Voces

lunes 4 jul 2022 | Actualizado a 04:49

La discordia por los submarinos

/ 2 de octubre de 2021 / 01:56

Es un gastado estribillo aquel que se usa para calificar la política exterior estadounidense atribuyéndosele que “no tiene amigos, sino intereses”, pero en los últimos días, Washington fue aún más allá, cuando al decir del Ministro de Exteriores francés “le clavó un puñal en la espalda”, por conformar sigilosamente un pacto tripartito con el Reino Unido y Australia, el AUKUS, para asentar presencia en el área indo-pacífico, espacio de alta prioridad geopolítica que Francia creía —ingenuamente— le estaba reservado. Paralelamente, y dando cuenta con lo obrado, Canberra notificaba a París que daba por concluido “el contrato del siglo” suscrito en 2016 para la construcción de 12 submarinos que la empresa gala Naval Group estaba poniendo en marcha. Así, de la noche a la mañana, se volatilizaba ese negocio estimado en 56.000 millones de euros (al menos $us 64.000 millones), en favor de empresas americanas que en adelante se ocuparán de ese encargo, con un importante aditamento: la propulsión nuclear en esos navíos. La desagradable sorpresa escaló a la indignación y el Quai d’Orsay llamó a consultas a sus embajadores en Canberra y en Washington, gesto diplomático de alto simbolismo. Sin embargo, una vez disipada la emulsión hepática, la conversación telefónica entre los presidentes Macron y Biden terminó en aquel comunicado conjunto que dice de todo, menos que el contrato volvería a la Naval Group.

Ambos, el Gobierno y la opinión pública francesa, calificaron como afrenta humillante la actitud americano-australiana, un “sopapo” a la dignidad nacional y acusaron la marcada deslealtad de Washington con su aliado tradicional. Pero aparte del pleito por los reales, se juega la hegemonía geopolítica en el referido espacio, considerado de elevado valor estratégico, tanto que el AUKUS explica su contubernio aduciendo temor a la injerencia china en la zona. Por ello, Beijing manifestó también su desagrado por la troika que se incrustaba allí. Comentaristas más realistas arguyeron en la prensa francesa que ese complot reflejaba la cruda situación de Francia en el contexto internacional actual, cuyo poderío económico y militar difícilmente podría competir con ventaja frente a los Estados Unidos y a la China. Por lo tanto, deducen que Francia no vale mucho por sí sola, su impronta únicamente cobra fuerza con una Europa que arrope su presencia en el tinglado internacional.

Ante ese panorama, París se apresura a consolidar una aproximación con otro actor que, por sus propias razones, no desea depender ni de Beijing ni de Washington. Es la India, con sus 1.300 millones de habitantes y que, además, ya es cliente asiduo de la industria militar francesa (recientemente adquirió 36 aviones de combate Rafale y París podría ayudarle a montar lo que sería la más grande central nuclear del mundo, capaz de alimentar 70 millones de hogares indios en servicios eléctricos).

Otro actor no menos prescindible es Nueva Zelanda, cuya vecindad con Australia provoca aprehensión por la carga nuclear de los submarinos proyectados. Por este motivo Wellington ya declaró que prohibirá a esos navíos surcar sus aguas.

La importancia del espacio indo-pacífico se hace más evidente si se toma en cuenta que al horizonte de 2030, Australia, China, Corea del Sur, India, Indonesia y Japón tendrán un crecimiento que alcanzará a 60% del PIB mundial, con las rutas que le atraviesan, que son las más frecuentadas del planeta.

Todas esas escaramuzas llevan a pensar a los dirigentes europeos en la urgente necesidad de contar con una estructura de defensa independiente sin necesidad del paraguas americano.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Otro cuadro geopolítico en América Latina

/ 25 de junio de 2022 / 02:53

El triunfo de Gustavo Petro en Colombia altera seriamente el mosaico político en la región, donde ahora la izquierda variopinta apunta como posible mayoría. Sin embargo, los elegidos no siempre profesan el mismo ideario ni los electores los han escogido por iguales motivos. Revisemos los estados de situación y los atributos o defectos de los mandatarios de los países afectados:

México: Su proximidad con los Estados Unidos le otorga un poder de negociación privilegiado que aprovecha Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) para ejercer una diplomacia híbrida con etiqueta progresista cuando conviene y sumisa a Washington mientras fluyen los dólares.

Honduras: Fiel esposa de Manuel Zelaya, su defenestrado marido, Xiomara Castro (2022- 2026) implementa puntualmente sus instrucciones, con abnegada domesticidad victoriana. La dama se peina —obviamente— con la mano derecha y se despeina con la izquierda.

Nicaragua: La pareja Daniel Ortega-Murillo (2007-2027) es el amasiato infernal que oprime a su pueblo con una nefasta tiranía sin ejemplo. Todo opositor que se manifiesta es de inmediato encarcelado y las protestas se reprimen con sangre.

Cuba: Escapa a la clasificación “izquierdista” porque allí se instauró un modelo que funciona hace 62 años y Miguel Díaz-Canel (2018-2023) es el cumplido arlequín de aquella gerontocracia revolucionaria, en vías de extinción.

Venezuela: Es el más triste paradigma de ese “progresismo” —simbiosis de discurso callejero y corrupción cotidiana—, pues sin el carisma de Hugo Chávez, Nicolás Maduro (2013-2024) es como el elefante en una cristalería. Últimamente entró con estruendo al club de los parias del mundo y su mayor angustia es probar su inocencia frente a sus supuestos narcovínculos. El petróleo le resultó útil moneda de cambio con el Imperio.

Argentina: Alberto Fernández (2019-2023) podría decir “mi reino por una foto” por cuanto despotricando contra la reciente Cumbre de las Américas, se abrió paso a codazos para posar junto al presidente Biden, ocultando previamente igual fotografía tomada con Vladimir Putin, en Moscú, un mes antes.

Perú: Inclasificable en la geometría política, Pedro Castillo (2021-2026) dejó en su enorme sombrero las propuestas libertarias con las que triunfó en las elecciones. Ahogado en acusaciones de corrupción su vida presidencial pende de un hilo, en manos del Congreso.

Chile: Con su impecable victoria para conquistar el Palacio de la Moneda, Gabriel Boric (2022-2026) ensaya ser tomado en serio y se desmarca de compañías “progres” inconvenientes. Inicia su periodo sin aparentes imprudencias, pero sin dejar la demagogia discursiva destinada a la calle.

Bolivia: La administración de Luis Arce Catacora (2021-2025) es cautiva del poder que aún detiene el expresidente Evo Morales y su inclinación hacia la izquierda limita con la política económica en vigor. Profesor universitario, debería recuperar su autonomía de gestión y declinar la tutela chapareña.

Colombia: Acaba de ganar el exguerrillero Gustavo Petro (2022-2026), que desea desmontar —en el frente externo— la armadura prooccidental construida en décadas y al interior, paliar la pobreza, erradicar la corrupción y la violencia imperantes. El 7 de agosto, día de su posesión, debería evitar la presencia de huéspedes controvertidos. Cuestión de imagen.

Otras naciones latinoamericanas como Brasil, Uruguay, Costa Rica, El Salvador, República Dominicana, Paraguay y Ecuador escapan a la categoría “progresista” y son más bien gobiernos de administración normal, salvo las ocurrencias del presidente Bolsonaro, que podría perder las elecciones de octubre frente a Lula, su némesis favorito o las extravagancias del presidente salvadoreño Nayib Bukele (2019-2024), quien fumiga a las pandillas y adopta el bitcoin como moneda nacional.

En resumen, el avance del populismo de izquierda se debe en realidad a la protesta antisistema, incapaz de resolver los problemas de la pobreza extrema, del desempleo, de la inseguridad y de la impunidad ante la corrupción, particularmente del narcotráfico.

Lejos están en aquellos países las bases de la democracia: estado de derecho, justicia independiente, libertad de prensa e igualdad de oportunidades. Todo ello conlleva a la opción tentadora de la autocracia con la modalidad totalitaria de la reelección indefinida.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Colombia, del orden a la incertidumbre

/ 11 de junio de 2022 / 01:44

Es un hermoso país, cuna del realismo mágico donde todo parece ser hiperbólico. Desde el premio Nobel Gabriel García Márquez, pasando por el mayor narcotraficante del mundo Pablo Escobar o el legendario combatiente Manuel Marulanda Vélez que lideró la guerrilla más antigua del planeta y murió en su cama a los 78 años, hasta el 19 de junio venidero en que se podría elegir a Rodolfo Hernández como el presidente más viejo de su historia porque llegaría al Palacio de Nariño con 77 otoños patriarcales si logra derrotar a su contrincante Gustavo Petro (62), antiguo guerrillero y exalcalde como él.

Colombia, también presume el récord —en la región— de su democracia centenaria, salvo el interregno (1953-1957) del general Gustavo Rojas Pinilla. Ciertamente que brotes de violencia marcaron con sangre su vida republicana tanto en la arena política como en la contienda protagonizada por los cárteles de la droga, tráfico en el que Colombia además ostenta el triste galardón de ser el proveedor del 70% de la cocaína consumida en el mundo.

Comparto la duda de los 21 millones de la colombianidad que, al depositar su voto, se preguntarán ¿quiénes son realmente los titanes de ese singular duelo?

Copio la impresión de un lúcido analista que los describe así: “Petro, es un populista de izquierda, elocuente, pseudo-intelectual y sofista. Hernández es un populista de derecha, elemental, ramplón y folclórico”. Mejor resumen no podía caber en pocas líneas. Escuché atentamente los discursos de Petro y, efectivamente, tiene lustre de hombre letrado, con ilusiones románticas de implementar, si fuera presidente, la añorada justicia social en un país con evidentes desigualdades. También me divertí siguiendo en vivo y en directo las entrevistas ofrecidas por don Rodolfo Hernández, hábil comunicador, que se exhibe con camisetas informales, usando un léxico callejero con ese universo vocabular al alcance de los millones de votantes que desea conquistar. Genuino self made man, amasó su cuantiosa fortuna con tesonero trabajo construyendo miles de casas para los pobres, pero cobrándoles puntualmente sus créditos otorgados directamente, prescindiendo de los bancos. Su bandera de lucha es el radical combate contra la corrupción y su lema es acabar con los politiqueros a quienes desprecia porque roban los denarios fiscales, sea con la mano izquierda o la derecha. Es el triunfador que aplastó a los partidos tradicionales, con su prédica populista. Y, casi como en Macondo, a quien apostrofan como viejo es hijo predilecto de su madre que, a los 97 años, luce pistola al cinto y corre a pura bala a los bandidos que merodean su finca.

En cambio, Petro fracasó en la lucha armada y su conversión a la democracia le regaló esa tercera oportunidad de pugnar el balotaje definitorio, aunque su oferta electoral solo convence a los conversos a cuyo techo ya llegó, contando con escasas posibilidades de alcanzar la cantidad de votos anhelada. Por ello, quizá consciente de su inminente derrota, Petro propuso a Hernández el pacto de cohabitación, en un gobierno de unidad nacional que, obviamente, el astuto provinciano no aceptó porque sería un amasiato contra natura.

Los cuatro años que le pueden esperar al postulante Hernández no serán fáciles, incluso con el concurso de las mejores personalidades con las que desea gobernar. Desairado Petro en su ofrecimiento nupcial, probablemente fomentará el evidente fermento de descontento social entorpeciendo la gestión de Hernández, quien por añadidura padece de insalvable orfandad parlamentaria.

Por el contrario, la implementación del atrevido programa gubernamental de Petro asustaría al poderoso sector empresarial, columna vertebral de la economía nacional y provocaría fuga de capitales, aumento del desempleo y el asecho del crimen organizado.

Como los colombianos no tienen la flema británica, se excluye aquello de confiar en una “leal oposición al gobierno de Su Majestad”, entonces el retorno a la violencia no puede darse por descontado.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Albina, la condesa roja

/ 28 de mayo de 2022 / 02:01

Simón I. Patiño regaló el primer avión a Bolivia, encargando a su secretario, Agustín Fernández Valdivieso, abuelo mío, entregar la nave que, al aterrizar en El Alto, el 3 de abril de 1921, se estrelló contra la multitud ocasionando una tragedia que le costó la vida y la del aviador francés Maurice Bourdon. Ese episodio me liga al interés que despierta en mí, la descendencia de aquel esclarecido magnate minero, cuya nieta —estrella de brillo universal— es mi querida amiga, la condesa Albina du Boisrouvray que acaba de publicar sus memorias bajo el título de Le courage de vivre (El coraje de vivir) y el sugerente subtitulo Rebelarse, perder lo esencial, donarlo todo. Son 475 páginas editadas por Flammarion, plenas de rigurosos detalles sobre la acción y pasión que la protagonista implanta en sus relaciones familiares, en sus declaraciones políticas, en sus ligamentos amorosos, en sus diversos y fugaces matrimonios, en sus generosas donaciones, en sus viajes planetarios regando medios y cariño entre los más necesitados, particularmente los niños abandonados. Su coraje de vivir empieza venciendo —en su temprana niñez— la muerte segura, al caer al vacío de una jaula de ascensor. Carente del sentimiento maternal, se enfrenta a la frivolidad de su madre Luz Mila Patiño Rodríguez, que la confía a nodrizas extranjeras en Suiza, Francia, Marruecos o Nueva York, donde vivía por largas temporadas en el hotel Plaza… “menuda, muy pequeña y frágil, chola de piel morena, pero de rostro blanqueado por el lavado a la leche, ritual de cada noche.” Así era esa mamá evidentemente afectada por desórdenes mentales, a quien la autora no parece profesarle afecto alguno. Luego, adviene su sulfurosa juventud gozando de las noches parisinas, pero repulsando las drogas. Tiempo en que, su belleza exótica atrae admiradores entre futuras celebridades desde John F. Kennedy hasta George Soros. Albina se declara mestiza e híbrida, atrapada por las dos ramas de sus orígenes entre una “madre socialmente aceptada pero étnicamente menospreciada y una familia paterna que vivía de los recuerdos gloriosos del mundo que fue”, aunque hoy sigue cercana familiaridad con sus primos Grimaldi en Mónaco. Albina debió escoger entre valores opuestos y optó por rebelarse contra el sistema, resultado de sus tempranas lecturas políticas que la llevan al bando anarquista y más tarde comunista. Era la época en que la figura quimérica del Che Guevara cautivaba a la juventud, tanto que la incitó a militar resueltamente en manifestaciones y acciones directas. Por ello, cuando años mas tarde coincide en Cochabamba con el coronel Joaquín Zenteno, astutamente, lo induce a que le relate la ejecución del Che y éste, rumbosamente, le obsequia como memento, la última bala que aún quedaba en el fusil del guerrillero. Albina participa, intrépidamente, en París, en la revuelta estudiantil de mayo de 1968 pero, consciente de que no podía cambiar el mundo por la violencia, se enrola con los médicos voluntarios para socorrer a las víctimas de las guerras en el Medio Oriente y otras latitudes. En reglón aparte de su agitada vida, Albina realiza —como productora— una veintena de películas de marcado éxito frecuentando a astros como Gerard Depardieu, a quien en una gresca casi le clava un cuchillo de cocina en su abultado vientre. Entretanto, fomenta con encendido amor la educación superior de su hijo François-Xavier-Bagnoud, cultor de la aviación de salvataje que, un fatídico 14 de enero de 1986, lo llevaría a sus 24 años a perecer cuando su helicóptero se destrozó en medio de la carrera París-Dakar. Entonces, el cielo cayó encima de esa madre dolorosa cuya alma devastada no cicatriza nunca. Sin embargo, la pérdida de su único vástago la impulsa a ir al encuentro de aquellos huérfanos de las víctimas del sida, principalmente, en África y el Asia, para proporcionarles el amor y los medios necesarios para salir del infierno. Así nace la iniciativa de crear la Fundación François-Xavier- Bagnoud (FXB), que la alimenta vendiendo casi todos los bienes heredados de la cuantiosa fortuna de sus padres. Mas de $us 100 millones son invertidos en la implantación de aldeas que albergan —ahora— a miles de chicos y jóvenes desvalidos. Múltiples homenajes de reconocimiento y gratitud colman a Albina que, en su autobiografía, nos enseña que dar es más gratificante que recibir.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Testimonios indiscretos

/ 14 de mayo de 2022 / 02:17

El martes pasado, vía Zoom, se llevó a cabo la presentación virtual de la edición boliviana de mi libro Testimonios indiscretos. El poder detrás del espejo, impreso por la modalidad El hado propicio de la editorial 3600, a cargo de su gerente Marcel Ramírez, quien condujo el programa. Intervinieron como comentaristas de la obra, el laureado escritor Mariano Baptista Gumucio, el filósofo Wálter Guevara Anaya y el abogadoprofesor Gonzalo Serrate. Tuve el privilegio que lectores de tan alto nivel revisaran el texto, ahora a disposición local, pues anteriormente fue publicado y difundido por Amazons/books, en su versión digital e impresa.

Se trata de la narración de mis encuentros con 61 reyes, presidentes y/o jefes de gobierno de naciones extranjeras y 18 mandatarios bolivianos con quienes me correspondió trabajar o simplemente conversar en diversas ocasiones, sea como ministro de Estado, embajador, funcionario internacional, diplomático protocolar o dirigente estudiantil, a lo largo de seis décadas, tanto en Bolivia como en países americanos, europeos, asiáticos y africanos.

En todas esas circunstancias, me entretenía observar de cerca las características individuales de cada uno de ellos, la coreografía de su lenguaje corporal, su discurso oficial manifiesto y encubierto y tratar de descubrir sus costados fuertes y sus debilidades aparentes.

Historiadores, cronistas, periodistas, investigadores y hasta novelistas, retratan a los protagonistas de la historia contemporánea basados en terceras fuentes o bebiendo en la inagotable laguna de la imaginación. Unos apegados a la hagiografía por su simpatía y otros siguiendo leyendas negras alimentadas por el odio o la antipatía que les inspira los personajes estudiados. Difícil exigir objetividad o comprobar la veracidad de las alegorías narradas. Esta reflexión es fruto de mi lectura de varios hechos históricos en los que me tocó participar ora como simple testigo, ora como activo actor y, simplemente sonreír ante la falsificación del episodio contado. Héroes convertidos en villanos y viceversa. En resumen, en todas las latitudes, esas exageraciones existen y son —a veces— inevitables. Por esos motivos, decidí relatar las circunstancias en que conocí y frecuenté a todas las celebridades que figuran en mi libro, como testimonio de primera mano, lo que contribuirá a que el lector forme su propia opinión sobre ellas.

En la parte nacional, golpes de Estado me forzaron al exilio y fue allí donde también tuve la oportunidad de cultivar la amistad de varios expresidentes y comprobar la mutación en sus respectivas personalidades. La pérdida del poder los devuelve a su verdadera dimensión y, muchas veces, es el impulso que los mueve a tratar de recuperar el trono usurpado. Esa pulsión también pude observar que acontece en otros países.

Entre los retratos que contiene esa obra están incluidos hacedores de historia remarcables como el argentino Juan Domingo Perón, el presidente John F. Kennedy, el mariscal yugoslavo Tito, el africano Nelson Mandela, el francés Jacques Chirac y estampas controvertidas como el libio Muhammad Kadafy, el venezolano Hugo Chávez, el tirano nicaragüense Anastasio Somoza, Fidel Castro o el actual dictador bielorruso Alexander Lukachenco. Además de estrellas inocuas como la Reina Isabel II, el monarca español Juan Carlos o el papa Juan Pablo II.

Como conclusión, podría anotar que, ahora, huérfanos de los grandes de la Historia, enfrentamos el peligroso ascenso de la mediocridad que se impone universalmente impulsada por el populismo de izquierda o de derecha que va surgiendo como espuma malsana desde las miasmas surgidas de las masas desorientadas y generalmente iletradas.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Elecciones a la francesa

/ 30 de abril de 2022 / 03:31

Nunca como ahora, después de la reciente elección de Emmanuel Macron para un nuevo quinquenio (2022-2027), cobra vigencia la alegoría atribuida a De Gaulle, cuando comentaba la dificultad que suponía gobernar un país que —como Francia— cuenta con 300 variedades de queso.

En verdad, los resultados eleccionarios dejaron la nación quebrada en tres grandes corrientes, casi iguales en dimensión: el centro que representa la macronía, atacada por dos extremos: la izquierda “insumisa” de Jean Luc Mélenchon y la ultraderecha de Marine Le Pen. Tres tajadas que medirán fuerzas en los escrutinios legislativos del 12 y el 19 de junio próximos. Los demás partidos enanos tratarán de agolparse a alguna de esas tendencias para acumular escaños. Se ha llegado a esa situación, cuando la impecable ejecutoría de Macron para enfrentar primero la crisis pandémica del COVID-19 y luego la guerra ucraniana, no fue debidamente reconocida, anteponiendo la necesidad de solucionar otras exigencias sociales. Como alguien decía, “Francia es un paraíso poblado de gente que se cree en el infierno”, pues 12 candidatos postularon a la presidencia el 24 de abril, clamando reivindicaciones de todo tipo: ecologistas, soberanistas, pro y antieuropeos, amigos y adversarios de Putin, socialistas blandos y duros, comunistas nostálgicos, trotskistas trasnochados y sobre todo antimacronistas a diestra y siniestra. Añádase a esa ensalada, la notoria división detectada en las inclinaciones políticas entre el mundo rural y las manchas urbanas del hexágono galo. De la docena de aspirantes quedaron en balotaje Macron y madame Le Pen flotando en un mar de 28% de abstenciones, lo que indujo a estudiantes irreverentes a protestar por dejar aquel camino sin otra opción que la de escoger entre “la peste y la cólera”. Apenas terminada esa contienda, comenzó la madre de todas las batallas: las elecciones parlamentarias, en las cuales Mélenchon impetra el voto ciudadano para que, imaginando una ansiada mayoría, sea ungido primer ministro y cohabite con Macron, ilusión excluida para Le Pen, por razones éticas y hasta pruritos estéticos.

Lo cierto es que la victoria de Macron está salpicada de sonoros mensajes empezando por la indiferencia de 17 millones de abstencionistas, pasando por las capas populares que prefirieron votar por los extremos, para llegar al simple peatón preocupado por la inflación o el deterioro del poder de compra y a aquellos resentidos antisistema que con chaleco amarillo o sin él, se inclinan por el caos, desdeñando el orden establecido. Algunos pretenden empañar el triunfo de Macron atribuyendo más bien su éxito al deseo de poner barrera al insoslayable ascenso de la derecha extrema representada por Le Pen. Se evoca, además, la encuesta reciente en que 56% de los votantes decía favorecer la posibilidad de una Asamblea Nacional opuesta a aquel presidente jupiteriano, caballero solo, que aplastó a los partidos tradicionales —socialistas y conservadores— y que en su primer mandato obtuvo 350 diputados de un total de 577, hazaña que hoy está lejos de repetir.

Macron termina su primer mandato el 13 de mayo y se espera que inicie su nueva misión con equipo renovado que inspire esperanza frente a la atmósfera pesimista imperante por causa de esa pandemia que no se acaba y de la guerra en Ucrania, con sus espantosas secuelas de sufrimiento humano y deterioro en la economía y el medio ambiente. Macron es también pieza fundamental en la consolidación de la Unión Europea dentro del cambiante mosaico multipolar surgido a raíz de la aventura militar desatada por Rusia, en los últimos meses.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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