Voces

lunes 25 oct 2021 | Actualizado a 04:05

La sonrisa de Camacho

/ 12 de octubre de 2021 / 00:21

Es fea. Y como ya viene siendo costumbre, Luis Fernando no pierde oportunidad para hacer gala de su irreverencia frente al Gobierno, al cual amenaza con vencer en un segundo round. Me pregunto ¿cuál fue el primero? Seguramente se refiere a la pelea que su padre arregló con un árbitro que se supone debía resguardar la continuidad de un gobierno constitucional. Si es así, imagino que la fama de bravucón que se viene labrando esforzadamente en realidad debe agradecérsela a su billetera patrimonial, que seguramente ya está emitiendo cheques en blanco entre las barracas. Está claro, sin embargo, que el Gobernador de Santa Cruz tiene la convicción de que la democracia se construye a golpes, nunca mejor dicho.

Su curiosa teoría de transición democrática la comparten hoy una miríada de opositores, intencionados y circunstanciales, que equiparan la represión de Chaparina, condenable sin duda, con las masacres de Sacaba y Senkata, donde se asesinó a bolivianos a quienes además se les negó la condición de ciudadanos, al rebajarlos a la categoría de bestias humanas. Ya no me referiré a la ironía de las palabras de Rómulo Calvo, pues se requiere ser un verdadero hombre de cromañón para golpear campesinos y mujeres de pollera a bordo de una camioneta pintada con la esvástica nazi. Son esas pequeñas sutilezas de la oposición que me hacen dudar si en realidad tiene algún valor el análisis del discurso. Imagino que yo también puedo declararme como defensor de los derechos de los animales, después de disfrutar una buena parrillada, claro está.

Ya lo notó otro columnista en este medio, al hablar sobre la caída de uno de los pocos ídolos de la derecha a causa de su incoherencia liberal y su pose democrática: ni el más recatado de sus líderes puede superar la prueba de la vista gorda, esa donde te muestran videos de personas asesinadas a punta de fusil, frente a los cuales debes permanecer inmutable. ¡Tenemos un ganador! ¡y en primera vuelta! Lo triste es que incluso la fraudulenta imagen conciliadora de Carlos Mesa está pasando de moda, y viene entrando en boga la más abierta y reaccionaria agresividad en contra del mundo popular. La gente quiere sangre y los representantes del Conade no se ruborizan al momento de defender a los paramilitares de la Resistencia Juvenil Cochala, que seguramente hoy celebran la libertad condicional con la que fueron beneficiados sus cinco líderes la pasada semana. Olvidé que a Al Capone lo condenaron por evadir impuestos y no por reventar cabezas con un bate de béisbol. Espero no estar dando ideas…

Lo cierto es que frente a la hipocresía uno puede reaccionar solo de dos maneras: indignarse hasta apretar los dientes y los puños, o reírse hasta comprender que poco en este mundo tiene sentido. Para defender la impunidad de los perpetradores del golpe de Estado, las masacres y la seguidilla de violaciones a los derechos humanos, escogieron nada menos que el 10 de octubre, fecha en la cual se supone debemos celebrar la recuperación de la democracia, secuestrada durante un tiempo por una tropa de uniformados al servicio de las clases privilegiadas y con el apoyo de los EEUU. Pero, ¿qué más da? Después de todo, los “pititas” se cubrían la espalda con la bandera boliviana mientras desfalcaban al Estado y vendían al país al FMI. Sócrates tenía razón: el drama y la comedia se tocan.

Pero no quiero reír, por mucho que me invite la vida a ello. Creo que son tiempos de miedo, no a Camacho, por cierto, que es más bien producto del ego (¿compensatorio?), sino al fanático fascista que muchos llevan dentro, y que no se avergüenzan al momento de dejar libre. Si mal no recuerdo, creo que había un estudio de Adorno llamado La personalidad autoritaria, que señalaba que un facho solo no hace nada, pero cuando se siente en enjambre, grita “¡Sieg Heil!”.

El mejor remedio contra la radicalización reaccionaria es la educación y una comprensión cabal del ser humano. Charles Taylor es un filósofo canadiense que dedicó una buena parte de su tiempo a objetar aquella noción del ser humano como innatamente egoísta y mezquino, recordándonos que más que producto de nuestros genes, somos, sobre todo, hijos de la historia. Y la historia manda que, para vivir, el ser humano necesita de la sociedad, y que ninguna sociedad funciona sin un sentido, aunque sea básico, de moralidad.

En octubre de 2020, el 55% de los bolivianos condenaron la bestialidad de Camacho y su falsa sonrisa (¿olvidaste ese round?), en franca expresión de una genuina moralidad democrática.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Cuando el puño no sea necesario

/ 28 de septiembre de 2021 / 02:25

Tal vez la mejor forma de rendir homenaje a Ernesto Che Guevara hoy en día es no caer en la trivialización de su figura. Para ser honesto, creo que aquella consigna que oí tantas veces, “seamos como el Che”, solo la repiten aquellos que no están conscientes de lo que implicaría llevar ciertos ideales hasta su última consecuencia: la muerte. No, no gracias.

El común de los mortales deseamos tener vidas largas, plenas y productivas, y ciertamente no nos gustaría morir a tiros, por muy heroico que ello sea, en ninguna selva de ninguna parte del mundo. El problema es, no obstante, que Bolivia parece inclinarse por ese tipo de soluciones cada vez que atraviesa una crisis estatal. Temo que el nuestro no es un país para tibios, y la culpa no reside en sus clases populares, que de hecho dependen de contextos democráticos para defender sus conquistas, sino en la reaccionaria naturaleza de su élite, siempre propensa a los golpes de Estado. El problema es que las más tímidas reformas de carácter progresista requieren, y esto no es nada bueno, de revolucionarios, capaces de plantar resistencia a unos cuantos privilegiados con todo tipo de recursos a su disposición.

Días antes de la realización de las elecciones de octubre del año pasado, un amigo trotsko y yo nos preguntábamos si la crisis boliviana encontraría su resolución definitiva en aquellas justas electorales, y concluimos que solo una fe supersticiosa en la democracia liberal podría conducir a tal conclusión. ¿De qué forma un evento electoral podía superar las contradicciones que habían emergido entre aquellos que creían que una acusación de fraude podía justificar masacres, y aquellos que ya no estaban dispuestos a vivir en una Bolivia gobernada por una reducida élite? Solo el más optimista se inclinaría a apostar por aquello. No obstante, cierta calma, tensa, pero calma al fin, le siguió a la posesión de Luis Arce Catacora como presidente y yo creí por un momento que pecamos de exagerados… Odio tener la razón.

La nueva afrenta contra la wiphala y el presidente en ejercicio, David Choquehuanca, durante la efeméride del departamento de Santa Cruz, demuestra que el país no recuperará su estabilidad hasta que la oligarquía agroexportadora sea derrotada definitivamente; era obvio, ahora que lo pienso. Desde el momento en que una multitud de “pititas” se arrodillaron en las puertas de los cuarteles después de que el MAS ganara apabulladoramente en las elecciones de octubre pasado, rogando por una intervención militar, toda duda respecto al carácter iliberal y autoritario de esos falsos demócratas debió quedar despejada. No se trata, después de todo, de una derecha moderna, sino de una clase ociosa, violenta e intelectualmente atrasada que no está dispuesta a ceder en lo que cree son sus prerrogativas.

Tal vez en otras partes del mundo, izquierdas y derechas pueden sentarse en una mesa y debatir si lo que su sociedad necesita es la nacionalización de los recursos naturales, la distribución de la riqueza o la inclusión política de las mayorías, sin que ello amerite la organización de grupos paramilitares o células guerrilleras, sino negociaciones y pactos de mutuo acuerdo; pero me cuesta imaginar al comité cívico de Santa Cruz y sus juventudes en dicho tipo de entendimientos. No mientras conduzcan coches pintados con la esvástica. Mi problema con ellos no es, per se, que sean de derecha, sino que es una derecha propia de un clan de neandertales, flexionando músculos y mostrando los dientes.

Así que no me queda otra que reafirmar, tristemente, la validez de la radicalidad guevarista, que me parece su legado más cliché. Su antiimperialismo tercermundista, su originalidad para interpretar el marxismo y su latinoamericanismo fraterno, por otra parte, son elementos del pensamiento del Che que me resultan mucho más interesantes, y que ojalá un día puedan ser discutidos sin mención alguna a las armas, tal vez el día en que personas menos primitivas que Calvo y Camacho sean nuestros interlocutores.

No diré “Patria o muerte”, porque capaz que se cumpla. Los dejo con ¿why cant we be friends?

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Porvenir

/ 14 de septiembre de 2021 / 00:43

La mañana después de la guerra, de Boris Miranda, es uno de los libros que más disfruté durante mis últimos años de universidad y también una pieza clave en la bibliografía de mi tesis de licenciatura: Pando antes y después de 2008: élite política y régimen provincial híbrido, cuyo objetivo era saber qué tanto se había democratizado aquel departamento luego del desplazamiento de Leopoldo Fernández del poder regional. No puedo decir que estoy orgulloso de aquel trabajo, del cual lo único que puedo rescatar es el entusiasmo que me despertó por estudiar el norte amazónico boliviano, gracias a la ilustre guía de una entrañable maestra y la oportunidad de visitarlo gracias a otra amiga.

La investigación de Miranda, ejemplo de verdadero periodismo, desnudó las intenciones del movimiento cívico que durante aquellos días de septiembre se volcó o tomar instituciones del gobierno central enarbolando la bandera de las autonomías en los departamentos del oriente: escindir el territorio boliviano para entregarle una de sus mitades a una oligarquía que se opuso al proyecto de país que se perfilaba desde octubre de 2003: en pocas palabras, y aunque el autor no lo dice, un golpe de Estado. Sí aclara, no obstante, que uno de los objetivos de este movimiento encabezado por las logias de Santa Cruz, era sumar a los militares a su bando después de provocar varias muertes. Y mientras estaban en eso, borrar todo avance en el saneamiento y distribución de tierras ordenada por la reciente Ley de Reconducción Comunitaria, para perpetuar los privilegios de la casta terrateniente.

Las élites agroexportadoras, aquella oligarquía, habían decidido arrojarse a la aventura secesionista después de los resultados del referéndum revocatorio de agosto de ese año, que fortaleció la legitimidad de Morales y golpeó duramente al bloque cívico prefectural con la defenestración de dos de sus aliados, Pepelucho y El Bombón. Se quitaron los guantes decididos al todo o nada: ¡Y nada fue lo que obtuvieron! Su derrota, nos cuenta Miranda, no se debió tanto a una brillante estrategia conducida por el gobierno, de cuyo gabinete algunos miembros ya se mostraban dispuestos a dimitir, sino más a la resuelta movilización de las organizaciones sociales y campesinas aliadas al “proceso de cambio”. Sacrificaron 13 vidas para evitar el golpe. Su heroísmo hizo posible la aprobación de la nueva Constitución y la fundación del Estado Plurinacional.

Hasta entonces, Pando, tanto como Beni o Santa Cruz, eran territorios controlados por un reducido grupo de familias que disponían a su antojo de todas las oportunidades y recursos regionales, lo que las convertía en los principales soportes de lo que algunos llaman autoritarismos subnacionales, de los cuales el cacique Fernández era solo un exponente caricaturesco. Sin duda alguna, el esforzado macho de la Cristo en Santa Cruz cuenta con el respaldo de una red de patrimonialismo mucho más densa y aceitada ahora como gobernador. En todo caso, los soberbios cívicos saldrían mal parados de su intentona golpista en 2008, viéndose obligados a bajar la cabeza y pactar su rendición frente al gobierno, con Costas a la cabeza; algo que resultaría humillante para las logias cruceñas, que por alguna razón fueron aceptadas como aliadas estratégicas por el propio MAS tiempo después. Un innombrable diputado oficialista se encargaría de abrirle la puerta, incluso, a miembros de las pandillas unionistas.

Esto último resulta más incomprensible cuando se considera que la masacre de Porvenir dejó al descubierto la verdadera naturaleza de la clase que deseaba recuperar el poder perdido desde el derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada: ociosa, al extremo que una mínima reforma agraria constituía para ella una seria amenaza para su reproducción económica; rentista, celosamente atenta a los ingresos provenientes del IDH y dependiente de los mismos para financiar su reproducción política desde los gobiernos subnacionales; y autoritaria, qué duda cabe, dispuesta a movilizar verdaderas hordas de salvajes arrojados a golpear a cuanto campesino y pollera se les cruzara en el camino. ¡Acuérdense del jeep rojo con la esvástica sobre el cual los jovencitos cruceñistas agitaban sus porras llenas de clavos! La masacre de aquel 11 de septiembre no sería la última. ¿A qué más está dispuesta esta clase sin porvenir? Once meses de dictadura desprovista de sutilezas son suficientes para convencer a Bolivia de que no puede arrojarse con ellos al vacío.

Carlos Moldiz es politólogo.

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¿Dónde están los vándalos?

/ 31 de agosto de 2021 / 01:38

Como no podía ser de otra forma, hoy hablaré acerca de las conclusiones del informe presentado por el GIEI. Por favor, querido lector, no se aparte. Estoy seguro de que ya debe estar hastiado de escuchar en los medios todo lo que se dice al respecto; como los políticos tratan de aprovechar cada línea de ese documento para demostrar que tienen la razón. No le pido que empatice con ellos, eso sería lo último. Le pido que le importe, porque el problema acá es justamente ese: su indiferencia.

Los días que inmediatamente le siguieron a la renuncia de Morales fueron confusos para todos, debido a la cobertura sesgada y hasta malintencionada de la prensa sobre los eventos que se desarrollaban ante nuestros ojos, salvo honrosas excepciones, claro. Era difícil saber en ese momento lo que sucedía, ¿fraude o golpe? Seguiremos discutiendo sobre ello por mucho tiempo. Pero lo que ya no podemos debatir es si se cometieron atrocidades en aquel lapso, porque si algo demuestra ese informe es eso: una violación sistemática de los derechos humanos de bolivianos (e incluso extranjeros) a manos de agentes del Estado.

Medios como Página Siete confundieron tanto a la población como para inducirnos a la duda, pero después de tantos informes, y tras las contundentes conclusiones del equipo de expertos internacionales, no hay espacio para escepticismo alguno. Una investigación preparada por Fernando Molina y Susana Bejarano, La transformación restauradora del campo mediático: El alineamiento de los medios de comunicación con el bloque de poder postevista en noviembre de 2019, despeja toda duda acerca del papel que dicho periódico jugó en uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente. ¿Periodismo neutral, objetivo e imparcial? Ya quisiera yo. Me conformo con que no oculten la verdad.

Hubo asesinatos durante los últimos días del gobierno masista, sí, pero no perpetrados por policías o militares, sino en conflictos que, aunque debían ser evitados por la fuerza pública, fueron protagonizados exclusivamente por civiles. La firma del Decreto 4078, por otro lado, sí hizo posible que literalmente se masacren a ciudadanos bolivianos. Y no solo masacres, sino también ejecuciones extrajudiciales, detenciones injustificadas, torturas y hasta delitos sexuales. Para los columnistas de Página Siete ese es un dato irrelevante.

“Se lo merecían”, dirán algunos. “Iban a volar una planta de gas”, añadirán otros. Pues no, la pesquisa del GIEI demuestra que no había tal intención ni tampoco la capacidad de hacerlo. Por lo que se puede decir que aquellas personas murieron para que usted pueda cocinar tranquilamente. ¿Estaba rica la comida? Mientras que los muertos de Sacaba se muestran como asesinatos mucho más arbitrarios, puesto que no se podía recurrir a una coartada como la esgrimida en el caso de la ciudad de El Alto. “…si no contenían a los vándalos que querían hacer volar Senkata, se incendiaba La Paz”, escribió Jimena Costa en una sus columnas de opinión. Por favor, lea el informe y lea el nombre de cada uno de los masacrados en Senkata, ¿dónde están los vándalos?

Chaparina y la represión contra los discapacitados ciertamente fueron decisiones censurables y condenables, pero el ejercicio de la fuerza en esos casos no excedió los límites del derecho a la vida. Se pudo haber reprimido en Sacaba y Senkata sin tener que matar. Camiones neptuno, gases lacrimógenos, o incluso golpes y patadas. Pero se usaron balas. Y después de las balas, se persiguió, encarceló y torturó a personas que independientemente de su orientación política merecían un trato justo, o por lo menos humano.

Amparo Carvajal derrama lágrimas por Áñez. ¿Dónde estaba cuando Patricia Hermosa perdió a su hijo? Jeanine merece un juicio justo, pero no escapar de la Justicia. Después del derrocamiento del masismo aquel noviembre, se cometieron crímenes, de todos los tipos. Robert Brockmann no dirá nada al respecto, estoy seguro. Y me sigo preguntando, ¿dónde están los vándalos? No lo sé, pero sí sé dónde están los mentirosos.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Golpes legítimos

/ 17 de agosto de 2021 / 01:29

“Si alguien le quiere dar un golpe de Estado a Fernández, López Obrador, Arce o Maduro, contarán con nuestro apoyo. Métanle nomás.” Eso es lo que acaba de comunicarle la Organización de Estados Americanos (OEA) al resto del mundo, a través de su último pronunciamiento sobre la imposibilidad de considerar la reelección indefinida como un derecho humano. Para los detractores de Morales, que seguramente se sienten muy satisfechos con esta última resolución del organismo internacional, este mensaje de entre líneas pasó desapercibido, en el mejor de los casos, o incluso fue celebrado, en el peor.

Lo preocupante de esta noticia no tiene nada que ver con el expresidente. Es más, dicha sentencia es completamente irrelevante debido a que estamos muy lejos de otras elecciones generales (al menos eso esperemos). El peligro reside en que, al declarar que la mayor amenaza para las democracias de la región no es el rompimiento abrupto del orden constitucional, sino la erosión paulatina de las salvaguardas democráticas a manos de un régimen autoritario, lo que acaba de hacer la OEA es establecer los fundamentos axiomáticos de una lógica perversa: “es legítimo derrocar a gobiernos que no coincidan con nosotros”.

Y se pone peor: “incluso si éste es electo mediante elecciones populares”, en referencia a un supuesto régimen autoritario. Es decir, “se puede derrocar a un gobierno que no piense como nosotros incluso si éste cuenta con respaldo legítimo de las urnas”. Si pasarse por alto los resultados del 21 de febrero de 2016 fue un error que le dio a la oligarquía agroexportadora de Santa Cruz la excusa perfecta para negociar con policías y militares un golpe de Estado, decir que el rompimiento abrupto del orden constitucional no es lo peor que le puede pasar a una democracia, desde una plataforma internacional como la OEA, equivale a hacer de toda Constitución un elemento accesorio y secundario para el sostenimiento del Estado de derecho.

Se acaba de proferir una amenaza en contra de todo gobierno que pueda considerarse como autoritario desde el punto de vista de la OEA. ¿Y cuál es su punto de vista? Pues cualquiera que no contradiga los intereses geopolíticos de los Estados Unidos en la región. Y con los antecedentes que tiene ese país en cuanto a intervenciones diplomáticas, económicas y militares, toda Latinoamérica debería considerarse en peligro, pues lo que se considere un régimen democrático depende mucho de quién lo diga, de quién mida la democracia.

Es bien sabido que los actuales parámetros que se utilizan para medir la calidad de una democracia en la región no son imparciales ni mucho menos objetivos. Basta con revisar los reportes de los últimos dos años del The Economist Intelligence Unit Democracy Index para saber que no todos los países serán medidos con la misma vara. En 2019 y 2020, este prestigioso medio le otorgó mayores calificaciones a Chile y Colombia, que durante ese lapso reprimieron dura y excesivamente a manifestantes antigubernamentales hasta acumular decenas de muertes, y, de hecho, en Colombia han sido asesinados más de 100 líderes sociales solo en lo que va de este año. Pero aparentemente, para los encargados de elaborar estos informes, ciertas “democracias” pueden darse el lujo de no cumplir con el requisito de garantizar derechos políticos y civiles para ser consideradas como tales.

Condenar el último pronunciamiento de la OEA no es una obligación solo para los zurdos que habitamos este continente, sino también de todo demócrata liberal comprometido, pues lo que la OEA pretende con su pronunciamiento es sentar las bases para una doctrina de los “golpes legítimos”, necesarios para restablecer la democracia en la región, mediante la imposición de estados de excepción en los que se reprima y elimine a todo aquel que se considere como una amenaza para la paz y el orden, y decenas de muertos, de ser necesario.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Elitistas frustrados

/ 3 de agosto de 2021 / 01:44

Recuerdo las palabras de un analista que comentaba los resultados preliminares la noche de las elecciones del 20 de octubre de 2019: “Bolivia es un país urbano”. Confiaba, seguramente, que con esas palabras reforzaría la convicción de amplios sectores de las clases medias entonces descontentas con el MAS, de que la impronta nacional popular de Bolivia comenzaba a superarse, reduciendo particularmente la influencia de las áreas rurales sobre el destino del país. A unos meses de consumado el golpe, adicionalmente, algunos analistas comenzarían a cuestionar, sin respaldo alguno, “la desproporcionada representación electoral del área rural”. La intención no declarada de estas personas era restituir un modelo de representación política particularmente excluyente con indígenas y campesinos que añoraban nostálgicamente desde el primer día en que Evo Morales asumió la presidencia de Bolivia.

Pero la realidad es terca, y aún sin la participación del dirigente cocalero, el MAS-IPSP se impuso en las elecciones de octubre del año siguiente, con árbitro elegido por las propias clases medias y acomodadas después de que un grupo de empresarios y políticos fracasados eligieran a Jeanine Áñez como presidenta de Bolivia. La victoria del partido esencialmente campesino demostró que las áreas rurales todavía son determinantes dentro de las reglas impuestas por un régimen político democrático liberal. Excluir a dicho sector de la población de toda forma de participación política era la única forma a través de la cual podrían imponer clases medias y empresarios su proyecto de país, quienes en un solo año desfalcaron las arcas del Estado con desesperación propia de un drogadicto bajo los efectos de la abstinencia. Llevaban tanto tiempo sin tocar los privilegios del Estado… ¡pero tendrán que esperar todavía más!

Así, aun cuando insistan en presentarse como demócratas convencidos, en realidad su comportamiento revela que las clases acomodadas en Bolivia, y las clases medias que las siguen, son portadoras de un espíritu esencialmente antidemocrático, quizá por su carácter minoritario, pero sobre todo por su desprecio a las mayorías, a lo que llaman “populismo”. ¡Ay, la plebe! La indiferencia, en el mejor de los casos, y satisfacción, en el peor, frente a las masacres de Senkata y Sacaba, y la sistemática violación de los derechos humanos de indígenas y campesinos, a quienes se estigmatizó como “vándalos” y “terroristas” después del Estado de excepción impuesto a partir del 12 de noviembre de 2019, los desenmascaran: falsos liberales; elitistas frustrados y ensimismados en Achumani, Sopocachi y Equipetrol, a cuyos márgenes les gustaría reducir al resto del país.

Ahora, una nueva investigación demuestra que no hubo tal “fraude monumental”, sino un manejo negligente del sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) que, por favor recuerden, ¡no tenía validez legal alguna! Mucho antes, otro trabajo a partir de datos recolectados por el New York Times (no castrocomunista), y elaborado por académicos de renombradas universidades, titulado Do shifts in late-counted votes signal fraud? Evidence from Bolivia (que puede traducirse a ¿Señalan fraude los cambios de votos contados tarde? Evidencia de Bolivia), demuestra que dos variables, región y ruralidad, fueron determinantes para explicar el aumento de votos a favor de Morales al finalizar el conteo de la votación en octubre de 2019. En otras palabras, los votos del campo llegan tarde, ¡y cuentan pues! ¿Qué fraude?

Las élites bolivianas, y sus clases a medias, harían bien en admitir, como lo hizo Sócrates, que no les gusta la democracia, que no confían en el criterio de las mayorías, pero aun así tendrían que someterse: ¡Mayoría manda!

¡No desesperen! Todavía pueden arrodillarse en las puertas de los cuarteles, fundar su propio país o simplemente migrar. Siempre hay opciones en la vida… Salvo ganar una elección, no creo que puedan. ¡Suerte!

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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