Voces

lunes 25 oct 2021 | Actualizado a 04:05

El infierno católico

/ 10 de octubre de 2021 / 00:19

Más de 216.000 menores fueron sexualmente abusados en el vientre de la Iglesia Católica en Francia desde 1950. La cifra ascendería a 330.000 si se toma en cuenta abusos cometidos por laicos que trabajaron en instituciones religiosas, afirma la Comisión Independiente sobre los Abusos Sexuales en la Iglesia.

El silencio de la cúpula católica fue cruel con la sociedad. Esta semana, el papa Francisco expresó su inmenso dolor tras la publicación del esperado informe; agradeció a las víctimas haber tenido la valentía de denunciar esta terrible realidad. No es para menos, los abusos tuvieron un carácter sistémico. Son más de 2.000 páginas que documentan las historias del sufrimiento que sacerdotes y religiosos provocaron sobre todo en niños (chicos de entre 10 y 13 años representan un 80% de las víctimas). La mala noticia de verdad es que Francia no es la isla del horror: resulta que más de 3.670 niñas y niños fueron víctimas de abusos de religiosos en Alemania solo entre 1946 y 2014. Cambiemos de continente: en Estados Unidos se presentaron más de 11.000 denuncias. Vamos al norte y constataremos los escándalos en Canadá recientemente revelados. Vamos al sur del continente y se abrirán las escondidas cajas de sistemáticos abusos a menores en Chile o en vecinos países bajo el paraguas católico. Miremos las cifras con otro lente: de 115.000 sacerdotes censados en Francia en los últimos 70 años, se descubrió alrededor de 3.200 pederastas como estimación mínima. Francisco tiene razón cuando afirma que “es el momento de la vergüenza” y cuando constata que hoy la Iglesia Católica no es una casa segura. Sin embargo, el jefe de los obispos en Francia dijo, al día siguiente del demoledor informe, que el secreto de la confesión era más fuerte que las leyes. “No hay nada más fuerte que las leyes de la República en nuestro país” le soltó el portavoz del gobierno de Macron.

Mientras este último capítulo se despliega en medios europeos, solo en Bolivia se informó en esta última semana sobre un pastor sentenciado por violar a una decena de niñas. Le cuento, si no lo sabía: después de tres años de lucha por parte de las víctimas, la Justicia sentenció a 17 años de prisión a Bernardo Aramayo, un pastor evangélico que en 2009 violó y abusó sexualmente en Santa Cruz a más de diez niñas de 8, 9, 10 y 11 años. Se lo denunció en 2018. Pasaron años para poder saber que el pastor aprovechaba las clases de discipulado para intimidar a estas niñas y cometer sus abusos. Sus víctimas eran en su mayoría hijas de madres solteras. Las pruebas acumuladas no dejaron lugar a la duda: 17 años de cárcel y a rezar tras las rejas.

En las filas del dolor también encontramos personajes famosos. El escritor Vargas Llosa contó en una de las últimas entrevistas cómo fue víctima de un “hermano” del colegio en el que estudiaba. “Yo era muy católico (…) y lo fui hasta los 12 o 13 años cuando tuve un incidente con un hermano del colegio La Salle donde estuve primero en Bolivia y luego tres años en Lima. Fue un incidente de origen sexual”. Contó que este “hermano” era su profesor y que cuando el niño Vargas Llosa fue un día después de la distribución de las libretas al colegio prácticamente vacío, el citado hermano lo condujo a un quinto piso (donde tenían sus cuartos y no subían los estudiantes) y ya en su habitación sacó unas revistas mexicanas de desnudos, de bailarinas y las entregó a Marito. Este último las hojeó asustado hasta que, de pronto, descubrió que este hermano/profesor le estaba tocando la bragueta, como si quisiera masturbarlo. “Fue para mí un escándalo y yo me eché a llorar y a gritar”. El religioso se asustó y lo dejó salir pidiéndole que se calme. Lo que Varguitas no dijo porque de repente no lo asumió, es que la palabra “incidente” le queda corta a una experiencia que hirió seguramente su niñez y su vida como fueron heridas miles y miles de niñas y niños confiados al cuidado de sacerdotes y religiosos portadores de sus propios dolores, traumas, enfermedades, deformaciones bajo patrones comunes y que la Iglesia Católica y otras tienen que hacerse cargo mirándose con valentía en el espejo del infierno que habita en sus entrañas.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Cuatro historias, dos preguntas

/ 24 de octubre de 2021 / 01:04

Antonio Costas, exvicepresidente del Tribunal Supremo Electoral, contó hace días, en esta casa periodística, su irregular detención después de las elecciones de 2019: primero le dieron la bienvenida con un «callejón obscuro» en el Comando General de la Policía después de detenerlo en su casa a las 20.30 de aquel domingo. Patadas y puñetes estando él ya enmanillado. Les dicen, a él y a la entonces Presidenta del Tribunal Supremo Electoral, que los llevarían a la Fiscalía, pero en realidad los conducen al Comando de la Policía para exponerlos como vulgares delincuentes a los medios. Lo que sigue es tres meses en la cárcel de San Pedro. Suficiente tiempo para dar un curso de computación a los presos. Sigue un año y cuatro meses con detención domiciliaria. “En mi casa miraba el sol, no tomaba el sol; lo tomé cuando me fui a vacunar”, cuenta. «Acusados con un informe apócrifo de la OEA; nos acusaron de nueve delitos», recuerda Antonio. «11 delitos», corrige Idelfonso.

Idelfonso Mamani, vocal del TSE en 2019, vivió hostigamiento los días previos. Un viernes a las 17h00 se presentó a la Fiscalía. El Fiscal le dice que está ocupado y que vuelva el lunes. Así lo hace y el lunes lo detienen antes de tomarle su declaración informativa. No quisieron darle ni un vaso de agua. «No me permitían ni hablar», insiste. Misma receta: celdas policiales, celdas judiciales y a la cárcel. Fiscales y policías abusaron, a todas luces y en plena obscuridad mediática. A diferencia de Antonio, a Idelfonso le tocó un año en la cárcel de San Pedro. Hubo etapas en las que no permitían la visita de sus familiares, no le permitían el contacto con su abogado, tampoco salir a un centro de salud, repasa el abogado. Plena pandemia, se contagia de COVID. Es junio de 2020: sale a un centro médico custodiado pero no lo querían recibir. Por la amistad con un médico es internado y en algunos días se restablece. Como no había espacio allí, es trasladado a un centro de recuperación con una lista larga de medicamentos. En cuanto llega, las patrullas lo devuelven al penal; una vez que pasa la puerta de la prisión, le quitan los medicamentos, lo ingresan solo, a una celda, en el fondo de un callejón donde están estas carceletas de castigo. “No hay cama, puro cemento”, nos comparte Idelfonso. No hay nada. Sin tomar agua, sin alimentación, sin ropa. Prohibido ver a su familia durante días, otra vez. “No se podía ver ni al policía”. Se apiada un interno que intercede por él y lo sacan otra vez a un centro médico. Ni una palabra en los medios.

Esta semana la Embajada de Estados Unidos pidió en una carta al Gobierno boliviano el «desmantelamiento de grupos de seguridad paraestatales violentos». Solicitó que se apliquen las recomendaciones del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) y que se cumpla el anuncio de Luis Arce. Hay que saber que Kathryn Ledebur, activista de derechos humanos y directora de la Red Andina de Información, recibe hace dos años amenazas a su seguridad física. El documento enviado al Viceministro de Seguridad Ciudadana hace referencia a otras personas estadounidenses amenazadas por su trabajo en derechos humanos. La carta enfatiza la urgencia de la situación de Ledebur y solicita por tanto una acción inmediata. Imposible no pensar en Thomas Becker, abogado de las víctimas de la masacre de octubre 2003. Este norteamericano hoy está apoyando a las víctimas de las masacres de Senkata y Sacaba del gobierno de Jeanine Áñez. Thomas denunció en este mismo medio que en los últimos días recibió «ataques». El lunes del último paro cívico en el país, «grupos cívicos» lo rodearon en La Paz: que lo detendrían, que lo expulsarían o matarían. «Una posición irónica para quienes supuestamente protestan contra la persecución», escribió Thomas en su cuenta de Twitter. Kathryn, por su lado, apunta a la Resistencia Juvenil Cochala (UJC) cuando describe las amenazas recurrentes y el hostigamiento en su contra hace dos años. Circulan videos señalando dónde vive, la tildan de terrorista. Los abogados de los líderes de la UJC la acusaron de ser partidaria del MAS. En el actual contexto, no es un dato menor que la Embajada norteamericana haya reconocido el peligro de estos grupos paraestatales. Paulo Abrao, exsecretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, aplaudió el gesto. Mientras tanto, el actual Gobierno haría mal en olvidar por un minuto que el informe del GIEI confirmó la complicidad de miembros de fuerzas policiales con los grupos de choque de las resistencias civiles que operaron en su momento como fuerzas policiales y los bolivianos haríamos mal en pretender que aquí nada pasó.

Antonio Costas, Idelfonso Mamani, Kathryn Ledebur, Thomas Becker. ¿Qué une estas historias? ¿Y qué las diferencia?

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Loro y oro

/ 26 de septiembre de 2021 / 00:25

Los periódicos, y más los periódicos de papel, siguen siendo los misteriosos espejos de sus sociedades de carne y hueso. Lo son en sus informaciones, lo son en las opiniones de sus colaboradores o columnistas, lo son en sus interpretaciones periodísticas pero también tienen reflejo sus publicidades, sus necrológicos o sus fríos avisos clasificados. Recuerdo ahora mismo el trabajo del profesor e investigador belga Gabriel Ringlet que, en la Universidad Católica de Lovaina, publicó un largo análisis de los necrológicos de los diarios. Resulta apasionante constatar cómo en estos espacios pagados para anunciar la partida de nuestros seres queridos, se dibujan los contornos de los imaginarios que nos definen como colectividades. La manera de evocar la muerte, como las formas de expresar nuestro dolor y enviar condolencias, nos pinta de cuerpo entero y pone de manifiesto nuestros esquemas de creencias, de valores en los universos colectivamente compartidos. De una manera muy similar, los anuncios comerciales nos retratan en los códigos de nuestro relacionamiento: «Divorcios rápidos. Servicio garantizado. Bs 800»; «Gema divina, doctora del amor. Psíquica mentalista vidente. Elogiada y respetada en países internacionales de alto nivel. Avala amplios estudios, nuevas y antiguas técnicas en macumba blanca y magia africana. Sacude a tu pareja con habilidad. Domina el corazón y la mente con el elixir del amor, fumadas reales, acaba con los infieles humillados a tus pies. Eficacia y garantía, absoluta reserva», o un sencillo «¡Personal femenino! Aspecto ejecutivo. Asistentes auxiliares( traje formal)». Cientos de ejemplos dan cuenta de la manera cómo vendemos, compramos, buscamos, nos relacionamos.

Es en estas páginas, que en el caso de LA RAZÓN son las Páginas azules del Loro de Oro, donde una poeta cruceña decidió sembrar su palabra. Se llama Graciela González, es también artista visual y tocó las puertas de este periódico buscando compartir un arranque de locura creativa que, sin pensar un segundo, este medio escrito aceptó seguramente porque el apego a la palabra escrita nos hace más sensibles a la palabra creadora, a la que inaugura sentidos y nos inventa mundos. Con entusiasmo a izquierda y derecha, nos lanzamos con esta poeta a la piscina de los avisos del Lorito de Oro. Allí, en la sección Buses y minibuses, Graciela publicó: «Línea 57/confieso/que me siento cómoda en esta familiaridad/esta ruta siempre cambiante que/transitamos todos. Más abajo, en la sección Repuestos escribió: PANDEMIA EN TRÁNSITO/Vuelve a circular/volvemos a compartir/ el mismo aire». En otra hoja, bajo el título Profesionales, Graciela requiere: ¡URGENTE! JARDINERO/Marchito el recuerdo/lo riego y ya no florece./Está podrido amor mío/no trates de revivirlo/pertenece al olvido/Graciela María 70926721. Así, estos avisos/poemas se han insertado en varios rubros de estas páginas comerciales que no se fijan en la belleza de lo escrito, de lo sentido. Sin embargo, ese domingo 12 de septiembre, más de una persona en modo «compro/vendo/busco/encuentro» seguramente experimentó un quiebre rotundo en su quehacer comercial. Encontrar un poema mientras uno busca alquilar un departamento es el gol de media cancha que esta cruceña acaba de anotar en su carrera.

Graciela María González forma parte del colectivo «Por la recuperación de la memoria» y del taller de poesía «Llamarada verde», ha publicado sus primeros textos, ha ganado más de un premio y ha hecho más: ha sacado la poesía de su contexto natural. Todo comienza cuando cruza en la calle una persona que trae bolsas en los pies y, tiempo después, piensa reiteradas veces en buscar a este desconocido a través de un anuncio en el periódico. La idea no hizo sino prosperar en su cabeza. Nada raro: de niña, sus ojos se acostumbraron a pasear con deleite y curiosidad por estos anuncios clasificados deteniéndose en las ilustraciones, en las maneras de decir y de comunicar públicamente. Ya entonces ella inventaba historias para ella a partir de esos minúsculos textos. Y en este septiembre 2021 toma la decisión de escribir textos para cada categoría comercial que encuentra en nuestro Loro de Oro. Ese desafío la lleva a nuestra cotidianidad para ofrecernos poemas que se visten de anuncios. ¿Cómo no acompañar esta locura? ¿Cómo decir «no» a esta voz cruceña dispuesta a emocionarnos cuando menos lo esperamos? ¿Cómo privar a nuestros lectores de perlas de papel como: «RECUERDO EXTRAVIADO/ No es recuerdo tuyo./Me sumergí buscando tu nombre/para encontrarte palabra/ oculta/distante.»? ¿Cómo no subirnos a este sueño con Graciela? ¿Cómo negar papel periódico y tinta a la palabra alada?

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de Adair

/ 12 de septiembre de 2021 / 00:26

El anterior fin de semana, una noticia firmada por mi colega Mónica Arrien en LA RAZÓN me devolvió a las jornadas de la larga noche que Bolivia atravesó en una de sus más dolorosas rajaduras como sociedad: Periodista se salvó de la muerte a manos de un miembro de la RJC. Detrás de este titular hay un nombre propio: Adair Pinto.

Érase una vez un 12 de noviembre (2019, cuándo no); un medio de comunicación había encargado a Adair una cobertura periodística en la ciudad de La Paz. Caminaba hacia la Asamblea Legislativa cuando, de pronto, un capitán de la Policía lo detiene acusándolo de periodista vendido y extranjero, por lo tanto, tenía que abandonar el país. El acusado quiere defenderse y, cuenta él, es rodeado por más efectivos policiales. Le quitan el celular, lo golpean, le vendan los ojos y lo suben a una camioneta a plena luz del día. Alejados ya de este primer escenario, lo obligan a ponerse de rodillas, cuenta, sobre piedras diminutas. Le toca entonces recibir más golpes e insultos mientras le dicen voces con acentos bolivianos, argentinos y colombianos que es un terrorista que vino a Bolivia a armar la resistencia armada frente a la “recuperación de la democracia”. Falta más: vienen los escupitajos y sobran los insultos. En algún momento de la paliza llega una persona que lo saca de esta tortura argumentando a los agresores que Adair Pinto es un periodista y no un terrorista. Su defensa inesperada funciona y le permiten escapar con la condición de no mirar atrás. Qué habrá sentido el periodista cuando se dio cuenta, ya sin venda en los ojos, que estaba en las puertas del gran cuartel de Miraflores (vaya lugar para la ocasión). ¿Qué habrá ganado en ese cuerpo aquel minuto? ¿Se impuso el alivio, el temor, la indignación, la pura bronca? No falta, al día siguiente, quien le recomienda dejar el país pues ya era evidente que asumiría un nuevo gobierno en Bolivia apoyado, entre muchos actores sociales, por la Resistencia Juvenil Cochala (RJC). El periodista decide partir a Argentina, lugar de nacimiento de su padre; pero tarda más en ir que en volver por las razones de siempre: estar cerca de los suyos y trabajar.

¿Por qué este periodista boliviano-argentino paga todo este pato en plena crisis poselectoral? Parece que la madre del cordero de esta múltiple agresión es una de sus investigaciones periodísticas: “Obtuve los antecedentes de los líderes de la RJC; todos tenían prontuario delincuencial, fueron expulsados por FBI de Estados Unidos por estar vinculados al tráfico de armas y drogas con la Mara Salvatrucha de El Salvador”. La denuncia, como plantea la nota de Arrien, casi le cuesta la vida. El 1 de febrero de 2020, el taxi en el que se transportaba en Cochabamba es interceptado por tres personas: Roger, Harold y Cristian. Los hermanitos Revuelta. La canción es la misma: lo insultan, lo golpean y uno remata hiriéndolo con un arma blanca varias veces. La gente en el lugar trata de ayudarlo; la Policía, no. Posteriormente a este último ataque, el agresor es detenido preventivamente mientras el periodista, encerrado en su libertad, recibe las amenazas de noviembre. November rain. Adair le cuenta a mi colega en esa larga entrevista cómo motociclistas rondaban su casa para presionarlo a retirar la denuncia; le cuenta cómo tuvo que ir a vivir con sus padres mientras sus familiares vigilaban por turnos su casa desde una terraza, pendientes de las motos de los jóvenes de esta Resistencia que para algunos es necesaria. ¿Hubo amparo para Adair? Él mismo buscó proteger sus derechos. Respondió la Defensoría del Pueblo, ayudó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y actuó el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Así, gracias a estos amparos, vuelve a Argentina en marzo de 2020, en plena pandemia. Y colorín colorado, este cuento no ha terminado porque como muchas historias nacidas de nuestra noche boliviana, está en pleno proceso de reconocimiento, está buscando las palabras para contarse y unirse al gran rompecabezas de un país quebrado donde el sufrimiento de las víctimas no tiene partido político, es el dolor y la vergüenza de habernos apuñalado como sociedad. Debe ser este dolor y esta vergüenza que explican que hoy muchos evitan mirar al otro. Las miradas se evitan en el mercado, en las oficinas públicas, en el centro de vacunación, en el bus, en los bancos. No hay contacto visual, no hay palabras que hoy nos acerquen. Esta A amante está entre quienes sí creen que el país está profundamente dividido y herido. Los medios están diariamente llenos de declaraciones de una parte y otra de las lecturas políticas de la noche que pasamos. Las calles están llenas de silencios adoloridos. Y eso duele.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La fotografía

/ 29 de agosto de 2021 / 00:31

Hubo fraude y no golpe; hubo golpe y no fraude, hubo fraude y golpe; no hubo fraude ni golpe; me importa un rábano y otro rábano. Éstas son las principales categorías pero no las únicas de los posicionamientos de los bolivianos respecto de los dramáticos acontecimientos que estallan durante el recuento de votos de las elecciones generales del 2019. El primer informe de la OEA bajo la dirección del entonces secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Paulo Abrão, ya planteaba los grandes ejes del descalabro. Sin embargo, las trabas del gobierno transitorio y el papel de Luis Almagro en la salida de Abrão quitaron impulso a un trabajo que hace pocos días recobró fuerza y verdad con las cientos de páginas entregadas por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI). Los principales actores públicos leyeron con los lentes de sus intereses políticos, de sus verdades preestablecidas y caprichosas. Así, hay tantas lecturas como intencionalidades. Bajo ese mismo derecho, pongo en este cuadrado de papel o pedacito de pantalla, la lectura de la A amante que en situaciones como ésta quiere ser más amante que parlante, más amante que pensante.

El documento sobre la violencia y la violación de derechos humanos en 2019 muestra la indolencia con la que se trató, desde el poder, al prójimo, a la prójima. Información ampliamente sustentada que a su vez es la foto de un Estado raquítico y una democracia contaminada de odio político y de un racismo de siglos, una sociedad quebrada por la diferencia y el desprecio, todo representado en medios de información presos de los mismos síntomas, repitiendo los discursos irracionales de que se mataron entre ellos o de que querían volar la planta de Senkata sin buscar en esos días, a las víctimas de la violencia y la muerte. Y tantas esquinas en las que grupos física o simbólicamente violentos hacían el streap tease de su mezquindad y su intolerancia.

Acabamos de recordar los 50 años del golpe banzerista del 21 de agosto de 1971 y resulta que nuestra celda sigue siendo la misma. Se perpetraron, en nuestras narices, masacres, ejecuciones sumarias, torturas, persecuciones, detenciones ilegales, violencia sexual, todo envuelto en discursos de odio, decorado con variedad de actos racistas. Nuestra celda, como en el pequeño mundo de Banzer, es obscura, fría y apesta.

Esta A amante está del lado de las víctimas. Es, como siempre, el lado de los más desamparados, de los discriminados, de los pobres, de las mujeres, de los indígenas. Es un lado que está a espaldas del Estado. Ay, el Estado: esa estructura sin rostro que quiere estar en todo y está en tan poco; esa criatura de piel helada; extendió su brazo policial y su brazo militar con la autorización de un gobierno transitorio extraviado en su poder y ciego en su venganza. No fue para abrazar y defender a su pueblo, como insiste alguna activista de los derechos de ciertos humanos únicamente, fue para disparar, para torturar, para agredir sexualmente a las mujeres pobres e indígenas. Como hicieron ciertos médicos de este mismo Estado atrofiado cuando se negaron a atender, por ser “indios” o “masistas”, a los heridos de bala de esos días. Está escrito en el informe. Está sellado en el corazón y en la memoria y después de este documento, no podemos dar un paso más con estas Fuerzas Armadas, no podemos dar un paso más con esta Policía.

En ese otro lado también está el sistema de justicia con sus tentáculos corruptos, con sus omisiones, con sus acomodos al poder del día, con sus laberintos que nos están enfermando como sociedad. Ni un paso más con este sistema judicial que detiene ilegalmente, que funciona según el color político de turno en el poder o según el color de nuestra piel.

En los últimos días el país se volvió a tensionar con el debate sobre las condiciones de Jeanine Áñez en la cárcel y, pese a tener delante de nosotros este informe que nos está suplicando actuar con honestidad, responsabilidad y justicia, los enfrentamientos en la puerta de la cárcel de mujeres nos volvieron a poner en el borde. Ante la indolencia con una mujer presa que hoy sufre, las exigencias de respeto de los derechos visiblemente selectivas que guardaron un sonoro silencio cuando se violaron los derechos fundamentales de otras mujeres y hombres durante el gobierno transitorio o los insultos más hirientes al que levanta una wiphala, se abre un vacío que corta las venas de este país que es nuestra única casa. Es un vacío que nos persigue. Es el vacío del milenario desencuentro.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Las lágrimas de Lionel

/ 15 de agosto de 2021 / 00:44

Primeras horas de la mañana en Sudamérica. De pronto, hasta para una no futbolera como quien escribe, parecía que el centro del mundo se instalaba en esa sala del FC Barcelona. Un parco presentador de la conferencia de prensa anuncia, en catalán, la intervención de Messi. Poca gente para tamaño astro; su pareja y sus tres hijos en primera fila; sus compañeros sentados en algún lugar de la sala. Se esperaba a un Messi sereno, por lo menos en los primeros minutos, sereno. Pero contra todo pronóstico, no entró el seis veces Balón de Oro, entró Lionel.

Lo vi y me vino a la mente un texto de un columnista de LA RAZÓN, Jorge Barraza, a propósito del cumpleaños del gigante de las canchas. Un diálogo en el que el primer profesor de ese pibe menudito le decía que si no pasaba la pelota, no había partido. Lo vimos hace contados días y nadie se despistó con ese Messi metido en un terno azul nostalgia y con el único escudo de su cubreboca cuando lo que necesitaba era un cubrecorazón y nos dimos cuenta, millones, de que no era el diez de 34 años quien intentaba hablar en el micrófono. Había entrado el chico de trece años que arañaba, hace más de dos décadas, una oportunidad en el prestigioso Barça. Lo vi y mi corazón inamoviblemente maradoniano se abría con maternidad a un Lionel que salía ante las cámaras ya destrozado. Lloraba sin consuelo un niño que ya no jugaría en su campo, lloraban sin remedio sus compañeros que ya lo sabían ausente. Mientras tanto, el presentador repetía con voz de hielo que el jugador tomaría la palabra y que posteriormente vendría una ronda de preguntas. Le faltó decir que el Barça quería que todo acabe pronto para poder sacar de sus muros la imagen enorme de su artista veloz, ágil, hábil, certero, mago, goleador hasta el cansancio. Que hable y que se vaya. “Le haremos el homenaje que quiera”, dijo una de las voces autorizadas del club de toda su vida. Pero ni con diez presentadores. Ese niño rosarino se quebraba en una intragable tristeza y los segundos buscando tapar el llanto escribían la eternidad más gris del último tiempo del planeta del fútbol. Presa su voz en esas franjas rojas y azules que lo mecieron desde su infancia, admitió que hace un año sí quería irse pero ahora no, así de contradictorio, así de simple. Hablaba el niño, sentía el niño, lloraba el niño. En la otra esquina de la ruptura: Laporta. Qué gran apellido para tirarle la puerta en la cara a Leo en el último minuto. ¿Que el asunto es mucho más complejo de lo arriba descrito y que hay capítulos anteriores que no hay que olvidar como no hay que pasar por alto los millones que van y vienen en las narices de un planeta empobrecido por la pandemia? Cierto. Pero de que el Barça le daba una fuerza emocional al ya bien esculpido héroe que lo abrigó con 35 copas, también. 

Propongo para este domingo este más que comentado episodio porque resulta casi inverosímil que el gigante del fútbol, con una carrera trabajada con rigor, con pasión, con sed de arco, con timidez, con alegría de niño y después de haber vivido una gloria después de otra y de haber ganado un millón multiplicado hasta donde no llega nuestra imaginación, la vida lo ponga contra la pared. Ya no juegas aquí, ya no entras al campo, ya no tienes estos compañeros y ya no tienes esta camiseta. Ni los trofeos ni el dinero pueden nada cuando se lastima al niño. No hay vacuna contra las lecciones de la señora vida; ella nos desafía cada día, nos plantea acertijos, nos pone a prueba. Como dijo Eduardo Galeano, para tener aliento, hay que tener desaliento; para levantarse hay que saber caerse; para ganar hay que saber perder. La vida es así. Lo sabe el pequeño Lionel, hoy abrazado por un París enamorado del Messi de 34 que acaba de sufrir el golpe más duro. Paris vaut bien un Messi (París merece un Messi) tituló un impreso francés; Messi beaucoup, acertó otro medio especializado; el número de seguidores del Paris Saint-Germain crece que da miedo; la camiseta con el 30 de Messi ya es un fenómeno; la fiesta en las calles francesas le terminan de secar las lágrimas al rosarino que tendrá que acostumbrarse a los ángeles y demonios que habitan la ciudad de las luces. Mira por la ventana y le sale una sonrisa que consuela a millones en el mundo.

Mientras tanto, en la ciudad de El Alto, a María, una trabajadora del hogar, le dijo su hijo: “Si de verdad eres mi mamá, me vas a comprar la nueva camiseta de Messi con el número 30”. Me la compraré también. Por la esperanza de un mañana.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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