En todo Brasil, las plantas de reciclaje dejaron de funcionar durante meses. En Uganda, en un depósito de chatarra faltan plásticos reutilizables. Y en la capital de Indonesia, los guantes y protectores faciales desechables se acumulan en la desembocadura de un río.

El aumento del consumo de plásticos y envases durante la pandemia ha producido montañas de residuos. Pero, debido a que el temor al COVID-19 ha provocado paros en las instalaciones de reciclaje, parte del material reutilizable se ha desechado o quemado. A la par, los expertos en residuos sólidos afirman que se han clasificado erróneamente como peligrosos grandes volúmenes de equipo de protección personal (EPP). Este material no suele estar permitido en la basura normal, por lo que gran parte se desecha en fosas de quema o como residuos.

Los expertos afirman que un problema en ambos casos es que un temor inicial —que el coronavirus pudiera propagarse fácilmente a través de las superficies— ha creado un estigma difícil de eliminar en torno a la manipulación de basura perfectamente segura. Desde entonces, científicos y organismos gubernamentales han comprobado que el temor a la transmisión por medio de las superficies era totalmente exagerado. No obstante, las viejas costumbres son difíciles de erradicar, sobre todo en los países donde no se han actualizado las directrices de eliminación de residuos y los funcionarios siguen luchando contra nuevos brotes.

Las tasas de reciclaje cayeron bruscamente en el mundo el año pasado, en parte porque la demanda de los fabricantes disminuyó. En muchos países en los que la industria del reciclaje aún se rige por la clasificación manual, en lugar de la clasificación mediante máquinas, el trabajo en persona se suspendió por temor al virus.

En Brasil, por ejemplo, la generación de material reciclable en las ciudades aumentó un 25% en 2020, sobre todo por el aumento de las compras en línea, según Abrelpe, una asociación nacional de empresas de saneamiento. No obstante, los programas de reciclaje de varias ciudades suspendieron sus operaciones durante varios meses de todos modos, alegando el temor a la transmisión por superficies.

Según James Michelsen, experto en residuos sólidos de International Finance Corp., las tasas de reciclaje están volviendo a los niveles anteriores al COVID-19 en las economías desarrolladas. Pero, en los países en los que el reciclaje se lleva a cabo mediante recolectores informales, añadió, los cierres y los brotes siguen creando grandes trastornos.

Otro desafío es el EPP usado que ha inundado el mundo desde los primeros días de la pandemia. Alrededor de ocho millones de toneladas métricas de plásticos llegan al océano cada año, y los expertos temen que el EPP usado y otros desechos puedan empeorar aún más la situación.

La mayoría del EPP no es peligroso, pero muchos países siguen clasificándolo como tal, dijo Michelsen. Esto significa que los guantes y los cubrebocas usados se agrupan a menudo con los residuos médicos verdaderamente peligrosos y se tratan con un gran gasto —un despilfarro de dinero— o se eliminan por otros medios.

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estimó el año pasado que los centros sanitarios del mundo producían cerca de 2,5 kilos de residuos médicos relacionados con el COVID por persona y por día en el mundo. Una parte de esos residuos acaba inevitablemente en la basura.

Una preocupación emergente es que, a medida que la avalancha de material crea presiones para las autoridades locales, las jeringas y otros residuos médicos verdaderamente peligrosos pueden acabar en los lugares equivocados. En los países más pobres del mundo, eso supondría un riesgo para la salud de los recicladores. Y como las jeringas y las ampolletas de vacunas son una mercancía valiosa en el mercado negro, las bandas criminales tienen un incentivo para robar el material de vacunación y revenderlo ilegalmente en el sistema sanitario.

Mike Ives es columnista de The New York Times.