Voces

martes 30 nov 2021 | Actualizado a 02:47

Estar en contra del trabajo

/ 26 de octubre de 2021 / 01:13

Los trabajadores del mundo que han sufrido desde hace mucho al fin han obtenido algo de influencia sobre sus jefes, y su nuevo poder es algo glorioso de ver.

Esta semana, en Corea del Sur, decenas de miles de miembros de sindicatos montaron una huelga de un día para exigir mejores prestaciones y protecciones para los trabajadores temporales y por contrato. En el Reino Unido, donde el brexit ha provocado una grave escasez de bienes y de mano de obra, el primer ministro Boris Johnson se ha adjudicado el crédito, de manera sospechosa, de lo que él llama una nueva era de aumento salarial.

Además, en Estados Unidos, una cifra récord de casi 4,3 millones de personas renunció a sus trabajos en agosto, según el Departamento del Trabajo, y más de 10 millones de puestos quedaron desocupados, una cantidad un tanto menor a la de julio, cuando hubo alrededor de 11 millones de vacantes. La escasez de trabajadores ha conducido a un aumento de salarios que ha superado las expectativas de muchos economistas y tal parece que ha desconcertado a los jefes que están acostumbrados a que los empleados atiendan de inmediato todas y cada una de sus necesidades.

Hay muchas posibles razones por las que las personas estarían reacias a trabajar en puestos terribles. La gente que cuenta con la seguridad del subsidio de desempleo y los fondos de estímulo quizá está esperando a que se abran mejores vacantes. Los trabajadores que pasaron el último año y medio en la primera línea de empleos peligrosos en industrias ingratas —por ejemplo, la vigilancia del uso de cubrebocas entre clientes beligerantes en tiendas y restaurantes— tal vez ya están agotados de esa experiencia. Y muchos trabajadores aún tienen miedo de poner en riesgo su salud en una pandemia que sigue en curso, además de que la falta de servicios de cuidado para niños y personas mayores ha acumulado costos y complicaciones que hacen que muchos trabajos no valgan el esfuerzo.

Todo esto tiene lógica. Pero quizá también haya algo más profundo en juego. En esta repentina reorganización de la vida diaria, es posible que la pandemia haya orillado a muchas personas a contemplar una posibilidad muy poco estadounidense: que nuestra sociedad está demasiado obsesionada con el trabajo, que el empleo no es la única manera de encontrarle un significado a la vida y que a veces no tener trabajo es mejor que tener uno malo.

Cabe reconocer que la evidencia detrás de esta revaluación es más anecdótica que rigurosa. Bien podría suceder que, en cuanto los mercados laborales se relajen, los trabajadores vuelvan a rendir pleitesía a sus jefes.

En Estados Unidos, la enorme legislación de política social propuesta por el gobierno de Joe Biden también se concibió en parte como una vía para resolver los problemas que padecieron los trabajadores durante la pandemia.

Se puede echar un vistazo a un mundo postrabajo en el foro “/antiwork” de Reddit “para los que quieren acabar con el trabajo”, que se ha vuelto viral en los últimos meses. He estado leyendo las publicaciones del foro desde hace meses y, para mi sorpresa, he compartido la emoción visceral de ver a las personas recuperar las riendas de su vida de entre las fauces del capitalismo que roba el alma y destruye la salud.

Me avergüenza decir que no me había dado cuenta de cuánto dominaba mi vida el trabajo hasta la pandemia, hasta que este meteoro impactó nuestras vidas y me obligó a reconsiderar lo que estaba haciendo.

No estoy diciendo que voy a renunciar, espero poder conservar este trabajo durante mucho tiempo. Solo que ahora tengo espacio en mi mente para una verdad que mi adicción al trabajo previa a la pandemia nunca me permitió contemplar: que incluso un trabajo de ensueño es un trabajo y, en la incesante cultura de la productividad estadounidense, hemos convertido a nuestros trabajos en prisiones para nuestra mente y alma. Es hora de liberarnos.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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El chip que puede transformar la informática

/ 12 de noviembre de 2021 / 02:20

Durante décadas, el gigante de fabricación de chips Intel reinó como una de las compañías técnicas más avanzadas de Silicon Valley. La promesa de que cada año sus nuevos chips serían mucho más rápidos que sus viejos chips marcó el ritmo de los avances en la industria. Pero, en algún momento de la última década, Intel perdió el rumbo.

Fue sorprendido por las nuevas tendencias y asediado por una serie de retrasos operativos humillantes. Pero lo que ha sido aún más sorprendente que el tropiezo de Intel es la empresa que la ha superado como el referente en materia de procesadores. Cupertino, California, es el lugar donde se ubica la sede de Apple, cuyo enfoque en el diseño, la estética y la funcionalidad a menudo la ha dejado vulnerable a la insinuación de que sus productos en realidad no son tan capaces, sino que son más una moda. No obstante, el mes pasado, Apple presentó nuevas computadoras portátiles fabricadas con base en sus propios procesadores diseñados a la medida, el M1 Pro y el M1 Max, que han logrado que esas burlas se vuelvan completamente absurdas.

Las primeras reseñas de las nuevas máquinas de Apple habían sido tan entusiastas, que me preocupaba que me terminaran decepcionando cuando usara alguna y resultara ser tan frustrante como todas las computadoras suelen ser. No me han decepcionado. Me han dejado boquiabierto.

Llamé a varios expertos para preguntarles qué nos dice la innovación de Apple sobre el futuro de la informática. ¿La respuesta corta? Todavía tenemos camino que recorrer antes de toparnos con una pared. Los chips M1 hacen que las computadoras portátiles sean tan potentes como algunas de las computadoras de escritorio más rápidas del mundo, pero tan eficientes que la duración de su batería supera a la de cualquier otra computadora portátil.

Para alcanzar sus velocidades máximas, los procesadores de Intel tenían que consumir mucha electricidad y generar mucho calor. Pero los productos más importantes de Apple son portátiles y funcionan con baterías, por lo que consumir mucha energía no era lo ideal. Sus diseñadores de chips tuvieron que adoptar una estrategia completamente diferente. En lugar de maximizar la potencia bruta, Apple buscó fabricar chips optimizados en cuanto a potencia y eficiencia.

Los mecanismos técnicos que Apple usó para lograr esta combinación sonarán como un trabalenguas “nerd” para cualquiera que no conozca la teoría de semiconductores. Pero en términos generales, los sistemas de Apple utilizan muchas unidades de procesamiento especializadas y están optimizados para ejecutar más operaciones “fuera de orden”, un término técnico que significa que pueden ejecutar más código de manera simultánea.

El resultado es algo así como la diferencia entre un auto deportivo de alta potencia y un Tesla. El auto deportivo alcanza altas velocidades con un motor enorme que quema mucha gasolina. El Tesla puede alcanzar velocidades incluso más altas mientras consume menos energía porque su motor eléctrico es inherentemente más eficiente que un motor de gasolina. Durante años, Intel fabricó autos deportivos; la gran innovación de Apple fue construir el Tesla de los chips de computadora.

Las inversiones de Apple han contribuido a detonar una nueva carrera en el negocio de los chips. Intel está invirtiendo $us 20.000 millones en nuevas plantas de fabricación de chips, y otros fabricantes de chips —Samsung y TSMC, que fabrica procesadores para Apple— están invirtiendo de forma colectiva cientos de miles de millones de dólares para aumentar la capacidad.

Si sueno quizás demasiado emocionado por los microchips, es porque no ha habido mucha innovación técnica revolucionaria en el sector tecnológico en años. Facebook está dedicado a destruir democracias, Google se limita a succionar más dinero de los anuncios y cada nuevo iPhone es apenas mejor que el anterior en una escala gradual.

Los procesadores de Apple se sienten genuinamente nuevos. Para bien o para mal, mejorarán de manera drástica las capacidades de nuestros dispositivos en los próximos años. Los teléfonos más rápidos de la actualidad son más potentes que las computadoras de apenas hace unos años; Andrei Frumusanu, quien cubrió los nuevos procesadores de Apple para el sitio web de noticias tecnológicas Anandtech, me dijo que predice que Apple seguirá logrando avances similares al menos durante la próxima década.

Otras empresas de tecnología gastarán mucho dinero para ponerse al día. Después de ver lo que ha hecho Apple, Frumusanu afirmó que “todos están enloqueciendo”.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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El pánico moral por Instagram

/ 20 de octubre de 2021 / 02:29

En su testimonio ante una subcomisión del Senado, Frances Haugen, una exempleada de Facebook convertida en informante, planteó una serie de cuestiones políticas importantes y complejas sobre cómo la sociedad podría regular mejor al caprichoso gigante de las redes sociales.

Pero también planteó una cuestión muy básica, para la que ni la audiencia ni sus documentos internos filtrados proporcionaron una respuesta clara. La pregunta es: ¿las redes sociales son un peligro para los adolescentes? La respuesta es: no tenemos ni idea.

Nadie lo sabe a ciencia cierta, ni los expertos en desarrollo infantil, ni las empresas tecnológicas, ni los adolescentes, ni, por desgracia, los desventurados padres como yo. Y al llegar a la conclusión de que la plataforma Instagram de Facebook y otros servicios de redes sociales serán la ruina de la próxima generación, nosotros —los medios de comunicación en particular y la sociedad en general— podemos estar cayendo en una trampa que nos ha atrapado una y otra vez: un pánico moral en el que sacamos conclusiones generalizadas y alarmantes sobre los peligros ocultos de las nuevas formas de medios de comunicación, las nuevas tecnologías o las nuevas ideas que se propagan entre los jóvenes.

Los cómics, la televisión, la música rock, el rap, la música disco, los videojuegos, el inglés negro vernáculo y la corrección política son algunos de los temas que han generado pánico colectivo en el pasado. Se podría pensar que esta letanía de sobresaltos mediáticos evitaría nuevos sustos, pero seguimos teniendo tanto pánico como siempre.

En los últimos dos años me he vuelto en particular cauteloso con estos pánicos. Mientras veía el testimonio de Haugen la semana pasada, no pude evitar detectar patrones de pánico moral. Muchas de las preguntas de los legisladores y las respuestas de Haugen parecían tener menos sustento en los datos y más en las suposiciones. A veces, la audiencia parecía una versión de la vida real de ese meme de Los Simpsons: “¿Por favor, que alguien piense en los niños?”.

Haugen se refirió a las investigaciones de Facebook que sugieren que Instagram puede exacerbar la ansiedad, la depresión, los pensamientos suicidas y los problemas de imagen corporal de los adolescentes. Entre otras sugerencias, propuso aumentar la edad mínima de cualquier persona que utilice las redes sociales de 13 a 17 años.

Como escribió el psicólogo Laurence Steinberg en el Times, la investigación que cita Haugen es bastante débil. Gran parte de ella es correlativa y los mismos documentos filtrados también muestran que muchos adolescentes parecen pensar que, en muchos aspectos, Instagram desempeña un papel más positivo en sus vidas que negativo.

Como analista, la propuesta de Haugen de aumentar la edad mínima para usar las redes sociales me parece una precaución razonable. También ha defendido con firmeza que los legisladores y los reguladores impongan una transparencia radical a Facebook para que los investigadores externos puedan conocer mucho mejor el papel de las redes sociales en la sociedad.

Pero como padre de niños a los que les falta un par de años para ser adolescentes, mis preocupaciones son más inmediatas. ¿Debería (en algún momento) dejar que mis hijos tuvieran teléfonos inteligentes y exploraran la naturaleza de Instagram, TikTok y cualquier otra cosa de Internet que los niños utilicen ahora y de la que yo no haya oído hablar? Si es así, ¿a qué edad?

Por el momento, mis mejores respuestas son: no sé y no sé.

La permisividad y la prohibición tienen un posible costo. Es factible, como sugiere la investigación filtrada de Haugen, que las redes sociales tengan efectos desastrosos en el bienestar mental y social de mis hijos; también es posible que tengan efectos positivos significativos (en la encuesta que Haugen señaló, muchos chicos y chicas adolescentes dijeron que Instagram aliviaba su soledad, el estrés familiar y la tristeza, mientras que muchos también dijeron que no tenía ningún impacto).

También está la cuestión de cómo un bloqueo de las redes sociales puede afectar al bienestar de mis hijos. Hoy en día, para bien o para mal, el mundo funciona con las redes sociales; ¿quiero que mis hijos crezcan sin entender su dinámica, sus riesgos y sus posibilidades? ¿Una prohibición los convertirá en parias sociales? Si les impido usar la aplicación en la que se reúnen todos sus amigos, ¿estoy actuando como el padre inflexible que no dejaría a sus hijos escuchar a Elvis?

Vivimos en tiempos difíciles. Pero no podemos empezar a resolver nuestros verdaderos problemas si nos dejamos llevar por exageraciones. 

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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¿Y si los humanos ya no podemos congeniar?

/ 7 de agosto de 2021 / 00:55

Grosso modo, la historia de la humanidad tiene que ver con la cooperación. Por separado, nosotros los primates lampiños de cerebro grande somos criaturas bastante ridículas, presa fácil para cualquier Simba con cuerpo de papá que deambule por las llanuras. Pero si nos juntamos, conseguimos dominar la tierra y el cielo.

A regañadientes, con violencia, a menudo después de agotar todas las demás posibilidades, seguimos abriéndonos paso a codazos para conseguir casi todo. Desde la familia hasta la aldea, pasando por la ciudad, el Estado nación y la megacorporación mundial; la cooperación y la coordinación entre grupos de tamaño y complejidad crecientes es, para bien o para mal, la manera en que hemos llegado hasta aquí.

Pero, ¿qué pasa si llegamos al límite de nuestra capacidad para llevarnos bien? No me refiero a que seamos como Plaza Sésamo. No hablo del tenor de nuestra política. Mi preocupación es más fundamental: ¿somos capaces como especie de coordinar nuestras acciones a una escala necesaria para abordar los problemas más graves a los que nos enfrentamos?

Con la pandemia del COVID-19 y el cambio climático, la humanidad se enfrenta a amenazas globales y colectivas. Pero nuestra respuesta se ha empantanado no tanto por la falta de ideas o de inventiva, sino por la incapacidad de alinear nuestras acciones en colectivo, ya sea en el seno de las naciones o como comunidad mundial. No nos costó mucho trabajo producir vacunas eficaces contra esta plaga en un tiempo récord, pero ¿qué importancia tiene eso si no podemos hacerlas llegar a la mayoría de la población mundial y si incluso los que tienen acceso a las vacunas no se molestan en ir a inocularse?

Por supuesto, los fracasos de la cooperación mundial no son nada nuevo; ya pasamos por dos guerras mundiales. Pero ahora nos enfrentamos a algo quizá más preocupante que la enemistad nacionalista y la ambición territorial. ¿Y si la capacidad de cooperación de la humanidad ha sido anulada por la misma tecnología que pensábamos que nos uniría a todos?

Internet no provocó el incendio, pero ha fomentado una política global amargada y fragmentada: una atmósfera de desconfianza generalizada, instituciones corroídas y un repliegue colectivo en el reconfortante seno del sesgo de confirmación. Todo ello ha socavado nuestro mayor truco: hacer cosas buenas juntos. A veces nuestros destinos están entrelazados de un modo tan obvio que dan ganas de gritar. Las vacunas funcionan mejor cuando la mayoría las recibe. O todos remendamos este barco que se hunde o nos hundimos juntos. Pero ¿qué pasa si muchos pasajeros insisten en que el barco no se hunde y las reparaciones son una estafa? ¿O si los pasajeros más ricos acaparan las raciones? ¿Y si el capitán no confía en el navegante y éste no deja de cambiar de opinión y los pasajeros no dejan de agredir a la tripulación?

Debo decir que es muy probable que mi opinión sea demasiado pesimista. Ha habido muchos estudios sobre cómo los seres humanos coordinan sus acciones en respuesta a las amenazas naturales y muchos de ellos han coincidido con mi pesimismo y se han equivocado.

Y, como demostró la politóloga economista Elinor Ostrom, hay innumerables ejemplos de personas que se unen para crear normas e instituciones para gestionar los recursos comunes. Las personas no son autómatas que maximizan sus ganancias; una y otra vez, descubrió, podemos hacer sacrificios individuales en aras del bien colectivo. Ostrom recibió el Premio Nobel de Economía en 2009. En su discurso de entrega del premio escribió que “los seres humanos tenemos una estructura motivacional más compleja y mayor capacidad para resolver dilemas sociales” de las que nos han atribuido los economistas de la elección racional. La clave para liberar estas capacidades, dijo, es crear las instituciones adecuadas. Los mercados capitalistas y los Estados nación nos han llevado hasta cierto punto. Ahora, sugirió, necesitamos imaginar nuevos tipos de grupos que puedan mejorar la manera en que los seres humanos innovamos, aprendemos y nos adaptamos juntos para hacer frente a los inminentes desafíos medioambientales.

Murió en 2012, por lo que no fue testigo de lo que vino después: el aumento en buena parte del mundo de realidades alternativas conspirativas y la intensa polarización que han obstaculizado el progreso en tantos problemas globales. Como especie, seguimos buscando las instituciones que Ostrom predijo que necesitaríamos para concentrar el poder colectivo de la humanidad. Espero que tenga razón y que estemos a la altura, pero no puedo decir que sea optimista.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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El mundo en desarrollo es un polvorín

/ 20 de julio de 2021 / 00:46

Las imágenes que salen de la Sudáfrica devastada por los disturbios son espantosas. El presidente de la nación, Cyril Ramaphosa, advirtió no azuzar el conflicto étnico, una amenaza que sus críticos consideraron infundada y que solo sirvió para aumentar las tensiones. Mientras deslizaba las fotos y videos compartidos en los chats grupales de mis familiares sudafricanos, me sorprendió la gran cantidad de publicaciones que sugerían un sabor incluso más amargo de fatalidad: una especie de colapso psicológico.

Lo que comenzó como varias protestas dispersas por el encarcelamiento de Jacob Zuma, expresidente de la nación, se ha convertido en un pillaje sin ningún sentido e intención, tan indiscriminado que parece casi catártico. Mientras tanto, nadie parece saber qué está sucediendo en realidad, y la desinformación se propaga a través de una población confinada y dependiente de las pantallas.

Sudáfrica ha sido una nación muy frágil durante mucho tiempo. Es un lugar con persistentes dificultades económicas, desigualdad impactante, violencia intolerable y una animosidad racial que todavía acecha bajo cada controversia nacional (¿les suena familiar?). Pero hasta ahora nunca había considerado con seriedad la idea de que el país pudiera desmoronarse de forma repentina. Como se evidenció en la transición sin sangre del dominio racista en el país, aún con todos los problemas que ha tenido, hubo una estabilidad social fundamental que sustentaba a la sociedad sudafricana y que creí que perduraría.

Pero ahora pareciera que se ha perdido algo crucial. Es posible que el coronavirus le haya asestado a Sudáfrica un golpe que ni siquiera el sida pudo darle, y esté llevando al país de mi nacimiento por el camino descendiente de la locura, hundiendo a la sociedad en el abismo.

Hay un patrón común obvio que sugiere una falla sistémica: una pandemia que se niega a amainar está destruyendo sociedades. El coronavirus ha destrozado economías, ha agotado los servicios sociales, médicos y de seguridad, ha carcomido la confianza y ha facilitado el escenario para la violencia desenfrenada y la persecución política. Y en ausencia de programas efectivos de vacunación, tampoco hay lugar para la esperanza.

Es importante recordar que la forma en que abordemos la pandemia actual tendrá consecuencias en las numerosas amenazas mundiales que se avecinan. Si los miles de millones de personas de los países de ingresos medios y bajos del mundo continúan sintiéndose irremediablemente excluidos de cualquier posibilidad de liberarse del virus, ¿qué sucederá a medida que el cambio climático transforme el planeta?

La solución para la amenaza más urgente de Sudáfrica es la misma que para la nuestra: un programa masivo de vacunación bien organizado y financiado. Lo que falta es liderazgo y determinación global, un esfuerzo serio por parte de la comunidad internacional, con Estados Unidos a la cabeza, de librar al planeta de cualquier lugar donde el virus pueda prosperar. Algo como el puente aéreo de Berlín o el Plan Marshall, pero para vacunas.

La situación es urgente. El coronavirus ha revertido décadas de progreso en el desarrollo global. El número de personas que padecen hambre se disparó en cientos de millones el año pasado, la mayor cantidad desde al menos 2006. La paz mundial declinó por noveno año consecutivo, gracias en parte a un marcado aumento de disturbios y otras manifestaciones violentas.

Sin duda pareciera que el mundo está al borde del abismo. Y para alejarlo del peligro, se requiere de la ayuda de quienes están en terreno más estable.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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El auge eólico y solar ya está aquí

/ 5 de mayo de 2021 / 03:15

Solo una palabra: Solar. Bueno, en realidad, una más: Eólica. El sol, el aire y la química para embotellar su energía ilimitada parecen constituir cada vez más el próximo gran avance tecnológico del mundo, un salto que cambiará la vida de muchos de nosotros como lo hizo la aviación, la internet o, por supuesto, los plásticos.

Una transformación trascendental está en marcha, más rápido de lo que muchos creían posible y a pesar de las largas dudas sobre la viabilidad de las energías renovables. Estamos pasando de una economía global alimentada en esencia por combustibles fósiles que calientan el clima a otra en la que, de manera limpia, obtendremos la mayor parte de nuestra energía del agua, el viento y el fuego del cielo.

Los estudiosos de los mercados energéticos afirman que la economía por sí misma garantiza nuestra eventual transición a los combustibles limpios, pero que las decisiones políticas de los gobiernos pueden acelerarla. En octubre, la Agencia Internacional de la Energía declaró que la energía solar es la nueva forma de electricidad más barata en muchos lugares del mundo, y en lugares especialmente favorables, la energía solar es ahora «la fuente de electricidad más barata de la historia».

Existen muchas razones para dudar del futuro de las energías limpias. La energía eólica y la solar siguen representando solo una pequeña fracción de la producción energética mundial. Sin embargo, en medio de la pesadumbre general ocasionada por el cambio climático, el auge de las energías limpias ofrece un destello inusual no solo de esperanza, sino de algo más: entusiasmo. Las audaces afirmaciones de la industria se ven reforzadas por tendencias más audaces. En los últimos 20 años, los expertos han subestimado de manera sistemática la disminución de los precios, las mejoras en el rendimiento y la velocidad de adopción de la energía renovable.

Jenny Chase, quien analiza el sector de la energía solar en BloombergNEF, una empresa de investigación energética, me dijo que cuando empezó a trabajar ahí en 2005, su hipótesis más optimista era que la luz solar acabaría generando no más del 1% de la electricidad mundial. Estaba muy equivocada, al igual que muchos otros, incluidos los organismos gubernamentales. La energía solar superó el 1% de la generación mundial de electricidad a mediados de la década pasada. Chase calcula que la energía solar representa ahora al menos el 3% de la electricidad mundial, es decir, tres veces más de lo que ella creía posible.

En una previsión publicada a finales del año pasado, Chase y sus colegas de BloombergNEF estimaron que en 2050 el 56% de la electricidad mundial se produciría con energía eólica y solar. Pero en su opinión esa previsión ya es obsoleta: es demasiado baja.

Otros van más allá. “La era de los combustibles fósiles llegó a su fin”, declara en un nuevo informe la Carbon Tracker Initiative, un grupo sin fines de lucro compuesto por expertos que estudia la economía de las energías limpias. Kingsmill Bond, su estratega energético, me dijo que la transición a las energías renovables alterará la geopolítica y la economía mundial a una escala comparable a la de la Revolución Industrial.

Es importante señalar que sigue habiendo obstáculos en el camino hacia un futuro de energías renovables. El más obvio es la infraestructura necesaria para aprovechar toda esta energía eléctrica: por ejemplo, redes eléctricas más sólidas y el cambio al uso de energía eléctrica en todo, desde los coches hasta los barcos cargueros.

Estos problemas son considerables, pero tienen solución. En su próximo libro, Electrify, Saul Griffith, inventor (y becario MacArthur) y cofundador de una organización llamada Rewiring America, sostiene que “muchas de las barreras a las que se enfrenta un futuro de energía limpia son sistémicas y burocráticas, no tecnológicas”.

Griffith asegura que la transformación será una bonanza económica: muchos analistas prevén una enorme creación de empleos y un ahorro en el precio de la energía gracias al cambio a las fuentes renovables. Sin embargo, si queremos llegar a tiempo para evitar algunas de las predicciones más funestas sobre el calentamiento climático, tenemos que acelerar la transformación. Entre otras cosas, Griffith aboga por una revisión completa de nuestras políticas energéticas para reducir algunos de los costos regulatorios de la expansión de la energía renovable.

¿Qué tipo de costos? Muchos pequeños e imprevistos. Por ejemplo, en gran parte de Estados Unidos, la instalación de paneles solares en los tejados requiere un proceso extenso y costoso de obtención de permisos que aumenta el precio de manera considerable. Otros países han logrado reducir mucho esos costos al simplificar las normas. Esto no será fácil; la industria de los combustibles fósiles está luchando de manera activa contra el aumento de las energías renovables. Pero lo más que puede hacer es retrasar las cosas. Se avecina una economía energética libre de carbono, les guste o no a las empresas petroleras y carboníferas.  

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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