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miércoles 20 oct 2021 | Actualizado a 12:20

Transformar los sistemas agroalimentarios

Por Qu Dongyu

/ 23 de septiembre de 2021 / 00:47

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha iniciado una nueva etapa con una estructura y una dinámica nuevas. El plazo para el cumplimiento de la Agenda 2030 y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) se aproxima y resulta imperioso cambiar nuestros sistemas agroalimentarios de forma integral. Esta transformación exige un enfoque sistémico y nuestra acción colectiva, codo a codo con productores, distribuidores y consumidores, conjuntamente con gobiernos, sector privado, ámbito académico y sociedad civil.

De eso trata la Cumbre de las Naciones Unidas sobre los Sistemas Alimentarios y eso es lo que en la FAO queremos conseguir, junto con todos nuestros asociados, mediante el nuevo marco estratégico para 2022-2031.

La Cumbre llega de manera oportuna. Tras disminuir durante decenios, el número de personas que padecen hambre ha aumentado en los últimos cinco años y actualmente asciende a 811 millones de personas. Al mismo tiempo, la obesidad y otras enfermedades no transmisibles son problemas crecientes. Muchas de las prácticas agroalimentarias actuales afectan también gravemente a nuestro planeta. Nuestros sistemas agroalimentarios no funcionan bien. ¿Qué hemos de hacer para transformarlos?

La FAO, como principal organización internacional en este ámbito, viene promoviendo y apoyando la transformación de los sistemas agroalimentarios. Gracias a sus conocimientos especializados, que abarcan desde la política y la viabilidad, la innovación científica, la tierra y el agua, la ganadería y la pesca hasta la biodiversidad y el clima, la labor normativa y en materia de inocuidad de los alimentos, los datos geoespaciales y la tecnología digital, la FAO ha desempeñado un papel destacado en el apoyo a la preparación de esta Cumbre y, más importante aún, en consonancia con su mandato, asumirá el liderazgo para aplicar las medidas de seguimiento.

En julio se celebró con gran éxito en la sede de la FAO, en Roma, el acto previo a la Cumbre. Junto con el Economista Jefe y la Científica Jefe de la FAO, he formado parte de los órganos asesores, los grupos científicos y las líneas de acción de la Cumbre. Hemos trabajado estrechamente con colegas expertos tanto dentro como fuera del sistema de la Naciones Unidas. Con presencia en más de 130 países, nuestros equipos sobre el terreno han apoyado «diálogos nacionales» que contribuyen a los resultados de la Cumbre y las prioridades nacionales velando por que sean específicos y se orienten a la búsqueda de soluciones.

¿Qué se necesita para llevar a cabo la transformación? En la FAO, hemos determinado cuatro aceleradores transversales o intersectoriales, a saber, tecnología, innovación, datos y «complementos» (gobernanza, capital humano e instituciones). La FAO se ha organizado y preparado mejor durante los dos últimos años para liderar el proceso. Nuestro nuevo Marco Estratégico se centra en apoyar el logro de los ODS a través de la transformación hacia sistemas agroalimentarios más eficientes, inclusivos, resilientes y sostenibles en favor de las «cuatro mejoras», esto es, mejor producción, mejor nutrición, mejor medio ambiente y una vida mejor.

Hemos reformado nuestra estructura orgánica para que sea más modular y ágil a fin de prepararnos para cumplir adecuadamente nuestra función, con medidas concretas dirigidas a fortalecer el papel de la ciencia y la innovación para complementar la labor socioeconómica, sustentar la transformación, así como hacer un seguimiento del logro de los ODS. La innovación no solo gira en torno a la tecnología. También se trata de enfoques y políticas. Se trata de la mentalidad.

La FAO tiene los conocimientos especializados y redes, así como una amplia gama de instrumentos para brindar asistencia. Nuestra iniciativa Mano de la mano ha establecido las plataformas geoespaciales de libre acceso que pueden calcular la cubierta forestal, el potencial de almacenamiento de carbono y las tasas de evaporación del agua. Nuestros sistemas de redes de alerta temprana pueden advertir de próximas sequías o plagas de cultivos. Nuestras aplicaciones calculan las condiciones de la oferta y la demanda de forraje en zonas expuestas a sequías o conflictos.

Los sistemas agroalimentarios son complejos y diversos. Todos coincidimos en que no se va a hacer efectivo su pleno potencial si seguimos haciendo las cosas como hasta ahora. Debemos crear soluciones para lograr las «cuatro mejoras» y no dejar a nadie atrás. La FAO tiene la capacidad de liderar este proceso con sus asociados en aras de un mundo mejor.

QU Dongyu es director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

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Transformación de los sistemas agroalimentarios

Por Qu Dongyu

/ 14 de octubre de 2021 / 01:06

En el Día Mundial de la Alimentación de este año nos encontramos en un momento crítico. La pandemia de la enfermedad por coronavirus (COVID-19) sigue planteando un desafío a nivel mundial que provoca pérdidas y sufrimiento incalculables. Los efectos de la crisis climática se ciernen sobre nosotros por doquier. Cultivos que han sido pasto de las llamas. Hogares que han sido arrastrados por las aguas. Vidas y medios de sustento que se han visto sumidos en el caos debido a conflictos y otras emergencias humanitarias. Los desafíos para la seguridad alimentaria mundial no habían sido tan graves en años.

Sin embargo, en medio de todo esto, hay un nuevo ímpetu alentador por replantear la forma en que se producen, almacenan, distribuyen y consumen nuestros alimentos. En la Cumbre de las Naciones Unidas sobre los Sistemas Alimentarios del mes pasado, convocada por el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, se establecieron las líneas generales del modo en que debe avanzar el mundo para transformar los sistemas agroalimentarios.

En la FAO ya nos hemos remangado y nos hemos puesto a trabajar en las tareas prácticas para dirigir la aplicación e impulsar la transformación.

Incluso antes de que el COVID-19 pusiera al descubierto la vulnerabilidad de los sistemas agroalimentarios mundiales, cientos de millones de personas en el mundo padecían hambre, y ese número ha aumentado en el último año hasta 811 millones. Pese a que el mundo produce alimentos suficientes para darnos de comer a todos. Esto es inconcebible e inaceptable.

Al mismo tiempo, el 14 % de los alimentos que producimos se pierde y un 17 % se desperdicia. Sumemos a esto otros factores de estrés —como las plagas y enfermedades, los desastres naturales, la pérdida de biodiversidad y destrucción de hábitats, y los conflictos— y podrán apreciar la magnitud del desafío que afrontamos a fin de cubrir las crecientes necesidades de alimentos del mundo y reducir simultáneamente los efectos ambientales y climáticos de nuestros sistemas agroalimentarios.

La FAO, como principal organismo que se ocupa de la alimentación y la agricultura, ha elaborado un conjunto de instrumentos que estamos seguros de que nos permitirán lograr efectos en muchos de estos complejos problemas sistémicos. Tenemos una idea clara de nuestra meta, enmarcada en los objetivos de una mejor producción, una mejor nutrición, un mejor medio ambiente y una vida mejor. La FAO calcula que es necesario invertir anualmente entre $us 40.000 y 50.000 millones en intervenciones específicas para acabar con el hambre de aquí a 2030. Hay muchos proyectos de bajo costo y grandes repercusiones que pueden ayudar a centenares de millones de personas a cubrir mejor sus necesidades alimentarias.

Por ejemplo, iniciativas de investigación y desarrollo para hallar soluciones más avanzadas tecnológicamente en el sector de la agricultura, la innovación en la agricultura digital y la mejora de las tasas de alfabetización de las mujeres pueden contribuir en gran medida a reducir el hambre. Pero también hay otros elementos esenciales, como la mejora de los datos, la gobernanza y las instituciones, que deben añadirse a la ecuación.

Además, nuestro planteamiento solo puede ser eficaz si se basa firmemente en la colaboración con los gobiernos y otros asociados clave. También tenemos que darnos cuenta de que los científicos y burócratas e incluso los productores y distribuidores de alimentos nunca podrán lograr por sí solos estos cambios.

La transformación puede y debe comenzar con la adopción de medidas pragmáticas y concretas por los consumidores ordinarios y con las decisiones que tomamos. Las decisiones que tomamos cada día sobre qué alimentos consumimos, dónde los compramos, cómo están envasados o cuánta comida tiramos, repercuten en nuestros sistemas agroalimentarios y en el futuro de este planeta.

Todos nosotros tenemos el potencial para ser héroes de la alimentación. Nuestras acciones son nuestro futuro. El proceso de transformación de nuestros sistemas agroalimentarios empieza contigo y conmigo.

Pero no termina con nosotros. Como reza el antiguo adagio: “Somos lo que comemos”. Es igualmente cierto que la forma en que nuestros hijos y nietos se desarrollen también se verá influenciada por lo que comemos. Está en nuestras manos preservar la esperanza.

QU Dongyu es director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

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Es hora de recomponer la relación del hombre con la naturaleza

Obtener beneficios sostenibles de los bosques significa prestar mayor atención a sus necesidades, que también son las nuestras.

Por Qu Dongyu

/ 27 de mayo de 2020 / 06:48

La pandemia COVID-19 está suponiendo una profunda y duradera conmoción a nivel mundial, y todos sabemos que seguir comportándonos como en el pasado ya no es viable. Es imperativo que veamos esta crisis como una oportunidad para reconstruir nuestros medios de vida de manera sostenible, incluso mejorándolos. Una de las prioridades en agenda es restablecer la armonía de la relación del hombre con la naturaleza y, en particular, con la biodiversidad.

La edición de 2020 del informe “El estado de los bosques en el mundo”, elaborado en forma conjunta por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), ayuda a trazar una estrategia para lograrlo. El informe examina la contribución de los bosques -y de las personas que los utilizan y gestionan-, a la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica.

Los bosques albergan la mayor parte de la biodiversidad terrestre del planeta y nos aportan una amplia gama de servicios, que van desde un aire y agua más limpios, hasta los alimentos naturales que consumen 1.000 millones de personas y el combustible para cocinar para otros 2.400 millones. Los bosques tienen también un impacto directo en la subsistencia de la población, ya que proporcionan más de 86 millones de empleos verdes y sostienen los medios de vida de mucha más gente.

Tenemos que hacer más para garantizar la protección de este legado que nunca deja de ofrecernos sus dones, y hacerlo mejor. Obtener beneficios sostenibles de los bosques significa prestar mayor atención a sus necesidades, que en realidad también son las nuestras. La degradación y la pérdida de bosques y biodiversidad es un factor que contribuye a perturbar el equilibrio de la naturaleza, y a aumentar los riesgos de enfermedades epidémicas para los seres humanos en general. Si bien la deforestación mundial se redujo en el último decenio, se siguen perdiendo cerca de 10 millones de hectáreas cada año y, junto con ellas, especies vitales.

Hay evidencias claras de que el principal impulsor de la deforestación es la expansión de la agricultura. El uso no racional de la tierra y las plantaciones para producir carne, aceite y cereales, seguidas de las actividades agrícolas de subsistencia, suponen un 75% de la deforestación tropical. Para invertir esta tendencia, necesitamos innovar e implementar prácticas agrícolas sostenibles, que aprovechen las soluciones basadas en la naturaleza y protejan la biodiversidad. La propia función y resiliencia de la agricultura depende de la diversidad biológica para sustentar todos los servicios de polinización, el ciclo del agua, los suelos y evitar la erosión. Proteger la biodiversidad no solo es importante para el medio ambiente, también es una condición previa para contar con una alimentación más variada, saludable, equilibrada y nutritiva.

Debemos igualmente poner en práctica enfoques integrados del paisaje. Los bosques pueden conservarse y gestionarse de manera que creen puestos de trabajo, recuperen los ecosistemas y mejoren los hábitats, tanto para las personas como para la naturaleza. Consideremos por ejemplo la reserva de la Biosfera Maya, la mayor zona protegida de bosque tropical de América Central.

Creada en 1990, una parte considerable de esta área se otorgó mediante concesiones de uso múltiple a comunidades integradas por pequeños propietarios, que también recibieron asistencia técnica, acceso a los mercados, apoyo institucional y un marco reglamentario. Esto los alentó a seguir en parte con la extracción de madera, manteniendo al mismo tiempo las normas de protección estipuladas. El resultado es que estos grupos han talado menos árboles que el promedio del conjunto de la reserva, se ha reducido la incidencia de incendios forestales, ha incrementado la cubierta forestal y se ha mantenido la población local de jaguares.

Aparte del alentador desempeño de las personas involucradas en el proyecto, los jaguares no son un mero detalle. Muestran otro aspecto importante de conservación y restauración: los bosques no solo son el hogar de la biodiversidad, sino que también dependen activamente de sus habitantes. Algunas comunidades arbóreas emblemáticas en el mundo dependen de la fauna autóctona (por ejemplo, los osos de América del Norte, los gorilas de África Central, los osos panda de China o los koalas de Australia) para actuar como artífices ecológicos con importantes funciones en la dispersión de semillas, entre otros servicios ecosistémicos fundamentales.

Este enfoque integral es esencial para pasar del conocimiento a la acción mientras nos preparamos para el Decenio de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas 2021-2030, que estará liderado conjuntamente por la FAO y el PNUMA.

Un hallazgo sorprendente de la última edición de “El estado de los bosques en el mundo” de este año es que el 7% de la superficie forestal mundial está dividida entre más de 34 millones de pequeños fragmentos, cada uno de los cuales cubre menos de 1.000 hectáreas (10 km2). Esta fragmentación dificulta contar con áreas de paisaje en las que prospera la biodiversidad. Necesitamos una restauración a gran escala más amplia, hecha de manera que apoye los medios de vida de las comunidades rurales y mitigue el cambio climático.

La pandemia del COVID-19 es una advertencia global que esperamos, a pesar de la devastación que ha causado, pueda servir de catalizador para proseguir por caminos más creativos e incluyentes hacia un futuro mejor, en el que plantemos más árboles y se conserven los que ya tenemos. Los bosques y la rica biodiversidad que albergan permiten a nuestras comunidades y economías seguir avanzando. Debemos colaborar con la naturaleza para garantizar que puedan prosperar.

Qu Dongyu, director general de la FAO; e Inger Andersen, directora ejecutiva del PNUMA.

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Resulta de vital importancia mantener las cadenas alimentarias mundiales en la crisis Covid-19

Se necesita una respuesta mundial coordinada y coherente para evitar que esta crisis de salud pública desencadene una crisis alimentaria que impida a las personas encontrar u obtener alimentos

Por Qu Dongyu

/ 5 de abril de 2020 / 07:08

La pandemia del COVID-19 está ejerciendo una presión sobre los sistemas de salud pública en todo el mundo, y millones de personas en los países económicamente más avanzados están en cuarentena. Sabemos que la pérdida de vidas será alta y que los esfuerzos masivos para modificar la tendencia tienen un alto costo económico. Para reducir el riesgo de pérdidas aún mayores y de escasez de alimentos para millones de personas, incluso en los países ricos, el mundo debe adoptar medidas inmediatas para reducir al mínimo las interrupciones en las cadenas agroalimentarias.

Se necesita una respuesta mundial coordinada y coherente para evitar que esta crisis de salud pública desencadene una crisis alimentaria que impida a las personas encontrar u obtener alimentos. Hasta la fecha, el COVID-19 no ha ejercido ninguna presión sobre la seguridad alimentaria. Aunque no hay razón para el pánico, porque hay suficiente comida en el mundo para alimentar a todo el mundo, todavía nos enfrentamos al reto de asegurar que la comida esté disponible donde se necesita.

La epidemia del COVID-19 ha creado limitaciones logísticas que repercuten en las largas cadenas de valor de la economía mundial moderna, que ha dado lugar a la contención y cierres de fronteras. Las restricciones a la circulación, así como el comportamiento de los trabajadores, pueden impedir que los agricultores cultiven la tierra y que los procesadores de alimentos (que manejan la mayoría de los productos agrícolas) se dediquen a la elaboración. La escasez de fertilizantes, medicamentos veterinarios y otros insumos también podría afectar a la producción agrícola.

El cierre de restaurantes y tiendas de comestibles menos frecuentadas reduce la demanda de productos frescos y de pescado, lo que afecta a los productores y proveedores, en particular a los pequeños agricultores, con consecuencias a largo plazo para las poblaciones cada vez más urbanizadas de todo el mundo, ya sea en Manhattan o en Manila. La incertidumbre acerca de la disponibilidad de alimentos puede inducir a los tomadores de decisiones a aplicar medidas de restricción del comercio, a fin de garantizar la seguridad alimentaria a nivel nacional. La experiencia de la crisis mundial de los precios de los alimentos de 2007-2008 nos enseña que esas medidas solo pueden agravar la situación.

Las restricciones a la exportación establecidas por los países exportadores para aumentar la disponibilidad de alimentos en el país podrían provocar graves trastornos en el mercado mundial de alimentos, lo que daría lugar a un aumento de los precios y a una mayor volatilidad de los mismos. En 2007-2008, esas medidas inmediatas resultaron ser sumamente perjudiciales, en particular para los países de bajos ingresos y con déficit de alimentos y para los esfuerzos de las organizaciones humanitarias por suministrar alimentos a los necesitados y vulnerables.

Todos debemos aprender del pasado para no repetir los mismos errores. Los tomadores de decisiones deben tener cuidado de no endurecer involuntariamente las condiciones de suministro de alimentos. Aunque cada país se enfrenta a sus propios retos, la colaboración entre los gobiernos y todos los sectores e interesados es esencial. Nos enfrentamos a un problema global que requiere una solución global.

Debemos asegurarnos de que los mercados de alimentos funcionen adecuadamente y que la información sobre los precios, la producción, el consumo y las existencias de alimentos sea accesible a todos en tiempo real. Este enfoque reducirá la incertidumbre y permitirá a los productores, consumidores, comerciantes y tomadores de decisiones estar informados y contener el pánico injustificado en los mercados mundiales de alimentos.

Aún no se conocen los efectos de la actual pandemia del COVID-19 en la salud de algunos de los países más pobres. Sin embargo, podemos decir con certeza que cualquier crisis alimentaria que resulte de la elaboración de políticas deficientes será un desastre humanitario que podemos evitar. Ya tenemos 113 millones de personas que padecen de hambre aguda en el mundo; en la África subsahariana una cuarta parte de la población está desnutrida. Cualquier interrupción de las cadenas de suministro de alimentos intensificará el sufrimiento humano y aumentará el desafío de reducir el hambre en el mundo. Debemos hacer todo lo posible para que eso no suceda. La prevención es menos cara. Los mercados mundiales son esenciales para mitigar las perturbaciones de la oferta y la demanda entre los países y las regiones, y debemos trabajar juntos para garantizar que las interrupciones de las cadenas de suministro de alimentos se reduzcan al mínimo posible. El COVID-19 es un poderoso recordatorio de que la solidaridad no es caridad, sino sentido común.

Qu Dongyu, director general de la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Acuicultura (FAO).

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