Voces

martes 30 nov 2021 | Actualizado a 01:18

Aborto y homicidio involuntario

/ 21 de octubre de 2021 / 01:27

Brittney Poolaw, entonces de 19 años, acudió al Comanche County Memorial Hospital de Oklahoma el año pasado tras sufrir un aborto espontáneo en su casa. Tenía unas 17 semanas de gestación. Según una declaración jurada de un detective de la Policía que la entrevistó, ella reconoció ante el personal del hospital que había consumido metanfetamina y marihuana.

Un médico forense citó su consumo de drogas como una de las varias “condiciones que contribuyeron” al aborto espontáneo, pero la lista también incluía una anomalía congénita y un desprendimiento de la placenta. Poolaw fue detenida por un cargo de homicidio en primer grado y, al no poder pagar una fianza de $us 20.000, fue encarcelada durante un año y medio en espera del juicio.

El juicio se celebró este mes y duró un día. Según una televisora local, un perito que testificó por parte de la Fiscalía declaró que el consumo de metanfetamina podría no haber sido la causa directa de la muerte del feto de Poolaw. No obstante, tras deliberar durante menos de tres horas, el jurado la declaró culpable y fue condenada a cuatro años de prisión.

De la declaración jurada del detective se desprende que todo el calvario de Poolaw podría haberse evitado si hubiera tenido acceso a una atención médica reproductiva decente. Poolaw, escribió el detective, “declaró que cuando se enteró de que estaba embarazada no sabía si quería tener al bebé o no. Dijo que no estaba familiarizada con cómo o dónde tener acceso a un aborto”.

El caso de Poolaw es una injusticia, pero también una advertencia. Esto es lo que ocurre cuando la ley trata a los embriones y fetos como personas con derechos que están por encima de quienes los llevan en el vientre. Y ofrece una visión del tipo de juicios que podrían ser comunes en un mundo en el que se anule el caso Roe contra Wade; un mundo en el que podríamos vivir incluso a partir del año próximo.

Los antiabortistas suelen insistir en que no tienen intención de encarcelar a las mujeres que interrumpen su embarazo. Cuando Donald Trump era candidato presidencial y dijo que debería haber “alguna forma de castigo” para las mujeres que abortan, fue muy criticado por el movimiento antiabortista: Peggy Nance, directora de Concerned Women for America, lo llamó “la caricatura que la izquierda trata de pintar de nosotras”.

En 2013, un estudio arbitrado realizado por National Advocates for Pregnant Women, una organización de justicia reproductiva, encontró 413 casos entre 1973 y 2005 de mujeres arrestadas o privadas de su libertad de alguna otra manera porque fueron acusadas de poner en peligro a sus fetos o causarles daño. Desde entonces, el ritmo de los procesamientos ha aumentado; entre 2006 y 2020, National Advocates for Pregnant Women identificó 1.254 casos de este tipo.

En virtud del caso Roe contra Wade y el caso Planned Parenthood contra Casey, la decisión de 1992 que lo confirmó, solo un pequeño puñado de casos de mujeres procesadas por la pérdida del embarazo involucran a aquellas que tenían la intención de abortar.

No obstante, si se revoca la jurisprudencia que sentó el caso Roe, los fiscales tendrán vía libre para procesar a las mujeres que decidan interrumpir su embarazo. El fin del caso Roe, dijo Lynn Paltrow, directora ejecutiva de National Advocates for Pregnant Women, “dejará en libertad a los fiscales justicieros para que apliquen el derecho penal en contra de las personas que buscan interrumpir su embarazo y lo sabemos porque ya lo hemos visto en todos los demás casos que lleva National Advocates for Pregnant Women”. Según la declaración jurada del detective en el caso de Poolaw, ella se sorprendió al enterarse de que era sujeto de investigación. Al parecer, no se dio cuenta de que Oklahoma consideraría su catástrofe como un delito. ¿Cómo podría haberlo hecho? Lo que le sucedió todavía no es normal. Pronto podría llegar a serlo.

Michelle Goldberg es columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

Deberíamos saber menos de los demás

/ 4 de noviembre de 2021 / 01:45

En 2017, luego de la conmoción que causaron el brexit y la elección de Donald Trump, Christopher Bail, profesor de Sociología y Política Pública en la Universidad Duke, se propuso estudiar qué pasaría si se sacara a la gente de las cámaras de eco que son las redes sociales. Bail es el director de The Polarization Lab, un equipo de científicos sociales y estadísticos que estudia cómo la tecnología amplifica las divisiones políticas. Él y sus colegas idearon un experimento sencillo. Como Bail escribe en su libro más reciente, reclutaron a 1.220 usuarios de Twitter que se identificaban como demócratas o republicanos, y ofrecieron pagarles $us 11 para que siguieran una cuenta de Twitter específica durante un mes. Aunque los participantes no lo sabían, a los demócratas se les asignó seguir una cuenta operada por bots que retuiteaba mensajes de importantes políticos y pensadores republicanos. A su vez, los republicanos siguieron una cuenta administrada por bots que retuiteaba a demócratas.

En ese momento, gran parte de la preocupación sobre el papel del internet en la polarización política giraba en torno a lo que el activista digital Eli Pariser llamó filtros burbuja, que define la manera en que un internet cada vez más personalizado atrapa a las personas en silos de información que se refuerzan a sí mismos. “La idea de la cámara de eco estaba llegando a su apogeo en términos de su influencia pública”, me comentó Bail. “Explicaba muy bien cómo Trump había ganado, cómo el brexit había podido suceder”. El equipo de Bail quería ver si hacer que la gente se relacionara con ideas ajenas podía moderar sus opiniones. Sucedió lo opuesto. “Nadie se hizo más moderado”, dijo Bail. “Sobre todo los republicanos se volvieron mucho más conservadores cuando siguieron al bot demócrata, y los demócratas se hicieron un poco más liberales”.

Desde hace mucho, las redes sociales se han justificado con la idea de que conectar a la gente haría que el mundo fuera más abierto y humano. Después de todo, en la vida fuera del internet, conocer a diferentes tipos de personas suele abrirnos la mente, éstas dejan de ser caricaturas para convertirse en individuos complejos. Es comprensible que alguna vez muchos creyeran que lo mismo pasaría en internet. Pero resulta que la conexión no es buena por naturaleza, sobre todo en línea. En el internet, conocer a personas que no son como nosotros con frecuencia nos hace odiarlas, y ese odio está configurando más nuestras políticas. La corrosión social provocada por Facebook y otras plataformas no es un efecto secundario de las malas decisiones de gestión y diseño. Está integrada en las propias redes sociales.

Hay muchas razones por las que Facebook y las compañías de redes sociales que le siguieron están involucradas en la ruptura democrática, la violencia comunal en el mundo y una guerra civil fría en Estados Unidos. Son motores para difundir desinformación y combustible algorítmico para teorías conspirativas. Recompensan a la gente por expresar su ira y desprecio con el mismo tipo de dopamina que se obtiene al jugar a las máquinas tragamonedas.

Las políticas de derecha ahora se enfocan en hacer enfurecer a observadores liberales imaginarios. Es como si los conservadores enfadados vivieran todo el tiempo con un progresista hostigador en su cabeza. Tal vez las redes no crearon esta mentalidad, pero la exacerban mucho. Después de todo, no tiene sentido hacer quedar mal a los liberales si no se tiene un público.

El valor de la distancia psíquica puede aplicarse tanto dentro de las comunidades como entre ellas. En 2017, Deb Roy, director del Centro de Comunicación Constructiva del Instituto Tecnológico de Massachusetts y excientífico jefe de medios en Twitter, celebró reuniones informales en pueblos pequeños para hablar con la gente sobre las redes sociales. Varias veces, las personas le dijeron que habían dejado de hablar con los vecinos u otras personas del pueblo después de ver cómo expresaban sus opiniones en línea. Fue la primera vez, me dijo Roy, que escuchó de las personas mismas que las redes sociales “están bloqueando conversaciones que, de lo contrario, habrían sucedido de forma orgánica”.

Roy cree que existe el potencial de una red social saludable: señala Front Porch Forum, una plataforma moderada y localizada para los habitantes de Vermont. Pero es notorio que su mejor ejemplo sea algo tan pequeño, poco convencional y relativamente de baja tecnología. Claro que hay formas de comunicarse por internet que no promueven la animosidad, pero tal vez no con las plataformas que ahora predominan. En un país que se hunde cada vez más en un estado perpetuo de acritud estridente, quizá podríamos tolerarnos más si nos escucháramos menos.

Michelle Goldberg es columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

El aborto en Texas

/ 16 de septiembre de 2021 / 01:20

En Texas, las adolescentes que necesitan abortar deben tener el consentimiento de sus padres, pero para muchas jóvenes eso no es una opción. Tal vez estén en un hogar temporal o sean menores no acompañadas en un centro de detención de inmigrantes, en cuyo caso el gobierno tiene autoridad jurídica sobre ellas. Tal vez sus padres son maltratadores o se oponen por completo al aborto.

La Corte Suprema dictaminó que los padres no tienen poder absoluto para obligar a sus hijas a continuar con embarazos no deseados, por lo que Texas, al igual que muchos otros estados, permite lo que se conoce como una dispensa judicial. Si una menor embarazada puede demostrarle a un juez que tiene la madurez necesaria para tomar la decisión por sí misma o que notificar a sus padres no es lo mejor para ella, puede obtener una dispensa que le permita abortar.

Sin embargo, la prohibición del aborto en Texas después de las seis semanas, que la Corte Suprema se ha negado a detener, acabó en la práctica con las dispensas judiciales. Incluso si una chica descubre que está embarazada en el momento en que una prueba casera puede detectarlo, superar el proceso de dispensa judicial y el periodo de espera de 24 horas del estado antes de las seis semanas de embarazo es sumamente difícil, si no es que imposible. Mientras la medida, conocida como el proyecto de ley 8 del Senado, siga vigente, el aborto no estará disponible para algunas de las adolescentes más vulnerables del estado. Según la ley, no importa si fueron violadas o si decirles a sus padres que están embarazadas las pone en peligro. Ni siquiera importa si su padre fue quien las embarazó.

Jane’s Due Process es una organización que ayuda a menores embarazadas a obtener dispensas. Rosann Mariappuram, su directora, me comentó que antes del proyecto de ley 8 del Senado, al menos una adolescente al día solía solicitar la ayuda del grupo.

Las mujeres mayores de edad con recursos pueden salir del estado para abortar. Las adolescentes que no cuentan con la ayuda de sus padres no pueden hacerlo. Si no puedes decirles a tus padres que estás embarazada, lo más probable es que tampoco puedas explicar un viaje en carretera a Nuevo México. Las personas detenidas por motivos migratorios obviamente no pueden viajar. “No hay opciones para ellas”, dijo Mariappuram.

Fue un escándalo menor cuando Scott Lloyd, un director de la Oficina de Reasentamiento de Refugiados durante la presidencia de Donald Trump, utilizó su autoridad para tratar de impedir que algunas niñas migrantes abortaran. Ahora lo hace todo el estado de Texas. La escalada de autoritarismo del Partido Republicano hace que las políticas que resultaban impactantes en fechas tan recientes como 2018, dentro de poco tiempo podrían convertirse en algo rutinario.

Como informó The Washington Post, los funcionarios republicanos de al menos siete estados están considerando imitar la ley de abortos de Texas. El costo humano que esto supondrá será terrible; un amplio estudio de mujeres que querían abortar, pero se les negó el procedimiento reveló que el parto forzado tuvo consecuencias desgarradoras para su salud física y mental, sus finanzas y los hijos que ya tenían. Hay una dosis adicional de crueldad en despojar a las jóvenes con menos control sobre sus propias vidas del control sobre sus cuerpos. El margen de maniobra para las adolescentes que se encuentran en condiciones desfavorables ya era pequeño. Texas lo ha reducido a casi nada.

Michelle Goldberg es columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

La soledad quebranta a EEUU

/ 22 de julio de 2021 / 01:33

No planeaba leer ninguno de los nuevos libros sobre Donald Trump. Su vampírico dominio de cinco años sobre la atención de la nación fue bastante espantoso; una de las pequeñas alegrías de la era posterior a Trump es que es posible ignorarlo durante días.

Pero después de leer un artículo adaptado de Honestamente, ganamos esta elección: La verdad de cómo Trump perdió, de Michael C. Bender, un reportero de The Wall Street Journal, cambié de opinión y comencé a leer el libro. Lo que me llamó la atención no fueron sus reportajes sobre el desorden de la Casa Blanca y los aterradores impulsos de Trump; algunos detalles son nuevos, pero esa historia es conocida. Más bien, me impresionó el relato de Bender sobre las personas que siguieron a Trump de un mitin a otro como groupies autoritarios.

La descripción de Bender de estos superfanáticos de Trump, que se hacían llamar front-row Joes, es benévola pero no sentimental. Ante todo, Bender captura la soledad de esas personas antes de la llegada de Trump.

“Muchos se acababan de jubilar, tenían tiempo libre y pocas cosas que los mantuvieran en casa”, escribe Bender. “Algunos nunca tuvieron hijos. Otros estaban distanciados de sus familiares”. Al arrojarse al movimiento de Trump, encontraron una comunidad y un sentido de propósito. “La vida de Saundra se volvió más significativa con Trump”, dice sobre una mujer de Míchigan que realizó trabajos ocasionales de todo tipo en el camino para financiar su obsesión.

Existen muchas causas para las disfunciones superpuestas que hacen que la vida estadounidense contemporánea se sienta tan distópica, pero la soledad es una de las mayores. Incluso antes del COVID-19, los estadounidenses se estaban volviendo cada vez más solitarios. Y como Damon Linker señaló recientemente en The Week, citando a Hannah Arendt, las personas solitarias se sienten atraídas por las ideologías totalitarias. “La característica principal del hombre-masa no es la brutalidad ni el atraso, sino su aislamiento y falta de relaciones sociales normales”, concluye Arendt en Los orígenes del totalitarismo al describir a quienes se han entregado a movimientos masivos de gran alcance.

En primer lugar, una sociedad socialmente sana tal vez nunca habría elegido a Trump. Como escribió en FiveThirtyEight Daniel Cox, investigador sénior de encuestas y opinión pública de American Enterprise Institute, una organización conservadora, poco después de las elecciones de 2020, “la proporción de estadounidenses que están más desconectados de la sociedad va en aumento. Y estos electores apoyan desproporcionadamente a Trump”.

No es solo el trumpismo el que se alimenta del aislamiento. Hay que prestar atención a QAnon, que se ha transformado de un engaño en un foro de discusión en internet a una cuasirreligión. También es probable que sea una de las razones por las que QAnon comenzó a expandirse junto con los confinamientos por el COVID-19 y encontró una nueva vida entre los influentes de Instagram, los practicantes de yoga y las mamás de los suburbios. QAnon, que llegó a fusionarse con las teorías de conspiración en torno al coronavirus, les dio una explicación sobre su desgracia y villanos a quienes culpar.

Una cruel paradoja del coronavirus es que el distanciamiento social requerido para controlarlo alimentó patologías que ahora lo están prolongando. Las personas aisladas y divididas se refugiaron en movimientos que han hecho que ahora estén en contra de las vacunas.

Hacia el final del libro de Bender, reaparece Saundra. Ella acababa de participar en la insurrección del 6 de enero en el Capitolio y parecía estar lista para más. “Dígannos dónde tenemos que estar, dejamos todo y nos vamos”, afirma Saundra. “A nadie le importa si tiene que trabajar. A nadie le importa nada”. Si le das sentido a la vida de alguien, te lo dará todo.

Michelle Goldberg es columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

¿Qué tan peligroso era Trump?

El fascismo está obsesionado con el miedo a la victimización, la humillación y la decadencia.

/ 16 de diciembre de 2020 / 04:11

A lo largo de la presidencia de Donald Trump, ha habido un debate entre la izquierda sobre el tipo de amenaza que representa. Las figuras más famosas de la izquierda estadounidense —Alexandria Ocasio-Cortez, Bernie Sanders, Noam Chomsky— vieron a Trump como un autoritario que, de reelegirse, podría destruir la democracia estadounidense para siempre. Pero, otra corriente de opinión de izquierda consideraba que los gestos fascistas de Trump eran casi puramente performáticos y creía que su torpeza para hacer que el poder estatal se alineara lo hacía menos peligroso que, por ejemplo, George W. Bush.

Uno de los principales defensores de esta postura es el politólogo Corey Robin. En una entrevista con la publicación de izquierda Jewish Currents, argumentó: “Comparada con las presidencias republicanas de Nixon, Reagan y George W. Bush, la de Trump fue significativamente menos transformadora y su legado está mucho menos asegurado”.

La ratificación por parte del Colegio Electoral de la victoria de Joe Biden parece un momento apropiado para revisar este debate. Trump trató, a su manera descuidada y caótica, de cambiar el resultado de las elecciones y gran parte de su partido, incluyendo la mayoría de los republicanos en la Cámara de Representantes y muchos fiscales generales estatales, se alineó con él. Sin embargo, Trump fracasó, y es poco probable que siga los llamados de sus seguidores, como su antiguo asesor de seguridad nacional

Michael Flynn, para que declare la ley marcial.

Entonces, ¿qué es más importante, el deseo del Presidente de derrocar la democracia estadounidense o su incapacidad de llevarlo a cabo? ¿Qué tan fascista era Trump? Parte de la respuesta depende de si evaluamos la ideología de Trump o su capacidad para implementarla. Parece bastante obvio que el espíritu del trumpismo es fascista, al menos según las definiciones clásicas del término.

El fascismo está obsesionado con el miedo a la victimización, la humillación y la decadencia y el consiguiente culto a la fuerza. Los fascistas, escribió Robert O. Paxton en Anatomía del fascismo, ven “la necesidad de autoridad a través de jefes naturales (siempre varones), que culmina en un caudillo nacional que es el único capaz de encarnar el destino histórico del grupo”. Creen en “la superioridad de los instintos del caudillo respecto a la razón abstracta y universal”. Esto describe de manera acertada el movimiento de Trump.

Sin embargo, Trump solo fue capaz de traducir su movimiento en un gobierno en ciertos momentos. El estado de la seguridad nacional era más a menudo su antagonista que su herramienta.

Hubo investigaciones del Departamento de Justicia sobre los enemigos políticos del Presidente, pero en su mayoría no llegaron a nada. El ejército se desplegó contra los manifestantes, pero solo una vez.

Trump celebró lo que podría ser la ejecución extrajudicial de Michael Reinoehl, un activista antifa buscado por un tiroteo que dejó víctimas, pero esos asesinatos no eran la norma. Enjauló a los niños, pero se le presionó para que los dejara salir. Y al final, perdió una elección y tendrá que irse.

No obstante, puede que el daño que ha hecho sea irreversible. En Twitter, Robin argumentó, de manera acertada, que George W. Bush, mucho más que Trump, remodeló el gobierno, ya que dejó atrás la Ley Patriota y el Departamento de Seguridad Nacional. En cambio, la mayor parte del legado de Trump es la destrucción, incluso de la pretensión de que la ley debe aplicarse por igual a gobernantes y gobernados, de gran parte de la administración pública, de la posición de Estados Unidos en el mundo.

En consecuencia, en Estados Unidos, Trump ha eviscerado cualquier concepción común de la realidad. Otros presidentes se burlaron de la verdad; un alto funcionario de Bush, que muchos creen que es Karl Rove, se burló de la “comunidad basada en la realidad” con el periodista Ron Suskind. Sin embargo, la habilidad de Trump para envolver a sus seguidores en un capullo de mentiras no tiene parangón. El gobierno de Bush engañó al país para ir a la guerra en Irak. Después de la invasión, no insistió en que encontraron armas de destrucción masiva cuando era evidente que no las había. Por eso el país pudo llegar a un consenso de que la guerra fue un desastre.

Un consenso como ese no será posible en lo que respecta a Trump, sus abusos de poder, su calamitosa respuesta al coronavirus ni su derrota electoral. Trump deja a su paso a una nación desquiciada.

En mayo, Samuel Moyn predijo, en The New York Review of Books, que si Biden ganaba, los temores sobre el fascismo estadounidense se disiparían. Satisfechos en su restauración, escribió, aquellos que advirtieron del fascismo “acordonarán el interludio, como si fuera ‘un accidente en la fábrica’, como los alemanes después de la Segunda Guerra Mundial describieron su error de 12 años”. Mientras los electores estadounidenses se congregaban —con la Policía y sus guardias armados y el capitolio de Míchigan cerrado por “amenazas creíbles de violencia”— las palabras de Moyn, con un significado cínico, parecen demasiado optimistas. Trump no logró tomar a Estados Unidos, pero puede que lo haya roto de manera irrevocable.

Michelle Goldberg es columnista de The New York Times.

Comparte y opina: