Voces

lunes 25 oct 2021 | Actualizado a 04:08

Demócratas, están en peligro

/ 14 de octubre de 2021 / 00:56

Los demócratas se enfrentan a un verdadero peligro. No están haciendo lo suficiente. No avanzan con la suficiente rapidez en las principales promesas de campaña del presidente Joe Biden. Las señales de advertencia están por todas partes. Siguen debatiendo sus proyectos de la ley de infraestructura y de gasto social. Y cuanto más se alarga la lucha, más fea parece.

Al final, creo que los demócratas no tendrán más remedio que aprobar algo, sin importar el tamaño, porque la consecuencia del fracaso es el suicidio. Los demócratas deben llegar a las elecciones intermedias con algo que puedan considerar una victoria, con algo que al menos se acerque a las transformaciones que Biden prometió.

Pero el presupuesto no es el único problema. Todavía existe una crisis en la frontera. El manejo de los inmigrantes haitianos fue una vergüenza para este gobierno, y las imágenes de los oficiales restallando sus riendas como látigos serán difíciles de borrar de la memoria. En cuanto a la reforma de la Policía, las negociaciones sobre esa legislación se vinieron abajo, con el habitual señalamiento de culpables como epílogo. Pero las órdenes ejecutivas están muy limitadas cuando se trata de la Policía estatal y local, y cualquier orden que emita un presidente puede ser anulada por el siguiente.

Además, está el ataque masivo y generalizado al derecho al voto que se está produciendo en todo el país. Como dijo el Centro Brennan para la Justicia a principios de este mes: “Hasta ahora, en un año sin precedentes para la legislación del voto, 19 estados han promulgado 33 leyes que harán más difícil el voto de los estadounidenses”. Y sin embargo, todavía no está claro si hay suficientes votos en el Senado para aprobar la protección de los votantes.

Por no hablar de que el COVID-19 sigue matando a muchos estadounidenses. La ola de casos durante el primer año de Biden erosionó cualquier optimismo sobre el desarrollo y la aplicación de vacunas.

Los demócratas han sido incapaces de ofrecer mucho para contentar a sus votantes y sus principales puntos de la agenda se han estancado en el Congreso durante tanto tiempo que muchos de esos votantes se están impacientando y desilusionando.

Como resultado, muchas encuestas recientes han mostrado que los índices de aprobación de Biden cayeron en picada hasta el nivel más bajo de su corta presidencia: según una encuesta reciente de la Universidad de Quinnipiac, el 38% de los encuestados aprobaba el desempeño laboral de Biden, pero el 53% lo desaprobaba.

Más de la mitad desaprueba su gestión de la economía, el ejército, los impuestos y la política exterior y casi el 70% desaprueba su enfoque de la reforma migratoria y la situación en la frontera con México. Solo su gestión del COVID-19 recibió un índice de desaprobación menor, del 50%.

Los electores negros siguen siendo los que más apoyan a Biden en muchas de estas métricas, pero incluso su apoyo parece blando de una manera preocupante.

Tal vez los demócratas aprueben un proyecto de ley de gasto masivo y lo pregonen bien, y la gente olvide su decepción en otros temas y se deleite con el montón de dinero que los demócratas planean gastar. Tal vez. No hay duda de que este país necesita con desesperación las inversiones que los demócratas quieren hacer. De hecho, necesita incluso más inversión que la que los demócratas han propuesto.

Pero incluso si consiguen aprobar tanto el marco de infraestructuras como el proyecto de ley de gasto social, esas inversiones pueden llegar demasiado tarde para desactivar el creciente descontento. Un presidente impopular con cifras de aprobación a la baja es un líder herido con poco capital político que lo respalde.

Biden es mejor que Trump, pero eso no es suficiente. La gente no solo votó por Biden para derrotar a un villano, también quería a un defensor. Ese defensor brilla por su ausencia.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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Si los hombres necesitaran el aborto

/ 5 de octubre de 2021 / 00:43

El 30 de septiembre, tres mujeres de color (integrantes actuales del Congreso) testificaron ante el Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes; hablaron sobre abortos que les practicaron y, en algunos casos, describieron el estigma asociado con ellos. Estos testimonios se presentaron en relación con el debate en el Congreso sobre la codificación del caso Roe v. Wade, con la que se busca proteger esa resolución de cualquier ataque de los republicanos, pero para mí la fuerza de estos relatos se debe a otro motivo: enfatizan una vez más cuán difícil es para muchas mujeres tomar esta decisión y con cuánta libertad personas ajenas se sienten con el derecho de interferir en esas decisiones. En particular los hombres, que nunca han enfrentado una disyuntiva así y nunca tendrán que tomar esa decisión. Es necesario escuchar estas historias para comprenderlo.

Por una parte, el aborto nos cimbra hasta lo más profundo, pues nos obliga a considerar en qué momento un óvulo fecundado se convierte en una persona.

Para quienes creen que ocurre desde el momento de la concepción, no hay ningún argumento, independientemente de quién lo presente, capaz de convencerlos de que está bien ponerle fin a un embarazo, porque para estas personas solo se trata de matar bebés. Pero, hay que preguntarse si es posible decir que un montón de células es un niño. ¿Un feto es un niño? Estos debates caen en terreno filosófico o religioso.

Desde 1973, la resolución de Roe v. Wade ha protegido el derecho de la mujer a optar por un aborto antes de que el feto sea viable fuera del vientre materno, aproximadamente a las 24 semanas de embarazo. Ahora, esta resolución también corre peligro.

La capacidad de llevar una vida dentro de sí y ofrecerla al mundo es un poder tremendo y un inmenso regalo. No obstante, llevar a término un embarazo sencillamente no es lo mejor para muchas mujeres cuando descubren que están embarazadas. En ese momento, su cuerpo se convierte en un campo de batalla. ¿Hasta qué etapa del embarazo siguen en control y a partir de cuándo deben rendirse ante la realidad de que son vasijas para otra “persona” que crece en su interior? ¿En qué momento se elimina la capacidad de elegir?

Por definición legal, cuando es viable, independientemente de las creencias de cada persona.

En los primeros meses tras la concepción, cuando una mujer ya está segura de estar embarazada y antes de que el feto sea viable, es necesario que se sienta en libertad de tomar decisiones con respecto a su cuerpo, su salud y su futuro. Esta libertad no debería estar sujeta a aprobación comunitaria. No debería ser contraria a la ley. La legislación aprobada en Texas que prohíbe la mayoría de los abortos después de seis semanas de embarazo, antes de que muchas mujeres siquiera se percaten de que están encinta, es indignante y ofensiva.

Parece que nos encontramos en un lugar muy peligroso en este país, al igual que la resolución del caso Roe v. Wade se encuentra en un peligro no visto en épocas recientes. Se siente como estar en un precipicio en el que empujamos a las mujeres al pasado y a los callejones. Parece que de nuevo estamos al borde de criminalizar la capacidad de elegir. Si los hombres se embarazaran, esto nunca habría pasado. Los hombres no lo tolerarían. Las mujeres tampoco deberían tolerarlo.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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El censo fue aterrador para los nacionalistas blancos

/ 17 de agosto de 2021 / 01:24

Para algunos de nosotros, los datos del censo publicados el jueves fueron fascinantes. Para otros, supongo, fueron bastante aterradores. Gran parte de lo que hemos visto en los últimos años (el ascenso de Donald Trump, la xenofobia y los esfuerzos racistas por consagrar o al menos ampliar el poder blanco al llenar los tribunales de magistrados blancos y suprimir los votos de las minorías) ha tenido su origen en el miedo al desplazamiento político, cultural y económico.

Los acólitos del poder blanco vieron este tren acercarse desde la distancia —que Estados Unidos se estaba volviendo moreno, la disminución de la población blanca y la explosión de la no blanca— e hicieron todo lo posible para evitarlo.

Intentaron frenar la inmigración, tanto la ilegal como la legal. Emprendieron una guerra propagandística contra el aborto y presionaron a favor de los “valores familiares tradicionales” con la esperanza de persuadir a más mujeres blancas para que tuvieran más bebés. Orquestaron un sistema de encarcelamiento masivo que privó de su libertad a millones de hombres jóvenes en edad de casarse, en su mayoría negros e hispanos. Se negaron a aprobar leyes de control de armas mientras la violencia armada asolaba de manera desproporcionada a las comunidades negras.

En todos los niveles, en todos los sentidos, estas fuerzas, a sabiendas o no, trabajaron para evitar que la población no blanca creciera. Y, sin embargo, lo hizo.

Como informó The New York Times: “Los hispanos representaron cerca de la mitad del crecimiento del país en la última década, con un aumento de cerca del 23%. La población asiática creció más rápido de lo esperado: un 36%, un aumento que supuso casi una quinta parte del total del país. Casi uno de cada cuatro estadounidenses se identifica ahora como hispano o asiático. La población negra creció un 6%, un aumento que representó cerca de una décima parte del crecimiento del país. Los estadounidenses que se identifican como no hispanos y pertenecientes a más de una raza fueron los que más aumentaron, al pasar de 6 millones a 13,5 millones”.

Mientras tanto, la población blanca, en números absolutos, disminuyó por primera vez en la historia del país.

Estos datos son terribles para los supremacistas blancos. Como me dijo por teléfono Kathleen Belew, profesora adjunta de Historia de Estados Unidos en la Universidad de Chicago: “Esta gente vive este tipo de cambio como una amenaza apocalíptica”.

El tamaño de la población determina, hasta cierto punto, el poder que se ejerce. La única opción que les queda a los supremacistas blancos en este momento es encontrar la manera de ayudar a los blancos a mantener su poder, aunque se conviertan en una minoría de la población general, y la mejor vía para hacerlo es negarle el acceso a ese poder al mayor número posible de minorías.

Ahora estamos siendo testigos de un sorprendente y descarado intento de supresión del voto en todo el país. Creo que esto es solo el comienzo de algo, no el final, y que los esfuerzos por privar de sus derechos a los electores pertenecientes a minorías serán cada vez más descarados a medida que el movimiento del poder blanco se vuelva más desesperado. La supresión del voto por parte de los republicanos es un intento de apuntalar el poder de los blancos y disminuir el de los no blancos, y el Senado se los ha permitido.

El traspaso de poder no es un asunto cortés y amable como pasar la sal en la mesa. Las personas con poder luchan, a veces hasta el último momento, para conservarlo. Habrá un cambio, pero no sin dar batalla.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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Sigue adelante, pero nunca olvides

Muchos creen la mentira de Donald Trump de que en realidad ganó las elecciones que perdió.

/ 21 de diciembre de 2020 / 04:25

Imagina esta situación, la cual es una experiencia común para las personas negras: Estás recibiendo un servicio en el que dar propina es una práctica habitual. Tal vez estés tomando un taxi o recibiendo un tratamiento de belleza; quizás bebiendo un trago en un bar o comiendo en un restaurante.

Tu proveedor de servicio no es una persona negra. El servicio es deficiente. Quien te está proporcionando el servicio no es para nada atento. Esperas por las cosas mucho más tiempo del que crees que deberías o mucho más tiempo del que crees que otras personas en el mismo lugar están esperando. Luego llega la cuenta, y miras fijamente la bandeja de las propinas, mientras desatas un debate interno.

Los estudios han demostrado que dos cosas son ciertas: en promedio, las personas negras dan menos propina y, en promedio, los que proporcionan servicios les brindan a las personas negras un servicio inferior, en parte por la percepción de que recibirán menos propina de cualquier manera. Siempre me ha parecido que aquí hay un pequeño problema tipo el huevo y la gallina.

Sin embargo, como la persona que acaba de recibir el mal servicio, te encuentras en medio de esta guerra de percepciones con solo dos opciones, ambas poco atractivas: puedes dar una buena propina de todos modos en un intento por combatir la percepción de que las personas negras dan malas propinas (después de todo, esto podría hacer que la experiencia del servicio sea un poco mejor para la siguiente persona negra). O puedes dejar una propina promedio —o nada de propina—, conforme al mal servicio que has recibido, arriesgándote a consolidar, en la mente de quién proporcionó el servicio la percepción de que las personas negras dan malas propinas.

Por supuesto, nada de esto es justo. Le transfiere al inocente receptor la carga de los sesgos de quienes proporcionan el servicio; es la víctima del prejuicio la que asume la responsabilidad de apaciguar a la persona que hace el prejuicio.

Y, sin embargo, esa es exactamente la posición que las personas negras —y otras personas de color, minorías religiosas y mujeres— a menudo se ven obligadas a asumir o se les pide que lo hagan. Este caso en particular sucede cuando las personas que votan por políticos que perjudicarían nuestra humanidad (o restringirían de forma severa nuestra capacidad de buscar una vida en igualdad) terminan en el lado perdedor de unas elecciones.

Siempre se habla mucho de unidad, de converger, de sanar heridas y reparar divisiones.

Pero entonces tenemos que tener un debate interno como el de la propina: ¿les demostramos que podemos trascender sus intentos por hacernos daño o nos comportamos acorde con el daño que intentaron infligirnos? Se puede argumentar de forma legítima que una espiral de recriminaciones siempre terminará en un agujero de daño colectivo. Sin embargo, también debe haber un reconocimiento de que quienes tienen prejuicios intentaron hacerte daño y que, de no ser por unos pocos cientos de miles de votos en los estados adecuados, habrían logrado imponer ese daño.

Tiene que haber algún tipo de acción que reconozca que muchos niños fueron separados de sus padres, algunos fueron encerrados en jaulas, y que muchos de ellos posiblemente nunca vuelvan a reunirse con sus padres.

Tenemos que reconocer que Trump es racista —algo que se ha demostrado una y otra vez por sus propias palabras y acciones— y que de todos modos recibió un número récord de votos para un presidente en funciones.

Tenemos que reconocer que Trump se jactó de agredir sexualmente a mujeres, que decenas de mujeres lo acusaron de conducta sexual inapropiada y que se reveló que les pagó al menos a dos mujeres para que no revelaran presuntas infidelidades. Tenemos que reconocer que Trump ha denigrado a mexicanos, musulmanes, haitianos y naciones africanas.

Estas cosas sucedieron. La mayoría de las personas que lo apoyaron sabían que estas cosas habían sucedido. En muchos casos escucharon a Trump decirlas en vivo por televisión o publicarlas en su cuenta de Twitter.

Y, sin embargo, sus seguidores siguieron apoyándolo.

Muchos de ellos todavía lo hacen, incluso después de su refutación de la democracia.

Muchos creen la mentira de Trump de que en realidad ganó las elecciones que perdió.

Joe Biden, como siempre lo ha manifestado, está buscando ser un presidente unificador.

Quiere ser el presidente de las personas que no votaron por él, así como de las que sí lo hicieron. Quisiera tener ese mismo espíritu optimista, pero debo admitir que mis intentos para lograrlo podrían fracasar.

No quiero ser la persona que guarda rencor, pero tampoco quiero ser la que ignora una lección.

El acto de recordar que demasiados estadounidenses estuvieron dispuestos a continuar el daño hacia mí, hacia otros, y hacia el mismo país, no es rencoroso sino sabio.

El próximo mes Joe Biden será juramentado, y comenzará el próximo capítulo de Estados Unidos. Planeo llegar a ese día con un brillo de optimismo en mi rostro, pero me niego a ignorar la sombra del recuerdo que me persigue.

   Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

       

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Si las personas de bien no hacen nada, reina el mal

/ 16 de septiembre de 2020 / 01:03

Muchas veces me he preguntado cómo es posible que alguien haya permitido que se desarrollaran las mayores tragedias y horrores que ha sufrido el mundo. ¿Dónde estaba toda la gente de bien, aquellos que expresaron su desacuerdo o deberían haberlo hecho? ¿Cómo es posible que la vida sencillamente haya continuado en medio de tal horror?

¿Cómo creció el comercio trasatlántico de esclavos durante cientos de años? ¿Cómo logró proliferar la esclavitud en este país? ¿Cómo es posible que se haya permitido el Holocausto? ¿Cómo se gestaron los genocidios en Ruanda o Darfur?

Por supuesto, casi siempre hay una explicación. Por lo regular es la política oficial y, en muchos casos, la propaganda es responsable de impulsarla. Pero me interesa más saber cómo veían las personas de la sociedad de ese entonces esos sucesos y cómo fue posible mantener cierta normalidad cuando sucedían ese tipo de cosas.

Resulta que la era que vivimos me ofrece la inquietante respuesta: fue fácil.

Hasta la fecha en que escribo estas líneas, casi 200.000 estadounidenses han perdido la vida, muchos de ellos innecesariamente, a causa del COVID-19. En gran medida, estas muertes se deben a que el gobierno de Donald Trump se ha negado a tomar medidas suficientes para controlar la crisis, a dirigirse con honestidad al pueblo estadounidense y a instar a la ciudadanía a tomar precauciones. En vez de eso, Donald Trump ha mentido acerca del virus, le ha restado importancia y no ha escuchado las advertencias de los científicos. Por si fuera poco, sigue celebrando mítines sin exigir el uso de cubrebocas ni respetar el distanciamiento social.

La situación está a punto de empeorar: ahora algunos modelos predicen que el número de víctimas mortales del virus en Estados Unidos podría duplicarse de aquí al 1 de enero. Según el Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington:

“Esperamos que el número diario de muertos en Estados Unidos, a consecuencia del cambio de estación y la vigilancia reducida del público, llegue a cerca de 3000 al día en diciembre. Para el 1 de enero, se espera que el número total de muertes ascienda a 415.090, es decir, 222.522 muertes de aquí a final de año”.

Sin embargo, los estadounidenses todavía abarrotan los mítines de Trump, los republicanos no dejan de alabar su respuesta a la pandemia y no hay ninguna certeza de que pierda en noviembre. En muchos estados, los restaurantes, bares, escuelas, iglesias, gimnasios y spas están abiertos de nuevo. No es que ignoremos que hay un virus mortal que se transmite por el aire, pero sí parece que muchos estadounidenses, hartos de las restricciones, han preferido aceptar esa realidad.

Sufrimos una crisis climática que sigue empeorando. Las tormentas se vuelven más violentas. Las sequías son graves. Los ríos se desbordan. El nivel del mar se eleva. Aun así, no hacemos casi nada para detener todos estos fenómenos y quizá no lo hagamos antes de que sea demasiado tarde para hacer algo.

En este momento, gran parte de la Costa Oeste se encuentra en llamas; por donde se mire hay escenas infernales de cielos anaranjados. Con todo, muchos de nosotros les damos por su lado a los negacionistas del cambio climático o, todavía peor, tal vez estamos bien enterados de la gravedad y precariedad de la situación, pero no hemos cambiado nuestros hábitos ni hemos votado por los candidatos con las ideas más audaces para salvar al planeta.

Justo en este momento, China tiene detenidos a alrededor de un millón de ciudadanos, en su mayoría musulmanes, en campos de adoctrinamiento. Su propósito es ‘reprogramar’ a muchos de ellos para que se conviertan en “obreros leales y así las fábricas chinas cuenten con mano de obra barata”, en palabras de The New York Times.

A pesar de todo esto, el mundo casi no hace nada. Muchos prefieren hacerse de la vista gorda. La vida sigue.

Así suceden las catástrofes, a plena vista, y las personas que están enteradas de todos los detalles no se rebelan. Algunas veces la gente piensa que el problema está muy lejos o, si no es así, que es demasiado grande y ellos son totalmente impotentes.

Tienen una visión provincial, o incluso pueblerina, pues solo les preocupa su casa, su calle y su comunidad.

“Qué mal que esos niños estén enjaulados, pero no puedo preocuparme por eso en este momento. Necesito doblar la ropa de la secadora”.

“Qué mal que la policía le haya disparado a un hombre negro desarmado, pero no puedo hacer nada por ahora. Necesito cortar el césped”.

Creo que, en cierto sentido, este impulso es un mecanismo de defensa, un intento de librar a nuestra mente y espíritu de una avalancha de angustia y rabia. El problema es que esta actitud permite que la maldad, ya sea una persona o un sistema, cause estragos sin ningún control, porque nuestra decisión de no intervenir le da licencia pública para actuar.

Quien no se queja, aprueba.

Lo cierto es que no tiene por qué ser así. Dejemos de considerarnos débiles o impotentes. Dejemos de pensar que todo se arreglará solo. Dejemos de pensar que la maldad se detendrá en seco al llegar a la puerta y no acabará con nuestro propio jardín.

Puedes reunir la energía necesaria. Puedes reunir a tus vecinos. Pelea, vota, publica mensajes y envía correos electrónicos. Haz todo lo que esté en tus manos para defender al vulnerable, al oprimido y al planeta. No permitas que la historia registre este momento de la misma manera que ha registrado tantos otros: como una época en que la gente de bien hizo muy poco para confrontar la crueldad y el desastre.

Como escribió Edmund Burke en el texto titulado Thoughts on the Cause of the Present Discontents (Reflexiones sobre las causas del descontento actual) en 1770: “Cuando los hombres malvados combinan fuerzas, los hombres de bien deben asociarse; de lo contrario, irán cayendo, uno a uno, en un sacrificio sin piedad, en una lucha deleznable”.

Aunque quizá te resulte más conocida otra cita que por lo regular se le atribuye a Burke: “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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¿Dónde queda la indignación?

/ 22 de julio de 2020 / 00:17

Nunca deja de asombrarme por qué no hay más personas indignadas, consternadas y asqueadas por la crueldad y la mala actuación de Donald Trump.

Casi 140.000 estadounidenses han muerto a causa del COVID-19 y más de tres millones han contraído la enfermedad. Además, el panorama de nuestro país es funesto: los casos van en aumento y el número de fallecimientos sigue creciendo. Esta todavía es la primera ola; la segunda solo podría sumarse y ser catastrófica.

Sin embargo, los secuaces de Trump están atacando a Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas del país, exigiendo que todas las escuelas vuelvan a abrir en el otoño, pese a la furia del virus, y sosteniendo la mentira de que el motivo por el que tenemos más casos es porque se realizan más pruebas.

Trump ha politizado tanto la pandemia que ahora las personas se rehúsan de manera sistemática a usar cubrebocas en lugares públicos e insisten en que obligarlas a hacerlo es una violación a sus derechos individuales.

Por su parte, los legisladores republicanos solo cuestionan mínimamente el liderazgo letal de Trump, si es que acaso lo hacen.

Los jóvenes, cansados del aislamiento, se están reuniendo en bares y fiestas y sin duda han asimilado parte del mito de que son invencibles y que la pandemia pasará rápido.

No obstante, en vez de demostrar liderazgo y hacer las cosas lo más sencillas y eficaces posibles (insistir en la prescripción del cubrebocas a nivel nacional, así como aumentar las pruebas y el rastreo de los contactos), parece que Trump está haciendo lo contrario.

Como lo dio a conocer The Washington Post la semana pasada: “Según sus asesores, en las últimas semanas, Trump ha estado dedicando menos tiempo y energía al manejo de la pandemia y solo ocasionalmente ha hablado en detalle sobre este tema en sus presentaciones públicas. Uno de estos asesores dijo que el Presidente ‘en realidad ya no está trabajando en eso. No quiere que lo distraigan. No está llamando para pedir las cifras. No le preocupan los casos de coronavirus’”. Trump está, simplemente, metiendo la cabeza en la arena y tratando de que el virus se vaya solo porque así lo desea, de alejarlo con mentiras, o lo está dejando que cobre víctimas hasta que ya no quede ninguna.

Además, no parece que quiera conocer el verdadero impacto del virus y tampoco quiere que la población lo conozca.

Como lo informó The New York Times el sábado, los republicanos del Senado habían diseñado una propuesta para otro paquete de ayuda para la pandemia, el cual incluía miles de millones de dólares para realizar más pruebas y rastreos de contactos, así como dinero para los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) y los Institutos Nacionales de Salud Pública, pero la Casa Blanca detuvo estas gestiones de financiamiento.

Este escollo provocará la muerte de más estadounidenses.

También hay que mencionar que la propuesta de la Casa Blanca para el nuevo proyecto de ley incluye “eliminar $us 2.000 millones que se le iban a asignar al Indian Health Service, el cual es responsable de brindar atención médica a más de la mitad de los ciudadanos originarios del país y a los nativos de Alaska, quienes han sido devastados por la pandemia y son especialmente vulnerables al virus”, según el Times.

Sumemos el hecho de que el Gobierno ha dicho que tal vez siga separando a los niños de sus padres y mantenga a los padres en centros de detención, incluso después de que un juez federal dictaminó que los niños deberían ser liberados porque los brotes de COVID-19 habían hecho que las condiciones de las instalaciones no fueran seguras y que su detención fuera inconstitucional.

Sin embargo, el gobierno de Trump se ha opuesto a ello: “La solución a una transgresión constitucional de las condiciones de confinamiento es solucionar la transgresión, no liberar a los denunciantes”.

Añadamos a eso el hecho de que el gobierno de Trump presentó un escrito el mes pasado en el que solicitaba a la Corte Suprema que revocara la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de la Salud Asequible en medio de la pandemia, lo cual eliminaría la cobertura de hasta 23 millones de estadounidenses vulnerables.

Además, sumemos el hecho de que como lo informó el Times a principios de este mes: “El gobierno de Trump ha notificado formalmente a Naciones Unidas que Estados Unidos se retirará de la Organización Mundial de la Salud, medida que recortaría una de las mayores fuentes de financiamiento de la principal organización de salud global en medio de una pandemia”.

También, el gobierno de Trump les dijo a los estados que dejaran de enviar la información sobre el coronavirus a los CDC y que mejor la enviaran al Departamento de Salud y Servicios Sociales. Como informó CNBC, a consecuencia de la medida, “ya han desaparecido los datos públicos del sitio web de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades”.

Así que, tengo que volver a preguntar: ¿Dónde queda nuestra indignación? ¿Cómo puede estar sucediendo esto? ¿Cómo se ha permitido que ocurra? Se está dejando que personas de carne y hueso, los estadounidenses, se enfermen y mueran mientras Trump juega una partida política. ¿Por cuánto tiempo más se permitirá que continúe?

Charles M. Blow es columnista de The New York Times

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