Voces

lunes 25 oct 2021 | Actualizado a 04:22

Símbolos

/ 10 de octubre de 2021 / 00:14

Durante estas semanas hemos sido testigos de un interesante debate acerca de la validez, la historia y la pertinencia de símbolos como la wiphala y la flor/bandera de patujú. El detonante de este debate fue el 24 de septiembre, cuando sucedieron dos eventos estrechamente relacionados: el Gobernador cruceño cambió intempestivamente el programa del acto cívico de homenaje a Santa Cruz, con el fin de impedir el uso de la palabra al Vicepresidente del Estado y en ese momento presidente en ejercicio David Choquehuanca. Inmediatamente después, la wiphala, símbolo patrio explícitamente reconocido en la Constitución e izado por el propio Vicepresidente, fue retirada del mástil y de la plaza. Días más tarde, y como consecuencia del revuelo, un joven miembro de la Juventud Cruceñista intentó izar una bandera con la flor de patujú en la plaza Murillo. La Policía lo impidió.

Hay muchos símbolos, sentidos y significados que se hilvanan en este debate, algunos más relevantes que otros. La validez de la wiphala como símbolo en el oriente recibió mayor atención que lo verdaderamente importante: la falta de respeto a la investidura del Presidente en ejercicio y la connotación adicional que puede tener debido a la identidad indígena del Vicepresidente.

Seguro habrá quienes descalifiquen mi duda como una especulación quisquillosa, pero igual me pregunto: ¿El gobernador Camacho le habría hecho el mismo desplante al presidente Arce? No es que en otra persona el gesto maleducado habría tenido otro valor u otro calibre, sino simplemente porque hay siglos de historia detrás de la negación de la palabra al indio por parte de quienes se creen “blancos”.

Tanto en el desplante descrito como en palabras y gestos antes y después del acto cívico mencionado, el gobernador Camacho ha demostrado de forma clara su desprecio señorial hacia quienes considera “otros”: los masistas, los indígenas y los collas —tres categorías que el vicepresidente Choquehuanca representa a mucha honra.

Gabriel René Moreno lo dijo en el siglo XIX y la ideología encarnada en el Comité pro Santa Cruz lo expresa a diario: “Los enemigos del alma (cruceña) son el colla, el camba y el portugués”. Cuando René Moreno dice “camba” se refiere al cruceño rural, al indígena de tierras bajas, al peón, aquél a quien la élite llamaba camba despectivamente antes de que esa palabra se resignificara como una marca de identidad regional. Cuando dice “portugués” se refiere al extranjero que amenaza el poder local. Cuando dice colla se refiere al boliviano nacido fuera de Santa Cruz, sea o no sea indígena. Para el “alma” regionalista cruceña el colla siempre es un “otro”, aunque viva en Santa Cruz por décadas.

Más allá de sus atributos personales, Camacho simboliza esa actitud cruceñista, señorial y patrona. Choquehuanca representa lo indígena, lo colla y lo subalterno. Cuando uno niega al otro la palabra y le hace un desplante público en un evento oficial, lo está haciendo no contra el individuo que comparte con él la palestra, sino contra los millones que éste representa. Aunque el desplante haya tenido objetivos meramente políticos, es imposible no leerlo en términos regionales y étnicos.

La iza de la wiphala en el acto cívico cruceño se puede también leer como un intento de sentar presencia indígena y colla en el centro del poder político de Santa Cruz. La iza de una bandera con el patujú tiene la misma intención: sentar presencia cruceña en la plaza Murillo. Ninguna de estas dos acciones reviste demasiada importancia, pero han concentrado visualmente una confrontación política y discursiva que se sigue intensificando.

Verónica Córdova es cineasta.

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Criar cuervos

/ 24 de octubre de 2021 / 01:11

Así como en las películas de vaqueros los buenos llevan el sombrero blanco y los malos el sombrero negro, en la mitología europea medieval el negro cuervo era de mal agüero, mientras la blanca paloma era la mensajera de Dios. La cultura occidental ha sido pródiga en ese tipo de encasillamientos: todo lo oscuro es peligroso, sucio, malvado; todo lo blanco es bello, puro y angélico. En ese proceso mientras la paloma es símbolo de paz, el pobre cuervo ha terminado siendo símbolo de cobardía, de envidia y de traición.

Por eso resulta especialmente problemático que el señor Rómulo Calvo, presidente del Comité Cívico pro Santa Cruz, se haya referido a ciertos habitantes de ese departamento como “cuervos”. Ante el revuelo que se produjo, afirmó después que lo habían sacado de contexto. Vamos, pues, a poner sus palabras en contexto.

La declaración estaba específicamente referida a los habitantes de Santa Cruz que participarían de la movilización de desagravio a la wiphala convocada por el Gobierno. A ellos los calificó como “gente malagradecida que viene a esta tierra buscando mejores días”, les solicitó que no vayan “en contra de la tierra que les da de comer” y les advirtió “que no sean cuervos”.

Hace poco más de un año, el mismo señor hizo unas declaraciones parecidas. Esa vez, en el contexto de los bloqueos de caminos exigiendo la realización de elecciones, llamó a quienes bloqueaban carreteras en Santa Cruz “bestias humanas indignas de ser llamados ciudadanos”. Afirmó además que se trataba de “colonos que muerden la mano de la tierra que les abre sus brazos para que salgan de la pobreza”.

En ambas declaraciones el insulto y la advertencia va dirigido a un grupo específico: los habitantes de Santa Cruz que no han nacido en tierras cruceñas. Esas personas, para Calvo, deberían estar agradecidas por tener el privilegio de ser aceptadas en su territorio, que además les da de comer y las ha sacado de la pobreza. Esos bolivianos, para Calvo, son por definición “colonos”.

Más allá de su significado en el diccionario, esa palabra tiene en Bolivia importantes referencias históricas. Se llamó colonos a los migrantes de todo el país que se trasladaron a Santa Cruz en los años 50 como parte de un plan de diversificación económica llamado “la marcha al Oriente”. Con el tiempo, la palabra colono se usó como sinónimo de peón para referirse a los trabajadores rurales que no poseen tierra propia y trabajan para un patrón. Llamar a todo migrante a Santa Cruz colono implica jerarquizarlo como peón de la “tierra que les da de comer” y, por extensión, de quienes se autoproclaman sus “líderes morales” (o sea, su Comité Cívico).

Asumiendo que las definiciones de Calvo se aplicaran a toda Bolivia, de mí podría decirse que soy una colona, puesto que nací en Cochabamba pero vivo en La Paz. ¿Deberían entonces los paceños nacidos en La Paz advertirme que no sea cuerva? ¿Deberían sus autoridades pedirme agradecimiento porque se han dignado recibirme? Que yo sepa, como boliviana tengo el derecho de vivir en cualquier ciudad o departamento, que es tan mío como el lugar donde he nacido. Desde que soy mayor de edad, además, nadie “me da de comer” — menos una ciudad o un departamento. Yo misma, con mi esfuerzo personal, genero mis propios ingresos y de paso contribuyo al bienestar común al pagar impuestos.

Que yo sepa, solo en Santa Cruz hay quienes se atribuyen la propiedad del territorio nacional y se atreven a jerarquizar a sus habitantes de acuerdo al lugar de su nacimiento. Al menos yo, en La Paz nunca he sentido que me traten como a peón o colono. Todo boliviano es tan dueño de Santa Cruz, tiene tanto derecho a habitarla y quererla, a vivir allí y contribuir a su desarrollo, como lo tiene Calvo. Aquí los únicos cuervos son quienes se apropian de lo que es de todos.

Verónica Córdova es cineasta

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Vienen los indios

/ 12 de septiembre de 2021 / 00:33

En La Paz hay una ausencia ensordecedora de memoriales, mojones, monumentos o marcas que recuerden el evento más traumático que vivió la ciudad: el Cerco de Tupaj Katari y Bartolina Sisa en 1781. En los museos municipales solo encontramos un diorama que muestra a Katari atado de pies y manos a cuatro caballos a punto de salir corriendo; y una pintura de Florentino Olivares pintada en 1888.

La pintura es prácticamente un mapa de la ciudad en la época, visto desde arriba. Las calles de la ciudad española están desiertas. Solo se ve vida a lo lejos, en los barrios de indios, las laderas circundantes y en la Ceja de El Alto: grandes batallones de rebeldes embanderados, caballos, ganado, tiendas de campaña. Todos miniaturizados por la distancia, esbozados, sin detalle, amenazantes y difusos como sombras.

Extraño memorial que no retrata el hambre ni el sufrimiento de los asediados, solo el miedo. No representa el heroísmo de los vencedores, solo el acecho. No ensalza, ni lamenta, ni explica, ni recuerda: solo congela en el tiempo la disposición de los actores en el escenario de la contienda. Abajo, en la ciudad blanca, ordenada, dispuesta en manzanos diáfanos, los “ciudadanos” se esconden bajo los techos colorados de sus viviendas. Arriba, en las laderas y las montañas, acecha la multitud sin forma, el desorden natural, los “salvajes”.

Un episodio tan espectacularmente dramático como el Cerco, en cualquier otro contexto sería insistentemente memorializado en los discursos simbólicos que conforman una ciudad. Pero eso no sucede en La Paz. El discurso oficial de la historia, como el cuadro de Olivares, cuenta los eventos desde arriba: en una perspectiva fría, deshumanizada, arquitectónica. Las marcas del Cerco se han borrado de la ciudad porque su historia se ha erigido sobre un punto de vista colonial. Los habitantes de La Paz republicana y los habitantes contemporáneos, al recontar los hechos del Cerco se identifican con los españoles y criollos asediados, nunca con los indígenas triunfantes. Tupaj Katari es el Otro, el peligroso, el salvaje. Sus ejércitos, lejos de ser patriotas que luchan contra el dominio español, son hordas irracionales que simbolizan peligro, hambre y muerte.

En noviembre de 2019 La Paz y sus habitantes revivieron y dramatizaron ese cerco mental, que nos ha enseñado a mirarnos a nosotros mismos con ojos de españoles. En la tarde del 11 de noviembre el periódico Página Siete publicó que “una turba de ponchos rojos al grito de ‘guerra civil’ se aproxima al centro de La Paz”. Bajo esa alarma se evacuó a los legisladores de la Asamblea Plurinacional y se estableció un bloqueo perimetral que impidió a los asambleístas del MAS regresar a sus curules, propiciando que la sucesión presidencial del 12 de noviembre se diera en su ausencia. Bajo esa alarma la Policía, afirmando haber sido rebasada, pidió ayuda al Ejército para controlar la situación social. Bajo esa alarma se justificaron las maniobras conjuntas entre ambas fuerzas, con el resultado de decenas de muertos y centenares de heridos en Sacaba y Senkata.

Durante la noche de ese mismo lunes 11 de noviembre, circularon en redes sociales mensajes desesperados clamando que “turbas masistas” y “hordas de El Alto” se aproximaban a los barrios de la ciudad. Vecinos histéricos tocaban los timbres y golpeaban las puertas pidiendo que salgan todos a las barricadas. Que traigan maderas y calaminas, que quemen llantas, que se organicen para defender su casa y a su familia. ¿Defenderse de quién? ¿De qué? ¿Qué pensaban de sus vecinos los habitantes de la ciudad blanca, ordenada, dispuesta en manzanos diáfanos? ¿Qué intención le atribuían a los “ponchos rojos” o a los “alteños” o quien fuera que vive y acecha desde las laderas y las montañas que rodean la ciudad?

La disposición de los actores en el escenario sigue congelada en el tiempo. Ese miedo ancestral, congelado en la pintura de Olivares, reproducido en el silencio sobre el Cerco de 1781, cíclicamente resucitado y transmitido de generación en generación, es lo que nos impide superar el racismo que corre por nuestras venas.

Cuando miramos el diorama con Katari a punto de ser descuartizado por cuatro caballos ¿qué sentimos? ¿Miramos con horror, con lástima, con el nudo en la garganta que genera la injusticia? ¿O miramos con un breve destello de victoria en la mirada? ¿Se lo merecía por alzado, nos decimos? ¿Se lo merecía por terrorista, porque quería hacer estallar la planta de Senkata?

Verónica Córdova es cineasta.

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Vecinas

/ 29 de agosto de 2021 / 00:27

Esta semana mis vecinas se han puesto más ruidosas que nunca. Desde el lunes han golpeado cacerolas, cantado estribillos, reventado petardos. No tienen ventanas que den a la calle, pero a través de las redes han hecho saber el motivo de su protesta: hace mucho que no hay justicia en el sistema carcelario. Pero ahora, además, nos han quitado también la igualdad.

Vivir cerca de la cárcel de mujeres no es tan malo como suena. El edificio es pequeño y anodino, sin rejas, sin carteles, nadie diría que es un recinto penitenciario. Desde lo alto de los edificios aledaños se ve, como mucho, ropa multicolor tendida a secar en azoteas y techos. Las señoras ahí recluidas lavan ropa para el vecindario y tejen lindas prendas que se venden a precios muy módicos.

Alguna vez mi trabajo audiovisual me llevó a visitarlas, a escuchar sus historias y saber que son como casi todas las mujeres en Bolivia: fuertes, sabias, resilientes, solidarias. La mayoría dice estar presa por su mala suerte, unas pocas reconocen sus errores, todas lamentan la injusticia.

Es una comunidad sui generis. Hay, como en todas partes, rencillas y miramientos, peleas y amistades, lágrimas y maledicencias. Como es común en las cárceles bolivianas, la organización es la clave de la convivencia. Si bien nunca faltan las desavenencias, en general las decisiones se toman en conjunto y se cumplen entre todas. La amalgama que sostiene la convivencia pacífica es la relativa horizontalidad de la vida cotidiana.

Claro: no todas vienen de la misma clase social, ni tienen la misma trayectoria. Hay todo tipo de historias, que se cargan como cadenas invisibles y marcan las relaciones, las costumbres y las confianzas. Pero una vez adentro del penal, las diferencias se disuelven relativamente: todas necesitamos sobrevivir, todas compartimos el sol, el frío, el cansancio y la pena. Todas estamos, finalmente, presas.

Por eso la rabia de estos días: se ha roto esa mínima norma de convivencia entre mis vecinas. Lo dicen en sus gritos: “Jeanine, no mientas, vives como reina”. Lo dicen en su carta: “Nosotras también somos mujeres, madres, hijas… nosotras también estamos con depresión severa, diabetes, cáncer, hipertensión, migrañas y por culpa de la señora Áñez ya no contamos con un consultorio médico para nuestra atención. Pedimos un trato igualitario, sin privilegios para nadie porque todas somos iguales”.

Muchas veces se confunde justicia e igualdad, y son dos cosas distintas aunque relacionadas. Justo es lo que corresponde, y hemos aprendido a creer que a todos nos corresponde lo mismo. Igual trato, iguales derechos, iguales obligaciones, iguales castigos. Si ambas estamos presas por haber cometido un delito, lo justo sería que tú y yo tengamos iguales condiciones de encierro. Quizás una de las dos esté presa más tiempo que la otra, de acuerdo con el crimen cometido y su sentencia. Pero fuera de esa diferencia, la cárcel se supone que nos iguala.

Pero sabemos que eso nunca pasa. Nuestras cárceles tienen pabellones diferenciados de acuerdo con cuánto pagas por tu “celda”. Hay presos que tienen refrigerador y televisión por cable, y otros que duermen a la intemperie. Hay presos que para comer deben trabajar de mensajeros o guardaespaldas, y quienes al no tener recursos para comprar su seguridad están sujetos a todo tipo de violencias. Nuestras cárceles son tan injustas y crueles como nuestra sociedad misma.

Lo justo sería que se iguale la situación de todos los presos hacia los estándares que Jeanine tiene. Celda individual con baño privado, visitas diarias de sus hijos, preocupación por su salud mental, además de la atención médica necesaria. Nadie debería estar tan desesperada como para pensar en suicidio. Ni la señora Áñez, ni ninguna de mis vecinas.

Verónica Córdova es cineasta.

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Edificios, museos y monumentos

/ 15 de agosto de 2021 / 00:30

Las fiestas de agosto han salido de su pomposa rutina anual por dos eventos polémicos. Por un lado, la inauguración de una nueva infraestructura que le da dignidad a la Asamblea Legislativa Plurinacional. Por otro lado, la movilización de un grupo de jóvenes que intentaron derribar la estatua de Cristóbal Colón, logrando solo desnarigarlo y pintarle el rostro de negro.

En el caso del edificio de la Asamblea Legislativa, los asambleístas de oposición se negaron a participar en la sesión inaugural, alegando que se trata de un lujo innecesario. Según ellos, era preferible que se siga sesionando en el antiguo edificio donde solo unos pocos privilegiados contaban con oficinas y escritorios. Para los asambleístas de Comunidad Ciudadana era mejor que los diputados se sigan sentando en curules centenarios, codo a codo con el compañero, sin posibilidad alguna de guardar distancia social en pandemia. Para su mentalidad colonial, los representantes electos para legislar Bolivia no merecen tanta comodidad y respeto. ¡Habrase visto semejante atrevimiento!— comentan azorados los asambleístas de Creemos mientras vuelan a pasar el fin de semana en Santa Cruz, donde disfrutan condominios privados con playa artificial y arena traída de Bahamas.

Similar actitud generó en su momento la inauguración de la Casa Grande del Pueblo. La dictadura de Jeanine Áñez incluso llevó a la prensa boliviana a filmar la ignominia y el derroche: ¡Imagínense ustedes! ¡Un Presidente de Bolivia se atreve a tener una cama, un peine y un cepillo de dientes en el lugar donde trabaja hasta 15 horas por día!

Desde que se ha democratizado el poder y los representantes electos por el pueblo se le parecen en fisonomía, cultura y costumbres, la comodidad de las infraestructuras de gobierno no se critican por austeridad, sino por simple racismo. Es la misma lógica con la que se construye departamentos con duchas inteligentes y mesones de mármol, pero se destina cuchitriles con piso de cemento y sin ventanas para que viva “el servicio”.

Aun no se ha definido qué hacer con el antiguo edificio de la Asamblea, ahora desocupado. Dicen que se convertirá en un museo. ¿Qué tipo de museo será?, me pregunto. ¿Otro monumento a la colonialidad, otro espacio dedicado a que los próceres cuelguen sus fotografías? ¿Cuántos salones de la fama tenemos ya, plagados de hombres blancos, cultos, de levita, de corbata o de charreteras, mirándonos desde su altura en salones que nadie visita? ¿Cuándo la historia se convirtió en un montón de objetos empolvados en vitrinas? Es urgente revisar el rol que juegan los museos en momificar lo vivo, el petrificar los procesos, en solidificar las versiones y santificar una sola mirada de los hechos. Esa misma mirada que nombra calles, define héroes y erige monumentos.

Como el monumento a Colón, que donaron los residentes italianos en Bolivia y adorna el centro de la ciudad de La Paz hace casi un siglo. No se puede negar que el artefacto es bonito: mármol blanco tallado por un insigne artista, una obra de arte en pleno derecho. Me pregunto, sin embargo, qué dirían los habitantes de Israel si la comunidad alemana donara (con la mejor de las intenciones) una hermosa estatua de mármol de Hitler y la situara en una plaza céntrica de Tel Aviv. ¿La defenderían por ser una obra de arte y un patrimonio histórico? No es una comparación exagerada: El nazismo de Hitler persiguió, torturó y asesinó a seis millones de judíos. El colonialismo de Colón persiguió, torturó y asesinó a cien millones de indígenas en el continente americano.

Hay quienes proponen quitar la estatua de Colón y las de otros colonizadores que pueblan nuestras plazas para, en lugar de destruirlas, trasladarlas a museos. ¿Qué tipo de museos serán?, me pregunto.

Verónica Córdova es Cineasta.

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Gusanos

/ 17 de julio de 2021 / 23:30

Hay una raza vil de hombres tenaces, ya los describió José Martí hace más de un siglo. Inflados de sí mismos, hechos de pura garra y diente, sin una gota de decoro humano en el pecho ni en las intenciones. Ostentan como una medalla su avaricia y son capaces de todo con tal de satisfacer su gula por la riqueza ajena. Son quienes sin ápice de conciencia bloquean, amenazan, invaden, asesinan, hunden, destruyen, mienten, conspiran, saquean; y sin ápice de vergüenza después culpan a su víctima de todo el latrocinio que provocan.

No hace falta que los nombre. Todos saben, al leer sus atributos, a quiénes me refiero.

En Cuba aprendí a llamarlos gusanos. Y no: no son quienes se fueron buscando una vida lejos de las estrecheces. Son quienes con crueldad y descaro las provocan.

Desde hace más de medio siglo los gusanos atenazan a Cuba con un bloqueo genocida. Hay quienes no entienden qué significa realmente para un país vivir de esa manera. El músico británico Roger Waters lo puso muy claro, déjenme parafrasearlo: Imagínate que al matón de tu barrio le interesa tu casa, pero tú no quieres vendérsela. Entonces él la cerca con alambres de púa y sicarios armados. No te deja salir a trabajar, no deja que entren alimentos, ni medicinas, ni ninguna otra cosa. Te cancela las cuentas bancarias. Si algún vecino solidario trata de ayudarte, lo muele a palos. Evidentemente, al poco tiempo de pasar hambre y encierro tus hijos empezarán a desesperarse y puede que alguno de ellos trate de huir por la ventana. Al verlo, imagina que el matón te trate de inepto, de abusivo, de mal padre y llame a la policía para sacarte a la fuerza, bajo el pretexto de atender la crisis humanitaria en la que él y sus arbitrariedades pusieron a tu familia.

Eso es lo que hacen los gusanos: para poder robar aprietan, maltratan, engañan, amenazan. Si todo eso falla, no tienen el más mínimo reparo en asesinar. O, como lo prueban hechos recientes, contratar mercenarios para que maten por ellos. Luego, con la más inocente de las sonrisas se sientan a la mesa, se anudan una servilleta en el pescuezo y se parten el planeta a dentelladas. ¿Hay acaso alguien que no los reconozca? Palestina, Irak, Afganistán, Libia, Yemen, Siria, Haití… ¿Hace falta seguir enumerando la lista de sus víctimas?

Cuba no es una víctima, aunque los gusanos tratan desde hace 60 años que lo sea.

Es cierto que la pandemia ha venido a paralizar una economía que el bloqueo lleva asfixiando muchas décadas. Es cierto que hay nuevas generaciones desencantadas, que ven las lucecitas de colores que les muestran desde Miami como si fueran aspiraciones ciertas. Es cierto que Fidel ya no está y la legitimidad no se hereda. Es cierto que hace calor y se va la luz y la comida escasea. Es cierto que no es fácil, chico. No es nada fácil resistir por 60 años.

Pero también es cierto que Cuba exporta médicos y educadores, en lugar de exportar mercenarios como lo hace Colombia, o gases lacrimógenos y balas como lo hizo Argentina en tiempos de Macri. Es cierto que, a pesar de no poder adquirir respiradores, medicamentos ni jeringas por culpa del bloqueo, en Cuba ha habido 10 veces menos muertos de COVID por cada millón de habitantes que en Estados Unidos. Es cierto que, a pesar de todas las limitaciones que le impusieron los gusanos por ya dos generaciones, Cuba ha criado maravillosos artistas, grandes deportistas, importantes pensadores, brillantes científicos, enormes seres humanos. Lejos de retraerse sobre sí misma, lamerse las heridas y lamentarse de sus apreturas, Cuba ha sabido inventar sus propias soluciones y compartirlas con el mundo. Ahora son vacunas, antes fueron programas de alfabetización y de salud, escuelas de arte, de cine, de medicina.

Dijo Martí que, así como en el bosque hay tórtolas y fieras, hay plantas insectívoras y puras; en el mundo, además de gusanos, hay también seres de luz que su alma dan para que otros se alimenten. Eso es Cuba y es su revolución. Ningún gusano va a poder con ella.

Verónica Córdova es cineasta.

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