Voces

lunes 27 sep 2021 | Actualizado a 22:09

¿Qué es un golpe de Estado?

/ 2 de agosto de 2021 / 00:47

En ese aciago noviembre de 2019, se produjeron dos imágenes grotescas que ilustran la naturaleza del golpe de Estado perpetrado en Bolivia. La primera es una foto de un oficial vestido en traje de combate rodeado de todos los miembros del entonces Alto Mando militar que ese 10 de noviembre leía una “recomendación” para que Evo Morales renunciara a la presidencia. La otra imagen se produjo dos días después de la “recomendación”, cuando el mismo oficial en el Palacio de Gobierno le investía con la banda presidencial a Jeanine Áñez, que momentos previos esquivaba los procedimientos constitucionales para autonombrarse mandataria.

Esas imágenes develan el “factor militar” como una cuestión crucial para la ruptura constitucional. Además, el domingo de la renuncia de Morales, en horas matinales, muchos militares desobedecieron órdenes presidenciales presagiando el golpe de Estado. Así, el “factor militar” entró en la escena rupturista instalando una variable explicativa para el garrotazo golpista.

Últimamente, aparecieron opinadores negacionistas del golpe de Estado que usando sus espacios periodísticos o sus redes sociales buscan con lupa hallar algún argumento anacrónico de una dizque teorización sobre el golpe de Estado en concordancia con sus deseos golpistas para alivianar sus angustias —o su complicidad— con el quiebre democrático, aunque esos conceptos van en contrarruta con las nociones convencionales.

Los principales teóricos sobre la democracia coinciden que “un golpe de Estado es la toma del poder político de un modo repentino por parte de un grupo de poder de forma ilegal, violenta o a la fuerza, generalmente se realiza por militares o con apoyo de grupos armados”. Si hay consenso con esta conceptualización, entonces, emerge una pregunta insoslayable: ¿En noviembre de 2019 existió un golpe de Estado en Bolivia? La respuesta es de Perogrullo.

Si al “factor militar” prosiguió el incumplimiento de un procedimiento constitucional necesario para la sucesión constitucional, entonces se perpetró un golpe de Estado. Los opinadores rupturistas afirman que se cumplió con la normativa constitucional para la elección de Áñez como presidenta constitucional, pero los hechos contradicen esas apreciaciones.

No se leyeron las cartas de dimisión de Morales y sus sucesores constitucionales; no existió la mayoría en el hemiciclo parlamentario en el momento de la posesión de la nueva mandataria y, finalmente, según el reglamento del Senado, la presidencia debería corresponder a la mayoría legislativa, pero Áñez era de la bancada minoritaria, por lo tanto, usurpó un cargo que no le correspondía para nombrarse presidenta. O sea, no se cumplieron los requisitos sine qua non para la sucesión presidencial.

Al inicio, para entender al golpe de Estado en Bolivia se usaron las nuevas categorías analíticas en boga: “neogolpismo”, “golpe blando” o “lawfare”, que caracterizaron los nuevos cortes constitucionales en América Latina del siglo XXI y que consistieron en un “blindaje” constitucional jaqueando a las democracias donde las artimañas legales operaron como mecanismo político para derribar a gobernantes democráticamente elegidos, pero descartando la participación militar. Empero, la variable castrense, elemento decisivo en el caso boliviano, supone inferir que el último golpe de Estado en Bolivia, por sus rasgos constitutivos, fue una imbricación entre el “factor militar” de antes y el “neogolpismo” de hoy. Mientras tanto, el relato negacionista golpista, poco a poco, al igual que la narrativa del fraude electoral descomunal, se hacen añicos.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Jugadores en redes sociales

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 27 de septiembre de 2021 / 12:01

Nadie desea lo que ya tiene… Excepto James Rodríguez. Es un hombre inmensamente rico, pero va por más. El Al Rayyan le permite incrementar su ya fabuloso salario con menos responsabilidades y, naturalmente, sin demasiado esfuerzo. El Everton le pagaba honorarios de superstar, pero había que demostrar, en cambio la liga catarí, notablemente menos rigurosa que la inglesa, compra notoriedad: le ofrece tres años relajados con un opíparo contrato. Fuentes evertonianas afirmaron que James percibía 200.000 libras semanales, unos 14.248.000 millones de dólares anuales, sueldo de superestrella. En Catar se lo habrían mejorado.

Su agente, Jorge Mendes, lo tiene claro: lo que cotiza es la fama, no el rendimiento. Su método infalible para mantener su mercadería en el estante de arriba es que se hable todo el tiempo de ella, en los medios y en las redes. Da resultado: hay millones que disfrutan leyendo cada artículo sobre su héroe. Aunque no juegue, eso no tiene la menor importancia. Pero que se hable, de sus contratos, del número de seguidores en Instagram, del yate, de la modelo, de los autos de lujo… Esto explica que aparezcan tres, cuatro, cinco notas de prensa diarias de un futbolista que no actúa hace casi cinco meses (aunque cobra puntualmente, de aquí o de allá). Ni Messi ni Cristiano Ronaldo gozan de tales caricias de la prensa.

Su decisión de irse de Inglaterra a los 30 años es incomprensible a los efectos deportivos, pero perfectamente respetable desde lo personal. Es dueño de su carrera. Lo significativo es que, inversamente proporcional al declive de su rendimiento en el campo, aumentan su salario y su popularidad. Ya van seis años que la flecha de su parábola futbolística desciende sin parar. Es la curiosa realidad de los jugadores de redes sociales: gran éxito de la raya de cal hacia afuera, pobre respuesta dentro. Un caso similar al de José Mourinho, cuanto peor le va, más rico es: a la par de cobrar estruendosas indemnizaciones por despido (a causa de malas campañas), lo contrata otro club por una suma sideral en la esperanza de que vuelva a ser el técnico ganador de antaño.

Esa parábola no sólo marca su escasa aportación en el campo, también dice que juega poquito, mucho menos que la mayoría. En sus 12 temporadas en Europa, desde octubre de 2010 hasta hoy (esta ya empezó), el volante cucuteño disputó 24.417 minutos en sus cinco clubes: Porto, Mónaco, Real Madrid, Bayern Munich, Everton. Esto se traduce en 271,3 partidos reales, o sea de 90 minutos. A su vez registra 80 presentaciones en Selección Colombia. Total: 351 cotejos. Cristiano Ronaldo, ya cercano a los 37 años, contabiliza en el mismo lapso 520 juegos en clubes más 104 en la Selección de Portugal. Redondeando: 624. Casi no ha tenido lesiones CR7 porque se cuida científicamente, tiene alma de número uno. Por su parte Messi, con 34 calendarios encima, suma 534 en clubes y 97 con la camiseta nacional, o sea 631. Otro que llega dos horas antes al entrenamiento y tiene un gimnasio en su casa y una cancha para practicar tiros libres. Cotejado con dos profesionales de mucha más edad y ultramillonarios, pero con hambre de gloria, James pierde feo: los viejitos lo doblan en presencias y siempre están disponibles, no se quieren perder ni un minuto de ningún partido.

La gélida despedida del Everton, a donde lo llevaron como estrella, es similar a su salida del Madrid y del Bayern. No lo extrañarán. Los medios no afines a Mendes hablan sin rodeos: “fracaso”, “Calamity James”. Culpar a Rafa Benítez de su salida tiene poco sustento, como no lo tenía demonizar a Zinedine Zidane o Niko Kovač. Ningún técnico juega en contra de sus propios intereses; el que tiene un crack, lo pone. Quien no la va a tener fácil ahora será Reinaldo Rueda. El entorno James y el grupo Mendes lo someterán a una presión feroz para que lo incluya en la Selección y esté en Catar 2022, porque desde ahora la Selección será su único canal de visibilidad. Y porque no se puede jugar el Mundial en el pequeño emirato con el 10 en la tribuna. Deberá incluirlo o las redes sociales hostigarán duro al técnico caleño.

“Indisciplinado”, “farrero”, “agrandado”, “no entrena”… Son algunas de las etiquetas que sus críticos le cuelgan a James. No adherimos. No nos consta. Y nunca, en más de cuarenta años de periodismo, nos hemos permitido cuestionar la vida privada de un deportista. ¿Quiénes somos los periodistas para hacerlo…? ¿Quién cuestiona nuestras vidas…? Pero el rectángulo es otra cosa. Allí salta el atleta a ofrecer su espectáculo y el trabajo del hombre de prensa es opinar de lo que ve, es libre de hacerlo. Desde aquel gol sensacional a Uruguay en Brasil 2014 -todos saben cuál-, se instaló en el imaginario popular que estábamos frente a un grande del fútbol; todos supusimos en ese mismo instante que había un nuevo supercrack (también el Real Madrid). Nunca lo refrendó. Esa maniobra bellísima y perfecta lo depositó en la élite, y Mendes se encargó de amplificarlo, le consiguió sueldo de élite, pero en el césped no logró demostrar ser parte de ella. No tuvo la actitud, se fue apoltronando. Y la actitud es una de las condiciones esenciales. No tiene nada de malo, simplemente no es aplaudible. Se conformó con la fama y los ingresos. Está bien, es su elección.

Nunca un gol facturó tanto. Porque lo que todos compramos fue ese gol. Nadie hace semejante gesto técnico si no es muy bueno. Sin embargo, resultó como el escritor de una sola novela, que asombró al público y luego no volvió a sentarse ante la máquina de escribir.

Liverpool Echo, un medio seguramente vinculado a Mendes, hablaba de números excepcionales de James en Everton. Una irrealidad (por no decir otra cosa). La verdad es que con el paso de los años cada vez fueron menos partidos jugados, menos minutos, menos goles y asistencias, menos recorrido en campo y menos incidencia en el juego. Sólo algunos de sus centros fantásticos, algunas pelotas filtradas brillantes, chispazos y poco más.

La última: Falcao. Tiene el mismo representante que James. También pudo haberle dicho: “No seas malo, conseguime Catar a doce kilos por año”. Pero eligió el Rayo Vallecano, una opción más deportiva, volver a una liga de máxima resonancia como la española. Cada gol ahí vale por cinco en el mundo árabe. Y con toda seguridad ha resignado mucho dinero. El Rayo apenas llega a fin de mes. Pero se lo ve feliz al goleador. Y cada gol suyo lo festejamos como nuestro. Ojalá las lesiones no lo damnifiquen. Y ojalá James lea esta nota, se llene de rabia y nos quiera demostrar. Lo celebraremos también.

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Ofendidos

/ 27 de septiembre de 2021 / 01:37

Luis Fernando Camacho, gobernador, y algunos otros dirigentes de Santa Cruz se declararon ofendidos porque el presidente Luis Arce, en la inauguración de la Feria se refirió al golpe de Estado. Como es de su estilo, algunos medios de comunicación hicieron coro de la supuesta ofensa para predisponer a la población, especialmente cruceña, contra el intruso atrevido, en una nueva cruzada para deslegitimar al gobierno democrático y reemplazarlo. La Feria se inauguró el 17 de septiembre y una semana después era la fiesta grande de Santa Cruz, donde no solo era previsible, sino obligatoria, la presencia de las autoridades del Gobierno nacional. La campaña sobre la supuesta ofensa sabía hacia dónde iba.

Participó el presidente en funciones David Choquehuanca, quien unió a la bandera nacional tricolor y la bandera nacional wiphala para izarlas en los mástiles de la plaza 24 de Septiembre. Eso encendió la bronca de los “ofendidos” una semana antes que, a gritos, bajaron las banderas y sustituyeron a la multicolor por la de la flor de patujú, tan símbolo nacional como la otra. Los indignados, seguidores del gobernador y del Comité Cívico Pro Santa Cruz, dolidos por la ofensa de Choquehuanca expulsaron a chicotazos a quien parecía colla, Camacho dijo que ponía fin a los supuestos insultos y cerró el acto a gritos, como sus seguidores, para cerrarle la boca al Presidente en ejercicio de Bolivia. Los indignados golpearon a un camarógrafo del canal estatal de televisión y el presidente del Comité Cívico, Rómulo Calvo, dio la espalda a los asambleístas del MAS, quienes luego de desfilar se acercaban a saludar a las autoridades locales. Calvo no solo dio la espalda, además levantó las manos para que no lo toquen y, pasado el peligro, regó con alcohol sus manos, las de las autoridades y el sitio por donde pasaron los asambleístas del MAS.

Un locutor de radio de La Paz inmediatamente justificó. Dijo que era un despropósito que el Gobierno no llevara la bandera con la flor del patujú a ese tipo de actos. Camacho explicó que se había decidido no izar la wiphala. Una de sus senadoras, con la voz entrecortada por la bronca, dijo que no es posible soportar tanto insulto del Gobierno nacional, y que las agresiones habían empezado en la inauguración de la Feria.

Esta derecha ya ni pestañea al hacer el ridículo. Pretenden imponer en la sociedad boliviana que incluso el Presidente de Bolivia debe pedirles permiso para hablar de lo que decida, necesite o quiera. Que si no les gusta lo que otro piensa pueden golpearlo, cerrarle la boca, el micrófono, el acto. Que estamos obligados a pedirles permiso para izar o exponer un símbolo nacional. Bolivia vivió el retorno de Jeanine Áñez, sus ministros de Gobierno y Defensa y su gabinete en pleno. Quienes pensaron que Áñez fue una equivocación están equivocados, no es Jeanine, ni Murillo, ni López. Es una corriente ideológica, intolerante, asaltante, racista y depredadora que aún aprovecha de la antipatía de algunos que supo cultivar el MAS como gobierno.

Pero, ¿de qué están ofendidos? ¿No fue Luis Fernando Camacho quien en el clímax de la victoria del golpe de Estado relató cómo su papá arregló con militares y policías para que “no salgan” y los golpistas y sus paramilitares pudieran actuar a sus anchas? ¿No fue Camacho quien inflamado de orgullo relató y mostró cómo policías lo vestían de policía y le protegían para que gestionara, en cualquier lugar del país, la caída de Evo Morales?

Fue Camacho quien, a los pies del Cristo Redentor, en las previas al golpe, se disculpó por su ignorancia, por haber creído que la wiphala representaba al MAS. “No. Es la bandera del país, representa a los indígenas”, dijo mostrándola. Y allí mismo insistió en otro “cabildo”: “Hay que aprender a respetar esta bandera porque representa a los indígenas, no solamente porque los representa sino porque se encuentra estipulado en nuestra Constitución Política del Estado”.

Ésta, de las y los Áñez, Murillo, Camacho, Calvo, Almagro, que se ofenden y castigan por lo que dicen y hacen, ¿es la sociedad, la democracia y el sistema de gobierno que nos proponen algunos medios de comunicación, algunos periodistas y algunos obispos católicos, cuando los apoyan incondicionalmente?

Freddy Morales es periodista.

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La derecha más a la derecha

/ 27 de septiembre de 2021 / 01:33

Cuando ingresaron al Palacio Quemado con una Biblia, los golpistas, en noviembre de 2019, se quedaron por un año de manera ilegítima e ilegal en el poder, se les abrió una oportunidad para gobernar y convertirse en una alternativa política, empero, hicieron un mal gobierno: masacres, persecución política y saqueo al erario nacional.

El golpe de Estado y las masacres son dos hechos políticos, pero, al mismo tiempo, son dos hechos jurídicos y moralmente muy graves para la democracia boliviana. O sea, no es difícil que, a nombre de la reconciliación y la pacificación se soslayen estos hechos y condenarlos a la impunidad. No obstante, los golpistas/masacradores asumen la tarea negacionista para salvarse de la responsabilidad política y penal sobre estos hechos ominosos.

En sus delirios de poder, los golpistas pensaban quedarse por un largo rato en el poder y, entonces, el golpe de Estado y luego las masacres fueron parte del engranaje represivo, pero, como ocurrió varias veces en la historia contemporánea, pensaron que no se iba a investigar y juzgar/sancionar. Sin embargo, la voluntad democrática del bloque nacional-popular revirtió, vía elecciones, aquel deseo golpista de la derecha.

Entonces, en la reconfiguración del campo político, poselecciones de noviembre/ 2020, supuso a los golpistas tejer una narrativa de la impunidad, para eso apelaron a una tramoya discursiva enfocada en la pacificación, el fin de la polarización, la reconciliación y la persecución política. En fin, todo ese artilugio discursivo tenía un propósito político y penal: congelar la investigación, el juzgamiento y la sentencia del golpe de Estado y las masacres.

Ellos urden un axioma equivocado: la pacificación del país pasa necesariamente por la impunidad. Obviamente, este discurso necesitaba que la derecha se tenía que arrimar al centro político/ideológico para que, a partir de este lugar, establecer los “pactos necesarios” para encaminarse a la reconciliación, pero haciéndose de la vista gorda a la ruptura constitucional y pisando la memoria de los muertos de las masacres. Aparentemente, esta jugada nos les está resultando.

Cuando vieron que su maniobra “centrista” se diluía, los golpistas vuelven a la estrategia de radicalizar ideológicamente el escenario político, o sea, intentar tensionar el país, además, como un mensaje de advertencia hacia el Gobierno. Para esta estrategia, los golpistas buscan nuevamente polarizar al país, o sea, asumen la posición de la extrema derecha. Ciertamente, eso aconteció en los últimos días.

Sectores radicalizados de la derecha empezaron, como si fuera un imán, forzar a este polo extremo a sectores del bloque opositor que osaron establecer cercanía con el Movimiento Al Socialismo (MAS) y su gobierno. Eso sucedió cuando una diputada de Comunidad Ciudadana (CC) tendió puentes con el partido gobernante; en un cerrar de ojos, inclusive mediatizado por una sospecha de acoso político, le hicieron revertir su voluntad conciliatoria. Asimismo, una exautoridad del MAS, más allá de sus extravíos políticos/ideológicos, intentó resucitar al grupo violento y racista de la Resistencia Juvenil Cochala (RJC) para que reaparezca en el espectro público. Estas señales de la derecha son para intentar retornar a su “actitud transgresora y desinhibida, la que no quiere respetar la ley, la que no le da un sentido a las cosas, es un nuevo tipo de ultraderecha”, como diría el psicoanalista Jorge Alemán. Obviamente, la derecha boliviana con su actitud golpista y violenta dejó constancia que la democracia no es su horizonte político.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Brecha digital

/ 27 de septiembre de 2021 / 01:30

La pandemia hizo más evidentes las brechas digitales que están aún pendientes de resolver en Bolivia, Latinoamérica y en el mundo, en general.

Si bien casi el 63% de la población boliviana se conecta a Internet, todavía tenemos grandes retos: 1) Incluir al restante 37% que aún no se conecta a la red; 2) mejorar la calidad de las conexiones que ya existen, y 3) mejorar las capacidades de usuarios y usuarias para que se beneficien al máximo de esas tecnologías.

Explico con más detalle. 1) Acerca de incluir a quienes no se conectan aún, las brechas están asentadas principalmente por área geográfica y condición socioeconómica. La diferencia de conectividad entre el segmento urbano no pobre, y en el otro extremo el segmento rural pobre, es de casi 55%. Es decir que mientras en el primer segmento 80% usa Internet, en el segundo solo el 26%. Existen además brechas de género y generacionales que deben tomarse en cuenta a la hora de diseñar políticas de conectividad en el país. Es cierto que en la última década se ha incrementado la cantidad de tendido de fibra óptica, pero falta el paso de los municipios que, aunque tienen la red en sus puertas, todavía no se han conectado. Además, faltan aún muchas poblaciones a las que no llega la fibra. Se tiene que incentivar las inversiones.

2) Acerca de mejorar la calidad de las conexiones, el 92% de todas las conexiones en Bolivia son móviles. Si el objetivo es conectarnos para fines educativos y laborales, debemos entender que las conexiones móviles son limitadas para esos objetivos. Las conexiones que necesitamos incrementar son las ADSL y para esto, abaratar sus costos y principalmente poner más conexiones a disposición. Para nadie es desconocido que la oferta de conexión de fibra de Entel es barata y es una buena opción, pero no existe disponibilidad desde hace años. De la misma manera en pueblos y ciudades intermedias donde el servicio ni siquiera existe.

3) La implementación a tropezones de la educación en línea en establecimientos de educación pública y privada fue una muestra de la necesidad imperiosa por mejorar las capacidades de profesores, profesoras, estudiantes, padres y madres de familia. De la misma manera, los intentos de uso de banca en línea para pagos de bonos y otros beneficios no fueron tan exitosos. La mayoría de instituciones públicas no pudieron migrar a servicios en línea, todos estos casos por la falta de conocimientos de uso de la tecnología, entre otros factores.

Antes de la pandemia, la agenda global de políticas públicas de Internet ponía escaso énfasis en la brecha digital por diversos motivos, entre los cuales está que los países desarrollados no consideran que sea una tarea pendiente tan urgente. Pero esto no es tan cierto. Con sorpresa leí un artículo de El País de España acerca de los retos de Alemania para mejorar su conectividad, Alemania —dice la nota—, un país que se comunica aún por fax, que es la principal forma de contacto entre instituciones públicas. La penetración de fibra óptica apenas llega a un 16% de los hogares y empresas, mientras que en España supera el 80%.

El cierre de brechas digitales es una tarea para el mundo entero y para Bolivia en especial.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata. blog: www.internetalaboliviana.word-press.com.

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Centristas y propaganda de derecha

/ 26 de septiembre de 2021 / 00:39

Todos los que prestaron atención durante los años de Obama sabían que los republicanos también intentarían socavar las presidencias demócratas. Algunas de las acciones del Partido Republicano han sorprendido incluso a los cínicos. Aun así, el intento republicano de hacer fracasar al presidente Joe Biden, por mucho que perjudique al resto del país, era previsible.

Más sorprendente, al menos para mí, ha sido el comportamiento autodestructivo de los centristas demócratas (término que prefiero a «moderados», porque es difícil ver qué hay de moderado en exigir que Biden abandone políticas muy populares como la de los impuestos a las empresas y la reducción de los precios de los medicamentos. En este punto, parece demasiado posible que un puñado de demócratas recalcitrantes haga saltar por los aires toda la agenda de Biden) y sí, son los centristas los que están haciendo un berrinche, mientras que los progresistas del partido están actuando como adultos.

Entonces, ¿qué está motivando al escuadrón de saboteadores? Yo diría que parte de la respuesta es que han interiorizado décadas de propaganda económica de derecha, que su reacción visceral a cualquier propuesta para mejorar la vida de los estadounidenses es que debe ser inviable e inasequible.

Por supuesto, esta no es toda la historia. No debemos subestimar la influencia del dinero: tanto los donantes adinerados como las grandes farmacéuticas han hecho gala de su poder. Tampoco hay que descartar la importancia de la simple falta de cálculo: $us 3,5 billones parecen mucho dinero, y no hay que suponer que los políticos entienden (o creen que los electores entienden) que se trata de un gasto propuesto a lo largo de una década, no en un solo año. Supondría poco más del 1% del Producto Interno Bruto durante ese periodo y seguiría dejando el gasto público global muy por debajo de su nivel en otras democracias ricas. Además, ignora el hecho de que el verdadero costo, menos los ahorros netos y los nuevos ingresos, sería mucho menor que $us 3,5 billones.

Y algunos políticos parecen tener la idea equivocada de que solo el gasto en infraestructuras «duras», como carreteras y puentes, cuenta como inversión en el futuro de la nación. Es decir, no se han puesto al día con la creciente evidencia de los altos rendimientos económicos del gasto en las personas, en especial el gasto que saca a los niños de la pobreza.

Sin embargo, a menudo me sorprende escuchar a políticos y expertos que no se consideran parte del movimiento conservador, que defienden argumentos económicos que no son más que propaganda de la derecha, pero que se han repetido tantas veces que muchas personas que deberían saberlo mejor los aceptan como un hecho establecido.

Por último, es sorprendente la cantidad de gente que cree que las economías europeas con un elevado gasto social se ven muy perjudicadas por la reducción de los incentivos al trabajo. Es cierto que durante los años 80 y 90, gran parte del continente parecía sufrir de «euroesclerosis»; es decir, de un elevado y persistente desempleo, incluso durante los periodos de expansión económica. Pero eso fue hace mucho tiempo. Hoy en día, los generosos Estados del bienestar suelen tener un mejor rendimiento del mercado laboral que Estados Unidos.

Tomemos el ejemplo de Dinamarca, que Fox Business comparó en un momento dado con Venezuela. De hecho, si fuera cierto el dogma de la derecha, Dinamarca debería ser un infierno económico. Tiene un gasto social mucho mayor que el nuestro; dos tercios de sus trabajadores están sindicalizados y esos sindicatos son tan poderosos que obligaron a McDonald’s a pagar a sus trabajadores $us 22 la hora.

Pero la realidad es que los daneses en edad de trabajar tienen más posibilidades de tener un empleo que sus pares estadounidenses. Es cierto que el PIB real per cápita es un poco más bajo en Dinamarca, pero eso se debe sobre todo a que Dinamarca, a diferencia de Estados Unidos, no es una nación sin vacaciones; los daneses de verdad se toman un tiempo libre del trabajo.

La cuestión es que, por lo que veo, esos problemáticos centristas demócratas están cegados por una narrativa económica creada a propósito para bloquear el progreso y justificar la enorme desigualdad. Así que imaginan que la agenda de Biden (que es un esfuerzo bastante modesto para abordar los problemas muy reales de nuestra nación) es de alguna manera irresponsable y una amenaza para el futuro de la nación.

Les pido que reconsideren sus premisas. El gasto propuesto por Biden no es irresponsable y no perjudicaría el crecimiento. Por el contrario, sería profundamente irresponsable no invertir en las personas, así como en el concreto, y si nos remitimos a las pruebas, en lugar de repetir el dogma de la derecha, uno se da cuenta de que la agenda de Biden, de hecho, favorece el crecimiento.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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