Voces

lunes 27 sep 2021 | Actualizado a 06:31

¿Ya te vacunaste?

/ 29 de julio de 2021 / 01:45

En este tiempo las vacunas son tema de conversación entre todos los grupos sin importar edad, ocupación, estado civil o profesión. Se arman charlas sobre si ya están vacunados, si ya tienen la segunda dosis o no. La comunicación entre los grupos de amigos o compañeros de trabajo, sea virtual o presencial, tiene a las vacunas como tema favorito para romper el hielo. La conversación fluye, se comparten las direcciones sobre dónde están vacunando, en qué centros las filas son más cortas o en qué lugares lo hacen sábados y domingos. El tema da para mucho, porque siempre queda averiguar sobre los efectos que sintió, si en su familia todos recibieron la misma vacuna, etc., etc.

Frente a esas voces, hay otras que sin ninguna vergüenza propagan una serie de negras profecías decretando la muerte para quienes se vacunan, de tonterías como convertirse en hombres lobo, de quedar estériles, de la introducción de un chip para ser controlados. Lo dicen sin empacho, sin sonrojarse por su enorme ignorancia. Son los grupos antivacunas que siembran dudas, difunden teorías conspiracionistas absolutamente dislocadas. El Centro de Lucha Contra el Odio Digital (CCDH), del Reino Unido, ha detectado 12 grupos antivacunas con 58 millones de seguidores en varios países del mundo, estos grupos pagan anuncios en Facebook dirigidos a madres jóvenes en los que muestran niños enfermos supuestamente por efecto de las vacunas. Esas madres pasan la información en sus redes y así se convierten en activistas. El mismo centro también ha calculado que las redes sociales se embolsan $us 1.000 millones al año por diseminar información falsa y nunca desmentirla. En esos anuncios aparecen supuestos “expertos” que arguyen, por ejemplo, el poco tiempo en el que los científicos han elaborado las vacunas. Ocultan el hecho de que estos experimentos llevan al menos 20 años de trabajo. Los movimientos antivacunas generalmente representan a otros intereses sectarios de grupos religiosos, políticos o económicos que buscan su propio beneficio sin importarles el daño que puedan ocasionar. Así se inició en Europa y Estados Unidos el rebrote del sarampión hace cuatro años. Así también es el peligro al que exponen a las personas que enferman con el COVID-19 y terminan muriendo después de pasar por el calvario de una unidad de terapia intensiva.

Con esos absurdos comentarios hacen escarnio de los tremendos esfuerzos que realiza la humanidad para salvarse del virus. Las vacunas son una forma de decirle sí a la vida, a la esperanza, al regreso de los niños y adolescentes a la educación, a la recuperación de las fuentes laborales, de las actividades culturales, de los viajes, los encuentros. La vacuna es la única alternativa para continuar con la vida.

Lucía Sauma es periodista.

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El mundo gira

/ 23 de septiembre de 2021 / 00:39

El mundo se está abriendo poco a poco. Seguramente ya no aguanta tanto encierro, tantas medidas restrictivas. Nuestro perplejo planeta quiere terminar con las secuelas de la pandemia que azota de norte a sur y de este a oeste. Los aeropuertos vacíos, los hoteles con puertas cerradas, desolados o con muy pocos huéspedes. Tomada esa decisión, las calles vuelven a poblarse, los restaurantes hacen todo lo posible para tener mesas al aire libre, incluso en lugares fríos donde las estufas a gas dan calor. La gente en general ha cambiado sus hábitos, no sabemos si para siempre. Hace unos días presencié una romántica pedida de mano en una calle de La Paz, los transeúntes fueron testigos y se pararon a aplaudir y escuchar las melodías de un violín interpretadas a cielo abierto y a la hora del ocaso.

En abril de este año renovar el pasaporte era tarea sencilla. Las oficinas de Migración tenían muy pocas solicitudes, recién comenzaba a aplicarse la vacuna en Bolivia, así como en el resto de los países. Las fronteras estaban cerradas. El turismo, las vacaciones, se convirtieron en palabras. “Qué bien que pudimos viajar el anteaño pasado y no nos quedamos con las ganas”, decían muchos. Las agencias de viaje cerraron sus oficinas y solo atendían solicitudes extremas por razones humanitarias. Un sinnúmero de ellas quebraron, las que dieron la batalla redujeron su personal al máximo, con medio sueldo y con todos los inconvenientes del trabajo a distancia, dando instrucciones mediante WhatsApp.

Cuatro meses después, desde agosto de 2021, como en los viejos tiempos, en Migración tienen colapsadas las solicitudes para hacer el trámite de emisión o renovación de pasaportes. Las agencias de viaje que soportaron la crisis de la pandemia no abastecen en la atención a todos los posibles viajeros. Varios países europeos, mes tras mes, dan a conocer el fin de las restricciones impuestas por el COVID-19. Países fronterizos, con importantes aeropuertos como el de Lima en Perú, cesaron en el requisito de cuarentena para los viajeros que ingresan a sus territorios, los vacunados tienen libre ingreso. Estados Unidos también anunció que los viajeros de todas partes con la presentación de su certificado de vacunación, podrán ingresar libremente desde noviembre.

Ante la condición de la vacuna como requisito para viajar, muchas personas van en busca de sus dosis. Ojalá éste sea un incentivo lo suficientemente motivador para que los puestos de vacunación no estén vacíos o con personas que acuden como cuentagotas. El mundo quiere seguir girando con alegría, con esperanza, con reencuentros. ¿Por qué no darnos esa oportunidad?

Lucía Sauma es periodista.

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Faltan valores

/ 9 de septiembre de 2021 / 01:14

Empeñados en seguir el ritmo que marca la política en nuestro país, casi todos los ciudadanos están obligados a polarizarse por el oficialismo o la oposición, la defensa de uno u otro bando es tozuda, irracional, ciega o sorda a cualquier argumento sesudamente pensado y estructurado por el opositor. Nada alcanza para convencer, ni la realidad palpable, ni los datos estadísticos, ni los estudios, ni las investigaciones, todo es posible de ser transportado al propio molino por un lado o por el otro, es como si hubiese una doble vida, donde la verdad es lo que menos importa, solo interesa la ficción que se alcance a construir.

Mientras esto sucede con la vida política que parece ocuparlo todo, hay otro cúmulo de información sobre asesinatos, violaciones, que está devorando los noticieros de radio, televisión, páginas enteras en los periódicos, mensajes por doquier en las redes sociales que chorrean sangre. Los feminicidios ya son crónica roja, no son tratados como un problema social derivado del machismo y la inequidad de género, no se ahorran los detalles de cómo sucedió la tragedia, cuántas puñaladas, en qué lugares del cuerpo etc., etc. Se han convertido en los datos cotidianos, como se da el clima o la hora. Las noticias sobre asesinatos cometidos por jóvenes no se detienen en analizar qué está afectando a la juventud.

Esta semana con dos hechos absolutamente macabros, dos desmembramientos, nos preguntamos: ¿Qué está pasando con nuestra sociedad? ¿Qué está pasando con ciertos grupos de jóvenes? ¿Por qué se dan hechos tan horrorosos? Algo deben querer decir chicos de 19 o 20 años que cometen esas atrocidades. Demasiado ocupados en la politiquería, en la economía del centavo, poco o nada de tiempo y trabajo queda para cimentar valores, para construir formas dignas de vida.

Los padres, los maestros, los adultos en general, ¿conocen a los adolescentes con los que viven o se relacionan? No es lo mismo estar en una misma casa que convivir, compartir en un mismo hogar. En la convivencia al menos debería percibirse los cambios de humor de un adolescente, de un joven que se siente frustrado, que tiene hábitos extraños, que dan señales de una psicopatía, o que hay signos de consumo de drogas o alcohol.

Los bolivianos tenemos que escuchar y escucharnos, tenemos que abrir el debate, la reflexión sobre las causantes y las soluciones de la tragedia espiritual que vivimos como sociedad. Estamos necesitados de una reeducación, de afianzarnos en valores, estamos urgidos de mensajes bien fundamentados que construyan conocimientos, que signifiquen crecimiento personal, que sean un indicativo de que se va por buen camino para convertirnos en modelos dignos de imitar.

Lucía Sauma es periodista.

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Estamos envejeciendo

/ 26 de agosto de 2021 / 00:44

Escuchar decir mamá a un bebé representa alegría, ese pequeño ser ya comenzó a hablar, dijo su primera palabra, la misma que en los labios de un adulto mayor se transforma en un signo de clamor, de angustia, de pedido de auxilio, de la profunda necesidad de asirse a la mano invisible de su madre, de acurrucarse en el inexistente seno materno para encontrar consuelo, para sentirse a salvo en el momento en que siente desprenderse de la vida.

Llegar a viejo en nuestra sociedad generalmente no es una señal de orgullo por el tiempo de haber servido diligente y cariñosamente a la familia, al barrio, a la ciudad, al país, en muchos casos suele ser una etapa en la que los nietos, los hijos, los colegas de trabajo más jóvenes, consideran que el tiempo de respeto se fue con la llegada de la espalda encorvada, la mano temblorosa que frecuentemente derrama la sopa, con la pesadez en los ojos que no resisten y se cierran en medio de una conversación. Todo esto se agrava si además esa persona llega a la vejez con una serie de dolencias que le obligan a depender de otros para continuar con su rutina diaria.

La sociedad y las familias bolivianas tienen la tarea pendiente de afrontar el trato a los adultos mayores porque, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, la población en el país está en proceso de envejecimiento y con un tiempo mayor de vida. El INE señala que en 2020 los mayores de 60 años pasaron del millón y la esperanza de vida es de 70,5 años para los hombres y de 77,5 años para las mujeres.

En nuestro país existen leyes que protegen a los adultos mayores, lo que se necesita son políticas públicas que pongan en práctica esa normativa y aseguren la responsabilidad que tiene el Estado con la población adulta mayor proporcionando a las familias el apoyo que necesitan en su tarea de cuidado, otorgándoles educación y preparación para atender a una persona mayor, con inmovilidad y enfermedades, porque a pesar del cariño que se tenga a una persona, nada nos prepara para cuidar a un anciano que no puede valerse por sí mismo. Los adultos mayores tampoco se imaginaron siquiera que algún día verían hacerse añicos poco a poco, día tras día su fuerza y su dignidad, ellos también necesitan preparación profesional para enfrentar esa etapa de su vida. El Estado tiene que actuar asumiendo que la población es la principal riqueza de un país, que la vejez es sabiduría acumulada.

Lucía Sauma es periodista.

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Los nacionales

/ 12 de agosto de 2021 / 01:02

Un año y cinco meses sin turistas extranjeros en Bolivia, es el tiempo en el que se ha producido el desastre para la hotelería, los restaurantes, el transporte aéreo, terrestre y lacustre, el sector de las artesanías, los guías turísticos, las agencias de viajes. Sin contar que la debacle ya venía desde los problemas políticos de octubre de 2019.

Hablar de turistas es hablar de extranjeros, que cámara en mano captan paisajes, gente, compran chompas de alpaca, prueban cuñapés y salteñas, rondan por las calles del centro de nuestras ciudades, caminan en grupos, están acostumbrados a pagar en los museos y terminar en la tienda de recuerdos. Por las noches pueblan los restaurantes, dejan propinas, parten temprano por las mañanas en los buses que trabajan para ellos. Se duplican cuando el norte vive el verano y aquí es invierno. Caminan kilómetros para conocer ruinas o visitar la exuberante naturaleza de selvas tropicales, bosques o montañas.

Sin europeos, asiáticos o americanos curiosos y deseosos de descubrir Bolivia, quienes trabajan con el turismo tienen que ir por los nacionales. No es lo mismo tratar a quienes vienen de lejos que a aquellos que creen conocerlo todo. Primero, deben reducir y convertir sus tarifas a bolivianos, adecuar el menú de la comida, menos platos internacionales y más gustito propio. También deben ajustar el calendario a los feriados nacionales o locales, saber que los grupos estarán conformados por familias más que por delegaciones de un solo o similar grupo etario.

Y por su lado los nacionales, que tampoco pueden planear viajes al extranjero, buscan vacacionar dentro de su territorio. En muchos casos son descubridores de maravillas que no imaginaban tener al alcance de sus manos. Con avidez se trasladan a visitar sitios considerados sagrados de culturas que son suyas, comer frutas exóticas, saber que tienen gente que se ha capacitado en las mejores escuelas del mundo como chefs para cocinar con productos nativos delicias que estaban destinadas a paladares foráneos y ahora deben reacomodarse al sabor local. Visitar emprendimientos inimaginables desde su punto de vista.

Así se produjo una suerte de descubrimiento entre los operadores de turismo y los llamados nacionales. Por ahora queda que los ofertantes se preparen mejor y confíen en los turistas locales, adecuándose a sus necesidades, sus intereses y sus posibilidades. Los demandantes aprenderán y se adaptarán a las reglas que les propongan si es que los responsables lo hacen de forma clara y precisa. Quizás es la mejor oportunidad de educar a los bolivianos en el turismo interno, en el cuidado del medio ambiente, la valorización y respeto de la riqueza natural, en el redescubrimiento de las vocaciones regionales, el crecimiento de autoestima y civismo. Los viajes son una gran escuela, podrían significar una ventana muy luminosa de aprecio y respeto a nuestras diversidades.

Lucía Sauma es periodista.

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En vivo y directo

/ 14 de julio de 2021 / 01:55

Hace unos días una psicóloga daba cuenta de las secuelas poscuarentena que logró registrar en la conducta de niños y adolescentes, que a pedido de sus padres atendió esta temporada. Entre los niños pequeñitos menores de siete años se repetía un comportamiento muy evidente de terror a salir a la calle ni para realizar paseos o visitas a parientes cercanos, que antes de la cuarentena eran habituales. Ante el anuncio de que sus padres saldrían a la calle, los chiquitos reaccionaron llorando, gritando, mostrando pánico, intentando a toda costa impedir que salgan. La psicóloga explicó que estas reacciones se debían a que los padres, para mantener a los niños encerrados durante la cuarentena, les habían dicho que si salían de la casa podrían morir. Finalizado el encierro, los niños prefieren no salir porque temen morir.

En el caso de los adolescentes que están recibiendo tratamiento, sus padres observaron que los chicos habían perdido interés por tener contacto con el mundo externo. Durante la cuarentena aprendieron a convivir a través de la computadora o el teléfono móvil, les resultó cómodo no exponerse al rechazo o la crítica tanto física como psicológica de sus pares. Además que podían quedarse en sus dormitorios, encerrados, vistiendo como querían, comiendo cuando les apetecía, conectándose o desconectándose con un simple click, sin dar grandes explicaciones. Con ponerse unos auriculares podían alejarse de la clase por Zoom y en realidad escuchar la música que querían. Así que ahora esos adolescentes perdieron el interés o el gusto por relacionarse directamente con sus amigos y prefieren vivir aislados.

Después de escuchar a la psicóloga de la entrevista, hice recuento del síndrome que viven muchas personas mayores que se encerraron en sus casas y, a pesar de haber terminado la cuarentena, ellas están convencidas de que no salir las salva no solo del COVID-19, sino de compromisos profesionales incumplidos, de promesas innecesariamente postergadas, de incómodos horarios, y se dedicaron a cavar profundo en el pozo de la más pura rutina envolvente como tela de araña, de la que ya no saben cómo zafar y de la que tampoco nadie les quiere sacar porque, a esta altura, se cansaron de insistir.

Definitivamente estos síndromes no pueden ser parte de la “nueva normalidad”. El barbijo, el lavado de manos y el uso de alcohol no disminuirán nuestra esencia, pero el perder sensibilidad por el relacionamiento social, sí nos daña. En el aire flota la enorme necesidad de volver a los días despreocupados de antes del COVID-19. Disfrutar una charla, ir en transporte público sin temor, festejar un cumpleaños, una boda, un bautizo con todos reunidos en un solo lugar. Hay una enorme necesidad de humanizarnos en vivo y directo.

Lucía Sauma es periodista.

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