Voces

miércoles 20 oct 2021 | Actualizado a 13:24

¡Sufragio libre, no reelección!

/ 18 de septiembre de 2021 / 01:40

Bajo el lema “sufragio libre, no reelección”, Francisco Madero fue impulsor principal de la Revolución Mexicana que, en 1910, marcó el final de las repetidas reelecciones de Benito Juárez (cinco veces) y Porfirio Díaz (siete periodos), al instaurar como principio constitucional ese grito libertario que es la base de la institucionalidad mexicana. Por ello, provocó sospecha los intentos del actual presidente Andrés Manuel López Obrador, alias AMLO, de que, a través de la astucia de una proyectada consulta popular para revocación del mandato, podría ocultarse la aspiración reeleccionista del fatigado mandatario. No sorprende ese furtivo deseo por la inclinación amistosa de AMLO con los jerarcas perpetuos, adversos a la alternancia. Ilustrativo ejemplo fue la visita inopinada que AMLO realizó el 20 de julio de 2020, a la Casa Blanca, para secundar a Donald Trump en su campaña electoral y la secuela de ese romance fue no reconocer la victoria de Joe Biden, hasta bien entrada su elección. Concordante con esa conducta, aparece en su reciente libro A la mitad del camino (Ed. Planeta, 328 pp. 248 pesos) en el capítulo de política exterior, páginas 138-174, una risueña narrativa referente al precipitado escape de Evo Morales en el avión que AMLO puso a su disposición para salvarlo de la vindicta popular, después de un porfiriato de 14 años que desembocó en un frustrado ensayo de fraude electoral denunciado por la misión observadora de la OEA.

AMLO escribe casi como cuando habla con el mismo tedio usado en sus cotidianas conferencias de prensa, ante un auditorio cautivo y somnoliento que tiene que aguantar sus peroratas francamente aburridas, prolongadas por silencios donde escudriña nombres, lugares y situaciones que huyen de su memoria, en incidentes que los neurólogos calificarían como comienzos de mentis-gap.

Esa condición clínica, harto evocada por la prensa mexicana, podría atribuirse a la revelación achacada al piloto de la nave que conducía a Evo y su comitiva quien, desde hace casi dos años nunca se refirió a aquel episodio, ni al supuesto ataque de un cohete disparado desde Cochabamba y esquivado por ese hábil aviador que podría haber inventado la historieta para lograr ascensos o condecoraciones al valor. AMLO reproduce ese sueño de una noche de verano, con pluma de afiebrada imaginación, propia para un libreto de sitting comedy mexicana o noveleta turca. Por otro lado, se duda que militares bolivianos anhelacen objetivo alguno en derribar esa aeronave extranjera cuya clientela a bordo, era francamente superflua para el interés nacional.

La agitada llegada a México de aquel expresidente boliviano admitido como refugiado, contrasta con la visita de Estado realizada por Víctor Paz Estenssoro en la primavera de 1963, invitado por el entonces presidente Adolfo López Mateos. Como miembro de la comitiva recuerdo que, al descenso del avión, por la alfombra roja, el gabinete en pleno y el cuerpo diplomático homenajearon al ilustre visitante y luego, el recorrido hasta la residencia presidencial de Los Pinos fue saludada por miles de obreros y simpatizantes de la Revolución Nacional, muñidos de banderolas alusivas a la analogía de las dos más grandes revoluciones latinoamericanas.

Era la época de notables estadistas, hacedores de la verdadera confraternidad indoamericana.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Catar: pequeña gran potencia

/ 16 de octubre de 2021 / 01:47

Dos hechos recientes consolidaron la reputación de Catar como insoslayable jugador de primera línea en el mosaico geopolítico del mundo: la caída de Kabul a manos de los talibanes, acaecida el 15 de agosto y, aunque pareciera episodio trivial, la compra del sextuplete balón de oro Leonel Messi para el emblemático equipo estrella, de su propiedad, por 160 millones de euros ($us 185,7 millones).

Analistas de toda orientación admiten que la diplomacia catarí ha empleado los cuantiosos ingresos de sus exportaciones de gas con extraordinario buen juicio en inversiones que no solamente buscan lucros bursátiles, sino también rendimientos que engrosen su ya evidente prestigio como mediador en situaciones de extrema tensión. Unos creen que Catar padece del complejo del enano (con sus escasos 11.586 km2) frente a su poderoso vecino Arabia Saudita (2.149. 600 km2) tan rico o más que él y, atribuyen a ello, su hábil uso del soft power traducido en donaciones de diversa índole, a través del fondo soberano Qatar Investment Authority que desparrama $us 300.000 millones en activos que cubren varios puntos cardinales del planeta, aunque fuera un monto muy inferior al equivalente propósito de otras monarquías petroleras como Abu Dhabi (650.000 millones) o Kuwait (692.000 millones). La comparación es pertinente para apreciar el impacto de los réditos intangibles entre uno y otro.

Catar, el dorado del gas, es en PNB (Producto Nacional Bruto) por habitante el Estado más rico del mundo, con tan solo 300.000 ciudadanos nativos (y 2.500.000 extranjeros) será en 2022 el primer país musulmán en albergar la Copa mundial de futbol, para lo que gastó $us 300.000 millones en infraestructura deportiva, que tristemente costó la vida de 6.500 obreros migrantes.

El ámbito de sus relaciones externas pasa por las rivalidades vecinales con sus homólogos petrolíferos (Arabia Saudita, Bahréin, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos) que de 2017 a 2021 impusieron un duro bloqueo a ese singular emirato cuya audaz diplomacia opacaba ambiciones similares en las petro- monarquías del golfo. Aunque el factor de preminencia religiosa sea un elemento adicional de discordia, Catar sigue adelante con su propia hoja de ruta, dominando además los medios a través de su potente red televisiva Al Jazeera, rival de CNN, también en el área occidental.

La entrada de Catar en la Unión Europea la hizo por la puerta francesa por medio de inversiones en hotelería (los grandes cinco estrellas parisinos Le Royal Monceau, The Peninsula, De la Marine y otros) calculándose en 3.600 millones de euros ($us 4.100 millones) el capital catarí invertido en el Hexágono. En retorno, 120 empresas francesas se han instalado en Doha, sumando el excedente comercial francés en 3.200 millones vis a vis Catar.

Todo el festival de cifras millonarias provenientes del minúsculo emirato explica no solo un razonado planeamiento de su economía, donde la diversificación de sus fuentes de ingreso por concepto de las ventas de gas ha bajado al 58%, liberándolo de su condición de monoproductor, destinando el restante 42% a otros rubros, incluyendo servicios. A ello habrá que aumentar el factor militar que alberga equitativamente bases militares de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Turquía.

Su actual esquema de relaciones externas es el fruto de 25 años de paciente construcción diversificando sus alianzas para que ese equilibrio de cierta dependencia externa mitigue los celos de su vecindario, no siempre inocuo. Añádase a ese elemento su posición geográfica central en el Medio Oriente, su solidez económica y su serena compostura que lo coloca en buen rol de mediador internacional. Esas credenciales sirvieron para que los talibanes afganos instalasen en Doha su gobierno en el exilio con la tolerancia americana que llegó a negociar allí su precipitada capitulación.

Su suave diplomacia le permite financiar proyectos en la banda de Gaza, regida por Hamas y a la Hermandad Musulmana que aun figuran en la lista de organizaciones terroristas. En breve, la escarcela catarí está siempre disponible a veces para causas disimiles o contradictorias.

Ese nuevo estilo de hacer amigos y evitar adversarios, ha hecho que Catar, no obstante su exiguo tamaño, proyecte su imagen junto a las grandes potencias que reconocen la utilidad de su juego diplomático, en el convulso mundo árabe.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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La discordia por los submarinos

/ 2 de octubre de 2021 / 01:56

Es un gastado estribillo aquel que se usa para calificar la política exterior estadounidense atribuyéndosele que “no tiene amigos, sino intereses”, pero en los últimos días, Washington fue aún más allá, cuando al decir del Ministro de Exteriores francés “le clavó un puñal en la espalda”, por conformar sigilosamente un pacto tripartito con el Reino Unido y Australia, el AUKUS, para asentar presencia en el área indo-pacífico, espacio de alta prioridad geopolítica que Francia creía —ingenuamente— le estaba reservado. Paralelamente, y dando cuenta con lo obrado, Canberra notificaba a París que daba por concluido “el contrato del siglo” suscrito en 2016 para la construcción de 12 submarinos que la empresa gala Naval Group estaba poniendo en marcha. Así, de la noche a la mañana, se volatilizaba ese negocio estimado en 56.000 millones de euros (al menos $us 64.000 millones), en favor de empresas americanas que en adelante se ocuparán de ese encargo, con un importante aditamento: la propulsión nuclear en esos navíos. La desagradable sorpresa escaló a la indignación y el Quai d’Orsay llamó a consultas a sus embajadores en Canberra y en Washington, gesto diplomático de alto simbolismo. Sin embargo, una vez disipada la emulsión hepática, la conversación telefónica entre los presidentes Macron y Biden terminó en aquel comunicado conjunto que dice de todo, menos que el contrato volvería a la Naval Group.

Ambos, el Gobierno y la opinión pública francesa, calificaron como afrenta humillante la actitud americano-australiana, un “sopapo” a la dignidad nacional y acusaron la marcada deslealtad de Washington con su aliado tradicional. Pero aparte del pleito por los reales, se juega la hegemonía geopolítica en el referido espacio, considerado de elevado valor estratégico, tanto que el AUKUS explica su contubernio aduciendo temor a la injerencia china en la zona. Por ello, Beijing manifestó también su desagrado por la troika que se incrustaba allí. Comentaristas más realistas arguyeron en la prensa francesa que ese complot reflejaba la cruda situación de Francia en el contexto internacional actual, cuyo poderío económico y militar difícilmente podría competir con ventaja frente a los Estados Unidos y a la China. Por lo tanto, deducen que Francia no vale mucho por sí sola, su impronta únicamente cobra fuerza con una Europa que arrope su presencia en el tinglado internacional.

Ante ese panorama, París se apresura a consolidar una aproximación con otro actor que, por sus propias razones, no desea depender ni de Beijing ni de Washington. Es la India, con sus 1.300 millones de habitantes y que, además, ya es cliente asiduo de la industria militar francesa (recientemente adquirió 36 aviones de combate Rafale y París podría ayudarle a montar lo que sería la más grande central nuclear del mundo, capaz de alimentar 70 millones de hogares indios en servicios eléctricos).

Otro actor no menos prescindible es Nueva Zelanda, cuya vecindad con Australia provoca aprehensión por la carga nuclear de los submarinos proyectados. Por este motivo Wellington ya declaró que prohibirá a esos navíos surcar sus aguas.

La importancia del espacio indo-pacífico se hace más evidente si se toma en cuenta que al horizonte de 2030, Australia, China, Corea del Sur, India, Indonesia y Japón tendrán un crecimiento que alcanzará a 60% del PIB mundial, con las rutas que le atraviesan, que son las más frecuentadas del planeta.

Todas esas escaramuzas llevan a pensar a los dirigentes europeos en la urgente necesidad de contar con una estructura de defensa independiente sin necesidad del paraguas americano.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Ricos que ganan con la pandemia

/ 4 de septiembre de 2021 / 02:14

La irrupción del COVID-19 fue desde hace un par de años el flagelo que causó hasta el presente más de seis millones de muertes, desempleo galopante, modificación del estilo de vida para todas las capas sociales, cambios en la alimentación, parálisis de los sistemas educativos, replanteos en la geopolítica mundial, caída o deterioro de los gobiernos locales, destrozos en las estructuras familiares, y lo que es más trágico: una mutación descarnada en los valores societales que puso al descubierto la peor cara de la naturaleza humana, al apuntar a los ancianos como una carga social prescindible, o sea el tratar de salvar la vida de quienes tenían poco chance de curarse sería un gasto inútil, en vez de dejar ese espacio a gente más joven y productiva en el mercado del trabajo. Frente a ese cuadro apocalíptico, irónicamente, el capital financiero concentrado en pocas manos acumulaba ganancias fabulosas para los laboratorios fabricantes de vacunas, para los poseedores de talento en la alta ciber-tecnología y para algunos manipuladores de las bolsas donde, por ejemplo, en Estados Unidos sus beneficios sobrepasaron el 30% desde el inicio de la pandemia y, a nivel mundial OXFAM calcula que, en 2020, sumaron $us 3.900 millones.

Thomas Piketty (50), aquel economista francés que de profesor universitario en París se convirtió en celebridad mundial con la publicación de su obra Capital e ideología (2019), un estudio histórico sobre la evolución de las desigualdades en los ingresos, ahora, siempre obsesionado en su lucha por la equidad, acaba de lanzar otro “manual de combate” contra las brechas sociales, denominado Una breve historia de la igualdad (Seuil, 2021, 336 páginas), en el cual sostiene que el progreso social es un movimiento continuo que avanza desde hace dos siglos, al compás de luchas y de crisis, para terminar proponiendo un esquema —según él— “ideal”: una democracia socialista, descentralizada, participativa, feminista, mestizada y ecológica que abra —realmente— los mismos derechos y oportunidades para todos. Esta plataforma de nueva izquierda ofrecería “una soberanía universalista” en contraposición a las petizas soberanías nacionalistas. En declaraciones a la prensa, Piketty declara que la demanda de igualdad cobra mayor fuerza por lo poco democrático del actual sistema de escrutinio censitario heredado del pasado, cuando solo los más ricos podían votar. Yo añadiría que aquello también ocurría en Bolivia antes que en 1953 el gobierno de la Revolución Nacional instituyera el voto universal. Hoy en día, en Francia, denuncia Piketty, “en el modelo de financiamiento de los medios de comunicación, y de las campañas electorales, los más ricos hacen donaciones a aquellos candidatos que mejor defiendan sus intereses particulares”.

Evocando el pasado colonial-esclavista del Imperio Francés, Piketty recuerda que, obtenida su independencia, Haití debió pagar a Francia, desde 1825 hasta 1950, una deuda gigantesca como resarcimiento a los propietarios de esclavos que se sentían expoliados con la abolición de la esclavitud. Viendo la trágica situación actual de ese país, la Francia republicana debería reparar esa injusticia histórica, que el economista calcula en 30.000 millones de euros, lo que solo representaría el 1% de la deuda pública francesa, pero que equivale a tres años del PIB haitiano. Pero para dar este paso se requiere primero transformar el sistema económico internacional reduciendo las desigualdades y dando acceso a todos, en lo posible, a la educación, al empleo y a la propiedad. Piketty apela —nuevamente— a usar la política impositiva como motor del cambio.

Aunque el combate ideológico del colega Piketty —en las circunstancias presentes— pareciera una quimera, recordemos, sin embargo, que las grandes verdades, al decir de G.B. Shaw, comenzaron siendo grandes blasfemias y que, las profundas ideas revolucionarias, se iniciaron casi siempre en Francia.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Talibanes o el terror anunciado

/ 21 de agosto de 2021 / 02:36

Con la caída de Kabul a manos de los talibanes, el pueblo afgano despertó la madrugada del 15 de agosto retrocediendo al más negro oscurantismo medioeval, que había creído erradicado desde 2001, cuando la coalición euro-americana derrota a la tiranía talibán que de 1996 a 2001 sumió a 37 millones de afganos al rigor más severo de la sharía, ese acopio de normativas islámicas de sometimiento a una cruel esclavitud religiosa. En ese marco, la condición de la mujer descendió a niveles infrahumanos, con la obligación al uso del burka total, esa túnica con solo dos agujeros para mirar al mundo, la prohibición de trabajar fuera del hogar o de salir a la calle sola, la lapidación por adulterio y ser forzada desde su tierna adolescencia al matrimonio impuesto contra su voluntad. Los varones debían portar barbas, turbantes y vestirse con ropa tradicional, siendo vedado el uso de trajes occidentales. La música de cualquier tono no era permitida, la reproducción gráfica en ilustraciones o fotografías de imágenes humanas o religiosas era castigada con azotes inclementes.

Iconoclastas en extremo, llegaron a dinamitar las centenarias esculturas de Buda en Bamiyan, declaradas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. La corriente talibana nace con el reclutamiento de los estudiantes de religión en las famosas madrasas tanto afganas como paquistaníes y se fortalece durante los 10 años de ocupación soviética (1979-1989) cuando la CIA dotaba de armas y vituallas a los mujaidines que entonces combatían al invasor ruso, con tal ímpetu que lograron su retirada. El movimiento talibán que en 1988 ya contaba con la cooperación de Osama bin Laden, en función de gobierno, nutrió al grupo terrorista de Al Qaeda, que desde allí organizó el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, perpetrado el 11 de septiembre de 2001. Ese acto motivó la airada reacción de represalia ordenada por George W. Bush con la invasión consiguiente a ese país en 2001 y la escalada de acciones militares durante los siguientes 20 años, en la búsqueda de Osama bin Laden, quien finalmente, en 2011, fue abatido en Abbottabad, Paquistán, bajo el mandato de Barack Obama. No obstante, Estados Unidos no dio por terminada su misión en Afganistán, donde junto a sus aliados se enredaron más y más, puesto que en paralelo habían invadido también Irak en 2003, deponiendo a Saddam Hussein supuestamente vinculado a las operaciones terroristas. Ambas excursiones bélicas si bien mitigaron el terrorismo en la región, no pudieron controlar su expansión hacia otros escenarios en el Medio Oriente y en África. Ante la certidumbre cada vez más lejana de un triunfo sobre los talibanes, Estados Unidos entabló negociaciones discretas con la dirigencia talibana en Doha, Qatar, donde se comprometió a retirar sus tropas antes del 1 de mayo, admitiendo con ello una capitulación en cámara lenta. Ello dejó campo libre al avance insurgente.

¿Culpables? Tanto presidentes demócratas como republicanos gastaron en dos décadas, $us 83.000 millones en entrenar y equipar 300.000 tropas afganas que probaron ser ineficientes y poco motivadas para defender al gobierno constitucional. En el empeño se perdieron 2.300 soldados americanos y 60.000 afganos. Biden admitió su decepción en el desempeño afgano, gangrenado por la corrupción y por la ambigua fidelidad de sus combatientes que con asombrosa rapidez desertaron ante el avance de los rebeldes, operaciones en la que prima el tráfico del opio.

Ya en el poder, los talibanes al mando del mulá Abdul Ghani Baradar se esfuerzan por mostrar un rostro fresco, más flexible y tolerante, pero insisten en que toda libertad debe necesariamente enmarcarse en la tenebrosa sharía resistida por la población urbana que en 20 años adoptó modos de vida occidentales, pero curiosamente aceptada en los medios rurales donde los valores tradicionales tienen todavía vigencia. En el plano interno, la gran interrogante radica en si continuarán su vínculo con Al Qaeda y si lo tolerarán en su territorio. En el nivel externo, Paquistán necesita a Kabul como pieza de contención en su rivalidad con India. Rusia y China son jugadores importantes junto a la vecina Irán, en el nuevo tablero regional. Mientras Europa se preocupa por el flujo migratorio que se avecina. En esa inevitable avalancha Estados Unidos, como sus aliados europeos, deben incluir a miles de afganos que sirvieron de intérpretes, choferes, empleados e informantes que, obviamente, serían las primeras víctimas del rencor de los vencedores. El hoy rebautizado Emirato Islámico asegura que aprendió del pasado y que sinceramente desean doblar la página y promover una inserción fresca en la comunidad internacional. Empero, su credibilidad no pasa de cero.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El espía llamado Pegasus

/ 7 de agosto de 2021 / 00:49

Era habitual que el espionaje electrónico estaba reservado a las grandes potencias, para vigilarse entre ellas o atisbar las travesuras de los pequeños países considerados hostiles o simplemente estorbos en el mosaico geopolítico del planeta. Pero, ocurre que ahora, con el destape del escándalo Pegasus, aquella tendencia se ha revertido y si algún minúsculo Estado dispone de los recursos monetarios suficientes, podría darse el lujo de averiguar las acciones o reacciones de los superpoderes que apetezca, sean éstos adversarios, aliados o neutros. La información es poder y cuanto más dato se acumule, mayor será la capacidad de maniobra. Tal ventaja ofrece ese famoso logicial espía capaz de aspirar el contenido total de un celular (mensajes, emails, SMS, fotos, nómina de llamadas realizadas o recibidas, lista de contactos y/o conversaciones registradas), todo ello sin noción alguna del usuario y sin dejar rastro de la interferencia ejecutada. Gracias al periodismo investigativo de Forbidden Stories y de Amnistía Internacional, se ha podido detectar al menos 50.000 teléfonos seleccionados como objetivos potenciales, ofrecidos cual menú a la carta a aquellos Estados interesados en escudriñar las intimidades de activistas molestos, periodistas curiosos, abogados de derechos humanos, diplomáticos, políticos, ministros y hasta presidentes. Pegasus es el producto estrella de la compañía privada israelita NSO, iniciales de sus tres propietarios: N por Niv Carmi, S por Shalev Hulio y O por Omri Lavie, fundadores de la empresa en 2009. El trío habría estado ligado al ejército hebreo y conservado ligazones que le permitió reclutar como empleados al menos a 800 de antiguos cuadros de seguridad o del servicio secreto judío.

Curiosamente, el primer Estado-cliente fue México desde 2010, durante el periodo de Enrique Peña Nieto y una de las victimas más notorias de los pinchazos telefónicos, fue el actual presidente AMLO. Conforme se va desenvolviendo el ovillo de ese sofisticado enredo, aparece como consejero exterior de NSO, nada menos que Gerard Araud, exembajador de Francia ante el Consejo de Seguridad, quien asegura que la empresa selecciona cuidadosamente a sus potenciales usuarios para evitar que sus logiciales caigan en manos de gobiernos poco escrupulosos o del crimen organizado. Esta reserva pareciera no haberse seguido con otro conspicuo comprador: Arabia Saudita, cuando el espiado periodista opositor Jamal Khashoggi fue asesinado atrozmente en la sede del consulado saudí en Estambul. Ese detalle, personalmente, me hace pensar que la línea de independencia entre NSO y la inteligencia israelí es muy tenue y, por lo tanto, Tel Aviv se sirve de esas herramientas para fortalecer su política exterior, erigiéndose en nocivo rival de la National Security Agency (NSA) en el acopio de información vital para definir ciertas estrategias en el tinglado internacional. Pegasus entra con estruendo en instantes en que la guerra cibernética se ha desatado entre las grandes potencias, acarreando a su paso a países periféricos. Preocupa por ejemplo que dentro los jefes de Estado espiados figure Emmanuel Macron, por encargo de Marruecos, inexplicable desliz de ese reino considerado hasta hoy, como favorito ahijado de Francia. Espiarse mancomunadamente entre aliados, concuerda con el sabio consejo de Lenin: “a confianza es buena, el control es mejor”.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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