Voces

lunes 27 sep 2021 | Actualizado a 22:33

Democratización interna en los partidos

/ 30 de julio de 2021 / 01:21

Comenzando por el MAS hace más de dos décadas, pasando por toda esa complejidad de organizaciones que hay en el medio y terminando en las dos alianzas que al día de hoy también conforman la representación dentro del Congreso, existen características comunes que nos señalan que estamos al frente de organizaciones políticas que están afrontado las complejidades de un fenómeno que parece ser, en el siglo XXI, más una normalidad que una excepción: la crisis de representación política. Y que ha originado que las opciones políticas que, en la actualidad, logran obtener votación están implícitamente obligadas a forjarse de manera conjunta con actores políticos del complejo entramado de corporatividades que, desde hace mucho, son parte de las definiciones del horizonte político del país. Corporatividades gremiales, sindicales, de clase, de origen, de profesión u oficio, etcétera. Esto se ha ido materializando a partir de alianzas estratégicas y programáticas, en el mejor escenario; o de prebendas y clientelismo, en el peor.

Son pocos los partidos que han logrado, en los últimos años en los que esta práctica solo se ha hecho más evidente, comprometer formalmente a sus bases sumando a sus militancias a personas que componen los grupos corporativos con los que se comparten agendas políticas, sean de corto, mediano o largo plazo. Y esto no siempre de forma voluntaria, sino incluso coaccionada respecto a la manutención de determinados cargos públicos. En otros casos, debido a las urgencias en las que se puso el sistema político y de gobierno en la más reciente crisis de noviembre de 2019, algunas alianzas han sido aupadas con base en adherencias de grupos de personas sin que se logre “formalizar” la instancia de la militancia como tal en estos aliados coyunturales. Pues la crisis de representación política —entre otros síntomas— genera una desvalorización y rechazo de la militancia partidaria como opción para el ejercicio político.

Además de todo lo anterior también es preciso recordar que, de manera general, dentro de las organizaciones políticas las relaciones entre líderes y bases, salvo situaciones muy excepcionales, se producen y reproducen en torno a un poder político de tipo patriarcal, elitista y caudillista. A pesar de los matices —que los hay— todo intento de modificación de las relaciones de poder dentro de estas organizaciones están sujetas a desafíos estructurales de carácter histórico y cultural.

Se ha venido estableciendo en el diálogo público, el mandato que tienen las organizaciones políticas de todo el país —la decena de nivel nacional y la más de una centena en los niveles locales— de adecuar su ordenamiento normativo interno de acuerdo a los lineamientos que establece la Ley de Organizaciones Políticas (mecanismos de democratización interna, régimen de despatriarcalización, adecuación de documentos con base en principios de la democracia intercultural y paritaria, entre los más desafiantes).

Si acaso este mandato llega a cumplirse en plazo, faltando cinco meses ya para éste, deberá llevarse a cabo necesariamente con la participación activa, deliberativa y comprometida de estas militancias, pues de ninguna manera será posible la actualización de las bases políticas sobre las que están asentados actualmente los partidos si es que este primer paso no se da de manera honesta, amplia y democrática internamente. ¿Será realmente posible?

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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La política desde los extremos

/ 24 de septiembre de 2021 / 02:03

En Bolivia, es un lugar común sabernos como una sociedad politizada en extremo pero —siguiendo el ritmo global— cada vez más descreída de la política institucional. Decimos de nosotros mismos que ante las crisis políticas que se nos presentan recurrimos al mecanismo del voto para dirimir nuestras diferencias pero, una vez electos, desconfiamos de nuestros representantes y la institucionalidad que constituyen.

Nos declaramos en contra de las intenciones partidistas de alimentar una continua/ cansina conflictividad latente instalando sus relatos sobre los hechos recientes pero aparentemente nos reflejamos ansiosos en espacios digitales por ir despreciando todo aquello que signifique otredad de pensamiento, apuntando con el dedo y estigmatizando a quien estuvo/ está en la vereda del frente.

Le pedimos a los partidos un proyecto de país para validarlos —lo que equivale a pedirles una inteligencia adaptativa cuya capacidad no solo les permita entender la Bolivia de hoy sino además proyectarla—, a tiempo de que fortalecemos el pensamiento de que la militancia partidaria es algo aberrante, propio de personas que no tienen moral o pensamiento propio.

Hoy se asocia lo obsoleto con trabajar en la subsistencia del sistema de partidos pensando que así se pueden gestionar intereses colectivos de manera ordenada y lo renovado está asociado a la micropolítica de la vida, donde los intereses personales se gestionan de mejor manera en grupos estancos que comparten su visión cultural de la vida cotidiana.

Es verdad que nuestra vivencia más cercana respecto al comportamiento democrático de quienes acceden al poder mediante el voto o se llenan la boca de democracia nos indica que, indistintamente de su color, los líderes de estos partidos o alianzas pueden terminar propiciando acciones autoritarias de varias maneras: ya sea torciendo las leyes e instituciones en la búsqueda de mantener el poder, sancionando abierta y socialmente cualquier gesto de educación o diálogo para con el otro o disciplinando internamente el pensamiento plural cuando éste desagrada al aliado circunstancial.

Pero también es verdad que cuando se trata de cultura democrática, nos toca a todos revisarnos en nuestras acciones y posiciones de forma honesta, pues son estos varios escenarios los que diariamente se alimentan de nuestro accionar como sociedad y terminamos, entre todos, configurando la compleja, enredada y acelerada realidad política nuestra. En espacio público revuelto, ganancia de los extremos. Así, el verdadero desafío parece consistir en escapar de ser la carne de cañón de tanta narrativa interesada sin renunciar a la continua (re)construcción de la institucionalidad democrática que, por detrás de los hechos —y esto es un secreto a voces—, está hecha pedazos.

La política desde los extremos va a seguir siendo lo que se nos viene y continuará encontrando tierra fecunda para su existencia y normalización en el hecho de que cada vez sea mayor la cantidad de gente que encuentre tentador acomodar su pensamiento y acción política por fuera de los márgenes institucionales que brinda la democracia, tal como la conocemos. Y eventualmente esto solo servirá para garantizar la sobrevivencia de aquellos contados patriarcas políticos que insisten en hacerles creer a las mayorías que los encumbran que la política es toda lucha posible por el poder y no así una herramienta más para solucionar los problemas de la sociedad en su conjunto.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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¿Qué tipo de política necesitamos?

/ 10 de septiembre de 2021 / 01:50

Una parte del pensamiento dentro de las ciencias sociales está destinada a estudiar cómo funciona la política en nuestras sociedades hoy complejas en extremo y, en esa línea, las respuestas suelen ser diversas, así como nuestras realidades. Quien indefectiblemente lleva en la mente la forma institucional en la que actualmente están estructuradas las sociedades occidentales suele considerar que la democracia es potencialmente “ajustable” a las circunstancias históricas. No obstante, aún parecen ser pocas las reflexiones en torno a cuál va a ser el destino de este sistema político en una sociedad en la que se evidencia que las corrientes autoritarias y las sociedades/ generaciones que sienten simpatías hacia ellas van en crecimiento continuo y a ritmo acelerado. ¿Por qué serían necesarias? Porque es posible que nuestra erosionada convivencia democrática esté más vinculada con nuestro comportamiento en comunidad de lo que se puede ver. Y que, en consecuencia, se necesite a la política como herramienta más de lo que quisiera una sociedad con tanta desafección hacia lo político, como la actual.

En las últimas semanas hemos presenciado algo que si bien nos es lacerantemente cotidiano: feminicidios, violencia, crímenes de odio, recientemente ha estado matizado por escabrosos detalles como el desprecio y el aborrecimiento con los que se actuó luego del acto mayor de arrebatarle la vida a otra persona. No es correcto usar estos ejemplos para la generalización ni de una sociedad y menos de una generación. No obstante, es inevitable que estos hechos que horrorizan nos llamen profundamente la atención hacia nuestros cotidianos.

Acudiendo al modo de trabajo que utilizaba Walter Benjamin en el que evocaba el “Pensar por detalles”, el filósofo Amador Fernández-Savater postula que “En cada fragmento del mundo, si lo intensificamos con el pensamiento, podemos desplegar (y comprender) algo del mundo entero”. Afinando la mirada, es en esos fragmentos de mundo cotidiano donde parece imperar esta realidad aparente de que cada vez incomoda y afecta más de forma directa la simple existencia o forma de vida de otras; mientras simultáneamente se convive con una alta tolerancia con discursos de racismo, clasismo u odio. Fenómeno que también se refleja en esta dualidad en la que una buena parte de la humanidad parece no encontrarle fin al tedio/sopor de su vida cotidiana, mientras otra parte no llega a pensar en más que en subsistir el día.

Pareciera que viviéramos atrapados entre dos fuegos que se alimentan uno al otro: inmersos en esta época donde el indignacionismo se hace corriente (a)política y se concreta con la cultura de la cancelación que no tolera convivencias ni otredades. Diría Fernández-Savater, “Opinamos todo el rato para no tener que leer, para no tener que escuchar, para no hacer el esfuerzo de pensar, para conjurar preventivamente la posibilidad de transformación”. Mientras se vive alimentando ese otro fuego que es la continua sensación de vivir en medio de pantallas, mensajes, quejas y ruido donde parece que todos estamos cansados de todo(s). ¿Estaremos realmente así? ¿Es nuestro futuro la guerra de todos contra todos? Si la política está destinada a solucionar problemas de la sociedad, ¿qué tipo de política necesitamos hoy?

¿Si no entendemos la hostilidad, la beligerancia, la irritabilidad y la agresividad en la que hoy navegamos a todo nivel, vamos a ser capaces de construir un nuevo acuerdo democrático? La respuesta la apunta con claridad el periodista Lluís Bassets: “No habrá manera de gobernar en democracia en la era de la ansiedad si no conocemos las emociones que nos movilizan”.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Minuto de silencio

/ 27 de agosto de 2021 / 02:18

Nacido luego de la Primera Guerra Mundial, en las sociedades occidentales se fue instalando la costumbre de hacer un minuto de silencio como muestra de respeto y honra a quienes habían fallecido recientemente, actualmente encuentra razón en la demostración de indiscutible respeto de una colectividad hacia grupos de personas que fallecieron en situaciones trágicas, dejando de lado toda diferencia.

A la fecha, cuando aún no han pasado ni 15 días desde que el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) presentó ante la sociedad boliviana su informe sobre las múltiples violaciones a los derechos humanos que fueron consecuencia de la crisis política en Bolivia en 2019, pareciera ser que la potencia que debería tener un documento cuya importante característica es que ha sido aceptado en su calidad técnica e imparcialidad política por una sociedad donde impera la polarización discursiva, simplemente se desvanece de la agenda política y noticiosa, al menos para la maquinaria mediática dominante.

La primera presentación del informe tuvo lugar el mediodía del 17 de agosto pasado, luego fue liberado digitalmente a las 15.00. Además de ello —huelga resaltarlo— , el GIEI agendó toda una semana de presentaciones en los lugares donde hubo víctimas de la crisis política: Senkata, Sucre, Sacaba, Potosí, Montero, con el objetivo de que sean ellas y sus familiares quienes pudieran conocer los resultados del informe e interpelarlo en primera persona ante sus autores. De alguna manera, el grupo de expertos que elaboró el informe le estaba proponiendo a nuestro país una semana de silencio: unos días de escucha a las víctimas.

Dos horas y media luego de la liberación en formato digital del documento emergió el primer pronunciamiento político proveniente de los partidos de oposición, en él se menciona a actores políticos e institucionales atribuyéndoles responsabilidades. Una hora y media más tarde, la principal representante del gobierno de transición se pronunció al respecto, mencionando a otro actor político. Dieciocho horas más tarde, el presidente del partido oficialista de igual manera, en un par de tuits, menciona a actores políticos e institucionales, con el mismo fin: atribución de responsabilidades. Hoy, a una semana de que el GIEI realizara la última presentación del informe, las luces políticas y mediáticas están centradas —como es usual— en actores políticos e institucionales que se cuentan con los dedos de una mano. 

El GIEI le ha puesto indiscutible nombre y apellido a las 37 víctimas fatales y cientos de heridos y también se lo ha puesto a los hechos que nuestro país vivió durante ese periodo: masacres, ejecuciones sumarias, torturas, persecuciones, detenciones ilegales, discursos de odio, actos racistas y violencia sexual. Por su lado la clase política, en otro universo, sigue buscando ponerle a los autores de estas violaciones de derechos humanos los nombres y apellidos de sus rivales políticos, mientras matizan sus ansiosos señalamientos con discursos sobre presunción de inocencia, debido proceso, separación de poderes y respeto al Estado de derecho entre tantas otras peroratas, como la solicitud de no politización del informe.

Las contundentes certezas con las que el GIEI arribó al país y la empática semana que se tomó para informarle al país sobre sus resultados demandaban de nuestra clase política, cuando menos unas horas de respetuoso silencio si es que no la semana toda. No obstante, lo que presenciamos fue —una vez más— una carrera para la instalación de relatos protagonizados por unos cuantos y en donde sobran unos cientos, que solo sirven como excusa. Cientos de nadies sin minuto de silencio. Esos nadies que, como advertía Galeano: cuestan menos que la bala que los mata.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Difíciles arranques, precoces desgastes

/ 13 de agosto de 2021 / 01:24

En dos de nuestros principales países vecinos, se han iniciado hace muy poco nuevos procesos políticos que inéditamente, a pocas semanas de su despliegue, han merecido ya un cúmulo de críticas, cuestionamientos y posiciones que, con mucha claridad, apuntalan precozmente su fracaso. Hago referencia a la Convención Constitucional en Chile y al nuevo gobierno en Perú, respectivamente.

El periodo de “luna de miel” con el que tradicionalmente se benefician los nuevos gobiernos, suele constituirse en un acumulado de, cuando menos, algunos meses en los que la guardia de la afrenta política se pone baja y el nuevo gobierno está en la capacidad de desplegar expeditamente sus propuestas para irse dando a conocer en tanto su estilo gubernamental. Aunque no se trata de procesos similares, de alguna manera esta tregua política podría ser trasladada a lo que es un proceso constituyente debido a que su emergencia también es resultado del voto popular. Es llamativo que en el caso de los procesos políticos que afrontan nuestros mencionados vecinos en este momento, eso no esté ocurriendo.

Sin duda, mucho de ello tiene que ver con las oposiciones a las que se enfrentan. Por un lado un gobierno en Chile que ha mostrado poca y errática predisposición al desarrollo de la Convención y, por el otro, en Perú, una suerte de aceleración del rechazo parlamentario y la judicialización de figuras claves del gabinete del nuevo Presidente. Es claro que ello responde al hecho de que Chile y Perú son dos países que aún mantienen en pie las estructuras de poder fáctico que muchas veces están por encima del poder político. Por lo tanto, la construcción de relatos y narrativas en torno a lo que, en sus propios sistemas de opinión pública, denominan como la “terruquización” y “mapuchización” (ambos, con connotaciones distintas) de sus procesos, ha estado a la orden del día.

Ahora, si bien es cierto que muchos de los sentidos comunes que han solventado la emergencia y construcción de proyectos nacionales las décadas pasadas en el marco de lo que se conoce como Socialismo del Siglo XXI aún siguen en pie y — más aún— son insumos discursivos plenamente vigentes dentro de la disputa cultural continental y global; también es cierto que si bien es importante encontrar los puntos de encuentro entre los distintos procesos que atraviesa cada país, pareciera ser más relevante aún ponerle énfasis a aquellos que los diferencia. Y esta es una llamada de atención sobre todo para las diversas izquierdas del continente y las tomas de posesión a las que a veces las circunstancias les obligan.

El éxito de cada proceso político dependerá en buena parte de los recursos de poder con los que se cuente para afrontarlo. En ese sentido, una primera y no menor diferencia puede partir de establecer con claridad a aquellos procesos políticos que son consecuencia de transformaciones al interior de las sociedades (que suelen llevar años, si no décadas) o aquellos que son producto, más bien, de reacciones políticas circunstanciales. Ahí parece radicar una diferencia nada menor entre lo que ocurre en Chile respecto a lo que pasa en Perú y, se corroborará hacia adelante, en el destino y duración de sus respectivos procesos políticos. Además de este escenario, en los siguientes 14 meses seremos testigos de cambios de gobierno en Chile, Brasil y Colombia. Y, con ello, una vez más, del devenir de un eterno dilema histórico de las izquierdas: la convergencia o la divergencia.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Delegaciones y devoluciones

/ 16 de julio de 2021 / 02:16

En los debates de fines del siglo XX, desde la comunicación política se solía poner especial énfasis en algunas funciones ampliadas que se les asignaba a los medios de información como actores en el espacio público. El objetivo consistía en llevar la discusión más allá de las tradicionales funciones sociales de los medios ligadas a la información y el entretenimiento, ya que entonces su incidencia política era más bien solo una sospecha. Así se hablaba, entre otras, de las funciones que cumplían mediante la selección, jerarquización y representación de la realidad a través de la información periodística que entregaban a la sociedad.

Estas discusiones permitieron entender claramente la existencia de una “delegación” a los actores mediáticos de facultades ciudadanas necesarias para el conocimiento y comprensión de su realidad local y global. Así, durante muchas décadas el encargo del tratamiento periodístico para consumo masivo se encontraba en las manos (por no decir bajo el monopolio) de las empresas mediáticas y sus profesionales en información.

La tecnología ha permitido la “recuperación” de esta facultad delegada para muchos de los sectores y poblaciones que han ido cayendo en cuenta que la producción informativa que emana del conglomerado mediático no los (re)presenta en tanto sus vivencias, aspiraciones y demandas. Y esto se ha materializado a través de la figura del prosumidor (productor y consumidor), cuya existencia ha permitido que cada persona o comunidad genere y difunda su propio contenido informativo renunciando parcial o totalmente a la intermediación de los medios para este fin.

Además de que la posibilidad de autorrepresentación informativa, discursiva y mediática ha sido facilitada por la tecnología, la misma ha llegado también para hacerse cargo, parcialmente por ahora, de otras funciones que antes estaban delegadas exclusivamente al periodismo: las de selección y jerarquización noticiosa. Qué otra cosa es sino el dato evidente de que las nuevas generaciones basan buena parte de su consumo noticioso mediadas por las redes sociodigitales y sus algoritmos cuyos criterios de presentación de contenidos ante el usuario responden a criterios comerciales de perfilamiento antes que a los periodísticos.

Así las cosas, consciente de sus múltiples crisis el periodismo en los últimos años ha encontrado su razón de ser en este tiempo en la recuperación de funciones que no le son nuevas pero que se muestran urgentes ante los cambiantes escenarios, entre éstas se encuentran las de contextualización y verificación de los hechos. De estas nuevas necesidades es de donde vuelve fuertemente a la palestra el periodismo de investigación, nace el de datos, se fortalece la búsqueda de otros formatos. Y ante la masificación y posibilidad de viralización de la desinformación, nacen las verificadoras.

¿Qué pasa entonces cuando estas renovadas/ recuperadas funciones que el periodismo necesita para reubicarse en la sociedad atraviesan situaciones que merman su credibilidad como fue el caso de Bolivia Verifica la pasada semana? Por lo inédito de esta situación, sus efectos debieran escudriñarse —preliminarmente aún— en su alcance sectorial. ¿Hasta dónde tendrá que gestionarse la ciudadanía su propia información en tanto producción y consumo? Si a título de periodismo ciudadano, nuevos medios digitales y a nombre de alfabetización mediática se va a continuar “devolviendo” a la ciudadanía sus facultades de seleccionar, jerarquizar, contextualizar, verificar y representarse informativamente por sí sola, cuánto tiempo aún queda para que resuene la pregunta que ya tanto asedia globalmente a los conglomerados mediáticos tradicionales: ¿para qué los necesitamos?

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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