Voces

miércoles 20 oct 2021 | Actualizado a 13:25

Ni otro Porvenir ni otra Chaparina

/ 28 de septiembre de 2021 / 02:37

En 2008, la masacre de Porvenir en Pando —nunca completamente aclarada: lo reconoce el mismo informe de la Unasur, a pesar de su clara filiación— inició la crisis de la “media luna” opositora del régimen masista; el asalto y masacre del Hotel Las Américas en abril de 2009 y la Nueva Constitución aprobada y vigente cerraron bruscamente el ciclo de la “media luna”. Sin ya oposición política beligerante —circunscrita a la Asamblea Legislativa Plurinacional y a pocos gobiernos subnacionales y sin voz en muchos medios de comunicación para no perder pauta gubernamental— y con los cuatro poderes cooptados, en 2011, el gobierno de Morales Ayma-García Linera pasó a la ofensiva de afianzar el poder incluso contra su discurso “indigenista reivindicador”: la violenta represión —de nuevo masacre— en Chaparina contra indígenas de tierras bajas so pretexto de desarrollo económico, viabilidad, acuerdo entre sectores de la burguesía beniana aliada al MAS y “productores” del Chapare.

Los ocho días transcurridos entre los últimos viernes marcaron lo que vivirá el país en los próximos meses: las quebradas relaciones entre niveles de gobierno y la cada vez mayor desencontrada ilación oposición- oficialismo, junto el golpeteo acompasado de tam tams y taikos anunciando una cada vez más lejana conciliación.

La inauguración de la Expocruz marcó el intento de la cúpula empresarial cruceña para abrir puentes con el presidente Arce y éste, en respuesta —machaqueo incluido de “golpe” cada vez más descreído—, vengó el desaire que ese gran empresariado le hizo al baipasearlo yendo directamente a pedir apoyo y comprensión a Morales Ayma —como gran factótum del poder masista—, lo que dejó a Arce Catacora en un a modo de “presidente delegado” como fue Cámpora para Perón; amerita mejor estrategia corporativa. Arce anunció importantes obras e inversiones en Santa Cruz, las mismas que horas antes había comunicado a las autoridades masistas electas en el departamento —forma de recordar lo que había sostenido desde antes: “trabajaremos con nuestras autoridades”. La ausencia del gobernador —días luego la explicó porque lo silenció el protocolo palaciego— le dejó mala percepción.

Lo de la plaza el 24 tuvo muchas explicaciones posteriores —creíbles como no creíbles, incluyendo la bandera wiphala (tamaño para flamear en mástil) guardada en un bolsillo ministerial—, pero demostró fehacientemente que “diálogo” se entiende solo con desarme de posiciones: lo dijo Morales, lo matizó Choquehuanca y, a su modo, lo reafirmó Camacho. Cada vez más, se cumple que los acuerdos de paz centroamericanos solo fueron posibles —“aceptables” a regañadientes pero imprescindibles— cuando quienes jalaban para sí los extremos de la cuerda entendieron que ambos caerían para no levantarse.

Hoy no hay “media luna” ni hay fuerzas externas poderosas para atornillar en la plaza Murillo; el poder ya no es macizo; lo “indígena” no es monolítico ni sigue en la inocencia de los discursos; también el país está en crisis, más allá de anuncios almibarados y, de ambas partes, exhibiciones de supuestas potencias gonadales. Bastaría empezar a entenderlo.

Para cerrar, tres comentarios bonus. El primero, triste por amigos que fallecieron estos días: Juan Carlos Costas Salmón, gran comunicador veraz, formador de medios y, siempre, buen amigo. El otro fue Pablo Ramos Sánchez, mi rector, a quien le agradezco que me convenciera de no irme de Bolivia en los lejanos 90; nos separaban posiciones ideológicas distantes, pero el mutuo respeto mantuvo el afecto. Descansen en paz, amigos míos.

El segundo (pendiente de la semana anterior: la Celac. Lo que López Obrador concibió como una loa a su pretendido “liderazgo” regional —como si el padrinazgo del vapuleado Grupo de Puebla fuera su catapulta—, el relanzamiento de la Celac —tan moribunda como la Unasur— y su mazazo a la OEA, se le escapó cuando varios presidentes utilizaron el evento para defender la democracia y criticar, en su frente, a las antidemocracias de la región.

El último es la despedida de la era Merkel, por voluntad propia y no por las urnas. Con su retiro se cierran 16 años de gobierno interrumpido, tantos como Helmut Kohl —reunificador de Alemania— y solo tres menos que el Canciller de Hierro, Otto von Bismarck, que formó Alemania en el siglo XIX. Con el tiempo se verá su legado, pero, sin dudas, Merkel —como Margaret Thatcher en el siglo XX— marcó nuestra época, más allá de los afectos o desafectos que se le pudieran tener.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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‘Las dictaduras repiten sus mentiras’

/ 14 de septiembre de 2021 / 00:50

Con esta frase del escritor —primer centroamericano Premio Cervantes en 2017— y político nicaragüense Sergio Ramírez Mercado empiezo mi columna de hoy.

El exacerbamiento de la dictadura —“dictablanda aparente” hasta 2018, como otras “dictaduras democráticas” (sic) latinoamericanas— de Daniel Ortega Saavedra, traicionando la Revolución Sandinista que, junto con amplios sectores civiles nicaragüenses, derrotó la dictadura somocista pero que —luego de 1990 desesperados con la derrota electoral (causa presta de su repartija de bienes confiscados: la Piñata) y sostenidamente desde 2007, sin ambages para 2011 y sin make-up desde 2018—, Ortega Saavedra —pontificado por su esposa y apartada la mayoría de los que hicieron 1979— ha protagonizado la “revolución robada”, claro ejemplo como puede pervertirse una revolución que unió marxistas y cristianos — los grupos eclesiales de base fueron decisivos para la victoria de 1979 en las ciudades— en otra, escondida tras su falaz etiqueta de “revolución cristiana, socialista y solidaria”.

Insatisfecha la camarilla orteguista de que las limitaciones a los opositores para las elecciones de 2017 fueron una descarada forma de asegurar el Poder Ejecutivo y la cooptación del Legislativo —el Judicial y el Electoral lo estaban ya—, la sublevación popular de 2018, aplastada con dura represión gubernamental, les advirtió que peligraba la reproducción de ese poder en 2021 —“reelegible” gracias a la obsecuente Asamblea Legislativa, dominada por el orteguismo (dizque “sandinista”) y con los obsecuentes micropartidos que medraban del orteguismo— y fue preparando una serie de leyes que, con argumentos absurdos, allanaban el camino a toda posible oposición o disenso del orteguismo.

La historia es muy conocida: Todos los precandidatos realmente opositores, iniciando con Cristiana Chamorro Barrios —periodista y activista nicaragüense, hija de la expresidente Violeta Barrios de Chamorro y del periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, asesinado por el somocismo— y muchos otras figuras públicas nicaragüenses, incluidos comandantes de la guerrilla y exdirigentes de la Revolución Sandinista, han sido detenidos y acusados de “traición a la Patria” —“patria” en el sentido de feudo de Daniel Ortega, como se repite en otros países del socialismo del siglo XXI—, “terrorismo” y muchos otros “delitos”, lo que ha llevado a Humberto Ortega Saavedra —comandante guerrillero, exjefe del Ejército Nacional y crítico de su hermano Daniel— a afirmar: “Estoy claro que éstos que están detenidos no son terroristas, no han atentado en contra de la estabilidad del país; simplemente son opositores que tienen su punto de vista como yo lo tengo », afirmando que él mismo «podría ser catalogado de terrorista o traidor a la patria”.

Sergio Ramírez Mercado, junto con el padre Ernesto Cardenal Martínez, las voces intelectuales más prestigiosas de Nicaragua después de Rubén Darío, formó parte —junto con Daniel Ortega Saavedra y otros tres miembros— de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que gobernó tras el triunfo de la Revolución Sandinista en 1979 y luego, tras el triunfo electoral del sandinismo en 1984 —primeras libres en muchas décadas— ejerció como vicepresidente de Ortega Saavedra hasta 1990.

Guardo muchos recuerdos de Nicaragua en los años 80, hermosos algunos, tristes otros, pero no puedo olvidar la bondad, generosidad y bonhomía del pueblo nicaragüense —gané muchos amigos y fui bendecido con una hermana para toda la vida: Margarita Zapata Choiseul—, pero vi las primeras manifestaciones del fracaso de la revolución desde el mismo sistema, más allá incluso de las consecuencias de la guerra silenciosa con la denominada “contra”. De Sergio Ramírez pude recibir, en los nicas de a pie y en sandinistas e, incluso, opositores de entonces, la imagen de un hombre digno y respetable, parangón que compartía con el padre Ernesto Cardenal. Hoy, opositor del régimen decepcionado de su deriva autoritaria —como también lo estuvo el padre Cardenal antes de morir—, Ramírez Mercado es otra de las voces que aterran al orteguismo y que quisieran callar.

Aprovecharé las últimas líneas disponibles y la apertura que LA RAZÓN me ha dispensado siempre para destacar la apabullante derrota kirchnerista en las PASO: 25% el oficialismo contra más del 45% la oposición mayoritaria —más si sumamos otros sectores afines a éste. Muy mal augurio para el kirchnerismo en noviembre.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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El arte de narrar cuentos

/ 31 de agosto de 2021 / 01:42

Hace muchos años —muchísimos— tuve un amigo, poeta estructuralista, que inició un movimiento de contadores de cuentos —“cuentacuentos” prefería— alrededor de la habanera Casa de las Américas.

Los cuentacuentos —sustantivo epiceno— fuimos hombres y mujeres que tratamos de rescatar la magia de contar, sin hogueras porque la flama la insuflábamos nosotros: “primero fue la palabra” (Juan 1,1). La receta de la “magia” era simple: a) tener una idea que decir (narrar); b) creérsela (esencia para transmitirla), y c) saber decirla (convencer). Años después descubrí a Stanton, Futrell, Kloter, Lambin y tantos otros y me di cuenta que era la misma martingala (en buena acepción); un poco más de leer me descubrió el indigno axioma de “si dices una gran mentira y la repites con suficiente frecuencia, al final la gente la creerá”.

Y aunque con los mercadeos se perdía de la magia “cuentacuentos”, gané dos palabras- idea: storytelling (contar convincentemente) y success stories (“historias de éxito”: reales o fabuladas).

De ambas en Bolivia huelgan ejemplos: De storytelling la Revolución Nacional anunció empoderar a los indios cuando solo les dio voto y minifundios, algo que la Revolución Cultural del cuatroceno también anunció pero quedó en lo simbólico, compensado por la repartición de parte de los súper ingresos del boom de los commodities—indulgencias ajenas.

Los resultados de octubre de 2020 — los terceros más altos tras la democratización de 1982— en algunos crearon la ilusión de un “regreso victorioso” cuando era un simple ritornello; vana ilusión porque —como he repetido— los electores votaron por un mito —el pretendido “milagro económico” de 2008-2015— y su milagrero, hastiados por la situación —pandemia y crisis económica, corrupción (mucho menor en cuantía que la del cuatroceno pero también indignante) e ineficiencia— y castigando a la dizque oposición —desunida, desubicada y “gastada”.

¡Y vaya que funcionó el success story del supuesto “milagro”!: muchos votaron por el mito y no por el actor. Sin dudas el “milagro” estuvo más asentado que el #VolverAlMar que finiquitó estruendosamente en La Haya cuando la Corte Internacional de Justicia nos ahogó ilusiones descartando todos los argumentos nacionales, “vendidos” durante años como exitosamente infalibles e indiscutibles; pero esa es otra narrativa…

Quizás por todo eso (“regreso victorioso”, “milagro económico” y su milagrero) y, más, por la urgencia de rehabilitar al Jefazo, el “mago” olvidó enseguida que su mandato era reconciliar el país para restaurar la economía y la salud de los bolivianos y se arropó en el mantra “¡fue golpe!”. Machaconamente, día tras día, repetida un momento tras otro por el “mago” y sus corifeos…

Pero, amén de “cuentacuentos” y marketing, la nigromancia goebbeliana necesitaba un poco de base real sobre la que construir la mítica —a sabiendas que no había mística donde apoyarse— y esa carencia fue creciendo: informe —clarificador— de la conferencia episcopal; mensaje —reafirmador— de la delegación europea; condena del parlamento y de la comisión —Ejecutivo— europeos; estudio írrito —más trabajo de clase— y de contenidos muy “filtrados” “analizando” las elecciones de un profesor salamanquino —con más remiendos que un Zapatero de barrio— y sus alumnos, con respuesta contundente de la OEA; informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, que repartió culpas y responsabilidades a ajenos y a propios, que reafirmó el nudo gordiano que nació al violar la voluntad popular —constitucionalmente inviolable— del 21F y que cargó de culpas y yerros a la “justicia” boliviana…

Pero quizás el summum de la bofetada —sin guante— fue el Consejo Permanente de la OEA convocado para cualificar el “injerencismo” de su secretario general. Asistieron virtualmente 19 países —15 no se conectaron, ya fuera por el tea time de los anglófilos, por asuntos urgentes o por deficiencias de conexión— y Bolivia fue arropada por… tres: México, Argentina y la dictadura electoralista de Nicaragua. Nos fue nada bien ese round.

Por último, de yapa, el señor Procurador General del Estado anunció “que el Estado boliviano enviará a la (…) OEA el informe que realizó la Contraloría General del Estado sobre el documento que presentó Luis Almagro (…) sobre las elecciones generales de 2019, para dar a conocer de manera oficial el incumplimiento de los acuerdos y que no se realizó ninguna auditoría al proceso”. Esopo, La Fontaine y Samaniego enfermarían de envidia.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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De calzones y ambas martingalas

/ 17 de agosto de 2021 / 01:33

En mi última egocisión —neodefinición para la cisura periódica a los olvidos del ego— recordé que debo a un amigo la respuesta a su crítica de mi columna Conciliación y encuentro: virtudes pendientes (06/07). Mea culpa por medio —sin sonrojo—, empezaré con ello, prioritario tema de las tantas cosas que urgen en las costuras.

Sé que palabras como “reencuentro”, “conciliación” o “encuentro” —estaban en mi escrito— pueden parecer absurdas cuando, día por medio, se dan muestras de conculcar derechos y obviar libertades y se repite como martingala —del artificio ahora— el mantra del “golpe” —paradoja sin militares en la calle y con civiles desarmados protestando—, un machacado y sui generis coup d’État cuyo concepto discursivo cada vez parece más entre Emmental y arpillera alojando nube de polillas. Sin embargo y por más que el señor Morales Ayma diga que “conciliación” solo habría (estado condicional) en Bolivia si hay (nuevo condicional) claudicación y sumisión (loas a él incluidas), en Latinoamérica hay fehacientes ejemplos de que irreconciliables pueden conciliarse. Entre otros ejemplos rescato el de El Salvador cuando guerrilla y gobierno se juntaron a conciliar cuando ambos comprobaron que ninguno podía vencer: ese convencimiento apocalíptico de “nadie gana-todos perdemos” llevó a ambos extremos a sentarse, discutir y llegar a los acuerdos de paz de Chapultepec, que el próximo año cumplen 30 años de brindar paz y estabilidad a los hermanos salvadoreños, dando fe de que encontrarse para conciliarse y reencontrarse sí es posible y muy positivo. Si eso ellos hicieron, en medio de la Guerra Fría, ¿qué no podremos hacer entre nosotros, los bolivianos, sin guerras fratricidas ni ajenos poderosos interesados en que uno destruya al otro? Como dijo el monseñor Giovani Arana en su homilía por la Asunción este domingo en El Alto: “Qué importante es ir al encuentro”, condición previa en la que coincido con el monseñor Centellas, en que cualquier conciliación —por mínima que fuera— “tiene que ser sin condiciones (…) superando resentimientos, respetando las diferencias, (…) sin enfrentamientos, sin insultos, escuchando a los otros”; el yerro del señor Morales Ayma repite su posición en la clausura del IV Congreso Mundial de Mediación (2008 en La Paz) cuando dijo, refiriéndose a doña Anita Romero de Campero —copresidenta del congreso—, que “cada vez que ella iba a mediar en los conflictos (de los años 90 e inicios de 2000), siempre tomaba posición por él y su gente”, descalificándola así —en su “elogio”— como mediadora válida luego de que todas las intervenciones y talleres del congreso postularon la equidistancia e imparcialidad como condiciones sine qua non para un mediador. Pero ambas son partes de la espontánea incontinencia verbal del señor Morales Ayma, a la que hoy le compite la señora Patty Mullisaca.

Y hablando de coincidir, también coincido plenamente con la frase de la señora María Nela Prada Tejada —nueva figura política pero heredera de la amplia experiencia de sus padres: Ramón Prada Vaca Díez y Betty Tejada Soruco—: “El pueblo es sabio, sabe exactamente lo que pasó” en las elecciones de 2019, aunque la suscribo por razones diametralmente opuestas a las de la ministra Prada Tejada. En política —más en gestión de gobierno—, entender las señales del entorno es fundamental y acá son muchas: la de una victoria del MAS-IPSP en 2020 porque el hastío popular que producía la crisis que creció desde 2016 hasta estallar en 2019 era múltiple y agobiante, más la pandemia, y por un improvisado gobierno de transición constitucional que dejó abierta la puerta a viejos vicios (corrupción, nepotismo, autoritarismo) y se perdió en su improvisación electoral, “acompañado” esto de una clase política egoísta sin visión de país —barrida tras las elecciones de ese año, de la que solo quedan Mesa, por falta de emergentes, y Camacho, intentando fundarse más allá de la coyuntura—, además que esa victoria de 2020 mucho fue por los mitos de la “magia económica” y su “mago” de candidato.

No voy a referir cómo —afuera y adentro— los falaces mantras y sus justificadores se desmoronan y “desargumentan”, dejando cada vez más huérfano al discurso de la revancha, ni cómo el MAS-IPSP se autofractura. Solo diré que es hora de entendernos y de recuperar Bolivia —República de plurinacionalidades y autonomías— para todos los bolivianos: hora de calzas y calzones bien puestos.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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De angas y de mangas

/ 3 de agosto de 2021 / 01:47

Me tomaré un poco de licencias y no seguiré a la docta Martha Hildebrandt en su explicación de «por angas o por mangas» en “de todas formas”. Me quedaré, monda y lironda, en mi neodefinición “de una y de otra”.

Primero Perú. La asunción de Pedro Castillo Terrones tuvo cinco viabilizadores: el rechazo de los gobiernos fujimoristas, que con su autoritarismo, corrupción y violación de DDHH opacó que acabara con la hiperinflación y con el terrorismo del guevarista MRTA y del sanguinario maoísmo de Sendero Luminoso, luego realimentado por el revanchismo de la mayoría absoluta congresal del fujimorismo en 2016. Otro fue la corrupción enraizada en los gobiernos pos-Fujimori, salvados los dos gobiernos de transición: Valentín Paniagua Corazao (2000-2001) y Francisco Sagasti Hochhausler (2020-2021), fenómeno que —más su inoperancia en soluciones sociales, a pesar del ejemplar desempeño macroeconómico del periodo— llevó al descrédito de la clase política —tercer viabilizador— como Venezuela 1999, Argentina 2001 y Bolivia 2020. Un cuarto era la voluntad frustrada de poder de la izquierda legalista peruana desde el periodo militar de Juan Velasco Alvarado (1968-1975), celebrado por Castillo Terrones durante la campaña pero descalabrado en la economía (a pesar de su reforma agraria necesaria); izquierda continuamente fragmentada que, junto con la gauche caviar local, creyó que podía contemporizar al candidato casi desconocido y que ha llevado ya a La República —grupo vocero de la izquierda intelectual— a un mea culpa profundo y sincero.

Un quinto: la necesidad de respiro para el Grupo de Puebla y para el débil liderazgo de Andrés Manuel López Obrador ahora que Cuba está en crisis, en Ecuador ganaron los conservadores y el sueño de un Chile socialista del siglo XXI se esfuma (Colombia por el mismo camino), sumado a unas Argentina y Bolivia bordeando crisis, Venezuela en agonía permanente y Brasil de rumbo indefinido.

(Dato curioso es que Castillo Terrones — rondero campesino antisenderista, que ahora planteó resucitar a modo de milicias populares—, como su vicepresidenta Dina Boluarte Zegarra, antes habían perdido elecciones de alcaldías distritales y congresal.)

Poco más de Perú: un discurso inaugural indigenista casi bucólico (habría que preguntar a los pueblos sometidos por el Inca y a Huáscar) y antiespañol del nuevo presidente (que no es indígena sino mestizo), sus propuestas (estilo socialismo del siglo XXI) de cambiar la Constitución, el complejo demagógico de no ocupar el Palacio Presidencial conocido como Palacio Pizarro (aunque pudo llamarlo Casa del Curaca Taulichusco, que vivió en el solar) y sus ideas económicas confusas. El partido que le prestó su sigla, Perú Libre, se autodefine marxista-leninista, mariateguista y antimperialista y su líder, Vladimir Cerrón Rojas, está con prisión suspendida por casos de corrupción. Su primer ministro, Guido Bellido Ugarte, es investigado por apología del terrorismo por su abierta defensa de las acciones criminales de Sendero Luminoso, además de declarado homófobo, misógino y transfóbico; con solo dos mujeres en el gabinete (la vicepresidenta una de ambas), el nuevo canciller Héctor Béjar Rivera (86 años) fue exguerrillero castrista ( fundador del Ejército de Liberación Nacional en los años 60). Faltará ver las primeras medidas, incluido el abordaje del bicentenario, un hecho netamente criollo.

El presidente, admirador de Morales Ayma (de quien, como nuevo arbiter elegantiarum, copia sus trajes de Canedo Patiño aparte de su caro sombrero chotano), durante los actos de posesión dio preeminencia al expresidente y desplazó al actual a un lugar secundario.

De Cuba, la crisis late —pandemia de generales incluida—, mientras México y Bolivia envían apresurados suministros al régimen tratando de calmar los descontentos por la miseria. La pandemia traza entre 8.000 y casi 10.000 casos día.

Y tocando pandemia, en Bolivia la vacunación avanza firme recién, reduciendo la morbilidad y confirmando la adecuada estrategia de prevención. El fracaso total de la ideologizada apuesta rusa ha dejado la vacunación entre los suministros chinos —mayoritariamente pagados—, los COVAX —en stand by por la crisis sanitaria en India— y, de salvación, las donaciones de vacunas norteamericanas —más suministros médicos, poco difundidos, por $us 6 millones— que han permitido el sprint inmunizante ¿imperialista?

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Tierra de huracanes y tormentas perfectas

/ 20 de julio de 2021 / 01:08

Cuba, tierra de huracanes, estos días estuvo en el centro de muchas noticias tras la explosión de protestas populares que desconcertaran a ajenos y a propios: El 11 de julio, el cansancio por los continuados “alambrones” — más que “apagones”— en la ciudad de San Antonio de los Baños —sede de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano— lanzó a sus habitantes en una inusual protesta que, chispa vía redes sociales, se extendió a la capital y diferentes provincias —muchas se dice, aun el controlado silencio mediático—, uniendo los más disímiles reclamos latentes y convirtiendo el país — y las noticias— en un guirigay.

Aunque no era la primera gran protesta en el país —el Maleconazo de 1994 lo antecedió—, sí pasmó el Poder en un inicio. Para quien lo recuerde o lo googlee, el Maleconazo fue en pleno periodo especial en tiempos de paz —la grave crisis económica tras colapsar el bloque soviético, que José Carlos Cueto (BBC) describió: “La economía cubana se desangra. Escasean la comida y las medicinas. Los apagones son constantes. Muchos se hartan”—: miles de cubanos salieron al Malecón de La Habana para la mayor protesta contra el Gobierno desde 1959; vandalizaron, rompieron vidrieras y enfrentaron a palos y piedras a la Policía, desbordada y desconcertada en un primer momento; al rato, Fidel Castro —Castro el mayor— fue hasta los manifestantes y, con su carisma ineludible, apaciguó la revuelta y exhortó —in situ, solo él podía— a «derrotar a los apátridas» que protestaban. Palo y zanahoria, Castro el mayor —como en Mariel 1980— dio vía a la emigración masiva en balsas, a una progresiva apertura económica —con trancas y retrancas que Castro el menor, al sucederlo, intentó profundizar— y acuerdos migratorios con los EEUU, destinatario de los migrantes.

Veintisiete años después, el ciclo —nunca cerró totalmente— se repite: la desaparición del apoyo externo —el madurismo en rotundo fracaso— provoca nueva contracción —si entre 1990 y 1995 el PIB cubano cayó 36%, solo en 2020 cayó 11% y empeorará en 2021— y una tormenta social y económica “perfecta”: pandemia —su manejo muy augurioso en 2020 pero crítico en 2021, peor para un país dependiente del turismo—, más restricciones del embargo y complicaciones emanadas del recién implementado ordenamiento cambiario, parte de la moderada transformación del modelo —fracasado el absoluto estatismo centralizado desde la ofensiva revolucionaria de 1968 que acabó la propiedad privada no personal.

Aunque desde Clinton, los EEUU son de los primeros proveedores de alimentos a Cuba y no hay restricción para medicinas, el embargo impuesto desde 1962 —el bloqueo solo duró la crisis de los misiles—, su recrudecimiento bajo Trump, luego de la flexibilización de la era Obama, afectó significativamente los ingresos por turistas estadounidenses, los envíos de remesas y las inversiones y transacciones financieras con Cuba, complejizando más la situación.

Hay mucho más: los pedidos de libertad de expresión —por el autobloqueo ideológico tras el Congreso Cultural de La Habana en 1968— consignados con “Patria y Vida” —antítesis del “Patria o Muerte”—, la criminalización de estas protestas y el llamado a combatirlas —luego suavizado—, los fake news, bulos y rumores múltiples de todos lados…

¿Las moderadas medidas económicas —suspensión de restringidas previamente— serán paliativo suficiente o urgirán otras más? ¿Incidirá la ausencia de Castro el mayor?

Cerraré con mi afirmación que, de todo lo descartable, la batalla de los relatos de la Guerra Fría ocupa el lugar importante: de un lado, achacar al embargo todos los males propios sin sonrojo de mea culpa; del otro, la fantasía —criminal para el pueblo cubano— de insistir en una invasión norteamericana. Como mi anterior columna, ahora también me agarro del apóstol Pablo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12: 10).

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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