Voces

martes 26 oct 2021 | Actualizado a 15:05

La iglesia sin pastor

/ 9 de septiembre de 2021 / 01:11

Hay quienes dicen que nos encontramos experimentando un tiempo de polarización política, yo no creo que sea para tanto, porque vivimos una suerte de polarización, pero social, no política. Esto quiere decir que se encuentra en la discusión pública un enfrentamiento de fracturas sociales históricas que nos dividen; pero no estamos frente a la disputa de dos proyectos políticos de país.

En esa polarización social en la que nos encontramos se han instalado dos iglesias que defienden una de las dos creencias como capítulos exclusivos de la historia de los últimos tiempos. Un paréntesis aquí, la figura de las iglesias se la debo a mi amigo Armando Ortuño.

Sigo entonces, para una de las iglesias, el génesis comienza el 21 de febrero de 2016 y habría terminado ese testamento con el Apocalipsis liberador que vivieron el 10 de noviembre de 2019 con la renuncia a la presidencia de Evo Morales. Esta iglesia lleva el título de la congregación del fraude electoral.

Para la otra de las iglesias, el génesis se inició el 10 de noviembre de 2019 y se habría extendido hasta el 20 de octubre de 2020, en el que vivieron una auténtica resurrección bíblica y por tanto un nuevo amanecer. Esta iglesia lleva el título de la congregación del golpe de Estado.

En una lucha de creencias, y en este contexto de iglesias instaladas, juegan un papel fundamental los pastores de las mismas. Echando un vistazo a éstos en cada iglesia, podemos ver que en la congregación golpe de Estado hay un pastor cuyo peso histórico y simbólico cada día se hace más fuerte y que tiene igualmente a unos discípulos notables que se encargan de hacer retumbar sus cánticos por doquier, dentro y fuera del país.

En la otra iglesia, no se observa un solo pastor fuerte como en la anterior, más bien aquí da la impresión de que lo que tienen como estructura son mini parroquias o células territoriales mediante las cuales manifiestan su desagrado por el menosprecio que sufren de la iglesia más grande, por ahora, que es la del golpe de Estado. Al estar esta iglesia del fraude electoral sin pastor que los conduzca, se va generando cada vez más una suerte de necesidad por que aparezca un profeta apocalíptico duro y ortodoxo desde el extremo que encandile y, al mismo tiempo, se vea como el padre estricto que necesitan.

Sin embargo, en el medio de esas iglesias hay una masa importante de gente que no se deja evangelizar por ninguna de ellas y más bien considera que ambas están unidas por una auténtica crisis política que vivimos, y que fiel al estilo de una democracia contemporánea y vigorosa, la resolvimos en las urnas. Mientras las congregaciones del golpe de Estado y del fraude electoral no reconozcan su cuota parte de responsabilidad por la crisis política de 2019, no habrán dado el salto necesario para conectar con la población que los mira cada vez con más distancia, población que se aburre con su canto estridente o se enoja con su falta de empatía con las verdaderas víctimas, porque más parecen querer salvarse a sí mismos algunos pastorcillos menores.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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La velocidad de la política

/ 21 de octubre de 2021 / 01:36

Por lo visto, los tiempos acelerados que vivimos hoy, en general, no son ajenos a lo que ocurre también con la política. Es decir, el espacio de tiempo que se suponía tenían los gobernantes desde el inicio de sus mandatos hasta que las protestas en su contra se hacían presentes, o como en otros lugares también se llamó la luna de miel gubernamental, este tiempo solía acabarse en promedio a los dos primeros años de gestión.

Sin embargo, en el gobierno del presidente Arce lo que vemos al respecto es que el momento de desgaste y de inicio de protestas se ha adelantado, creo que la explicación al respecto pasa por lo que llevaron haciendo los siguientes tres actores: el Gobierno nacional, los antimasistas por fuera del sistema de partidos, y los aliados organizacionales al MAS.

Un gobierno, cuyo perfil de liderazgo salta a la vista que es completamente distinto a su antecesor, en lugar de llegar a la presidencia y clausurar con ese acto la crisis política que vivimos desde 2019, remozando su discurso en el sentido de que la superación de la pandemia es el paso certero a la recuperación económica, eligió en lugar de esto atrincherarse en la sombra discursiva del perfil político —que no tiene— y desde ahí buscar el ajuste de cuentas políticas con el único objetivo de demostrar que tiene una personalidad política fuerte, lo cual genera más una percepción de debilidad que lo que anda buscando.

El antimasismo que genera más resultados, por lo visto, no es el que está en los actores político-partidarios. La iniciativa de oposición aún se encuentra en la calle y contenida en organizaciones cívicas como la de Santa Cruz y conglomerados de clase media urbana, estos últimos más disminuidos y venidos a menos porque se encuentran entre la desmovilización y el hígado contra el masismo que llevan dentro. Mientras los partidos de oposición están replegados a una derecha radical sin visión estratégica de tomar el centro político.

Pero, la dimensión más preocupante de todas a la hora de sostener que al presidente Arce se le terminó su periodo de gracia es la que se encuentra contenida por grupos y organizaciones sociales afines al MAS, esos aliados que se encuentran en una dinámica constante de negociación de intereses sectoriales. Porque, por ejemplo, es por ellos en última instancia que el gobierno de Arce retrocedió en el tratamiento de normas, porque al final nuestra política nos está demostrando que para saber trabajarla necesitamos de dos herramientas principales: comunicación política y negociación constante con los sectores sociales.

Esas herramientas son las que le faltan al gobierno de Arce. Especialmente en el caso del proyecto de ley contra ganancias ilícitas, la herramienta de la negociación no fue practicada y eso generó una situación inversa en la que ya no son las organizaciones sociales las que piden reunirse con el Ejecutivo, ahora es al revés, y eso ciertamente genera ventaja de posición de éstas frente al Gobierno.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Política sin mensajeros

/ 7 de octubre de 2021 / 01:35

Cuando se trata de sostener una discusión política desde los distintos bloques de partidos políticos constituidos, un recurso utilizado por todos es el de los actores interlocutores, o también llamados aquí como los mensajeros políticos, quienes se dedican a bajar línea comunicacional, debatir y, si fuera el caso, rebatir los argumentos establecidos en base a una retórica que busque incluir enmarques comunicacionales importantes. Sin embargo, como veremos a continuación, hoy no tenemos mensajeros políticos por distintas razones.

Dos acontecimientos marcaron la ausencia de mensajeros políticos que se ocupen de bajar línea comunicacional y de estar en la primera línea de los debates públicos. El primero, asignado al MAS, dado que uno de los más significativos efectos de la caída de Evo Morales en 2019 es que se tradujo en una suerte de jubilación de todo un bloque de políticos que o bien estaban entrando ya a la categoría senior —por ejemplo Carlos Romero, Juan Ramón Quintana y el mismo Héctor Arce— hasta otros que generacionalmente se suponía que serían el relevo natural como equipo político en el MAS, como Adriana Salvatierra, Mariana Prado, Manuel Canelas, por ejemplo.

Ese bloque de políticos ya no ocupa la centralidad en la discusión pública, y eso pareciera ser más por una decisión gubernamental que por la de su partido político, de marcar distancias con aquellos que estuvieron muy vigentes hasta 2019. Esto resultó en una evidente actual falta de mensajeros políticos que se pudieran encontrar en la Asamblea Legislativa y en el Ejecutivo, quizá también sea una de las razones por las que el gobierno de Arce hasta ahora se anota varias postergaciones de reformas sociales y políticas en leyes, y de no poder traducir comunicacionalmente algunas líneas principales que llevan realizando con un mensaje más extendido hacia la población en general. En lugar de buscar que uno se dedique a emular los mensajes alambicados, y del “habla mucho pero dice poco” estilo Carlos Mesa.

En el caso del bloque de oposiciones políticas, lo que podría haber sido la derrota electoral de 2020 para esos partidos, para transformarla en un momento de oportunidad para refrescar su realidad de actores políticos, no fue así. Más bien lo que se encuentra es una actitud reacia por, primero, potenciar nuevos mensajeros políticos, y lo que es más grave, a propósito del desenlace sobre la renuncia a la jefatura de bancada por parte de la senadora Andrea Barrientos en CC, se llegó a evidenciar que no solamente es que no hay estrategia para renovar el espacio del mensaje, sino que no están dispuestos a soportar ni una brisa en la discusión política que les pueda generar algún tipo de presión por sus pares opositores más radicales.

No tener mensajeros políticos nos está llevando al terreno fértil en el que algunos influencers mediáticos son los que generen ruido mediático usando más medias verdades que una discusión más amplia. Por tanto, éstos son tiempos de transición política en los que el like y la viralización se constituyen en la medida de evaluación del valor del tema a ser comentado al interior de nuestras burbujas sociales.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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La crisis social pendiente

/ 23 de septiembre de 2021 / 00:43

A partir de finales de 2019 empezó a sumarse en el país una crisis multidimensional, que se fue formando en el siguiente orden: crisis política, producto de las elecciones generales anuladas; crisis social, producto de la pandemia, el año educativo clausurado y todo lo relacionado con el sistema judicial; y crisis económica, también como efecto de la pandemia que vivimos y el desastre de gestión económica transitoria.

La primera, crisis política, la resolvimos finalmente en octubre de 2020, y en marzo de 2021; momentos en los que por fin tuvimos autoridades elegidas legal y legítimamente, recién una vez resuelta esa parte de la crisis multidimensional es que comenzó la tarea de atender las otras crisis.

La segunda, crisis económica, es la que se ve que de alguna forma se va aminorando y emergiendo esta sensación de estabilización que hoy experimentamos en términos generales, digo esto para que ninguno de los bandos de economistas influencers se resienta porque igual que en la política, alguno de los bandos reacciona a la palabra golpe o fraude; en los economistas del país apenas escuchan “crecimiento” saltan para decir que uno está en uno de los dos bandos.

La otra crisis, la social, es la que se encuentra aún sin norte indicado de por dónde se irá para resolverla, y es que por el ímpetu que el Gobierno nacional se puso a retomar la agenda de la crisis política, la posibilidad de que encaremos en el país una verdadera reforma de la Justicia se hace cada vez más inviable y difícil. De ahí que cualquiera que sea citado o involucrado en algún caso judicial, hoy fácilmente puede declararse como víctima de una venganza o arremetida personal, porque la sensación extendida es que el sistema judicial se encarga de repartir injusticias, y no lo contrario.

Esta crisis social radicada en la Justicia va creciendo como una bola de nieve. Un rápido vistazo desde la sociedad hacia el Estado nos da cuenta de que, por ejemplo, los casos de inseguridad ciudadana y de violencia contra la mujer se anuncian cada vez con más descarnamiento, son más crueles que el anterior que vimos y así. Luego, dos instituciones que se supone deben ser las protectoras de los derechos humanos de todos los bolivianos, repito eso de todos, han decidido tomar partido por alguna de las iglesias del fraude o del golpe, me refiero a la Asamblea Permanente de Derechos Humanos y a la Defensoría del Pueblo. Ambos espacios curiosamente con mandatos extendidos en sus principales figuras que las dirigen.

Para completar ese círculo de sensaciones de injusticia y urgencia de solución de la crisis social, está la clase política que sigue alimentando junto a los operadores de justicia un círculo vicioso de mercado negro de la Justicia, cuando estos operadores quieren influir en el curso de la política mediante la judicialización de la política, o cuando políticos presionan para que los operadores de justicia fallen según sus conveniencias mediante la politización de la Justicia. Un círculo vicioso que es de ida y vuelta, y que no basta con el anuncio de ajustes a las normas que anunció hace poco el ministro Lima, sino que pasa porque se vaya construyendo una reforma de abajo hacia arriba, un espacio en el que primero sea atendida la población y luego, los políticos.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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El príncipe heredero

/ 26 de agosto de 2021 / 00:39

Se ha vuelto un lugar común, en especial en el mundo de las oposiciones antimasistas, decir que el presidente Arce no sería más que un títere de Evo Morales. Una tesis demasiado simplificadora de la realidad, que amplifica más la sombra de Evo sobre toda la política y sus actores sin duda, pero no creo que dé cuenta de lo que ocurre efectivamente en la realidad política.

Por tanto, aquí se ensaya otra hipótesis al respecto, la propuesta tiene que ver con la idea de que Arce es en realidad lo que podría denominarse como una suerte de “príncipe heredero”, en ese marco el Presidente se presenta primero como alguien que tiene menos dificultades para gobernar porque es la representación de una historia más larga de gobierno anterior, y como no es un nuevo reinado entonces lo que se espera de él es que reviva ese pasado al que la gente en términos de su administración de la gestión económica y social ya estaba acostumbrada.

En esa línea, lo que hacen los príncipes herederos es tener como carácter principal el no ser proclives en alterar lo que ya estuvo organizado por el antecesor de su misma línea política; de esa forma, administra los conflictos que se le presentan de manera directa, y siempre que esos conflictos no representen remover el statu quo, todo quedará de acuerdo a lo que se espera. Por lo que no es que sea un tipo de político que recibe órdenes desde fuera o por una fuerza más grande a este mismo, sino que su personalidad misma es la de un gestor, más que de la de un reformador. Por eso en la justicia antes que reforma, lo que se ve son ajustes; mientras que en lo económico es la estabilización, antes que la reactivación.

Dado que el príncipe heredero tiene una suerte de halo natural de ser agraciado con el poder, tiene más oportunidades de ser amado más que temido, por eso no se le recomienda que ejerza agravios morales porque esa carta de crueldad se suele sugerir a un gobernante nuevito del que no se tiene información. Pero también, en algunas ocasiones cuando hay un poder más grande sobre este político que pertenece a su misma línea, éste puede entrar en un conflicto de personalidad porque su ego suele verse afectado, dado que no se siente a la altura de las circunstancias ni que esté imponiendo su propio sello.

En caso de hacer cambios, lo más usual es que se los evidencie al final del mandato porque eso lo tendrá que llevar adelante otro político que será el que inaugure un nuevo ciclo de reinado, es decir, se trata de saber administrar la herencia que se recibe, y como las herencias usualmente no son bienes que deban despreciarse o cosas que tienen una carga negativa, se es más talentoso en la medida de que no se sea un derrochador de esa herencia o también un abusador de la ventaja comparativa en la que lo ubica el recibir esa herencia mencionada.

Más aún, en un contexto político de democracia, o mejor dicho a lo Ferguson, de emocracia porque las decisiones políticas que no son las que la gente quiere ver del príncipe heredero de manera especial, deben tomar en cuenta seriamente el hecho de que hoy vivimos en un momento en el que los sentimientos de los soberanos no se pueden ignorar, sobreexcitar los sentimientos puede ser algo muy peligroso y contraproducente para un liderazgo que no se espera que acometa movimientos arriesgados, sino que se limite a hacernos revivir el cómodo pasado en el que nos encontrábamos.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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El tablero político del Gobierno

/ 12 de agosto de 2021 / 01:07

Es un tipo de lugar común hacer metáforas de la política con el ajedrez, dado que en ambos casos implica que exista una estrategia que determine los movimientos que se harían para poder lograr con éxito el objetivo de administrar el poder o de ganar la partida.

El enfoque de la metáfora del ajedrez con la política en este caso, no estará centrado en los jugadores, sino en la composición de las piezas, y en concreto, en las piezas de un solo equipo, el del actual Gobierno. Porque está visto que mientras el gobierno del presidente Arce hace un intento por jugar ajedrez, las oposiciones políticas están jugando a saltar la cuerda; entonces es un tablero de uno contra una oposición política social, no una oposición política partidaria.

La torre, encarnada en el vicepresidente Choquehuanca, una figura pesada en el tablero con un movimiento muy lineal en un sentido u otro, es decir, criticando o retrocediendo a ratos con la decisión de que fue mala idea que Evo fuera candidato, pero avanzando en la misma línea cuando afirma al mismo tiempo que debe haber reconciliación, por un lado, o que la labor de descolonización y de revalorización de los pueblos indígenas es muy importante, por otro lado. Considerando además que la pieza de la torre no puede dar un salto por encima de otras fichas, ahí se detiene, igual que cuando el pasado 6 de agosto en la ruidosa sesión de la Asamblea Legislativa, cuando llamaba a la calma, ni siquiera sus propios diputados y senadores masistas le hacían caso.

El presidente Arce es quien alcanza más la figura de un peón. No menospreciemos desde el inicio, por favor, porque esta pieza del tablero puede dar alguna sorpresa al final de todo, porque puede elegir partir con un movimiento de salto de dos casillas y luego avanzar de a una, o ir de a una solamente. De hecho su mejor momento no es cuando puede comer a alguna otra figura del tablero, sino cuando alcanza el otro extremo de éste y puede reclamar para convertirse en otra pieza, excepto la de Rey. Al parecer, el Presidente eligió ir muy lento por esa ruta para convertirse luego en alguna otra pieza que lo redima y lo deje en una posición más favorable.

El caballo es una pieza que puede moverse en L y saltar entre otras piezas, sea hacia atrás o adelante. Es una pieza importante del tablero y en el caso del actual Gobierno se encuentra reflejada en la figura del Ministro de Justicia, porque empezó con un movimiento provocador al promover como iniciativa una reforma constitucional a la Justicia, pero luego fue desautorizado por su propio partido, lo que le obligó a retroceder en ese sentido de L. Pero más tarde, volvió a cobrar vigencia no solamente en temas judiciales, sino también en temas políticos, lo que lo muestra como alguien que tiene mayor independencia en algunas ocasiones y que incluso es capaz de saltar por encima de algunas fichas de su propio partido y, por supuesto, de la oposición.

El alfil, pieza que se mueve en única dirección diagonal pero que no puede saltar a otras fichas y que también puede considerarse una ficha relevante del tablero, se encuentra expresada en el Ministro de Gobierno. Puede avanzar rápida y notoriamente como cuando aparece como la autoridad que ejecuta los actos administrativos de la Justicia junto a la Policía, pero no es capaz de mostrar un cambio repentino de dirección porque para eso necesita de mayores condiciones y capacidades.

Este tablero gubernamental hoy no tiene una Reina, no hay una figura tan pesada que pueda moverse con soltura por todo el tablero y a la que haya que usarla y protegerla al mismo tiempo de manera efectiva. Quizá es la pieza con la que busca ser coronado el presidente Arce al final de su mandato. Tampoco tiene un Rey, porque eso significaría que en la posibilidad de hacerle jaque a esta pieza, entonces el Gobierno entero se desmoronaría; menos aún pensar que como ese tablero no tiene un Rey, entonces otro es el que gobierna, eso es comprarse la tesis barata de cierta oposición que movida por una flojera de hacer su trabajo reduce todo a explicaciones más cortas que le sirve para descargar sus responsabilidades.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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