Voces

lunes 27 sep 2021 | Actualizado a 21:15

El regreso del zombi de los valores familiares

/ 1 de agosto de 2021 / 01:30

En 1992, durante unas semanas, la política estadounidense giró en torno a los “valores familiares”. El presidente George H. W. Bush tenía problemas electorales por la debilidad de la economía y el aumento de la desigualdad. Así que su vicepresidente, Dan Quayle, intentó cambiar de tema y atacó a Murphy Brown, un personaje de un programa de comedia, una mujer soltera que decidió tener un hijo. Me acordé de ese incidente cuando leí las declaraciones de J. D. Vance, que ahora es candidato republicano al Senado de Ohio. Señaló que algunos demócratas importantes no tienen hijos y arremetió contra la “izquierda sin hijos”. Alabó las políticas de Viktor Orbán, el mandatario de Hungría, cuyo gobierno subvenciona a las parejas que tienen hijos, y preguntó: “¿Por qué no podemos hacer eso aquí?”.

Como señaló Dave Weigel, de The Washington Post, que estaba allí, fue extraño que Vance no mencionara la recién instituida deducción fiscal por hijos de Joe Biden, que supondrá una enorme diferencia para muchas familias más pobres que tienen hijos. También fue interesante que elogiara a Hungría en vez de citar los ejemplos de otras naciones europeas con fuertes políticas pronatalistas. Francia, en particular, ofrece grandes incentivos financieros a las familias con hijos y tiene una de las tasas de fertilidad más altas del mundo desarrollado. Entonces, ¿por qué Vance destacó a un gobierno represivo y autocrático con una fuerte tendencia nacionalista blanca? Era una pregunta retórica.

Tampoco puedo resistirme a señalar que cuando tuiteé sobre algunas de estas cuestiones, al centrarme sobre todo en la debilidad de los argumentos económicos a favor de las políticas pronatalistas, la respuesta madura y ponderada de Vance fue llamarme una “señora rara de los gatos”. Sin embargo, hay una cuestión más extensa en esto: todo el énfasis en los “valores familiares” —en contraposición a las políticas concretas que ayudan a las familias— resulta haber sido un error intelectual épico.

Claro está que Dan Quayle no es un intelectual. Pero su ofensiva de comedia tuvo lugar en medio de un argumento sostenido por pensadores conservadores como Gertrude Himmelfarb de que el declive de los valores tradicionales, en especial de la estructura familiar tradicional, presagiaba un colapso social generalizado. La desaparición de las virtudes victorianas, se argumentaba de manera amplia, conduciría a un futuro de crimen y caos crecientes.

Sin embargo, la sociedad se negó a derrumbarse. Es cierto que la fracción de nacimientos de madres solteras siguió aumentando. Pero el apogeo del soponcio por la pérdida de los valores familiares coincidió con el inicio de un enorme descenso de los delitos violentos. Las grandes ciudades, en particular, se volvieron mucho más seguras: en la década de 2010, la tasa de homicidios de Nueva York había vuelto a los niveles de la década de 1950.

Y como de seguro alguien sacará el tema, sí, durante la pandemia se registró un aumento de los asesinatos, aunque no de la delincuencia en general. Nadie está seguro de las razones, al igual que nadie está seguro de por qué la delincuencia disminuyó tanto para empezar.

También cabe señalar que el declive de las familias tradicionales es incluso más pronunciado en algunos países europeos que aquí; Francia, como he dicho, ha logrado alcanzar una alta tasa de fertilidad, pero la mayoría de esos nacimientos son de madres solteras. Sin embargo, al igual que en Estados Unidos, hay muy pocos indicios de caos social: la tasa de homicidios de Francia es menos de una séptima parte de la nuestra.

Por supuesto, a la sociedad estadounidense no le ha ido bien en todo. Hemos tenido un aumento alarmante de las muertes por desesperación; es decir, muertes por drogas, alcohol y suicidio. Pero es difícil argumentar que esta alza refleja un declive de los valores tradicionales.

De hecho, si observamos la situación en los distintos estados, de los 10 estados donde prevalece con mayor fuerza una medida de los valores tradicionales, la religiosidad, siete tienen una tasa de mortalidad por desesperación superior al promedio. Es casi seguro que se trata de una historia de correlación, no de causalidad.

El hecho es que hay muchas cosas que podemos y debemos hacer para mejorar nuestra sociedad. Hacer más para ayudar a las familias con hijos —con apoyos económicos, mejor atención médica y acceso a guarderías— está en el primer lugar de la lista, o casi. Por cierto, no se trata de animar a la gente a tener más hijos, eso es cosa suya, sino de mejorar la vida de los niños, para que crezcan y se conviertan en adultos más sanos y productivos. Por otro lado, vociferar contra los miembros de la élite por sus decisiones personales no está en la lista en absoluto. Y cuando eso es todo lo que hace un político, es signo de bancarrota intelectual y quizás moral.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Centristas y propaganda de derecha

/ 26 de septiembre de 2021 / 00:39

Todos los que prestaron atención durante los años de Obama sabían que los republicanos también intentarían socavar las presidencias demócratas. Algunas de las acciones del Partido Republicano han sorprendido incluso a los cínicos. Aun así, el intento republicano de hacer fracasar al presidente Joe Biden, por mucho que perjudique al resto del país, era previsible.

Más sorprendente, al menos para mí, ha sido el comportamiento autodestructivo de los centristas demócratas (término que prefiero a «moderados», porque es difícil ver qué hay de moderado en exigir que Biden abandone políticas muy populares como la de los impuestos a las empresas y la reducción de los precios de los medicamentos. En este punto, parece demasiado posible que un puñado de demócratas recalcitrantes haga saltar por los aires toda la agenda de Biden) y sí, son los centristas los que están haciendo un berrinche, mientras que los progresistas del partido están actuando como adultos.

Entonces, ¿qué está motivando al escuadrón de saboteadores? Yo diría que parte de la respuesta es que han interiorizado décadas de propaganda económica de derecha, que su reacción visceral a cualquier propuesta para mejorar la vida de los estadounidenses es que debe ser inviable e inasequible.

Por supuesto, esta no es toda la historia. No debemos subestimar la influencia del dinero: tanto los donantes adinerados como las grandes farmacéuticas han hecho gala de su poder. Tampoco hay que descartar la importancia de la simple falta de cálculo: $us 3,5 billones parecen mucho dinero, y no hay que suponer que los políticos entienden (o creen que los electores entienden) que se trata de un gasto propuesto a lo largo de una década, no en un solo año. Supondría poco más del 1% del Producto Interno Bruto durante ese periodo y seguiría dejando el gasto público global muy por debajo de su nivel en otras democracias ricas. Además, ignora el hecho de que el verdadero costo, menos los ahorros netos y los nuevos ingresos, sería mucho menor que $us 3,5 billones.

Y algunos políticos parecen tener la idea equivocada de que solo el gasto en infraestructuras «duras», como carreteras y puentes, cuenta como inversión en el futuro de la nación. Es decir, no se han puesto al día con la creciente evidencia de los altos rendimientos económicos del gasto en las personas, en especial el gasto que saca a los niños de la pobreza.

Sin embargo, a menudo me sorprende escuchar a políticos y expertos que no se consideran parte del movimiento conservador, que defienden argumentos económicos que no son más que propaganda de la derecha, pero que se han repetido tantas veces que muchas personas que deberían saberlo mejor los aceptan como un hecho establecido.

Por último, es sorprendente la cantidad de gente que cree que las economías europeas con un elevado gasto social se ven muy perjudicadas por la reducción de los incentivos al trabajo. Es cierto que durante los años 80 y 90, gran parte del continente parecía sufrir de «euroesclerosis»; es decir, de un elevado y persistente desempleo, incluso durante los periodos de expansión económica. Pero eso fue hace mucho tiempo. Hoy en día, los generosos Estados del bienestar suelen tener un mejor rendimiento del mercado laboral que Estados Unidos.

Tomemos el ejemplo de Dinamarca, que Fox Business comparó en un momento dado con Venezuela. De hecho, si fuera cierto el dogma de la derecha, Dinamarca debería ser un infierno económico. Tiene un gasto social mucho mayor que el nuestro; dos tercios de sus trabajadores están sindicalizados y esos sindicatos son tan poderosos que obligaron a McDonald’s a pagar a sus trabajadores $us 22 la hora.

Pero la realidad es que los daneses en edad de trabajar tienen más posibilidades de tener un empleo que sus pares estadounidenses. Es cierto que el PIB real per cápita es un poco más bajo en Dinamarca, pero eso se debe sobre todo a que Dinamarca, a diferencia de Estados Unidos, no es una nación sin vacaciones; los daneses de verdad se toman un tiempo libre del trabajo.

La cuestión es que, por lo que veo, esos problemáticos centristas demócratas están cegados por una narrativa económica creada a propósito para bloquear el progreso y justificar la enorme desigualdad. Así que imaginan que la agenda de Biden (que es un esfuerzo bastante modesto para abordar los problemas muy reales de nuestra nación) es de alguna manera irresponsable y una amenaza para el futuro de la nación.

Les pido que reconsideren sus premisas. El gasto propuesto por Biden no es irresponsable y no perjudicaría el crecimiento. Por el contrario, sería profundamente irresponsable no invertir en las personas, así como en el concreto, y si nos remitimos a las pruebas, en lugar de repetir el dogma de la derecha, uno se da cuenta de que la agenda de Biden, de hecho, favorece el crecimiento.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Llega el otoño de la ansiedad

/ 12 de septiembre de 2021 / 00:22

En los embriagadores días de la primavera, cuando Estados Unidos vacunaba a tres millones de personas al día, el presidente Joe Biden predijo un “verano de alegría”. Pero, entonces, la campaña de vacunación se estancó y la variante Delta alimentó una nueva ola de infecciones, hospitalizaciones y muertes.

No hay ningún misterio sobre por qué ha ocurrido esto: es político. Según una encuesta reciente de NBC, el 91% de quienes votaron por Biden se han vacunado, mientras que solo el 50% de quienes votaron por Trump lo han hecho. También lo podemos ver en el número de muertes: los estados demócratas se parecen más a Canadá o Alemania que a Florida o Texas.

Y, como podemos observar, además de matar a la gente, el resurgimiento del COVID-19 por motivos políticos también tiene consecuencias económicas. El informe de empleo de agosto no fue terrible (la recuperación no se ha estancado), pero sí fue decepcionante. Y aunque, como siempre, hubo cierta controversia sobre lo que nos indican las cifras exactamente, y algunos economistas laborales se opusieron a que se tratara de una historia estrictamente relacionada con la variante Delta, la mejor apuesta es que el resurgimiento del virus fue el mayor factor de la decepción, ya que la gente redujo sus salidas a comer, sus viajes, etcétera.

El impacto económico no parece tan grave como el que experimentamos en las primeras olas de la pandemia. Esa es la buena noticia. La mala noticia es que en esas olas anteriores, Estados Unidos hizo un trabajo increíblemente bueno para ayudar a quienes padecían las consecuencias económicas. En esta ocasión no es así.

Dado el historial de Estados Unidos de no ayudar a los necesitados, nuestra respuesta inicial a la pandemia fue casi un milagro: subsidios por desempleo generosos, cheques para la mayoría de los hogares, la extensión de otras prestaciones. ¿Por qué fue posible esto en términos políticos? En parte, creo, porque al principio incluso muchos conservadores veían el desempleo ocasionado por la pandemia como un acto de Dios, no como una falta personal de los desempleados. En parte, también, los progresistas tenían ideas sobre qué hacer, mientras que el gobierno de Trump y sus aliados no tenían ni idea.

En todo caso, el resultado fue extraordinario: a pesar de la enorme pérdida de empleos, la pobreza se redujo.

No obstante, el más importante de los programas de alivio de la pandemia, las prestaciones mejoradas por desempleo, ya expiró y no hay posibilidades de renovación, dadas las brutales divisiones políticas y el regreso de los republicanos a su opinión de que ayudar a los desempleados los vuelve holgazanes. Si hubiéramos tenido el verano de alegría que nos prometieron, esto no sería tan malo. Pero el estancamiento de la campaña de vacunación provocó el resurgimiento del virus que está frenando la economía.

Ahora bien, el otoño pasado hubo una interrupción en la mejora de las prestaciones por desempleo y, en su mayor parte, las familias salieron adelante. Muchos habían acumulado ahorros en 2020 y esto les sirvió de ayuda hasta que se restablecieron las prestaciones en diciembre. Y tal vez, solo tal vez, esto no salga tan mal. Los datos apuntan a que la ola Delta está remitiendo y que el vigoroso crecimiento del empleo puede reanudarse a tiempo para rescatar a los desempleados.

Pero tal vez no. La política ya nos ocasionó una tragedia completamente innecesaria: miles de muertes evitables a pesar de la fácil disponibilidad de vacunas que salvan vidas. Y puede que además estemos a punto de sufrir una tragedia económica gratuita.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Empresas y desastre climático

/ 7 de septiembre de 2021 / 01:25

¿Por qué Mickey Mouse quiere destruir la civilización? De acuerdo, quizá no sea eso lo que los ejecutivos de Disney creen estar haciendo. Pero se dice que The Walt Disney Co. y otros titanes corporativos, incluyendo ExxonMobil y Pfizer, se están preparando para apoyar una importante estrategia de cabildeo contra el plan de inversión de $us 3,5 billones del presidente Joe Biden, una iniciativa que podría ser nuestra última oportunidad de tomar medidas serias contra el calentamiento global antes de que sea catastrófico.

Para decir lo que debería ser obvio, los peligros del cambio climático ya no son hipotéticos. Y este es solo el principio de la pesadilla, el primer paso de una ola de desastres y un presagio de la crisis que nos espera si no actuamos con rapidez y contundencia para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero.

¿Qué se puede hacer para evitar la catástrofe? Muchos economistas están a favor de incentivos de amplio alcance para limitar las emisiones, como un impuesto sobre el carbono. Sin embargo, en la práctica, ese debate es discutible. Lo que sí podría ser políticamente viable (a duras penas) es un conjunto de medidas más específicas, en particular un esfuerzo por descarbonizar la generación de electricidad.

La buena noticia es que las propuestas de Biden darían un gran impulso a la descarbonización. Estas políticas solo cumplirían una parte de las listas de deseos de los ecologistas, pero serían algo muy importante. La mala noticia es que, si estas propuestas no se promulgan, es probable que pase mucho tiempo (tal vez una década o más) antes de que tengamos otra oportunidad para contar con políticas climáticas relevantes.

Seamos realistas: es muy probable que los republicanos controlen una o ambas cámaras del Congreso como resultado de las elecciones intermedias. Y en este momento, el negacionismo climático tiene mucha aceptación en el Partido Republicano, una aceptación que tal vez no disminuya sino hasta que se produzca una catástrofe total, y tal vez ni siquiera entonces. Por lo tanto, puede que el proyecto de ley de reconciliación demócrata que triunfe o fracase en las próximas semanas sea, en efecto, nuestra última oportunidad de hacer algo significativo para limitar el cambio climático.

Entonces, ¿por qué las empresas estadounidenses se movilizan contra este proyecto de ley? Porque los demócratas proponen compensar el nuevo gasto en parte con mayores impuestos sobre las ganancias de las empresas y, en menor medida, a través del poder de negociación del gobierno para conseguir precios más bajos para los medicamentos controlados. Este enfoque es necesario por una cuestión política: si hay que subir los impuestos, la gente quiere que el aumento sea para las empresas. Pero las empresas, como es lógico, no quieren pagar.

Así que la oposición de las empresas al plan de Biden es comprensible. También es imperdonable. Y quizás se pueda hacer algo al respecto. Me temo que en este momento es imposible convencer a los republicanos. Pero las corporaciones y el puñado de demócratas tentados a llevar agua a su molino todavía pueden ser susceptibles a la presión. Las empresas de hoy en día quieren que se piense que son socialmente responsables. Sin embargo, es difícil pensar en algo más irresponsable que dilapidar los esfuerzos para evitar una crisis que amenaza a la civilización solo por reducir el pago de impuestos.

Así que hay que nombrar y avergonzar a las empresas que se unen a este esfuerzo. Lo mismo debe ocurrir con el puñado de demócratas “moderados” que las apoyan (“mercenarios” sería un mejor término para los políticos que se oponen a medidas que deberían saber que son necesarias y populares).

Recuerden que esto no es una disputa política cualquiera, que puede retomarse en otra ocasión. Esta la hora de la verdad, y los que no hagan lo correcto ahora no tendrán una segunda oportunidad.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La furia silenciosa de los responsables

/ 23 de agosto de 2021 / 01:28

Hablemos un momento de Lollapalooza. Tras cancelar los eventos presenciales el año pasado, hace unas semanas Chicago volvió a albergar el longevo festival de música, que atrajo a más de 385.000 personas. Muchos temían que las enormes y estridentes multitudes pudieran producir un evento de superpropagación del coronavirus. Pero el festival exigía una prueba de vacunación o una prueba COVID negativa para entrar, e introdujo el requisito de usar cubrebocas en los espacios. Muy pocas personas parecen haberse infectado. ¿Qué nos dice esto? Que la vuelta a la vida más o menos normal y a sus placeres que muchos esperaban que ofrecieran las vacunas contra el COVID- 19 podría haberse producido en Estados Unidos. La razón por la que no ha sido así es que no se ha vacunado a suficientes personas y no hay suficientes personas que usen cubrebocas.

Es posible sentir compasión por algunos de los que no se han vacunado, en especial los trabajadores a los que les resulta difícil tomarse tiempo libre para vacunarse y les preocupa perder un día por las secuelas. Pero hay menos excusas para aquellos que se niegan a vacunarse o a usar cubrebocas por razones culturales o ideológicas, y ninguna excusa para los gobernadores republicanos como Ron DeSantis en Florida, Greg Abbott en Texas y Doug Ducey en Arizona que han estado obstaculizando de manera activa los esfuerzos para contener el último brote.

¿Ustedes qué opinan de los que se oponen a las vacunas y los cubrebocas? A mí me molestan sus payasadas, aunque tengo la posibilidad de trabajar desde casa y no tengo hijos en edad escolar. Y sospecho que muchos estadounidenses comparten esa molestia. La pregunta es si esta molestia totalmente justificada —que llamaremos la rabia de los responsables— tendrá un impacto político, si los gobernantes defenderán los intereses de los estadounidenses que intentan hacer lo correcto pero cuyas vidas se están viendo afectadas y amenazadas por los que no lo hacen.

Para decir lo que debería ser obvio, vacunarse y usar cubrebocas en espacios públicos no es una “elección personal”. Cuando alguien rechaza las vacunas o se niega a ponerse el cubrebocas, está aumentando mi riesgo de contraer una enfermedad que puede ser mortal o incapacitante y también contribuye a perpetuar los costos sociales y económicos de la pandemia. En un sentido muy real, la minoría irresponsable está privando al resto de nosotros de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

En específico, desde que los cubrebocas se convirtieron en un frente en la guerra cultural, ha quedado claro que muchos de los que se oponen a los mandatos de usarlos no se limitan a exigir el derecho a no usarlo ellos; quieren impedir que otros actúen con responsabilidad. Además, es sorprendente la rapidez con la que se han abandonado los supuestos principios conservadores allí donde honrar esos principios ayudaría, y no perjudicaría, los intentos por contener la pandemia.

Los conservadores también han defendido el control local de la educación —salvo, resulta, cuando los distritos escolares quieran proteger a los niños con reglas para el uso de cubrebocas, en cuyo caso los gobernadores de los estados republicanos quieren tener el control y recortarles el financiamiento. Así que a los amigos del COVID-19 no los motiva el amor a la libertad. Podría presentar algunas hipótesis sobre sus motivos reales, pero entender las motivaciones de estas personas es menos importante que entender cuánto daño están ocasionando. Esto aplica doblemente para los políticos que con cinismo les hacen segunda a los que se oponen a las vacunas y los cubrebocas.

Las encuestas recientes sugieren que la gente está muy a favor de los mandatos de usar cubrebocas y que una abrumadora mayoría de estadounidenses se opone a los intentos de impedir que los distritos escolares locales protejan a los niños. No he visto las encuestas sobre los intentos de impedir que las empresas exijan una prueba de vacunación, pero mi opinión es que estos intentos tampoco son populares.

Sin embargo, los políticos como Abbott y DeSantis quieren quedar bien con la minoría contraria a la salud pública porque ésta es ruidosa e iracunda, y porque no creen que vayan a pagar ningún precio político.

Bueno, creo que la mayoría de los que están a favor de la salud pública también está cada vez más molesta, y con razón. Solo que no se ha manifestado lo suficiente, y muy pocos políticos han tratado de aprovechar esta rabia justificada.

Así que es hora de dejar de ser tímidos y llamar el comportamiento destructivo por lo que es. Hacerlo tal vez haga que algunas personas se sientan menospreciadas. ¿Pero saben qué? Sus sentimientos no les dan derecho a arruinar la vida de los demás.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Negacionismos de la derecha

/ 19 de agosto de 2021 / 01:17

Antes de que la derecha adoptara el negacionismo del COVID-19, existía el negacionismo del clima. Muchas de las actitudes que han caracterizado la respuesta de la derecha a la pandemia de coronavirus (como el rechazo a reconocer los hechos, las acusaciones de que los científicos forman parte de una vasta conspiración liberal y la negativa a enfrentar la crisis) se prefiguraron en el debate climático.

Sin embargo, a partir de la respuesta al COVID- 19 entre los funcionarios republicanos — en particular, la oposición a las vacunas que salvan vidas— es difícil escapar a la conclusión de que la vena paranoica y antirracional de la política estadounidense no es tan mala como pensábamos; es mucho mucho peor.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU publicó su último informe. Las conclusiones no sorprenderán a nadie que haya seguido el tema, pero no dejan de ser aterradoras.

Según el grupo, los daños más importantes del cambio climático ya están hechos. De hecho, ya se están produciendo, ya que el mundo experimenta fenómenos meteorológicos extremos, como olas de calor en el noroeste del Pacífico e inundaciones en Europa, que se han hecho mucho más probables por el aumento de las temperaturas globales. Y a menos que tomemos medidas drásticas muy pronto, se avecina una catástrofe.

Sin embargo, podemos predecir con seguridad cómo reaccionarán los conservadores influyentes al informe, si es que reaccionan. Dirán que es un engaño o que la ciencia no tiene todavía certeza o que cualquier intento de mitigar el cambio climático devastaría la economía.

Es decir, reaccionarán como han reaccionado a las advertencias anteriores, o como reaccionaron al COVID-19. Los fenómenos meteorológicos extremos tal vez no cambien nada. No obstante, aunque hay importantes similitudes entre la respuesta de la derecha al cambio climático y su respuesta al COVID-19, también hay algunas diferencias importantes. La pandemia ha abierto fronteras a la irracionalidad destructiva.

Aunque el negacionismo del cambio climático era intelectualmente irresponsable y moralmente indefendible, también incluía una especie de cerrazón mental.

Sin embargo, henos aquí: tratar de limitar una pandemia mortal, incluso a través de vacunas que transmiten enormes beneficios con poco riesgo, se ha convertido en una cuestión sumamente partidista.

¿Cómo pasó esto? Yo contaría la historia de esta manera: el ritmo acelerado en la vacunación de Estados Unidos durante la primavera fue una muy buena noticia para la nación, pero también fue una historia de éxito para el gobierno de Joe Biden. Así que los conservadores influyentes, para quienes controlar a los liberales es siempre un objetivo primordial, comenzaron a poner obstáculos al programa de vacunación.

Esto tuvo consecuencias de gran alcance. Como he escrito antes, el Partido Republicano moderno se parece más a una secta política autoritaria que a un partido político normal, por lo que la obstrucción de las vacunas se convirtió en una prueba de lealtad, una posición que uno tomaba para demostrar que era un republicano leal a Trump.

Es de suponer que los políticos que hicieron este cálculo no tenían ni idea de que la realidad devolvería el golpe así de duro y así de rápido: que Florida se encontraría tan rápido con un índice de hospitalizaciones casi nueve veces superior al de Nueva York, que las ciudades de Texas se encontrarían casi sin camas en la unidad de terapia intensiva. Pero es casi imposible que cambien de rumbo.

Así que el negacionismo del COVID-19 ha resultado ser incluso peor que el negacionismo del cambio climático. Hemos pasado de un cínico servicio a los intereses corporativos a una agresiva e histriónica antirracionalidad. Y la caída de la derecha continúa, sin tocar fondo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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