Voces

martes 30 nov 2021 | Actualizado a 02:05

Mi lumpenfobia

/ 26 de octubre de 2021 / 01:24

El desprecio que sentía Marx por el lumpen proletariado es evidente en sus escritos más políticos de su madurez, particularmente en el 18 Brumario de Luis Bonaparte. Sin coincidir con su doctrina, en Los Orígenes del Totalitarismo, Hannah Arendt, también denunciaba el rol perverso que jugó este segmento de la sociedad europea desde finales del siglo XIX, sirviendo como el principal caldo de cultivo y base de reclutamiento para el movimiento fascista.

Quizá uno de los pocos pensadores de la izquierda contemporánea que no lo fustigaba de entrada fue Frantz Fanon, que valoraba su capacidad revolucionaria por encima de la del reducido y privilegiado proletariado de la Argelia colonial de los años 50. Al mismo tiempo, la cultura gangster, que fascina a millones a través de artistas de hip hop, fue en sus orígenes una expresión de rebeldía, denuncia y anhelo por mejores días, nacida en las comunidades negras de los EEUU. Es decir, como toda genuina forma de arte, progresista y democrática.

¿Por qué, entonces, considero que uno de los principales enemigos del movimiento popular en Bolivia, después de la oligarquía agroexportadora acaudillada hoy por Luis Fernando Camacho, es justamente esta capa de nuestra sociedad? Después de todo, el partido en el cual yo milito debe, se supone, incluir en su seno a los ninguneados de siempre, donde se puede contar a los herederos espirituales de Vizcarra.

La respuesta es la misma que inspiraba el escepticismo de Marx. Debido a su marginalidad, pandilleros, delincuentes y drogadictos son más proclives a actuar como músculo contratado por las clases privilegiadas que a favor de las oprimidas. Su desamparo, al mismo tiempo, se refleja también en un resentimiento extremo hacia sus propios orígenes, por lo cual no es de sorprender que los racistas más radicales vengan de esta capa social. Sus aspiraciones jailonas los llevan a ser, muchas veces, más papistas que el Papa. Incluso su admiración por la estética militar, como se observa en la organización vandálica de la Resistencia Juvenil Cochala, delata evidentes complejos y frustraciones de clase.

Sin su auxilio, el golpe de Estado de 2019 no hubiera sido posible, debido a las claras limitaciones combativas de los “niños bien”, que seguramente no hubieran podido siquiera tomar la plaza San Miguel. Irónicamente, uno de los discursos más usuales de la derecha es relacionar al movimiento cocalero con el narcotráfico y el mundo de lo ilícito, cuando en los hechos, las tendencias criminales son abundantes en sus filas, como lo demuestra el caso de Arturo Murillo y toda la seguidilla de corruptos y cleptómanos que desfalcaron Bolivia bajo el régimen de Áñez.

Nada nuevo para Bolivia. Luis García Meza, el más deplorable y patético de toda la línea dictatorial del siglo pasado, se servía de bandas de rufianes como Los Marqueses, que ultimaron a Marcelo Quiroga Santa Cruz. Eran motoqueros, tal cual Yassir Molina, quien, tengo entendido, tiene un prontuario que data de mucho antes del golpe. También escuché que durante su última estancia en prisión se volvió muy amigo de Jhasmani Torrico, alias El abogangster. ¿Coincidencias? Para nada. Yassir por fin encontró a su maestro.

El travestismo mafioso de Camacho, miembro de la élite, pero admirador del infame Pablo Escobar, es otro ejemplo, tal vez el más elocuente, para entender cómo funciona la lucha de clases en Bolivia. Todo acá es un reflejo invertido de lo que sucede en el norte. Si allá la cultura gangster cantaba para la liberación de un pueblo desde las calles del Bronx, acá la enarbolan hijitos de papá que contratan pandilleros para hacer su trabajo sucio. Carlos Mesa nunca se quitaría los guantes. Y tal como me lo hizo notar un amigo, esos mismos jovencitos y sus amigos acomplejados creen que son rebeldes, ¡rebeldes de clase alta! Valientes privilegiados que se enfrentan al autoritarismo de las masas sin lavar.

La lucha resuelta contra el crimen organizado fue ineludible para la Revolución Cubana. ¿Sabía usted, estimado lector, que gran parte de los que escaparon de Castro cuando éste descendía de la Sierra Maestra, trabajaban para la mafia italiana, que invirtió millonarias sumas en esa isla para convertirla en el casino del Caribe? Si de verdad le preocupa la violencia y la inseguridad, no mire al Chapare, sino a los barrios pudientes del eje central.

Luchar contra el crimen organizado, no obstante, no es lo mismo que luchar contra la informalidad. La distinción es imprescindible. Le apuesto mi meñique a que encontraremos más mafiosos en un bufete de abogados que en cualquier feria comercial.

Chao queridos.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Incompetencia ética

/ 23 de noviembre de 2021 / 01:07

Charles Taylor es una figura relevante en el campo de los estudios filosóficos sobre la modernidad. Sus numerosos aportes son necesarios si lo que se quiere es formular una crítica coherente a los tiempos en que vivimos. Nociones como identidad moderna, autonomía moral, libertad ética y antropología filosófica del hombre moderno son solo algunos, que se extienden, además, a la teoría del conocimiento y la interculturalidad. Fuentes del Yo, publicado en 1989, es uno de mis favoritos, porque nos brinda elementos para superar un relativismo moral que no pocos políticos de ambos hemisferios utilizan para camuflar su evidente incompetencia ética, que no son pocos.

Pensemos en un axioma casi indiscutible el día de hoy: el respeto por la vida humana, cuyas justificaciones son sintetizadas por Taylor como ontología moral, que posiciones naturalistas niegan reduciendo este comportamiento a casi un impulso instintivo. Pero se trata, nos dice, de un reflejo propio del individuo moderno. Algo nuevo que ha hecho de la identidad moderna una profundamente dependiente de la noción de moralidad, en contra de la idea del ser humano como una tabula rasa desprovista de toda noción de bien y mal.

Acá es donde podemos advertir parte de su antropología filosófica, que entiende al ser humano como un ser esencialmente moral, capaz de ejercer lo que él llama “valoración fuerte”, que empuja a las personas no solo a diferenciar entre lo que es correcto o no hacer, sino a otorgarle un valor fundamental a ciertos bienes por su propia naturaleza, de carácter no relativo, es decir, bienes en sí mismos. Su adopción, al mismo tiempo, sugiere que los seres humanos, además de ser esencialmente morales, son también autónomos; es decir, que optan por el bien en el marco de una libertad que solo es posible en la modernidad.

Quizá el aporte más significativo de estas ideas al campo de la filosofía política reside en el hecho de que desmiente diversas corrientes inspiradas en el nihilismo moderno que cuestionan, si no es que niegan, el valor de la vida humana y la moralidad del hombre, vistos como un artificio que niega la libertad de las personas. Que Dios haya muerto no quiere decir que todo esté permitido. Las insatisfactorias explicaciones naturalistas, por otra parte, que reducen todo comportamiento humano a impulsos cavernarios y primitivos codificados en nuestros genes, también quedan superadas por esta argumentación.

Entonces, la valoración fuerte del hombre (y la mujer) modernos han dado paso a que el respeto por la vida humana, presente ya, pero acotado en periodos previos a la modernidad gestada por la civilización occidental, se presente bajo la forma de derechos (naturales, universales o inalienables). La argumentación que ampara cada uno de ellos, como es el caso de la triada propiedad, libertad y vida en Locke, son justamente parte de la revolución iniciada por las teorías del contrato social del siglo XVII, que pretendieron superar explicaciones teológicas, en favor de los preceptos de la razón ilustrada.

Pero se trata de derechos que, de todos modos, deben ser ejercidos por el ser humano para ser efectivos. A diferencia de lo que ocurría antes de la modernidad, asesinar a un inocente ya no es condenable por el error de haber clavado el hacha en la espalda equivocada, sino porque la víctima del golpe ocupa ahora un nuevo lugar dentro de la sociedad como derechohabiente. Puede reclamar su derecho a la vida porque poseía un valor intrínseco más allá de si es culpable o no. Y parte de su valor innato reside en que esa vida tenía la posibilidad de ser plena y escoger su propio camino, en virtud de su humanidad.

Carlos Mesa, al no haber condenado explícitamente las masacres de Sacaba y Senkata, da lugar a solo dos consideraciones: o bien prefirió callar sobre estos crímenes al influjo de un cálculo político que le imponía la necesidad de bloquear cualquier forma de empatía con lo que su bloque partidario consideraba “vándalos” y “terroristas”, en orden de no alienar su apoyo; o, por otra parte, no cuenta con las competencias éticas fundamentales que permiten a una persona diferenciar un enfrentamiento de un asesinato en masa. Es decir, no está plenamente consciente de que asesinar a más de una treintena de personas desarmadas está mal.

En otras palabras, una de dos: cobarde o miope. Y nadie puede ser miope tanto tiempo…

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Tiempo, odio y paciencia

/ 9 de noviembre de 2021 / 03:34

Los acontecimientos que tuvieron lugar ayer dan la impresión de que Bolivia está nuevamente encarrilada hacia la confrontación. Pero esta percepción debe contraponer lo que se observa en las calles con lo que se muestra en los medios. Al vergonzoso comportamiento exhibido por legisladores de oposición durante el discurso del presidente Arce tras su primer año de gobierno debe contrastarse el limitado impacto que tuvo el paro convocado por los cívicos opositores al oficialismo, incluso en los departamentos donde estos tienen mayor influencia. El país se encuentra cada vez más polarizado, pero en distintos niveles y espacios. Por el momento, la animosidad del antimasismo no ha logrado trascender el campo de las redes sociales, el mediático y el estrictamente político representativo.

La convocatoria de la oposición no es la misma que tenía a finales de 2019, que fue más el resultado de un proceso de acumulación, al cual contribuyó con mucho entusiasmo el propio MAS durante casi una década, que el fruto o la suma de sus propias fuerzas. Aunque la disyuntiva entre fraude y golpe todavía sirve para alimentar la adhesión de la ciudadanía a uno u otro bando, los detractores del actual Gobierno todavía no cuentan con los elementos discursivos suficientes como para interpelar al resto de la sociedad para unirse a su causa, que parece estar limitada al desplazamiento del actual bloque de poder, de composición difusa, pero donde destacan organizaciones sociales de raigambre popular. Todavía no pueden imaginar un tipo de país diferente al que tenemos o al que ellos solían tener.

El descrédito que arrastra esta oposición tras el gobierno de facto de Áñez y, sobre todo, su responsabilidad en la serie de masacres, asesinatos y un sinfín de violaciones a los derechos humanos durante ese lapso constituyen sus más pesadas rémoras para mostrarse como aspirantes legítimos al poder. Una de las consecuencias que se desprenden de esto es que ya no pueden enarbolar las banderas de la democracia o los derechos humanos como causas movilizadoras convincentes, lo que podría llevarlos a mostrarse abiertamente fascistas y autoritarios en el futuro, o a volver a levantar a las autonomías como causa movilizadora. La alternativa cínicamente autoritaria no es descartable, sin embargo, en vista del protagonismo cada vez mayor que viene conquistando la ultraderecha a nivel mundial. Tal como señaló un colega mío hace tiempo, asistimos a la paulatina desaparición del centro político en Bolivia.

Ante tal situación, la oligarquía agroexportadora de Santa Cruz y sus aliados en el resto del país apuestan a desgastar la imagen del Gobierno y a radicalizar a sus descontentos hacia posiciones cada vez más extremas. Para ello, recurren a una de las fobias más profundas en la psiquis de la élite boliviana: la amenaza del retorno de Evo Morales al gobierno. Mostrar al actual presidente como una simple extensión del líder cocalero es ahora una consigna entre sus diferentes hacedores de opinión, pero dicha estrategia es insuficiente, pues el MAS ha demostrado ser capaz, por el momento, de trascender a sus dirigencias. Para ser eficaz, deben ir más allá de la eliminación política de Arce o Morales. Deben acabar con la vanguardia indígena y campesina. Ganas no les falta, eso es seguro. La restauración oligárquica que siguió a la Revolución Nacional requirió, sobre todas las cosas, la represión extrema del proletariado minero.

La polarización en Bolivia no es una dinámica impersonal o independiente de los actores. Nuestros políticos no están siendo arrastrados hacia el campo de batalla a pesar de su voluntad. Hay, pues, agentes polarizadores, instigadores profesionales del odio: trolls en redes sociales, medios de comunicación hegemónicos, cívicos y asambleístas de oposición.

Para demostrarlo, basta seguir la transmisión que hizo el diputado Miguel Roca durante el discurso del presidente Arce, cuyos insultos al Primer Mandatario y a sus colegas legisladores son una muestra descarada de desprecio y racismo. “¡Ni entienden lo que está diciendo!” (refiriéndose a la exposición del presidente). “Este imbécil” (refiriéndose ya al presidente).

El odio es una estrategia de largo aliento y requiere paciencia. La oposición cuenta, para ello, con todo el tiempo y los recursos del mundo. Nosotros no.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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La sonrisa de Camacho

/ 12 de octubre de 2021 / 00:21

Es fea. Y como ya viene siendo costumbre, Luis Fernando no pierde oportunidad para hacer gala de su irreverencia frente al Gobierno, al cual amenaza con vencer en un segundo round. Me pregunto ¿cuál fue el primero? Seguramente se refiere a la pelea que su padre arregló con un árbitro que se supone debía resguardar la continuidad de un gobierno constitucional. Si es así, imagino que la fama de bravucón que se viene labrando esforzadamente en realidad debe agradecérsela a su billetera patrimonial, que seguramente ya está emitiendo cheques en blanco entre las barracas. Está claro, sin embargo, que el Gobernador de Santa Cruz tiene la convicción de que la democracia se construye a golpes, nunca mejor dicho.

Su curiosa teoría de transición democrática la comparten hoy una miríada de opositores, intencionados y circunstanciales, que equiparan la represión de Chaparina, condenable sin duda, con las masacres de Sacaba y Senkata, donde se asesinó a bolivianos a quienes además se les negó la condición de ciudadanos, al rebajarlos a la categoría de bestias humanas. Ya no me referiré a la ironía de las palabras de Rómulo Calvo, pues se requiere ser un verdadero hombre de cromañón para golpear campesinos y mujeres de pollera a bordo de una camioneta pintada con la esvástica nazi. Son esas pequeñas sutilezas de la oposición que me hacen dudar si en realidad tiene algún valor el análisis del discurso. Imagino que yo también puedo declararme como defensor de los derechos de los animales, después de disfrutar una buena parrillada, claro está.

Ya lo notó otro columnista en este medio, al hablar sobre la caída de uno de los pocos ídolos de la derecha a causa de su incoherencia liberal y su pose democrática: ni el más recatado de sus líderes puede superar la prueba de la vista gorda, esa donde te muestran videos de personas asesinadas a punta de fusil, frente a los cuales debes permanecer inmutable. ¡Tenemos un ganador! ¡y en primera vuelta! Lo triste es que incluso la fraudulenta imagen conciliadora de Carlos Mesa está pasando de moda, y viene entrando en boga la más abierta y reaccionaria agresividad en contra del mundo popular. La gente quiere sangre y los representantes del Conade no se ruborizan al momento de defender a los paramilitares de la Resistencia Juvenil Cochala, que seguramente hoy celebran la libertad condicional con la que fueron beneficiados sus cinco líderes la pasada semana. Olvidé que a Al Capone lo condenaron por evadir impuestos y no por reventar cabezas con un bate de béisbol. Espero no estar dando ideas…

Lo cierto es que frente a la hipocresía uno puede reaccionar solo de dos maneras: indignarse hasta apretar los dientes y los puños, o reírse hasta comprender que poco en este mundo tiene sentido. Para defender la impunidad de los perpetradores del golpe de Estado, las masacres y la seguidilla de violaciones a los derechos humanos, escogieron nada menos que el 10 de octubre, fecha en la cual se supone debemos celebrar la recuperación de la democracia, secuestrada durante un tiempo por una tropa de uniformados al servicio de las clases privilegiadas y con el apoyo de los EEUU. Pero, ¿qué más da? Después de todo, los “pititas” se cubrían la espalda con la bandera boliviana mientras desfalcaban al Estado y vendían al país al FMI. Sócrates tenía razón: el drama y la comedia se tocan.

Pero no quiero reír, por mucho que me invite la vida a ello. Creo que son tiempos de miedo, no a Camacho, por cierto, que es más bien producto del ego (¿compensatorio?), sino al fanático fascista que muchos llevan dentro, y que no se avergüenzan al momento de dejar libre. Si mal no recuerdo, creo que había un estudio de Adorno llamado La personalidad autoritaria, que señalaba que un facho solo no hace nada, pero cuando se siente en enjambre, grita “¡Sieg Heil!”.

El mejor remedio contra la radicalización reaccionaria es la educación y una comprensión cabal del ser humano. Charles Taylor es un filósofo canadiense que dedicó una buena parte de su tiempo a objetar aquella noción del ser humano como innatamente egoísta y mezquino, recordándonos que más que producto de nuestros genes, somos, sobre todo, hijos de la historia. Y la historia manda que, para vivir, el ser humano necesita de la sociedad, y que ninguna sociedad funciona sin un sentido, aunque sea básico, de moralidad.

En octubre de 2020, el 55% de los bolivianos condenaron la bestialidad de Camacho y su falsa sonrisa (¿olvidaste ese round?), en franca expresión de una genuina moralidad democrática.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Cuando el puño no sea necesario

/ 28 de septiembre de 2021 / 02:25

Tal vez la mejor forma de rendir homenaje a Ernesto Che Guevara hoy en día es no caer en la trivialización de su figura. Para ser honesto, creo que aquella consigna que oí tantas veces, “seamos como el Che”, solo la repiten aquellos que no están conscientes de lo que implicaría llevar ciertos ideales hasta su última consecuencia: la muerte. No, no gracias.

El común de los mortales deseamos tener vidas largas, plenas y productivas, y ciertamente no nos gustaría morir a tiros, por muy heroico que ello sea, en ninguna selva de ninguna parte del mundo. El problema es, no obstante, que Bolivia parece inclinarse por ese tipo de soluciones cada vez que atraviesa una crisis estatal. Temo que el nuestro no es un país para tibios, y la culpa no reside en sus clases populares, que de hecho dependen de contextos democráticos para defender sus conquistas, sino en la reaccionaria naturaleza de su élite, siempre propensa a los golpes de Estado. El problema es que las más tímidas reformas de carácter progresista requieren, y esto no es nada bueno, de revolucionarios, capaces de plantar resistencia a unos cuantos privilegiados con todo tipo de recursos a su disposición.

Días antes de la realización de las elecciones de octubre del año pasado, un amigo trotsko y yo nos preguntábamos si la crisis boliviana encontraría su resolución definitiva en aquellas justas electorales, y concluimos que solo una fe supersticiosa en la democracia liberal podría conducir a tal conclusión. ¿De qué forma un evento electoral podía superar las contradicciones que habían emergido entre aquellos que creían que una acusación de fraude podía justificar masacres, y aquellos que ya no estaban dispuestos a vivir en una Bolivia gobernada por una reducida élite? Solo el más optimista se inclinaría a apostar por aquello. No obstante, cierta calma, tensa, pero calma al fin, le siguió a la posesión de Luis Arce Catacora como presidente y yo creí por un momento que pecamos de exagerados… Odio tener la razón.

La nueva afrenta contra la wiphala y el presidente en ejercicio, David Choquehuanca, durante la efeméride del departamento de Santa Cruz, demuestra que el país no recuperará su estabilidad hasta que la oligarquía agroexportadora sea derrotada definitivamente; era obvio, ahora que lo pienso. Desde el momento en que una multitud de “pititas” se arrodillaron en las puertas de los cuarteles después de que el MAS ganara apabulladoramente en las elecciones de octubre pasado, rogando por una intervención militar, toda duda respecto al carácter iliberal y autoritario de esos falsos demócratas debió quedar despejada. No se trata, después de todo, de una derecha moderna, sino de una clase ociosa, violenta e intelectualmente atrasada que no está dispuesta a ceder en lo que cree son sus prerrogativas.

Tal vez en otras partes del mundo, izquierdas y derechas pueden sentarse en una mesa y debatir si lo que su sociedad necesita es la nacionalización de los recursos naturales, la distribución de la riqueza o la inclusión política de las mayorías, sin que ello amerite la organización de grupos paramilitares o células guerrilleras, sino negociaciones y pactos de mutuo acuerdo; pero me cuesta imaginar al comité cívico de Santa Cruz y sus juventudes en dicho tipo de entendimientos. No mientras conduzcan coches pintados con la esvástica. Mi problema con ellos no es, per se, que sean de derecha, sino que es una derecha propia de un clan de neandertales, flexionando músculos y mostrando los dientes.

Así que no me queda otra que reafirmar, tristemente, la validez de la radicalidad guevarista, que me parece su legado más cliché. Su antiimperialismo tercermundista, su originalidad para interpretar el marxismo y su latinoamericanismo fraterno, por otra parte, son elementos del pensamiento del Che que me resultan mucho más interesantes, y que ojalá un día puedan ser discutidos sin mención alguna a las armas, tal vez el día en que personas menos primitivas que Calvo y Camacho sean nuestros interlocutores.

No diré “Patria o muerte”, porque capaz que se cumpla. Los dejo con ¿why cant we be friends?

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Porvenir

/ 14 de septiembre de 2021 / 00:43

La mañana después de la guerra, de Boris Miranda, es uno de los libros que más disfruté durante mis últimos años de universidad y también una pieza clave en la bibliografía de mi tesis de licenciatura: Pando antes y después de 2008: élite política y régimen provincial híbrido, cuyo objetivo era saber qué tanto se había democratizado aquel departamento luego del desplazamiento de Leopoldo Fernández del poder regional. No puedo decir que estoy orgulloso de aquel trabajo, del cual lo único que puedo rescatar es el entusiasmo que me despertó por estudiar el norte amazónico boliviano, gracias a la ilustre guía de una entrañable maestra y la oportunidad de visitarlo gracias a otra amiga.

La investigación de Miranda, ejemplo de verdadero periodismo, desnudó las intenciones del movimiento cívico que durante aquellos días de septiembre se volcó o tomar instituciones del gobierno central enarbolando la bandera de las autonomías en los departamentos del oriente: escindir el territorio boliviano para entregarle una de sus mitades a una oligarquía que se opuso al proyecto de país que se perfilaba desde octubre de 2003: en pocas palabras, y aunque el autor no lo dice, un golpe de Estado. Sí aclara, no obstante, que uno de los objetivos de este movimiento encabezado por las logias de Santa Cruz, era sumar a los militares a su bando después de provocar varias muertes. Y mientras estaban en eso, borrar todo avance en el saneamiento y distribución de tierras ordenada por la reciente Ley de Reconducción Comunitaria, para perpetuar los privilegios de la casta terrateniente.

Las élites agroexportadoras, aquella oligarquía, habían decidido arrojarse a la aventura secesionista después de los resultados del referéndum revocatorio de agosto de ese año, que fortaleció la legitimidad de Morales y golpeó duramente al bloque cívico prefectural con la defenestración de dos de sus aliados, Pepelucho y El Bombón. Se quitaron los guantes decididos al todo o nada: ¡Y nada fue lo que obtuvieron! Su derrota, nos cuenta Miranda, no se debió tanto a una brillante estrategia conducida por el gobierno, de cuyo gabinete algunos miembros ya se mostraban dispuestos a dimitir, sino más a la resuelta movilización de las organizaciones sociales y campesinas aliadas al “proceso de cambio”. Sacrificaron 13 vidas para evitar el golpe. Su heroísmo hizo posible la aprobación de la nueva Constitución y la fundación del Estado Plurinacional.

Hasta entonces, Pando, tanto como Beni o Santa Cruz, eran territorios controlados por un reducido grupo de familias que disponían a su antojo de todas las oportunidades y recursos regionales, lo que las convertía en los principales soportes de lo que algunos llaman autoritarismos subnacionales, de los cuales el cacique Fernández era solo un exponente caricaturesco. Sin duda alguna, el esforzado macho de la Cristo en Santa Cruz cuenta con el respaldo de una red de patrimonialismo mucho más densa y aceitada ahora como gobernador. En todo caso, los soberbios cívicos saldrían mal parados de su intentona golpista en 2008, viéndose obligados a bajar la cabeza y pactar su rendición frente al gobierno, con Costas a la cabeza; algo que resultaría humillante para las logias cruceñas, que por alguna razón fueron aceptadas como aliadas estratégicas por el propio MAS tiempo después. Un innombrable diputado oficialista se encargaría de abrirle la puerta, incluso, a miembros de las pandillas unionistas.

Esto último resulta más incomprensible cuando se considera que la masacre de Porvenir dejó al descubierto la verdadera naturaleza de la clase que deseaba recuperar el poder perdido desde el derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada: ociosa, al extremo que una mínima reforma agraria constituía para ella una seria amenaza para su reproducción económica; rentista, celosamente atenta a los ingresos provenientes del IDH y dependiente de los mismos para financiar su reproducción política desde los gobiernos subnacionales; y autoritaria, qué duda cabe, dispuesta a movilizar verdaderas hordas de salvajes arrojados a golpear a cuanto campesino y pollera se les cruzara en el camino. ¡Acuérdense del jeep rojo con la esvástica sobre el cual los jovencitos cruceñistas agitaban sus porras llenas de clavos! La masacre de aquel 11 de septiembre no sería la última. ¿A qué más está dispuesta esta clase sin porvenir? Once meses de dictadura desprovista de sutilezas son suficientes para convencer a Bolivia de que no puede arrojarse con ellos al vacío.

Carlos Moldiz es politólogo.

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