Voces

lunes 26 jul 2021 | Actualizado a 01:09

El mundo en desarrollo es un polvorín

/ 20 de julio de 2021 / 00:46

Las imágenes que salen de la Sudáfrica devastada por los disturbios son espantosas. El presidente de la nación, Cyril Ramaphosa, advirtió no azuzar el conflicto étnico, una amenaza que sus críticos consideraron infundada y que solo sirvió para aumentar las tensiones. Mientras deslizaba las fotos y videos compartidos en los chats grupales de mis familiares sudafricanos, me sorprendió la gran cantidad de publicaciones que sugerían un sabor incluso más amargo de fatalidad: una especie de colapso psicológico.

Lo que comenzó como varias protestas dispersas por el encarcelamiento de Jacob Zuma, expresidente de la nación, se ha convertido en un pillaje sin ningún sentido e intención, tan indiscriminado que parece casi catártico. Mientras tanto, nadie parece saber qué está sucediendo en realidad, y la desinformación se propaga a través de una población confinada y dependiente de las pantallas.

Sudáfrica ha sido una nación muy frágil durante mucho tiempo. Es un lugar con persistentes dificultades económicas, desigualdad impactante, violencia intolerable y una animosidad racial que todavía acecha bajo cada controversia nacional (¿les suena familiar?). Pero hasta ahora nunca había considerado con seriedad la idea de que el país pudiera desmoronarse de forma repentina. Como se evidenció en la transición sin sangre del dominio racista en el país, aún con todos los problemas que ha tenido, hubo una estabilidad social fundamental que sustentaba a la sociedad sudafricana y que creí que perduraría.

Pero ahora pareciera que se ha perdido algo crucial. Es posible que el coronavirus le haya asestado a Sudáfrica un golpe que ni siquiera el sida pudo darle, y esté llevando al país de mi nacimiento por el camino descendiente de la locura, hundiendo a la sociedad en el abismo.

Hay un patrón común obvio que sugiere una falla sistémica: una pandemia que se niega a amainar está destruyendo sociedades. El coronavirus ha destrozado economías, ha agotado los servicios sociales, médicos y de seguridad, ha carcomido la confianza y ha facilitado el escenario para la violencia desenfrenada y la persecución política. Y en ausencia de programas efectivos de vacunación, tampoco hay lugar para la esperanza.

Es importante recordar que la forma en que abordemos la pandemia actual tendrá consecuencias en las numerosas amenazas mundiales que se avecinan. Si los miles de millones de personas de los países de ingresos medios y bajos del mundo continúan sintiéndose irremediablemente excluidos de cualquier posibilidad de liberarse del virus, ¿qué sucederá a medida que el cambio climático transforme el planeta?

La solución para la amenaza más urgente de Sudáfrica es la misma que para la nuestra: un programa masivo de vacunación bien organizado y financiado. Lo que falta es liderazgo y determinación global, un esfuerzo serio por parte de la comunidad internacional, con Estados Unidos a la cabeza, de librar al planeta de cualquier lugar donde el virus pueda prosperar. Algo como el puente aéreo de Berlín o el Plan Marshall, pero para vacunas.

La situación es urgente. El coronavirus ha revertido décadas de progreso en el desarrollo global. El número de personas que padecen hambre se disparó en cientos de millones el año pasado, la mayor cantidad desde al menos 2006. La paz mundial declinó por noveno año consecutivo, gracias en parte a un marcado aumento de disturbios y otras manifestaciones violentas.

Sin duda pareciera que el mundo está al borde del abismo. Y para alejarlo del peligro, se requiere de la ayuda de quienes están en terreno más estable.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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El auge eólico y solar ya está aquí

/ 5 de mayo de 2021 / 03:15

Solo una palabra: Solar. Bueno, en realidad, una más: Eólica. El sol, el aire y la química para embotellar su energía ilimitada parecen constituir cada vez más el próximo gran avance tecnológico del mundo, un salto que cambiará la vida de muchos de nosotros como lo hizo la aviación, la internet o, por supuesto, los plásticos.

Una transformación trascendental está en marcha, más rápido de lo que muchos creían posible y a pesar de las largas dudas sobre la viabilidad de las energías renovables. Estamos pasando de una economía global alimentada en esencia por combustibles fósiles que calientan el clima a otra en la que, de manera limpia, obtendremos la mayor parte de nuestra energía del agua, el viento y el fuego del cielo.

Los estudiosos de los mercados energéticos afirman que la economía por sí misma garantiza nuestra eventual transición a los combustibles limpios, pero que las decisiones políticas de los gobiernos pueden acelerarla. En octubre, la Agencia Internacional de la Energía declaró que la energía solar es la nueva forma de electricidad más barata en muchos lugares del mundo, y en lugares especialmente favorables, la energía solar es ahora «la fuente de electricidad más barata de la historia».

Existen muchas razones para dudar del futuro de las energías limpias. La energía eólica y la solar siguen representando solo una pequeña fracción de la producción energética mundial. Sin embargo, en medio de la pesadumbre general ocasionada por el cambio climático, el auge de las energías limpias ofrece un destello inusual no solo de esperanza, sino de algo más: entusiasmo. Las audaces afirmaciones de la industria se ven reforzadas por tendencias más audaces. En los últimos 20 años, los expertos han subestimado de manera sistemática la disminución de los precios, las mejoras en el rendimiento y la velocidad de adopción de la energía renovable.

Jenny Chase, quien analiza el sector de la energía solar en BloombergNEF, una empresa de investigación energética, me dijo que cuando empezó a trabajar ahí en 2005, su hipótesis más optimista era que la luz solar acabaría generando no más del 1% de la electricidad mundial. Estaba muy equivocada, al igual que muchos otros, incluidos los organismos gubernamentales. La energía solar superó el 1% de la generación mundial de electricidad a mediados de la década pasada. Chase calcula que la energía solar representa ahora al menos el 3% de la electricidad mundial, es decir, tres veces más de lo que ella creía posible.

En una previsión publicada a finales del año pasado, Chase y sus colegas de BloombergNEF estimaron que en 2050 el 56% de la electricidad mundial se produciría con energía eólica y solar. Pero en su opinión esa previsión ya es obsoleta: es demasiado baja.

Otros van más allá. “La era de los combustibles fósiles llegó a su fin”, declara en un nuevo informe la Carbon Tracker Initiative, un grupo sin fines de lucro compuesto por expertos que estudia la economía de las energías limpias. Kingsmill Bond, su estratega energético, me dijo que la transición a las energías renovables alterará la geopolítica y la economía mundial a una escala comparable a la de la Revolución Industrial.

Es importante señalar que sigue habiendo obstáculos en el camino hacia un futuro de energías renovables. El más obvio es la infraestructura necesaria para aprovechar toda esta energía eléctrica: por ejemplo, redes eléctricas más sólidas y el cambio al uso de energía eléctrica en todo, desde los coches hasta los barcos cargueros.

Estos problemas son considerables, pero tienen solución. En su próximo libro, Electrify, Saul Griffith, inventor (y becario MacArthur) y cofundador de una organización llamada Rewiring America, sostiene que “muchas de las barreras a las que se enfrenta un futuro de energía limpia son sistémicas y burocráticas, no tecnológicas”.

Griffith asegura que la transformación será una bonanza económica: muchos analistas prevén una enorme creación de empleos y un ahorro en el precio de la energía gracias al cambio a las fuentes renovables. Sin embargo, si queremos llegar a tiempo para evitar algunas de las predicciones más funestas sobre el calentamiento climático, tenemos que acelerar la transformación. Entre otras cosas, Griffith aboga por una revisión completa de nuestras políticas energéticas para reducir algunos de los costos regulatorios de la expansión de la energía renovable.

¿Qué tipo de costos? Muchos pequeños e imprevistos. Por ejemplo, en gran parte de Estados Unidos, la instalación de paneles solares en los tejados requiere un proceso extenso y costoso de obtención de permisos que aumenta el precio de manera considerable. Otros países han logrado reducir mucho esos costos al simplificar las normas. Esto no será fácil; la industria de los combustibles fósiles está luchando de manera activa contra el aumento de las energías renovables. Pero lo más que puede hacer es retrasar las cosas. Se avecina una economía energética libre de carbono, les guste o no a las empresas petroleras y carboníferas.  

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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El reconocimiento facial debe postergarse

En China, las cámaras inteligentes son la base de un totalitarismo de vigilancia que lo abarca todo. Me preocupa que estemos cayendo a tropezones y a ciegas en un Estado que nos vigila en todo momento.

/ 8 de junio de 2019 / 00:13

Qué vamos a hacer con todas las cámaras? La pregunta me quita el sueño por las noches, con un sentimiento que se asemeja al terror. Las cámaras están definiendo el avance tecnológico de nuestra era; son la clave de nuestros teléfonos celulares, los ojos de los drones autónomos del mañana y los motores del miedo a perderse un evento o alguna oferta (FOMO, en sus siglas en inglés) que impulsan Facebook, Instagram, TikTok, Snapchat y Pornhub. La fotografía viral, barata y omnipresente ha dado lugar a movimientos sociales como Black Lives Matter, pero las cámaras también están dando lugar a más problemas de los que podemos manejar: el porno de venganza, el terrorismo transmitido en tiempo real, los reaccionarios de YouTube y otros males fotográficos.

Además, las cámaras no se quedan ahí. Siguen abaratándose y volviéndose más inteligentes, de maneras que resultan sorprendentes y alarmantes a la vez. Los avances en la visión computarizada les están dando a las máquinas la capacidad de distinguir y rastrear rostros, adivinar el comportamiento y las intenciones de la gente, así como aprehender y sortear amenazas en el entorno físico. En China, las cámaras inteligentes son la base de un totalitarismo de vigilancia que lo abarca todo y que no tiene precedentes en la historia de la humanidad. En Occidente, las cámaras inteligentes ahora se venden como soluciones baratas para casi cada infortunio público y privado, desde atrapar a cónyuges infieles y ladrones de paquetes, hasta evitar tiroteos en las escuelas y violaciones a la ley migratoria.

Sospecho que estos usos y otros más tomarán vuelo, porque en los años que llevo cubriendo el tema de la tecnología he observado un axioma invulnerable de la sociedad: si le pones una cámara, se vende. Por ello me preocupa que estemos cayendo a tropezones y a ciegas en un Estado que nos vigila; razón por la cual me parece que lo único razonable que podemos hacer al respecto de las cámaras inteligentes ahora es ponerles un alto.

La semana pasada, el Consejo de Supervisores de San Francisco prohibió el uso de tecnología de reconocimiento facial en la Policía y otras agencias de la ciudad. California y Berkeley también están considerando prohibiciones, al igual que Somerville (Massachusetts). Espero que estas medidas se dispersen por doquier. Estados, ciudades y el Gobierno federal deberían imponer una moratoria inmediata al reconocimiento facial, en especial en lo que respecta a su uso por parte de las autoridades que hacen cumplir la ley. Todavía podríamos decidir, más adelante, entregarnos a las cámaras en todo lo demás. Pero no nos apresuremos a adentrarnos a un futuro en el que todo se ve sin entender los riesgos que ésto conlleva.

¿Cuáles son los riesgos? Dos nuevos informes de Clare Garvie, una investigadora que estudia el reconocimiento facial en Georgetown Law, llevó hasta mí los peligros de esta tecnología. En un informe, Garvie sacó a la luz los contratos municipales que indican que las agencias de procuración de justicia en Chicago, Detroit y otras ciudades más se están movilizando rápidamente y con poca información al público en general, para instalar sistemas de reconocimiento facial “en tiempo real” a estilo de China.

La ciudad de Detroit firmó un contrato de $us 1 millón con DataWorks Plus, un proveedor de reconocimiento facial, para adquirir software que permite un monitoreo continuo de cientos de cámaras públicas y privadas instaladas en toda la ciudad, en gasolineras, restaurantes, iglesias, hoteles, clínicas, centros de tratamiento a las adicciones y escuelas. Los rostros captados por las cámaras pueden buscarse en la base de datos de las fotografías de las licencias para conducir de Michigan. Los investigadores también obtuvieron las normas del Departamento de Policía de Detroit que regulan el uso del sistema. Las normas son laxas, ya que permiten a los policías escanear rostros “en video en vivo o grabado” por una gran variedad de razones, incluyendo “investigar y/o corroborar información y pistas de informantes”. En una carta para Garvie, James E. Craig, jefe de Policía de Detroit, negó que se estuvieran llevando a cabo “actividades orwellianas”, y agregó que se “ofendió enormemente” ante la sugerencia de que la Policía “violaría los derechos de los ciudadanos que cumplen la ley”.

Soy menos optimista, al igual que Garvie: “El reconocimiento facial les da a las autoridades una capacidad única que nunca habían tenido antes. Me refiero a la capacidad de llevar a cabo vigilancia biométrica: la capacidad de ver no solo qué está ocurriendo en el terreno, sino quién lo está llevando a cabo. Esto nunca había sido posible antes. Nunca habíamos podido hacer secretamente un escaneo masivo de las huellas digitales de un grupo de personas. Nunca hemos podido hacer eso con el ADN. Ahora podemos hacerlo con el escaneo de los rostros”.

Esta capacidad altera nuestra precepción de la privacidad en los espacios públicos. Tiene implicaciones escalofriantes para las libertades de expresión y de asociación. Significa que la Policía puede observar quién participa en protestas y seguirles los pasos a esas personas después. De hecho, esto ya está sucediendo. En 2015, cuando, en Baltimore, surgieron las protestas por la muerte de Freddie Gray mientras estaba bajo custodia policiaca, el Departamento de Policía usó software de reconocimiento facial para encontrar a la gente entre la multitud que tenía órdenes de aprehensión pendientes y los detuvo de inmediato, en nombre de la seguridad pública.

Pero hay otra cuestión en el debate sobre el reconocimiento facial. En un segundo informe, Garvie descubrió que la Policía está usando los sistemas de escaneo de rostros de manera apresurada y descuidada, por lo que se deberían cuestionar sus resultados. Devora Kaye, vocera del Departamento de Policía de Nueva York, me dijo que utilizan el reconocimiento facial únicamente para ayudarse en las investigaciones y que “siempre es necesario investigar más para determinar que haya una causa probable para un arresto”. Añadió que “la Policía de Nueva York evalúa continuamente sus procedimientos existentes y en línea con eso, está en un proceso de revisión de nuestros protocolos de reconocimiento facial existentes”. Este tipo de búsqueda superficial es cosa de rutina en el negocio del rostro.

En un giro inesperado, algunos departamentos de Policía incluso están utilizando el reconocimiento facial en los dibujos forenses: buscan rostros de gente de carne y hueso con base en representaciones de artistas a partir de la declaración de un testigo ocular, un proceso plagado del tipo de subjetividad humana que el reconocimiento facial se proponía evitar.

Lo más preocupante de todo esto es que casi no hay normas que regulen su uso. “Si descubriéramos que un analista de huellas digitales estuviera dibujando las líneas faltantes como pensara que continúan, habría fundamentos para un juicio nulo”, afirmó Garvie. No obstante, se está arrestando, acusando y sentenciando a personas con base en prácticas similares en las búsquedas faciales. Y debido a que no hay mandatos sobre que a los acusados y sus abogados se les deba informar sobre estas búsquedas, se le permite a la Policía actuar con impunidad.

Nada de esto es para decir que el reconocimiento facial debería prohibirse para siempre. La tecnología puede tener algunos usos legítimos, pero también supone profundas disyuntivas jurídicas y éticas. ¿Qué tipo de reglas deberían imponerse al uso de las autoridades del reconocimiento facial? ¿Qué hay sobre el uso de cámaras inteligentes por parte de nuestros amigos y vecinos, en sus autos y puertas? En resumen, ¿quién tiene el derecho de vigilar a los demás y en qué circunstancias puedes rechazarlo? Tomará tiempo y un cuidadoso estudio responder estas preguntas. Pero tenemos tiempo. No hay necesidad de apresurarse a entrar en terreno desconocido. Vamos a dejar de usar el reconocimiento facial de inmediato, al menos hasta que podamos vislumbrar qué está pasando.

* Periodista y escritor estadounidense, columnista de tecnología del The New York Times. © The New York Times, 2019.

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