Voces

lunes 25 oct 2021 | Actualizado a 02:51

¿Paz por olvido?

/ 11 de octubre de 2021 / 01:12

Hay palabras que pueden ser manipuladas. Si esas palabras no se ponen en un determinado contexto para su comprensión se puede caer inocentemente en un encubrimiento solapado de intereses inconfesables. Una de esas palabras es la paz. Si nos quedamos con el sentido común y aceptado socialmente de esta palabra soslayando las circunstancias socio/políticas de su emisión, quizás se caiga en una trampa perversa. Obviamente, todos queremos paz en nuestra vida personal y pública, nadie en su sano juicio desea la guerra, pero siempre hay la posibilidad que esa enunciación “pacífica” sea en definitiva una emboscada.

Cuando esa palabra es instrumentalizada, se la vacía de su propio sentido ético. En los últimos tiempos, esta palabra fue puesta en la palestra pública por los actores políticos opositores, pero no como resultado de un convencimiento reflexivo de que Bolivia necesita encaminarse por el derrotero para así zanjar la polarización, sino su enunciación es parte de una argucia discursiva. Entonces, esa enunciación a la paz se convierte en un chantaje grosero y, por lo tanto, inadmisible política y éticamente.

El propósito maquiavélico radica en que a nombre de la paz se logre impunidad en torno al golpe de Estado y las masacres perpetrados en noviembre de 2019. Desde esta trinchera periodística siempre hemos sostenido que ambos hechos son execrables para la democracia boliviana. Y, por lo tanto, archivarlos sería un yerro histórico imperdonable porque no solo se estaría negando justicia a las víctimas y sus familiares, sino que se estaría abriendo una puerta para que estos hechos siniestros se vuelvan a repetir.

En el cuento de Jorge Luis Borges Funes el memorioso y en la novela garciamarquiana Cien años de soledad, el tratamiento literario de la memoria tiene diversas e inclusive contradictorias visiones políticas. En el primero, el exceso de memoria conduciría a una perturbación y, por lo tanto, subyace la propuesta del derrotero del olvido para evitar esas turbulencias. Mientras tanto, en el segundo, la memoria forma parte de ese juego temporal circular que teje un imaginario decisivo para que esa narrativa del pasado anide en el presente y, en consecuencia, se esquive al olvido. Y, al mismo tiempo, esa memoria del presente quede intacta para el devenir para que esos sucesos escabrosos no se puedan reeditar nunca más.

El potencial político de la memoria encarnado metafóricamente en los pobladores de Macondo de García Márquez, en su afán de lidiar con el olvido —especialmente el olvido colectivo que los poderosos se empeñan en mantener—, para que los espectros de esos muertos de las masacres, como si fuera un espectro hamletiano, merodeen a sus verdugos para buscar no venganza, sino algo mucho más valioso: justicia.

Esa amenaza vil de paz por olvido por parte de los golpistas es una afrenta a la propia democracia. La pacificación del país pasa necesariamente por hacer justicia, no a cambio de olvido. La investigación, el juzgamiento y la sentencia de estos hechos ominosos deben estar enmarcados en el debido proceso para evitar que esos hechos se queden en el olvido y así abrir las compuertas para la barbarie.

Cicerón cuenta que Simónides, uno de los creadores de la mnemotecnia, ofreció su técnica al político ateniense Temístocles, éste le replicó cínicamente que preferiría dominar el arte del olvido. Quizás, los golpistas quieran emular las destrezas de Temístocles, por eso optan por la narrativa de la impunidad, pero con una amenaza burda: paz por olvido.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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La reconstrucción de la economía avanza

/ 25 de octubre de 2021 / 02:23

La economía boliviana continúa recuperándose, y uno de los principales indicadores que respaldan dicho avance es el repunte del nivel de ocupación urbana en el país, que entre agosto de 2020 y agosto de este año se incrementó en 917.225 bolivianos y bolivianas adicionales que tienen una fuente de empleo y generan ingresos. Estos resultados son innegables, contrariamente a lo que esperarían críticos a los indicadores de recuperación de la economía, como Gabriel Espinoza, que en una reciente publicación en redes sociales nuevamente arremete, esta vez contra las cifras de los avances en el ámbito laboral, con argumentos que no tienen validez técnica e insinuaciones de “manipulación de datos” y “desesperación” del Gobierno, que son completamente falsas.

Al margen de varias imprecisiones en el manejo de cifras y comparación de periodos por parte de Espinoza, el error fundamental de su razonamiento radica en intentar sumar el ascenso de la población ocupada y la tasa de desempleo, con el cual concluye un supuesto nivel de desocupación de alrededor de 22% el año anterior e insinúa que la cifra de incremento de la población ocupada señalada por el Gobierno no es cierta. Este planteamiento es técnicamente incorrecto.

Primero, es importante precisar la forma de cálculo de la tasa de desempleo, que corresponde al ratio entre la población desocupada y la Población Económicamente Activa (PEA), que en agosto llegó a 6,5%. Así, el resto, 93,5%, corresponde a la población ocupada. Es esta población ocupada la que mostró un incremento de 917.225 personas entre agosto de 2020 y agosto de 2021, desde 3.288.419 personas hasta 4.205.644, como se puede apreciar en las cifras del INE y que son de fácil acceso a la población a través de la página web de la institución. Así, añadir la proporción del incremento de ocupados a la tasa de desempleo no tiene lugar.

Una de las formas más precisas de ver esta relación sería, por ejemplo, calcular la diferencia de la proporción de la población ocupada respecto a la PEA en agosto de 2021 respecto a aquella en el mismo mes de 2020, que registra un ascenso de 4 puntos porcentuales, el cual está en línea con el descenso en los mismos 4 puntos porcentuales de la tasa de desocupación en el periodo mencionado.

El incremento de la población ocupada urbana en el país es evidente y varios sectores están mostrando esta recuperación. Por ejemplo, en el rubro de la industria manufacturera la ocupación creció en 28%, en el sector de comercio en 39%, en la construcción en 24%, en la actividad de alojamiento y servicio de comidas en 35% y en el sector de transporte en 17%. Igualmente, la tasa de desempleo se redujo desde el 11,6% que había alcanzado en julio de 2020 hasta 6,5% en agosto de este año, un significativo descenso.

A este resultado se suman muchos otros, como el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de 9,4% en el primer semestre del año en relación al mismo periodo de 2020; el ascenso de la recaudación tributaria en 17% a septiembre, con un importante repunte de las recaudaciones del IVA mercado interno que crecieron en 32%, reflejo del dinamismo de la actividad económica interna; el crecimiento de las operaciones del sistema financiero, con el ahorro que ascendió interanualmente en 8% a septiembre y que muestra la recuperación de la capacidad de generación de ahorro e ingresos de la población, y la mejora de los créditos; entre otros, que configuran los resultados del proceso de recuperación que actualmente vive la economía, y que son innegables, a pesar de voces que al parecer preferirían, por posiciones políticas, que el país no se recuperara.

Claudia Ramos es economista.

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Símbolos en el estado de guerra

/ 25 de octubre de 2021 / 02:11

En horas de la noche del paro convocado por la dirigencia cívica cruceña, el 11 de octubre de 2021, un puñado de unionistas irrumpieron violentamente en una zona populosa, arengando: “El Plan Tres Mil no es masista” y acto seguido, en un hecho oscurantista, quemaban wiphalas. Esa zona cruceña es habitada por pobres y, entre ellos, por migrantes aymaras. Igualmente, el domingo aciago del golpe de Estado perpetrado en Bolivia en noviembre de 2019, exaltados miembros de la Resistencia Juvenil Cochala (RJC) quemaban wiphalas, irónicamente en la Plaza de las Banderas en Cochabamba.

Esos actos medievales se insertan en el estado de guerra que, desde hace 15 años, vive Bolivia. Esta idea trabajada inicialmente por Thomas Hobbes y, posteriormente, retomada por Michel Foucault es para dar cuenta que no necesariamente estamos en guerra, sino en un estado de guerra que es un espacio de tiempo donde hay la voluntad para enfrentarse. Desde 2005, cuando los indígenas portando wiphalas llegaron al poder, en Bolivia se insertó en el imaginario social esa voluntad de enfrentarse e, incluso, en los momentos más críticos, por ejemplo, en las masacres (de Porvenir, Sacaba y/o Senkata), revelaron algo más abominable: el aniquilamiento del otro.

Entonces, ese estado de guerra que acompaña al proceso de polarización que, dicho sea al pasar, es su profundización. En Bolivia, desde su nacimiento como República, la polarización fue un ingrediente constitutivo. Esa polarización se reflejó fundamentalmente en un par de clivajes: el étnico y el regional, que conjuntamente con la polarización política/partidaria (masista/antimasista) que quizás condensa los dos clivajes anteriores. Ese estado de guerra de la polarización boliviana sirve para amortiguar algo peor: la guerra civil. Entonces, la disputa se libra en el campo simbólico, donde cobra un sentido político. O, parafraseándolo a Carl Von Clausewitz diríamos: La política es la continuación de la guerra por otros medios.

Nicolás Maquiavelo en su libro Del arte de la guerra reflexionó que, aparte de que un ejército tiene que equiparse de armas y soldados para la guerra, debe tener banderas y cornetas. En los estándares del ejército, además, deben llevar signos distintivos ya que todo ese dispositivo simbólico tiene el propósito de formar un “sentimiento patrio”. Obviamente, los símbolos son fundamentales para la conformación de las “comunidades imaginarias” que hablaba Benedict Anderson. Por eso, las banderas por sí tienen la función integradora, pero en un estado de guerra pueden ser peligrosas con efectos adversos y, por lo tanto, imprevisibles.

En todo caso, Maquiavelo no buscó exaltar la guerra, sino, todo lo contrario, advertir de los riesgos de esa máquina de guerra que opera detrás de las trifulcas en un contexto bélico. Los símbolos dicen más allá de lo que representan. No es casual, por ejemplo, la iconografía de la RJC es esencialmente fascista. O que la Unión Juvenil Cruceñista (UJC) use una cruz verde semejante a la “cruz de los caídos” que hoy genera un debate en España para extirpar ese símbolo ominoso del franquismo de algunos espacios públicos.

En ese estado de guerra de la polarización boliviana, por lo tanto, se comprende el recurrente ultraje a la wiphala. Este emblema de los pueblos indígenas, luego ícono del Movimiento Al Socialismo y, finalmente, símbolo del Estado Plurinacional. No es casual, en una equivalencia discursiva, la wiphala se convirtió en un “símbolo del enemigo” para los sectores criollos/mestizos y, a la vez, reactivó su racismo colonial.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Tenemos que hablar

/ 25 de octubre de 2021 / 02:07

La filtración de un estudio de difusión interna financiado por Facebook, que muestra evidencias de los daños que produce la vida online en Instagram en adolescentes y jóvenes con relación a desórdenes alimenticios y tendencias suicidas es el más reciente escándalo que esa empresa tiene que enfrentar.

La persona que protagonizó la filtración de cientos de miles de documentos internos es la exempleada del área de integridad de Facebook, Frances Haugen. Ella ha mencionado que ha filtrado esta información porque vio que Facebook decidió por su beneficio y no por el bienestar de sus usuarias a pesar de tener conocimiento de este estudio. Algunas cosas mencionadas por este estudio es que 13,5% de las usuarias declaran que los pensamientos suicidas empeoran con el uso de Instagram y el 17% declara la misma tendencia con relación a desórdenes alimenticios.

Facebook ha respondido que hace mucho por sus usuarios adolescentes y jóvenes, pero no ha declarado nada específicamente de ese estudio. Necesita encontrar formas de recuperar credibilidad y no solo por los derechos humanos sino porque TikTok y Discord son competencias con tendencias muy altas y le están pisando los talones. Esta situación además empeora frente a otro golpe que recibió con el corte de los servicios de todas sus empresas por cinco horas el 4 de octubre, lo que despertó la incomodidad con elecciones tan centralizadas en una sola empresa acerca de las plataformas de comunicación digital que usamos.

Las empresas digitales, en este caso Facebook, tienen responsabilidad en estos temas; sin embargo, son ante todo preocupaciones sociales que apelan a nuestro rol ciudadano, no al rol de consumidores. En Bolivia, también tenemos que hablar acerca de estos efectos en las y los jóvenes, y las formas de enfrentarlos.

No podemos salir con una idea corta como la de alejar a los jóvenes de las redes sociales porque no va a funcionar, son generaciones que han crecido insertas en los mundos digitales, no los dejarán por imposición. Por otro lado, la alfabetización digital es un camino, pero hay decisiones más integrales que tomar. La pregunta central es ¿cómo hacemos para preservar los espacios digitales de manera que sean saludables y seguros para los más jóvenes, para todos?

Las empresas deben ser más transparentes en sus procesos de toma de decisiones y procedimientos, han tomado un rol que no les corresponde y deben retroceder, lo que probablemente signifique que obtengan menos ganancias. Ciertamente también, la sociedad civil tendrá que tomar roles más activos en el control de las empresas y para eso es necesario estudiar y aprender. Finalmente, la transparencia necesita gente que la entienda y la use.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata. blog: www.internetalaboliviana. wordpress. com

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Infantino sale a vender el mundial cada dos años

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 24 de octubre de 2021 / 22:35

A meses de llegar a la presidencia de la FIFA, Gianni Infantino consiguió que el Congreso le aprobara elevar los Mundiales de 32 a 48 equipos, con lo cual se pasará de los 64 partidos actuales a 80. Y de 27 días que insumirá Catar 2022 a 39 en 2026. Dieciséis encuentros más significan una millonada de ingresos adicionales. No satisfecho con ello, ahora Infantino quiere duplicar todo organizando el Mundial cada dos años. Muy ambicioso. E insistente. La UEFA y la Conmebol ya le han dicho que están en contra; la FIFpro (Federación Internacional de Futbolistas Profesionales) y la ECA (Asociación de Clubes Europeos) lo mismo. La Federación Nórdica, que reúne a Suecia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Islandia e Islas Feroe fue más allá, señaló en un comunicado que si se aprueba el Mundial cada dos años consideraría salirse de la FIFA. O sea, del fútbol asociado. Y muchas otras voces balompédicas reprueban la iniciativa. No obstante, el ítalo-suizo ha comenzado por Sudamérica una gira país a país tratando de convencer a cada asociación de las bondades del proyecto.

Aunque FIFA dijo que el tema está en fase de consulta, va con todo. Infantino no debe ser subestimado, es un hombre que, sin haber presidido nunca un club, una asociación o una confederación, llegó a la presidencia de la FIFA a los 46 años tras una carrera meteórica. Sabe nadar en ese oficinesco mar de intrigas, votos, negociaciones, acuerdos. Es Messi en el mundo de saco y corbata. Habla idiomas, sonríe justo, palmea lindo y tiene la palabra exacta para cada ocasión. Si todos le dijeron de antemano que no y él se empeña en una recorrida mundial de persuasión, es porque advierte que puede ganar. A su vez, si el rechazo universal ha sido tan rotundo y él igual se sube a un avión y recorre los 211 países miembro de la FIFA, los intereses en juego deben ser gigantescos. Aunque señaló que “la prioridad será lo deportivo y no lo comercial». Sí…

En un contexto del futbol internacional saturado de partidos y campeonatos, donde los calendarios explotan y los jugadores no dan más, su solución para arreglarlo es agregar un Mundial cada dos años, con lo cual se añaden también las correspondientes Eliminatorias. Y un Mundial ampliado, de 80 partidos. El argumento de Infantino -y del extécnico Arséne Wenger, ahora director de desarrollo de la FIFA- es agregar juegos de más calidad. “Los aficionados quieren ver partidos más importantes”, argumentan. “Y los de un Mundial lo son”.

Wenger es el principal defensor del proyecto y Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, le fue al hueso: “Cuando dirigía al Arsenal, Wenger se quejaba de que la Copa Africana de Naciones se llevaba a cabo cada dos años. Lamentaba que ese torneo continental interfiriera con las temporadas de liga en Europa”.

Los jugadores terminan actualmente cada curso anual con cerca de 60 partidos, más de uno por semana, lo cual es muchísimo en el fútbol de alta intensidad actual, además de los viajes y los entrenamientos. Algún mal asesor le sopló a Gianni la idea de comparar el Mundial con el Super Bowl estadounidense. E Infantino se largó: “El Super Bowl se organiza todos los años, ¿por qué no tener un Mundial cada dos?”, declaró. Arreciaron las críticas. El Super Bowl es apenas un juego de un país, la final del torneo de fútbol americano; que es una liga de clubes y que dura muy poco: cuatro meses al año. En volumen es incluso menos que la Champions League, que tiene más participantes y más encuentros. Y la Champions es sólo una de las centenares de competiciones que tiene el fútbol en las 211 asociaciones que lo practican. No pudo elegir un ejemplo peor.

Una verdad escondida es que el fútbol de club ocupa el 80% de la actividad y el de selecciones el 20%. La FIFA no participa económicamente de los torneos de clubes, pero sí del de selecciones, está claro que busca aumentar su trozo de pastel. FIFA dice que, agrupando los partidos de eliminatorias, reducirán los viajes de los futbolistas y esto permitirá más descanso y más fechas libres. La verdad es que quiere achicar las Eliminatorias actuales, pero las asociaciones viven prácticamente de la venta de derechos televisivos, de las taquillas y de la publicidad y mercadeo de las clasificatorias mundialistas, en las que juegan nueve partidos de local. Eso en el caso de Sudamérica. Si les quitan esa entrada deberán compensársela.

Pero, básicamente, un Mundial cada dos años minimizaría a todos los demás torneos, de clubes y selecciones. La centenaria Copa América, si se jugara, perdería gravitación, lo mismo la Libertadores, la Champions. Un Mundial ensombrece todo lo demás. Y otras competencias, como la Liga de Naciones recientemente ganada por Francia, desaparecerían. No hay fechas. Además, los jugadores son siempre los mismos para todo.

Fernando Costa, presidente de la Federación Boliviana de Fútbol, señaló en una entrevista reciente que el tema fue hablado en el ámbito continental y las diez asociaciones están en contra del proyecto. Por eso Infantino viene a persuadirlas una por una, para dividir la opinión. Ya estuvo en Colombia, Ecuador, Venezuela, Chile y Argentina.

“No al Mundial cada dos años. El fútbol no es sólo dinero”, es el título de una columna en el diario El País, de Madrid, firmada por Philipp Lahm, el excapitán de Alemania. “Sobrecargar más el calendario internacional afectaría física y mentalmente a los jugadores. Un torneo anual sería como otra red social en el móvil. Nunca ha habido tanto fútbol. Cada día, alguien, en algún lugar, se enfrenta a alguien, y el encuentro se puede seguir en todo el mundo con cualquier dispositivo, ya sea en directo, a la carta, o solamente las mejores jugadas, a través de YouTube, DAZN o Twitter. Y todavía habrá más: pronto la Liga de Campeones dará cabida a 100 partidos adicionales cada año. Nuestra atención colectiva, como la denominan los expertos, va disminuyendo en el proceso, pero es difícil parar esta tendencia”.

Dato de apoyo a Lahm: Pedri, el talentoso volante del Barcelona de 18 años, jugó en la pasada temporada 73 cotejos entre su club y la selección. A los 30 años tendrá 200.000 kilómetros recorridos en una cancha.

Es verdad, a uno se le pasan de largo partidos, resultados y campeonatos. Si el Mundial cada dos años llegara reemplazando otras competiciones, bueno, pero nada desaparece, porque cada torneo es un gran negocio y nadie lo quiere dejar. Simplemente se agregaría. El fútbol está sufriendo una transformación acelerada y no parece que sea para mejor. No pinta bien.

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Las bestias malagradecidas

/ 24 de octubre de 2021 / 01:15

Durante más de cuatro siglos, los descendientes de criollos hispánicos y emigrantes, sobre todo alemanes, serbio croatas, sirio libaneses, entre otros, gobernaron territorios de Abya Yala como dueños. Los conceptos de raza superior e inferior, como criterios pseudocientíficos, fueron el acicate para generar genocidios y ultrajes a la dignidad humana en diversos lugares del mundo. Durante la Edad Media surgió el antisemitismo, originado por la creciente fagocitación de otras formas religiosas (judaísmo, islamismo) para implantar, vía militar, el cristianismo. Este proceso, fundado en la intolerancia que no permitía la diversidad política y religiosa, promovía el logocentrismo autoritario como único discurso legitimado por un grupo humano (la realeza, los militares y religiosos) y su expansión imperialista.

Después de las primeras expediciones marítimas en el siglo XV y las sucesivas invasiones colonialistas, los grupos de poder, adueñados del dogma cristiano, adoptaron el estatuto de limpieza de sangre y los justos títulos para probar una supuesta superioridad sobre las naciones avasalladas, sustentadas en argucias jurídicas, teológicas y filosóficas y de esa manera, justificar la trata de esclavos africanos y la explotación de los habitantes de las naciones originarias. ¿Qué es una nación originaria? Un conglomerado de habitantes que convive en un territorio ancestral y desarrolla, durante siglos, sus sistemas económicos, religiosos, de parentesco; tiene su idioma, sus conceptos de belleza y sus valores morales, políticos y filosóficos concebidos desde su relación con el cosmos y su territorio.

A la llegada de los conquistadores militares y religiosos, todo ese orden simbólico fue alterado y sustituido por otro, para facilitar el dominio y legitimar su propiedad sobre un territorio ajeno. Este avasallamiento de más de cuatro siglos, y pese a la sedimentación religiosa, nunca fue total. La resistencia constante, las estrategias y tácticas para subsumir las principales líneas rectoras se expresan, hasta el día de hoy, en las manifestaciones pagano religiosas vinculadas a los ciclos agrícolas que permitieron la vigencia cultural y su emergencia histórica.

En el siglo XIX, el imperialismo y su correlato colonialista encontraron otra justificación para evadir las críticas de algunos Papas católicos que fustigaban los modos de trato y explotación a punta de arcabuz y cruz, desmantelando de esa manera el dogma cristiano y convirtiéndolo en un escudo para la impunidad. Los sectores conservadores que se suponen portadores de la civilización y a las naciones sojuzgadas como la barbarie y el salvajismo, reinventaron sus feudos con el nombre de repúblicas, excluyendo a los habitantes originarios a un papel de convidados de piedra y recluyéndolos en museos como algo pasado y exótico que no formaba parte de la construcción de un Estado. Así, el imaginario republicano blancoide y racista consideraba que su imposición simbólica había engullido a las naciones originarias y que su proyecto de Estado era el único e incontrastable con otras visiones del mundo.

La aparición del texto del Conde Gobineau (1853-1857), Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, aseguraba, sin ninguna comprobación científica, que la raza nórdica blanca era superior sobre otras. Alentadas estas aseveraciones por el darwinismo social, las ideas de Nietzche y el nacionalismo mítico germánico del músico Wagner encontraron en el escenario de miseria de la Primera Guerra Mundial (1914- 1918), en Alemania, el abono perfecto para exaltar la idea de superioridad racial. Hitler la llevó a todos los extremos y desató la Segunda Guerra Mundial (1939-45). Así, las “razas superiores” eran incapaces de resolver sus problemas a través de un diálogo civilizado y superior y generaron una carnicería salvaje en la que murieron millones de personas. Muchos de estos habitantes emigraron a Abya Yala, entre ellos varios criminales de guerra nazis, como Altman que intervino en la política interna de Bolivia e influyó en esferas racistas ancladas en el siglo XVII. La ciencia biológica ha demostrado que el individualismo a ultranza es incompatible con la lucha por la vida, la gametogénesis es la respuesta irrebatible y no sobrevive el más apto, sino el que se asocia en comunidad.

La ilusión del neofascismo criollo que desea desintegrar la “raza maldita”, ignora que la fuerza de la comunidad ha sobrevivido y fortalecido su poder.

Ahora podemos contestar a la pregunta: ¿Quiénes son las bestias malagradecidas que encontraron refugio y comida en territorios de Abya Yala?

Edgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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