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miércoles 25 may 2022 | Actualizado a 02:43

La nueva crisis energética (ya está acá)

/ 1 de noviembre de 2021 / 03:51

Los precios de la electricidad en Europa se han disparado; solo en septiembre, las subidas han oscilado entre el 35% y el 40%. Gran parte del problema está en la lógica de la fijación de tarifas a nivel de la Unión, que pondera de manera proporcionalmente mayor a la energía más cara —la fósil—, en la que Europa es importadora neta.

Las crecientes tarifas de electricidad derivan en un problema social —y político— para los países europeos, de manera que se están esforzando en buscar soluciones para la población de escasos recursos.

En los EEUU, el incremento sostenido de los precios del petróleo está comenzando a afectar los precios de la gasolina. El actual presidente, Biden, es proclive a la introducción de energías alternativas y es conocido por no ser muy cercano al empresariado petrolero. Pero de nuevo el impacto político de un fenómeno económico inspira acciones de mitigación: ante el panorama de elecciones legislativas del próximo año, Biden se verá obligado a negociar con las petroleras y —eventualmente— conversar con Arabia Saudita, su aliado favorito en el Oriente Medio, para que el precio de la gasolina no supere niveles que sean electoralmente peligrosos.

Detrás del incremento de los precios del petróleo, el gas y sus derivados podemos encontrar siempre el trazo de la especulación —financiera y de la otra—. La OPEP, en este momento, está produciendo aproximadamente 747,000 barriles diarios por debajo del nivel fijado por dicho cártel para este año. Por un lado, los productores de petróleo pretenden resarcirse de la crisis de 2020, cuando el promedio mínimo mensual llegó a los $us 18 por barril.

Por otro lado, el incremento de la demanda, producto de la reactivación en el mundo desarrollado, ha encontrado un sector petrolero que, a nivel mundial, estaba sin liquidez y con un significativo retraso en la inversión y esa es otra de las causales que impiden que la oferta vaya al paso de la demanda de crudo. Muchos pozos han sido abandonados y muchos proyectos de perforación han sido suspendidos. Reactivar el sector no es tan inmediato como parece. Se estima que se requieren aproximadamente $us 542.000 millones de inversión anual, pero el sector está invirtiendo $us 352.000 millones.

El impacto que tiene la exportación de productos primarios en el país de alguna manera ha estado vinculado a los ciclos de estabilidad y conflicto político. En su momento, el precio del estaño era el que mayor incidencia tenía para la estabilidad económica del país. Luego fue el gas. No podemos inferir necesariamente que una caída del precio del gas haya sido determinante para guiar la vida política del país, pero de que influye, influye.

Seguramente nos vamos a encontrar con hallazgos por demás interesantes si hacemos el ejercicio de analizar los promedios mensuales del precio del gas en los momentos más críticos de la historia reciente, por ejemplo, dando un contexto más rico a lo sucedido en las elecciones de 2010, 2014, al referéndum de 2016 y a las elecciones de 2019 y 2020. Algún autor habló en su momento de “la maldición de los recursos naturales”.

Esta vinculación entre los precios internacionales de las materias primas y la vida política y económica para países como Bolivia, altamente dependientes de un puñado de productos primarios de exportación, nos lleva a la lógica conclusión de que debemos aprovechar los momentos de bonanza para diversificar nuestras exportaciones.

Suena más fácil decirlo que hacerlo. Superar décadas de sobre-especialización exportadora implica destinar por lo menos dos o tres lustros al desarrollo de sectores alternativos. Y esa tarea, en un país que no termina de resolver sus problemas de inestabilidad y hasta prebendalismo, es complicada. Pero no imposible. En algún momento podemos empezar a cambiar la cultura política y de gestión estratégica del Estado.

Como quiera que sea, esta es una coyuntura favorable para el país, puesto que la venta del gas —cuyo precio está asociado al del petróleo— es una de las principales fuentes de divisas y —más importante aún— de renta estatal. Si el precio del petróleo está bien, el Tesoro está bien y el país está bien.

Es en estos momentos en los que se activan negociaciones, acuerdos y compromisos de inversión, que pueden proyectar el crecimiento del sector en el mediano y en el largo plazos. Se avizora que esta veta de oportunidades puede durar algunos años, pero no es eterna. La premura, por lo tanto, es crucial.

Pablo Rossell Arce es economista.

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Educación pospandemia

/ 16 de mayo de 2022 / 01:10

Lo último que pensaba escribir al reflexionar sobre el noble tema de la columna, era el repudio al uso de los estudiantes como carne de cañón para los apetitos de poder de las dirigencias universitarias. Ningún título póstumo, ni homenaje es pertinente a estas alturas de lo ocurrido en Potosí. Justicia es lo que buscan las familias de las jóvenes que murieron en las instalaciones de la universidad potosina, y justicia es lo que el país les debe.

¿En qué condiciones están desarrollando sus estudios los y las jóvenes que sufrieron dos años de suspensión de clases presenciales?

Un reciente informe del BID (¿Cómo reconstruir la educación pospandemia?), nos alerta, entre varios otros elementos, lo siguiente: que en América Latina, 166 millones de jóvenes perdieron aproximadamente 237 días de clases debido a la pandemia; que 35 millones de alumnos abandonaron sus estudios y que la brecha de aprendizaje entre alumnos pobres versus alumnos con recursos económicos es de 2,5 años.

Otros impactos se refieren al deterioro de la salud mental ocasionado por el aislamiento, la sensación de inseguridad y el empeoramiento de las condiciones de accesos al mercado de trabajo.

Estos impactos habrá que medirlos en nuestro país, pero más allá de las cifras, lo cierto es que la tendencia es que las brechas educativas entre colegios públicos y privados, entre campo y ciudad, entre hombres y mujeres, se han ensanchado durante la pandemia. Un estudio en profundidad ayudaría a dar más detalles sobre el fenómeno y tal vez a diseñar mecanismos precisos para tratar de revertir la situación.

La adolescencia, que es la etapa de la vida que se inicia luego de los 10 años y acaba alrededor de los 25, es una etapa a la vez delicada y llena de oportunidades: es el momento clave para el apoyo en el desarrollo de habilidades cognitivas y socioemocionales. Se requiere dedicar atención y recursos para tal fin.

Si se logra una buena intervención, los resultados individuales y sociales se potencian. De lo contrario, los resultados individuales y sociales se deterioran.

Entonces, ¿qué opciones tenemos? El estudio del BID señala varias líneas de acción; entre ellas gastar más y mejor en educación, reabrir los centros educativos —cosa que se logró en Bolivia en parte gracias a la presión de madres y padres de familia—.

Otra opción identificada en el informe del BID, apunta al aprovechamiento de la inversión que se hizo para las clases virtuales. El acceso y la colectividad son claves, pero solo tienen impacto cuando están acompañados de contenidos de calidad, pautas de acceso y formación de los profesores.

El Internet nos da la posibilidad de ir más allá de la oferta de las universidades locales. Cursos más o menos formales, que van desde costo cero a los varios miles de dólares, abundan en la web.

¿Hasta qué punto esta oferta actual y potencial está siendo utilizada en Bolivia? ¿Existe posibilidad de que jóvenes del país se conecten con un mercado laboral virtual con otro tipo de oportunidades gracias al desarrollo de nuevas habilidades y destrezas adquiridas por medios no convencionales? ¿Qué tan dinámico es el propio mercado laboral nacional para absorber este nuevo tipo de talento humano?

Sería interesante contar con análisis y datos sobre estas tendencias, junto con el desarrollo de lineamientos que nos den pautas para superar las inequidades que se pueden generar en estos procesos.

Las nuevas competencias que se desarrollan al margen del sistema educativo boliviano impactarán (tarde o temprano) en nuestro mercado laboral. Community managers, científicos de datos y programadores ya tienen demanda en nuestro entorno. Parece ser un buen momento para actualizar y agilizar nuestro sistema.

Pablo Rossell Arce es economista.

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Nuevos problemas, nuevas preguntas

/ 2 de mayo de 2022 / 00:14

Le atribuyen a Einsten una frase que va más o menos así: para resolver un problema se necesita un estado mental distinto al que provocó el problema. Mi cita no es textual, pero más allá de la exactitud, lo que me interesa resaltar es que cuando tenemos problemas (crisis) como la que el mundo está viviendo en este momento, tener un nuevo enfoque mental puede hacer toda la diferencia para superar el embrollo y lograr un nuevo equilibrio.

Creo que estamos en un momento de abandono paulatino de las viejas certezas, pero el nuevo esquema mental para entender el mundo post-COVID que viene, está aún en estado embrionario. Como no hay certezas, hay preguntas.

El total de exportaciones en 2021 fue de $us 10.936 millones, de los cuales, 2.530 millones corresponden a oro metálico (mientras que las exportaciones de gas natural sumaron 2,233 millones). Los exportadores de oro (ni de ningún otro producto que no sea hidrocarburos) no tienen la obligación de entregar sus dólares al Banco Central. Calculo que una proporción importante de los dólares que ingresan por esa exportación seguramente irán a financiar las importaciones de maquinaria e insumos para el mismo sector, otro tanto circulará en la economía y financiará importaciones legales e ilegales de bienes duraderos y bienes de consumo inmediato. Pero hay una parte de esas divisas que queda en la economía, en lo que los economistas bolivianos denominamos el “Colchón Bank”.

Sería interesante conocer cuál es esa proporción, cuánto de eso se invierte —por ejemplo— en esquemas de estafa piramidal que ofrecen ganancias rápidas y qué tipo de instrumentos financieros más seguros y novedosos, de alguna manera más formales, podrían captar por lo menos una parte de esos dólares.

En otro orden de cosas, la guerra en Ucrania ha disparado los precios de los hidrocarburos al cielo; en lo que va del mes, el promedio ha estado alrededor de los $us 100 el barril y el gas ruso no solo se cotiza más caro para los consumidores europeos, sino que los importadores deben pagarle a Rusia en rublos. Mientras tanto, es la China que se ha convertido en el socio estratégico para absorber las exportaciones de gas y petróleo de Rusia.

Este es solo uno de los síntomas de un proceso que se venía gestando muy lentamente desde antes de la pandemia: seguimos viviendo en un mundo globalizado, pero ahora los intercambios comerciales regionales están empezando a ganar más fuerza, al mismo tiempo que se asumen ciertas restricciones al libre comercio de bienes y servicios en ciertas áreas geográficas —el mejor ejemplo, en su momento, fue el debate geopolítico acerca del 5G y hasta qué punto los europeos y estadounidenses limitaban el tendido de redes 5G de empresas chinas en sus territorios—.

Si unimos esta tendencia —que la guerra de Ucrania ha hecho más intensa— con los riesgos que los mercados financieros ven en la inflación estadounidense y su posible desenlace recesivo, se explican los movimientos de algunas economías (todavía no las más pesadas del mundo) para diversificar la composición de sus reservas internacionales y darle un poco más de peso al yuan chino. Esto está sucediendo con Israel y Brasil, actualmente.

Las noticias económicas internacionales dan señales cada vez más frecuentes de las conversaciones entre Arabia Saudita y China para pagar el petróleo en yuanes.

Por otro lado, actualmente el bitcoin es el noveno instrumento financiero del mundo en valor de mercado, superando a Facebook (Meta), a las transnacionales VISA, Mastercard, Shell, McDonald’s, IBM y otros titanes. Si bien el bitcoin no es corrientemente usado como medio de pago excepto en El Salvador, es legal poseer la criptomoneda como activo financiero en Europa y Estados Unidos. Con un abanico de detractores y otro de defensores, el bitcoin es hoy en día un elemento tan grande en el mercado financiero que no se puede esperar que desaparezca —salvo catástrofe imprevista. Y se usa en un conjunto de transacciones. ¿Llegará la casera de la esquina a aceptar bitcoins como pago por nuestras compras? El tiempo lo dirá.

Si bien es un tiempo de crisis, también es un tiempo para dar vuelta nuestras convicciones, analizar qué alternativas de salida puede haber para una economía mundial que será cada vez más un conjunto de economías regionales y cómo nos podemos preparar para los cambios que se vienen y que van a afectar la manera en que usamos y conocemos el dinero.

Pablo Rossell Arce es economista.

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Hacia un cártel del litio (¿…?)

/ 18 de abril de 2022 / 01:25

Bolivia, Argentina y Chile ocupan —en ese orden— los tres primeros lugares en reservas mundiales de litio. El litio se considera el mineral del futuro gracias a su utilidad para la fabricación de baterías para automóviles eléctricos, que son la promesa hacia un mundo más verde y menos contaminante.

El litio es, ahora mismo, un mineral geoestratégico. Y como tal, la gestión de su explotación e industrialización plantea una enorme oportunidad de generación de riqueza para quienes controlen los eslabones críticos de esa cadena de producción.

Desde el punto de vista de los tres principales poseedores de reservas, parece tener todo el sentido del mundo organizar un cártel estilo OPEP, pero del litio. Como en todo, hay argumentos a favor y argumentos en contra. Spoiler: este columnista está a favor.

El negocio global del litio es una maraña compleja de actores; en este momento, China controla la mayor parte del downstream, o sea, de la producción de artículos de uso final de litio. En el mundo entero, las metas de incremento de carros eléctricos se están expandiendo y los plazos para lograr esas metas, que hace algunos años parecían “razonables”, hoy se convierten en fatales.

Entre Bolivia, Argentina y Chile —el triángulo sudamericano del litio— concentran, según estimaciones, el 63% de las reservas mundiales de litio. Se prevé que la demanda del mineral se multiplicará por 42 veces hasta 2050, de 200.000 TM hasta 84 millones de TM.

Los países del triángulo del litio actualmente tienen gobiernos con importantes coincidencias ideológicas y, paralelamente, sostienen relaciones amistosas con China. La idea de un cártel ya la había planteado Argentina en 2011, pensando en una alianza formal que regule los precios y cantidades en función principalmente de la maximización de ganancias de los involucrados, habida cuenta del poder de mercado que los países compradores pueden adquirir.

La idea de un cártel todavía está en gestación; hasta la fecha, lo más que hay son declaraciones de intenciones que se deslizan de cuando en cuando a la prensa, pero sin visos de un mayor desarrollo. En la coyuntura actual, coinciden elementos conducentes a la germinación de la idea.

Por otro lado, convengamos en que la voluntad política no es suficiente. Un cártel es difícil de gestionar, requiere ingeniería técnica y política del muy alto nivel para lograr acuerdos duraderos y firmes para el establecimiento de cuotas y otras restricciones de mercado; en un entorno tan dinámico como el de ahora, la tentación de hacer trampa es grande.

Por otro lado, tener reservas grandes, muy grandes, enormes o inmensas no es sinónimo de poder: Australia, que ocupa el 5º lugar en reservas, tiene el primer lugar en producción; Chile, con el tercer lugar en reservas, ocupa el segundo lugar en producción; y Argentina, con el segundo lugar en reservas, ocupa el cuarto lugar en producción.

El esquema de gobernabilidad, los tipos de acuerdos con el capital transnacional y la participación del Estado en el negocio son elementos que deben ser ampliamente discutidos para operar un cártel. Si bien las coincidencias ideológicas actuales entre los tres gobiernos pueden facilitar las conversaciones, todavía no estamos en condiciones de lograr consensos finales.

Pese a todos los elementos en contra, si un cártel es bien manejado, puede generar interesantes beneficios que se consoliden en el mediano y largo plazos. En conclusión, se requiere desarrollar una capacidad de articulación, negociación y coordinación muy sofisticada y que se sostenga en el largo plazo — vale decir, una institucionalidad muy sólida.

En otro orden de cosas, se debe considerar que se trata de un mercado recién en evolución, así que la acumulación de conocimiento superespecializado es crítica.

En tercer lugar, si —como preveo inicialmente— las modalidades de gobernanza sectorial van a tener un nivel de heterogeneidad, la capacidad de negociación y coordinación que se debe desarrollar es de un nivel muy alto.

Superar los obstáculos que se presenten hacia el logro de un cártel —bien manejado— vale el esfuerzo en un contexto de fuerzas de negociación desiguales entre productores y consumidores. Yo creo que se puede.

Pablo Rossell Arce es economista.

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Comercio minorista y pagos electrónicos

/ 4 de abril de 2022 / 01:13

El comercio basado en plataformas de internet llegó para quedarse. El CEO de Facebook lo sabía y por eso creó Marketplace, que es hoy en día una de las herramientas de comercio más usadas en Bolivia. Nuestra población participa con entusiasmo y esperanza de todas las modalidades de comercio presentes hoy en día: las consumidoras más sofisticadas compran e-books, se suscriben a plataformas de streaming y descargan software aprovechando las bondades de las plataformas de comercio electrónico de las transnacionales más reconocidas.

Por su lado, desarrolladores bolivianos fundaron Yaigo y una empresa venezolana internacionalizó aquel emprendimiento. Si Ud. tiene una fiesta y quiere aprovisionarse de trago, puede hacer su compra desde la comodidad de su sala de estar y pagar desde su celular. El omnipresente Marketplace de Facebook nos ha salvado a más de uno cuando necesitábamos algún insumo casero y el pago por QR es una tendencia creciente, que dentro de poco estará disponible para facilitar la vida a quienes tienen que hacer trámites en oficinas estatales.

Esta tendencia a la reconfiguración del comercio muestra signos muy marcados de heterogeneidad entre regiones: mientras en La Paz la penetración es escasa y tímida, dejando todavía un amplio margen al uso de efectivo, en Santa Cruz el uso del QR se está extendiendo y no es extraño que se use para transacciones tan simples como comprar fruta de la casera del mercado.

Esta heterogeneidad está marcada por la cultura en ambas regiones; dos elementos que se me ocurre que son importantes tienen que ver con la manera en que los actores del mercado se autoperciben frente a los instrumentos de pagos electrónicos y la banca, así como la percepción que tienen de la banca y de su relación con los funcionarios de banco —finalmente, se necesita una cuenta de ahorros para hacer la transacción—.

Y acá aprovecho para hacer un apunte: en una columna anterior, ya me referí a la migración que Santa Cruz recibe de empresas collas y de familias de la élite económica de La Paz. Pero también hay un interesante flujo migratorio de familias trabajadoras, que en muchos casos son aymaras/quechuas de origen urbano. Estamos hablando de gente que está totalmente predispuesta al cambio y a asumir los riesgos de vivir en un entorno completamente distinto al que nacieron y, por tanto, tienen una alta predisposición a adoptar innovaciones. Solo por eso, la llegada de inmigrantes constituye un gran aporte.

Pero la modernización, el cambio y la adopción de nuevas culturas viene también de la mano de la demografía: hace un par de semanas tuve el gusto de asistir a una breve obra de teatro representada por un brillante elenco de jóvenes de Coroico, en el marco de un evento de la Fundación Internet Bolivia, acerca del tema de protección de datos personales.

La obra en cuestión fue lo más sofisticado que he visto en años. Los y las jóvenes de Coroico nos metieron en el ambiente sin más recursos que un telón de fondo, un par de ropas y accesorios, “teléfonos” de latas con hilos y cartulinas con los logos de sus redes sociales favoritas, y nos mostraron las experiencias cotidianas de su uso para los grupos o subgrupos sociales, el comercio, la calidad y las restricciones de acceso al internet y —con un enfoque de seguridad— los riesgos de estafas. Para los fines de mis argumentos, me quedo con dos mensajes: 1) a pesar de que en las ciudades intermedias el acceso puede ser limitado, la cultura de uso es la misma que en cualquier ciudad populosa; 2) las innovaciones en el uso de las plataformas de internet están siendo rápidamente adoptadas por los y las jóvenes.

Con todo lo conservadora que puede ser la cultura del occidente del país, la modernización tiene un amplio margen para avanzar —principalmente, de la mano de las nuevas generaciones—. Las innovaciones que las plataformas de internet promueven disminuyen una serie de costos de transacción en el comercio y abren oportunidades para nuevas modalidades de modos de vida. Paralelamente, se intensifica el uso de medios de pago electrónicos, con las particularidades que el contexto boliviano imprime.

El microcrédito, la última innovación financiera que adoptó Bolivia, data ya de hace tres décadas. ¿Será que ya es tiempo de dar el siguiente salto de innovación en finanzas generando un modelo bolivianizado de comercio electrónico? ¿Y qué solución podemos dar para quienes por cuestiones de edad no adoptan las modalidades digitales de pagos y de comercio? No hay nada que inventar, seguro que si miramos las experiencias de otras latitudes podremos tener las respuestas a éstas y otras preguntas que surjan en este camino.

Pablo Rossell Arce es economista.

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Crisis, guerra e integración regional

/ 21 de marzo de 2022 / 00:40

A los problemas ocasionados por el COVID-19 en el comercio internacional, con la ruptura de cadenas de abastecimiento y el consecuente desabastecimiento de artículos clave a nivel mundial, con el añadido de la crisis de los contenedores y el desbarajuste en el transporte naviero, se añaden los efectos de la reciente crisis por la invasión rusa de Ucrania, que tuvo efectos inmediatos en los precios de los commodities alimenticios, el petróleo y los minerales, generando presiones inflacionarias.

Luego de la irrupción del COVID-19, la consecuencia inmediata fue la disminución del comercio mundial. Este fenómeno se prolongará como consecuencia de la guerra en Ucrania. No es de extrañar, por lo tanto, que esta secuela de crisis termine modificando los patrones de comercio a nivel mundial. La primera consecuencia obvia es la búsqueda de sustitutos de la masiva oferta de bienes primarios que Rusia y Ucrania proveían, especialmente a Europa.

Europa no puede prescindir del gas ruso de la noche a la mañana. Eventualmente aparecerán otros oferentes y, aunque ese proceso tome años, los países europeos asumirán ese esfuerzo para diversificar sus proveedores — y los riesgos—. Siendo Rusia el tercer exportador mundial de petróleo, su oferta se ha visto significativamente afectada por la guerra y por las sanciones comerciales. El acercamiento de Estados Unidos con Maduro en Venezuela marca otra pauta de cambio de estructuras que se prevé sea de mediano plazo.

La tendencia hacia la recomposición de las cadenas globales de valor y hacia un nuevo tipo de regionalismo que todavía es embrionario, se acentuará en los próximos años, cuando se materialicen los efectos de largo plazo de las crisis que le tocó vivir a nuestro planeta.

Bolivia estaba experimentando modificaciones todavía marginales, pero notorias en la estructura de los países de origen de sus importaciones; si bien nuestros tres principales proveedores —China, Brasil y Argentina— continúan proporcionando alrededor del 50% de nuestras importaciones, se notan algunos cambios en el ranking de los primeros 10 proveedores de Bolivia: por ejemplo, los Estados Unidos pasaron de ser el cuarto proveedor de importaciones, al sexto lugar entre 2018 y 2021; Perú subió en el ranking del 5º lugar al 4º lugar, en el mismo periodo. Colombia subió del puesto 14 al 10 y Chile, del puesto 6 al 5.

Las proporciones en las que los países latinoamericanos ganan peso como proveedores de nuestras importaciones todavía no parecen espectaculares —hablamos de, a lo sumo, incrementos de un punto porcentual en el total—. Pero mi apuesta es que el comercio intrarregional será paulatinamente más importante para nuestro país.

El detalle específico de los productos que importamos —pero también de los que exportamos— nos dará la primera pista acerca del potencial de articulación de nuestro comercio con el resto de la región —ésta parece ser una línea prometedora de análisis—.

La capacidad de aprovechar ese potencial depende de una serie de factores que determinan nuestro nivel de preparación para ensanchar nuestra presencia en las cadenas regionales de integración: para empezar, los marcos institucionales y la arquitectura de los acuerdos interestatales; las modalidades de negociación comercial, nuestras habilidades y destrezas para valorizar nuestro potencial productivo y el grado de sintonía de la cultura empresarial entre los actores locales y sus contrapartes latinoamericanas, entre otros elementos, son espacios en los que podemos movernos con mayor flexibilidad y rapidez para lograr resultados positivos.

La reconfiguración del comercio internacional y regional se va a dar, estemos o no preparados para participar de ella y Latinoamérica seguirá esa tendencia, con sus particularidades, independientemente de que nos posicionemos en esa megatendencia o no. Entonces suena sensato comprender y participar de estas tendencias.

Esto implica nuevos análisis de potencialidades, nuevos espacios de integración de actividades productivas regionales, nuevos foros de discusión intergubernamentales y público/privados. No nos vamos a hacer cargo de la transformación de toda la matriz insumo-producto de América Latina. Es suficiente —como alguna vez me dijo una sabia mujer— con que empecemos con una sola línea productiva.

Pablo Rossell Arce es economista.

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