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miércoles 8 dic 2021 | Actualizado a 12:31

Hacer economía como si la evidencia importara

/ 16 de octubre de 2021 / 01:52

Los premios Nobel de Economía se conceden por la investigación a largo plazo, no por la participación de los economistas en los debates actuales, así que desde luego no tienen mucha relación con el momento político. Es de esperar que la desconexión sea en especial grande cuando el premio se concede sobre todo por el desarrollo de nuevos métodos de investigación.

Y ese es el caso del último premio, concedido a David Card, Joshua D. Angrist y Guido W. Imbens, líderes de la “revolución de la credibilidad” (un cambio en la manera en la cual los economistas utilizan los datos para evaluar las teorías), que ha proliferado en la economía en la última generación.

Sin embargo, resulta que la revolución de la credibilidad es en extremo relevante para los debates actuales. En efecto, los estudios que utilizan el nuevo método han reforzado, en muchos casos, aunque no en todos, el argumento a favor de la intervención más activa del gobierno en la lucha contra la desigualdad.

Como explicaré, esto no es un accidente. Pero primero, ¿de qué se trata esta revolución?

En general, los economistas no podemos hacer experimentos controlados: todo lo que podemos hacer es observar. Y el problema de intentar sacar conclusiones a partir de observaciones económicas es que en todo momento y lugar están ocurriendo muchas cosas.

Antes de la revolución de la credibilidad, los economistas intentaban, en esencia, aislar los efectos de determinadas políticas u otros cambios mediante elaborados métodos estadísticos para controlar otros factores. En muchos casos, eso es lo único que podemos hacer. Pero cualquier intento de este tipo depende de cuán buenos sean los controles y suele haber un margen interminable de controversia sobre los resultados.

Sin embargo, en la década de 1990, algunos economistas se dieron cuenta de que había un método alternativo, el de explotar los “experimentos naturales”, situaciones en las que los caprichos de la historia ofrecen algo parecido al tipo de ensayo controlado que los investigadores querrían llevar a cabo pero no pueden.

El ejemplo más famoso es la investigación que Card realizó junto con el finado Alan Krueger sobre los efectos de los salarios mínimos. La mayoría de los economistas solían creer que el aumento del salario mínimo reduce el empleo. Pero, ¿sí es así? En 1992, el estado de Nueva Jersey aumentó su salario mínimo, mientras que uno de sus estados vecino, Pensilvania, no lo hizo. Card y Krueger se dieron cuenta de que podían evaluar el efecto de este cambio de política comparando el crecimiento del empleo en los dos estados después del aumento salarial, y usar a Pensilvania como control del experimento de Nueva Jersey.

Lo que encontraron fue que el aumento del salario mínimo tuvo muy poco o ningún efecto negativo en el número de puestos de trabajo, un resultado que se confirmó desde entonces al examinar muchos otros casos. Estos resultados no solo justifican el aumento de los salarios mínimos, sino también los intentos más agresivos de reducir la desigualdad en general.

Por último, los grandes cambios en el seguro de desempleo en el transcurso de la pandemia —un enorme aumento de la generosidad, luego un repentino recorte, después un restablecimiento parcial, y luego otro recorte, en el cual algunos estados recortaron las prestaciones antes que otros— proporcionan varios experimentos naturales que nos permiten comprobar si, como siempre insisten los conservadores, el seguro de desempleo disuade a los desempleados de buscar nuevos trabajos.

Pues bien, los datos ofrecen una respuesta clara: aunque las prestaciones por desempleo pueden tener algunos efectos desincentivadores, éstos son pequeños.

Entonces, en general, la economía moderna basada en datos tiende a apoyar políticas económicas más activistas. Pero, ¿por qué los datos parecen apoyar una agenda progresista?

La principal respuesta, yo diría, es que en el pasado muchas personas influyentes se aferraron a argumentos económicos que podían utilizarse para justificar la elevada desigualdad. No podemos aumentar el salario mínimo porque eso acabaría con el empleo; no podemos ayudar a los desempleados porque eso perjudicaría sus incentivos para trabajar; y así uno tras otro. En otras palabras, el uso político de la teoría económica tiende a tener un sesgo de derecha.

Pero ahora tenemos pruebas que pueden utilizarse para comprobar estos argumentos, y algunos no se sostienen. Así que la revolución empírica en economía socava la sabiduría convencional de la derecha que había dominado el discurso. En ese sentido, la evidencia resulta tener un sesgo liberal.

Una vez más, la investigación premiada con este Nobel no es de corte político, pero tiene importantes implicaciones políticas. Y la mayoría de esas implicaciones favorecen un movimiento de las políticas hacia la izquierda

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Saboteadores republicanos

/ 6 de diciembre de 2021 / 04:11

Con todo lo demás sucediendo, la probable desaparición inminente de Roe vs. Wade, la revelación de que Donald Trump sabía que había dado positivo por el coronavirus antes de debatir con Joe Biden, y más, no sé cuántos lectores saben que el gobierno de Estados Unidos casi se vio obligado a cerrar este fin de semana. Un acuerdo de última hora evitó esa crisis, pero faltan un par de semanas para otra crisis: se espera que el gobierno alcance su techo de deuda a mediados de este mes, y si no se eleva el techo se producirían estragos no solo en la gobernanza, sino también en la reputación financiera de Estados Unidos.

La cuestión es que el gobierno federal no tiene ningún problema para recaudar dinero; de hecho. Se trata de política. Tanto el continuo financiamiento del gobierno como el aumento del límite de la deuda están sujetos al obstruccionismo, y muchos senadores republicanos no apoyarán hacerlo a menos que los demócratas cumplan con sus demandas.

¿Y qué han hecho los republicanos que están dispuestos a poner en peligro tanto el funcionamiento de nuestro gobierno como la estabilidad financiera de la nación? Digan lo que digan, no están adoptando una posición por principio, o al menos, no por ningún otro principio que no sea la proposición de que incluso los demócratas debidamente elegidos no tienen derecho legítimo a gobernar.

De alguna manera hemos visto esta película antes. Los republicanos liderados por Newt Gingrich cerraron parcialmente el gobierno en 1995-96 en un intento de obtener concesiones del presidente Bill Clinton. Los legisladores republicanos crearon una serie de crisis de financiamiento bajo el presidente Barack Obama, nuevamente en un intento (parcialmente exitoso) de obtener concesiones políticas. La creación de crisis presupuestarias cada vez que un demócrata se sienta en la Casa Blanca se ha convertido en el procedimiento operativo estándar de los republicanos.

Sin embargo, los actuales intentos republicanos de extorsión son más desnudos y menos racionales que lo que sucedió durante los años de Obama. Esta vez, los obstruccionistas republicanos ni siquiera fingen preocuparse por la tinta roja. En cambio, están amenazando con cerrar todo a menos que la administración Biden abandone sus esfuerzos para combatir el coronavirus con mandatos de vacunas.

¿Sobre qué trata? Como han señalado muchos observadores, las afirmaciones de que la oposición a los mandatos de vacunas (y una oposición similar a los mandatos de máscara) se trata de mantener la libertad personal no resisten ningún tipo de escrutinio. Ninguna definición razonable de libertad incluye el derecho a poner en peligro la salud y la vida de otras personas porque no te apetece tomar precauciones básicas.

Además, las acciones de los gobiernos estatales controlados por los republicanos, por ejemplo en Florida y Texas, muestran un partido que no es tanto a favor de la libertad como a favor del COVID-19. ¿De qué otra manera puede explicar los intentos de evitar que las empresas privadas, cuya libertad de elección se suponía que era sacrosanta, exigieran que sus trabajadores estuvieran vacunados u ofrecieran beneficios especiales por desempleo para los no vacunados?

En otras palabras, el Partido Republicano no parece un partido que intente defender la libertad; parece una fiesta que intenta bloquear cualquier respuesta eficaz a una enfermedad mortal. ¿Por qué está haciendo esto?

Hasta cierto punto, seguramente refleja un cálculo político fríamente cínico. Los votantes tienden a culpar a cualquier partido que detente a la Casa Blanca por cualquier cosa mala que suceda durante su mandato, lo que crea un incentivo para que un partido lo suficientemente despiadado se involucre en un sabotaje total. Efectivamente, los republicanos que lucharon contra todos los esfuerzos para contener el coronavirus ahora están atacando a la administración Biden por no haber puesto fin a la pandemia.

Pero intentar cerrar el gobierno para bloquear las vacunas parece una exageración, incluso para los cínicos empedernidos. En cambio, lo que parece estar sucediendo va más allá de los cálculos fríos. Como señalé en el pasado, los políticos republicanos ahora actúan como apparatchiks en un régimen autoritario, compitiendo para tomar posiciones cada vez más extremas como una forma de demostrar su lealtad a la causa y al Líder. Atender la histeria contra las vacunas, hacer todo lo posible para mantener la pandemia, se ha convertido en algo que los republicanos hacen para mantenerse en buena posición dentro del partido.

El resultado es que uno de los dos principales partidos políticos de Estados Unidos no solo se niega a ayudar a la nación a lidiar con sus problemas; está trabajando activamente para hacer que el país sea ingobernable. Y espero que el resto de nosotros no haya perdido la capacidad de horrorizarnos adecuadamente ante este espectáculo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La Semana de la Infraestructura

/ 15 de noviembre de 2021 / 02:08

Trece miembros republicanos de la Cámara de Representantes votaron a favor del proyecto de ley de infraestructura del presidente Joe Biden. Puede que no parezca mucho, pero dada la intensidad del partidismo republicano, conseguir que incluso tantos republicanos apoyen una iniciativa que podría ayudar a Biden es sorprendente. Estos votos sugieren que los políticos creen lo que indican las encuestas: que la reparación de carreteras y puentes, la expansión de la banda ancha y otras cosas son en extremo populares y que oponerse al proyecto de ley tendría costos políticos.

Pero si el gasto en infraestructura es un ganador político, ¿por qué no ocurrió durante la presidencia de Donald Trump? El gobierno de Trump inauguró la Semana de la Infraestructura en junio de 2017, pero ninguna propuesta legislativa se materializó y, para cuando Trump perdió la presidencia, la frase se había convertido en un chiste nacional. ¿Por qué?

No fue solo la incompetencia, aunque eso fue parte de ella. La verdadera razón es que el Partido Republicano moderno es constitucionalmente incapaz —o quizás, dado el comportamiento reciente, debería ser inconstitucionalmente incapaz— de invertir en el futuro de Estados Unidos. Y, es triste decirlo, los demócratas que están a favor de las corporaciones, a quienes de hecho deberíamos dejar de llamar “centristas”, tienen algunos de los mismos problemas.

Trump habló mucho de infraestructura durante la campaña electoral de 2016. Pero el “plan” publicado por sus asesores —que de hecho solo era un borrador bastante ambiguo— era un desastre. Si Trump hubiera querido conseguir algo real, habría tenido que recurrir a personas que tuvieran alguna idea de lo que estaban haciendo, que al menos supieran cómo redactar la legislación. Pero no estaba dispuesto a trabajar con los demócratas y los principales republicanos del Congreso se opusieron a una inversión significativa en infraestructuras en todo momento.

¿Por qué esta oposición? En gran parte, se trataba de cómo pagar el gasto adicional. Desde luego, los republicanos se oponían a nuevos impuestos, sobre todo para las empresas y los ricos; también decían estar en contra del endeudamiento adicional del gobierno.

Sin embargo, la primera regla de la política deficitaria es que a nadie le importan los déficits. Sin duda, a los republicanos no les importó cuando aprobaron un recorte de impuestos de $us 1,9 billones sin ningún ahorro de gasto que lo compensara. El puñado de demócratas que todavía se resiste al plan de Biden para “reconstruir mejor”, que invertiría en las personas además del acero y el hormigón, ha retrasado la votación al exigir una estimación de costos a la Oficina de Presupuesto del Congreso. Pero no parece importarles el hecho de que el proyecto de ley de infraestructuras físicas se pague en parte con humo y espejos y que la Oficina de Presupuesto del Congreso calcule que añadirá cientos de miles de millones al déficit.

Por cierto, muchos economistas creen ahora que, dadas las bajas tasas de interés, no deberíamos preocuparnos por los déficits. Pero eso no impide que, cuando les conviene, los políticos aludan al miedo al déficit como forma de bloquear los programas gubernamentales que no les gustan.

En el caso de los republicanos convencionales, eso significa en esencia oponerse a todo lo que no sea gasto militar. Todo lo demás es “socialismo”, que en la derecha ha llegado a significar el gasto de dinero de cualquier manera que ayude a los ciudadanos comunes.

De hecho, está bastante claro que lo que los conservadores temen no es que los nuevos programas gubernamentales fracasen; temen que los programas sean percibidos como exitosos y ayuden a legitimar la participación más extensa del gobierno en la resolución de los problemas sociales.

Dada esta actitud, la única vía mediante la cual Trump podría haber conseguido la aprobación de su proyecto de ley de infraestructura habría sido pasando por alto a gran parte de su propio partido y trabajando con los demócratas. Pero, como he dicho, no estaba dispuesto a hacerlo.

Por desgracia, el puñado de demócratas que aún puede acabar con el proyecto Reconstruir Mejor parece compartir la falta de voluntad republicana de invertir en el futuro, aunque de manera más limitada. Están dispuestos a gastar en infraestructura, incluso con dinero prestado. Pero se acobardan ante el gasto social, a pesar de que hay pruebas sólidas de que ese gasto ayudaría mucho a la economía.

Sin embargo, en este momento, dar rienda suelta a esta insensatez cobraría un enorme precio político además de humano. La capacidad de Biden para conseguir por fin el proyecto de ley de infraestructura que durante cuatro años eludió Trump es una lección objetiva de lo que se puede conseguir si dejamos de lado a los ideólogos y a los capitalistas compinches. Ahora los demócratas deben terminar el trabajo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Multimillonarios inseguros, un peligroso poder

/ 8 de noviembre de 2021 / 02:31

Elon Musk no cree que los visionarios como él deban pagar impuestos como lo hace la gente cualquiera. Tiene la vista puesta en cosas más importantes, como llevar a la humanidad a Marte para “preservar la luz de la conciencia”. Verán, los multimillonarios tienden a estar rodeados de gente que les dice lo maravillosos que son y nunca, jamás, sugerirían que están haciendo el ridículo.

Pero no se atrevan a burlarse de Musk. El dinero de los multimillonarios les da mucha influencia política, la suficiente para bloquear los planes demócratas de pagar un gasto social muy necesario con un impuesto que solo habría afectado a unos cuantos cientos de personas en una nación de más de 300 millones. ¿Quién sabe lo que podrían hacer si creen que la gente se ríe de ellos?

Sin embargo, la decidida y hasta ahora exitosa oposición de los estadounidenses increíblemente ricos a cualquier esfuerzo por gravarlos como personas normales plantea un par de preguntas. En primer lugar, ¿hay algo de cierto en su insistencia en que cobrarles impuestos privaría a la sociedad de sus contribuciones únicas? En segundo lugar, ¿por qué las personas que tienen más dinero del que cualquiera puede realmente disfrutar están tan decididas a quedarse con cada centavo?

En cuanto a la primera pregunta, la derecha siempre ha afirmado que gravar a los multimillonarios los disuadirá de hacer todas las cosas maravillosas que hacen. Pero, ¿hay alguna razón para creer que los impuestos harán que los ricos se vuelvan como Galt y nos priven de su genialidad?

Para los no iniciados, “volverse como Galt” es una referencia a la novela La rebelión de Atlas de Ayn Rand, en la que los impuestos y la regulación inducen a los generadores de riqueza a retirarse a una fortaleza oculta, lo cual provoca el colapso económico y social. Resulta que la obra magna de Rand se publicó en 1957, durante la larga secuela del Nuevo Acuerdo, cuando ambos partidos aceptaban la necesidad de una tributación muy progresiva, una fuerte política antimonopolio y un poderoso movimiento sindical. Por lo tanto, el libro puede verse en parte como un comentario sobre el Estados Unidos de Harry Truman y Dwight Eisenhower, una época en la que los impuestos a la actividad empresarial eran más del doble de lo que son ahora y la tasa impositiva máxima de las personas era del 91%.

Y qué pasó, ¿los miembros productivos de la sociedad se pusieron en huelga y paralizaron la economía? No. De hecho, los años de la posguerra fueron una época de prosperidad sin precedentes; los ingresos familiares, ajustados a la inflación, se duplicaron en el transcurso de una generación.

Y en caso de que se lo pregunten, los ricos no consiguieron esquivar todos los impuestos que se les imponían. Como documentó un fascinante artículo de Fortune de 1955, el estatus de los ejecutivos de las empresas había decaído bastante comparado con el de antes de la guerra. Pero, de algún modo, siguieron haciendo su trabajo.

De acuerdo, los superricos no se pondrán en huelga si se les obliga a pagar algunos impuestos. ¿Pero por qué les preocupan tanto?

No es que tener que soltar, digamos, $us 40.000 millones tenga un impacto visible en la capacidad de un Elon Musk o un Jeff Bezos para disfrutar de los placeres de la vida. Es cierto que muchas personas muy ricas parecen considerar que ganar dinero es un juego, en el que el objetivo es superar a sus rivales; pero la clasificación en ese juego no se vería afectada por un impuesto que todos los jugadores tuvieran que pagar.

Lo que sospecho, aunque no puedo probarlo, es que lo que en realidad mueve a alguien como Musk es un ego inseguro. Quiere que el mundo reconozca su inigualable grandeza; hacer que pague impuestos como un “apretado de Wall Street que gana $us 400.000 al año” (mi frase favorita de la película Wall Street) sugeriría que no es un tesoro único, que tal vez no se merece todo lo que tiene.

No sé cuántos recuerdan la “ira contra Obama”, la furiosa reacción de Wall Street contra el entonces presidente Barack Obama. Si bien fue en parte una respuesta a los cambios reales en la política fiscal y regulatoria —en efecto, Obama les aumentó bastante los impuestos a los que más ganaban—, lo que hizo enfurecer a los financieros fue su sensación de haber sido insultados. Porque ¡incluso llamó a algunos de ellos peces gordos!

¿Acaso los muy ricos son más mezquinos que el resto de nosotros? En promedio, tal vez sí; después de todo, pueden permitírselo y los cortesanos y aduladores atraídos por las grandes fortunas sin duda facilitan que alguien pierda el piso.

Sin embargo, lo importante es que la mezquindad de los multimillonarios viene acompañada de un gran poder. Y el resultado es que todos nosotros acabamos pagando un precio muy alto por su inseguridad.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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De la gente muy seria, el clima y los niños

/ 6 de octubre de 2021 / 00:52

Hace una década, la élite estaba obsesionada con emitir su opinión sobre la supuesta necesidad de tomar medidas inmediatas para reducir el déficit presupuestario. Este consenso entre lo que yo solía llamar la “gente muy seria” era tan fuerte que, como escribió Ezra Klein, los déficits se convirtieron de alguna manera en una cuestión a la que “no aplican las reglas de la neutralidad informativa”. Los medios de comunicación abogaron de manera más o menos abierta no solo por la reducción del déficit en general, sino en particular por la “reforma de los derechos”, que en realidad se refería a disminuir las futuras prestaciones de Medicare y la Seguridad Social. Esos recortes, parecía argumentar aquella gente importante, eran fundamentales para asegurar el futuro de la nación.

No lo fueron. Pero esta es mi pregunta: si a los opinadores de la élite les preocupa tanto el futuro, ¿por qué no hay un consenso similar en este momento en lo que respecta a la necesidad de la acción climática y el gasto en los niños? Estos son dos de los principales componentes de la agenda del presidente Joe Biden para reconstruir mejor y los argumentos a favor de ambos son mucho más fuertes de lo que fueron los argumentos a favor de la disminución de los derechos.

El costo de retrasar la acción sobre el clima y los niños es real e inmenso.

En cuanto al clima: ya hemos visto las consecuencias del cambio climático: sequías severas y proliferación de fenómenos meteorológicos extremos. El abrumador consenso científico es que esas consecuencias se agravarán mucho más en las próximas décadas. Así que, al posponer la acción climática, estamos minando nuestro futuro de una manera mucho más sustancial de lo que lo hacemos si añadimos un poco de porcentaje a la deuda nacional, por ejemplo.

En cuanto a los niños: la pobreza infantil es un problema enorme en Estados Unidos. Y hay pruebas abrumadoras de que el gasto en programas que alivian la pobreza infantil tiene enormes beneficios. Así que cada año que no aumentamos la ayuda a los niños, por ejemplo ampliando el Crédito Fiscal por Hijos, supone décadas de potencial humano desperdiciado.

Con todo, la opinión de la élite, y gran parte de la cobertura informativa, no enfatiza la enorme irresponsabilidad de oponerse a los planes de energía limpia ni el inmenso desperdicio de potencial humano que supone no abordar la pobreza infantil. Es cierto, no acabo de entender esta doble moral: por qué la “gente muy seria” se obsesiona con la supuesta necesidad urgente de limitar la deuda pública y, sin embargo, se muestra indiferente, si no hostil, a las propuestas para abordar las cuestiones que de verdad importan para nuestro futuro.

El dinero es sin duda parte de la historia: grupos empresariales como la Cámara de Comercio de Estados Unidos estaban a favor de la reforma de los derechos, pero están presionando con fuerza en contra del plan Reconstruir Mejor. De hecho, los demócratas que intentan echar por tierra la agenda de Biden se describen mejor como el ala corporativa del partido que como “centristas”.

No obstante, no todos los que definen la creencia popular están de acuerdo. También parece haber una especie de dinámica social en la política y los medios de comunicación, que tal vez refleje los círculos en los que se mueven los líderes de opinión, que considera valientes a las personas que quieren hacer más difícil la vida de los estadounidenses comunes, mientras que ve con desconfianza y falta de realismo a los que quieren aumentar los impuestos a las empresas y a los ricos.

Sean cuales fueren las razones de esta dinámica, hay que combatirla. Ahora mismo tenemos la oportunidad de hacer lo que es en verdad correcto. Será una tragedia si dejamos pasar esta oportunidad.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Centristas y propaganda de derecha

/ 26 de septiembre de 2021 / 00:39

Todos los que prestaron atención durante los años de Obama sabían que los republicanos también intentarían socavar las presidencias demócratas. Algunas de las acciones del Partido Republicano han sorprendido incluso a los cínicos. Aun así, el intento republicano de hacer fracasar al presidente Joe Biden, por mucho que perjudique al resto del país, era previsible.

Más sorprendente, al menos para mí, ha sido el comportamiento autodestructivo de los centristas demócratas (término que prefiero a «moderados», porque es difícil ver qué hay de moderado en exigir que Biden abandone políticas muy populares como la de los impuestos a las empresas y la reducción de los precios de los medicamentos. En este punto, parece demasiado posible que un puñado de demócratas recalcitrantes haga saltar por los aires toda la agenda de Biden) y sí, son los centristas los que están haciendo un berrinche, mientras que los progresistas del partido están actuando como adultos.

Entonces, ¿qué está motivando al escuadrón de saboteadores? Yo diría que parte de la respuesta es que han interiorizado décadas de propaganda económica de derecha, que su reacción visceral a cualquier propuesta para mejorar la vida de los estadounidenses es que debe ser inviable e inasequible.

Por supuesto, esta no es toda la historia. No debemos subestimar la influencia del dinero: tanto los donantes adinerados como las grandes farmacéuticas han hecho gala de su poder. Tampoco hay que descartar la importancia de la simple falta de cálculo: $us 3,5 billones parecen mucho dinero, y no hay que suponer que los políticos entienden (o creen que los electores entienden) que se trata de un gasto propuesto a lo largo de una década, no en un solo año. Supondría poco más del 1% del Producto Interno Bruto durante ese periodo y seguiría dejando el gasto público global muy por debajo de su nivel en otras democracias ricas. Además, ignora el hecho de que el verdadero costo, menos los ahorros netos y los nuevos ingresos, sería mucho menor que $us 3,5 billones.

Y algunos políticos parecen tener la idea equivocada de que solo el gasto en infraestructuras «duras», como carreteras y puentes, cuenta como inversión en el futuro de la nación. Es decir, no se han puesto al día con la creciente evidencia de los altos rendimientos económicos del gasto en las personas, en especial el gasto que saca a los niños de la pobreza.

Sin embargo, a menudo me sorprende escuchar a políticos y expertos que no se consideran parte del movimiento conservador, que defienden argumentos económicos que no son más que propaganda de la derecha, pero que se han repetido tantas veces que muchas personas que deberían saberlo mejor los aceptan como un hecho establecido.

Por último, es sorprendente la cantidad de gente que cree que las economías europeas con un elevado gasto social se ven muy perjudicadas por la reducción de los incentivos al trabajo. Es cierto que durante los años 80 y 90, gran parte del continente parecía sufrir de «euroesclerosis»; es decir, de un elevado y persistente desempleo, incluso durante los periodos de expansión económica. Pero eso fue hace mucho tiempo. Hoy en día, los generosos Estados del bienestar suelen tener un mejor rendimiento del mercado laboral que Estados Unidos.

Tomemos el ejemplo de Dinamarca, que Fox Business comparó en un momento dado con Venezuela. De hecho, si fuera cierto el dogma de la derecha, Dinamarca debería ser un infierno económico. Tiene un gasto social mucho mayor que el nuestro; dos tercios de sus trabajadores están sindicalizados y esos sindicatos son tan poderosos que obligaron a McDonald’s a pagar a sus trabajadores $us 22 la hora.

Pero la realidad es que los daneses en edad de trabajar tienen más posibilidades de tener un empleo que sus pares estadounidenses. Es cierto que el PIB real per cápita es un poco más bajo en Dinamarca, pero eso se debe sobre todo a que Dinamarca, a diferencia de Estados Unidos, no es una nación sin vacaciones; los daneses de verdad se toman un tiempo libre del trabajo.

La cuestión es que, por lo que veo, esos problemáticos centristas demócratas están cegados por una narrativa económica creada a propósito para bloquear el progreso y justificar la enorme desigualdad. Así que imaginan que la agenda de Biden (que es un esfuerzo bastante modesto para abordar los problemas muy reales de nuestra nación) es de alguna manera irresponsable y una amenaza para el futuro de la nación.

Les pido que reconsideren sus premisas. El gasto propuesto por Biden no es irresponsable y no perjudicaría el crecimiento. Por el contrario, sería profundamente irresponsable no invertir en las personas, así como en el concreto, y si nos remitimos a las pruebas, en lugar de repetir el dogma de la derecha, uno se da cuenta de que la agenda de Biden, de hecho, favorece el crecimiento.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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