No. Una palabra tan sencilla y corta. Pero tiene un gran poder de transformación. Simone Biles la utilizó con gran efecto en los Juegos Olímpicos de Tokio esta semana. “Sabes qué, hoy digo no”, dijo, explicando a los periodistas su decisión de retirarse de la competencia de gimnasia por equipos para proteger su salud mental y física.

Fue un “no” que sacudió los Juegos Olímpicos y puso al mundo del deporte sobre aviso. También demostró que el empoderamiento de los atletas, un sello distintivo de esta era en el deporte, sigue desarrollándose y creciendo. Los atletas están más que preparados para dar la cara, no solo por la justicia social, sino también por ellos mismos.

Biles es la gimnasta más grande y más premiada de todos los tiempos. Ganó cuatro medallas de oro en Río de Janeiro hace cinco años y se esperaba que se llevara a casa al menos tres más en Tokio. Pero al decir “no”, al retirarse esta semana y al defender su bienestar en un mundo deportivo que mercantiliza a los atletas y premia la victoria a toda costa, ha superado todos esos logros en importancia.

La retirada de Biles de la prueba por equipos del martes se produjo tras la sorprendente derrota de Naomi Osaka en el torneo olímpico de tenis. Osaka, por supuesto, se sumó al debate sobre la salud mental de los atletas y a la resistencia contra los dirigentes deportivos poco complacientes, cuando se retiró del Abierto de Francia esta primavera.

Si la retirada de Osaka de un torneo de tenis de Grand Slam fue un gancho al hígado para un mundo deportivo empeñado en llevar a los atletas a su punto de quiebre, entonces la decisión de Biles de decir “no” fue un golpe en el mentón.

Biles llegó a los Juegos Olímpicos con un evidente conflicto con la gimnasia y los organismos organizadores que rigen el deporte. “En verdad siento que a veces tengo el peso del mundo sobre los hombros”, escribió en su página de Facebook, y luego señaló que “los Juegos Olímpicos no son un juego”.

No hablaba la alegre Simone Biles que irrumpió en la escena mundial en los Juegos de Río. Sino una atleta que se está desarrollando a sus 24 años.

Una atleta dispuesta a hablar de los abusos sexuales que ella y tantas otras sufrieron a manos del exmédico del Equipo Olímpico de Gimnasia de Estados Unidos Larry Nassar y del entrenamiento verbal y emocionalmente abusivo que ella y tantas otras soportaron bajo la tutela de Bela y Marta Karolyi.

Una atleta que presionó para llegar a Tokio en vez de retirarse, en parte porque eso obligaría a los responsables de la gimnasia a seguir reconociendo lo que ella y tantas otras gimnastas estadounidenses habían sobrevivido.

Una atleta dispuesta a hablar con fuerza sobre el racismo, un tema que conoce bien como mujer negra que domina un deporte en el que predominan los blancos. Así que, sí, lleva una pesada carga, que cae con fuerza sobre ella y sobre otras atletas negras.

Todo parecía estar programado a la perfección para que Biles sobresaliera a pesar de esa carga. Se enfrentaría a las miradas y ganaría un montón de medallas más, lo que pondría de manifiesto su dominio competitivo, y luego se retiraría.

Sin embargo, en cambio, decidió decir “no”. Ya fue suficiente. Se acabó.

Sin duda podría haber predicho lo que vino después. Los alaridos habituales de los que quieren que el deporte y la sociedad sigan anclados a un pasado en el que los atletas nunca traicionan su estoicismo. Los críticos que se rasgan las vestiduras (que no nos extrañe que la mayoría de ellos son hombres blancos) y que afirman que Biles no es una verdadera campeona porque no se aguanta.

Nada de esto impidió a Biles realizar el acto más significativo de estas olimpiadas.

Vivimos en una sociedad que adora a los atletas como dioses que hacen magia y al mismo tiempo los trata como objetos desechables.

Los aficionados, los periodistas, las ligas, las organizaciones mundiales como el Comité Olímpico Internacional, todos forman un ecosistema en el que muy pocos se preocupan por el dolor que sufren los atletas: los huesos rotos, las lesiones cerebrales y los problemas de salud mental. Mientras estén ahí para nuestro entretenimiento, todo está bien.

Por eso una de las escenas olímpicas más emblemáticas es la de Kerri Strug en la competencia por equipos de gimnasia de 1996. Bela Karolyi la presionó para que compitiera en el salto de caballo a pesar de tener una lesión de tobillo —“¡Te necesitamos una vez más, para el oro!”—, Strug hizo lo que se le dijo, tomó impulso, saltó y aterrizó. Luego dio un par de saltitos en un pie para hacer el saludo a los jueces y cayó de rodillas. Karolyi la cargó al podio para recoger su medalla de oro.

La sombra de entrenadores como Karolyi, de asistentes del equipo como Nassar, de la presión desenfrenada por lograr la perfección y conseguir medallas de oro en medio de un tsunami de presión, se cernía sobre Biles. Ella se enfrentó a todo eso y dijo “no”. Fue un acto de resistencia, simple y valiente, mucho más importante que todo lo que veremos en estos juegos.

Kurt Streeter es columnista de The New York Times.