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lunes 25 oct 2021 | Actualizado a 04:24

Transformar los sistemas agroalimentarios

/ 10 de octubre de 2021 / 00:29

El hambre en América Latina y el Caribe aumentó en 14 millones de personas en 2020. Con ello la región perdió lo que había avanzado en 20 años de lucha contra este flagelo.

Al mismo tiempo, la pandemia aceleró la crisis de sobrepeso y obesidad. Cayeron los ingresos de las familias, y aumentaron los precios sobre todo de los alimentos perecibles que son más sensibles a las disrupciones de las cadenas de abastecimiento y distribución. La combinación de menores ingresos y precios más altos de los alimentos hizo que millones transitaran hacia dietas más baratas y de menor calidad nutricional. Ya vemos encuestas que nos anticipan cifras elevadas de obesidad, incluyendo entre niñas, niños y adolescentes.

Son 113 millones de latinoamericanos y caribeños los que no pueden permitirse lo que para ellos es el lujo de una dieta saludable, y están condenados a comer mal, y, por tanto, a enfermarse y a vivir vidas menos plenas. Incomprensiblemente, América Latina y el Caribe es la región del planeta donde es más caro consumir una dieta saludable.

La pandemia ha puesto en riesgo alrededor de 451 millones de empleos a lo largo del sistema alimentario global. En la región, 22 millones de personas más se sumaron a la pobreza en 2020. Este problema es particularmente duro en las áreas rurales, donde el 45% de la población es pobre.

La recuperación económica y social está siendo muy desigual. Los países desarrollados lograrán superar sus niveles de Producto Interno Bruto (PIB) per cápita en 2021, pero al menos 18 países de la región deberán esperar tres o más años para regresar al nivel en que estaban en 2019.

La pandemia ha sido una catástrofe humanitaria con hondas repercusiones sociales y económicas, que nos ha hecho relegar a un segundo plano la madre de todas las batallas de la humanidad, la relacionada con el cambio climático.

El reciente informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) ha sido un campanazo que nos llama a re-enfocarnos. En lo que se refiere a los sistemas agroalimentarios, nos recuerda que el 23% del total neto de emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero se relacionan con la agricultura, la ganadería, la actividad forestal y el cambio de uso del suelo.

Por si fuera poco, está en curso una revolución científica y tecnológica que está generando nuevas realidades a velocidades pasmosas. Un solo ejemplo: en 2020, las inversiones privadas en las empresas de proteínas alternativas en el mundo sumaron $us 3.100 millones, casi cinco veces más que el presupuesto de EMBRAPA, el principal centro de investigación agrícola de la región.

En este contexto, hay quienes se preguntan si es necesaria la transformación de los sistemas agroalimentarios. ¿Deben cambiar su forma? ¿Deben cambiar sus costumbres los actores de estos sistemas agroalimentarios que, dicho sea de paso, nos incluyen a todos nosotros como consumidores?

Es verdad que entre los múltiples sistemas agroalimentarios que existen en el planeta no todo tiene que cambiar. No es necesario cambiar todas las dimensiones, formas y costumbres. Y también es verdad que, en muchos casos, la mejor respuesta al hambre y el cambio climático, o a la epidemia de obesidad causada por la mala alimentación, es conservar más que transformar.

La transformación no será un big bang, ni un solo proceso unificado y centralmente planificado. Será la suma de innumerables transiciones parciales, descentralizadas, con raíces y trayectorias locales y nacionales, autónomas en su origen unas de otras, pero vinculadas por todo tipo de interacciones. Algunos cambios serán muy profundos, otros menos, pero al cabo del tiempo, en 10, o 20, o 50 años más, los sistemas agroalimentarios de nuestros hijos y nietos serán marcadamente diferentes a los de hoy.

Este es y seguirá siendo un proceso en el que los ganadores serán quienes tengan la mayor capacidad de innovación, de adelantarse a los hechos, de descubrir y amplificar las soluciones y las nuevas formas de producir, procesar, comerciar, comprar y vender, y consumir alimentos.

Esta es una era fascinante para quienes se atrevan a pensar con la mente abierta, y una época de negros nubarrones para quienes prefieran atrincherarse en sus formas y costumbres para resistir sin cambiar.

Julio Berdegué es representante regional de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

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Las tierras de los parias

En estos territorios olvidados aún hay millones de niños que crecen con sus vidas mutiladas por la desnutrición crónica.

/ 27 de abril de 2019 / 04:15

En los últimos 30 años, América Latina y el Caribe ha experimentado avances significativos en la reducción de la pobreza y el hambre. Sin embargo, aún en los países con mayores progresos hay territorios rurales que se han quedado atrás, lugares que parecen detenidos en el tiempo, donde las personas viven en condiciones sociales que se asemejan a las que había 50 años atrás. Son territorios olvidados, condenados por simple omisión o por haber sido objeto de políticas que no fueron pertinentes a sus condiciones y necesidades. Están muy lejos de los centros de poder, pero ya no son pasivos o silenciosos. Muchas veces desafían a sus países con caravanas de migrantes que huyen de la pobreza y la violencia, hospedando economías ilegales, o bloqueando inversiones que son vistas como una agresión más.

Según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 14 países de la región hay casi 2.000 municipios en territorios rezagados, los cuales albergan a casi 46 millones de personas. La mitad de esta población vive en el campo y el resto, en pueblos y pequeñas ciudades. Casi uno de cada cinco son indígenas o afrodescendientes. Y uno de cada cinco de sus hogares tiene jefatura femenina. Dependiendo del país, la población de estos territorios rezagados representa entre el 4% y el 16% de la población nacional. Son lugares en países como Colombia, Perú, República Dominicana o Brasil, que en general han reducido fuertemente la extrema pobreza y el hambre a nivel nacional, aunque en sus territorios olvidados aún hay niños y niñas que se mueren de hambre, y muchísimos más que crecen con sus vidas mutiladas por la desnutrición crónica.

Hay quienes proponen que la solución a estos territorios es simple: solo habría que vaciarlos de gente. Convertir a sus campesinos, indígenas y afrodescendientes en pepenadores en los basureros, o en vendedores ambulantes en las calles de las ciudades. ¿Pero las ciudades de estos 14 países están listas para recibir a 46 millones de personas? La migración, cuando es voluntaria, sin duda es parte de la solución, pero plantea sus propios desafíos. No hay que olvidar que miles de campesinos han emigrado en las últimas seis décadas desde las montañas de Guerrero en México, pero ello no ha evitado que muchos miles sigan allí, cultivando la amapola con que se produce la heroína, enriqueciendo los cofres de los capos del crimen organizado. Los territorios rezagados de América Latina y el Caribe no son un mal sueño que va a desaparecer de un día para otro. Y las consecuencias de su abandono no se van a deshacer por arte de magia. Porque esos territorios, aunque han sido olvidados, descuidados, explotados y desatendidos, son parte de nuestros cuerpos nacionales, y tenemos que empezar a tratarlos de la forma en que corresponde.

En la FAO creemos que no hay otro remedio que el desarrollo. Que los millones de hombres y mujeres que viven en estos lugares sean tratados como ciudadanos y ciudadanas que tienen derechos inalienables. No es mucho pedir. Ni siquiera se trata de invertir muchísimo dinero más; la clave está en mejorar sustancialmente la calidad de las políticas y los programas dedicados a estos territorios.

Ello significa menos clientelismo, mejor focalización y fórmulas de innovación apropiadas a las circunstancias de esos lugares y de su gente. También implica acercarlos a los mercados y, sobre todo, mucha, mucha, mucha participación social. Una verdadera participación social que reconozca el valor que posee la gente que habita estos territorios. Después de todo, son mujeres y hombres resilientes que responden si se les da la oportunidad. Porque vivir así no es fácil: se necesita mucha inteligencia social para seguir de pie en condiciones tan adversas.

Para fomentar esta transformación urgente, en la FAO estamos impulsando la estrategia “100 Territorios Libres de Hambre y Extrema Pobreza”, la cual busca que se dé reconocimiento político real a estos lugares, desarrollando soluciones prácticas, innovadoras y apropiadas, que amplíen las oportunidades económicas de los sujetos que habitan las zonas olvidadas. 100 Territorios trabajará para fortalecer esas sociedades territoriales y ayudar a los gobiernos locales a ser más competentes y eficaces, creando puentes que conecten estos territorios a lo largo de nuestro continente, para que aprendan unos de los otros.

¿Es difícil? Sí, es muy difícil. ¿El resultado es incierto? Por supuesto. ¿Requiere mucha voluntad política frente a poblaciones que pesan poco electoralmente? Sí, así es. ¿Pero cuál es la alternativa?

* Subdirector general y representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe. Mariana Escobar es consultora de la FAO, especialista en desarrollo rural.

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¿Podremos alimentarnos sin morir de sed?

Un enorme obstáculo para alimentar a 9.000 millones de personas será la disponibilidad de agua dulce

/ 22 de marzo de 2018 / 03:47

Ciudad del Cabo se está quedando sin agua. Desde el 1 de febrero, el límite de consumo por persona es de 50 litros por día. Si no llueve, se calcula que a partir del 11 de mayo no saldrá ni una gota de agua de sus grifos. Pero éste no solo es un problema de Ciudad del Cabo. En los próximos 30 años tendremos que producir un 70% más de alimentos debido al aumento poblacional y al cambio en la dieta. Un enorme obstáculo para alimentar a 9.000 millones de personas será la disponibilidad de agua dulce. Sin agua, no hay comida; así de simple. Entonces, ¿podremos alimentarnos sin morir de sed?

En los últimos 100 años aumentamos ocho veces la extracción global de agua dulce, hasta llegar a 4.000 km3 anuales, equivalente a casi cinco veces el lago Titicaca. A nivel mundial, de este inmenso mar de agua dulce el 70% se usa para producir comida. El cambio climático añade aún más complejidad al desafío de producir alimentos para todos. Bajo un escenario conservador, países como Perú, Ecuador y Colombia experimentarán un aumento en promedio anual de las lluvias en torno al 30%, pero otras regiones como la Patagonia, México y el centro de Brasil se volverán más secas.

América Latina y el Caribe es la región con la mayor disponibilidad de agua dulce, con casi un tercio del volumen del planeta, y con solo un 9% de la población. En teoría tenemos 24.000 metros cúbicos por persona, un mundo de agua. Sin embargo, esta cifra esconde fuertes diferencias entre países y territorios: un tercio de la población regional vive en zonas áridas y semiáridas. Muchas áreas de Centroamérica, los Andes, el noreste brasileño y el Caribe sufren carencia recurrente o crónica de agua, y los asentamientos de la población no siempre coinciden con fuentes de agua abundantes. Además, existen diferencias climáticas dentro de un mismo país: la precipitación anual de Colombia varía de 300 mm al año en la península de La Guajira a 9.000 mm en la región del Pacífico.

Como tantas otras cosas, el agua también se reparte de forma desigual en América Latina y el Caribe. El consumo promedio por persona es de 240 litros al día, pero el consumo promedio de una familia acaudalada de Perú, que vive en San Isidro, es 25 veces superior al de una familia pobre de Lurigancho.

Pese a lo mencionado, somos una de las regiones con mayor potencial para aumentar de manera significativa su superficie agrícola regada. En la región, dos tercios de este potencial lo tienen cuatro países: Argentina, Brasil, México y Perú. En la región se podría extender el riego a una superficie equivalente a 106 millones de canchas de fútbol. Solo una quinta parte de esa superficie es regada hoy. Esto no es menor: una hectárea regada produce tres veces más comida que una que depende de la lluvia.   Pero no estamos haciendo mucho por aprovechar ese potencial. Al ritmo que hemos invertido en las últimas cinco décadas, tardaremos más de 300 años en aprovechar nuestro potencial de riego.

Expandir la superficie regada es caro. Y tiene un lado oscuro desde el punto de vista ambiental y social. Afortunadamente, hoy existen variedades de plantas y animales que permiten producir más alimentos con menos agua. Además, podemos usar el agua de manera mucho más eficiente, si se modernizan los sistemas de riego y se adoptan técnicas que mejoran la calidad del suelo para que almacene más agua por más tiempo.

Implementar estas medidas requiere de un mayor esfuerzo: más inversión pública y privada, más organización social, mejor gobernanza del agua, de los suelos y los sistemas alimentarios. Y políticas públicas que faciliten todo lo anterior.

Entonces, ¿podremos alimentarnos sin morir de sed? La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) es enfática al respecto: sí, ya que podemos producir muchos más alimentos con mucho menos agua. Pero debemos comenzar hoy mismo.

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Lejos de la meta en la carrera contra el hambre

Tras una larga tendencia a la baja en los niveles de hambre en el mundo, hoy estamos en retroceso

/ 15 de octubre de 2017 / 04:02

El 15 de septiembre se dio a conocer el informe “El Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo”, publicación conjunta de cinco organizaciones de las Naciones Unidas, incluida la FAO. El estudio, de 144 páginas, presenta numerosos resultados y análisis en diversas dimensiones e indicadores, pero el mensaje es uno: tras una larga tendencia a la baja en los niveles de hambre en el mundo, hoy estamos en retroceso.

Se estima que 815 millones de personas sufren hoy hambre, lo que corresponde a un aumento de 38 millones respecto al año anterior. Éste es un retroceso inaceptable, en especial si recordamos que hace solo dos años, los países del mundo asumieron una meta central en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: eliminar el hambre del planeta al 2030.

Complementando el anterior informe, la FAO y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) han publicado recientemente el “Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina y el Caribe 2017”. El mensaje central es el mismo: también en nuestra región estamos perdiendo terreno en la batalla contra el hambre.

Comparando con la última medición, 2,4 millones de personas han caído en condición de subalimentación. En total, 43 millones de personas en América Latina y el Caribe sufren el flagelo del hambre. En siete países, más del 15% de la población está en esta condición: Antigua y Barbuda, Bolivia, Granada, Guatemala, Haití, Nicaragua y Santa Lucía.

Si proyectamos sin cambios las tasas más recientes de reducción del hambre, solo ocho países alcanzarán la meta de Hambre Cero en el 2030: Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Jamaica, México, Trinidad y Tobago y Uruguay. Es decir, hay que hacer un mayor y un mejor esfuerzo para llegar a la meta comprometida.

Brasil, Cuba y Uruguay lideran los progresos hechos contra la subalimentación; y Chile, Argentina y México son parte del grupo de países avanzados. Todos ellos tienen menos de 4,2% de su población carente por subalimentación. No obstante, varios de ellos han entrado en una etapa en que el avance es más lento, justo cuando la meta está ya al alcance de la mano. Desde 1990, México solo ha reducido la incidencia del hambre en 2,5 puntos porcentuales, y Argentina apenas en 1,7. Destacamos el caso de Nicaragua, con una impresionante reducción de 35 puntos porcentuales desde 1990. Bolivia también se mueve a buena velocidad en la dirección adecuada.

Podemos identificar un tercer grupo de países donde el problema empeora respecto al último año. Costa Rica, con 5,6% de su población sufriendo de subalimentación, es uno de los países con mejores cifras, pero el problema ha aumentado recientemente. Antigua y Barbuda, Granada, Perú, Santa Lucía y Venezuela también han retrocedido en comparación con el 2016; y en el último caso, de manera significativa. El reciente retroceso de Perú se debe considerar a la luz del hecho de que este país tiene una trayectoria exitosa de largo plazo, pues ha disminuido el hambre en 22 puntos porcentuales desde 1990, lo que lo deja con solo un 8% de incidencia de subalimentación.

Dadas las tendencias resumidas anteriormente, ¿cuáles deben ser las estrategias para que el 2030 podamos declarar que América Latina y el Caribe es una región libre de hambre, como lo comprometieron nuestros líderes políticos? En países como Guatemala o Haití, que aún cuentan con un alto porcentaje de su población con hambre, es necesario desplegar una estrategia amplia y transversal; es decir que cubra casi cada rincón de sus sociedades. El Plan de Seguridad Alimentaria y Nutricional de la CELAC o la Iniciativa Mesoamérica sin Hambre contienen propuestas basadas en las mejores y más exitosas experiencias regionales. Estos países, pero especialmente Haití, requieren de la cooperación internacional, la que para ser fructífera debe ser acompañada de una voluntad política nacional fuerte y de largo plazo, superando la lógica humanitaria y amarrando la reducción del hambre a la promoción del desarrollo sostenible.

En países que ya tienen la meta a la vista, pero que aún no pueden cantar victoria, la estrategia básica que ha funcionado en décadas anteriores debe ser ajustada. Estas naciones entran a la etapa más dura de la lucha contra el hambre, la que persiste en bolsones sociales y territoriales de pobreza profunda, donde factores como las debilidades institucionales, las desigualdades étnicas y de género, la exclusión social, o el aislamiento geográfico hacen que las políticas habituales sean menos eficaces. Es como el alpinista que busca llegar a la cumbre del Everest: el esfuerzo en los últimos 500 metros es mucho mayor que el requerido en las etapas anteriores, y para alcanzar la meta debe recurrir a estrategias especiales. Desde la FAO proponemos que se identifiquen con precisión los bolsones sociales y territoriales del hambre, país por país, y se diseñe para cada uno de ellos un programa hecho a su medida.

Hay un factor, sin embargo, que es el más importante en cualquiera de los países. América Latina y el Caribe solo podrá anunciar que es una región libre de hambre en el 2030 si es que nuestros líderes políticos, sociales, empresariales, todos y cada uno de nosotros, hacemos realidad la convicción de que tener poblaciones hambrientas es una afrenta a nuestra propia dignidad y una marca vergonzante que no estamos dispuestos a tolerar. 

* es subdirector general y Representante Regional para América Latina y el Caribe de la FAO.

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