Voces

viernes 22 oct 2021 | Actualizado a 16:27

La derecha más a la derecha

/ 27 de septiembre de 2021 / 01:33

Cuando ingresaron al Palacio Quemado con una Biblia, los golpistas, en noviembre de 2019, se quedaron por un año de manera ilegítima e ilegal en el poder, se les abrió una oportunidad para gobernar y convertirse en una alternativa política, empero, hicieron un mal gobierno: masacres, persecución política y saqueo al erario nacional.

El golpe de Estado y las masacres son dos hechos políticos, pero, al mismo tiempo, son dos hechos jurídicos y moralmente muy graves para la democracia boliviana. O sea, no es difícil que, a nombre de la reconciliación y la pacificación se soslayen estos hechos y condenarlos a la impunidad. No obstante, los golpistas/masacradores asumen la tarea negacionista para salvarse de la responsabilidad política y penal sobre estos hechos ominosos.

En sus delirios de poder, los golpistas pensaban quedarse por un largo rato en el poder y, entonces, el golpe de Estado y luego las masacres fueron parte del engranaje represivo, pero, como ocurrió varias veces en la historia contemporánea, pensaron que no se iba a investigar y juzgar/sancionar. Sin embargo, la voluntad democrática del bloque nacional-popular revirtió, vía elecciones, aquel deseo golpista de la derecha.

Entonces, en la reconfiguración del campo político, poselecciones de noviembre/ 2020, supuso a los golpistas tejer una narrativa de la impunidad, para eso apelaron a una tramoya discursiva enfocada en la pacificación, el fin de la polarización, la reconciliación y la persecución política. En fin, todo ese artilugio discursivo tenía un propósito político y penal: congelar la investigación, el juzgamiento y la sentencia del golpe de Estado y las masacres.

Ellos urden un axioma equivocado: la pacificación del país pasa necesariamente por la impunidad. Obviamente, este discurso necesitaba que la derecha se tenía que arrimar al centro político/ideológico para que, a partir de este lugar, establecer los “pactos necesarios” para encaminarse a la reconciliación, pero haciéndose de la vista gorda a la ruptura constitucional y pisando la memoria de los muertos de las masacres. Aparentemente, esta jugada nos les está resultando.

Cuando vieron que su maniobra “centrista” se diluía, los golpistas vuelven a la estrategia de radicalizar ideológicamente el escenario político, o sea, intentar tensionar el país, además, como un mensaje de advertencia hacia el Gobierno. Para esta estrategia, los golpistas buscan nuevamente polarizar al país, o sea, asumen la posición de la extrema derecha. Ciertamente, eso aconteció en los últimos días.

Sectores radicalizados de la derecha empezaron, como si fuera un imán, forzar a este polo extremo a sectores del bloque opositor que osaron establecer cercanía con el Movimiento Al Socialismo (MAS) y su gobierno. Eso sucedió cuando una diputada de Comunidad Ciudadana (CC) tendió puentes con el partido gobernante; en un cerrar de ojos, inclusive mediatizado por una sospecha de acoso político, le hicieron revertir su voluntad conciliatoria. Asimismo, una exautoridad del MAS, más allá de sus extravíos políticos/ideológicos, intentó resucitar al grupo violento y racista de la Resistencia Juvenil Cochala (RJC) para que reaparezca en el espectro público. Estas señales de la derecha son para intentar retornar a su “actitud transgresora y desinhibida, la que no quiere respetar la ley, la que no le da un sentido a las cosas, es un nuevo tipo de ultraderecha”, como diría el psicoanalista Jorge Alemán. Obviamente, la derecha boliviana con su actitud golpista y violenta dejó constancia que la democracia no es su horizonte político.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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El costo real de cambiar teléfono

/ 22 de octubre de 2021 / 01:52

Hablemos de comprar un iPhone por $us 1.000. Tim Cook, director ejecutivo de Apple, comparó alguna vez este precio deslumbrante con comprar una taza de café al día durante un año. No es gran cosa, ¿verdad? Pero los asesores financieros lo ven de otra manera. Según algunos cálculos, hoy una inversión de $us 1.000 en una cuenta de jubilación se dispararía a alrededor de $us 17.000 en 30 años.

En otras palabras, entre $us 700 y 1.000, el rango de precios de los teléfonos inteligentes modernos, es un gasto considerable. Menos de la mitad de los adultos estadounidenses tienen suficientes ahorros reservados para cubrir tres meses de gastos de emergencia, según el Centro de Investigaciones Pew. Sin embargo, una de cada cinco personas encuestadas por el sitio web financiero WalletHub pensó que valía la pena endeudarse por un teléfono nuevo.

Con razón, las empresas de tecnología argumentan que los teléfonos inteligentes son las herramientas más poderosas para trabajar y jugar y, por lo tanto, valen cada centavo. Pero también hacen trucos con los números para minimizar los costos de un teléfono nuevo. Por ejemplo, Samsung ha dicho que el precio de su nuevo teléfono Galaxy es de $us 200, pero eso es solo si cambias un teléfono con un año de antigüedad por crédito para uno nuevo. El precio real es de $us 800.

Por lo tanto, vale la pena considerar los cambios de teléfono desde otra perspectiva para medir su impacto financiero. Esto puede ayudarnos a tomar decisiones bien pensadas y no actuar en automático.

La ironía de la analogía de Cook con el café no se le escapa a Suze Orman, la asesora financiera que alguna vez comparó los hábitos de café de las personas con “tirar un millón de dólares por el desagüe”. Afirma que la aparentemente pequeña cantidad de dinero que la gente gasta sin pensar en ciertos tipos de café y ahora en cambiar de teléfono podría ser un camino hacia la pobreza. “¿Necesitas un nuevo teléfono cada año?”, preguntó Orman, presentadora del pódcast Mujeres y dinero. “Por supuesto que no. Solo es una pérdida de dinero ridícula”.

Este año, Flipsy, una empresa que compra y vende teléfonos usados, publicó un análisis en el que argumenta que es inteligente comprar un nuevo iPhone cada año. En resumen, cambiar de teléfono anualmente durante tres años consecutivos cuesta $us 418 más, o cerca de $us 12 al mes, en comparación con cambiar de dispositivo cada tres años.

Visto de esta manera, puede parecer una ganga obtener un teléfono nuevo cada año en lugar de cada cierto número de años. Pero la historia es distinta si introducimos estos números en una calculadora financiera.

Si colocas $us 12 al mes en una cuenta de jubilación, como una Roth IRA, que tiene una tasa de rendimiento anual promedio del 10%, esa cantidad se convertiría en $us 25.161 en 30 años, según la calculadora de ahorros de Orman.

Entonces, ¿qué pasa con esas tazas de café? En promedio, pagamos $us 3 por una taza, por lo que $us 1.000 podrían comprar cerca de 333 tazas. Pero es obvio que hacer tu propio café es mucho más barato.

Introduje algunos números en una calculadora de café diseñada por Bone Fide Wealth, un servicio de planificación financiera. En Costco, una bolsa de granos de café de Peet’s Coffee cuesta $us 16 y podrías preparar alrededor de 41 tazas de café a un costo de 39 centavos cada una. Entonces, un iPhone de $us 1.000 vale alrededor de 2.500 tazas de café. Así ya cambian las cosas.

Doug Boneparth, presidente de Bone Fide Wealth, ofreció un argumento en contraposición. Para las personas que tienen mucho dinero en efectivo y son conscientes de los efectos de sus gastos, derrochar en teléfonos nuevos podría ser intrascendente para sus objetivos generales de ahorro en comparación con gastos más grandes como la vivienda y, si los teléfonos los hacen felices, adelante. Comentó que aparta dinero en efectivo todos los años para comprar un nuevo iPhone como una especie de pasatiempo.

Pero reconoció que su afición está empezando a tener rendimientos decrecientes porque los nuevos teléfonos que lanzan cada año no están mejorando mucho en el aspecto tecnológico. Sobre el último modelo de Apple, mencionó: “Con el iPhone 13 es la primera vez que pienso: ‘En realidad solo tiene una mejor cámara’”.

Orman advirtió que para la mayoría de las personas que no tienen tanto dinero en el banco, en particular las que están endeudadas, los efectos de un cambio de teléfono podrían aumentar. Un teléfono de $us 1.000 cargado a una tarjeta de crédito podría convertirse en uno de $us 3.000 con intereses en el momento en que se pague, señaló. Más deuda también podría afectar tu puntaje crediticio, lo que te dificultaría la compra o el alquiler de una casa.

“Si crees que vale la pena endeudarte por un teléfono, entonces, Dios mío, te has tendido una trampa para estar siempre endeudado”, indicó. “La verdad es que, salvo por un gasto médico, no hay nada por lo que valga la pena endeudarse”.

Brian X. Chen es columnista de The New York Times.

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Comunicación no reemplaza política

/ 22 de octubre de 2021 / 01:49

Pasó hace poco, apenas algo más de un año. La medio y la sondeocracia nos mostraban el camino del resultado electoral, de él se decía que era incierto y que todo apuntaba a una segunda vuelta. No se vislumbraba la posibilidad de que en el país visible algún partido o alianza generara diferencia suficiente respecto al segundo, como para definir la elección en primera vuelta. Clarito se mostraba, no había posibilidad. Pero un partido sí lo hizo posible, uno por el que había votado un segmento de la sociedad que poco salía en las noticias y menos en las encuestas. Un sector que estaba subrepresentado en su imagen, voz y opinión. Luego vinieron los análisis y mea culpas. Casi 15 años después había ocurrido un fenómeno similar al de 2005 en el que la realidad mediática y discursiva (una buena parte de la comunicación) distaba mucho de la realidad en las calles. La mirada a lo que desde la comunicación mediatizada se proponía nos había distraído en exceso de lo que ocurría en la política desde las calles. De alguna manera, los análisis privilegiaban lo comunicacional antes que lo político. Y eso —lo demostraron los hechos— fue un error de percepción.

La pregunta entonces es: ¿por qué —tan pronto— se cae en el mismo error? Me refiero a la predominancia del lugar común en el que se lee el complicado momento que afronta el Gobierno nacional exclusivamente a través de sus errores comunicacionales. En todo caso, no se trata de una situación propia solo de esta época ni ocurre solamente acá. De alguna manera la proliferación y magnificación de la industria del marketing político en los últimos años ha sido uno más de los ingredientes que han fortalecido la idea de que la comunicación puede reemplazar a la política. La comunicación se ha vuelto la nueva vieja confiable. Carta aplicable para explicar toda situación o momento: falló la comunicación, como respuesta a todo fracaso político.

La comunicación política es un área de conocimiento que estudia la relación entre sistema mediático, político y ciudadanía; y sus efectos en la democracia. Ante ello parece importante recordar ahora que varios de sus estudios en el siglo XX postulaban la posibilidad de un “reemplazo” entre un campo/actor, el comunicacional por otro, el político. La situación convocaba a la preocupación de los estudiosos tanto por el reemplazo de los actores políticos por comunicacionales (situación que, en esta época, ya dejó de ser solamente una sospecha) como por el consecuente debilitamiento que esto ocasionaría sobre la acción política tan necesaria para el desempeño democrático y la resolución de conflictos de tipo público dentro de las sociedades occidentales.

Las acciones desplegadas desde la gestión comunicacional gubernamental y desde los medios de comunicación importan en política, sin duda. Pueden ser muy relevantes en determinados escenarios políticos. Y, sí, en esta gestión gubernamental requiere importantes ajustes. No obstante, aún en tiempos ruidosos y rebosantes de hiper (des)información, es importante recordar que endilgarle la totalidad política a la comunicación empobrece el análisis. Esto muy a pesar de las crecientes corrientes de marketing político que promueven este tipo de lecturas. Y es que en la comunicación política en realidad importa más el efecto en el horizonte democrático, el mismo que está compuesto por varias dimensiones y solamente una de ellas es comunicacional, que viene después y no en vez de la política.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora.Twitter: @verokamchatka

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Sobre la apariencia

/ 22 de octubre de 2021 / 01:46

En nuestra arquitectura la apariencia es un leitmotif histórico. Es una manía persistente desde los albores de la colonización española y que continúa hasta nuestros días.

Si analizamos las construcciones del ámbito religioso, vemos que la transculturación de la apariencia se inició en ese periodo. En la arquitectura sacra del periodo colonial, la planta arquitectónica es un traspaso literal de la cruz latina con sus respectivos elementos (contrafuertes, campanarios, etc.), pero su portada tiene los elementos de nuestro sincretismo religioso (sirenas, sapos, frutas etc.) que mezcló artísticamente la cosmovisión de los talladores indígenas con el estilo barroco imperante en la época. A esa soberbia conjunción artística y arquitectónica, los historiadores Mesa y Gisbert la denominaron barroco andino, rescatando para la historiografía arquitectónica universal el enorme valor de esas construcciones de la parte andina. Sin embargo, ese enorme aporte local no puede desmarcarse de un fachadismo arquitectónico, cuya fuerza expresiva estaba en las portadas de esas iglesias y no así en el conjunto de todos los elementos de la arquitectura. Quizás esa imposición estilística sea la razón cultural de nuestro fachadismo arquitectónico que, en muchos periodos históricos, edifica insistentemente la apariencia en vez de la esencia. Para no cansarlos con un relato histórico analizaré brevemente el carácter arquitectónico de los cholets, que es el último eslabón de la permanencia histórica del fachadismo.

En la última exposición del arquitecto Freddy Mamani realizada en la Casa de España se presentó una maqueta del autor. En ella se mostraba la fachada frontal prolijamente detallada con todos los elementos decorativos de esa tendencia alteña. Las otras fachadas eran sosas: las dos laterales eran muros ciegos con la obra gruesa vista, y la fachada posterior presentaba ventanas colocadas sin ton ni son y sin decoración. Ahora bien, va una pregunta capital: ¿es el fachadismo cholet una degeneración estilística o es la expresión misma de lo que somos socialmente hablando?

A mi “humilde entender” el fachadismo es la expresión, adecuada, para nuestra sociedad. Y ello por múltiples razones. Ensayaré torcidamente una. Estudiando las experiencias sociales reflejadas en las noticias, puedo elaborar un depurado sofisma para defender el fachadismo como la expresión inevitable de una sociedad que ya es una mascarada colectiva, que privilegia la apariencia sobre la esencia, o como dirían los jóvenes: una sociedad wannabe. Ese sofisma concluiría que el fachadismo es —desde antaño y para siempre— una arquitectura apropiada.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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En defensa de los archiveros

/ 21 de octubre de 2021 / 01:43

Recuerdas los archiveros? ¿Esas pesadas torres ruidosas de cajones llenas de carpetas Pendaflex? En algún momento, fueron vitales para cualquier lugar de trabajo, una parte tan común del paisaje como los escritorios y las sillas. Siempre había un laberinto de ellos en alguna habitación trasera y, sin importar cuál fuera tu profesión futura, si alguna vez fuiste pasante, asistente ejecutivo, recepcionista o administrador de catálogo, archivaste documentos.

Pero no solo se archivaba en la oficina; los archivos eran parte de nuestras vidas personales más íntimas. La mayoría de nosotros, la gente del papel, acumulaba una buena parte de estos archiveros, los cuales guardaban, como lo hacen este tipo de cosas, una historia cuidadosamente organizada de nuestro pasado.

Todo esto debe sonar muy arcaico y sin sentido para el empleado de la generación Z que se va a trabajar a la nube. ¿Qué es este papeleo del que estás hablando?, pregunta. Con este “papeleo” que supuestamente alguna vez hizo la gente… ¿no se perdían, olvidaban u omitían cosas?

La respuesta: sí, a veces. En la actualidad, la gente funcional de la era digital no tiene que lidiar con nada de esto. Tiene escaneos de todo lo que necesitan hospedados en espacios virtuales. Puede imprimir documentos cuando sea necesario, aunque esto, en esencia, significa nunca, pues los escaneos simplemente se pueden transferir de un lugar a otro por medio de rutas seguras y protegidas con contraseñas y luego almacenar en una variedad de memorias (USB, discos duros, unidades compartidas).

Sin duda así se está más organizado. Sin duda es más eficiente y seguro. Sin duda es más limpio y más amigable con el medioambiente (en especial si ignoramos la energía que se necesita para mantener funcionando los servidores). En estos planos ultraterrenales, es más difícil que la gente se tope por accidente con algo que en teoría no debía ver (caray); nada de documentos olvidados que como travesura tomabas de una carpeta de papel manila porque te suplicaban que los leyeras (aaahhh). Con el simple acto de hurgar ya no aparece algo condenatorio o privado; ahora se necesita de habilidades especiales de informática para abrir a hurtadillas esos archivos.

Sin embargo, al no poder encontrar estas cosas —ya fuera porque así tenía que ser o no— también significa que hemos perdido algo.

Por más extraño que parezca, un buen sistema de archivística podría ser inspirador. Durante tres meses, trabajé en Time Inc. con una mujer llamada Charlotte, cuya habilidad para coordinar el papeleo con colores me dejó con un sentimiento estremecedor de inferioridad, pero me despertó cierta ambición para organizar mis cosas de una manera más lógica y accesible. Por más oneroso que parezca, el proceso mismo de archivar cosas físicamente te ayuda a organizar tu vida laboral y tu vida real. Del mismo modo que la gente adquiere y retiene mejor la información cuando la escribe a mano en vez de hacerlo con un teclado, revisar papeles y colocarlos a mano en un espacio físico refuerza la información.

Para quienes tienen una orientación táctil o visual, ordenar documentos en un lugar particular les deja una huella en el cerebro: la esquina doblada, el peso y olor del papel. “Recuerdo que puse ese memorando con la tabla por aquí atrás”, te dirás a ti mismo, para hacerte paso hasta el final del fichero K-M.

Durante esa primera época de empaste en rústica, me hice de cuatro espantosas torres beige con cuatro cajones cada una. Tres de ellas ahora están vacías, recordatorios de un momento de debilidad, cuando, en un esfuerzo por “estar actualizada”, me convencí de que los papeles ya no eran necesarios, que todo podía ser subido o descargado. Como me sentía moderna y libre, me pasé una tarde tirando años de recortes acumulados de revistas y periódicos. Me deshice de transcripciones de viejas investigaciones en libros. Dejé ir decenas de ensayos universitarios mal escritos. Liberé una composición sobre los caribúes que escribí en cuarto grado.

Tras mi Gran Purga de Archivos, esos gabinetes se erigen reprochadores en mi garaje. Han pasado años desde la última vez que siquiera intenté, a traqueteos, liberar uno de su confinamiento metálico propenso a atorarse; difícil de cerrar, todavía más difícil de abrir. Ya no estoy segura de qué tienen dentro, pero no me pueden persuadir por completo de que ya no son necesarios.

En las extrañas ocasiones en las que me metí en esos gabinetes, un trabajo final para una clase de antropología que había olvidado o un recorte del periódico de mi ciudad natal sobre el huracán que derribó el árbol de nuestro patio de enfrente quizá me llamaba la atención y me transportaban: un zumbido de nostalgia o el alivio de pensar “qué bueno que ya no soy esa” al toparme con algunos recuerdos juveniles. Pero no te topas con ese tipo de cosas en la nube entre los iconos uniformes con la imagen de una carpeta ni abres su contenido con cuidado para descubrir que tiene un garabato inesperado en la parte de atrás. Le hemos cerrado la puerta para siempre a todo eso.

Pamela Paul es editora de The New York Times Book Review.

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La velocidad de la política

/ 21 de octubre de 2021 / 01:36

Por lo visto, los tiempos acelerados que vivimos hoy, en general, no son ajenos a lo que ocurre también con la política. Es decir, el espacio de tiempo que se suponía tenían los gobernantes desde el inicio de sus mandatos hasta que las protestas en su contra se hacían presentes, o como en otros lugares también se llamó la luna de miel gubernamental, este tiempo solía acabarse en promedio a los dos primeros años de gestión.

Sin embargo, en el gobierno del presidente Arce lo que vemos al respecto es que el momento de desgaste y de inicio de protestas se ha adelantado, creo que la explicación al respecto pasa por lo que llevaron haciendo los siguientes tres actores: el Gobierno nacional, los antimasistas por fuera del sistema de partidos, y los aliados organizacionales al MAS.

Un gobierno, cuyo perfil de liderazgo salta a la vista que es completamente distinto a su antecesor, en lugar de llegar a la presidencia y clausurar con ese acto la crisis política que vivimos desde 2019, remozando su discurso en el sentido de que la superación de la pandemia es el paso certero a la recuperación económica, eligió en lugar de esto atrincherarse en la sombra discursiva del perfil político —que no tiene— y desde ahí buscar el ajuste de cuentas políticas con el único objetivo de demostrar que tiene una personalidad política fuerte, lo cual genera más una percepción de debilidad que lo que anda buscando.

El antimasismo que genera más resultados, por lo visto, no es el que está en los actores político-partidarios. La iniciativa de oposición aún se encuentra en la calle y contenida en organizaciones cívicas como la de Santa Cruz y conglomerados de clase media urbana, estos últimos más disminuidos y venidos a menos porque se encuentran entre la desmovilización y el hígado contra el masismo que llevan dentro. Mientras los partidos de oposición están replegados a una derecha radical sin visión estratégica de tomar el centro político.

Pero, la dimensión más preocupante de todas a la hora de sostener que al presidente Arce se le terminó su periodo de gracia es la que se encuentra contenida por grupos y organizaciones sociales afines al MAS, esos aliados que se encuentran en una dinámica constante de negociación de intereses sectoriales. Porque, por ejemplo, es por ellos en última instancia que el gobierno de Arce retrocedió en el tratamiento de normas, porque al final nuestra política nos está demostrando que para saber trabajarla necesitamos de dos herramientas principales: comunicación política y negociación constante con los sectores sociales.

Esas herramientas son las que le faltan al gobierno de Arce. Especialmente en el caso del proyecto de ley contra ganancias ilícitas, la herramienta de la negociación no fue practicada y eso generó una situación inversa en la que ya no son las organizaciones sociales las que piden reunirse con el Ejecutivo, ahora es al revés, y eso ciertamente genera ventaja de posición de éstas frente al Gobierno.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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