El Reino Unido, nos dicen, es libre. El lunes 19 de julio el gobierno levantó las últimas restricciones por el COVID-19 en el país, con lo que se deja toda la protección contra el coronavirus en manos de las vacunas y de la diosa de la fortuna.

La decisión llegó en un momento impecable. Se cree que los nuevos casos de COVID-19 aumentarán hasta quizá llegar a la vertiginosa cantidad de 100.000 diarios más adelante en el verano. El número de personas hospitalizadas, mucho menor que en oleadas anteriores de infecciones debido al programa de vacunación, está creciendo a un ritmo constante. Las muertes también se están incrementando gradualmente.

Detalles, detalles. Estamos hablando del Día de la Libertad, como insistentemente nos lo recordaron el gobierno y la prensa de derecha. El momento en que los británicos, después de más de un año de sacrificios, podrían desatarse. Sin necesidad de usar cubrebocas. Sin embargo, en realidad esto fue el Día de la Confusión, un monumento al caos, la ansiedad y la incertidumbre. No tenemos ningún plan.

De manera oportuna, el primer ministro Boris Johnson, amante de la libertad (en especial de la suya) y arquitecto del “plan”, no pudo celebrar: estaba en cuarentena autoimpuesta. Había estado en contacto con el secretario de Salud, Sajid Javid, quien ya se había puesto las dos dosis de la vacuna, pero dio positivo en coronavirus (los británicos están descubriendo, alarmados, que las vacunas no son invencibles).

Confinado a su residencia en el campo, Johnson transmitió la chiflada bonhomía y ofuscación vacilante que ya forman parte de su sello. El acto, exitoso durante una temporada, se está agotando. En la primera semana de julio, más de 500.000 personas fueron contactadas por el servicio de rastreo de la nación para que se autoaislaran durante 10 días, lo que generó un caos tanto para las empresas como para los ciudadanos (la situación ha sido bautizada como “pingdemia” por el sonido de la alerta en los teléfonos). La respuesta de Johnson fue exonerar alegremente a algunos trabajadores clave del confinamiento. Sin embargo, afirmó que “tenemos que ceñirnos al sistema tal como está”, ignorando el hecho de que el día anterior él mismo había intentado la cuarentena autoimpuesta. Total, en el Reino Unido de Johnson, “ayer” es historia antigua.

Tal vez esta sea una estrategia para lograr una inmunidad híbrida, en la que la gran mayoría de la población esté vacunada o se haya infectado de COVID recientemente (o ambas opciones) para el invierno, es decir, una versión más actualizada de lo que parecía ser el plan inicial del gobierno, mucho más infame, para la pandemia. Pero el gobierno lo niega. En cambio, los ministros insisten en que una tercera ola de casos es inevitable, así que ¿por qué no tomar algo de sol y ser felices mientras tanto? O quizás esto es lo que sucede cuando se elige a una persona carismática con cabello llamativo y buena para el espectáculo, pero ninguna idea más allá de ganar el cargo más alto.

Sin importar lo que diga Johnson, nada puede disipar la sensación de que somos un país en declive pasando por una crisis. Esto es evidente no solo por los indicadores obvios de malestar, sino también por cosas pequeñas. La semana pasada, por ejemplo, Londres se inundó repentinamente durante una tormenta; algunas personas nadaron felices en el agua de lluvia a pesar de que posiblemente estaba mezclada con aguas residuales. En Cornualles, en el suroeste de Inglaterra, se reportó que un hombre, al que tal vez el calor se le había subido a la cabeza, mató a golpes a una gaviota con una pala de plástico. Si te gustan las metáforas, el Reino Unido solía ser la pala. Ahora es la gaviota.

Tanya Gold es periodista y columnista de The New York Times.