una elipse de moda, la construcción de lo nacional popular de Zavaleta Mercado.

La Guerra del Chaco (1932-1935) fue el despertar de la Bolivia contemporánea. Fue la piedra de toque para un nuevo pensamiento político, nacionalista y revolucionario. Y en esos terrenos densos se interna Mondaca escribiendo un guion inteligente y ejecutando un filme donde ves deambular a un grupo de soldados famélicos y taciturnos bajo el mando de un capitán alemán en la inmensidad de un territorio ardiente y espinoso. ¿Qué buscan? Pues todo: al enemigo, a sus compatriotas, agua, o algo que dé sentido a esas vidas desgraciadas. Es decir, y metafóricamente hablando, el grupo representa el desvarío de la historia contemporánea boliviana. Sin ninguna posibilidad de coordinar para trazar un plan razonable, la soldadesca se encierra en su mundo (aymara y quechua parlante) sin guía ni rumbo. Es la brillante representación de lo nacional que deambula hace décadas en la ecuación dispar de población y territorio. Por más que el soldado Liborio se entregue a las órdenes del ario (que yerra como cualquier organismo imperial), al final todos perderemos y acabaremos entre brumas en una nada existencial. Tampoco la presencia pusilánime del k’ara, en la figura del tenientillo, pone orden y concierto. Es la metáfora perfecta para un microcosmos social sin equilibrios, salvo las ganas de comernos entre nosotros.

Pocas obras del cine boliviano tienen la potencia metafórica de Chaco de Mondaca. Pocas películas nacionales construyen sentido y, con ello, producen conocimiento, estético y social, con un agudo perfil crítico. ¿Y cómo lo logra? Construyendo una metáfora mayor que contiene múltiples metáforas en su interior: Liborio el indio sumiso y pendejo; el capitán Hans que simboliza una Europa que carga amores artificiales; el correr solitario y desequilibrado del cojo entre unas trincheras abandonadas; el fratricidio en las oscuridades de un pozo; etc. Es un placer ver Chaco de Mondaca porque despierta múltiples capas interpretativas y sedimenta una amarga alegoría de lo boliviano.

 Carlos Villagómez es arquitecto

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