Últimamente se habla mucho sobre los derechos humanos en Bolivia en referencia a la señora Jeanine Áñez. Denuncian vulneraciones y atropellos. Qué ironía: los que más fuerte levantan la voz son los que callaron en 2019 y 2020 ante persecución, masacres, detenciones arbitrarias, hostigamiento a hermanos campesinos, torturas, encadenamientos. Una clara muestra de la parcialización e inmadurez absoluta de nuestra “élite política tradicional”; bien culta, con estudios y familias en los Estados Unidos y Europa. ¿Acaso no aprendieron ahí que los derechos humanos no tienen, ni pueden tener colores políticos? Deben ser un bien absoluto y compartido por toda la ciudadanía en su conjunto. ¿Por qué no aplican este enfoque hacia los derechos humanos en nuestro país?

¿Pero de qué estamos hablando?, si en Bolivia seguimos encadenando personas. Del casi un año de mi detención preventiva en el gobierno transitorio, durante 130 días estuve encadenada a la camilla del hospital. Siendo yo como mujer, como esposa y madre un trofeo del gobierno de Áñez en su plena campaña presidencial. En un emblemático caso de la persecución política con una bochornosa campaña de linchamiento mediático y calumnia machista instruida desde el gobierno transitorio a grandes medios de comunicación. Me calumniaban sabiendo que estoy detenida y no puedo responder. Y ahora, cuando sí puedo hablar, están callados. ¿Esto es ser periodista en Bolivia? Pero no ha sido solamente mi historia. Ha sido una historia de mi Bolivia, de nuestra Bolivia.

Las cadenas son una herramienta medieval, cavernícola, atroz. Desde la antigüedad se utilizó en esclavos, rehenes, presos de guerra, sediciosos de todo tipo. Y, claro está, en animales. En todas las partes, desde Asia hasta Europa y nuestra Latinoamérica. El mundo iba madurando, no todo, pero sí la mayor parte, dando lugar a lo que es hoy un mundo civilizado, con tales logros como lo son el Estado de derecho, la democracia, los derechos humanos. Las cadenas ya están prohibidas por la ONU, por leyes y constituciones nacionales, inclusive las de Bolivia. Es una medida que aparte de ser atroz, es ilegal…

Para qué la cadena, me preguntaba yo, ¿acaso me voy a fugar teniendo escolta policial armada 24 horas y los 7 días de la semana? Ahora sé, que la cadena no es para que no te fugues. Ellos sabían que no iba a suceder. Si bien es cierto que la cadena es real, metálica, fría y pesada, deja hinchazones y lastima la piel, pero su función principal es lastimarte el alma. Para herir el espíritu. Abrumarte… Es una metáfora de la guerra, del triunfo sobre un “enemigo” vencido y humillado. La cadena es para quebrar tu voluntad y tu resistencia.

Vencí la vergüenza y denuncié la aplicación de cadenas como corresponde. Me rechazaron teniendo todas las pruebas. Como si fuera algo cotidiano, algo normal. Las imágenes de una mujer, encadenada a una camilla de hospital, esta vergonzosa atrocidad que reinaba en Bolivia de aquel entonces, las vio todo el mundo, las vio la ONU. Pero… ¿En Bolivia en pleno siglo XXI seguimos encadenando personas como animales? ¿En Bolivia es normal? No, señores, es un delito, y seguiré esta lucha, no por mí, sino para que nunca vuelva a suceder en nuestro país. Con nadie… Y si no encuentro (si no hay) justicia en mi país, tendré que buscarla en instancias internacionales. Para que nos enseñen. Y a ver si aprendemos.

Lorgia Fuentes es ingeniera civil y víctima del gobierno transitorio de Jeanine Áñez.