Voces

viernes 22 oct 2021 | Actualizado a 15:16

La política desde los extremos

/ 24 de septiembre de 2021 / 02:03

En Bolivia, es un lugar común sabernos como una sociedad politizada en extremo pero —siguiendo el ritmo global— cada vez más descreída de la política institucional. Decimos de nosotros mismos que ante las crisis políticas que se nos presentan recurrimos al mecanismo del voto para dirimir nuestras diferencias pero, una vez electos, desconfiamos de nuestros representantes y la institucionalidad que constituyen.

Nos declaramos en contra de las intenciones partidistas de alimentar una continua/ cansina conflictividad latente instalando sus relatos sobre los hechos recientes pero aparentemente nos reflejamos ansiosos en espacios digitales por ir despreciando todo aquello que signifique otredad de pensamiento, apuntando con el dedo y estigmatizando a quien estuvo/ está en la vereda del frente.

Le pedimos a los partidos un proyecto de país para validarlos —lo que equivale a pedirles una inteligencia adaptativa cuya capacidad no solo les permita entender la Bolivia de hoy sino además proyectarla—, a tiempo de que fortalecemos el pensamiento de que la militancia partidaria es algo aberrante, propio de personas que no tienen moral o pensamiento propio.

Hoy se asocia lo obsoleto con trabajar en la subsistencia del sistema de partidos pensando que así se pueden gestionar intereses colectivos de manera ordenada y lo renovado está asociado a la micropolítica de la vida, donde los intereses personales se gestionan de mejor manera en grupos estancos que comparten su visión cultural de la vida cotidiana.

Es verdad que nuestra vivencia más cercana respecto al comportamiento democrático de quienes acceden al poder mediante el voto o se llenan la boca de democracia nos indica que, indistintamente de su color, los líderes de estos partidos o alianzas pueden terminar propiciando acciones autoritarias de varias maneras: ya sea torciendo las leyes e instituciones en la búsqueda de mantener el poder, sancionando abierta y socialmente cualquier gesto de educación o diálogo para con el otro o disciplinando internamente el pensamiento plural cuando éste desagrada al aliado circunstancial.

Pero también es verdad que cuando se trata de cultura democrática, nos toca a todos revisarnos en nuestras acciones y posiciones de forma honesta, pues son estos varios escenarios los que diariamente se alimentan de nuestro accionar como sociedad y terminamos, entre todos, configurando la compleja, enredada y acelerada realidad política nuestra. En espacio público revuelto, ganancia de los extremos. Así, el verdadero desafío parece consistir en escapar de ser la carne de cañón de tanta narrativa interesada sin renunciar a la continua (re)construcción de la institucionalidad democrática que, por detrás de los hechos —y esto es un secreto a voces—, está hecha pedazos.

La política desde los extremos va a seguir siendo lo que se nos viene y continuará encontrando tierra fecunda para su existencia y normalización en el hecho de que cada vez sea mayor la cantidad de gente que encuentre tentador acomodar su pensamiento y acción política por fuera de los márgenes institucionales que brinda la democracia, tal como la conocemos. Y eventualmente esto solo servirá para garantizar la sobrevivencia de aquellos contados patriarcas políticos que insisten en hacerles creer a las mayorías que los encumbran que la política es toda lucha posible por el poder y no así una herramienta más para solucionar los problemas de la sociedad en su conjunto.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Comunicación no reemplaza política

/ 22 de octubre de 2021 / 01:49

Pasó hace poco, apenas algo más de un año. La medio y la sondeocracia nos mostraban el camino del resultado electoral, de él se decía que era incierto y que todo apuntaba a una segunda vuelta. No se vislumbraba la posibilidad de que en el país visible algún partido o alianza generara diferencia suficiente respecto al segundo, como para definir la elección en primera vuelta. Clarito se mostraba, no había posibilidad. Pero un partido sí lo hizo posible, uno por el que había votado un segmento de la sociedad que poco salía en las noticias y menos en las encuestas. Un sector que estaba subrepresentado en su imagen, voz y opinión. Luego vinieron los análisis y mea culpas. Casi 15 años después había ocurrido un fenómeno similar al de 2005 en el que la realidad mediática y discursiva (una buena parte de la comunicación) distaba mucho de la realidad en las calles. La mirada a lo que desde la comunicación mediatizada se proponía nos había distraído en exceso de lo que ocurría en la política desde las calles. De alguna manera, los análisis privilegiaban lo comunicacional antes que lo político. Y eso —lo demostraron los hechos— fue un error de percepción.

La pregunta entonces es: ¿por qué —tan pronto— se cae en el mismo error? Me refiero a la predominancia del lugar común en el que se lee el complicado momento que afronta el Gobierno nacional exclusivamente a través de sus errores comunicacionales. En todo caso, no se trata de una situación propia solo de esta época ni ocurre solamente acá. De alguna manera la proliferación y magnificación de la industria del marketing político en los últimos años ha sido uno más de los ingredientes que han fortalecido la idea de que la comunicación puede reemplazar a la política. La comunicación se ha vuelto la nueva vieja confiable. Carta aplicable para explicar toda situación o momento: falló la comunicación, como respuesta a todo fracaso político.

La comunicación política es un área de conocimiento que estudia la relación entre sistema mediático, político y ciudadanía; y sus efectos en la democracia. Ante ello parece importante recordar ahora que varios de sus estudios en el siglo XX postulaban la posibilidad de un “reemplazo” entre un campo/actor, el comunicacional por otro, el político. La situación convocaba a la preocupación de los estudiosos tanto por el reemplazo de los actores políticos por comunicacionales (situación que, en esta época, ya dejó de ser solamente una sospecha) como por el consecuente debilitamiento que esto ocasionaría sobre la acción política tan necesaria para el desempeño democrático y la resolución de conflictos de tipo público dentro de las sociedades occidentales.

Las acciones desplegadas desde la gestión comunicacional gubernamental y desde los medios de comunicación importan en política, sin duda. Pueden ser muy relevantes en determinados escenarios políticos. Y, sí, en esta gestión gubernamental requiere importantes ajustes. No obstante, aún en tiempos ruidosos y rebosantes de hiper (des)información, es importante recordar que endilgarle la totalidad política a la comunicación empobrece el análisis. Esto muy a pesar de las crecientes corrientes de marketing político que promueven este tipo de lecturas. Y es que en la comunicación política en realidad importa más el efecto en el horizonte democrático, el mismo que está compuesto por varias dimensiones y solamente una de ellas es comunicacional, que viene después y no en vez de la política.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora.Twitter: @verokamchatka

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Nueva normalidad política

/ 8 de octubre de 2021 / 02:24

Los lugares comunes dentro de nuestra dinámica política están, al día de hoy, claramente establecidos, sus etiquetas llevan por título “fraude” y “golpe”. En consecuencia, nuestra nueva normalidad política es aquella en la que ninguno de los actores institucionales ubicado en los polos puede comprobar ante la ciudadanía, de manera fehaciente (con hechos), que aspira a dejar su polo para buscar algo que en el espacio público institucionalizado se dice cada vez menos y directamente no se ve anhelar: la reconciliación.

A reserva del debate en torno a la cualidad de esta polarización; es decir si es realmente existente en la sociedad, está limitada solamente al ámbito político o, menos aún, al plano discursivo. Lo cierto es que uno de los problemas que conlleva este estado de continua radicalización es que busca despojar de soberanía interpretativa de los hechos al público al que se dirige, y esto tiene su efecto no solo en los hechos pasados, sino también en los nuevos. Esto genera que la polarización se constituya no solamente en comportamiento y escenario, sino también en filtro de interpretación. Esa suerte de anclaje interpretativo no solo debe entenderse como una estrategia política utilizada por las partes, sino también como un ejercicio continuo y sutil de poder.

La polarización conlleva al atascamiento a varios niveles. Uno de ellos es la radicalización de los líderes políticos legitimados institucionalmente en la política, que tiene como consecuencia el estancamiento de la misma, lo que genera que, a la larga, las ganancias para ambas partes sean equivalentes a una suma cero. Es decir: mucho se arenga, todo se inunda de ruido y desorden y poco realmente se cosecha en términos políticos. Y esto tiene que ver también con que, en esta nueva normalidad, los objetivos políticos se sitúan en la búsqueda coyuntural de administración de la emocionalidad colectiva en vez de la (re)producción del poder; o mucho menos aún, la solución de discrepancias. Miremos solamente el caso de uno de los más rimbombantes líderes de la oposición, quien a través de sus propios y cada vez más altisonantes actos se parapeta en su reducto territorial casi de manera voluntaria, anotándose —como él dice— “rounds” (del corto plazo) a su favor.

Hasta ahí lo que se postula, una nueva normalidad política que paulatinamente erosiona varias instancias sociocomunicacionales que son fundamentales para el funcionamiento de una democracia. Los problemas concretos se aceleran cuando estos discursos, en su dinámica proactiva/reactiva de reproducción (se necesitan mutuamente), llegan a materializarse en clave de intervención territorial: es decir, movilizaciones en las calles. En ellas —se sabe— los líderes que continua y sistemáticamente alimentan la discursividad desde los polos son una suerte de “teloneros” de la verdadera puesta en escena que es entregada al desborde de emociones cotidianamente nutridas, pero de las que luego nadie sabe hacerse cargo.

Una muestra concreta de aquello lo hemos presenciado esta semana que acaba de pasar y lo será también lo que ocurra en los días venideros. Al inicio de la semana, casi la totalidad de los liderazgos políticos ubicados en los polos ha copado la agenda político-mediática para arengar sus cantos de guerra. Argucias legales, judiciales y políticas de por medio hasta el día de hoy, todos ellos han salido intactos materialmente de la escena principal de la política, entregándosela a sus seguidores para que realicen su despliegue performativo en las calles en los días siguientes. Cuidado. Varios escenarios políticos aguantan como normalidad la palabra en los podios pero no así la acción en las calles.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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¿Qué tipo de política necesitamos?

/ 10 de septiembre de 2021 / 01:50

Una parte del pensamiento dentro de las ciencias sociales está destinada a estudiar cómo funciona la política en nuestras sociedades hoy complejas en extremo y, en esa línea, las respuestas suelen ser diversas, así como nuestras realidades. Quien indefectiblemente lleva en la mente la forma institucional en la que actualmente están estructuradas las sociedades occidentales suele considerar que la democracia es potencialmente “ajustable” a las circunstancias históricas. No obstante, aún parecen ser pocas las reflexiones en torno a cuál va a ser el destino de este sistema político en una sociedad en la que se evidencia que las corrientes autoritarias y las sociedades/ generaciones que sienten simpatías hacia ellas van en crecimiento continuo y a ritmo acelerado. ¿Por qué serían necesarias? Porque es posible que nuestra erosionada convivencia democrática esté más vinculada con nuestro comportamiento en comunidad de lo que se puede ver. Y que, en consecuencia, se necesite a la política como herramienta más de lo que quisiera una sociedad con tanta desafección hacia lo político, como la actual.

En las últimas semanas hemos presenciado algo que si bien nos es lacerantemente cotidiano: feminicidios, violencia, crímenes de odio, recientemente ha estado matizado por escabrosos detalles como el desprecio y el aborrecimiento con los que se actuó luego del acto mayor de arrebatarle la vida a otra persona. No es correcto usar estos ejemplos para la generalización ni de una sociedad y menos de una generación. No obstante, es inevitable que estos hechos que horrorizan nos llamen profundamente la atención hacia nuestros cotidianos.

Acudiendo al modo de trabajo que utilizaba Walter Benjamin en el que evocaba el “Pensar por detalles”, el filósofo Amador Fernández-Savater postula que “En cada fragmento del mundo, si lo intensificamos con el pensamiento, podemos desplegar (y comprender) algo del mundo entero”. Afinando la mirada, es en esos fragmentos de mundo cotidiano donde parece imperar esta realidad aparente de que cada vez incomoda y afecta más de forma directa la simple existencia o forma de vida de otras; mientras simultáneamente se convive con una alta tolerancia con discursos de racismo, clasismo u odio. Fenómeno que también se refleja en esta dualidad en la que una buena parte de la humanidad parece no encontrarle fin al tedio/sopor de su vida cotidiana, mientras otra parte no llega a pensar en más que en subsistir el día.

Pareciera que viviéramos atrapados entre dos fuegos que se alimentan uno al otro: inmersos en esta época donde el indignacionismo se hace corriente (a)política y se concreta con la cultura de la cancelación que no tolera convivencias ni otredades. Diría Fernández-Savater, “Opinamos todo el rato para no tener que leer, para no tener que escuchar, para no hacer el esfuerzo de pensar, para conjurar preventivamente la posibilidad de transformación”. Mientras se vive alimentando ese otro fuego que es la continua sensación de vivir en medio de pantallas, mensajes, quejas y ruido donde parece que todos estamos cansados de todo(s). ¿Estaremos realmente así? ¿Es nuestro futuro la guerra de todos contra todos? Si la política está destinada a solucionar problemas de la sociedad, ¿qué tipo de política necesitamos hoy?

¿Si no entendemos la hostilidad, la beligerancia, la irritabilidad y la agresividad en la que hoy navegamos a todo nivel, vamos a ser capaces de construir un nuevo acuerdo democrático? La respuesta la apunta con claridad el periodista Lluís Bassets: “No habrá manera de gobernar en democracia en la era de la ansiedad si no conocemos las emociones que nos movilizan”.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Minuto de silencio

/ 27 de agosto de 2021 / 02:18

Nacido luego de la Primera Guerra Mundial, en las sociedades occidentales se fue instalando la costumbre de hacer un minuto de silencio como muestra de respeto y honra a quienes habían fallecido recientemente, actualmente encuentra razón en la demostración de indiscutible respeto de una colectividad hacia grupos de personas que fallecieron en situaciones trágicas, dejando de lado toda diferencia.

A la fecha, cuando aún no han pasado ni 15 días desde que el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) presentó ante la sociedad boliviana su informe sobre las múltiples violaciones a los derechos humanos que fueron consecuencia de la crisis política en Bolivia en 2019, pareciera ser que la potencia que debería tener un documento cuya importante característica es que ha sido aceptado en su calidad técnica e imparcialidad política por una sociedad donde impera la polarización discursiva, simplemente se desvanece de la agenda política y noticiosa, al menos para la maquinaria mediática dominante.

La primera presentación del informe tuvo lugar el mediodía del 17 de agosto pasado, luego fue liberado digitalmente a las 15.00. Además de ello —huelga resaltarlo— , el GIEI agendó toda una semana de presentaciones en los lugares donde hubo víctimas de la crisis política: Senkata, Sucre, Sacaba, Potosí, Montero, con el objetivo de que sean ellas y sus familiares quienes pudieran conocer los resultados del informe e interpelarlo en primera persona ante sus autores. De alguna manera, el grupo de expertos que elaboró el informe le estaba proponiendo a nuestro país una semana de silencio: unos días de escucha a las víctimas.

Dos horas y media luego de la liberación en formato digital del documento emergió el primer pronunciamiento político proveniente de los partidos de oposición, en él se menciona a actores políticos e institucionales atribuyéndoles responsabilidades. Una hora y media más tarde, la principal representante del gobierno de transición se pronunció al respecto, mencionando a otro actor político. Dieciocho horas más tarde, el presidente del partido oficialista de igual manera, en un par de tuits, menciona a actores políticos e institucionales, con el mismo fin: atribución de responsabilidades. Hoy, a una semana de que el GIEI realizara la última presentación del informe, las luces políticas y mediáticas están centradas —como es usual— en actores políticos e institucionales que se cuentan con los dedos de una mano. 

El GIEI le ha puesto indiscutible nombre y apellido a las 37 víctimas fatales y cientos de heridos y también se lo ha puesto a los hechos que nuestro país vivió durante ese periodo: masacres, ejecuciones sumarias, torturas, persecuciones, detenciones ilegales, discursos de odio, actos racistas y violencia sexual. Por su lado la clase política, en otro universo, sigue buscando ponerle a los autores de estas violaciones de derechos humanos los nombres y apellidos de sus rivales políticos, mientras matizan sus ansiosos señalamientos con discursos sobre presunción de inocencia, debido proceso, separación de poderes y respeto al Estado de derecho entre tantas otras peroratas, como la solicitud de no politización del informe.

Las contundentes certezas con las que el GIEI arribó al país y la empática semana que se tomó para informarle al país sobre sus resultados demandaban de nuestra clase política, cuando menos unas horas de respetuoso silencio si es que no la semana toda. No obstante, lo que presenciamos fue —una vez más— una carrera para la instalación de relatos protagonizados por unos cuantos y en donde sobran unos cientos, que solo sirven como excusa. Cientos de nadies sin minuto de silencio. Esos nadies que, como advertía Galeano: cuestan menos que la bala que los mata.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Difíciles arranques, precoces desgastes

/ 13 de agosto de 2021 / 01:24

En dos de nuestros principales países vecinos, se han iniciado hace muy poco nuevos procesos políticos que inéditamente, a pocas semanas de su despliegue, han merecido ya un cúmulo de críticas, cuestionamientos y posiciones que, con mucha claridad, apuntalan precozmente su fracaso. Hago referencia a la Convención Constitucional en Chile y al nuevo gobierno en Perú, respectivamente.

El periodo de “luna de miel” con el que tradicionalmente se benefician los nuevos gobiernos, suele constituirse en un acumulado de, cuando menos, algunos meses en los que la guardia de la afrenta política se pone baja y el nuevo gobierno está en la capacidad de desplegar expeditamente sus propuestas para irse dando a conocer en tanto su estilo gubernamental. Aunque no se trata de procesos similares, de alguna manera esta tregua política podría ser trasladada a lo que es un proceso constituyente debido a que su emergencia también es resultado del voto popular. Es llamativo que en el caso de los procesos políticos que afrontan nuestros mencionados vecinos en este momento, eso no esté ocurriendo.

Sin duda, mucho de ello tiene que ver con las oposiciones a las que se enfrentan. Por un lado un gobierno en Chile que ha mostrado poca y errática predisposición al desarrollo de la Convención y, por el otro, en Perú, una suerte de aceleración del rechazo parlamentario y la judicialización de figuras claves del gabinete del nuevo Presidente. Es claro que ello responde al hecho de que Chile y Perú son dos países que aún mantienen en pie las estructuras de poder fáctico que muchas veces están por encima del poder político. Por lo tanto, la construcción de relatos y narrativas en torno a lo que, en sus propios sistemas de opinión pública, denominan como la “terruquización” y “mapuchización” (ambos, con connotaciones distintas) de sus procesos, ha estado a la orden del día.

Ahora, si bien es cierto que muchos de los sentidos comunes que han solventado la emergencia y construcción de proyectos nacionales las décadas pasadas en el marco de lo que se conoce como Socialismo del Siglo XXI aún siguen en pie y — más aún— son insumos discursivos plenamente vigentes dentro de la disputa cultural continental y global; también es cierto que si bien es importante encontrar los puntos de encuentro entre los distintos procesos que atraviesa cada país, pareciera ser más relevante aún ponerle énfasis a aquellos que los diferencia. Y esta es una llamada de atención sobre todo para las diversas izquierdas del continente y las tomas de posesión a las que a veces las circunstancias les obligan.

El éxito de cada proceso político dependerá en buena parte de los recursos de poder con los que se cuente para afrontarlo. En ese sentido, una primera y no menor diferencia puede partir de establecer con claridad a aquellos procesos políticos que son consecuencia de transformaciones al interior de las sociedades (que suelen llevar años, si no décadas) o aquellos que son producto, más bien, de reacciones políticas circunstanciales. Ahí parece radicar una diferencia nada menor entre lo que ocurre en Chile respecto a lo que pasa en Perú y, se corroborará hacia adelante, en el destino y duración de sus respectivos procesos políticos. Además de este escenario, en los siguientes 14 meses seremos testigos de cambios de gobierno en Chile, Brasil y Colombia. Y, con ello, una vez más, del devenir de un eterno dilema histórico de las izquierdas: la convergencia o la divergencia.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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