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lunes 27 sep 2021 | Actualizado a 22:20

El apocalipsis ha llegado

/ 28 de julio de 2021 / 02:24

Parece que estamos viviendo los primeros 15 minutos vertiginosos de una película de catástrofes, quizá una titulada El día después de mañana fue ayer. Las olas de calor son cada vez más intensas. Los bosques arden. Las inundaciones arrasan. Un iceberg casi del tamaño de la mitad de Puerto Rico se desprendió de la Antártida.

Las fleurs du mal de Florida, floraciones de hongos conocidas como marea roja, se han vuelto más tóxicas por la contaminación y el cambio climático. Son responsables de la muerte de 600 toneladas de vida marina y han provocado que las playas queden llenas de peces muertos. Es el apocalipsis de Mad Max. Las locas tormentas que solían azotar cada siglo ahora parecen cotidianas y abruman los sistemas que no pueden soportar semejante azote.

Mientras Angela Merkel y el presidente Joe Biden anunciaban una colaboración en materia de clima y energía en la reciente visita de la mandataria alemana a este país, la naturaleza se burló de ellos. Cuando ambos líderes cenaban, las lluvias sumergieron enormes franjas de Alemania, incluidas ciudades medievales.

El diluvio en la provincia de Henan, en el centro de China, fue tan intenso que paralizó un gran hospital, dejó a los usuarios del metro con el agua hasta el cuello, afectó a tres millones de personas, desplazó a 250.000 de sus hogares y mató al menos a 33. Las inundaciones repentinas hicieron que los británicos tuvieran que vadear el agua hasta la cintura en el metro de Londres. Más escenas de devastación se están produciendo en India, donde al menos 198 personas han muerto después de que el monzón provocara deslaves.

Ahora, lo que más miedo da en la televisión es el canal del clima. Llevamos mucho tiempo viviendo en una cultura del miedo. Los republicanos han estado usando el miedo como arma, inventan cosas para provocar paranoia. Sin embargo, cuando se trata del clima, el miedo tiene fundamento en la realidad. Deberíamos estar aterrados viendo cómo el clima se descontrola.

Tal vez sea demasiado tarde para negociar un cambio gradual. Acabamos de pasar por cuatro años del gobierno de Donald Trump, un hombre orgullosamente acientífico, que una vez me dijo: “No creo en el cambio climático provocado por el hombre”. Mientras el planeta chisporrotea, muchos estadounidenses han pasado de la falta de interés a la despreocupación, de la indiferencia a la fatiga.

Ha habido destellos de progreso. Los republicanos antediluvianos ya no pueden destruir a los opositores que se preocupan por el cambio climático burlándose de ellos como abrazadores de árboles con sandalias. Sin embargo, todavía hay muchos republicanos que apoyan a las grandes petroleras y se oponen a las disposiciones sobre el cambio climático en la gran legislación que está ante el Congreso. Mientras pasamos por la debilitante política de COVID- 19, tenemos que pasar por la debilitante política del medio ambiente. Plagas aterradoras están devastando el planeta mientras los charlatanes se dedican a parlotear.

Algunos esperan que la tecnología pueda salvarnos. En Dubái, los científicos están planeando combatir las olas de calor de varias maneras: enviando aviones para disparar productos químicos como yoduro de plata en las nubes para estimular las precipitaciones, y enviando drones para lanzar una carga eléctrica en las nubes con el fin de provocar lluvia. Hacer cascadas en el desierto suena bien hasta que se reflexiona al respecto. Torturar a la Madre Naturaleza para que limpie nuestros desórdenes no puede acabar bien. Après moi, le déluge.

Maureen Dowd es columnista de The New York Times.

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La ofensa de Trump al Capitolio

Todo el aparato de seguridad diseñado para proteger nuestra democracia fracasó.

/ 11 de enero de 2021 / 03:43

Incluso de niña, sabía que estaba viendo algo tremendo. No sabía que la luz encendida en el domo significaba que el Congreso estaba en sesión. Tampoco sabía que la estatua con el tocado de plumas no era una indígena estadounidense sino una diosa de la libertad.

Solo sabía que estábamos conduciendo de noche por la avenida Pensilvania para recoger a mi padre del trabajo en un santuario resplandeciente. Su trabajo era custodiarlo. Considerábamos que ese era el negocio familiar: mantener el Capitolio a salvo.

Todos llegamos a trabajar ahí en las vacaciones de verano. Mis dos hermanos mayores, Michael y Martin, fueron auxiliares en la década de 1950. Peggy y Kevin trabajaron en la oficina de correspondencia. Después, yo hice una pasantía con un congresista de Siracusa.

Cada vez que caminaba por esos pasillos de mármol, como una adolescente deslumbrada de 17 años, pensaba: “Por aquí caminó mi padre cuando protegió el Capitolio”. Mi hermana tiene una habitación decorada con fotografías de nosotros, sonrientes en los mismos peldaños que fueron profanados hace unos días, así como pinturas y réplicas del Capitolio.

Durante los últimos 13 años de los 40 que mi padre fue parte de la fuerza policial de Washington D. C., fungió como detective encargado de la seguridad del Senado. Supervisaba en ropa de civil a otros ocho detectives. En aquel entonces, la Policía del Capitolio era una agencia independiente y más pequeña, eran más como guardias de seguridad.

Al “capitán Mike”, como le decían, le encantaba ese trabajo, y los residentes del lugar lo adoraban tanto a él como a su acento irlandés. Tenía una pequeña oficina en el lado este del edificio, justo detrás de la puerta, cerca de donde la turba irrumpió el miércoles. No era bueno para recordar nombres, así que les decía a todos los hombres “campeón”.

Mi madre me contó sobre las horas aterradoras que se vivieron el 1 de marzo de 1954, cuando un grupo de nacionalistas puertorriqueños invadieron el Congreso y lanzaron disparos sin cesar desde la galería de espectadores, que se encuentra por encima del pleno de la Cámara de Representantes. Cinco congresistas resultaron heridos. Mi padre llegó corriendo desde el Senado y le arrebató una pistola calibre 38 a uno de los tiradores. Mi madre se quedó inmóvil en nuestra casa, esperando alguna noticia.

Para marcar el arma del hombre, mi padre talló sus iniciales en el mango con una navaja. Durante el juicio, cuando el abogado defensor interrogó con arrogancia a Mike Joseph Dowd sobre cómo podía estar seguro de que el arma en evidencia era la misma que se usó en el crimen, mi papá le dijo que revisara la parte inferior del mango. Ahí estaban las iniciales “MJD”. Él respetaba a los políticos con base en su humanidad, no en su ideología.

La inhumanidad de Donald Trump, su enfermo torrente de mentiras y provocación, llegó a su inevitable y vergonzosa conclusión el miércoles, cuando una turba manchó de sangre, excremento, odio y muerte todo el Capitolio.

Al menos Trump hizo que mis hermanos conservadores y yo estuviéramos de acuerdo en algo para variar. Tras ver a la muchedumbre irrumpir en el edificio; tras ver a los legisladores temer por sus vidas, agachándose, ocultándose y haciendo llamadas para suplicar que viniera la caballería de cualquiera de las innumerables fuerzas policiales federales y locales que hay aquí, mientras se ondeaban banderas confederadas, concordamos en que esta era una vergüenza desgarradora. Habría enfurecido a mi padre.

No solo perdió la vida un policía del Capitolio tras ser golpeado con un extintor, todo el aparato de seguridad diseñado para proteger nuestra democracia fracasó. ¿Acaso Trump orquestó esta patética respuesta a la anarquía? No sería la primera vez que sabotea el gobierno que dirige.

En Nueva York, Donald Trump fue un Guasón corrupto que hizo añicos los frisos históricos de Bonwit Teller & Co. En Washington, se convirtió en algo malvado e hizo añicos la historia misma, nuestras instituciones, la decencia y la democracia. Ostentó su conducta autocrática en la bandera estadounidense. Rodeado de Lincoln, Washington, Jefferson, Franklin D. Roosevelt, Martin Luther King Jr. y monumentos a nuestros caídos de guerra, este cobarde incitó a una horda de conspiracionistas, supremacistas blancos, neonazis y discípulos crédulos, para tratar de robarse una elección. Declaró que marcharía al Capitolio con ellos, pero no lo hizo, por supuesto. Vio su insurrección por televisión, como el holgazán que es.

Donald Trump está arruinado, junto con su repulsiva familia. Incluso Twitter por fin llegó a su límite y suspendió la cuenta de su principal pirómano tras haberle permitido avivar las llamas durante años. La Cámara Baja bien podría volver a impugnar su mandato, y se lo merece, aunque quizás el Senado no tenga el tiempo ni la disposición para destituirlo.

El futuro político de Josh Hawley se evaporó en una nube de gas lacrimógeno, y Ted Cruz nuevamente demostró por qué todos lo odian.

Apenas dos días después de que la turba de Trump siguió órdenes de entrar en un “juicio por combate” sedicioso, como lo denominó el abominable Rudy Giuliani, la Casa Blanca publicó un comunicado: “Así como lo declaró el presidente Trump el día de ayer, este es un momento para sanar y unirnos como nación”.

Sanaremos, una vez que el brusco monstruo malhumorado salga de la Casa Blanca. Adiós al malvado bravucón.

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