Voces

miércoles 8 dic 2021 | Actualizado a 12:04

Símbolos en el estado de guerra

/ 25 de octubre de 2021 / 02:11

En horas de la noche del paro convocado por la dirigencia cívica cruceña, el 11 de octubre de 2021, un puñado de unionistas irrumpieron violentamente en una zona populosa, arengando: “El Plan Tres Mil no es masista” y acto seguido, en un hecho oscurantista, quemaban wiphalas. Esa zona cruceña es habitada por pobres y, entre ellos, por migrantes aymaras. Igualmente, el domingo aciago del golpe de Estado perpetrado en Bolivia en noviembre de 2019, exaltados miembros de la Resistencia Juvenil Cochala (RJC) quemaban wiphalas, irónicamente en la Plaza de las Banderas en Cochabamba.

Esos actos medievales se insertan en el estado de guerra que, desde hace 15 años, vive Bolivia. Esta idea trabajada inicialmente por Thomas Hobbes y, posteriormente, retomada por Michel Foucault es para dar cuenta que no necesariamente estamos en guerra, sino en un estado de guerra que es un espacio de tiempo donde hay la voluntad para enfrentarse. Desde 2005, cuando los indígenas portando wiphalas llegaron al poder, en Bolivia se insertó en el imaginario social esa voluntad de enfrentarse e, incluso, en los momentos más críticos, por ejemplo, en las masacres (de Porvenir, Sacaba y/o Senkata), revelaron algo más abominable: el aniquilamiento del otro.

Entonces, ese estado de guerra que acompaña al proceso de polarización que, dicho sea al pasar, es su profundización. En Bolivia, desde su nacimiento como República, la polarización fue un ingrediente constitutivo. Esa polarización se reflejó fundamentalmente en un par de clivajes: el étnico y el regional, que conjuntamente con la polarización política/partidaria (masista/antimasista) que quizás condensa los dos clivajes anteriores. Ese estado de guerra de la polarización boliviana sirve para amortiguar algo peor: la guerra civil. Entonces, la disputa se libra en el campo simbólico, donde cobra un sentido político. O, parafraseándolo a Carl Von Clausewitz diríamos: La política es la continuación de la guerra por otros medios.

Nicolás Maquiavelo en su libro Del arte de la guerra reflexionó que, aparte de que un ejército tiene que equiparse de armas y soldados para la guerra, debe tener banderas y cornetas. En los estándares del ejército, además, deben llevar signos distintivos ya que todo ese dispositivo simbólico tiene el propósito de formar un “sentimiento patrio”. Obviamente, los símbolos son fundamentales para la conformación de las “comunidades imaginarias” que hablaba Benedict Anderson. Por eso, las banderas por sí tienen la función integradora, pero en un estado de guerra pueden ser peligrosas con efectos adversos y, por lo tanto, imprevisibles.

En todo caso, Maquiavelo no buscó exaltar la guerra, sino, todo lo contrario, advertir de los riesgos de esa máquina de guerra que opera detrás de las trifulcas en un contexto bélico. Los símbolos dicen más allá de lo que representan. No es casual, por ejemplo, la iconografía de la RJC es esencialmente fascista. O que la Unión Juvenil Cruceñista (UJC) use una cruz verde semejante a la “cruz de los caídos” que hoy genera un debate en España para extirpar ese símbolo ominoso del franquismo de algunos espacios públicos.

En ese estado de guerra de la polarización boliviana, por lo tanto, se comprende el recurrente ultraje a la wiphala. Este emblema de los pueblos indígenas, luego ícono del Movimiento Al Socialismo y, finalmente, símbolo del Estado Plurinacional. No es casual, en una equivalencia discursiva, la wiphala se convirtió en un “símbolo del enemigo” para los sectores criollos/mestizos y, a la vez, reactivó su racismo colonial.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Criminología crítica

/ 8 de diciembre de 2021 / 04:01

En noviembre pasado participé de un seminario sobre “el estado del arte de la criminología crítica en América Latina”. Gratamente sorprendido por la producción principalmente de gente nueva y joven. Se evidencia el resurgir de los estudios criminológicos en general en América Latina.

No me extraña. Entiendo el proceso argentino, porque como en el fútbol ellos tienen excelentes estudiosos que han incursionado en la criminología crítica, en un giro desde el derecho penal. Recordemos a Carlitos Elbert que hasta organizó un evento latinoamericano a finales del siglo pasado para encarar el futuro de la criminología: visionario. Aunque considero que el gran incentivo lo ha hecho Raúl Zaffaroni, al sentir que el derecho penal no es suficiente y de allí inicia un giro extraordinario hacia la criminología. Claro, cuando se tiene a un Maradona y/o Messi, genera una incidencia o motivación extraordinaria, sobre todo en las nuevas generaciones.

Lo más sorprendente es Brasil, que sin tener un Pelé en la criminología crítica, sin menospreciar a todos aquellos que desde los años 90 hicieron esfuerzos para abrir espacios, como lo hizo mi profesor Nilo Baptista o mi amiga Eliana Junqueira, hoy tienen para muchas selecciones de excelentes criminólogos, gracias a los exuberantes recursos universitarios para realizar investigaciones.

Sin que signifique crítica, aunque por ser críticos per se no podemos eludirla, creo que me quedé con un amarguito al final; como cuando se chupa lima y se la disfruta intensamente, pero queda un saborsingo al final. Y lo intento comprender, aunque no lo comparto. Fueron muy pocos jóvenes criminólogos críticos que reconocieron el pasado de pioneros que surgieron entre finales de los años 60 y principalmente en los 70, generando una meca de la crítica desde Venezuela para América Latina. Recordemos a dos grandes que ahora ya no están con vida: Rosa del Olmo y Lola Aniyar de Castro. Bolivia tuvo el privilegio de tenerlas en variadas ocasiones. A ambas las pude exprimir académicamente, desde mediados de los 80.

En Bolivia, cuando conocí personalmente a Idón Chivi (profesor de criminología en la UTO) en 1992 para el encuentro de los Grupos latinoamericanos de Criminología Crítica y Comparada que organicé en Santa Cruz (a las cuales asistieron Alessandro Barata, Lola Aniyar, Thamara Santos, entre otros), Idón apareció con mis primeros tres libros (Delincuencia privilegiada, Granja de espejos y Reflexiones criminológicas y penales) para que los firme: nació una extraordinaria amistad.

¿Qué pasó con esa generación de criminólogos críticos que anualmente nos reuníamos en diferentes países? Lolita fue elegida primero senadora (la recuerdo en campaña y siendo mi guía de tesis, discutimos su contenido en varias ocasiones antes de iniciarse el mitin electoral), y luego gobernadora del Zulia y después embajadora ante la Unesco; Nilo Baptista también entró en la arena política en Río de Janeiro; también podríamos mencionar otros. Creo que ellos motivaron a que muchos entremos a la arena política. ¿Y cómo no hacerlo si había un fuerte compromiso con esa realidad que se pretendía desentrañar y modificar?

En el tiempo que estuve de diputado, conversé muchas veces con Idón. Ahora no está más. Ambos dejamos la criminología por la política activa.

Massimo Sozzo, a quien le planteé la idea de que la política alejó, a finales del siglo pasado, a los grandes de la criminología crítica, me dijo “el día solo tiene 24 horas”: no se puede hacer más. En conversaciones personales con Lolita, a comienzos de este siglo, me mostró un dejo a frustración y, desde hace un quinquenio que retomé la criminología, comparto plenamente ese sinsabor.

Claro, hay excepciones. Raúl Zaffaroni tiene la gran capacidad de generarse autocrítica y encaminarse hacia la criminología crítica y seguir en la vida institucional vinculada al derecho penal: genialidad propia de Maradona.

Alejandro Colanzi es criminólogo y nonnino de Valentina.

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El factor Evo Morales

/ 8 de diciembre de 2021 / 03:55

Cuando Evo Morales fue derrocado en 2019, un colega sugirió a la Redacción que aquel debía quedar proscrito en la cobertura periodística. Cuando le refutaron por qué, dijo que políticamente había muerto, que no era ni fuente ni factor que incida en la marcha del país. No, Morales va a haber siempre, a pesar de los periodistas.

La mañana del 12 de noviembre de 2019 llegó a México, el mandatario dimisionario comenzó a hablar, y nunca dejó de hacerlo. Antes de aterrizar en Buenos Aires, el 11 de diciembre, el entonces presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, le propuso asilarlo: “Acá en Argentina muévete con libertad, haz lo que tienes que hacer”. Y así fue.

No hubo días en que dejara de hablar; siempre como fuente de declaraciones o factor de reacciones políticas. Aunque no diga ni haga nada, siempre se ocupaban de él: los medios, sus detractores o los académicos.

En Buenos Aires, junto con sus correligionarios, construyó las candidaturas de Luis Arce y David Choquehuanca, y desde allí dirigió la campaña masista de la redención.

Cuando el MAS ganó las elecciones, recuperó aliento y comenzó a hablar más fuerte. Y al retornar a Bolivia, al día siguiente del juramento de Arce, el hombre se disparó.

No estaba proscrito ni muerto políticamente. Siempre estuvo/está vigente. Siempre (in)oportuno, incómodo, soberbio, polémico, torpe, mordaz, directo… sin tapujos.

Y su palabra es ley, para bien o para mal; siempre comidilla de los medios de información, de los periodistas y sus detractores.

Hace poco, antes que Luis Fernando Camacho lo planteara, desempolvó de la nada la propuesta de federalismo al plantear “un debate sincero” e incluso la posibilidad de un referéndum con ese fin. Una vez que el gobernador de Santa Cruz le hiciera el juego, Morales viró en su criterio y consideró a la iniciativa de separatista.

En las últimas semanas, con la convocatoria a la “Marcha por la Patria”, su protagonismo hasta ensombreció a Arce. Las malas lenguas dijeron que la multitudinaria movilización fue convocada con el objetivo de lavarle la cara a Morales, en recurrente cuestionamiento por su papel de la crisis poselectoral de 2019 —Carlos Mesa no deja de llamarlo “el dictador fugado”— y sus affaires personales.

“Que no provoquen al movimiento indígena, vamos a defender nuestro movimiento; les decimos públicamente (…): esta marcha no termina aquí”, desafió en el mitin de la movilización que terminó en La Paz.

Y, claro, la marcha estuvo convocada con el fin de contrarrestar el protagonismo cívico de la última movilización contra la ahora abrogada Ley 1386 y en respaldo al gobierno de Arce, afectado por sus iniciativas legales.

Insaciable en el discurso duro contra sus adversarios y políticamente ambicioso, Morales no deja de copar el debate político, aun a costa de sus seguidores y correligionarios. O en Kawsachun Coca o en sus redes sociales.

Acaba de causar incomodidad en el oficialismo y el gobierno de Arce con su propuesta de un encuentro con la oposición y los empresarios para la discusión del programa de gobierno. Lo digo “con cierta autoridad”, dijo.

No es el presidente del país, pero parece olvidar su rol de exmandatario.

Es imparable. No va a cesar en su protagonismo político; su influencia política mantiene a su partido en permanente actividad orgánica: movilización, talleres y organización.

Seguirá siendo noticia, así sea para atacarlo o generar repercusión sobre sus acciones. Seguirá transitando entre el bien y el mal, entre el odio y el amor; se alimenta de eso. A pesar del cansancio de su militancia sobre sus dislates, a pesar de sus detractores.

Parte de los males de la democracia se lo debemos a él; parte de los “bienes”, también.

Rubén Atahuichi es periodista.

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Islas de calor

/ 8 de diciembre de 2021 / 03:47

Con las temperaturas batiendo récord todos los años, la década 2011-2020 es la más cálida, y desde 2015 las olas de calor son más intensas, según el informe anual provisional del estado del clima de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

En la ciudad de Santa Cruz, el intenso avance de los centros urbanos ha provocado la remoción de vegetación para la construcción e implementación de nuevas urbanizaciones, generando un crecimiento desmesurado y desordenado. La pérdida de árboles en las ciudades provoca islas de calor y nos expone a mayores efectos del cambio climático, la diferencia entre una zona con árboles versus un área de alta concentración de vivienda es de hasta 10°C. Este es un indicador que el clima alterado genera un malestar térmico, provocando daños a la salud, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Frente a estos acontecimientos, la renaturalización en las ciudades es fundamental, hay que apostar por soluciones basadas en la naturaleza para resolver los graves problemas medioambientales que se agudizan con cada árbol eliminado. Es imperativo crear espacios saludables diseñados por y para la gente, con infraestructura verde, bosques urbanos, calles, plazas y jardines, con proyectos que optimicen el espacio urbano, como una visión de “ciudad sustentable”

La relación que existe entre la ciudad y la naturaleza debe ser estudiada, no solo porque se pueda paliar en parte los efectos del cambio climático, sino porque habrá que hacer frente a futuras crisis sanitarias, y de ello dependerá que podamos tener calidad de vida.

La OMS recomienda que todo el mundo tenga un espacio verde de al menos 0,5 hectáreas a 300 metros de su casa, reafirmando que dotar a las ciudades de más verde reporta muchos beneficios para la salud, como una esperanza de vida más larga, menos problemas de salud mental y un mejor funcionamiento cognitivo, generando resiliencia a sus habitantes.

Santa Cruz y las ciudades bolivianas requieren rediseñar sus paisajes urbanos incluyendo criterios de sostenibilidad y conservación de la biodiversidad, disminuyendo la impermeabilización de suelos y desarrollando un ordenamiento territorial resiliente y climáticamente inteligente. Tenemos que encaminar el crecimiento de las ciudades hacia la planificación bajo el concepto de “ciudades inteligentes”, que integra la convivencia del ser humano frente a los desafíos climáticos y la tecnología, interactuando sinérgicamente para catalizar el desarrollo económico sostenible, la resiliencia, y la alta calidad de vida, promoviendo la gestión transparente que responda a las necesidades sociales y ambientales de los bolivianos.

Necesitamos entender que la convivencia de los seres humanos en espacios verdes ayuda a que seamos seres más empáticos con nuestro entorno, con mayor capacidad de comprensión de la realidad. Necesitamos lograr una sinergia entre la naturaleza y nosotros.

Sara Espinoza es subgerente de Proyecto de la FAN.

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El diseño de los coches me está aburriendo

/ 7 de diciembre de 2021 / 01:01

Un gerente de producto de Mercedes me dijo una vez que esperaba ver más cambios en los automóviles y en la industria automotriz en los siguientes 20 años de los que hemos visto en los últimos 75. Eso fue hace seis años y medio y, hasta el momento, sus predicciones han dado justo en el blanco. Me cuesta pensar en un negocio de consumo que esté experimentando una transformación más radical que la que están viviendo los automóviles.

La primera revolución es la electrificación. Motivada por las regulaciones ambientales y acelerada por la competencia de Tesla, el gigante de los coches eléctricos de Elon Musk, buena parte de la industria planea abandonar la tecnología que la define —el motor a base de gasolina— para decantarse hacia las baterías y los motores eléctricos.

Además, está la navegación autónoma. Aunque todavía falta mucho para ver vehículos que se manejen completamente solos, una gran cantidad de coches ya se están encargando de atender las tediosas maniobras rutinarias y evitar las catástrofes repentinas de los viajes diarios hacia y desde el trabajo. Los autos pueden frenar cuando detectan a peatones, cambiar de carril y mantener el paso de otros autos en el camino, incluso en un embotellamiento. Algunos modelos, como los que tienen el sistema Super Cruise de General Motors, ni siquiera exigen que tengas las manos en el volante.

Y, por último, en otra tendencia iniciada por Tesla, los autos se están convirtiendo en teléfonos inteligentes sobre ruedas. Vienen equipados con gigantescas pantallas táctiles y montones de cámaras, y pueden adquirir nuevas funciones por medio de actualizaciones en internet.

Con tantos cambios en curso en la industria automotriz, había tenido muchas ganas de visitar el Salón Internacional del Automóvil de Los Ángeles, uno de los más grandes del mundo. Sin embargo, al poco tiempo de llegar al piso del evento, la semana pasada, ya quería —¿cómo decirlo con delicadeza?— matarme del aburrimiento.

Tal vez al interior de los autos estén ocurriendo cambios inmensos, pero no lo podrías notar con solo verlos. Adonde fuera que volteara en la exposición, veía el mismo vehículo básico, una selección tan insípida y monótona como el pasillo de la comida congelada del supermercado.

Los amantes de los coches se han quejado durante décadas sobre la homogeneidad, pero al parecer el problema se ha vuelto extremo. La mayoría de los autos en la exposición se parecía a la mayoría de los otros en sus categorías y, debido a que los estadounidenses han convergido en una variedad muy limitada de categorías de autos, la invariabilidad se sentía opresiva y, en esencia, bastante triste. En algún momento, los autos fueron un patio de juegos para la experimentación estética, un escaparate para los diseñadores industriales más atrevidos y creativos del mundo. Ahora, de verdad son como teléfonos inteligentes: cada iPhone nuevo es tan solo una ligera evolución del anterior y pasa lo mismo con cada automóvil nuevo.

Hay muchas fuerzas que presionan a favor de la invariabilidad. Debido a los límites que imponen las regulaciones de seguridad y la aerodinámica, las automotrices han tenido poco espacio para crear diseños experimentales. La restricción más grande es lo que buscan los clientes: vehículos con interiores amplios que se conduzcan desde lo alto y den la sensación de una sala de estar o tal vez de un trono.

A menudo he escrito sobre mi relación de amor-odio con los autos. Me encantan los autos como producto; los odio como infraestructura. Me encanta observar la industria automotriz por su dinamismo, su innovación tecnológica y la manera en que ha anticipado y alterado las preferencias estéticas del público; odio la industria por la manera en que ha dominado la política y la planeación urbana, por la forma en que ha promocionado sus productos como una parte necesaria de la vida moderna.

Sin embargo, con cada año que pasa, los autos como producto ofrecen menos de qué enamorarse. Silicon Valley ahora está al volante de las innovaciones más importantes de la industria, por los avances en las baterías, las cámaras, las redes y la inteligencia artificial. Los autos están desarrollando cerebros y me da gusto. Solo me gustaría que al mismo tiempo no perdieran el corazón, el alma y la personalidad.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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Felicidad y opulencia

/ 7 de diciembre de 2021 / 00:52

La desigualdad social no es difícil de advertir en estos tiempos. Muchos dicen que no les gusta la Navidad justamente por eso. Los que pueden, dan rienda suelta a sus impulsos consumistas, y los que no pueden deben contentarse con la promesa de que seguramente el año que viene será mejor. Me viene a la mente una lectura seguramente conocida por muchos, llamada Utopía, que sirvió de inspiración para los socialistas de principios del Siglo XIX. Publicada por Tomás Moro hace 505 años, sigue siendo todavía el exponente más conocido del género literario conocido como utopismo renacentista, en el que destacan también otras obras como La Ciudad del Sol, de Tommaso Campanella, y Nueva Atlántida, de Francis Bacon.

¿Qué tenían todas estas obras en común? Fuera de describir, cada una a su manera, la organización política, costumbres y valores de la sociedad ideal, todas contraponían la elevación de hombre a la acumulación de riquezas, la ostentación y la opulencia. No podía ser de otra forma. Estamos hablando del periodo en el que el poder de la Iglesia Católica comenzó a menguar, entre otras razones, por la mercantilización del paraíso que las autoridades eclesiásticas usufructuaban a través de la venta de bulas papales que garantizaban el perdón de los pecados e incluso la reducción de las penas en el purgatorio, por módicas sumas que, de todos modos, pocos podían pagar.

La jerarquía católica vivía a lo grande, y disfrutaba de los placeres más difíciles de imaginar, mientras que en las calles familias enteras morían de hambre y de frío. Poco después de que Martín Lutero publicara en 1517 sus 95 tesis condenando la corrupción de la Iglesia, una revuelta de campesinos estalló en Alemania, bajo el grito de “todo es de todos”. Creían que el padre de la Reforma Protestante los apoyaría, pero este se alió rápidamente a la nobleza y pidió que se degollara a esos revoltosos. Ya era famoso para entonces.

Los impulsos colectivistas de las utopías renacentistas, con excepción de la de Bacon, que de todos modos parece insinuar que la riqueza no guarda relación alguna con el enaltecimiento de las personas, se explican por aquella desigualdad extrema sustentada, irónicamente, en una religión que se diferenciaba de todas las otras en el Imperio romano por su comunitarismo y su rechazo a la opulencia. Recuerden que Jesús advirtió en algún momento que sería más fácil para un camello pasar a través del ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de los cielos. Seguramente nuestros amigos evangélicos no recordaron eso cuando gritaban “Cristo viene, Arce se va” durante las protestas contra la Ley 1386. Pero sí lo tenían presente Moro y Campanella, cuando escribieron sus relatos sobre sociedades perfectas, donde las personas, de hecho, utilizaban oro para construir mingitorios, en clara señal de desprecio por la riqueza. De hecho, Campanella trató de iniciar una revolución en el norte de Italia, donde pretendía materializar su proyecto de una sociedad perfecta caracterizada por la abolición de la propiedad privada.

Le fue mal, obviamente, como a todo comunista, razón por la cual siempre he tratado de mostrarme como un moderado. Amo la verdad, pero no moriría por ella. Odio el capitalismo, pero no me gustan las armas. Lo único que pido es una burguesía nacional que no tenga prejuicios raciales propios del siglo XVI ni esté dispuesta a masacrar a nadie. ¿Es mucho pedir?

En todo caso, que estas fechas nos sirvan para recordar que la abolición de la propiedad privada y la condena de la usura no fueron ideadas por unos comunistas ateos y sin moral, sino por unos padres de lo más benévolos que se sentían avergonzados por la ostentación sin disimulo de unos pocos bien pocos. Existe una línea cuya transgresión puede provocar acontecimientos imprevisibles, y esa línea suele coincidir con los niveles más altos de desigualdad. Hasta donde sé, vivimos en uno de los continentes más desiguales del planeta, lo que explica que también sea uno de los más violentos.

Felices compras, digo fiestas.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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