Voces

miércoles 28 jul 2021 | Actualizado a 14:18

La complejidad de don Huáscar Cajías

/ 25 de junio de 2021 / 01:15

Conocí a don Huáscar Cajías cuando ingresé a la Sociedad Boliviana de Ciencias Penales como miembro académico, con mi trabajo Granja de Espejos: ¿aberración jurídica o lucha de clases? en 1985. Él (y dos miembros más) me posibilitó ser el primer cruceño y el benjamín de la Sociedad.

Mi segundo encuentro fue con su obra de criminología que devoré en la maestría en ciencias criminológicas y penales. En 1991 fui invitado por el Parlamento para conformar la Comisión para la Reforma del Estado que él presidía. De nuevo sería el benjamín y único cruceño de esa comisión que viabilizó la más profunda reforma a la Constitución de 1967, incorporando el Tribunal Constitucional, la Defensoría del Pueblo, defensa pública para los procesados pobres, el pluralismo cultural, el proceso penal oral, entre otras instituciones jurídicas. Conocí otras dimensiones de Don Huáscar.

En la criminología latinoamericana, sostengo que existe una primera generación de criminólogos integrada por quienes adoptaron al positivismo y la llamada criminología crítica (materialista o marxista).

El positivismo criminológico que se generó a finales del siglo XIX tomó los principales centros académicos y políticos, y se constituía en la traducción de Augusto Comte, la cúspide del racionalismo cartesiano, que configura el “método” —obviamente positivista— como “el” instrumento de investigación científico. A finales del siglo XIX, pero principalmente a inicios de la segunda mitad del XX, emerge la criminología crítica transpolando el materialismo histórico y la dialéctica para explicar la criminalidad desde la lucha de clases y criticar al positivismo.

¿Cuál es el gran mérito de esta primera generación de criminólogos latinoamericanos? Haber abierto un espacio importante para la criminología.

Claro que hay diferencias sociopolíticas que han favorecido a una, logrando su penetración a tal punto que transversaliza todas las esferas y dimensiones de nuestras sociedades. El positivismo llegó con etiqueta de cientificidad, racionalidad, valores morales y/o religiosidad, etc.

Y la criminología crítica toma impulso finalizando la década de los 70, desde Venezuela, y languidece finalizando los 90. En el último lustro es reimpulsada desde Argentina.

Rafael Garófalo sostiene que existen “sentimientos medios” en la sociedad en cada época. Relanzo y redimensiono esta categoría como los valores medios, y que son aceptados —consciente o inconscientemente— por la mayoría, y obviamente reproducidos. También es conocida la categoría de “imaginario colectivo”. La pregunta que surge es: ¿Escapar de ellos es posible? No lo sabemos. Lo que sí es que no debemos abordar a los autores desde nuestra época, con valores, imaginarios y visiones diferentes para retrotraerlos a contextos históricos, culturales y/o geográficos diferentes.

En 1955, Don Huáscar publica Criminología. El ejemplar que hoy manejo es de la quinta edición con doceavas reimpresiones hasta 1977. Fundador de la Sociedad Boliviana de Ciencias Penales en 1977, que presidió, además de criminología impartió la cátedra de filosofía jurídica y fue director del extinto periódico Presencia. Tras presidir la Comisión para la Reforma del Estado, asumió la presidencia de la Corte Nacional Electoral, instancia estatal de lujo que hasta ahora no ha tenido cuestionamientos, como el resto.

Asumiendo una visión de vida, fue un ejemplo de valoración a la justicia, la dignidad y al Derecho; y, en la dimensión privada, en su vida familiar se vieron sus frutos.

Alejandro Colanzi es criminólogo. Correo: acolanzi@gmail.com

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Guasón, Frankenstein o concurrencia

/ 12 de junio de 2021 / 01:12

Iniciando el siglo XIX, Mary Shelley escribe y describe a ese personaje que es creación del Dr. Frankenstein (con buenas intenciones) y de allí el nombre que recibe su creación, y que pasa a ser un ser “malvado” por su fealdad y marginalidad (proceso social de interacción y de etiquetamiento).

Recientemente, un personaje del siglo pasado ha permitido la obtención de un premio Oscar a quien lo personificó: al Guasón (la última versión que es digna de verla más de una vez). Más allá de la evidente tendencia positivista psicosocial de cómo se construye el niño víctima y su proceso (de marginalidad) hacia el adulto victimador, la película Guasón nos muestra las circunstancias complejas en que se desarrolla, los valores que se construyen, las etiquetas que marcan y terminan automarcando, etc., pero en la perspectiva de la influencia en la individualidad y de criminalización de la marginalidad socioeconómica.

En la misma línea de “monstruos” podemos mencionar aquellos niños que son secuestrados por grupos irregulares que los obligan (sin ninguna opción de escogencia en libertad) a matar a sus padres como proceso de iniciación, para después convertirse en “pervertidos asesinos”.

Hace pocos días escuché a un viejo amigo criminólogo, Chisthopher Birkbeck, manejar la novedosa categoría de “concurrencia” para mostrar cómo una vieja víctima también encarna y se transforma en el nuevo victimador. Creo que un largo seminario donde también expusimos, pero más escuchamos, no se justificó mejor que con dicha categoría expuesta: concurrencia.

Es a partir de esta doble condición de víctima y victimador donde nos asalta la duda sobre la libertad y el libre albedrío. ¿Cuál y de dónde proviene la libertad de la víctima que queda marcada, inducida a una especie de brete (aquellas maderas que marcan el estrecho camino del ganado para poder marcarlos, vacunarlos, etc.) social? ¿Cuál y de dónde provendría la libertad de escogencia entre el bien y el mal que nos muestra el “libre albedrío” de la otrora víctima convertida —no en libertad— ya en victimador? ¿Cómo los criminólogos podemos aportar para entender esta situación y así plantear propuestas para la implementación de políticas públicas que no reproduzcan este perverso círculo vicioso?

¿Cómo analizar criminológicamente esta situación en sociedades como la nuestra, donde existe más del 60% de pobreza, sin criminalizar y caer en determinismos sociales que reproducen dicho círculo vicioso?

¿Cómo plasmarlo en el Código Penal, cuando hay conciencia de aquello? ¿Dónde queda la culpabilidad? ¿Dónde la corresponsabilidad por omisión de la sociedad y del aparato de Estado que debe proteger por mandato constitucional? Si el sentido de existir del Estado es la protección del “ser social”, ¿se deslegitima éste ante la incapacidad de protección? ¿Se deslegitimiza la democracia?

Sin pretender, en lo mínimo, justificar la violencia existente, ni alarmar sobre la real deslegitimación de la institucionalidad estatal, la corresponsabilidad social por omisión y la consecuencia natural de disminución alarmante de los valores democráticos, es bueno sentarse a reflexionar sobre ello para producir respuestas. Es obvio que me convierto en un profundo cuestionador de la existencia de la libertad y del libre albedrío, ya que el pasado nos limita al extremo de poder cuestionar su existencia, y el presente está determinado por dicho pasado, ¿de qué capacidad de escogencia en libertad estamos hablando?

Alejandro Colanzi es criminólogo y fanático destroyano.

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Moldiz, la discusión es sobre dignidad y economía

/ 1 de mayo de 2021 / 02:59

Buscando un espacio de discusión, intencionalmente intenté provocar a Fernando Molina, quien por WhatsApp me dijo que me respondería con un libro, que estoy buscando adquirir para leer; y espero que mi próximo libro, ya en editorial, intitulado Discriminación. Lo que Michell Foucault no dijo del “racismo”, contribuya y enriquezca este debate aún no dado y necesario en nuestros lares.

También provoqué a Carlos Moldiz, a quien no conozco, quizás por la diferencia de edades; aunque sí me atreví por su formación académica. Pensé que era politólogo además de militante: me equivoqué, es más militante, activista y autocalificado de “izquierda” (lo repite hasta el cansancio).

Hace mucho tiempo encontré a un ayudante que en solitario repetía “amo a mi mujer, amo a mi mujer”; después he visto a muchos golpear a otros bajo el grito de “por qué nos traicionas”; también es cada vez más frecuente escuchar “aleluya” o “soy liberal”, “soy de izquierda”, “soy honesto y manos limpias”, portar rosarios o biblias. Todas estas actitudes son autoafirmativas y denotan el divorcio propio de nuestra cultura: ser y deber ser. Repetirse no implica necesariamente serlo. Pareciera que leyeron Autosugestión y sugestión de Jagot.

Carlos, creo que debiéramos concordar en las siguientes puntualizaciones: a) Dices “…lo hacía desde una lógica… no… Occidental”, que a contrario sensu implica oriental: esto huele a tufillo andinocéntrico; b) Bobbio, al que citas con mucha reverencia, no es de “izquierda”; c) las verdades absolutas, como planteas, son antidialécticas en la visión o vereda “zurda”; d) lo ideológico es falsa conciencia desde la perspectiva de estructura económica, ya que la superestructura es funcional (falsa) a ella; claro, Gramsci no diría lo mismo y menos Agnes Heller. Bueno, pero Marx justificó la invasión yanqui a México, entre otros eurocentrismos positivistas y cristológicos propios de él, y… ¡¡¡gran “zurdo”

!!! El problema de “ideologizar” (falsa conciencia) es alimentar la visión del “pupu” (ombligo), como la llama mi entrañable amigo Condarco, visión perversa que transversaliza a los enfrentados y que siempre me los grafico como aquel que golpea al “otro” exclamando “por qué no piensas como yo, traidor”: cultura dicotómica eurocéntrica y colonial. Claro, el militante solo actúa: como las barras bravas. George Orwell señalaba a esto como pensamiento único.

Carlos, no hay que rehuir a la discusión con el pretexto de odiar o no (subjetividad pura despreciada por el idealismo positivista y el marxismo-preñado de aquello). Los análisis o deconstrucciones de lo abordado, desde la perspectiva clínica, posibilitan buenos tratamientos; además, la CPE manda a descolonizar, y para ello hay que saber qué y cómo.

La discusión en nuestra indo-hispano-áfrica-américa (o como la llamé hace 32 años, Abya Yala, que en lengua Cuna —etnia panameña— significa “tierra en plena madurez”) no es sobre racismo; si lees la CPE, es sobre dignidad y economía=discriminación. No es sobre blanquitud, que como te dice tu compañera, no hay; y no hay ni aquí ni en lugar alguno (repito, a rosaditos pueden llegar, pero con un ch’enko de genes, mezcladitos) porque es una construcción eurocéntrica y colonial.

Con mucho cariño Carlos, respetando tu militancia y activismo.

 Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y fanático destroyano.

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Discriminación: una discusión criminológica necesaria

/ 5 de abril de 2021 / 02:21

El respeto a la Dignidad de las personas es producto de un largo proceso histórico que logra un salto cualitativo con el advenimiento del Estado Moderno, y, es este, que por sus propias contradicciones produce otro nivel cualitativo con el Estado Social y Democrático de Derecho, también conocido como el constitucionalismo social.

Hasta inicios de este siglo, en los programas de criminología se mostraba que el positivista Lombroso sustentaba su racismo evolucionista en Comte y antes en Darwin (siglos XVIII-XIX) cuando ya Foucault (Foucault, 1976) había retrotraído ese sustento a los siglos del Medio Evo tardío e inicios del Renacimiento.

Conocer el cómo se origina, desarrolla y utiliza ¿nos permitirá proponer alternativas para dificultar su reproducción? Este es el reto, consideramos, de la criminología desde nuestra indo-afro-latinoamérica.

La evidencia del racismo en la concepción antropológica de los estudios criminológicos de Cesare Lombroso, es solo el punto de partida en la retrospección históricocultural de cómo se construye este instrumento de indignidad humana. Hoy, en el inicio del tercer milenio de la era cristiana, este instrumento está presente no solo en Europa, sino también en nuestra indo-afrolatinoamérica en su núcleo cultural, repartido en diferentes generaciones, niveles socioeconómicos y pigmentaciones dérmicas. Exploramos cómo y por qué el proceso discriminatorio comienza desde la perspectiva física en los griegos, su proceso de acumulación con el judaísmo, el cristianismo romano, la influencia de un invasor «extraño» como Atila, las cruzadas contra los herejes demoniacos, la Inquisición católica, el “renacimiento” y los nuevos mundos y su colonialismo. También, los mecanismos de dominación y el «salto» de la racionalidad y el cientificismo necesarios para su hegemonía. Finalmente, el determinismo biológico del siglo XIX y, obviamente, los estudios de Lombroso, conocido como el padre de la criminología.

En las sociedades nómadas como en los primeros milenios de las sedentarias, la belleza estuvo vinculada a la “reproducción” biológica y también a las deidades, que al haberse “hecho” humano (Egipto) se vinculó a la casta. Y, es a partir de los griegos que la belleza tiene una mutación, por su realidad material —geográfica principalmente—, que también implicó la discriminación, hasta la eliminación, de su antónimo: la Fealdad.

Esa construcción se ve fortalecida con la expansión romana y el desarrollo de las religiones monoteístas, y acelerada cuando el cristianismo se torna en poder al ser “oficial” y más aún cuando es poder real e instrumentaliza a la Escolástica, la “Santa” Inquisición y las Cruzadas, logrando poder “absoluto”.

Será a partir del “descubrimiento”, “encuentro” o “invasión” de los nuevos mundos que esa acumulación sociocultural dará un salto en la justificación de la nueva colonialidad de los “nuevos” mundos. Será a partir de allí que el poder posa sus ojos y bolsas de dinero en la intelectualidad que justifica una supremacía cultural, “racial” (se divide al mundo) y geopolíticamente, discriminadora de lo sometido. Llega a su punto más alto en el siglo XIX, con la emergencia de la criminología positivista, y al mayor grado de la barbarie a inicios del siglo XX.

La discriminación por color de piel, mal llamada “racismo” (porque reproduce la colonialidad eurocéntrica), ha penetrado hasta el ADN cultural en nuestra indoafro- latinoamérica por lo que, también desde la criminología, se debe contribuir en su desmontaje. 

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y profesor universitario. Correo: acolanzi@ gmail.com

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¿Daltonismo ideológico en Moldiz?

/ 17 de marzo de 2021 / 02:54

 “Acá no hay blancos”, escribe Moldiz Castillo (26/02/21 LA RAZÓN). ¿Dónde los hay, compañero Moldiz? En un seminario de Criminología Crítica al que asistí en 2019, realizado en Santa Fe, Argentina, alguien observó y dijo “¿blancos? hasta rosaditos llegan…” Entonces, ¿dónde están?; porque pareciera que acepta su existencia. El daltonismo lo utilizamos aquí como genérico y no específico en cuanto a colores.

La “blanquitud” en los europeos fue y es una construcción que va de la mano de la iglesia al asociarlo a la pureza, belleza y bondad divina, contraria al negro que vinculaba a lo diabólico y que influye y se traduce en lo supuestamente “biológico”, que es utilizado geopolíticamente en la dominación de los “nuevos” mundos; aunque las CASTAS ya lo hacían desde siglos antes en este lado del mundo. Por ello la pregunta… si acá no hay, ¿dónde están?

En 1974 conocí y me enamoré de La Paz, amor que aún vive. Allí vi cómo se trataba a los de polleras y de piel morena: “hijita” le decían a la anciana los aún jóvenes, lo que me llamó poderosamente la atención, más aún si es en una región mayoritariamente indígena. Dice que hay que salir de su casa para darse cuenta de lo que sucede en la nuestra o propia.

La estratificación social es transversal en nuestra patria que está preñada de discriminación, también por color de piel (visión y categoría constitucional). A inicios de la década de 2010 se hizo un estudio en nuestra indo-hispano-africano-américa (o Abya Yala, Latinoamérica, etc.) con niños y niñas de entre 9 y 12 años, a quienes se les ponía en la mesa una o un (dependiendo del sexo) muñeca o muñeco de Barbie o Kent, a un lado un@ muñec@ rubia y al otro un@ o una muñeca morena, contándoles cuentitos para aterrizar en preguntas sobre culpabilidades o inocencias: más del 90% culparon a la y el moreno. La discriminación, ¿está en el tuétano cultural? Cómo superar esto, es la cuestión, es la búsqueda de respuesta a la colonialidad que manda la Constitución vigente.

Buscar y descontextualizar expresiones discriminatorias —y forzadamente vincularlas a una región— para culpar, es ideologizar; y, como tal, la ideología es per se FALSA CONCIENCIA; además hablar de “raza o racismo” es reproducir la colonialidad que debemos desmontar por mandato constitucional. En sociedades de profunda inequidad no podemos dejar de entender la CONCURRENCIA de la calidad doble de víctima y victimador al mismo tiempo y en la individualidad del SER SOCIAL: soy víctima y a su vez victimador, soy reproductor de las relaciones de poder. Recuerdo una discusión radial con el compañero Felipe Quispe, que ya no está en este mundo, cuando me atacaba por ser del oriente, de apellido foráneo y, supuestamente, en su decir ser “blanco”; y, obviamente, como superficializó su debate, la respuesta también fue superficial: “el foráneo —mi padre— era más moreno que vos y siendo yo del oriente, vos, compañero Felipe, tenés ojos verdes que yo no tengo”. Ideologizar, insisto, es ponerse lentes y pretender subsumirlo todo: es por naturaleza despótico y autoritario.

El discriminado se vuelve discriminador, como por ejemplo cuando llama k’ara y/o corta la corbata, etc., o viceversa. Se reproducen las relaciones de poder y se abandona la búsqueda de la síntesis dialéctica: el avance, el progresismo, el superar la tesis criticada. Obviamente, ni los “zurdos” ni los “diestros” (que son reproducciones de categorías coloniales y eurocéntricas) se dan cuenta de que al ideologizar reproducen hasta lo supuestamente negado: repiten como cuando vamos a dar la primera comunión o confirmación y nos hacen aprender de memoria el catecismo. En algún momento le dije a mi amiga Martha Harnecker en Caracas —hoy tampoco en este mundo— , que su libro sobre el materialismo histórico había sido como el Manual de Cortapalos de los sobrinos del pato Donald: vademécum; ella, muy sabiamente me dijo, yo lo escribí y si alguien lo mal utilizó, ya no era su responsabilidad. Lo mismo pasa con los supuestos idealistas diestros. 

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y profesor universitario. Correo: acolanzi@ gmail.com

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¿Racismo en Bolivia? Lo que Molina no dice

Lacan señala que cuando negamos algo, al hacerlo desde lo negado, lo reproducimos.

/ 22 de febrero de 2021 / 02:03

Fernando Molina, notable y profundo intelectual, de quien me honro en conocer, escribió dos opiniones sobre expresiones del racismo. De allí nuestra provocadora pregunta del título presente.

No niego la existencia de la discriminación por color de piel en Bolivia. Lo que Molina no dice es que las categorías raza, racial y racismo son construcciones coloniales y eurocéntricas; que, al ser reconocida esta visión en el preámbulo de la Constitución Política del Estado (CPE), consecuentemente en sus articulados se refiere como discriminación por color de piel. Claro, antes de la colonia no existía discriminación por color de piel, pero sí perversa discriminación por condición de las impermeables castas (Quebracho o Liborio Justo), las que fueron formalizadas en el nuevo orden jurídico de la colonialidad en las Leyes de Indias.

Lacan señala que cuando negamos algo, al hacerlo desde lo negado, lo reproducimos: la antítesis también reproduce a la tesis (ya en la visión dialéctica).

La visión constitucional es deslegitimada en la Ley 045 (irónicamente denominada ley contra el racismo y toda forma de discriminación), cuando reproduce las categorías colonialistas y eurocéntricas de “raza” (4 veces), “racial” (10) y “racismo” (56); en su DS Reglamentario, “raza” (2 veces), “racial” (3) y “racismo” (26); y ni qué decir de la Unesco, que reproduce en su último documento de 1965 las categorías “racial” (30 veces) y “raza” (10). Esto contraviene, además, el mandato de descolonización expreso y explícito en el artículo 9 de la antes citada CPE.

El “blanco” o “el blanqueado”, como señala mi querido amigo Fernando Molina a la casta dominante, que equivale a la que otros denominan como la blanquitud, también es una construcción socio-geopolítica de la colonialidad eurocéntrica, preñada de valores greco-romanos y judeo- cristianos, la base de la cultura occidental. Y, como diría alguien: “¿Son blancos?, no, hasta rosaditos pueden llegar a ser, pero blancos, no”. Pareciera que retrocedemos siglos en la falsa y perversa discusión dicotómica de blanco=bueno y negro(incluye al casi negro)=malo.

La lucha por la visibilización —de los “otros”— es larga, y apenas hicieron sus pininos formales (legítimos y legales) desde 1952 (profundizados en las últimas décadas); y, que no está teniendo los éxitos necesarios y suficientes como muestran los datos oficiales del comité nacional de lucha contra el “racismo” que registra entre 2010 y 2018 la cifra de 1.394 denuncias (delincuencia aparente) de discriminación por color de piel y tan solo tres sentencias (delincuencia legal) condenatorias por dicho delito, sin detectar la cifra negra o real de la discriminación que, por conciencia o inconciencia, incredulidad o rechazo del sistema no se denuncian, y usualmente las cifras negras de la delincuencia, en general, superan el 80% del total.

Por ello insisto en que no debiéramos reproducir las categorías que ideológicamente negamos, porque las fortalecemos; y, en la CPE se da un salto cualitativo importante, al respecto.

¿Cuál es la respuesta a esta realidad? ¿La del aislamiento como propuso el mestizo Felipe Quispe con la nación Aymara, la que tuvo como respuesta del mismo talante a la Nación Camba? No lo sé, pero al igual que Fernando Molina no estamos dispuestos a cruzarnos de brazos. Por lo menos desde la criminología, desde y para nuestra indo-latino-afroamérica, contribuiré a lo que denomino “desideologizar para construir” una otra criminología, que es posible.

  Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y profesor universitario. Correo: acolanzi@ gmail.com

 

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