Voces

lunes 24 ene 2022 | Actualizado a 07:25

La era de la minoría creativa

/ 27 de noviembre de 2021 / 01:38

El rabino Jonathan Sacks dijo en cierta ocasión que ser una minoría en la Europa del siglo XIX era como vivir en el país natal de alguien más. Los aristócratas eran los dueños de la casa. Otras personas podían vivir ahí, pero solo eran huéspedes. No tenían el derecho de establecer reglas, operar las instituciones ni dominar la cultura.

El Estados Unidos de los años 50 podría describirse de manera similar. Sin embargo, con el paso de las décadas, la élite protestante se desmoronó y Estados Unidos se convirtió en un país maravilloso, más diverso. Hasta los antiguos propietarios de la casa ahora se sienten como miembros de una minoría. Incluso algunas de las personas que solían considerarse parte de la mayoría ahora se sienten minorías.

Vivimos en la era de las minorías. Tal vez sea más preciso decir que Estados Unidos ahora es un lugar de minorías en competencia. ¿Cómo conciben las personas la identidad de su grupo minoritario y cuál es su percepción de las relaciones entre minorías? A lo largo de la historia, según otra observación de Sacks, se han identificado por lo menos cuatro mentalidades diferentes:

En primer lugar, la asimilación. Los asimilacionistas sienten que su identidad minoritaria los limita. Quieren que los demás consideren su individualidad, no que los vean como miembros de una categoría de forasteros.

En segundo lugar, el separatismo. Los separatistas quieren conservar la autenticidad de su propia cultura. Tener una firme identidad cohesiva le da significado a su vida, por lo que no quieren que se pierda.

La tercera mentalidad es de combate. Quienes adoptan este enfoque ven la vida, en esencia, como una lucha entre grupos opresores y oprimidos. La intolerancia está tan arraigada que no hay ninguna esperanza real de integración.

El cuarto enfoque es de integración sin asimilación. Quienes prefieren esta mentalidad aprecian lo que su grupo le ha aportado a la nación en general. E pluribus unum. Celebran las identidades pluralistas, compuestas, y la mezcla variada de grupos, cada uno con aportaciones particulares a la identidad estadounidense.

La política estadounidense es muy desagradable en la actualidad porque a muchas personas les parece más convincente la tercera mentalidad. Los guerreros de izquierda y de derecha están en total desacuerdo en cuanto a quién es la mayoría dominante, pero comparten la siguiente percepción: ambos se consideran una de las minorías oprimidas y están convencidos de que quienes tienen el poder los desprecian, así que necesitan ganar la guerra.

Esta percepción tiene algo de verdad. No obstante, se basa en una peligrosa falsedad: que la línea que divide el bien y el mal es la que separa a estos grupos; que los buenos están de su lado y los opresores, del otro. Es necesario aceptar la verdad de que la línea está en cada corazón humano para poder ver más allá de los grupos, para admitir que cada individuo de esos grupos libra sus propias batallas.

Integración sin asimilación es la única opción si queremos progresar. Es difícil. Requiere que socialicemos con grupos diversos y, en algunos casos, antagonistas, en vez de quedarnos en el que se siente más familiar. Implica que los estadounidenses reconozcamos y aceptemos que tenemos múltiples identidades y culturas; que portamos uniformes distintos y muchas veces ni siquiera sabemos a cuál de esas agrupaciones pertenecemos en realidad.

Pero, aunque es difícil, es la manera más creativa de vivir. Es el choque de puntos de vista, historias e identidades diferentes en un solo pueblo, e incluso en una sola mente humana. La integración sin asimilación es el reactor nuclear del dinamismo estadounidense.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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Aborto, la mayoría ambivalente

/ 9 de diciembre de 2021 / 01:31

Si quiere saber por qué nuestra política es tan terrible, consulte nuestros recientes debates públicos sobre el aborto. Todo el mundo está sintiendo hacia dónde parece dirigirse la Corte Suprema en Roe v. Wade. Pero a medida que nuestra política se ha vuelto más burda y combativa, muchos conservadores ni siquiera reconocen los problemas que siempre han dificultado tanto este tema.

Muchos de los comentarios progresistas, por otro lado, no reconocerán al feto en absoluto. He visto a los progresistas referirse al aborto simplemente como una atención médica para las mujeres, o como una decisión totalmente privada sobre lo que una mujer hace con su cuerpo. Muchos progresistas hablan del aborto como si no pudiera ser el fin de una vida humana.

Especialmente ahora, en la degradación de la vida pública posterior a Trump, los políticos, propagandistas y activistas en este tema eluden los temas difíciles y complejos para defender poderosamente su lado. Y eso es lo que vemos tema tras tema. Los ejércitos de la certeza marchan y dominan el debate y la política. El resto de nosotros, obstaculizados por la ambivalencia, nos quedamos atrás. Vivimos en una democracia en la que la mayoría a menudo no gobierna.

Durante la mayor parte de mi vida me he considerado a favor del aborto porque no tenía la menor confianza en saber cuándo comenzaba la vida y no quería imponer mis puntos de vista a los demás. Pero como muchas personas, mi vida se ha cruzado con el problema. Luego, vino la ciencia. La experiencia y los sentimientos morales que se derivan de la vida me han movido mucho hacia la posición antiaborto. ¿Eso significa que sé cuándo comienza la vida? Esa ya no parece la pregunta correcta. He llegado a creer que todos los seres humanos tienen una parte de sí mismos que no tiene tamaño, forma, color o peso, pero que les da un valor y una dignidad infinitos, y es su alma. Para mí, la pregunta crucial es cuándo un organismo vivo se convierte en alma humana. Mi intuición es que no es un momento, sino un proceso, un proceso envuelto en un misterio divino.

Esto me deja en una posición política monótona, me temo, con aproximadamente la mitad de los estadounidenses que quieren restringir el aborto en algunas circunstancias, pero, tal vez porque sienten que sería inviable o incorrecto, no quieren prohibirlo por completo. Los abortos en el tercer trimestre y algunos en el segundo trimestre me parecen cada vez más incorrectos, excepto en circunstancias extraordinarias. ¿Pero el primer trimestre? No lo sé, y por lo tanto cedería a la conciencia de cada mujer.

Dado hacia dónde parece dirigirse la Corte Suprema, firmaría la posición de compromiso que el profesor de Claremont McKenna, Jon A. Shields, esbozó en octubre, que podría implicar restricciones más estrictas sobre el aborto después del primer trimestre.

Supongo que eso significa que estoy apoyando a John Roberts en las deliberaciones actuales sobre Dobbs v. Jackson Women’s Health Organization. Ha señalado que está abierto a explorar si la corte podría mantener la ley de Mississippi que prohíbe el aborto después de 15 semanas, pero no anular a Roe y permitir que los estados promulguen prohibiciones totales o casi totales. Pero puede ser una minoría de uno.

Solía apoyar la revocación de Roe porque pensaba que sería saludable sacar el tema del aborto de los tribunales y devolverlo a las legislaturas estatales. Solía pensar que la mayoría de los estados terminarían donde está el centro de gravedad de la nación, con restricciones pero no prohibiciones.

Pero ahora estamos tratando de lidiar con un tema miserablemente complejo en una cultura política brutalizada. Las mayorías no gobiernan en este país; las minorías polarizadas lo hacen. La evidencia es que la política posterior a Roe haría que incluso nuestra política actual parezca dócil. No estoy seguro de que nuestra democracia sea lo suficientemente fuerte para eso.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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La asombrosa imaginación

/ 13 de noviembre de 2021 / 02:03

Platón y Aristóteles discreparon sobre la imaginación. Como señalaron el filósofo Stephen Asma y el actor Paul Giamatti en un ensayo publicado en marzo, Platón daba a entender que la imaginación es un lujo un tanto fantasioso. Se ocupa de las ilusiones y la fantasía y nos distrae de la realidad y de nuestra capacidad de razonar sobre ella con la mente fría. Aristóteles, por el contrario, pensaba que la imaginación es uno de los fundamentos de todo conocimiento.

Una de las tragedias de nuestro tiempo es que nuestra cultura no se ha dado cuenta de hasta qué punto Aristóteles tenía razón. Nuestra sociedad no es buena para cultivar la habilidad que más podríamos necesitar.

¿Qué es la imaginación? Pues bien, una forma de verlo es que cada segundo que estás despierto, tu cerebro es bombardeado con una proliferación frenética de colores, formas y movimientos. La imaginación es la capacidad de hacer asociaciones con todos estos fragmentos de información para sintetizarlos en patrones y conceptos. Los neurocientíficos han llegado a comprender cuán fantásticamente complicado y subjetivo es este proceso de creación de imágenes mentales. Quizá pienses que la percepción es un sencillo proceso “objetivo” de asimilación del mundo y que la cognición es un proceso complicado de pensamiento sobre él, pero eso es un error.

La percepción (el veloz proceso de seleccionar, reunir, interpretar y experimentar hechos, pensamientos y emociones) es el acto poético fundamental que te hace ser tú. Además, la imaginación puede enriquecerse con el tiempo. ¿Puedes perfeccionar tu imaginación? Sí. Al crear lentes complejas y variadas a través de las cuales ver el mundo. Zora Neale Hurston creció junto a la calle principal en Eatonville, Florida. Cuando era niña, se acercaba a los carruajes que pasaban y gritaba: “¿No quieren que los acompañe un tramo del camino?”. La invitaban a subir al carruaje, conversaba con desconocidos por un rato y luego volvía a casa caminando.

En el caso de Hurston, y en el de muchas personas con una imaginación cultivada, este tipo de aventuras sociales atrevidas se equilibraban con periodos extensos de lectura, soledad y aventuras íntimas para contar historias. “Vivía una vida emocionante sin ser vista”, recordó Hurston más tarde.

Una persona que alimenta su imaginación con un repertorio más completo de pensamientos y experiencias tiene la capacidad no solo de ver la realidad con mayor riqueza, sino también de imaginar el mundo a través de la imaginación de los demás (lo que es aún menos frecuente). Esta es la habilidad que vemos en Shakespeare en un grado tan portentoso: su capacidad para desaparecer en sus personajes y habitar sus puntos de vista sin pretender explicarlos jamás.

Cada persona tiene un tipo de imaginación diferente. Algunas personas se centran en las partes del mundo que se pueden cuantificar. Esta forma prosaica de reconocimiento de patrones puede ser muy práctica, pero a menudo no ve la forma subjetiva en que las personas revisten el mundo con valores, emociones y aspiraciones, que es justo lo que queremos ver si deseamos vislumbrar cómo viven su experiencia.

Muchos aspiraron a la forma más encantadora de imaginación, que, como escribe Mark Vernon en Aeon, “tiende un puente entre lo subjetivo y lo objetivo, y percibe la vitalidad interior del mundo, así como sus exteriores interconectados”. Un ejemplo es Van Gogh pintando noches estrelladas y Einstein imaginándose a sí mismo cabalgando junto a un haz de luz.

La imaginación te ayuda a percibir la realidad, a probar otras realidades, a predecir futuros posibles y a experimentar otros puntos de vista; pero, ¿hasta qué punto las escuelas le dan prioridad al cultivo de esta capacidad esencial?

¿Qué le ocurre a una sociedad que deja gran parte de su capacidad imaginativa sin usar? Tal vez acabes en una sociedad en la que las personas les son ajenas a los demás y a sí mismas.

 David Brooks es columnista de The New York Times.

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EEUU para mí en 2021

/ 19 de octubre de 2021 / 00:58

Una nación es una comunidad de personas que, en el mejor de los casos, se mantiene unida por una historia común. De niño, me contaron una historia triunfalista sobre Estados Unidos, cargada de palabras como “superpotencia” y “más grande”. Esa historia triunfalista suena hueca en 2021 y, al parecer, ha sido rechazada por muchas de las generaciones más jóvenes. A medida que esa historia se ha desgastado, nuestro país se ha fracturado, sin una narrativa nacional coherente. Así que buscamos formas más realistas e inclusivas de volver a contar nuestra historia.

Se nos da muy bien humillarnos los unos a los otros, incluso después de haber estado aquí durante años. La continua humillación del racismo diario. La condescendencia hacia la clase trabajadora de América Central. La intolerancia que obliga a los homosexuales a meterse en el clóset. Las burdas caricaturas de los cristianos evangélicos. La característica brutal de la humillación es que se te mete bajo la piel. La imagen que algunas personas tienen de sí mismas refleja el desprecio que han experimentado, porque es muy difícil que no te afecte lo que la gente dice de ti.

La pérdida de estatus puede hacer que las personas se replieguen a sus categorías tribales, se refugien en las glorias perdidas del pasado, se inflen de resentimiento hacia sus rivales y arremetan con una violencia espantosa. Una característica destacada de Estados Unidos es que muchos de los despreciados que llegaron aquí no reaccionaron de esa manera. Respondieron a la humillación con acciones creativas. Desdeñados en casa, voltearon a ver el futuro.

Se convirtieron en minorías creativas. Ser una minoría creativa es un papel orgulloso para cualquier grupo. Significa convertir el desprecio en un semillero de cultura, de innovación y de cultura. Gran parte del impulso y el dinamismo de la vida estadounidense proviene de personas humilladas que dicen: “Les mostraremos quiénes somos”. La respuesta de los homosexuales y las lesbianas a la humillación ha sido uno de los grandes actos de la historia reciente de Estados Unidos: tener el valor de mostrarse en su plena humanidad; comprometerse con el servicio militar, el matrimonio y otras grandes instituciones de la vida estadounidense; marchar con orgullo. Caray, la misma palabra “orgullo” está asociada de manera permanente a la vida LGBTQ.

Afirmo con amor que la comunidad evangélica blanca no ha respondido tan bien a medida que la corriente principal se ha alejado de ella. Con frecuencia, los evangélicos blancos han buscado salvadores políticos fuertes para recuperar su lugar dominante. Con demasiada frecuencia se han marginado a sí mismos en su propia subcultura y luego se han quejado de haber perdido su estatus. Tengo algunos amigos que se han manifestado sobre los abusos sexuales en sus iglesias y por ello se les acusa de “acomodación cultural disfrazada de religión del convencimiento”. Si creen que cualquiera que diga la verdad es culpable de colaborar con las élites culturales, entonces están viendo el mundo a través de una lente con el filtro del resentimiento.

Algunos días la política estadounidense parece ser un inútil choque de resentimientos. Pero me gusta pensar que a lo largo de la historia se repite el relato de personas que vencen la humillación mediante la acción creativa. Me gusta pensar que, de manera paradójica, el desprecio ha sido una fuerza propulsora en la vida estadounidense porque la gente encuentra fuentes de poder en lugares a los que el desprecio no puede llegar.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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Así se destruye la verdad

/ 13 de julio de 2021 / 02:04

Las grandes naciones prosperan gracias a la actualización de dos grandes reservas de conocimiento. En primer lugar, una reserva de conocimiento derivado de las historias que cada nación relata sobre sí misma. Esta reserva incluye conocimiento sobre el desarrollo de ese pueblo en particular, los acontecimientos que lo llevaron hasta donde se encuentra ahora, los conflictos prolongados que lo mantienen unido, las cosas que considera admirables y deshonrosas, así como el tipo de mundo que espera construir gracias a la labor de todos.

Este tipo de conocimiento no se reduce a simples datos y hechos. Se trata de un marco moral a través del cual ve el mundo. Homero les enseñó a los antiguos griegos cómo percibir su realidad. El éxodo les mostró a los judíos cómo interpretar sus luchas y su travesía. En el caso de Estados Unidos, la historia dominante está plagada de personajes distinguidos. Esta experiencia nacional inspiró a los estadounidenses a compartir la pasión de Walt Whitman por contener el inmenso carnaval de historias, verse reflejados en sus temas y sentirse parte de esa historia.

Tal conocimiento emocional y moral debería darnos un sentido de identidad, sensibilidad hacia los ideales que enarbolamos y un profundo aprecio por los valores que consideramos más importantes: igualdad, prosperidad o libertad. Por último, se trata de historias compartidas; este conocimiento compartido debería llevarnos a descubrir un destino común y un afecto compartido. La segunda reserva es de conocimiento proposicional. Es el tipo de conocimiento que se adquiere a través de la razón, las pruebas lógicas y el análisis conciso. Parte de este conocimiento es empírico y se establece a partir del uso concienzudo de las pruebas. No, las elecciones de 2020 no fueron un robo. Parte de este conocimiento se concentra en ideas poderosas que pueden debatirse: “La historia de todas las sociedades que ha habido hasta el presente es la historia de las luchas de clases”.

Como señala Jonathan Rauch en su libro The Constitution of Knowledge, la adquisición de este tipo de conocimiento también es un proceso colectivo. No se reduce a un grupo de personas que comentan las publicaciones de los demás en internet. Se obtiene a partir de una red de instituciones que se han encargado de establecer un conjunto bien entrelazado de procedimientos para identificar errores, evaluar evidencia y determinar qué proposiciones son satisfactorias.

Son los mismos principios aplicados en el método científico. Rauch enfatiza que, si bien una sola persona puede ser corta de inteligencia, la red en su conjunto es brillante, siempre y cuando todos sus integrantes se apeguen a ciertas reglas: nadie tiene la última palabra (todas las proposiciones pueden ser erróneas), nadie debe declarar ningún tipo de autoridad personal (la veracidad de lo que dices no se determina con base en quién eres, sino en la evidencia), no se vale retraerse en una postura segura (no puedes prohibir una idea solo porque te hace sentir inseguro).

Hoy en día muchos sentimos que Estados Unidos atraviesa una crisis epistemológica. No vemos la misma realidad. Algunos comentan que en general dan por sentado que el problema es de índole intelectual. El sistema que seguimos para producir conocimiento proposicional se está desmoronando. ¿Cómo es posible que esas personas no puedan verificar su información?

Pero Donald Trump no tiene carta blanca para decir mentiras solo porque sus seguidores reprobaron el curso básico de epistemología. Se sale con la suya porque cuenta cuentos de desposeimiento con los que muchos de ellos se identifican. Los conservadores son en parte culpables por tratar de disfrazar los pasajes vergonzosos de la historia. También lo son en parte los progresistas, por dar una versión tan negativa de la historia que destruye el patriotismo. Sin embargo, la raíz del problema es que no hemos comprendido en qué consiste educar.

Desde hace algunas décadas nos hemos dedicado a reducir la educación a la mitad. Nos concentramos en la razón y en habilidades relacionadas con el pensamiento crítico, que constituyen el núcleo de la segunda reserva de conocimiento. Nuestra capacidad de contar historias complejas sobre nosotros mismos se ha atrofiado. Por más pasado de moda que suene, hay que decir que Estados Unidos tiene la historia más maravillosa para contar, si tenemos la madurez necesaria para relatarla con honestidad.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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¿Qué se necesita para avanzar en tu carrera?

Las personas que alcanzan la excelencia suelen tener un pie fuera del mundo en el que viven. Solo a través de la dedicación absoluta puedes ver a profundidad y producir arte.

/ 24 de agosto de 2019 / 00:48

Søren Kierkegaard le pidió a Dios que le otorgara el poder de hacer que sucediera una sola cosa. En medio de todas las distracciones de la vida cotidiana, pidió tener el poder de vivir una vida enfocada —sin reservas— en un solo objetivo. Todos hemos conocido a genios y a otros que han practicado una versión no religiosa de lo anterior. Han descubierto su talento y su especialidad. Se enfocan en ello de forma monomaniaca. Trabajan las 10.000 horas (y más) que la verdadera excelencia requiere.

Acabo de leer You Must Change Your Life (Debes cambiar tu vida), la biografía conjunta sobre el escultor Auguste Rodin y su protegido, el poeta Rainer Maria Rilke, escrita por Rachel Corbett, y en efecto ambos fueron modelos de ese estereotipo. El viejo Rodin le dio una lección al joven Rilke. “Travailler, toujours travailler”. Trabajar, siempre trabajar. Esta es la visión heroica del artista: renuncia a los placeres terrenales y hogareños, y se entrega por completo a su oficio. Solo a través de la dedicación absoluta puedes ver a profundidad y producir arte.

En su estudio, Rodin podía obsesionarse febrilmente, ajeno a todo aquello que le rodeaba. “Se sujetaba a su propio código y no podía usarse ningún otro estándar para medirlo”, escribió Corbett. “Él contenía dentro de sí su propio universo, y Rilke decidió que eso era mucho más valioso que vivir en un mundo creado por otros”.

Rilke compartía el mismo enfoque solitario. Rodeado del jolgorio bohemio de principios de siglo en París, el poeta checo se encontraba a solas escribiendo en su habitación. No bebía ni bailaba. Él celebraba el amor, pero desde una visión general, no como algo que uno le da a una persona o un lugar en específico.

Ambos produjeron obras maestras que millones de personas han atesorado, pero los lectores terminan de leer el libro de Corbett con la sensación de que ambos desperdiciaron su vida. Ambos fueron atroces con sus esposas e hijos. Rodin se convirtió en un ser patéticamente extraño, dependiente y solitario. Rilke no regresó a casa cuando su padre agonizaba, y tampoco les permitió a su esposa e hija que estuvieran a su lado mientras moría. Ambos vivieron la mayor parte de su vida sin el cuidado de personas cercanas.

Sus vidas plantean la siguiente pregunta: ¿se necesita estar enfocado tan obsesivamente para ser grandioso? La respuesta tradicional y masculina es que sí, pero probablemente la respuesta correcta es que no. En primer lugar, tal vez ser monomaniaco ni siquiera sea bueno para tu trabajo. Otro libro en mi lista de lecturas de verano fue Range (Variedad), de David Epstein. En él se argumenta de manera poderosa que los generalistas se desempeñan mejor que los especialistas.

Las personas que alcanzan la excelencia suelen tener un pie fuera del mundo en el que viven. “Comparados con otros científicos, los ganadores del Nobel tienen al menos 22 veces más probabilidades de participar como bailarines, magos o actores aficionados o en otros tipos de artes escénicas”, escribió Epstein. El periodista e investigador estadounidense muestra el mismo patrón en un ámbito tras otro: las personas que se especializan en una sola cosa tienen éxito más pronto, pero después retroceden hacia la mediocridad a medida que su mente se torna rígida.

Los niños que exploran varios instrumentos durante su infancia se convierten en músicos más diestros que aquellos que se concentran en uno solo. Las personas que pasan por múltiples profesiones en la juventud con el tiempo terminan teniendo una mayor ventaja, porque pueden tomar los conocimientos de un campo para aplicarlos en otro.

Alguien de 50 años que emprenda en tecnología tiene el doble de probabilidades de fundar una compañía superestrella que alguien de 30 años, ya que quien tiene más edad posee un rango de experiencia más amplio. Una encuesta de las empresas emergentes de tecnología que crecen con más rapidez reveló que la edad promedio de los fundadores era de 45 años. Para la mayoría de las personas, la creatividad es precisamente la habilidad de perseguir múltiples intereses al mismo tiempo, para después unirlos entre sí de formas novedosas. “Sin contrarios no hay progreso”, escribió William Blake.

Además, vivir una vida grandiosa es más importante que producir una obra grandiosa. Una vida dedicada a una sola cosa es una vida trunca, mientras que una vida pluralista es abundante. Esta es una verdad que el feminismo le ha aportado a la cultura. Son muy pocas las mujeres que han vivido como mónadas. Por lo general, éstas sintieron la necesidad de cambiar, hora tras hora, entre diferentes ámbitos y funciones: la casa, el trabajo, el mercado, el barrio.

Una mejor definición del éxito consiste en vivir en la tensión generada por múltiples compromisos y tratar de que estos se enriquezcan mutuamente. La forma de este éxito es un pentagrama, la estrella de cinco picos. Tienes cinco grandes pasiones en la vida —por ejemplo, la familia, tu vocación, las amistades, la comunidad y la fe— y vives flexiblemente dentro del campo gravitacional de cada una.

Te unes a comunidades que son distintas entre sí; obtienes sabiduría al adentrarte en grados diferentes de conciencia; encuentras la libertad entre las fronteras de tus comunidades. El mes pasado, mientras leía estos libros, asistí a cuatro conferencias. Dos fueron muy progresistas, casi sin conservadores. Las otras dos fueron muy conservadoras, casi sin progresistas. Cada uno de esos mundos estaba tan herméticamente sellado que descubrí que no podía siquiera describirles uno de esos mundos a los integrantes del otro. Habría sido como intentar describirle una bicicleta a un pez.

Estaba leyendo acerca de la riqueza de una vida pluralista y de lo sofocante que es una vida monotemática, y me di cuenta de que ahora que estamos aprendiendo a predicar un evangelio de apertura y diversidad, la mayor parte del tiempo no lo vivimos así. En el ámbito de la vida pública, muchos viven como mónadas, dentro de los diminutos círculos de una especialidad, un código, sin grandeza.

* Periodista canadiense-estadounidense, especializado en política, columnista del New York Times. © The New York Times 2019.

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