Voces

domingo 25 jul 2021 | Actualizado a 23:32

Fin de ciclo

/ 17 de julio de 2021 / 23:22

Lamento decepcionar a quienes, por un momento, pensaron que detrás de este título se abrigaba una renuncia. El equipo de esta casa periodística sigue firme pese a tanto en contra. La crisis de los impresos en tiempos de ritmos digitales, la crisis poselectoral, la crisis económica, las pedradas rabiosas de los enemigos de LA RAZÓN y sus medios hermanos y la paliza generalizada de la pandemia pusieron de rodillas a esta empresa privada que desde finales de 2019 hasta hoy hace gigantescos esfuerzos por salir viva y soñar con seguir existiendo. Con resultados, eso sí. Las ediciones de papel volvieron poco a poco a poco: desde el 1 de julio hay LA RAZÓN y Extra de lunes a domingo con estreno de suplementos y ediciones especiales cuando la información lo precisa; LA RAZÓN Digital es como una bailarina que gira de puntas y con gracia (la evolución de nuestros números en la esfera digital reafirma nuestros pasos); las transmisiones desde esta página digital con nítido eco en Facebook, YouTube y con comentarios a favor y en contra desde el entramado de las redes nos dan la luz verde para seguir con La Razón Radio, Tercer tiempo de Marcas, Como perros y gatos y Piedra, papel y tinta, las últimas apuestas audiovisuales de este equipo de trabajadores, bajo la confianza y sostenido apoyo del grupo propietario, que está dejando sus mejores cartas en la montaña paceña de Auquisamaña. Son justamente estas transmisiones las que cierran un nuevo ciclo de medio año para hacer un paréntesis de dos semanas.

Dos semanas para evaluar lo que sí funciona y lo que hay que afinar. Pero, seamos francos, dos semanas sobre todo para descansar. Rubén y Marco lo merecen, después de tantas mañanas de estricto frío frente a los micrófonos de la información y de la interpretación de nuestra radio. Rafa, Paulo, Priscila, Roberto y Jorge lo merecen, después de las noches exigentes de fútbol en pandemia y de dos Copas que nos inyectaron ganas, garra y goles. Alejandra lo merece: demostró que hay un mundo que cree en la inocencia y ternura de la existencia animal dispuesto a acompañarnos en nuestras transmisiones dedicadas a nuestras mascotas y vecinos silvestres con suplemento en papel y todo. Lo merecen Óscar, Gabriel, Joaquín y Gary, los arquitectos de cada uno de los programas, los bomberos que apagan los inesperados incendios. Un incendio es que el único entrevistado del programa que comienza en media hora llame al periódico para decir que recibió una llamada del Presidente y que tuvo que dar media vuelta cuando su seguridad ya había llegado a nuestra Redacción; otro incendio es madrugar y que la señal se corte en plena transmisión; otro es que Gabriel se quede dormido y con el celular apagado el día de la inauguración de nuestras transmisiones porque se quedó a probar detalles técnicos hasta la madrugada. Al final de este ciclo, la foto muestra que los desacuerdos, las tensiones, las peleas, las frustraciones, las metas inconclusas y los cansancios acumulados se compensan con una entrevista que rompe los números esperados y marca la agenda periodística nacional o cuando este pasado 16 de julio nos dimos el lujo de hacer un homenaje a esta ciudad maravillosa junto a las voces musicales que nos dieron confianza y amistad desde octubre de 2020. El telón, antes de caer para un intermedio, bebió los licores del charango, del bandoneón, de la guitarra, del piano, de la zampoña… y cantó hasta caer de alegría.

Una noche antes nos visitó el artista e intelectual Édgar Arandia, un cholo de Chuquiago Marka, para recordarnos su lealtad como columnista de LA RAZÓN. Como él mismo dice: “Para mí es un honor estar en esta casa que ya me ha acogido una década y que me ha hecho tener más amigos y, obviamente, también más enemigos. Y eso es bueno porque quiere decir que lo que uno opina o escribe tiene alguna resonancia. Yo siempre digo: me preocupa no tener enemigos porque quiere decir que no estoy avanzando, quiere decir que me he quedado y que me he resignado, que he capitulado en los sueños y yo no voy a capitular hasta el último suspiro”. Como Édgar, los soldados de esta empresa tampoco dejaremos de soñar, ni de creer, ni de madrugar, ni de cansarnos colocando los ladrillos del periodismo en el que creemos. La lucha es nuestro descanso.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Para recibir el canto de los pájaros

/ 4 de julio de 2021 / 00:35

LA RAZÓN, desde inicios de año, propone las transmisiones Piedra, papel y tinta, Tercer tiempo de Marcas, Como perros y gatos y La Razón Radio. Es en este último espacio que escuché, mientras iniciaba una mañana bañada en café con leche, a mi compañero Rubén Atahuichi reflexionar sobre el Año Nuevo Andino. Constataba él que había mucho reclamo en las redes sociales por esta celebración; que decían con enojo que su Año Nuevo es el 1 de enero y que lo otro es un invento del MAS. De pronto era evidente que la voz del periodista ya salía del interior de su emoción cuando pedía a los jueces de las redes que si no lo sienten, que lo respeten, que sean más empáticos. Se preguntaba después por qué no hay las mismas quejas sobre la tradición de San Juan y los hot dogs. Nadie dice nada en redes. El Año Nuevo Aymara, recordó, inaugura el calendario agrícola, la gente del campo planifica, se reúne con el horizonte de tener mejores cosechas de los alimentos que consumen los campesinos pero, sentenció Rubén, “también consumen los citadinos que hoy reniegan de esta celebración”. Y remató: “los productos de la tierra son también para ellos”. Caí entonces en cuenta que, detrás del odio político al MAS expresado en la descalificación de esta celebración está el desprecio por el mundo campesino y detrás de este desprecio está la deformación instalada por siglos de que el “no campesino”, el “menos indio” que el indio es superior.

La misma razón explica por qué esa mujer de pollera con sede en la ciudad de El Alto dijo recientemente a la cineasta Verónica Córdova: “Nosotros nunca quemamos la bandera boliviana, nosotros nunca les hicimos ponerse de rodillas, nosotros nunca les hicimos besar, semidesnudos y golpeados, la wiphala”. Podríamos también decir que tantos y tantos policías que se sienten representados en la wiphala nunca cortaron la rojo, amarillo y verde de sus uniformes.

La misma razón puede explicar por qué nos derretimos en medios de comunicación o en nuestras charlas privadas cuando una autoridad norteamericana hace un discurso en un esforzado aymara (amistoso gesto, sin la menor duda) y nos burlamos con crueldad cuando un indígena no habla bien castellano. De repente es la misma razón que transparenta la enorme crítica a la vacunación anticipada de la hija del expresidente indígena Evo Morales (absolutamente abusiva) y el poco ruido en torno a la vacunación, también anticipada y también abusiva, de la hija de la expresidenta Jeanine Áñez (cabellera rubia pero rasgos indígenas, como todos mis compatriotas).

Es ampliamente probable que el rechazo, el juicio o la ironía que nos sale con el Año Nuevo Andino o con la bandera embarazada de todos los colores que flamea en la Bolivia india tenga algo que ver con las masacres de nuestra historia americana. Es probable que las masacres de Sacaba, de Senkata, de El Pedregal, sigan gritándonos lo mismo. En un diálogo de periodistas con mis colegas Freddy Morales y Mario Espinoza intenté expresarlo en medio de un encendido debate sobre el monumental fraude versus el golpe de Estado de 2019 preguntando a mis invitados, más allá de las narrativas, de los artículos de la Constitución, del juramento o no de Jeanine Áñez… ¿Quiénes murieron en la noche poselectoral? ¿Cuáles son los apellidos de los muertos? ¿Dónde murieron? ¿Cómo murieron? ¿Quiénes se indignan con estas muertes?

Podríamos decir más: podríamos pensar con dolor adentro que somos una sociedad que pide con urgencia un diván y un psicoanalista que nos ayude a aliviar tanto desgarro interno que la colonia ha tatuado con sangre en nuestras pieles morenas de citadinos, en nuestros nombres que quieren ocultar nuestros apellidos indígenas, en nuestra burla de los indígenas que son solo nuestro llanto interno de negación de las mismas fuerzas indígenas que nos habitan hasta la muerte. Y es que, como escribió Eduardo Galeano, “en América todos tenemos algo de sangre originaria; algunos en las venas, otros en las manos”.

Sin embargo nada está perdido. La propuesta cinematográfica y de vida de Jorge Sanjinés, la mejor composición de Cergio Prudencio y la voz como nunca intensa de Emma Junaro, en esta mañana iluminada por el gigante sol de las montañas que me calienta y me consuela, me dieron la respuesta que me salva del ahogo en este teclado: “Para recibir el canto de los pájaros, escalar el viento, navegar la luz, iniciar el viaje del encuentro, última tarde de sombras y de invierno, canto, canto, canto”.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Las cosas más hermosas

/ 20 de junio de 2021 / 00:42

Ni la ficción pudo imaginar este sacudón al planeta. Una pandemia que nos dejó perplejos y que todavía no ha mostrado su cola: el temor, la incertidumbre, el riesgo, la enfermedad y la muerte nos acompañarán por lo menos hasta el próximo año. Escucharlo en estos últimos días me mandó directo a la experiencia que le está tocando vivir a mi hijo, con su proceso educativo remendado artificialmente desde una pantalla de computadora y dependiente de que no se caiga la señal de Internet, con su socialización al tacho, con su adolescencia refrigerada en un departamento; pensé en mi madre y su exposición al contagio, aliviada por la vacuna y pese a ello sin un cerrado blindaje; volvió a entristecerme el encierro de mi padre desde el inicio de la pandemia, su desamparo ante tantos meses entre cuatro paredes, mecido entre la lectura, la tele, los crucigramas y un moderno teléfono que no termina de domar. Y así como les comparto mi burbuja de piel y de afectos entrañables, cada uno puede hablar con dolor de la suya y nuestro miedo es el mismo. Estamos unidos en el temor. Resultó que sí somos iguales en nuestra frágil condición humana, más allá de vivir en un país que compró vacunas para nueve veces su población o pertenecer a una familia con mucho dinero o vivir de vender jugos de fruta en la esquina de un país del rincón del mundo. Al final del día estamos más o menos desnudos ante la enfermedad y ya sabemos en carne propia que somos diminutos ante la muerte. Hace más de un año que le conocemos el rostro. Porque la muerte ya dio entrevista en todos los medios de información a nuestro alcance; ella nos ha expuesto en terribles números de decesos la magnitud de nuestra impotencia; con su manto ha cubierto de luto a los nuestros sin que podamos despedirnos de ellos. Vimos partir a ese allá a compatriotas, a personas que vimos en alguna pantalla o fotografía de periódico, a grandes empresarios que parecían inmortales, a políticos que vimos en campañas electorales, a intelectuales que leímos y admiramos, a artistas que nos enseñaron a ver la vida desde otra ventana, a compañeros del trabajo, a vecinos del barrio, a conocidos del colegio, a amigos de toda la vida, a familiares, a seres de nuestro núcleo sentimental más íntimo…

La señora muerte nos mira sostenidamente. Exhibe su poder sobre nuestra pequeñez. Justo cuando nos creíamos todopoderosos con nuestros celulares de tres cámaras y San Google en la palma de nuestras manos, justo cuando ya circulan autos que se conducen solos, justo cuando Netflix promete el paraíso, justo cuando nuestros teléfonos nos leen el pensamiento. Parecía inverosímil y sucedió. Para quienes creemos que la vida es más que materia, este inolvidable y autoritario capítulo de la historia universal se las trae. No me gusta la idea de castigo porque para eso está nuestra propia miseria humana; es preferible pensar que se trata de una dolorosa pero valiosa oportunidad de hacer las cosas de otra manera, justo diametralmente opuesta. Nos llegó el aviso de que hay que salir de la Caverna de Platón y para dejar de ver las sombras en este hueco de ilusiones, ya sabemos, hay que darse la vuelta y permitirse mirar con la luz verdadera en los ojos. Al inicio lastima la vista, lastima el corazón, lastima el bolsillo. Pero sirve.

Cambiaron muchos (otros siguen lucrando descaradamente con la pandemia) sus ambiciones de dinero, de un puesto mejor en el trabajo, de casas con piscina, de un auto último modelo, del teléfono que se dobla en cuatro, de aplastar al enemigo a cualquier precio, por los únicos ejes humanos que nos mantienen vivos: estar junto al ser amado, conservarnos sanos, poder alimentarnos y también, claro, pasar horas con una amiga en el café de siempre riendo de nosotras mismas, celebrar un cumpleaños en la intimidad de una cocina, acceder a una vacuna gratuita, desplazarse unos kilómetros para abrazarnos, cenar y tomar dos botellas de vino con nuestros cómplices de vida, caminar por la calle sin que el barbijo de esta pesadilla tape lo que mejor nos sale, una sonrisa. Hoy la batalla de estos muchos es por lo esencial, por lo que no vale un peso, como me recuerda hoy ese relato animado que acompañó una vacación de mi pequeña infancia al lado de mi mamá y mi papá en un sencillo hotel del interior del país: Trapito. Volvió a mi alegría de cuarentona ese cuervo pícaro y ronco que cantaba con su acordeón: “Las cosas más hermosas de la vida no se pagan con dinero: mirar una estrella, correr junto al mar, jugar con un niño, reír, cantar, oler una rosa, dormir una siesta, oír un consejo, llegar hasta viejo”.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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El rey Arturo

/ 5 de junio de 2021 / 22:37

El anuncio de la detención del exministro Murillo en el vientre mismo de Estados Unidos fue la explosión de los verdaderos gases lacrimógenos, de esos que nos hacen llorar desde el pecho porque la pena no es el “cochabambino querendón” sino la interrogante sobre todo un sistema gubernamental que representó la esperanza para un pedazo grande de Bolivia.

Murillo, sus parientes, sus amigotes cochabambinos, los intermediarios, los sobornos, las alertas del sistema financiero norteamericano y una investigación de muchos meses que comienza a mostrar resultados en el gobierno de Arce ante las caras sorprendidas de ciudadanos, autoridades e investigadores bolivianos, perfora un año y pone en cuestión un sistema de creencias de la oposición al mundo masista como pone a prueba la solidez de un Estado al que le cayó este pez gordo sobre la cabeza.

Si el rey Arturo era detenido en Bolivia, iba a entonarse el canto de la persecución política, pero como el chef fue norteamericano, todos nos comimos esa verdad y a partir de ahí la ruta de este gas pimienta de la verdad, de las lágrimas, del lamento y del “yo no fui” tomó rumbos diferenciados.

Por un lado están los adversarios políticos, hoy sentados nuevamente en el poder y con la legitimidad del 55,1 por ciento de los votos, que salen airosos con la bandera de esta derrota para el gobierno transitorio de Áñez y con ella envuelven a todo el sistema gubernamental que usó los símbolos del movimiento “pitita” para gobernar y quieren cubrir con el manto de la corrupción desnudada (y el conocido abuso de poder del rey de las esposas) todo lo que se movió bajo la A de Áñez. Falta ver, sin embargo, hasta dónde llegan realmente los tentáculos de la fiesta de este representante del piquemacho que nos encerró en la cuarentena para cuidarnos de la pandemia (con la voz de madre de Jeanine) mientras él y los amigos robaban lo que entraba en sus bolsillos y lo que su astucia alcanzaba. Ya se puso la lupa en el gabinete: Lopéz es el primero de la fila y pondrá bajo examen a nuestro enorme vecino brasileño; Longaric ya dijo que lamenta la corrupción, que una no firma decretos para que se delinca, que el nombramiento de la hermana de Murillo como cónsul en Miami fue una instrucción (en su momento dijo que la cónsul sí estaba preparada para el cargo) y que conoció a Áñez el día de su posesión. Justiniano también deplora el hecho y revela hoy los abusos de poder del gobierno añista. A Ortiz le conocemos sus desacuerdos con Arturo cuando coincidían en los pasillos del poder. La titular de comunicación, Roxana Lizárraga, ya había contado cómo se refería Arturo a “unos cuantos muertos” en los momentos más dramáticos de su gobierno. Y así, las principales cabezas del momento hoy lamentan la corrupción y se declaran lejanos del rey cazador. Lo propio con el salón de retratos de los actores políticos, religiosos, mediáticos y extranjeros que apoyaron el ascenso de Áñez. Habrá que demostrar madurez y capacidad de los actuales poderes del Estado para evitar la cacería a ciegas sin abandonar la firmeza y rigurosidad en identificar las responsabilidades. Sobrevuela la mariposa de la duda.

Debajo de estos dos campos políticos, están los otros dos campos. El campo de todos aquellos que sintieron indignación con la última postulación de Evo Morales; los que sí creyeron en el fraude monumental y se sintieron nuevamente engañados y salieron genuinamente a defender el retorno de su democracia, así sea golpeando las puertas de los militares en sus versiones más radicales. Creyeron en un gobierno que garantice los derechos, en una propuesta más justa que la que puso sobre la mesa el MAS durante los catorce años. Muchísimos no recibieron nada a cambio para salir a las calles a arriesgarse para un futuro mejor, no ocuparon cargos públicos, no recibieron ni un peso porque su esperanza no tenía precio.

Al frente está el campo de los ciudadanos que desaprobaron los gases asfixiantes de la narrativa del fraude desde el largo preludio de la elección y de la sucesión constitucional que hoy está tan cuestionada y tan centrada en esa sala de la Universidad Católica. Todos los que sufrieron un año que no consideraron democrático y que dejó tantos muertos, heridos y encarcelados hoy multiplican sus preguntas tapadas entonces con sirenas de militares y policías. Para esas madres que perdieron para siempre a sus hijos en Senkata, Sacaba o en la zona Sur de La Paz, el ver al rey Arturo uniformado de naranja y detrás de un barbijo no basta. No basta.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Todo sobre un hilo

/ 23 de mayo de 2021 / 00:39

Estos últimos días, LA RAZÓN y Extra nos llevaron por la feria 16 de Julio en la ciudad indomable, El Alto. En medio del notable ingenio y la demostrada vena comercial de la zona, se abre la calle de la venta ilegal de mascotas que le quita la luz a este motor económico. En primer lugar porque no son mascotas sino un punto de tráfico de todo tipo de animales: pájaros de colores en mini jaulas chuecas, conejitos recién nacidos soportando suéteres de colores bajo punzante sol de mediodía, gatos hacinados de todo tamaño y pelaje, perros de raza y no tanto en cajas de a peso. Tristes, expuestos a la indolencia de los comerciantes que hacen de las suyas porque no hay un solo guardia que se dé una vuelta para hacer cumplir la ley. El abandono a su suerte y a su soledad no riman con la soledad de la exalcaldesa Soledad Chapetón que no logró o no operó para poner un punto final a esta calle del martirio animal que lastimosamente es un espejo de nuestra crueldad con seres inocentes que después de este campo de concentración les queda la incertidumbre del futuro en manos de compradores entusiastas el primer día y quién sabe el segundo. Así, este lunar de nuestro espacio público queda como una herida abierta y una interrogante que la actual alcaldesa de El Alto, Eva sin Evo, Eva sin Santos, Eva sin grandes recursos económicos, nos demostrará si le interesa o no. El Alto estrena autoridad y está en veremos. Lo está también La Paz y su flamante alcalde Arias, con sus asesores independientes y sus no pocos recursos discursivos ante las cámaras y micrófonos dejando en el desván a Revilla, sus soles, sus veinte años de gestión municipal y sus inocultables deudas. Del ceño fruncido al altisonante camino del exministro de la pandemia. En veremos, Collalandia.

Mirando el resto del mosaico departamental y municipal se forma el signo de la transición, de la incertidumbre y de la oportunidad tanto de ser mejores como la posibilidad de extrañar al viejo conocido.

Así, el paraguas que des/cubre Bolivia desde la crisis poselectoral es el de la deuda pendiente, de la intolerancia, del odio. Cuentas por saldar: de los pititas colgados a Jeanine y su gigante biblia con los masistas “ignorantes y terroristas”, de los masistas sin Evo con los masistas evistas garcialineristas, de los pititas perdedores sin Jeanine con los masistas “autoritarios” e indígenas, de los pititas que gobernaron y candidatearon con los pititas que candidatearon y no gobernaron ni con la transición ni sin la transición. A momentos parece una suerte de eclipse político del que saldremos sin sol.bo, sin luna.bo, sin las mismas fuerzas políticas que pelearon el poder hasta el año del fraude monumental, del golpe de Estado, de Camacho y su papá, de los masistas en pelea de gallos, de sotanas en reuniones políticas, de organismos internacionales en plena cocina después de una cena que olía a quemado. El final del eclipse no es mañana.

Y nada de sacar las narices para respirar aire puro por la ventana porque el aire peruano, como se sabe bien en Lima, sigue bajo un cielo encapotado, gris, incierto desde hace quinientas mil noches de ingobernabilidad, corrupción y desconfianza. Danzan la marinera peruana (cuando no la morenada boliviana) las ganas de millones de peruanos de salir del desmadre y de los bipolares consejos de Varguitas Llosa.

Nada de asegurar el arco iris en Ecuador después de tan sorpresiva y frágil segunda vuelta. Los movimientos indígenas no le abrieron el cielo a los correístas como no le dieron ninguna llave a Lasso que después del banquete de la celebración, comenzará la dieta de la crisis y de las oposiciones indígenas con tostadas correístas. No hay jugo de naranja.

¿Vamos a Pelotillehue a despedir al Chile de Condorito con su parche en el pantalón y a su Yayita acosada por el Saco de Plomo y a la pesada de doña Tremebunda que tanto creyó en las promesas de Pinochet? Vamos despacio, hay muchas manos, una derecha con el ojo en tinta, una izquierda sin entrenamiento y un estadio de nuevas caras que representan las calles repletas del “ya no más” que desde hoy tendrán que poner a prueba el “después de la calle” para alejarse de la dictadura de Pinocho.

¿Colombia? ¿Cómo así? ¿No vemos que no se acaba el destape callejero del malestar, de la pobreza, de la desigualdad? El hastío de la violencia, del palo de los policías ha empujado a desafiar la mano dura de las fuerzas del orden, ha achicado por decreto los fantasmas de la guerrilla, de los terrorismos, del narcotráfico porque las calles decidieron gritar “¡Ya no más!”. Por lo pronto se pasea la muerte, se desnuda la desigualdad y se acerca una feroz carrera política sobre el camino del luto.

Lejos del vecindario, las voces palestinas abren la jaula del terror y de la muerte y nos dicen que la crueldad viene de nosotros, como en esa calle de la feria 16 de Julio. Que todo está sobre un hilo. Un hilo que en las manos de la gente bien intencionada puede convertirse en el manto que nos abrigue en estos tiempos. Sujeto mi hilo y comienzo a tejer desde mi diminuto presente.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La danza del periodismo

/ 9 de mayo de 2021 / 00:44

Que no les engañe el título de esta columna. Cuando digo danza del periodismo no hablo de periodistas que salen de las redacciones al final de la tarde para unirse a los bloqueos en las calles o para apoyar desde sus cuentas personales consignas partidarias y vuelven al día siguiente a sus escritorios para escribir las noticias; menos de periodistas que abrigan sus frustraciones personales o sus dolores íntimos con un falso afán por ser crítico al poder de turno; todavía menos de estructuras periodísticas que danzan al ritmo de sus intereses propietarios torciendo titulares o encuestas según antojos del dueño; todavía menos de asociaciones de periodistas que felicitan solo a los periodistas para ellos “independientes” en el Día Internacional de la Libertad de Prensa.

Cuando digo “danza del periodismo” pienso primero en la vieja radio a pilas de mi abuelo protegida en su forro de cuero marrón. Pienso en la autoridad de ese locutor que le puso banda sonora a mi infancia, en las radionovelas con actuaciones en directo. Pienso en el aparatoso televisor que solo servía desde las seis de la tarde; ese que mostraba la realidad colorida en blanco y negro; ese que solo tenía un canal en el abanico de opciones. Pienso en el periódico gran formato, registro por excelencia de la información relevante, en las lecturas largas y casi obligatorias que se corregían en artesanales talleres hasta la madrugada. Y son impresionantes los giros hasta llegar a este tiempo vestido de pandemia.

Pese a los saltos tecnológicos en los tres soportes mediáticos, nada fue tan revolucionario como la llegada del universo digital. Qué baile. Difícil de comprender su omnipresencia en los años iniciales. Llegó para quedarse, para atravesarlo todo e inaugurar una dimensión que puso a la radio, televisión y prensa entre sus silenciosos dedos. Con esta revolución inédita, nuestros cotidianos se vieron obligados a pensarlo todo diferente. Hoy, contar con señal en el teléfono es tan urgente como tener agua o electricidad. Así las cosas, inevitable fue el sacudón rockero del esqueleto periodístico. Periódicos, canales de Tv y estaciones de radio a la piscina digital aprendiendo a concebir la vida en constante metamorfosis. Los pasos son agigantados: se entrevista desde el escritorio; se sabe de las fuentes por sus trinos en Twitter; las calles comparten espacios de lucha con las anónimas e impunes voces de las redes sociales; no hay historia sin imagen; no hay noticia sin video; no hay fiesta sin música. La policía digital llegó a contar las palabras e imponer el Padre Nuestro de lo corto, lo impactante, lo que jale audiencias y tráfico en los infinitos pasillos digitales. Son los hilos que hacen mover la publicidad, por lo tanto los ingresos de los medios, por lo tanto las clásicas formas de medir audiencias también deben seguir al mono mayor, el mono digital, el mono con navaja. El movimiento es tan continuo que no se ve con claridad la forma de los periodismos a los que la sociedad está dando vida. Los periodistas tienen más herramientas en sus manos pero más pistas simultáneas del espectáculo mediático en las que deben ensayar sus acrobacias. Si hasta aquí no sienten mareo, vamos por ciertos actores que van, como canta Fito Páez, al lado del camino: las empresas que viven de la promesa de la gestión comunicacional eficiente y una buena relación con los medios. Para los periodistas esto significa relacionarse pacientemente con los experiodistas o comunicadores que median entre las fuentes y los medios: visitas van, explicaciones de las crisis vienen, pedidos de notas van, contenidos enlatados por estos mediadores vienen, búsquedas de información periodística van, intentos de controlar la buena imagen del cliente vienen… Sin darnos cuenta hay un encargado de prensa en casa, una empresa de comunicación estratégica al frente, un relacionista público al lado, un consejero que sabe de medios a mano y un ratoncito que toca el tambor.

¿Que no se sienten del todo mareados? Vamos a darle un vistazo a las otras piezas del rompepaciencias: los diseños “amigables” que amputan el metraje de una buena nota, los tips de los expertos para que el producto/mercancía periodística navegue bien en el mar digital, el recorte del papel por la crisis económica, el recorte de los títulos, el recorte presupuestario de las salas de redacción, el recorte de los horarios de cierre de edición, los pedidos de las empresas que no quieren publicidades explícitas sino contenidos publicitarios con careta informativa, influencers, Twitter, streamings, Facebook, likes, hashtags, Tom y Jerry, my name is Claudia…

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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