Voces

viernes 21 ene 2022 | Actualizado a 01:54

El periodismo como profesión peligrosa

/ 27 de noviembre de 2021 / 01:47

Aún fresco en la memoria de los bolivianos el secuestro de periodistas en Las Londras, región de Guarayos, perpetrado por aquella cuadrilla de talibanes criollos sin turbante pero con capucha, que preocupa a la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos), la Unesco difunde un recuento estadístico de similares atropellos en el planeta, que culminaron en desapariciones y asesinatos, remarcando que “agredidos, intimidados e incluso asesinados, los periodistas se exponen frecuentemente a riesgos y amenazas por el simple hecho de hacer su trabajo: informar al público”, y para apoyar esa conclusión añade que en el último decenio, cada cuatro días, como promedio, es asesinado un periodista. Dice que, en el mundo, 86 ejecuciones se consumaron solo entre 2020 y junio de 2021. Lo grave es que esos crímenes quedan, las más de las veces, impunes, siendo notoria la lenidad de los sistemas judiciales concernidos. El análisis se basa en cuadros estadísticos desde diversos ángulos en que las cifras son elocuentes:

El número de periodistas muertos fue de 84 en 2006, 66 en 2007, 46 en 2008, 77 en 2009, 65 en 2010; 62 en 2011, 124 en 2012, 90 en 2013; 98 en 2014, 116 en 2015, 102 en 2016, 80 en 2017, 99 en 2018, 57 en 2019, 62 en 2020, y en lo que va de 2021 ya son 24 los colegas asesinados. Más adelante se establece que de 1.167 investigaciones, únicamente el 13% fueron resueltas. En otro aspecto, se califica de “espeluznante” la situación de la mujer en ese medio, donde son víctimas de la violencia y de intimidaciones contra ellas o sus familiares. Otro signo interesante es el cuadro donde aparecen los occisos por país durante el bienio 2018-2019, en aquél sorprende que México sea el campeón universal con 25 casos, mientras Afganistán solo consigna 21. Siempre en la región latinoamericana, Colombia figura con 8, Brasil destaca con 6 bajas; Honduras con 3; Haití con 2 y con una víctima Chile, El Salvador y Nicaragua. Entre los países europeos, asiáticos o africanos se reconoce a un asesinado cada uno y en Estados Unidos a seis muertos, haciendo un total de 156 victimados, entre los que figuran aquellas naciones en guerra como Siria con 15 y Yemen, con 8. También se consignan los ejecutados por rama de actividad, siendo los más afectados los enviados de televisión, seguidos por los de multimedia, radio, internet y la prensa escrita. Este último dato muestra que quienes se exhiben en los canales televisivos se hallan mayormente expuestos a las iras radicales. En Bolivia, el incendio de la casa de la presentadora Casimira Lema, durante la insurrección popular de 2019, es notorio ejemplo. Los corresponsales extranjeros no son precisamente más apetecidos — como objetivo— que los locales, pues de 93 casos en 2018, solamente seis eran foráneos. Finalmente, la tabla de posiciones por regiones geopolíticas desde 2020 hasta junio de 2021, es la siguiente: Asia y el Pacífico: 31 asesinatos; América Latina y el Caribe: 28; África: 12; Estados Árabes: 11; Europa Central y Oriental: 2; Europa Occidental y América del Norte: 2. Lo cual nos lleva a razonar que cuanto menor es la libertad de prensa, mayor es la intolerancia, particularmente en las autocracias, aunque en algunas de ellas como Cuba o Bielorrusia, la inexistencia de medios de comunicación independientes conlleva la ausencia de periodistas profesionales, quedando únicamente como canales de expresión libre, las redes sociales y aun ellas con limitaciones diversas. Por último, los asedios constantes a los reporteros que cubren noticias poco gratas a los gobiernos de turno, aunque no sean objeto de daños letales, son un preludio peligroso para los hombres y mujeres de prensa, confiando que no se llegue al caso extremo del columnista Jamal Khashoggi, quien en 2018 fue despedazado dentro del consulado árabe-saudí en Estambul.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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La nostalgia zarista de Putin

/ 8 de enero de 2022 / 01:41

En estos días en que se conmemora el trigésimo aniversario de la implosión de la Unión Soviética (26 de diciembre de 1991) ocurrió algo extraordinario que, además del impacto social, conlleva singular gesto político de vasta significación: la boda imperial del archiduque Georges Mikhailovich (40) —un descendiente del zar Nicolás II— con la italiana Rebecca Bettarini (39), connubio al que 1.500 invitados acudieron perifollados a la catedral de San Isaac, en San Petersburgo. Este episodio simboliza el retorno de los Romanov, 104 años después de que el último zar fuera ejecutado en Ekaterimburgo, en 1918, junto a la zarina Alejandra y sus cinco hijos. En un régimen vertical como el que rige la Federación Rusa, nada sucede sin la venia oficial del presidente, se hace evidente que este juzgó oportuno urdir la reconciliación de la nueva Rusia con las notorias tradiciones protagonizadas por aquella familia que dominó el imperio por más de 300 años y que el bárbaro celo bolchevique pretendió erradicar matando incluso a sus inocentes infantes. Irónicamente, ahora, el casamiento fue organizado bajo los ritos ortodoxos y los cánones del protocolo real de otros tiempos. Para esa jornada, se desplazaron monarcas desempleados de las casas reales de Europa entera, ataviados de levita y/o de vistosos uniformes, logrando que San Petersburgo reviva sus luces de la otrora capital imperial.

La figura mayormente visible de los Romanov fue la repleta archiduquesa Maria Vladimirova (68), quien nacida en Madrid es la decana familiar, aunque estén con vida al menos seis pretendientes al imaginario trono moscovita. El escenario parece ser resultado de acuerdos confidenciales del Kremlin con aquel ostentoso clan, por cuanto Putin, al cabo de 21 años de ejercicio omnímodo del poder, desea consolidar un Estado que, sobre los vestigios de la Unión Soviética, pueda ofrecer al pueblo la visión de nación sólidamente amalgamada con las viejas tradiciones de la Santa Rusia, con Vladimir Putin a la cabeza de ese renovado dominio. Como en agosto de 2000, el Concilio Episcopal canonizó al zar y su familia asesinada, se explica mejor la aproximación del presidente con la Iglesia Ortodoxa y sus constantes referencias a la pérdida del poderío soviético como “la más grande catástrofe histórica del siglo XX”. Esas dos señales muestran la irrefrenable añoranza del nivel perdido de superpotencia. A ello obedecen sus aventuras militares de la reconquista de Crimea y la penetración de Ucrania por el Dombass, además del actual despliegue de fuerzas militares en su frontera con aquel país.

Estudiando los orígenes de Putin, su prosapia comienza en la vertiente de sus padres obreros, pero yendo más atrás se sabe que su abuelo Spiridion Putin habría oficiado como cocinero de la familia Romanov, para luego de la Revolución reciclarse en la misma ocupación bajo Lenin y Stalin.

Nacido en 1952, sin ser lúcido estudiante se enroló en el servicio secreto (la KGB) hasta llegar al grado de teniente coronel y espiar en Dresde, donde lo abrumó la caída del muro de Berlín. De retorno a Rusia, siguió fulgurante carrera hasta que el presidente Elsine lo catapultó al cargo de primer ministro, para luego ser elegido por cuatro veces presidente de la federación. Pero solo el poder personal no le satisface en aquel país poco solvente, por ello se empeña en que Rusia fortalezca su potencia militar y extienda su influencia geopolítica hasta los límites de la antigua Unión Soviética. La ambición de Putin podría ser pregonar las glorias de la época zarista ensamblándolas con sus propios logros y llegar a sus 84 años (reelecto como todo autócrata) hasta 2036, término constitucional de su mandato, legando un Estado moderno, actor ineludible en la escena internacional y una renovada autoestima para los rusos. Contando ya con el aval de la influyente Iglesia Ortodoxa, le faltaba la bendición de los herederos del zarismo y con la anuencia de los Romanov en esos fastuosos esponsales, espera se absuelvan los pecados revolucionarios y se inicie una fresca era en la patria donde Vladimir sea el zar de todas las Rusias.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Una abuela en Honduras

/ 11 de diciembre de 2021 / 01:02

Las elecciones del 28 de noviembre fueron aceptadas por oficialistas y opositores, concediendo la victoria de Xiomara Castro (62) por 53%, bien por encima de su principal contrincante, el alcalde Nasry Asfura. Todos los comicios anteriores de los últimos 20 años estuvieron cuestionados por los perdedores atribuyendo fraudes repetitivos. Xiomara se convirtió en la figura emblemática de la resistencia al esquema conservador instaurado luego del golpe de 2009, que expulsó a su esposo Manuel Mel Zelaya (69) de la presidencia, vistiendo solo pijama y pantuflas, pero colado a su inefable sombrero alón, a bordo de aquel avión expreso desde Tegucigalpa hasta San José de Costa Rica. La enérgica acción militar tuvo como motivación que Mel, con entusiasmo deportivo, se acopló a la línea trazada por Hugo Chávez, afiliándose al ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), actitud que alarmó a los sectores más reaccionarios del país y que estimuló a los castrenses a tomar esa drástica decisión. Lamentablemente, desde entonces Honduras confrontó una sospechosa relación de los mandos supremos con las mafias del narcotráfico. En efecto, el actual presidente Juan Orlando Hernández está en la mira de la DEA, implicado por su hermano Tony, que purga cadena perpetua en una prisión americana, sentenciado por tráfico de drogas. Irónicamente, uno de los principales contendores en las recientes elecciones es Yani Rosenthal, liberado luego de cumplir —en Estados Unidos— tres años de condena por lavado de activos oscuros. Dentro de ese escenario, efectivamente, Xiomara aparece más limpia que la madre Teresa de Calcuta y el elector depositó su esperanza en la abuela ejemplar, cuyas inclinaciones izquierdófilas podrían diagnosticarse como una enfermedad infantil, menos grave que aquella que contaminó a sus contrarios, cautivos de vínculos con gente detestable.

Bajo ese aroma malsano, Honduras, una nación que, si bien no tiene los recursos naturales de otras en la región, cuenta en cambio con esa población batalladora contra el medio ambiente, a veces agreste que, por falta de oportunidades laborales, obliga a su juventud a buscar otros horizontes y engrosar esas macabras caravanas para migrar hacia el imaginario paraíso americano. A ello, hay que anotar la amenaza delictiva de las pandillas (las maras) que hacen del secuestro y la violencia callejera una actividad rentable.

En cuanto al mal olor de su clase dirigente, recuerdo con nostalgia las personalidades de brillante fuste que gobernaban otrora desde la máxima testera de Tegucigalpa, como Rafael Villeda Morales (el Pajarito) o Carlos Roberto Reyna (1994-1998), talentoso estadista. Hoy en día, ni siquiera en otros niveles hay jurisconsultos como Max Velásquez o parlamentarios elocuentes tal que Antonio Ortez Turcios, sean liberales o “cachurecos” (conservadores), que hacían del sistema bipartidista un esquema constitucional civilizado. Es triste pensar que la pobreza persistente (60%) y la demagogia populista a la mode se apropien de ese espacio con el riesgo de empeorar la ya preocupante situación económica existente. Xiomara, si oye más a la razón que a su despistado marido, vencerá el reto de reconducir la nave del Estado alejada de las procelosas aguas de la corrupción sistémica y lacerante. En el plano regional, en nada ayudaría a Xiomara aproximarse a aquellos Estados fallidos cuyo remedo de socialismo ha dado por único resultado la expansión del hambre y la miseria. Teniendo en cuenta que buena parte de sus ingresos fiscales derivan de las remesas que envían sus connacionales asentados en el extranjero y de la necesidad de inversiones extranjeras, el relacionamiento soberano pero amistoso con Washington y la Unión Europea se hace inevitable, cuidando de no caer en improvisaciones peligrosas como su vecino salvadoreño, atrapado por las “maras” locales.

Los sinceros amigos de Honduras deseamos a Xiomara buen viaje hacia ese futuro ignoto.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El último secreto del Presidente

/ 13 de noviembre de 2021 / 02:18

Cuando se creía que todo estaba dicho en las múltiples obras dedicadas a escudriñar la vida pública y privada de aquel enigmático presidente que fue François Mitterrand, apareció hace pocas semanas otra revelación biográfica titulada muy apropiadamente Le dernier secret (El último secreto), elocuente investigación realizada por Solenn de Royer, en 413 páginas (Ed. Grasset), quien presume que ya no surgirán más romances ignotos.

En perfecto ordenamiento, sin innecesaria cronología, combinando el diario íntimo de la protagonista con las confidencias vertidas a la autora, el recuento describe los últimos ocho años de Mitterrand intensamente vividos, hasta su muerte el 8 de enero de 1996, en ligamen amoroso con Claire (nombre cambiado), estudiante de 22 años que transita —apaciblemente— el puente de medio siglo que la separaba de aquel mandatario que peinaba las canas de sus 72 octubres.

Bajo el convenio conyugal de mutua independencia vigente con su esposa Danielle, ese periodo rosa fue quizá la más bella compensación que Mitterrand podía esperar para el final de su vida, aquejado de un cáncer a la próstata que mortificaba el reinado de 14 fructíferas anualidades de poder y de gloria. Leer sus intimidades de alcoba, me llevó al recuerdo del 19 de octubre de 1994, día en que le presenté las cartas credenciales como embajador de Bolivia, cuando observé su tez amarilla y un holgado traje cubriendo su anormal flacura, señales que sobrellevaba con majestad de estilo monárquico, verbo elegante y fina inteligencia. En el relato que comento, fue Claire quien sedujo a François fascinada por su personalidad. Es él quien alguna vez le pregunta en broma qué encuentras en mí, soy pequeño, viejo, fofo y calvo, y ella persiste en esos ocho años de pasión, atendiendo hasta dos veces por día los llamados telefónicos de su hombre siempre tierno, paternal, algunas veces celoso y hasta perverso en sus comentarios. Claire conserva en agendas, las fechas memorables, las horas y los minutos de los telefonemas, cuya minucia la autora transcribe selectivamente. Se narra también aquellos paseos por el barrio latino donde la doncella habita un pequeño apartamento en la rue du Four, esa primera cena a solas, ocasión en que el caudillo se amalgama con su enamorada. Claire evoca, además, los almuerzos, en aquella mesa arreglada para dos en la biblioteca del Palacio del Elíseo y el episodio en que inesperadamente se presentó Danielle a quien, serenamente, el presidente la invita a acompañarlos. Tanto Claire en su confesión, como la escritora en su revelación, mantienen remarcable pudor, hilvanando, más bien, una atípica temperatura de relación entre los amantes. Por mi parte, creo que, dadas las circunstancias etarias y otras aledañas, ese vínculo tan singular evolucionó en amor tántrico pleno de ternura y comprensión recíproca. En cambio, la pareja no se priva de concurrir ocasionalmente a conocidos restaurantes parisinos, donde anfitriones y curiosos confunden a la joven Claire con Mazarine, la furtiva hija adulterina de Mitterrand, comidilla de tanta chismografía local. Todos los datos en el libro están revisados y verificados, inclusive los inocuos regalos que intercambian los protagonistas. Llegado al término de su mandato, Mitterrand se traslada del Elíseo a un apartamento en 9 avenue Frederick Leplay y en ese trajín Claire guarda para sí, entre algunos mementos, copia del inventario de los libros acomodados en 10 cajas de cartón numeradas, un listado que testimonia la profusa erudición del líder socialista. La autora añade en su narrativa mucho detalle para corroborar la verisimilitud de la reseña. Opiniones políticas relevantes y diálogo trivial condimentan las charlas del dueto en decenas de encuentros. Pocos viajes, pero de imperecedera memoria perviven en Claire, incluyendo aquellos en el avión presidencial, asimismo ingenuas averiguaciones como esa en que Claire le indaga por el monto de su sueldo mensual (39.000 francos de la época) o en mayor sustancia si tenía miedo a la muerte. Grave indiscreción para aquel condenado a la pena capital por el cáncer. La resignación de François a esa fatalidad se explica por cuanto su padre y su hermano perecieron por igual dolencia. El postrer susurro verbal entre los amantes es premonitorio cuando ella le dice que lo extrañará esos cinco días de su vacación navideña y él replica que lo extrañará aún más durante 60 años, cuando desaparezca.

Párrafos que mueven a la conmiseración más plena, son aquellos que relata Claire sobre los instantes en que, anoticiada de su fallecimiento, recurre presurosa al lecho mortal y contempla devastada el inerte rostro de su amado. Tuvieron que pasar 25 largos años para que Claire, hoy mujer madura (57) y madre de dos hijos, se anime a confesar ese amasiato que pasará a alimentar la petite histoire tan apetecida por los franceses habituados a fisgonear la cama de reyes y reinas, emperadores, presidentes y celebridades, todos ellos tan poco afectos a la castidad.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Unesco: Amadou Mahtar M’Bow

/ 30 de octubre de 2021 / 01:26

El 25 de octubre pasado, en el teatro de la Unesco, en París, se realizó la solemne ceremonia de homenaje a Amadou Mahtar M’Bow en ocasión de su aniversario natal número 100. En esa oportunidad como uno de los oradores, evoqué algunas reflexiones que transcribo en apretado resumen:

Fue en esta casa, el escenario donde Amadou Mahtar M’Bow cosechó sus mejores triunfos como director general de la Unesco por 13 fructíferos años (1974-1987). Aquí mismo ofreció a los miembros del Consejo Ejecutivo las ideas más sólidas que se esparcieron como semillas promisorias en todos los países miembros: la educación para todos, la alfabetización como factor de desarrollo, el concepto de educación permanente, la preservación de la heredad cultural a través de la lista patrimonial, el reconocimiento a la diversidad de las culturas, la universalización de la ciencia y la tecnología para beneficio común, y tantas otras acciones que ahora forman parte inefable en los programas gubernamentales.

Amadou, hombre de principios no negociables, impuso con su ejemplo y su integridad personal, el ideario de la paz y fraternidad universales. Trabajar junto a él era un permanente ejercicio de aprender y enseñar a la vez. Si vivir más de 100 años es de por sí una hazaña, recorrer ese periodo, sin claudicación alguna, es tarea titánica, en medio de las mezquindades políticas o de celos que lamentablemente destellan en la naturaleza humana; por ello, nada más preciso que el lema de esta reunión “Amadou Mahtar M’Bow: un hombre, de pie en su siglo”.

Porque no fue tarea fácil cruzar de un siglo al otro, montando las procelosas olas de la guerra fría, superando las barreras de la mentalidad colonialista, soslayando las hegemonías geopolíticas en el Este, el Oeste, el Norte y el Sud, y finalmente, adaptarse a la revolución informática que, si bien facilita las minucias cotidianas, también —ocasionalmente— amenaza la libertad. En todo ese arduo recorrido Amadou Mahtar M’Bow, como el más ilustre DG, no se concretó al ejercicio inocuo de la gestión administrativa, sino aunque algunos dirían que a veces marchaba beyond the call of duty, irradiando su personalidad en la defensa de los derechos humanos y fue, precisamente en América Latina, durante la noche negra de las dictaduras militares, que la mano de Amadou extendió el alero de la Unesco para cobijar a los intelectuales perseguidos del Paraguay, la Argentina, el Brasil, de Chile y de Bolivia.

Creo ahora es el momento pertinente de recordar con hondo agradecimiento los réditos concretos en educación, ciencia y cultura en esa región de la era M’Bow. En todos sus emprendimientos no era solamente el poseedor del tampón burocrático, sino un entusiasta animador. Por ejemplo, vienen a mi memoria que en los viajes en que lo acompañé como director para América Latina y el Caribe, por algunos países de esa región, ocurrieron ciertos episodios que trasuntan la humana calidad de nuestro homenajeado. Cuando se había terminado la visita oficial a la ciudad colombiana de Popayan, declarada patrimonio de la Humanidad, se descolgó una feroz tormenta tropical que nos impedía salir del hotel hacia el aeropuerto donde se hallaba aparcado el avión puesto a nuestra disposición. Enfrentamos, entonces, el dilema de perder nuestras conexiones internacionales o desafiar la furia celestial. Amadou preguntó al piloto si se atrevía a decolar y ante la afirmativa decidió abordar la nave. El embajador colombiano que nos escoltaba se excusó por no querer subir al avioncillo y nos despidió al borde del aparato, haciendo el cristiano signo de la cruz. El DG me dio la opción de seguirlo o quedarme. De inmediato le respondí que lo acompañaba. Sin embargo, no bien comenzamos el ascenso, la tempestad arreció y el avión tambaleaba cual hoja al viento, motivando la inquietud del piloto quien estaba en constante comunicación con la torre de control de Bogotá. Finalmente, al tomar con suprema dificultad mayor altura, dejamos atrás los negros nubarrones y aterrizamos rodeados de carros bomberos y de asustados funcionarios de protocolo. Ese episodio reflejaba en Amadou su filosófico apego a la fatalidad, pues el destino le tenía reservadas grandes tareas pendientes para una larga vida.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Catar: pequeña gran potencia

/ 16 de octubre de 2021 / 01:47

Dos hechos recientes consolidaron la reputación de Catar como insoslayable jugador de primera línea en el mosaico geopolítico del mundo: la caída de Kabul a manos de los talibanes, acaecida el 15 de agosto y, aunque pareciera episodio trivial, la compra del sextuplete balón de oro Leonel Messi para el emblemático equipo estrella, de su propiedad, por 160 millones de euros ($us 185,7 millones).

Analistas de toda orientación admiten que la diplomacia catarí ha empleado los cuantiosos ingresos de sus exportaciones de gas con extraordinario buen juicio en inversiones que no solamente buscan lucros bursátiles, sino también rendimientos que engrosen su ya evidente prestigio como mediador en situaciones de extrema tensión. Unos creen que Catar padece del complejo del enano (con sus escasos 11.586 km2) frente a su poderoso vecino Arabia Saudita (2.149. 600 km2) tan rico o más que él y, atribuyen a ello, su hábil uso del soft power traducido en donaciones de diversa índole, a través del fondo soberano Qatar Investment Authority que desparrama $us 300.000 millones en activos que cubren varios puntos cardinales del planeta, aunque fuera un monto muy inferior al equivalente propósito de otras monarquías petroleras como Abu Dhabi (650.000 millones) o Kuwait (692.000 millones). La comparación es pertinente para apreciar el impacto de los réditos intangibles entre uno y otro.

Catar, el dorado del gas, es en PNB (Producto Nacional Bruto) por habitante el Estado más rico del mundo, con tan solo 300.000 ciudadanos nativos (y 2.500.000 extranjeros) será en 2022 el primer país musulmán en albergar la Copa mundial de futbol, para lo que gastó $us 300.000 millones en infraestructura deportiva, que tristemente costó la vida de 6.500 obreros migrantes.

El ámbito de sus relaciones externas pasa por las rivalidades vecinales con sus homólogos petrolíferos (Arabia Saudita, Bahréin, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos) que de 2017 a 2021 impusieron un duro bloqueo a ese singular emirato cuya audaz diplomacia opacaba ambiciones similares en las petro- monarquías del golfo. Aunque el factor de preminencia religiosa sea un elemento adicional de discordia, Catar sigue adelante con su propia hoja de ruta, dominando además los medios a través de su potente red televisiva Al Jazeera, rival de CNN, también en el área occidental.

La entrada de Catar en la Unión Europea la hizo por la puerta francesa por medio de inversiones en hotelería (los grandes cinco estrellas parisinos Le Royal Monceau, The Peninsula, De la Marine y otros) calculándose en 3.600 millones de euros ($us 4.100 millones) el capital catarí invertido en el Hexágono. En retorno, 120 empresas francesas se han instalado en Doha, sumando el excedente comercial francés en 3.200 millones vis a vis Catar.

Todo el festival de cifras millonarias provenientes del minúsculo emirato explica no solo un razonado planeamiento de su economía, donde la diversificación de sus fuentes de ingreso por concepto de las ventas de gas ha bajado al 58%, liberándolo de su condición de monoproductor, destinando el restante 42% a otros rubros, incluyendo servicios. A ello habrá que aumentar el factor militar que alberga equitativamente bases militares de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Turquía.

Su actual esquema de relaciones externas es el fruto de 25 años de paciente construcción diversificando sus alianzas para que ese equilibrio de cierta dependencia externa mitigue los celos de su vecindario, no siempre inocuo. Añádase a ese elemento su posición geográfica central en el Medio Oriente, su solidez económica y su serena compostura que lo coloca en buen rol de mediador internacional. Esas credenciales sirvieron para que los talibanes afganos instalasen en Doha su gobierno en el exilio con la tolerancia americana que llegó a negociar allí su precipitada capitulación.

Su suave diplomacia le permite financiar proyectos en la banda de Gaza, regida por Hamas y a la Hermandad Musulmana que aun figuran en la lista de organizaciones terroristas. En breve, la escarcela catarí está siempre disponible a veces para causas disimiles o contradictorias.

Ese nuevo estilo de hacer amigos y evitar adversarios, ha hecho que Catar, no obstante su exiguo tamaño, proyecte su imagen junto a las grandes potencias que reconocen la utilidad de su juego diplomático, en el convulso mundo árabe.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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