Voces

lunes 27 sep 2021 | Actualizado a 06:04

El origen de los partidos

/ 29 de julio de 2021 / 01:49

Algunos sostienen que no tenemos partidos, que eso que podrían llamarse como tales no son más que clubes de amigos organizados alrededor de un liderazgo en particular. Por supuesto que hay una sensación extendida como punto común para todos, respecto del cuestionamiento de esto que conocemos como lo que podría ser la forma partido y su correspondiente representación política de la sociedad.

Sin embargo, incluso asumiendo que la idea mencionada sea así, pues estamos frente a los que se conocen en la literatura como partidos de élites, porque la esencia de este tipo de partidos es un pequeño núcleo de individuos con acceso personal e independiente a los recursos y con capacidad para situar a uno de los suyos o a sus nominados como representantes en el Legislativo.

Es verdad que varios partidos no tienen una secuencia en el tiempo reconocible más que el MAS, el resto son organizaciones políticas cuya duración, por distintas razones, terminó siendo bastante efímera. Pero quisiera ir a una tesis de fondo que tiene que ver con que los partidos nacen justamente porque intentan partir una parte del todo que es la sociedad, a esa parte con la que inician es a la que pretenden representar en primera instancia. Entonces una pregunta central que emerge es ¿cuál es el punto de partida de los partidos?

Para responder a esta pregunta, primero me concentro en identificar las distintas razones por las que estamos fraccionados, es decir, divididos como sociedad. Aquí encontraremos distintos tipos de fracturas sociales que nos dividen, como el regionalismo, el indigenismo, lo popular, la condición de clase social, la ideología. Para mencionar solo algunas.

Es a partir de estas fracturas sociales que se van formando en el país lo que podemos llamar partidos políticos, o lo que usamos conceptualmente como organizaciones políticas (partidos, agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas). Basta con indagar, por ejemplo, en los últimos años observando a éstas: Creemos tiene un origen claramente regionalista del oriente del país, al igual de lo que en su momento fueron los Demócratas. De organizaciones políticas regionalistas también se sirvieron el Movimiento Sin Miedo y Sol.bo.

Comunidad Ciudadana tiene un origen que mezcla la condición de lo urbano con la condición de clase social. Y en menor escala, pero apelando a los mismos orígenes se encuentra Unidad Nacional de Doria Medina. Hasta aquí, como se darán cuenta, no hay ninguna organización política que reclame el componente ideológico, creo que por eso el MAS los apunta con el dedo peyorativo para identificarlos como la derecha ideológica. Y no estaría mal que alguno de ellos se identificara como tal, porque eso obligaría al actual partido oficialista para arriesgarse a salir de su zona de confort en la que se ubica afirmando que solamente ellos son la representación genuina de la sociedad boliviana, y entonces el debate no sería exclusivamente en torno a fracturas sociales, sino en términos ideológicos generales.

El MAS, en lo que le toca, concentra en su nacimiento las fracturas sociales de lo indígena, lo regional y la condición de clase social; a todas esas fracturas juntas las llegó a denominar como el complejo mundo de lo popular en el país. Mantenía cierta hegemonía en ese cuadrante hasta antes de las pasadas elecciones subnacionales de este año, cuando le salieron disidencias internas que llegaron a ser la expresión de verdaderos fenómenos políticos electorales, como el caso de Eva Copa y de Damián Condori.

En síntesis, cambiar la polarización social que vivimos no es posible porque tenemos al frente la razón misma por la que las organizaciones políticas existen, que es a través de las fracturas sociales históricas que nos dividen como sociedad; esto no es del todo malo, el peor escenario es cuando de manera simultánea se juntan estas fracturas porque pueden generar verdaderas crisis políticas como la que vivimos en 2019, aquí la responsabilidad mayor es de la clase política.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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La crisis social pendiente

/ 23 de septiembre de 2021 / 00:43

A partir de finales de 2019 empezó a sumarse en el país una crisis multidimensional, que se fue formando en el siguiente orden: crisis política, producto de las elecciones generales anuladas; crisis social, producto de la pandemia, el año educativo clausurado y todo lo relacionado con el sistema judicial; y crisis económica, también como efecto de la pandemia que vivimos y el desastre de gestión económica transitoria.

La primera, crisis política, la resolvimos finalmente en octubre de 2020, y en marzo de 2021; momentos en los que por fin tuvimos autoridades elegidas legal y legítimamente, recién una vez resuelta esa parte de la crisis multidimensional es que comenzó la tarea de atender las otras crisis.

La segunda, crisis económica, es la que se ve que de alguna forma se va aminorando y emergiendo esta sensación de estabilización que hoy experimentamos en términos generales, digo esto para que ninguno de los bandos de economistas influencers se resienta porque igual que en la política, alguno de los bandos reacciona a la palabra golpe o fraude; en los economistas del país apenas escuchan “crecimiento” saltan para decir que uno está en uno de los dos bandos.

La otra crisis, la social, es la que se encuentra aún sin norte indicado de por dónde se irá para resolverla, y es que por el ímpetu que el Gobierno nacional se puso a retomar la agenda de la crisis política, la posibilidad de que encaremos en el país una verdadera reforma de la Justicia se hace cada vez más inviable y difícil. De ahí que cualquiera que sea citado o involucrado en algún caso judicial, hoy fácilmente puede declararse como víctima de una venganza o arremetida personal, porque la sensación extendida es que el sistema judicial se encarga de repartir injusticias, y no lo contrario.

Esta crisis social radicada en la Justicia va creciendo como una bola de nieve. Un rápido vistazo desde la sociedad hacia el Estado nos da cuenta de que, por ejemplo, los casos de inseguridad ciudadana y de violencia contra la mujer se anuncian cada vez con más descarnamiento, son más crueles que el anterior que vimos y así. Luego, dos instituciones que se supone deben ser las protectoras de los derechos humanos de todos los bolivianos, repito eso de todos, han decidido tomar partido por alguna de las iglesias del fraude o del golpe, me refiero a la Asamblea Permanente de Derechos Humanos y a la Defensoría del Pueblo. Ambos espacios curiosamente con mandatos extendidos en sus principales figuras que las dirigen.

Para completar ese círculo de sensaciones de injusticia y urgencia de solución de la crisis social, está la clase política que sigue alimentando junto a los operadores de justicia un círculo vicioso de mercado negro de la Justicia, cuando estos operadores quieren influir en el curso de la política mediante la judicialización de la política, o cuando políticos presionan para que los operadores de justicia fallen según sus conveniencias mediante la politización de la Justicia. Un círculo vicioso que es de ida y vuelta, y que no basta con el anuncio de ajustes a las normas que anunció hace poco el ministro Lima, sino que pasa porque se vaya construyendo una reforma de abajo hacia arriba, un espacio en el que primero sea atendida la población y luego, los políticos.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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La iglesia sin pastor

/ 9 de septiembre de 2021 / 01:11

Hay quienes dicen que nos encontramos experimentando un tiempo de polarización política, yo no creo que sea para tanto, porque vivimos una suerte de polarización, pero social, no política. Esto quiere decir que se encuentra en la discusión pública un enfrentamiento de fracturas sociales históricas que nos dividen; pero no estamos frente a la disputa de dos proyectos políticos de país.

En esa polarización social en la que nos encontramos se han instalado dos iglesias que defienden una de las dos creencias como capítulos exclusivos de la historia de los últimos tiempos. Un paréntesis aquí, la figura de las iglesias se la debo a mi amigo Armando Ortuño.

Sigo entonces, para una de las iglesias, el génesis comienza el 21 de febrero de 2016 y habría terminado ese testamento con el Apocalipsis liberador que vivieron el 10 de noviembre de 2019 con la renuncia a la presidencia de Evo Morales. Esta iglesia lleva el título de la congregación del fraude electoral.

Para la otra de las iglesias, el génesis se inició el 10 de noviembre de 2019 y se habría extendido hasta el 20 de octubre de 2020, en el que vivieron una auténtica resurrección bíblica y por tanto un nuevo amanecer. Esta iglesia lleva el título de la congregación del golpe de Estado.

En una lucha de creencias, y en este contexto de iglesias instaladas, juegan un papel fundamental los pastores de las mismas. Echando un vistazo a éstos en cada iglesia, podemos ver que en la congregación golpe de Estado hay un pastor cuyo peso histórico y simbólico cada día se hace más fuerte y que tiene igualmente a unos discípulos notables que se encargan de hacer retumbar sus cánticos por doquier, dentro y fuera del país.

En la otra iglesia, no se observa un solo pastor fuerte como en la anterior, más bien aquí da la impresión de que lo que tienen como estructura son mini parroquias o células territoriales mediante las cuales manifiestan su desagrado por el menosprecio que sufren de la iglesia más grande, por ahora, que es la del golpe de Estado. Al estar esta iglesia del fraude electoral sin pastor que los conduzca, se va generando cada vez más una suerte de necesidad por que aparezca un profeta apocalíptico duro y ortodoxo desde el extremo que encandile y, al mismo tiempo, se vea como el padre estricto que necesitan.

Sin embargo, en el medio de esas iglesias hay una masa importante de gente que no se deja evangelizar por ninguna de ellas y más bien considera que ambas están unidas por una auténtica crisis política que vivimos, y que fiel al estilo de una democracia contemporánea y vigorosa, la resolvimos en las urnas. Mientras las congregaciones del golpe de Estado y del fraude electoral no reconozcan su cuota parte de responsabilidad por la crisis política de 2019, no habrán dado el salto necesario para conectar con la población que los mira cada vez con más distancia, población que se aburre con su canto estridente o se enoja con su falta de empatía con las verdaderas víctimas, porque más parecen querer salvarse a sí mismos algunos pastorcillos menores.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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El príncipe heredero

/ 26 de agosto de 2021 / 00:39

Se ha vuelto un lugar común, en especial en el mundo de las oposiciones antimasistas, decir que el presidente Arce no sería más que un títere de Evo Morales. Una tesis demasiado simplificadora de la realidad, que amplifica más la sombra de Evo sobre toda la política y sus actores sin duda, pero no creo que dé cuenta de lo que ocurre efectivamente en la realidad política.

Por tanto, aquí se ensaya otra hipótesis al respecto, la propuesta tiene que ver con la idea de que Arce es en realidad lo que podría denominarse como una suerte de “príncipe heredero”, en ese marco el Presidente se presenta primero como alguien que tiene menos dificultades para gobernar porque es la representación de una historia más larga de gobierno anterior, y como no es un nuevo reinado entonces lo que se espera de él es que reviva ese pasado al que la gente en términos de su administración de la gestión económica y social ya estaba acostumbrada.

En esa línea, lo que hacen los príncipes herederos es tener como carácter principal el no ser proclives en alterar lo que ya estuvo organizado por el antecesor de su misma línea política; de esa forma, administra los conflictos que se le presentan de manera directa, y siempre que esos conflictos no representen remover el statu quo, todo quedará de acuerdo a lo que se espera. Por lo que no es que sea un tipo de político que recibe órdenes desde fuera o por una fuerza más grande a este mismo, sino que su personalidad misma es la de un gestor, más que de la de un reformador. Por eso en la justicia antes que reforma, lo que se ve son ajustes; mientras que en lo económico es la estabilización, antes que la reactivación.

Dado que el príncipe heredero tiene una suerte de halo natural de ser agraciado con el poder, tiene más oportunidades de ser amado más que temido, por eso no se le recomienda que ejerza agravios morales porque esa carta de crueldad se suele sugerir a un gobernante nuevito del que no se tiene información. Pero también, en algunas ocasiones cuando hay un poder más grande sobre este político que pertenece a su misma línea, éste puede entrar en un conflicto de personalidad porque su ego suele verse afectado, dado que no se siente a la altura de las circunstancias ni que esté imponiendo su propio sello.

En caso de hacer cambios, lo más usual es que se los evidencie al final del mandato porque eso lo tendrá que llevar adelante otro político que será el que inaugure un nuevo ciclo de reinado, es decir, se trata de saber administrar la herencia que se recibe, y como las herencias usualmente no son bienes que deban despreciarse o cosas que tienen una carga negativa, se es más talentoso en la medida de que no se sea un derrochador de esa herencia o también un abusador de la ventaja comparativa en la que lo ubica el recibir esa herencia mencionada.

Más aún, en un contexto político de democracia, o mejor dicho a lo Ferguson, de emocracia porque las decisiones políticas que no son las que la gente quiere ver del príncipe heredero de manera especial, deben tomar en cuenta seriamente el hecho de que hoy vivimos en un momento en el que los sentimientos de los soberanos no se pueden ignorar, sobreexcitar los sentimientos puede ser algo muy peligroso y contraproducente para un liderazgo que no se espera que acometa movimientos arriesgados, sino que se limite a hacernos revivir el cómodo pasado en el que nos encontrábamos.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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El tablero político del Gobierno

/ 12 de agosto de 2021 / 01:07

Es un tipo de lugar común hacer metáforas de la política con el ajedrez, dado que en ambos casos implica que exista una estrategia que determine los movimientos que se harían para poder lograr con éxito el objetivo de administrar el poder o de ganar la partida.

El enfoque de la metáfora del ajedrez con la política en este caso, no estará centrado en los jugadores, sino en la composición de las piezas, y en concreto, en las piezas de un solo equipo, el del actual Gobierno. Porque está visto que mientras el gobierno del presidente Arce hace un intento por jugar ajedrez, las oposiciones políticas están jugando a saltar la cuerda; entonces es un tablero de uno contra una oposición política social, no una oposición política partidaria.

La torre, encarnada en el vicepresidente Choquehuanca, una figura pesada en el tablero con un movimiento muy lineal en un sentido u otro, es decir, criticando o retrocediendo a ratos con la decisión de que fue mala idea que Evo fuera candidato, pero avanzando en la misma línea cuando afirma al mismo tiempo que debe haber reconciliación, por un lado, o que la labor de descolonización y de revalorización de los pueblos indígenas es muy importante, por otro lado. Considerando además que la pieza de la torre no puede dar un salto por encima de otras fichas, ahí se detiene, igual que cuando el pasado 6 de agosto en la ruidosa sesión de la Asamblea Legislativa, cuando llamaba a la calma, ni siquiera sus propios diputados y senadores masistas le hacían caso.

El presidente Arce es quien alcanza más la figura de un peón. No menospreciemos desde el inicio, por favor, porque esta pieza del tablero puede dar alguna sorpresa al final de todo, porque puede elegir partir con un movimiento de salto de dos casillas y luego avanzar de a una, o ir de a una solamente. De hecho su mejor momento no es cuando puede comer a alguna otra figura del tablero, sino cuando alcanza el otro extremo de éste y puede reclamar para convertirse en otra pieza, excepto la de Rey. Al parecer, el Presidente eligió ir muy lento por esa ruta para convertirse luego en alguna otra pieza que lo redima y lo deje en una posición más favorable.

El caballo es una pieza que puede moverse en L y saltar entre otras piezas, sea hacia atrás o adelante. Es una pieza importante del tablero y en el caso del actual Gobierno se encuentra reflejada en la figura del Ministro de Justicia, porque empezó con un movimiento provocador al promover como iniciativa una reforma constitucional a la Justicia, pero luego fue desautorizado por su propio partido, lo que le obligó a retroceder en ese sentido de L. Pero más tarde, volvió a cobrar vigencia no solamente en temas judiciales, sino también en temas políticos, lo que lo muestra como alguien que tiene mayor independencia en algunas ocasiones y que incluso es capaz de saltar por encima de algunas fichas de su propio partido y, por supuesto, de la oposición.

El alfil, pieza que se mueve en única dirección diagonal pero que no puede saltar a otras fichas y que también puede considerarse una ficha relevante del tablero, se encuentra expresada en el Ministro de Gobierno. Puede avanzar rápida y notoriamente como cuando aparece como la autoridad que ejecuta los actos administrativos de la Justicia junto a la Policía, pero no es capaz de mostrar un cambio repentino de dirección porque para eso necesita de mayores condiciones y capacidades.

Este tablero gubernamental hoy no tiene una Reina, no hay una figura tan pesada que pueda moverse con soltura por todo el tablero y a la que haya que usarla y protegerla al mismo tiempo de manera efectiva. Quizá es la pieza con la que busca ser coronado el presidente Arce al final de su mandato. Tampoco tiene un Rey, porque eso significaría que en la posibilidad de hacerle jaque a esta pieza, entonces el Gobierno entero se desmoronaría; menos aún pensar que como ese tablero no tiene un Rey, entonces otro es el que gobierna, eso es comprarse la tesis barata de cierta oposición que movida por una flojera de hacer su trabajo reduce todo a explicaciones más cortas que le sirve para descargar sus responsabilidades.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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El antimasismo sin rostro…

/ 15 de julio de 2021 / 01:32

El antimasismo hoy no tiene rostro político partidario de alcance nacional, esa cabeza fue guillotinada en la elección general de 2020 en la que el MAS volvió al poder. Por las dudas, no me estoy refiriendo a un caudillo de manera exclusiva, sino a la necesidad de que desde una organización política se dote de una consigna que congregue tanto y a tantos que a partir de ahí sea posible enfrentar con un proyecto de país a otro proyecto de país. Obviamente, incluso a reserva de que en 2019 y 2020 había una organización política que reclamaba el “voto útil” en favor de un solo candidato que competía contra el masismo.

La decapitación del rostro antimasista ocurrió en dos momentos que se llevaron por delante la síntesis de lo que era el espíritu de ese movimiento. El primero, que la corrupción anidaba de manera exclusiva en el masismo; pero con Áñez y sus respiradores, el exejecutivo de Entel fugado en EEUU, y el señor Arturo Murillo lavando dinero, quedó claro que esa ecuación de corrupción igual a masismo empezó a ser muy matizada por parte de quienes se empeñaban en enmarcar esto y presentarlo a la opinión pública.

El segundo momento, el principio de no presentarse como candidato mientras ejerces el mismo cargo de autoridad pública, esta responsabilidad no es solamente de la señora Áñez, también lo es de sus aliados políticos del momento como Doria Medina y Revilla, y de paso, quiero recordarles al exsenador Ortiz, candidato en 2019. Estos dos momentos descritos, de paso se bañaron con la utilización de la política del miedo y de la negación de cualquier simbología que tuviera que ver con lo que empezó a instalarse a partir de 2009 con el Estado Plurinacional.

Frente a eso el masismo, en aquel momento, se empeñó en ofrecerle a la gente la posibilidad de que en su lado estaba la palabra seguridad, entonces el miedo se convirtió de alguna forma en la brecha por la que el MAS comenzó a penetrar en el electorado, de ahí la ecuación evista de: que se mantenga Áñez gobernando porque Murillo les estaba haciendo gran parte del trabajo.

Sin embargo, creer entonces que el antimasismo está muerto es equivocado, después de las elecciones generales del año pasado esa corriente heterogénea se replegó a rostros menores que se encuentran en la derecha ideológica a secas, desde lo político partidario expresado en Camacho, hasta lo político mediático- amarillento de Lema y Cía.

Otro tanto se encuentra replegado en sus orígenes, es decir, políticas de causas, esas que funcionan como factores de movilización especialmente en los espacios urbanos de hoy, y que el masismo que aglutinaba esas banderas fue abandonando de a poco en los últimos cinco años con temas como el medio ambiente, el feminismo, el indigenismo, etc.

Sin embargo, la mala noticia no es tanto para el antimasismo, como lo es para el masismo, porque seguir insistiendo con un tema político con el caso “golpe de Estado”, lejos de generar un escenario favorable en el que se imponga frente a los actores de oposición, le está resultando en una suerte de rearticulación natural de este sector político antagónico. Finalmente, porque no hay que olvidar que lo que movilizó en 2019 haciendo que Evo saliera del poder fue un tema político, no aquello que normalmente solía generar desestabilización, que eran razones económicas; es decir, el masismo y Evo en particular también rompieron otro récord que seguramente no les gustará recordar, fueron los primeros en ser depuestos desde 1985 por una cuestión política.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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